Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque: Informe

Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque (1884) de Cesáreo Fernández Duro


INFORME.




«Los nuevos autores sin ningún escrúpulo aprovechan, y es natural, cuanto inquirieron y recogieron sus predecesores, juntándolo en uno, y añadiendo el fruto de sus particulares investigaciones, con lo cual se logra, á la larga, descubrir y depurar la verdad totalmente. En Francia se llama á esto último tener ó encontrar las cosas su definitivo historiador. Mas no ha sucedido ahora así en lo de Rocroy..... con la publicación de la historia de la casa de Condé del duque de Aumale, no menos distinguido por armas y letras que por su excelso nacimiento..... Aparte del mayor conocimiento del terreno en que la batalla se libró, por haber tenido á su disposición, sin duda, oficiales de estado mayor que lo estudien, y tal cual documento oficial francés, que nada esencial añade á los hechos ya sabidos y expuestos, la relación de la batalla de Rocroy por el duque de Aumale carece de valor histórico, porque su disculpable amor nacional le ciega al punto de desconocer y negar la verdad en hechos interesantísimos y con toda evidencia demostrados [1]


Espero que el señor Director ha de consentirme de buen grado el empleo de este juicio y palabras suyas, al cumplir encargo de su autoridad, informando de un libro que á la batalla de Rocroy ó á incidentes en ella ocurridos se refiere.

Porque los nuevos autores escudriñan, comparan y comentan las obras de sus anteriores, contando en abono con la facilidad de cambios y comunicaciones, la actividad de la imprenta y el acceso de los archivos, sin decir nada de los progresos de la moderna crítica filosófica, aventajan en toda relación histórico-retrospectiva á los que sin tantos elementos, llamáranse Froissart, Guicciardini ó Zurita, asentaron la base de que se parte dando á los sucesos color aparente como el de las montañas que de lejos se miran.

Ya sabemos con certeza que no fué un monstruo Lucrecia Borja, ni Luis XIV de Francia un sol, ni Felipe II de España un diablo; vamos viendo más claro á medida que esos laboriosos rebuscadores descartan razonablemente de la historia la fábula y la conseja confundidas con ella, ó separan el velo con que el interés apasionado la cubría; mas esto se alcanza por resultante dinámica, que no todos marchan al mismo paso ni por camino derecho al fin anheloso de la humanidad.

Así no es maravilla que al rehacer la historia de los príncipes de Condé, que al fin es historia particular de su casa, se aparte el actual duque de Aumale de la senda con que brindaban á sus dotes relevantes de escritor las etapas de tiempo en tiempo establecidas por los de Bélgica y Holanda, sin hablar de los nuestros, arriesgando en la más escabrosa el tropiezo á que podía conducirle una sola guía prevenida.

Aquí, en España, pensábamos que la batalla de Rocroy había encontrado historiador definitivo en el autor del estudio titulado Del principio y fin que tuvo la supremacía militar de los españoles en Europa [2], estudio, que por la ocasión y circunstancias de raro vagar del engendro, en autoridad de cosa juzgada, pasa, en cualquier concepto, por una de las más gallardas y acabadas producciones de su ingenio. Pensábamos también que más allá de las fronteras fuera conocido de los que, como el duque de Aumale, siguen de cerca el movimiento general de las letras, y de no equivocarnos dan indicio ciertos textos citados en La primera campaña de Condé al objeto y en el lugar mismo que en aquel se asientan. Sin embargo, ni lo menciona para nada la novísima relación francesa, ni menos discute ó contradice lo que no se ajusta al criterio con que ha sido formada, levantando otra vez, en consecuencia, errores demostrados y caidos.

Entre ellos, con brevísima expresión, maltrata la memoria de don Francisco Fernández de la Cueva, octavo duque de Alburquerque, general de la caballería española, en lo que más se afectan el concepto y la honra militar, dando por averiguado que el duque desapareció del campo de batalla en el primer momento de ella, escapando á uña de caballo, cuando en realidad de verdad consta que procedió allí como quien era, acaso con impericia ó inexperiencia táctica del arma que empezaba á dirigir; mas, sin género de duda, con temeridad y desprecio de la vida. A la probanza va enderazado el opúsculo de D. Antonio Rodríguez Villa que se me encarga examinar, indicándolo desde luego el título puesto en la portada, y sabiendo la Academia que cada uno de los trabajos de este ilustrado correspondiente suyo, resuelve un problema, ilumina un lugar oscuro ó exhuma peregrinas noticias, conceptuará sin aventura que el presente realiza el propósito en que se inspiró. Es así: Con testimonios del general en jefe, de capitanes presentes, de memoriales ó relaciones de la época y de cédulas reales de reconocimiento y estimación, patentiza que, iniciador el duque de Alburquerque del combate, rompiendo la vanguardia enemiga y tomando la artillería; envuelto por excesivo ardor; herido, dos veces prisionero; librándose con la espada, una y otra y otra vez, llevó á la carga el resto de la fuerza que mandaba, hasta hacerlo sólo con los oficiales, mientras llegaba el momento doloroso de la retirada, que verificó con el caudillo principal «en aquella rota en todo caso grande, pero no nunca vista ni representada.»

Las otras vicisitudes de la batalla no distraen al autor del objeto intentado; bástale poner á la vista la brevedad con que la Historia de los príncipes de Condé las narra, y extrañar que el escritor, juez respetable en asuntos de honor militar, estampe, sin consideración ni fundamento serio, asertos capaces de manchar una reputación respetable también. Pero se extiende, en cambio, bosquejando la vida del personaje lastimado, á fin de que el juicio del lector, con la serie de acciones señaladas, discierna y contraste su espíritu «siendo, por decirlo así, el retrato de cuerpo entero.»

El duque de Alburquerque, joven, independiente, gozando por alcurnia y situación de vida placentera, de propia voluntad contra la de los suyos, tomó al hombro la pica de soldado, hallándole en primera fila los franceses que asediaron á Fuenterrabía, por donde, con justicia, puede figurar en la historia de los príncipes de Condé. Dos campañas hizo después con la misma pica en Flandes, ascendiendo por sus pasos á Maestre de campo de un tercio de infantería española que vistió á su costa y á la cabeza del cual subió á pecho descubierto por las trincheras de Chatelet, ganando siete piezas de artillería al romper los regimientos de Bresse y del Piamonte, bien conocido el último de los españoles que, al decir del duque de Aumale, le apellidaban el Bizarro [3]. El crédito merecido en varias acciones con estimación de la milicia y mención especial del Rey, le dió ascensos al cargo de general de la caballería ligera, que tenía en Rocroy. Después de esta batalla continuó la campaña; dirigió en ocasión todo el ejército, sacando al de Angnien (Enghien), del país de Luxemburgo, y pasando al servicio de mar, á vuelta de comisiones y viajes batió y apresó con seis galeras á cuatro navíos franceses de alto bordo, con tropas y municiones, destinadas al socorro de Tortosa, victoria inaudita muy celebrada por entonces, como que dio por resultado la ocupación de la plaza.

Puntualiza el Sr. Rodríguez Villa estas acciones, comprobándolas con la inserción de despachos, Reales cédulas, instrucciones y otros documentos inéditos que, en conjunto, no sólo importan á la biografía, mas también á la historia general de España y á la particular de la marina; y con más brevedad indica, por no cuadrar al principal asunto, los actos del duque de Alburquerque en embajadas ó cargos palaciegos, limitación sensible, por la simpatía que hacia el personaje despierta. Sin el empeño restringido de la refutación, hubiera tenido elementos suficientes para ensanchar el bosquejo de Alburquerque, trazando un cuadro biográfico acabado, siquiera la brillantez del conjunto apartara un tanto la atención del objeto á que la lleva, lo cual es discutible; pues habiendo en la vida del Duque acciones de valor heroico, no es ocioso contarlas cuando se pone en duda su bizarría.

Un escritor que posteriormente ha presentado á la curiosidad pública más datos de la batalla de Rocroy, al hacer estudio tan erudito como interesante de la vida y muerte gloriosa del maestre de campo general del ejército español, Pablo Bernardo de Fontaine, conde de Fontaine ó de Fontana, según algunos le nombraban por entonces, encuentra que hay en la vindicación escrita por el Sr. Rodríguez Villa cierto calor, cierto apresuramiento que el asunto no requiere. Justo es apreciar sus razones, y deber doblado, por mi parte, corresponder á la cortés indicación del escrito. Dice:

«Al llegar á este punto, me permitirá V., mi general, expresarle el sentimiento que me ha causado el folleto impugnación del Sr. D. Antonio Rodríguez Villa. No me cuesta trabajo creer que el duque de Alburquerque se portó valerosamente en Rocroy, y admitir que en este detalle de su narración siguió y adoptó el duque de Aumale errónea versión. 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Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque.djvu/134 Página:Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque.djvu/135 una profundísima cortesía, se despidió su Excelencia de la señora Emperatriz: él (aunque todavía convaleciente de las cuartanas) á embarcarse en el Final, en las galeras de Sicilia, y su Majestad Cesárea á proseguir el viaje de la Germania..... [4]





FIN.









  1. D. Antonio Cánovas del Castillo: El Solitario y su tiempo, tomo II, páginas 174 y 175.
  2. D. Antonio Cánovas del Castillo
  3. «Piamonte, el más popular, el mejor ejercitado. Los españoles le apellidaban el Bizarro, el valiente entre los valientes; y por cierto que lo conocian bien, pues fué el que los detuvo en Corbié el año 1636, y lo encontraron en otras partes. Si hubiera sido sostenido cuando atacaron el bosque de la Marfée, en 1641, ó al defender después la abadía de Bonnecourt, acaso hubiera sido distinta la suerte de las jornadas.» La première campagne de Condé. Lo de Chatelet ocurrió en 1642.
  4. Academia de la Hist. Colecc. Jesuitas, tomo 173, fol. 166. El Sr. D. Genaro de Alenda posee otra relación impresa de la entrada de la emperatriz en Barcelona y embarco en el puerto, mas en ella sólo se dice del duque de Alburquerque que daba el brazo á S. M.