Don Diego Portales. Juicio Histórico: 09

Capítulo: IX

El gobierno era poderoso: su marcha inflexible, sistemática, decidida, lo había rodeado de prestigio y de terror, y la fuerte organización que se había dado en todas las jerarquías de su autoridad, había asegurado definitivamente su triunfo y el de su partido. Los cuatro años trascurridos, desde la separación de Portales del ministerio hasta 1835, habían bastado a sus sucesores para consumar la empresa iniciada por aquel y elevar al partido pelucón a la plenitud de su predominio, al cenit de su poder. Pero la reacción colonial no se había operado todavía completamente, porque en el seno mismo del partido triunfante hallaba alguna resistencia: ella alcanzará a todo su esplendor más tarde, cuando, con la mayor naturalidad y sin resistencia ninguna, se erijan templos al fundador de la colonia, a título de ser el introductor de la religión y de haber sido tan gran conquistador; cuando el público se preocupe de milagros obrados en casa de un ministro de Estado [1]; cuando el mismo secretario universal del partido reaccionario, el canónigo Meneses, suba al púlpito a sancionar con su palabra de sacerdote las supercherías que se armen sobre la santidad de un donado; cuando, en fin, la prensa oficial proclame con descaro que “El partido conservador tiene por principal misión la de restablecer en la civilización y en la sociabilidad de Chile el espíritu español”, y los imitadores de Portales perfeccionen de tal modo el original, que lleguen a dar su nombre al sistema de política iniciado por aquel [2].

Pero lo que es en 1835, todavía la reacción colonial luchaba con los resabios de liberalismo que aun se conservaban; y una prueba de ello tenemos en aquella divergencia que se abrigaba en el seno del gabinete, y de que antes hemos hecho mérito. Por ese tiempo traspiró hasta el público esa divergencia, con motivo del proyecto de una legación a España para solicitar el reconocimiento de nuestra independencia, que el ministro del Interior había formulado. Los amigos del ministro de Hacienda estallaron; y Benavente, el antiguo ministro de la contrata del estanco, el compañero de Portales desde la época del Hambriento, fundó un periódico titulado el Philopolita, que apareció por primera vez el 3 de agosto de aquel año, con el objeto confesado de corregir el fanatismo y negligencia del ministro del Interior. “La prensa periódica, según el Philopolita, estaba en la más espantosa nulidad”, como que en realidad no había papel alguno hasta entonces, si no era el periódico oficial; pero el ejemplo del Philopolita fue fecundo y luego aparecieron el Farol para apoyar y defender al ministro atacado, y el Chileno y el Voto público, para segundar el ataque. El Philopolita se declaraba liberal por convencimiento y protestaba odiar la tiranía, no obstante que había contribuido tan eficazmente a fundarla; elogiaba la marcha del gobierno, daba su voto por la reelección del Presidente de la república, pero sostenía que “el ministro del Interior era inepto, negligente para todo, menos para servir al fanatismo, pues su conato era poner a Chile en el estado en que estaba la España de los aciagos días de los Felipes”. A más de esto, desde su primer número hizo oposición acalorada contra la misión que se proyectaba para España.

Estaba visto, la prensa opositora únicamente se sublevaba contra el triunfo del fanatismo, o más propiamente, contra la retrogradación del gobierno hacia uno de los vicios de la época colonial. El Farol adoptó el sistema consagrado por la prensa del despotismo, llamando ladrones, desorganizadores, revolucionarios, enemigos del orden a los escritores del Philopolita, a fin de convertir la discusión en disputa y dar pretexto a un golpe de Estado; pero llevó su indiscreción hasta censurar malignamente al ministro de Hacienda.

La situación pacífica, o mejor diremos, sumisa y obediente, había cesado, y esto ponía en conflictos al gobierno. Por eso fue que al mes de haber aparecido el Philopolita, el 21 de setiembre, fue nombrado Portales ministro de Guerra, y trasladándose a Santiago, se hizo el centro de los amigos del gobierno y de los escritores ministeriales. Los antiguos amigos se habían dividido: Garrido y Meneses campeaban en el Farol, Benavente y Gandarillas en el Philopolita.

Dos meses después, 9 de noviembre, Portales reasumía además los ministerios del Interior y Relaciones Exteriores, y Tocornal se dedicaba al de Hacienda. Rengifo había renunciado el 6 de este mes, y el Philopolita, temiendo sin duda esa concentración de fuerzas en el ministerio, terminaba su tarea en el número décimo quinto y lamentaba la separación del ministro de Hacienda. “Los que quieran descubrir la verdadera causa de esa pérdida, decía, búsquenla en ciertas ideas erróneas, en varias suposiciones y en algunos hechos falsos que, de poco tiempo a esta parte, guían la política de nuestro gabinete. Allí encontrarán el criadero del descontento, compuesto por la credulidad, la astucia y la superstición, y fomentado por áulicos, cuyo interés público está reducido a trabajar párrafos halagüeños para cada uno de los potentados”.

Así trataba de explicar el Philopolita, como una empresa de la astucia y de la falsedad, la preferencia que Portales había dado a la conducta y a la política del ministerio del Interior sobre la del de Hacienda y de los antiguos amigos que tanto le habían ayudado en otro tiempo a conquistar el poder; y le dirigía además un sentido artículo sobre los efectos de la impostura, recordándole que él mismo, Portales, había sido víctima de ella a propósito de la negociación del estanco. Pero si hubo más astucia en el ministro del Interior, no se debió a ella el triunfo de la política retrógrada y absolutista sobre la política flexible y liberal en religión que los filopolitas habían iniciado, sino exclusivamente a las simpatías y principios del hombre omnipotente: Portales pensaba como Tocornal, y éste no había dado un paso sin su consejo: ahí estaba la solución del enigma.

Los filopolitas fueron derrotados, cayeron de la gracia del gobierno por haber pretendido tan solo atacar la superstición y el fanatismo, no obstante sus protestas de respeto por la política profana del gobierno; pero la opinión pública comprimida hasta entonces, como estaba, los acogió y les premió, con mayores simpatías que las que merecían, el pequeño esfuerzo que habían hecho por liberalizar al gobierno, siquiera en cuanto a los negocios clericales.

El ministro Portales se apresuró a darles una prueba bien eficaz de su adhesión a la política combatida, haciendo su estreno con varios decretos sobre la separación del Seminario Conciliar del Instituto Nacional, sobre el plan de estudios eclesiásticos, sobre el encargo a Italia de veinte y cuatro religiosos de la orden seráfica para el colegio de Chillán; y promoviendo al poco tiempo la erección del arzobispado de Santiago y de los obispados de Ancud y de La Serena. Y esto no era porque el ministro fuese fanático o siquiera piadoso, no; sus hábitos y sus sentimientos le impedían serlo. Pero era lógico y sabía que sobre ser esencialmente fanático su partido, era el clero un sólido apoyo de su poder: y eso era lo que no habían comprendido los pelucones filopolitas.

El movimiento de la prensa producido por el Philopolita duró solamente hasta diciembre. En 1836, durante los primeros seis meses, todo enmudeció, y el gobierno asumió de nuevo su actitud imponente. Pero ya en julio principió a cambiar enteramente la situación, y entraron el gobierno y la sociedad en una época de agitación y de actividad verdadera, que sobrevivió al ministro Portales, y durante la cual desplegó la administración pelucona todos los recursos de que eran capaces sus directores y adquirió toda la gloria y el poder que le han servido para perpetuarse en el mando.



notas:

  1. En 1852 se habló mucho de la verdad de un milagro del ánima del siervo de Dios Bardesi en casa del Ministro del Culto, y la prensa en general trasmitió el hecho sin comentarios.
  2. Últimamente se ha llamado Montt-Varismo la política que antes pudo llamarse con igual propiedad Portalismo o Tocornalismo o Egañismo, etc.