Don Cándido Buenafé o el camino de la gloria

Don Cándido Buenafé o el camino de la gloria
de Mariano José de Larra



Don Cándido Buenafé es un excelente sujeto, de estos de quienes solemos decir con no envidiable conmiseración: «Es un infeliz». Empleado desde pequeño en un ramo de no mucha importancia, es todo lo más si sabe leer la Gaceta, y redactar, con mala sintaxis y peor ortografía, algún oficio sobrecargado de fórmulas y traslados, o hacer un extracto largo de algún expediente corto; pero en medio de su escasa ciencia, es bastante modesto para desear que su hijo Tomasito sepa más que él, para lo cual no le es necesario, felizmente, hacer extraordinarios esfuerzos ni sacrificios. En el tiempo de la libertad de la imprenta, leía o devoraba don Cándido los muchos papeles públicos que veían la luz, y llegó a formar alta idea de todo hombre capaz de escribir para el público; cosa que él vea por consiguiente en letra de molde, tiene para él una autoridad irrecusable, porque cuando ve que hay quien se toma la pena de imprimirla, mecanismo de que no tiene idea alguna, dice para sí: «¡Sabido se lo tendrá!». Por lo tanto era de buena fe liberal en los años nulos, porque acababa de leer y exclamaba: «tiene razón», y después ha sido realista de buena fe en los años válidos, porque lee la Gaceta y exclama: «¡Ya se ve que dice bien!». Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie de gobiernos, mientras haya imprenta; y más si añadimos que cree como en su salvación en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los papeles públicos suelen venir consignados, y se extasía de placer cuando se encuentra con aquello de que: «De los enemigos murieron tantos centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido más que un contuso y algún sargento desmayado», o cosa semejante. «Daría yo -dice algunas veces- la mitad de mi sueldo por poder escribir un artículo de esos retumbantes de política. ¡Voto va! ¡Qué hombres ésos, y qué talentos! ¡Y cómo le convencen a uno con sus discursos! Media vida diera yo, y la mitad de la otra media, porque mi hijo Tomasito pudiera el día de mañana hacer otro tanto.» Llevado de esta idea ha hecho aprender latín al muchacho, y en el día le ha dado un maestro de francés, porque dice que en sabiendo francés ya se sabe todo lo que hay que saber; y que él conoce a no pocos sabios de campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses llevaría el angelito, que tiene a la sazón catorce años, de traducir mal y leer peor el Calipso se trouvoit inconsolable du départ d'Ulysse, cuando me lo trajo una mañana su papá, y ambos a dos me hicieron una visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar a mis curiosos lectores.

-Señor Fígaro -me dijo don Cándido abrazándome-, aquí le presento a usted a mi hijo Tomás, el que sabe latín; usted no ignora que yo le crío para literato; ya que yo no puedo serlo, que lo sea él y saque de la oscuridad a su familia. ¡Ay, señor Fígaro, como yo le vea famoso, muero contento!

Hízome a esta sazón Tomasito una cortesía tan zurda que no pude menos de fundar grandes esperanzas en sus disposiciones literarias. Su exterior y sus palabras estaban en armonía con los de casi todos los jóvenes del día; díjome que era verdad que no tenía sino catorce años; pero que él conocía el mundo y el corazón humano, comme ma poche; que todas las mujeres eran iguales, que estaba muy escarmentado, y que a él no le engañaba ya nadie; que Voltaire era mucho hombre, y que con nada se había reído más que con el Compère Matthieu, porque su papá, deseoso de su ilustración, le dejaba leer cuanto libro en sus manos caía. En cuanto a política me añadió: «Yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo»; y a renglón seguido me habló de los pueblos y de las revoluciones como pudiera de sus amigos de la escuela. Confieso que se me figuró el muchacho esa fruta que suelen vender en Madrid que arrancada verde aún del árbol, y madurada por el traqueteo y la prisa del viaje, tiene todo el exterior de la pasada madurez, sin haber tenido nunca la lozanía ni el sabor de la juventud y de la sazón. «Los muchachos del ilustrado siglo XIX -dije para mí- llegan a viejos sin haber sido nunca jóvenes.»

Sentáronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sacó don Cándido de su faltriquera un legajo abultado.

-Dos objetos tiene esta visita -me dijo-: primero, para que Tomasito se vaya soltando en el francés, le he dicho que traduzca una comedia; hala traducido, y aquí se la traigo a usted.

-¡Hola!

-Sí señor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene allí más diccionario que el de Sobrino... y...

-Sí...

-Usted tendrá la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que practicar...

-¡Ah! ¿Usted quiere que se represente?

-Sin duda... le diré a usted: el dinerillo que saque es para él...

-Sí señor -dijo el muchacho-, y papá me ha prometido hacerme un vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy haciendo...

-¡Tragedia!

-Sí, señor, en once cuadros... Ya sabe usted que en París no se hacen ya esas obras en actos..., sino en cuadros. Es una tragedia romántica. El clasicismo es la muerte del genio, como usted sabe... ¿Le parece a usted que se podrá representar?

-¿Y qué inconveniente ha de haber?

-Le diré a usted -interrumpió don Cándido-: tiene dada ya una comedia de costumbres.

-Con perdón de usted -se apresuró a decir Tomasito-: cuando la hice no había leído a Víctor Hugo, ni tenía los conocimientos que tengo en el día...

-¡Ah!, ya.

-Pues mi hijo dio esa comedia, y verá usted lo que sucedió, a mi entender. Entregámosla a un sujeto que corre con recibir las comedias; dijo que era corriente, y que la enviaría a censura; la envió, pues.

-Papá, perdone usted; primero se perdió...

-Cierto... se perdió, y nunca se pudo encontrar, y hubo que sacar otra copia, y pasó a censura.

-Papá, perdone usted; que antes fue al corregimiento.

-Es verdad: fue al corregimiento, y de allí... pasó después a la censura eclesiástica; por más señas, que fue a un excelente padre, y en un momento, esto es, en un par de meses, la despachó; volvió al corregimiento y fue de allí a la censura política: en una palabra, ello es que en menos de medio año salió prohibida.

-¿Prohibida?

-Sí, señor, y yo no sé a la verdad... porque mi comedia...

-Diga usted que hicieron bien, señor Fígaro: ¡éste escribe siempre con una intención! Lo que ha mamado en sus libros... Baste con decirle a usted que su madre se moría de risa al leerla, y yo lloraba de gozo... Hubo que rehacerla... y por fin se logró que pasara la nueva.

-¡Hola!

-Pero aguarde usted: como los señores que dirigen la cosa no están muy allá que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar a un cómico que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las compañías: éste dijo que no valía cosa, y todo fue, según yo pude averiguar, porque no tenía él un buen papel para lucirse: recogimos la comedia, y éste le puso un papel que era lo que había que ver; volvió y dijo que tampoco valía nada, y fue, según me dijeron, porque el papel era muy largo y él no debe tener muchas ganas de trabajar. Dímosla al otro teatro, mas allí contestaron que ellos no eran menos que los del otro coliseo, y que no tomaban sobras: a fuerza, sin embargo, de emplear más empeños que para lograr una prebenda, se consiguió una orden a rajatabla de los señores que estaban a la cabeza del teatro; pero ya era tema: una actriz, sobre si le habían dado el papel de segunda siendo ella la primera, se puso mala la víspera; otro actor, también por etiquetas y rencillas, armó una intriga de todos los diablos: se pagó gente para el efecto, y si una noche se representó, una noche se silbó...

-¿Se silbó?

-¡Ya ve usted! Intrigas.

-¡Picardía!

-Conque yo quisiera que no sucediese otro tanto con la traducción ésta y la tragedia. El segundo objeto que nos trae es el de que usted le dirija, dándole algunos consejos a mi Tomasito, porque yo ya le he dicho que no debe limitarse al teatro... que el campo de la literatura es muy vasto, y que el templo de la fama tiene muchas puertas.

-Dice usted muy bien, señor don Cándido.

Aquí recapacité, coordiné mis ideas un momento, y de la manera que el lector va a ver, enderecé poco más o menos a mi joven cliente por la vía de la gloria literaria, a la cual, si él sigue y observa mi reglamento, temprano o tarde debe sin duda llegar.

-Supongo -dije por último, dirigiéndome a mi Tomasito- que usted no querrá abarcar honra y provecho; esas estupendas rarezas que por acá nos vienen contando los viajeros de los Walter Scott, los Casimir Delavigne, los Lamartine, los Scribe y los Víctor Hugo, de los cuales el que menos, tiene, amén de su correspondiente gloria, su palacio donde se da la vida de un príncipe, son cosas de por allá y extravagancias que sólo suceden en Francia y en Inglaterra; verdad es que no tenemos tampoco hombres de aquel temple, pero si los hubiera sucedería probablemente lo mismo.

No habiendo usted de reunir, pues, honra y provecho, querrá una u otro. Si quiere honra paréceme que está en camino de lograrla: en primer lugar usted no tiene sino catorce años; ésa es la edad en el día, o poco más: la valeur n'attend pas le nombre des années. En cuanto a saber, usted no sabe sino francés, y, como dice muy bien el señor don Cándido, tiene usted sólo con eso andada ya la mitad del camino. Haga usted unas cuantas poesías fugitivas; tal cual soneto, muy sonoro y lleno de pámpanos poéticos; no se apure usted si no dice nada en él: corra entre los amigos, saque usted mismo copias furtivas, y repártalas como pan bendito; sean destinadas sobre todo sus poesías a las mujeres, que son las que dan fama: haga usted correr la voz de que está haciendo una obra grande, cuyo título se sabrá con el tiempo; procure usted a fuerza de trasposiciones y de palabras desenterradas del diccionario, no sabidas de nadie, que digan de él: "¡Cómo maneja la lengua! ¡Es hombre que sabe el castellano!". Porque aunque lo menos que puede saber un literato es saber su lengua, éste es, sin embargo, el ápice de la ciencia en el país. Y en cuanto usted vea que pasa por muchacho de esperanzas, vaya usted a viajar: esté usted fuera diez o doce años, en los cuales puede vivir seguro de que se hablará de usted más de lo que sea menester. Vuelva usted entonces; reúna usted en un tomo alguna comedia, media docena de odas y un romancito: diga usted en el prólogo que las hizo en los ratos perdidos que sus desgracias le dejaron libres; que las publica por haber sabido que algunas composiciones de ellas se han impreso en Amberes o en América, sin su licencia y con faltas, hijas de la incuria de los copiantes, y que dedica usted a su cara patria aquel corto obsequio, y déjelas usted correr. No vuelva usted a escribir nada: silencio y aristocracia literaria, y yo le respondo a usted de que llegará a una edad provecta oyendo repetir a los pájaros: «Don Tomás, don Tomás, don Tomás es un sabio»; y entonces ya puede usted con seguridad darle al público comedias, folletos, comentarios; todo será bueno: ¡que es de don Tomás!

«Si usted no quiere honra, y sí sólo el corto provecho que de aquí puede sacarse, es preciso tomar otro camino: póngase usted bien con los cómicos; mantenga usted un corresponsal en París, y cada correo una comedia de Scribe, que aquí las reciben con los brazos abiertos; busque usted medio de injerirse en las columnas de un periódico, y diga usted que todo va bien, y que todos somos unos santos; ajústese usted con un par de libreros, los cuales le darán a usted cuatro o cinco duros por cada tomo de las novelas de Walter Scott, que usted en horas les traduzca; y aunque vayan mal traducidas, usted no se apure, que ni el librero lo entiende, ni ningún cristiano tampoco. Sic itur ad astra, señor don Tomás.»

Aquí se arrojó don Cándido en mis brazos; y tomando de la mano a Tomasito:

-Ya se ve que dice bien el señor; ¡llega, hijo mío -le decía-, y da las gracias a tu protector: ya lo ves, nada necesitas saber más de lo que sabes ya! ¡Qué fortuna, señor Fígaro! ¡Ya tiene hecha mi hijo su carrera! Folletos, comedias, novelas, traducciones... ¡Y todo con sólo saber francés! ¡Oh francés, francés! ¡Ah! ¿Y periódicos? ¿No es verdad, señor Fígaro, que también ha dicho usted periódicos?

-Sí, amigo mío, lo he dicho -concluí conduciéndolos hasta la puerta y despidiéndolos-; pero le aconsejaría de buena gana que en eso de los periódicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aquí no los hay siempre...

-Sí, es verdad, es una casualidad el haberlos.

-Así lo mejor será que se atenga a mis demás consejos. Ese es el camino.