Doloridas

Doloridas de Antonio Ros de Olano


Los dos sueños Editar


Al nacer el día
de la Anunciación,
despierta la niña
de un beso al calor.

Con ser de su madre,
la niña tembló.

-¡Madre! madre mía
de mi corazón;
por si hace ya tiempo,
¿Te acuerdas que yo,
tras la primer noche
de mi comunión,
te dije aquel sueño
en que un ruiseñor,
sobre una azucena
parado cantó
la oración del Alba;
y al nacer el sol
sonreí mirándole
volar hacia Dios?-
Hoy he vuelto a oírle;
no en la misma flor,
ni es el que decía
aquella oración:
cantaba entre flores,
y oyendo su voz,
lloré... -Madre mía...
Los sueños ¿qué son?

-No cuentes tus sueños,
hija de mi amor...-
Cuando tu primera
santa comunión,
cumplías diez años...
¡Quince cumples hoy!


Sin el hijoEditar


Era la madre de un niño;
de un niño que deliraba:
eran sus ojos dos fuentes,
y los del hijo dos llamas.

-No rías, hijo, no rías,
¡que me partes las entrañas!...
¡Llora para que se enjuguen,
al verte llorar, mis lágrimas!...

-«Aquel pajarito, madre,
»Que tiene el pico de plata,
»el cuerpo de azul de cielo
»y de oro fino las alas...»

Calló el niño, y quedó quieto,
las pupilas apagadas,
como quedan en el nido
polluelos que el cierzo mata.

Y, dudando si dormía,
viendo que ya no lloraba,
besó la madre la boca
de un cuerpecito sin alma.

Desde entonces, cuando trinan
las aves en la alborada,
mientras que cantar las oye,
ella ríe, llora y canta:

«Aquel pajarito, madre,
»que tiene el pico de plata,
»el cuerpo de azul de cielo
»y de oro fino las alas...»



La viuda del patriota de 1808Editar


Madre: el sitio en que mataron
a mi padre los franceses,
¿no fue junto a los cipreses
donde vas a la oración?
¿Allí, donde me decías:
«¡véngale tú con tu brazo!...
»¿Da balazo por balazo
»en llegando la ocasión?»
¿Allí donde nuestras lágrimas
han regado tanto el suelo,
que crece nuestro majuelo
más que los de alrededor?...
Pues, madre, arando ese campo
hice de mis fuerzas prueba
(pues para clavar la esteva
nadie a los quince es menor...)
Y, al arranque de la yunta,
abrióse surco tan hondo,
que la reja desde el fondo
sacó este arcabuz al sol...
-¡Hijo mío! ¡hacia Bailén
van las tropas de Dupont!...
¡Dios te guíe!
           -Madre... ¡Amén!
-¡Llévate mi bendición!



Angelitos al cieloEditar



En casa del gitano
se escuchan jácaras...-
¿Es boda o nacimiento?
¿Qué es lo que pasa?-
Fijé la vista,
y asomaron en grupo
niños y niñas.

Les marcaba el origen
la tez morena;
conforme iban saliendo,
paraban fuera:
formaron calle,
y anduvieron y anduve...
Ellos delante.

Al son de castañuelas
y de panderos,
cantando iban alegres...
¡Era un entierro!...
Seguí, y callaron
al traspasar la puerta
del Camposanto.

A orilla de la zanja
donde los pobres
caben, chicos con grandes,
hembras con hombres,
y caen todos,
a medida que llegan,
unos sobre otros;

Allí, carne con carne
de los dos sexos,
cama sin sensaciones
de amor ni tedio,
en donde duermen
los que tanto rezaron,
sin que ya recen;

A orilla de la zanja
paró el concurso,
con la caja y el cuerpo
de su difunto...
¡Las criaturas
llevaban otro niño
muerto en la cuna!

«¡Angelitos al cielo!»
Gritaron todos,
y el menudo cadáver
cayó en el foso:
fue dando vuelcos
y quedó boca abajo
besando el suelo.

Como vino a este mundo
la criatura,
del mundo se marchaba;
¡Toda desnuda!
La abrigó el polvo;
manto que arropa a humildes
y poderosos.

Ya que la madre tierra
tuvo en sus brazos
el yerto cuerpecito
de ella formado;
vuelto a Triana,
El infantil cortejo
entró en la casa.

Ataúd que va y vuelve
cuando es de pobres,
pero, en vida del niño,
vaso de flores...,
tornar veían
padre y madre la triste
cuna vacía.

Águila de anchos ojos,
ávidos, fijos,
cuando llega y se lanza
sobre su nido;
leona enferma,
cuyo rostro tapaban

Ásperas greñas;
la deshijada madre
del angélico,
de aquella pobre cuna
miró el vacío...-
Todos bailaban...
¡Y ella sola vertía
mares de lágrimas!



Sobre el bancoEditar



¡Qué soledad!
(Adán, antes del sueño.)
  
           
                  
Donde dejó las tripas
Curro Canela,
yo dejé la navaja
tras la pendencia:
lleva en el hierro
unas letras que dicen:
¡Viva mi dueño!

Cuando entendió el negocio
Pepa Respingo,
quiso a mí verme muerto
y a él verle vivo...
¡Es de mujeres
tomar para su gusto
gato por liebre!

El juez tiene al esbirro,
el fraile al lego,
el verdugo al que ahorcan
y al pregonero...
¡El juez, y el fraile,
y el verdugo, aborrecen
a sus compadres!

Los que busquen la muestra
de un desdichado,
siéntense en mi compaña
sobre este banco.
¡No vendrá uno!
Todos me dejan solo
con el verdugo.

El rigor de la hembra
que sale ingrata,
al corazón del hombre
quema las alas.
¡En mí se ha visto!
Ella de que me ahorquen
la causa ha sido.

No consoléis al triste
desde tan lejos...
Venid, venid más cerca...
Dejadme veros,
hasta que al cabo
no haya más que un cadáver
sobre este banco.


La abuela viuda y la nieta huérfanaEditar




                                   (El Pan nuestro de cada día dánosle hoy, etc.)


Dices que mi padre ha muerto
y nos faltará el sostén;
que el Conde se fue de cierto;
y a todo añades: amén.
-¿Sobre cuánto tiempo habrá
que no has llorado, abuelita?
-Me lo preguntaste ya.
¡Esa fecha estaba escrita!
-¡Abuela, como no leo!...
-Pues bendice tu ignorancia:
con los ojos que yo veo
leyeras a gran distancia...
Hija mía, hay una ciencia
que principia en la niñez,
sigue por la adolescencia
y se cumple en la vejez.
-Háblame con claridad...
-Te digo, por el momento,
que no lloro en tu orfandad
y lloré en tu nacimiento...
Bajo el azar, en la tierra
se nace, vive y perece:
dicen que la vida es guerra,
y a un juego más se parece.
Sí: tu cuna fue su caja...
Y en el punto en que nacías
mojaban una mortaja
tus lágrimas y las mías.
-¡Nunca te expresaste así
las veces que me has nombrado
a mi madre!...
        ¡Queda en mí
mayor misterio encerrado!
Un secreto solamente
se esconde a la sociedad:
como no importa a la gente,
no adquiere publicidad.
La historia de la indigencia
la da el mundo por sabida;
pero es la propia conciencia
la verdad de cada vida.
Todo se sabe y se dice,
menos la obscura virtud
que ejercita el infelice
siendo el alma su ataúd.
-Yo no te comprendo, abuela:
mas porque venga prontito
el Conde, pondré una vela
a San Antonio bendito.
¡De que al cabo volverá
abrigo presentimiento...!
Ya le quiero...
        -Bien está:
¡Vale más uno que ciento!
-Pero, si acaso no viene,
porque haya dado con quien
se lo impide o le entretiene...,
¿Qué me respondes?

                                          
                                            -Amén.


El penadoEditar


¡Ay del ay que al alma llega!-
Por matar a una mujer
incurrí en la última pena;
mas trocó el rey la condena,
y mi vida es padecer
amarrado a una cadena...
-¡Ay del ay que al alma llega!

Me quitó el juez mi caballo;
el alguacil la vihuela;
me quitaron lo que callo...,
¡Regalo de ella, y no hallo
memoria que más me duela!
-¡Ay del ay que al alma llega!

¡Camposanto de Jerez,
si ella en ti resucitara
y a mí me soltase el juez,
la mataría otra vez,
antes de verle la cara!
-¡Ay del ay que al alma llega,
por matar a una mujer!


El llanto de la nietaEditar


¡Lloras en esa cuna,
y hoy has nacido!
¿Qué será cuando mires
muertos tus hijos?
¡Ni varón eres!...
¡Niña que estás durmiendo,
nunca despiertes!



En la necrópolisEditar



I



Madre del recién nacido:
cese tu santo dolor,
que ya otra madre de amor
lo conserva aquí dormido.
Murió sin haber tenido
hoy, ni mañana, ni ayer;
no ha llegado a padecer
la enfermedad de la ciencia,
que principia en la existencia
y concluye en el no ser.
 


II



Héla aquí suelta ya de sus amores,
sin suspiros, sin lágrimas, en calma:
la sien le ciñen nemorosas flores;
tiene en las manos la virgínea palma.




 
III


Gentes de su comunión
llevaban calle adelante
el cuerpo de un protestante
a la postrera mansión.
Pasaba en tal ocasión
un cura que, inadvertido,
rezó por el fallecido;
pero, al caer en lo cierto,
dijo:-«¡Reniego del muerto,
y lo rezado, perdido!»



En el museo del LouvreEditar



Venus de Milo, ¡oh tristeza!,
te dio adoración el arte,
bastando para adorarte
el arte por la belleza.
La flaca naturaleza
tal vez te amó con exceso...
¡Y, en pos de aquel embeleso,
hoy nos da otra religión,
sin mudar el corazón,
sus lágrimas por tu beso!



Meditaciones al pie del cedro Deodara de la plaza de las CortesEditar


A mi amigo D. Juan Uña


Sentéme por acaso
cerca de donde había
un tiempo venerables edificios,
a cuya sombra, y obstruyendo el paso
de la angostada vía,
vióse a la plebe de hedionda ropa
echada por los pórticos y quicios,
descuidando el honor de sus oficios,
para aguardar la sopa,
del fraile desperdicios.

¡Vergonzoso proscenio!
¡Los mendigos, actores;
los magnates del reino, espectadores!-
Hora la estatua del mayor Ingenio
álzase en ancho estadio
circundada por árboles y flores.
Cimbria del iris, movediza fuente,
a la copa eminente
del árbol lleva lúbrico rocío:
y, al descender en curva de colores,
la flor su beso siente,
y de la flor derrámase al riente
césped que yace en apacible sombra,
allí do más el Cáncer del estío
cebó un tiempo en arena sus rigores,
o en la dormida escarcha duró el frío.

Mullido césped, taraceada alfombra,
lujosas plantas, árboles mayores,
fuente vertida en fúlgidos colores,
escultural presencia de Cervantes:
si aquí fueron enantes,
sobre desnuda arena,
actores los mendigos
y magnates del reino los testigos,
la transformada escena
hoy reprende a vasallos y señores,
y, en la voz que no lejos les condena(3)
lecciones manda la severa Historia,
con poderoso ejemplo,
a Sacerdotes, Próceres y Reyes,
que esa Asamblea que les dicta leyes,
si hoy popular Palacio, ayer fue templo.
Hundiéronse en pedazos a millares
la Cruz, y el campanario,
y el ábside, y el místico Sagrario...
Cayeron profanados los Altares;
enmudeció el salterio;
lo que entonces fue púlpito es rostrario;
sótano vil la cripta del Misterio...
¡Mudóse el coro en ancha gradería,
y oleaje de turbas populares,
desde entonces, en ruda gritería,
se desata y aplausos al tribuno,
como en rezos y cánticos un día!...

¿En dónde estoy? -Un tiempo más remoto,
desde el inculto monte a la llanura
y del estrecho valle a las colinas,
el ágil gamo y la velluda fiera,
so el pabellón de próvidas encinas,
pacieron en la rústica pradera
que aquí ignorada de los hombres era.

Y tranquilos y en paz aquí vivieron
sin que del cazador les acosara
ni venablo ni jara,
ni alevoso arcabuz... Que nunca vieron
suelta de los lebreles la trailla
en demanda feroz o a la carrera,
ni el aullido tenaz de su garganta
y el noble son de venatoria trompa
dentro del bosque plácido advirtieron
al jabalí o a mansa cervatilla
el repentino trance en que murieron
traspasados del plomo o la cuchilla.

Cayó vencida la silvestre pompa
de la ambición al golpe codicioso;
y la que luego fue moruna villa
del madroño y del oso
y del santo Patrón de fe sencilla,
hoy es moderna Corte que levanta,
rotos los moldes de su antigua planta,
alcázares, teatros, ateneos,
bibliotecas, hipódromos, museos;
mientras en el rocoso
cerro del Escorial duerme el coloso,
tétrico Faraón del Occidente,
el Felipe que fuera,
con la cinérea cruz sobre la frente,
atizador de la inhumana hoguera.

Rumor de selva despertó mi oído
palpitación de fronda no distante,
como en la adversidad vuela el gemido
de la amada al amante.
Voz de melancolía,
acorde con mi queja,
misteriosa y vaga melodía
con que las negras ramas tembladoras
dicen adiós al espirante día.

Es la tarde, penumbra de las horas...
Y quien lanzó tan lúgubre gemido
es el Cedro eminente
de tristeza simbólica vestido.
-Peregrino de Oriente,
tendida al viento la medrosa rama
e inclinada la frente,
parece que solloza y que me llama.

Ya no son los que fueron,
pobladores del Líbano gigantes,
cuyas altivas copas
bendecían las aves emigrantes...
Los brazos que esos cedros extendieron,
brindando sombra a los tostados lomos
de desnudos Profetas,
cayeron al cumplirse los sagrados
trenos de Jeremías...
¡Cayeron con las glorias de otros días,
y el aire del desierto
ramas y troncos arrastró al Mar Muerto!

Noble Cedro doliente,
cautivo en suelo hispano;
gárrulo adorno de jardín urbano
que no olvidas tu Reino del Oriente:
falto de amor y del nativo ambiente,
con unas ramas tiendes alto vuelo
de aspiración divina,
misericordia demandando al cielo,
y otras abates al humilde suelo,
a do la muerte pálida te inclina...
-Pero no estarás solo, triste amigo,
en tal tribulación, mientras aliente
mi ancianidad, de tu dolor testigo...-
¡Todos los días que de vida cuente
vendré a la tarde a conversar contigo!