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Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve la plenipotencia malamente ambicionada por Vázquez. Pero no fue sin sufrimientos. Apenas se comenzó a hablar de mi candidatura, un periodicucho efímero, de esos que suelen publicar los muchachos en los momentos de agitación, El Chispero, emprendió una feroz campaña contra mí, como si yo fuese el representante de toda una época de corrupción. No le hice caso hasta que habló malévolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores suposiciones. Y aun así, no di importancia a aquellos dicterios, teniendo como tenía mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artículos, vi esta firma desconcertante: «Mauricio Rivas».

-¡Mauricio Rivas! ¿Qué quiere decir esto?

Llamé a de la Espada.

-¿Quién es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en El Chispero? -pregunté.

-Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he oído hablar de él.

-Hay que averiguar -dije aparentando indiferencia.

Y luego:

-Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa.

-Lo haré.

Me interesaba el artículo por dos razones: porque era una violenta diatriba contra mí, para denigrarme como ministro diplomático ante una corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre del hijo de Teresa.

El farsante, ese que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella pesada broma, iba a pasarlo mal. No es Mauricio Gómez Herrera de los que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me gustaba ese símbolo, traído de los cabellos, de la juventud consciente y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir a la conquista de un porvenir románticamente soñado.

Busqué entre mis amigos y mis enemigos quién podía ser el autor de aquel artículo garboso, y se lo atribuí a Vázquez. Pero Vázquez estaba en Los Sunchos, con su María, como arrendatario de una estanzuela que había ido convirtiendo en granja, o si se quiere chacra, y me escribía de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente a escondidas de su mujer.

-No es Vázquez. ¡Pero qué canalla! -exclamé, volviendo a empezar el artículo para darme cuenta exacta de sus detalles.

No. No podía ser un contemporáneo, porque sintetizaba demasiado. Uno de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto las cosas a bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aquí tengo el recorte, con su título y todo:

DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA

«Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, nació en un rincón de provincia, y creció en él sin aprender otra cosa que el amor de su persona y la adoración de sus propios vicios.

»Nunca entendió ni aceptó cosa alguna de la ley, sino cuando le convino para sus intereses y pasiones.

»Es la síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media sociedad, si se viera en el espejo, se diría cuando pasa: 'Yo soy ése'.

»Tuvo de su abuelo el atavismo al revés, y así como aquél peleó contra la partida, muchas veces sin razón, éste pelea siempre sin razón, con la partida, contra todo lo demás. Suprime sin ruido, hasta gobernadores, como el otro 'compadremente', facón en mano. Que Camino lo diga... Está llamado por eso a todos los triunfos, y no morirá clavado a una tapia por gentes de bien, sino clavando a las gentes de bien, moral o materialmente, en todas partes...

»Pero basta el prólogo y pasemos a sus aventuras.

»Heredó de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado, fue, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado con el chiripá y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes, conservando sólo cierto valor personal y un desprendimiento que no es sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto más cuanto más grandes son las personas a quienes pueda o trate de humillar.

'Así, por ejemplo...'

Y seguía una larga serie de anécdotas, casi todas falsas -entre ellas el 'envenenamiento' de Camino-, pero tras de cuyas líneas se transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo:

»El que esto escribe no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni a don Mauricio Gómez Herrera, ni a... ¡tantos otros!; ¿para qué citar nombres? Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el compadraje, de no rendir culto a esos fantasmas del pasado, de respetar la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mérito modesto al exitismo a todo trance. Quizá se le crea exagerado, pero por el estudio que hará detenidamente de esta personalidad y de otras análogas, en sucesivos artículos, se verá que tiene razón de reclamar en nombre de la juventud, contra estos crímenes de lesa patria.

»¡Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! ¿Por qué no hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que él?»

Y firmaba «Mauricio Rivas».

Que el artículo era contra mí, resultaba evidente de la línea aquélla: «El autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni a don Mauricio Gómez Herrera...»

El asunto me preocupó hondamente todo el día, pero no quise interrogar a de la Espada, aunque lo viera salir a la calle y volver varias veces, con la cara larga, y esquivándome los ojos.

-¿Qué habrá? -me decía.

Por la tarde, cuando iba a retirarse, vaciló un rato, después se acercó a mí, y me llamó aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.

-Es una desgracia -tartamudeó.

-¿Qué?

-El autor del artículo...

-¡Ah!

-Sí; es un jovencito de dieciocho a veinte años, que me parece...

-¿El hijo de Teresa?

-Tu hijo, sí.

-¡Tenía que suceder!... -exclamé haciendo un esfuerzo para reírme-. Pero esto no puede continuar así. ¿Dónde vive?

-No sé. Pero, tienes que hablarle...

-¿Dónde se le ve?

-Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas.

-¿En la cortada del Mercado del Plata?

-Eso es.

De todas las dificultades de mi vida, aquélla era la más nimia, porque de El Chispero nadie hacía el menor caso, pero ninguna me molestó ni me irritó más, haciéndome llegar a creer que de aquellas indiscreciones, de aquella diatriba, dependía todo mi porvenir... Tomé el sombrero y salí, dejando, como de costumbre, que las visitas se quedaran o se fueran, a su antojo, y comencé a pasearme por las calles más solitarias, pensando en lo que habría de hacer.

De pronto, me encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda indicada. Pregunté, después de pedir un café, que resultó infame decocción de porotos, si estaba allí don Mauricio...

-¿Qué don Mauricio?

-Rivas. Un jovencito que viene a comer.

-¿Uno que escribe «sobre» los diarios?

-Ése.

-Todavía no vino.

Esperé, domando los nervios.

Por fin, vi acercarse un jovencito que debía parecerse a mí, cuando hacía mis primeras armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.

-¿Es ése?

-No. Ése es un amigo. Todos los que vienen se parecen...

A la media hora, él mismo me señaló un joven ojinegro, pelinegro, como Teresa, tímido en el andar y la expresión, como Teresa, pero con algo en la mirada, especie de resolución heroica y tierna a la vez.

-¿Es usted Mauricio Rivas?

-Servidor. ¿A quién tengo la honra?

-Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere mal...

-No me doy cuenta -murmuró, sorprendido.

-¿Tiene usted dos minutos que dedicar a un desconocido? En tal caso, hágame el favor de sentarse...

Se sentó, tímido, contrastando con la violencia de su escrito.

-Impulsivo -pensé-. ¡Si yo soy el nieto, tú eres el biznieto de Juan Moreira!...

Él estaba cortado, esperando un acontecimiento que no sabía adivinar, ni siquiera sospechar.

-Tome un poco de vermouth.

-Bien.

-Mis compañeros me esperan para comer -agregó-. Desearía saber qué me vale este honor...

-He leído su artículo de El Chispero. Es notable, como vigor, pero me parece exagerado. Usted hará camino en el periodismo, y tengo razones para darle un consejo...

-¿Ah? -murmuró bebiendo un sorbo de vermouth.

-Es preciso que usted conozca más a fondo a las personas que ataca, y que no se haga un daño irreparable por impremeditación juvenil.

-Señor -me dijo, incorporándose, como para marcharse-, no pido, por el momento, cursos de literatura ni de periodismo...

-¡Muy bien contestado -exclamé, tomándolo acariciadoramente de un brazo-. Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistiría en aconsejarle.

-¿Y quién es usted? -preguntó con enojo.

-Yo soy Mauricio Gómez Herrera.

Se quedó boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:

-Y si usted hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña Teresa, no lo hubiera escrito nunca, o no lo hubiera publicado... Somos amigos... amigos íntimos con su mamá... desde la infancia... y después.

-Eso no impide...

-Pregúntele a ella...

-La razón se sobrepone a los efectos, y las épocas tienen sus exigencias.

-El deber no cambia.

-¿Quiere decir? -gritó.

-¡Silencio!

Me levanté, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:

-Habla con Teresa, Mauricio.

Un rayo no lo hubiera inmovilizado más.

Al día siguiente busqué El Chispero; no traía el artículo anunciado. En cambio, por la tarde, recibí esta esquela, firmada T. R.:

«Tuvo usted razón, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una desgracia».

Vi algo horrible, y salí de mi despacho, dejando la esquela tirada en el suelo. Cuando me tranquilicé y volví, la quemé sin piedad, casi con rabia.

¡Vaya una tontería! ¡Suponer que, por vanas consideraciones sentimentales, uno ha de renunciar a sus grandes proyectos o dejarse manosear por quien quiera!...



Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910.


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Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII
Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV