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Más me preocupaba María Blanco, a quien seguía cortejando con asiduidad. Teresa había pasado a la categoría de los recuerdos indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía mayor cada vez?

No sé si era éste u otro el orden de sus pensamientos; lo cierto es que no volví a oír hablar de ella en mucho tiempo, y que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré. Entonces -lo repito- me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres y cosas vinculadas a una travesura de la niñez, como de un paisaje lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la tienda en el tránsito de la vida.

Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía vengar al sexo, afectando, si no desdén -que esto yo nunca lo hubiera admitido-, una especie de despego prometedor y cautivador, pero engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en modo alguno su propósito de venganza, o cualquier otro que tuviera. Yo «me le fui a los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en aclarar la situación con entera franqueza.

Una tarde que nos paseábamos en la huerta, a poca distancia de don Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta libertad, la hablé resueltamente.

-Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?

-¿A mí? No, que yo sepa. Pero ¿a qué viene esa pregunta? ¿No somos tan amigos como siempre?

-Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás, enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré?, desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros días, que me cautivó tanto...

-¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será usted el que ha cambiado.

Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.

Estuve por decirla:

-Pero ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que quizá en este momento la hace alejarse de mí?

No se lo dije. Sólo acerté a esto:

-Me trata de un modo que me da pena, María. Como a un amigo, sí; pero no como a un amigo que pueda aspirar a más, sino como a una simple «relación», como a un «conocido» que pasa y se olvida.

-¡No soy de amistad tan fácil! -replicó sonriendo, siempre fría.

-¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí! -exclame, pensando en Vázquez.

Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.

-Todos - contestó.

-¿En estos días? -inquirí, casi colérico.

-No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un momento que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!

No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada, nada, ni aun de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen ¿cabe, al propio tiempo, el amor?

Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí desconcertado y molesto.

-No la entiendo, de veras -dije con displicencia-. Ya me ve usted sujeto a todas sus voluntades, visitándola día a día, no pensando sino en usted.

-Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada a pensar y juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo, como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... relaciones.

Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un modo decisivo:

-¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...

Esto lo dije tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía entonces...

-Pero ¿cómo quiere -agregué, más seguro de mí mismo- que de la noche a la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie a mis pocas diversiones -muy inocentes, por otra parte-, si no veo más o menos cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro...

-¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?

-Decirme que me quiere.

-Hágase querer -dijo con seriedad y coquetería a un tiempo.

Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada menos, quería que yo renunciara a todo y que me quedara prosternado, adorándola como a una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí, y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con variantes «el desdén con el desdén»?

Yo, para mí, y por una fuerza, quizá ajena a mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente, porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», y el resto debe supeditarse a esta entidad. Pero hay una atenuante a esto, demasiado absoluta quizá, atenuante que me ha permitido llegar a ser lo que soy: cuando las cosas exteriores no pueden o no quieren supeditarse, el «yo» debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, a toda costa. Y jugar conmigo es cosa seria.

Dejé a María y a su padre, que me invitaba a comer con ellos, pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la cuestión. Para ello, bastaba a mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante a mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil, porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la vida -exageradas por lo unilaterales- que no ha escrito el más negro de los pesimistas, que no han expresado ni aun en la redacción de los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres no sabe, en cuanto a la vida privada de los habitantes de una ciudad grande o pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si quisiera novelas o escándalos no tendría más que pasar por ese cedazo, o, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía, pero si ella hablara se acabaría sencillamente la sociedad, minada en sus cimientos, o por lo menos en la parte convencional de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral, esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando a creer que toda ella es así, sin excepciones, o casi... No se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese.

Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos a boca con Vázquez, quien se acercó a saludarme, afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca.

-¿Cómo te va?

-¡Mal! -le repliqué.

-¿Qué te pasa?

-Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo muy mucho...

-¿El Gobernador?

-¡No te hagas el tonto!

Encogiose de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:

-¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas a muchas personas y, lo que es más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes a mí, y crees que yo me opongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como dicen nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente, porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés seguro del éxito e impulsado a ello por las circunstancias. ¡Oh, tú harás siempre lo que quieras!...

-¿Por qué?

-Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va a la juguetería con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo e indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...

-¿Y tú? -dije, no sin ironía.

-Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...

¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!... Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo, sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello, y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto principal.

-¡Hablemos claro! ¿María Blanco?

-Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no desearía unirme a una mujer convenciéndola, sino enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande y más hermoso que yo, al príncipe de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás.

Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí la mano, y le dije:

-«Sos» un misántropo. Así no irás a ninguna parte.

-¡No quiero! -contestó.

Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que ese coloquio, pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua, monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo eso? ¿Era feliz? ¡Feliz, renunciando a lo que quizá pudiera conquistar! ¿O es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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