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La muerte de Tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo único e indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna, tenía a todas las autoridades como si dijéramos rendidas a discreción. Convencido de que tarde o temprano me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas que bienes, que Mamita era incapaz de salir del atolladero y que yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran satisfacción.

-Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar a los acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno de la provincia pase una pensión a la viuda, y yo mismo iré a la ciudad a trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrador, porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero ¡no importa! Con todo, la chacra valdrá mucho a la vuelta de pocos años y podrás venderla muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto, necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te han aumentado dos o tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.

Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba a decir, y agregó:

-¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre fui muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo a vender la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto de retroventa. Naturalmente, esto era «engañapichanga». Hicimos en la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa carta debe estar entre los papeles del finado. Traémela y te daré otra para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos a tu nombre y el de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.

Se interrumpió para añadir después, con una risita entre maliciosa y avergonzada:

-Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uñas que tiene, y a mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar a sus acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte en cara...

Dimos a don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional para «la viuda e hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse con una pequeña amortización anual -«del lobo un pelo», decía él-, de manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya no estaba allí Tatita, manirroto a quien ningún dinero daba abasto, y porque yo no me había acostumbrado todavía a tirar la plata, gracias a las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían y gracias también a que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si Mamita, como la enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa y solitaria que nunca.

-Pocos años de vida le quedan a misia María -murmuraba la gente al verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones simpáticas y amables para todos.

-¿Por qué te afliges tanto, Mamita? -me atreví a decirla una vez-. Al fin y al cabo, Tatita no te hacía tan feliz...

Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:

-¡Mauricio! ¡Era tu padre!

La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo raciocinio.

Así fue pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Higinio quiso un día complementar con un golpe de maestro la magnífica ayuda que nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de «hacerme hombre».

Ocurrió que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro departamento, figuraban dos o tres que no eran, ni con mucho, de la devoción de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo, Cirilo Gómez, ex-vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían contagiado con su odio a don Sandalio Suárez, el comisario de policía. Los tres, saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre hechas de la ciudad, y ellos las hacían votar a ojos cerrados, obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votarían jamás aquélla, si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su indignación a la amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima exigencia, harían abstenerse a «sus amigos», dando el triunfo a la oposición, que se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de arriba...

Esto agitó hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos, desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias, don Higinio asumió su papel de caudillo, predicó la moderación, el mantenimiento de la disciplina a todo trance, y se encargó de arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran satisfechos -todos menos el candidato que hoy llamaríamos boycoteado-. Iría a la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del partido oficial, ¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron plenos poderes, y, preparándose para el viaje y la campaña política, aquella misma noche me llamó:

-¡Muchacho! -me dijo-. Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando más que una «bolada» y lo que ésta no me la quita nadie. Aunque todavía no tengas la edad, te vamos a hacer diputado. Así, como suena, diputado.

Me quedé estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había atrevido a esperar semejante ganga sino para muchos años después, y eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad -pues aunque el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me había dado función alguna, por la sencilla razón de que no la ejercería-, de simple empleadillo de la Municipalidad a diputado a la Legislatura de la provincia ¡era tan grande el salto!...

-¿De veras, don Higinio? ¿No me está titeando? -logré preguntar por fin-. ¿Con qué títulos?

-«Sos» hijo de tu padre y un poco hijo mío, si me salgo con la mía... que me he de salir. ¡No! Si no soy ciego y no tenés para qué hacer aspavientos. Claro, que si Teresa fuera macho, no te caería la ganga... Pero viene a ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando llegue el momento... La muchacha y «vos» sois muy jóvenes todavía... Bueno, pues, además del nombre de tu tata y de mi protección, tenés tus trabajos: has escrito en La Época.

En efecto, con el contagio de la redacción, había garabateado uno que otro sueltecito, una que otra diatriba más o menos calumniosa o epigramática contra nuestros adversarios.

-De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que un poco de platita, y se la daremos. Será el primero en cacarear que «sos» el alma del diario y el mejor elemento del partido. En fin, ésta es cosa mía, y podés estar seguro de que no me la quita nadie.

Yo tenía fiebre. No sabía lo que me pasaba, no podía estarme quieto, ni hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me reservaba una sorpresa más importante todavía, si se mira bien.

-Serás diputado -continuó- y tendrás una fortunita. Vengo pensando en eso desde hace mucho, y creo que por fin he dado en el clavo. Apenas te sentés en tu banca de la Legislatura, yo haré que la Municipalidad mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad, Funes y Cadillal, que están cortadas por tu chacra. Naturalmente habrá que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te quedarán, entonces, nada menos, veintiséis manzanas de pueblo, en el mismo riñón, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, podés vender dos o tres de las más afuera para hacer veredas y tapias con esa platita. Lo que quede, a la larga será toda una fortuna, aunque ahora valga poco. Si el país sigue adelantando, de repente vas a ser más rico que Anchorena. Y no te digo más.

Lo abracé, bailando.

-¡Oh, don Higinio, cómo le podré pagar!...

Me apartó sonriente, y, meneando su cabeza de león manso, se puso a armar con cachaza un cigarrillo negro. Después agregó con calma un poquito conmovida:

-Yo no te pido nada. Sé lo que valés y te tengo confianza... Además, también lo hago por Teresa, que te quiere mucho y será una compañera de mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita labrada, muy «derecho viejo», más leales que un perro... Y ahora, muchacho, tené mucha paciencia y estate muy calladito la boca, no sea cosa que nos conozcan el juego.

Y me mandó que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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