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Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente, observé a Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar más a Tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos después entraba en el Café de la Esperanza, buscando a mis amigos, y la casualidad quiso que Papá estuviera allí, jugando a la treinta y una ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente. Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los anteriores. ¡Adiós los Zapata!

Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa, que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.

Pero ni aun embriagado por estas delicias descuidé completamente la parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia, que podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí a mi padre una larga carta, modelo de diplomacia juvenil y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter, tan análogo al suyo -cosa de que me enorgullecía-, la corrección de mi conducta dependía precisamente de la mayor o menor amplitud de mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla. A mí, como a él, sin duda, la sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos aun pensamientos) había sido hasta entonces más que suficiente para hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena -antes bien era un error- cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba necesariamente a la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer.

Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en Tatita. Inmediatamente escribió a los Zapata, diciéndoles que «por razones de salud» yo no volvería a la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para presentarme a fin de año como «libre» en los exámenes.

-Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré a la ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majadereen, «como un hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.

-¡Sí, Tatita! «¡como un hombre!» -juré, pensando para mis adentros que los hombres suelen no portarse bien.

Llegada la época de los exámenes fui a alojarme en la casa de huéspedes de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota el nombre de familia a veces venerable, por mercantilismo o por necesidad -a falta de otro medio de subsistencia-, y que abundan en provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como a porfía de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque, ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos, me quedo en aquella Capua, sórdida si se quiere, pero en cambio tan libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata... ¡Viva la libertad! Y pasemos a otra cosa.

¿A qué decir que me dejaron suspenso en varias materias -creo que cuatro de seis- y que en otras pasé por suerte o por benevolencia de la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y ensañamiento a que declinara el quis vel qui, del que yo sólo sabía la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han sido autodidactos, selfmade men, mientras que los rutinarios, los mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte de complacencia...

Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el examen, ocurrióseme darle uno a misia Gertrudis, antes de volver a la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una buena broma; abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja mamarracho!» u otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces; a la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera más abundante y más juvenil que nunca.

-¡Bicho feo!- silbé.

Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el «¡Viejo mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay Dios! ¡Tuve miedo y eché a correr! Es la primera vez que he sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...

Volví a Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra vez, ni por un momento, a mi individualidad, tan señalada en el pueblo y tan desvanecida e insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza de ratón que cola de león», como decía Tatita.

Mamá se encargó de arreglar las cosas a medida de mis deseos, para tenerme definitivamente a su lado. Yo «quería trabajar, empezar a ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea o empleo que me preparara prácticamente a la lucha por la existencia, ya que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como afirmaba yo. Habló varias veces con Tatita al respecto, y como me valí de Teresa para conquistar a don Higinio que, decididamente, ejercía gran influencia sobre mi destino, Papá accedió sin muchas dificultades y diciéndose, quizá, que, como me dedicaría a la política que no exige sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, a la primera insinuación me concedió un empleíto rentado que iría preparándome a más altas funciones.

Pocos días después, a principios de año, tomé posesión de mi empleo, y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era muy muchacho y poco inclinado a la observación, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. A la media hora de estar en mi puesto, sentado a una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y escapaba a divertirme a otra parte. Sin embargo, a la larga, conocí el personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar a caballo desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, no sé si menos tosco o más presuntuoso, gran comerciante también; el tesorero, don Ubaldo Miró, que con un sueldo miserable alcanzaba, sin embargo, a llevar una vida casi suntuosa, gracias a su habilidad para el escamoteo y a la bondad benévola con que adelantaba los sueldos a los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios, uno de la intendencia -Joaquín Valdés-, otro del Concejo -Rodolfo Martirena-, que andaban siempre a caza de propinas y que las provocaban deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara a los partidarios más caracterizados de la «situación».

Yo estaba adscripto a la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme a continuar aquella nueva especie de «rabona». Después comprendí el porqué de su conducta; no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se había quejado amargamente a su hermano de mi nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de más a los ganaderos que enviaban animales, cueros o lanas a otros departamentos, se robaba las estampillas que debían quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados falsos a los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano del intendente; su otro socio era el tesorero; ni la comuna, ni la misma provincia tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo, y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente, para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido previsor, y no lo lamento.

En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y los alrededores, a pie unas veces, pero generalmente a caballo, con algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo a las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura inclinación irresistible al bello sexo.

Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de diez y siete a diez y ocho años, diablo y atrevido como él solo, con quien me había ligado estrechamente, me aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. A veces continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero en la mayoría de los casos se me huía después como a un enemigo. Teresa quedó relegada al fondo oscuro de la memoria, aunque la viese casi todos los días, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas -excepción hecha de Marto- comenzaron a parecerme, poco después, insulsas, parangonadas con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos más o menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían a tomar el vermouth (mermú) a horas de almuerzo, y como final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el programa nocturno. Comencé a frecuentarlos, más interesado cada día. Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa o en el restaurante, a la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí, ora allí, en la «timba» del Maneo, en el establecimiento de Ilka, la polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las armas, o en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar, alrededor de un tapete criollo o bajo un emparrado polaco, no sólo a los camaradas, a los demás contemporáneos, sino también a toda la flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates a la cabeza. ¡Y dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «país», con Sócrates y todo!... En fin, a la madrugada nos íbamos a acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento, reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un flaco fervor por los grandes espectáculos de la naturaleza, y creo que, si la política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesión.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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