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Tal fue la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno a la otra, por la ley sociológica que rige a las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo o de viejo cuño. Aquel astuto político de aldea calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me presentaba no dejaría de ser, gracias a mi nombre, fácil y brillante, sobre todo si Tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al uno ni al otro les faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían hacer cuanto quisieran.

Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas e hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía físicamente un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba a su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica en política y administración, como si el país, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, a estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, a intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá también porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por su propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía a menudo que mi padre y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oírlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, e intrigado con ellos.

-¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»? -pregunté un día a Teresa-. ¿Te ha dicho algo sobre eso?

-Puede ser -contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias-. Lo único que puedo decirte -agregó, muy afirmativa-, es que Tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.

No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.

Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia a mi amor propio y causa de oscura felicidad.

Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas. Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba a los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde, si no se me recibía con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.

Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron a un tiempo, de allí a poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después -y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos de éste-, declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, a la que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo agregando juiciosas consideraciones.

-El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien, gracias a mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas o no sepas, el título de doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero a costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras a ser doctor, siempre habrías ganado, en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistándote a los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.

La resolución de mi padre me dio un gran disgusto, pues preví que cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad a que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por Mamita, que no quería separarse de mí, y para quien mi ausencia equivalía a la muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba a la tierra. Mi resistencia, airada o afligida, según el momento, fue tan inútil como las súplicas maternas: Tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes a la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.

-Mire, misia María -dijo irónicamente mi padre a Mamá, que insistía en tenerme a su lado-. Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido a la pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.

Mi madre calló y se limitó a seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin réplica a la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco e inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fui a desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.

¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado a veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba a echar mucho de menos y le parecía estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme a ver hecho un personaje.

-Además -agregó-, la ciudad te va a gustar mucho, te vas a divertir, te vas a olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo peor! -suspiró tristemente-. ¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!

-¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...

Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí a despedirme de Teresa, que me abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería de veras a aquella muchacha o que tenía un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente a la familia.

En casa, Mamita, hecha un mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba a morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la sangre fría.

Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos a la ciudad y de la ciudad a Los Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, protector conmigo, servil con Tatita, el comisario de policía, don Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquí. Allí no hay Tatita que valga, y a los atrevidos los atan muy corto». Entre otros muchos, no olvidaré a don Lucas, que creyó de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:

-¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para sus maestros -entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno-, para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...

En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:

-Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.

-¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un banquito! -dijo burlonamente don Inginio.

Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en serio.

Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro equipaje a la imperial -la valija de Tatita y dos o tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el camino-. Muchos apretones de manos. Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.

-¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!

Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó a andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida a la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa se había asomado a la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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