Abrir menú principal



Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza despejada, reanudose la pesadilla y la imaginación recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí a casa de Teresa, resuelto a aclarar la situación, absolver posiciones, y, si a mano venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama, me sentía alegre.

Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas peculiaridades llegaran a la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, a pesar de la hora temprana, echaba chispas, y la tierra, húmeda con las lluvias recientes, desprendía un vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.

Don Inginio acababa de salir a caballo, y Teresa tomaba mate, paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareció. No vi a Teresa, no vi más que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había pasado o yo imaginara:

-¿Por qué sos así?

Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica comprendí, aunque no estuviese acostumbrado a tales repulsas. No se trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas el mate, que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas.

La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté a iniciar la frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté, nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leía en los libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situación y, con el amor propio herido por la vergüenza, allí hubiera puesto fin a las cosas, si la muchacha, magnífica e instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado toda importancia a la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras recogía la bombilla y los restos del mate:

-¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.

No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo y me permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.

-¿Has visto -pregunté con acento indiferente- la cantidad de macachines que hay en el campo?

Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dio un paso hacia mí, e inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:

-¿Hay muchoz?

-¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?

-¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque a la cabeza.

-¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada.

-Además, no me guztan.

Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.

-¿Y los huevos de gallo?

-¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en loz floreroz, con loz penachoz de cortadera, y rezultan máz bonitoz...

-¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo! -exclamé con resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que, alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya a toda prisa:

-¡No vayaz a hacer ningún dizparate, Mauricio!- suplicó.

-¡Dejá, dejá no más!

Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho menos tirante que en un principio, no dejaba todavía de serme embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me servía a maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino en una barranca a pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido.

Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque su voluntad les llevaba a la realización de sus apasionados deseos. ¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fui capaz de exponerme por ofrecer huevos de gallo a una chiquilla, así también, ahora que peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico o no, loable o vituperable, si de él depende el logro de un fin que me importe mucho. Qué fin no hace al caso. Bástame con afirmar mi capacidad de acción.

Una hora después de mi brusca partida, volvía yo a casa de Teresa con el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde más oscuro y sucio de las hojas. La niña recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco e impreciso que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una cuerda atada a un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascención final, cuando hubiera sido tan fácil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría a diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba a preguntas, obligándome a completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados o evocados de mis lecturas, para dar más realce a la proeza. Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos, sonreían con expresión admirativa y al propio tiempo angustiada, mientras sus mejillas se coloreaban y palidecían alternativamente. Cuando terminé:

-¡Muchaz graciaz! -murmuró-. ¡Zoz muy valiente!

Y se puso encarnada como una flor de ceibo, mientras bajaba la vista para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.

Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví a utilizar sus ventajas, o no encontré el medio de aprovecharlas. Limiteme a decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto a todo por complacerla... Me dio, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:

-Y no hagaz como antez, no ceaz tan «chúcaro». Vení a vernoz de cuando en cuando.

-¡Ya lo creo que vendré!

Y fui todos los días, a veces de mañana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez, pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado a mal mis avances, sabía tenerme a distancia y rechazar sin acrimonia toda libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra me tomaba. Éstas no eran muchas, a decir verdad, porque los abstrusos o almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas me parecían incomprensibles para ella, e inadecuados por añadidura, mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico e ignorante, las burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, a mis labios, pero no salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era más bien buen gusto innato comenzando a desarrollarse. Jugábamos, en suma, como chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el candor de la niña, que irritaba y al propio tiempo tranquilizaba mis pasiones...




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII
Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV