Discurso sobre el origen y los fundamentos/Discurso sobre el origen, etc

Discurso sobre el origen y los fundamentos (1820) de Jean-Jacques Rousseau
Discurso sobre el origen, etc


DISCURSO
SOBRE


EL ORIGEN Y LOS FUNDAMENTOS DE LA DESIGUALDAD DE CONDICIONES ENTRE LOS HOMBRES




Es pues del hombre de quien tengo que hablar, y la cuestión que examino me manifiesta palmariamente que voy a hablar a hombres: porque semejantes discusiones no deben proponerse cuando se teme honrar a la verdad. Yo defenderé en fin, con energía y confianza, la causa de la humanidad delante de los sabios que me estimulen a ello, y me creeré feliz y estaré contento de mí mismo, si me hago digno, por mi celo, de mi asunto y de mis jueces.

Yo concibo en la especie humana dos clases de desigualdades, la una que llamo natural o física, en virtud de que se halla establecida por la naturaleza, y que consiste en la diferencia de las edades, de la salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma: la otra, que puede llamarse desigualdad moral o política, porque depende de un género de convención, y que se encuentra establecida, o cuando no autorizada por el consentimiento de los hombres. Esta consiste en los diferentes privilegios de que gozan algunos con perjuicio de los demás, como son, el ser más ricos, más ennoblecidos, más poderosos, que ellos, y también el de hacerse obedecer.

No se puede de forma alguna preguntar cuál es el origen de la desigualdad natural, porque la respuesta se hallaría enunciada en la simple definición de la voz. Menos aun podría buscarse y analizarse, si no hay o pudo haber alguna ligazón o analogía esencial entre las dos desigualdades; porque esto sería preguntar, en otros términos, si los que mandan valen esencialmente más que los que obedecen, y si la fuerza del cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se hallan siempre en los mismos individuos en proporción del poder o de la riqueza: cuestión excelente, puede ser para que la agitasen y discutiesen esclavos que conociesen a fondo a sus amos, pero que no conviene a hombres razonables y libres, que buscan la verdad.

¿De qué se trata, pues, esencial y principalmente en este discurso? de señalar y dar a conocer en el progreso de las cosas el momento en el cual, el derecho sucediendo a la violencia, la naturaleza fue sometida a la ley: explicar por qué encadenamiento de prodigios el fuerte pudo resolverse a servir al débil, y el pueblo a comprar un reposo ideal por el precio de una felicidad efectiva.

Los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad han conocido todos la necesidad de remontar hasta el estado natural, pero ninguno de ellos ha podido llegar a él. Los unos no han fluctuado en suponer al hombre en este estado la noción de lo justo y de lo injusto, sin curarse de manifestar y probar que debió tener esta noción, ni menos que le fue útil. Los otros han hablado del derecho natural que cada uno tiene de conservar lo que le pertenece, sin explicar lo que ellos entendían por pertenencia. Y algunos otros, dando sin dificultad al más fuerte la autoridad sobre el más débil, han al momento hecho nacer el gobierno, sin hacer caso del tiempo que debió transcurrir antes que el significado de las voces autoridad y gobierno pudiese existir entre los hombres.

En fin hablando todos sin cesar, de necesidad, de codicia, de opresión, de deseos y de orgullo, han transmitido al estado natural las ideas que ellos habían adquirido en la sociedad: trataban del hombre salvaje, y pintaban al hombre civil. No ha siquiera pasado por la idea a la mayor parte de los nuestros el dudar que el estado natural hubiese existido, no obstante que es evidente, según lo manifiestan los libros sagrados, que el primer hombre, habiendo recibido inmediatamente de Dios luces y preceptos, no podía hallarse por ningún título en tal estado, y que añadiendo a los escritos de Moisés la fe que les debe todo filósofo cristiano, es forzoso negar que, aun antes del diluvio, los hombres se hubiesen jamás encontrado en el estado puro de la naturaleza; a menos que no hubiesen vuelto a él por algún acaecimiento extraordinario: paradoja bastante difícil de defender, y del todo imposible de probar. Principiemos pues por separar todos los hechos, respecto a que no tocan, ni tienen relación con la cuestión. No es necesario hacer caso de las investigaciones con las cuales se puede entrar en materia sobre este asunto, por medio de las verdades históricas: valgámonos solamente de razonamientos hipotéticos y condicionales, mucho más a propósito para aclarar la naturaleza de las cosas, que para manifestar el verdadero origen, y muy parecidos a aquellos que hacen diariamente nuestros físicos acerca de la formación del mundo. La religión nos obliga a creer que Dios habiendo sacado a los hombres del estado natural, inmediatamente después de la creación, no son iguales porque no tuvo a bien que lo fuesen: mas religión no nos prohíbe el formar conjeturas sacadas de la naturaleza sola del hombre, y de los seres que le rodean, y sobre lo que hubiera llegado a ser el género humano si hubiese permanecido abandonado a sí mismo. Ved aquí lo que se me pide, y lo que me propongo examinar en este discurso. Mi asunto interesando al hombre en general, trataré de adoptar un lenguaje que convenga a todas las naciones, o mas bien olvidando el tiempo y los lugares, para no pensar sino a los hombres a quienes hablo, me supondré en el liceo de Atenas, repitiendo las lecciones de mis maestros, teniendo por jueces a los Platones y a los Xenócrates, y al género humano por auditor.

¡O hombre! de cualquier región que seas, y sean cuales fuesen tus opiniones, escucha: ve aquí tu historia, tal cual he creído leerla, no en los libros de tus semejantes que son engañosos, sino en la naturaleza que no miente jamás. Todo cuanto será suyo es verídico: no habrá otra cosa en ella que sea falso sino aquello que yo haya mezclado de mi pertenencia sin querer. Los tiempos de que voy a hablar están muy distantes. ¡Ah, y cuanto has cambiado de lo que eras! Es, por decirlo así, la vida de tu especie la que voy a describirte con relación a las cualidades que has recibido, y que tu educación y costumbres han podido depravar, pero que no han podido destruir. Hay, lo conozco, una edad en la que el hombre individual querría detenerse: tú buscarás la edad en la cual desearías que tu especie se hubiese fijado. Descontento de tu estado presente, por razones que anuncian a tu posteridad desgraciada mayores disgustos aun, puede ser que quisieras poder retrogradar, y ese sentimiento o deseo hace el elogio de tus primeros abuelos, la crítica de tus contemporáneos y el horror de aquellos que tendrán la fatal desgracia de vivir después que tú.