Discurso sobre el fomento de la Industria popular: 23

Capítulo XXI

Cerraré este discurso con un paralelo de las ventajas que por la industria han adquirido los Estados modernos y antiguos de más fama y celebridad.

Que la Holanda contribuya cincuenta y dos por ciento y el pueblo esté tan rico no cabe atribuirlo a otro principio que a la general aplicación de las familias.

La Inglaterra, que paga casi veinticuatro millones de pesos por réditos de la deuda nacional y ocurre con grandes subsidios a las gravísimas urgencias y dotaciones del Estado, saca de la ocupación bien dirigida este tesoro.

Estas dos naciones, respectivamente a su suelo, tienen una gran población. La de Holanda, midiendo geométricamente su corto terreno, es comparable a la que nos refieren de la China.

La Suiza en muchos Cantones tiene un gentío considerable y lo demuestra el crecido número de tropas que de allí salen continuamente a sueldo de otras naciones. Estos Regimientos mercenarios, reunidos en un campo, formarían un ejército tan numeroso como los de las grandes Potencias. No oímos que la población de los Cantones decaiga por causa de estas continuas reclutas en su vecindario, ni se quejan de ello sus escritores económicos. No puede atribuirse este silencio a ignorancia del cálculo político ni de los medios de fomentar la industria. Basta leer las observaciones de la Sociedad de Berna para deponer cualquier duda. La prueba de la gran aplicación del pueblo de los Suizos se infiere también por el gran número de mercancías, especialmente ordinarias, que salen de aquellas montañas a venderse en otros Países, y la misma aplicación se extiende diariamente a los restantes pueblos de Alemania.

Los productos de la industria de una nación forman el barómetro más seguro por donde se debe regular la progresión o decadencia del Estado, de su riqueza y del número de sus habitantes. Cuando los ramos de la industria están bien arreglados, se multiplican de tal manera los habitantes que naturalmente producen gran copia de mercaderías y de hombres sobrantes.

Sabida la porción de mercaderías que vende un país al extranjero y calculando las personas que necesitan para maniobrarse, se conoce fácilmente el número de habitantes que mantiene a costa de los países extranjeros que las consumen.

Por la cantidad de medidas de trigo u otros frutos que se extrae se calcula también cuantos brazos se dedican en él a la labranza a costa del extranjero.

De este modo se entiende bien como un país industrioso puede aumentar el pueblo y mantenerle a costa de las naciones vecinas.

Las naciones que no han llegado todavía a conocer y practicar por sistema tales principios en su terreno, no pueden tener extracción ventajosa de géneros ni acrecentar su población.

No son las minas las que han aumentado en Holanda y en Suiza estos ramos y la población, ni aun la Inglaterra debe a su clima la riqueza y gentío de que abunda. Sólo la Francia puede gloriarse de que la naturaleza y la industria pública se han competido para engrandecerla. Véase la diferencia actual del Franco-Condado desde que Luis XIV le reunió a la Francia, habiendo transcurrido solo un siglo. Ínterin fue parte de los Países Bajos Españoles estuvo casi despoblado y ahora es una rica y populosa provincia.

Mucho pueblo, ocupado útilmente todo, y una industria animada incesantemente por todos caminos según la calidad de las producciones y de las diferentes utilidades y ramos de industria, son los dos principios seguros y fecundos del engrandecimiento de una nación.

Cada país tiene sus ventajas y sus desventajas. Saber corregir éstas y compensarlas, promoviendo las artes o producciones que le son más propias, es todo el cuidado que debe excitar la atención vigilante de un Gobierno. El discernimiento completo de los medios prácticos no es dado a particular alguno. Es forzoso que la nación entera se instruya de su situación y se ponga en movimiento activo para promover sus ganancias y libertarse de los daños o pérdida que sufra en la balanza con sus vecinos. Un Estado es, en sustancia, una gran familia cuyos individuos deben concurrir unidamente al bienestar de la causa común.

La Silesia, con sus telas de brabantes, presillas y coletas, todas bastas y de ínfima calidad, rinde al Rey de Prusia tanto como los demás dominios que poseía antes de su adquisición.

La riqueza, pues, del pueblo es la que hace sólidamente respetables los Estados. De las naciones agricultoras salieron los héroes, y en ellas eran igualmente estimadas las artes.


 Ecce modo heroas sensus adferre videmus:
 Nugari solitos graece, nec ponere lucum,
 Artifices, nec rus saturum laudare, ubi corbes,
 Et focus, et porci, et fumosa Palilia foeno:
 Unde Rhemus, sulcoque terens dentalia, Quinti,
 Cum trepida ante bobes Dictatorem induit uxor,
 Et tua aratra domum lictor tulit.


En efecto, la República Romana venció a sus enemigos por todo el tiempo que fomentó la industria popular y apreció la agricultura.

Durante la paz, el cultivo de las haciendas, la protección de las artes y el amor de las letras formaban las principales delicias de sus Cónsules, Tribunos y Generales, tan acostumbrados a declamar en el foro como a cultivar sus tierras o mandar las legiones. La afeminación y la desidia eran desconocidas en la nobleza Romana mientras observó sistemáticamente esta aplicación austera.

Los reclutas anuales de sus legiones no causaban el menor detrimento a la población, porque la robusta agricultura hacía rebosar de gente el Estado y no se admitían tampoco en ellas criminosos ni extraños.

Los Cartagineses, cuya policía describe Aristóteles, no confiaba al mérito los puestos; el pueblo no crecía como el de la República de Roma ni tenía artes suficientes; sus tropas, casi todas eran mercenarias y mal disciplinadas. Los oficios se acumulaban en pocas personas, ejerciendo una muchos empleos a un tiempo, de consiguiente con poca intención y conocimiento. Por estas consideraciones estimaba Aristóteles ser defectuoso el sistema de los Cartagineses, puesto que no estaba fundado en el común interés de la patria, ni en la industria del pueblo, que unen estrechamente las sociedades bien constituidas.

Fue, a la verdad, rica, navegante y belicosa Cartago, mas no supieron ni quisieron los Cartagineses jamás promover las utilidades del propio suelo e industria común. Fue émula aquella República del poder de Roma y tuvo una marina mercantil muy considerable.

Sus navegaciones fueron de las más bien dirigidas, sus escuadras de galeras numerosas. El amor de la patria no se conocía allí, ni la buena fe, y todo se gobernaba por facciones. En fin Aníbal, su libertador y su héroe, fue sacrificado por la envidia de sus compatriotas.

Las divisiones intestinas arruinaron la formidable monarquía de los Godos, y ahora reducen el Reino de Polonia a la discreción de sus vecinos.

En aquel país falta la industria, la riqueza es de pocos, y el común prescinde de las querellas de las Confederaciones. Esta indiferencia sólo puede arruinar los Estados que descuidan los vínculos del recíproco interés y ocupación de los habitantes.

La República de Cartago, entregada a parcialidades, fue la víctima de los partidos que a fuerza de calumnias y de bregas prevalecían en el manejo. Ningunas estatuas de los ilustres Cartagineses ni otras memorias de las acciones gloriosas de sus ciudadanos se hallaron en Cartago. Así pues, falta de artes y de recursos, a pocos combates cedió a una competidora en cuyo seno letras, armas e industria se promovían constantemente y todos los Órdenes del Estado socorrían y auxiliaban a los necesitados, como se lee en Marcial, manteniendo por virtud de esta armoniosa unión vigoroso e insuperable el poder Romano.


 Dat populus; dat gratus eques; dat thura senatus;
 Et ditant latias tertia dona tribus.



La causa común de los Ciudadanos de Danczick saca héroes hasta de la clase de los panaderos, porque todos los Órdenes de la ciudad tienen industria y común interés en defender su actual constitución. Si el restante pueblo de Polonia se hallase con iguales enlaces, hubiera sido impracticable la desmembración de la República.

La felicidad pública se ha de conseguir por una atención universal a todos los ramos. Su fundamento está en la gran población, porque sin hombres faltan brazos a las diferentes operaciones que necesita la sociedad civil. La agricultura bien ordenada hace abundar los abastos y las primeras materias. La industria emplea los ociosos y menos robustos en las hilazas, tejidos y demás faenas de las primeras materias, para reducirlas a manufacturas. La abundancia de éstas viste a buen precio al pueblo y las sobrantes forman el comercio activo con el extranjero o con las colonias ultramarinas de una nación dominante. Su transporte da ocupación a la marina mercantil.

La educación cristiana y política de las ciencias y oficios instruye a todas las clases de sus obligaciones y en los medios de adelantar su caudal, aparta a los hombres de los sofismas y les hace discurrir con acierto, templanza y respeto a la autoridad legítima. Facilitados los medios de mantener su familia con tanta variedad de ocupaciones, se aumenta rápidamente la población o vienen a incorporarse en ella con preferencia los extranjeros. Los hijos bien mantenidos, y criados con buenas costumbres, son más arreglados y robustos y por un encadenamiento dichoso se acrecienta incesantemente el número de los vecinos. Por estos principios adquiere el Estado aquella sólida consistencia que le da respeto y vigor, y enseñados los naturales a la actividad, sólo piensan en el bien general de la sociedad donde prosperan, porque el interés común está perfectamente unido con el particular de cada familia.

Una Nación vigilante y despierta, cuyo pueblo todo esté ocupado e instruido en las artes de la guerra y de la paz, mientras permanezca unida a tales máximas no tiene que recelar de sus enemigos.