Diego Fallón
de José Asunción Silva


Es la hora en que los muertos se levantan 
mientras que duerme el mundo de los vivos, 
en que el alma abandona el frágil cuerpo 
y sueña con lo santo y lo infinito. 

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Vierte la luna plateados rayos 
que reflejan las ondas en el río 
y que iluminan, con sus tintes vagos 
los medrosos despojos de un Castillo. 
Todo es silencio allí, do en otro tiempo 
hubo bullicio y locas alegrías... 
¡Pero mirad! son vaporosas sombras 
las que en la oscura selva se deslizan. 
¡Ah! no temáis no son aterradores 
fantasmas de otros tiempos -son ondinas; 
mirad cómo se abrazan y confunden 
cómo raudas por el aire giran, 
apenas tocan con el pie ligero 
del prado la mullida superficie. 
Ya se avanzan... girando en la espesura 
o se sumergen en las ondas límpidas; 
y al compás de una música que suena 
como el lejano acorde una lira 
elévanse, empujadas por el leve 
viento que sus cabellos acaricia... 
Pero callad... alumbra el horizonte 
con sus primeros tintes nuevo día, 
y las sombras se pierden al borrarse 
del bosque entre las húmedas neblinas.