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Dictamen sobre la improbabilidad del temblor anunciado en México para el 10 de agosto

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Dictamen sobre la improbabilidad del temblor anunciado en México para el 10 de agosto

O sea, razonamiento deducido de los adelantos astronómicos y meteorológicos, y de los agentes físicos que influyen en los temblores; el cual sirve de preliminar a una exposición más lata de una nueva teoría sobre los terremotos

Jorge Wilk

El anuncio de un próximo temblor para el 10 de agosto del presente año, ha circulado por toda la República y alarmado a la mayor parte de sus habitantes. Habiendo llegado a noticia de algunas personas distinguidas de esta ciudad de Puebla que el que suscribe, cuenta con la experiencia de más de 28 años, durante los cuales se ha ocupado constantemente en la observación y estudio de los fenómenos astronómicos y meteorológicos, fue consultado, no pocas veces, acerca del crédito que merece el pronóstico recientemente publicado en México y, acerca de la probabilidad de un fenómeno tan grave, cuya predicción había arrebatado la tranquilidad del seno de millares de familias. La respuesta, como era natural, se reducía a sosegar los ánimos, no solamente por la poca probabilidad del hecho, que se trasluce en el mismo escrito del autor, sino más todavía por las razones en él aducidas para demostrar la futura existencia de un fenómeno, que la larga experiencia ha demostrado no estar por su naturaleza sujeto al cálculo matemático. Nada juzgué necesario publicar. Cediendo, sin embargo, a las instancias que se me han hecho por notables caballeros para que publicase algo sobre la materia, y en vista de la extraordinaria consternación ocasionada por el anuncio, me he decidido a manifestar con claridad y raciocinio las pruebas que puede haber para no alarmarse de un modo tan extraordinario e inoportuno.

Ante todo, no dejaré de recordar aquí lo que se verificó durante mi permanencia en Santiago de la República de Chile, en la cual fue donde tuve la oportunidad de estudiar las circunstancias que preceden, acompañan y siguen a los temblores de tierra, que por desgracia, no son allí raros, sino que hablando en el lenguaje de aquel país, están a la orden del día. Es el caso, que un astrónomo alemán, M. Falb, anunció una catástrofe extraordinaria en toda la costa occidental de Chile para el 29 de setiembre de 1863 ó 1864, si mal no recuerdo. Lo cierto es que la alarma de las poblaciones fue tal, que una multitud de familias emigraron a las haciendas, otras desamoblando sus casas trasportaron los muebles a las alturas de los cerros, en donde llevaron a cabo la idea de formar tiendas de campo, para vivir seguras del terrible fenómeno. En Valparaíso especialmente, fue tal el pánico, que cualquiera que hubiese entrado en la ciudad, hubiera sido testigo de una emigración voluntaria en que dominaba la tristeza y el terror.

En este estado de cosas, aproximándose el día fatal, el señor vicario foráneo, presbítero don Mariano Casanova, muy amigo del que esto escribe y actualmente dignísimo Arzobispo de aquella metrópoli, conmovido a vista del alboroto y apremio de sus feligreses, determinó dirigirme una carta a Santiago, preguntándome qué había de cierto sobre el particular, pues mucho deseaba restituir la calma y la tranquilidad a los habitantes de aquella ciudad. ¡Lástima que al cabo de tantos años no haya podido conservar una copia de aquella carta!, que al presente haría fe de lo que enuncio, y fue publicada entonces sin indicación mía por el señor Vicario en el periódico El Mercurio y que después reprodujeron los demás periódicos de la capital El Independiente, La Voz de Chile, etc. En sustancia, mi respuesta fue poco más o menos del tenor siguiente:

«Muy señor mío y apreciable amigo:

»En contestación a su apreciable de ayer, diré brevemente que esta especie de fenómenos se hallan todavía lejos de preverse con una anticipación tan grande como es la del caso. Por las observaciones magnéticas que se ejecutan en este observatorio, puedo asegurar a usted que no hay el menor indicio de un fenómeno tan terrible como se ha anunciado; antes bien la marcha de los instrumentos hállase en el período de la regularidad más perfecta. Lo único que podría suceder, en vista de las observaciones meteorológicas, sería una variación brusca en la atmósfera después de una calma tan pronunciada; y esto por efecto del equinoccio, que este año se ha atrasado algo.

»Puede usted, pues, tranquilizar a sus feligreses porque, según mi parecer, no hay nada que pueda perturbar la tranquilidad y calma ordinaria. Solo, sí, podría prevenir a los marinos que estén en guardia y pongan en salvo sus buques en caso de estallar la tormenta.

»Soy de usted su servidor, etc.».

Habiendo recibido el señor Vicario mi carta, pensó que su publicación sosegaría la alarma. En efecto, suponiendo, como era natural, mi consentimiento, la remitió a El Mercurio, periódico de mucha circulación en Valparaíso para imprimirla, y de él la extractaron inmediatamente todos los demás periódicos de la capital y de las provincias.

Después de un número tan considerable de años, trascurridos desde aquella fecha, me queda todavía la satisfacción de haber contribuido a restituir el sosiego y la calma no solo a la ciudad de Valparaíso, sino también a la capital y a casi todas las ciudades de Chile, en donde, como por encanto, se divulgó la respuesta. Y en realidad, no solo se verificó el anuncio de que no habría temblor, sino que desde el anochecer del día 29 hasta el día siguiente se desencadenó una tempestad que, a no ser por el previo aviso, se hubieran perdido varios buques, así como se hicieron pedazos unas lanchas abandonadas por sus dueños, según lo refirieron los mismos periódicos.

Este es el hecho de que fueron testigos todos los habitantes de la República Chilena en aquella época.

Podría aquí preguntarse si existen algunos datos que puedan revelarnos estos fenómenos; y dado que existan, ¿por qué no deberlos con justa razón temer y tomar providencias para salvarnos del anunciado para el 10 de agosto?

Para contestar a estas preguntas, creo conveniente, ante todo, dilucidar algunas cuestiones pertenecientes a la ciencia de los fenómenos físicos.

¿Quién no sabe que los astrónomos pueden predecir y predicen con mucha anterioridad los eclipses de Sol y de Luna, la ocultación de las estrellas, los eclipses de los satélites de Júpiter, la posición de las estrellas, el período de los cometas (aunque de alguno de estos sólo con cierta probabilidad), la variación anual del punto equinoccial y otros fenómenos que se verifican en la bóveda estrellada? ¿En qué fundamento se apoyan los astrónomos para anunciar hasta la hora, el minuto y el segundo en que han de verificarse cualquiera de estos fenómenos celestes? En que averiguadas ya desde hace siglos las leyes que rigen los movimientos de los cuerpos celestes, y perfeccionándose cada día más esos conocimientos, porque dichas leyes son susceptibles del cálculo matemático por ser fenómenos fijos o periódicos, no hay más que relacionar dichos movimientos con las fórmulas matemáticas, y de estas deducir los hechos que puedan verificarse. Así, pues, habiendo adelantado los conocimientos astronómicos más que cualquiera otra ciencia, el cálculo matemático predice y anuncia los fenómenos celestes, que dependen de esta invariabilidad de las leyes que los rigen, para tiempos muy remotos.

Si de la ciencia astronómica pasamos a la meteorológica, nos hallaremos con mayores dificultades todavía. La suma variabilidad de los agentes físicos en esta materia, no ha permitido por muchos siglos, y podemos decirlo, hasta el presente, hallar las leyes a que están sujetos. Bien pueden aplicarse las fórmulas matemáticas a la presión atmosférica, a la temperatura, a la dirección de los vientos, etc.; pero ¿podrá haber aquella seguridad que existe en los fenómenos celestes?

Sólo podrá conseguirse un término medio en las predicciones, considerando el fenómeno en sus períodos regulares; pues ¿quién puede prever las irregularidades que dependen de circunstancias del todo desconocidas para los que se dedican a estos estudios? Data de pocos años a esta fecha la multiplicación admirable de observatorios meteorológicos que se han construido en las cinco partes del mundo. Se han comunicado y relacionado dichas observaciones para deducir los movimientos atmosféricos, pero la ciencia meteorológica está todavía, por decirlo así, en la infancia. Verdad es que se ha intentado predecir las perturbaciones atmosféricas, la aproximación de las tempestades y su dirección, pero todo esto solo de un modo general. No consta que en ocasión de poder anunciar, como se hace en Francia y en los Estados Unidos, en Manila o en La Habana, la presencia de una tempestad o ciclón próximo, pueda el observador anunciar hasta qué punto llevará la depresión barométrica, o a qué grado subirá la temperatura; ni tampoco podrá marcar la hora exacta y precisa del principio, del medio o del fin. ¿Podrá en este caso el observador indicar de antemano cuál será el grado de saturación del aire, o la cantidad de vapor existente en la atmósfera? Por mi parte no sé que hasta ahora ningún meteorólogo haya arriesgado un anuncio tan incierto, a no ser el autor del folleto sobre el temblor anunciado para el 10 de agosto.

La Meteorología, por tanto, está muy lejos de competir con la Astronomía en materia de seguridad y certidumbre de datos, aunque no deja de tener ciertas bases fijas que puedan dirigir al observador para predecir los fenómenos meteorológicos con más o menos probabilidad, pero jamás podrán alcanzar completa certidumbre de los fenómenos que tienen origen en el interior de la tierra, a donde no podemos penetrar con nuestra vista, ni con nuestro tacto para experimentar. Por tanto, no es arriesgado decir que no pasa de meras conjeturas lo que pueda anunciarse en esta materia. Solo la experiencia de muchos años y de muchos observadores, distribuidos a la vez en red sobre una extensión más o menos favorable para el descubrimiento de leyes seguras, si las hay, podría dar luz en la materia. ¿Acaso está ya conocida la causa que produce estos fenómenos de sacudimientos y de terror? ¿Acaso están ya asignadas las leyes que observan estos hechos tan lamentables y desastrosos o el período bajo el cual se suceden? ¿Cómo, pues, no han sido previstos los estremecimientos de la isla de Ischia, y los hundimientos devastadores de Krakatoa en Java en 1883? ¿Cómo es que entre tantos observadores ninguno ha previsto ni anunciado los terremotos de España en 1885, ni los de Italia en 23 de febrero del presente año, que han asolado una gran parte del territorio occidental de la península italiana? Y no es que falten observadores, pues como antes decía, se han multiplicado los observatorios de un modo extraordinario; es que la ciencia echa de menos el conocimiento de las leyes que rigen estos fenómenos subterráneos, que en la actualidad no le es dado prevenir con una anticipación tan grande como si fuera un eclipse de Sol o de Luna.

En cuanto a las causas que ocasionan esos estremecimientos del suelo, podemos decir que la ciencia se halla en una duda de la cual no le es lícito librarse todavía. Las hipótesis emitidas para hallarla, están basadas sin duda en hechos observados y comparados con otros fenómenos que la común experiencia manifiesta en los casos particulares. El estado de tensión de los vapores encerrados en las cuevas subterráneas, dicen algunos, por un aumento de temperatura adquieren tal fuerza elástica, que no es posible que la costra terrestre oponga resistencia. Otros opinan que la marea interior de la masa ígnea en el centro de la tierra, tiene movimientos análogos a la de los mares por efecto de la atracción lunar y determina asimismo perturbaciones semejantes; de aquí los sacudimientos del suelo. La diferencia de temperatura, opinan otros, entre dos parajes cercanos determina un estado de dilatación discontinua, y tendremos un fenómeno análogo al que tiene lugar al quebrarse el vidrio mal conductor del calor. Los volcanes, luz materia ígnea y los gases explosivos en el interior de la tierra, son aducidos como otras tantas causas de los temblores de tierra. Habíase sospechado en tiempos atrás que la electricidad podía tener parte en estos fenómenos seísmicos, pero esta opinión tuvo adversarios poderosos a fines del siglo pasado y a principios del actual, especialmente en el célebre barón de Humboldt y varios de sus admiradores. El respeto quizás a un sabio de tal autoridad dejó por mucho tiempo abandonada una opinión que hoy vuelve a pulular, únicamente porque no dejan duda las observaciones de algunos fenómenos eléctricos o magnéticos, si así queremos llamarlos, que preceden o acompañan a los temblores de tierra. La Civiltá Cattolica periódico ilustrado que se publica en Florencia, en tres largos artículos publicados el primero en la página 589 del volumen VI y el último en el volumen VII, página 20, correspondiente a la entrega del 2 de julio del presente año, refiere una multitud de hechos (y muchos más habría podido enumerar, a haber tenido noticia de los publicados en la República Chilena desde el año 1861 sobre el particular), concluyendo que no puede negarse la influencia de la electricidad en los temblores de tierra. Ni será fuera de propósito advertir que, así como el barón de Humboldt no contaba con datos suficientes para asegurar esta influencia de la electricidad en los temblores de tierra, así tampoco el eminente astrónomo P. Secchi pudo comprobarla en las observaciones magnéticas que practicó con ocasión del terremoto de Nurcia en Italia, Estados Pontificios. Pero es de notar que dichas observaciones sólo pudo ejecutarlas después de pasado el temblor, en que naturalmente, como suele acontecer, vuelven los aparatos a su estado normal. Con todo, no menosprecio algunas comunicaciones sobre el asunto que tuvimos facilidad de remitirle privadamente y que juzgó oportuno publicar en el Bulletino Meteorológico del Observatorio del Colegio Romano en el año de 1861.

Si esto es así, ¿luego no será difícil prever los temblores con aparatos a propósito? Para dar a esta reflexión una respuesta adecuada, diré que mientras permanecí en Santiago de -9- Chile, en donde me hallaba provisto de aparatos magnéticos después de repetidas y constantes observaciones1 por espacio de varios años, no me fue difícil prever con mayor o menor probabilidad los estremecimientos del suelo, pero sólo con una anticipación de uno, dos y tres días y rarísima vez de 5 ó 7 días, pero jamás por un tiempo más largo.

El terremoto que asoló en 1868 la costa occidental del Perú fue anunciado por los aparatos magnéticos en nuestro Colegio de Santiago de Chile, casi una semana antes de verificarse.

Dejaré la palabra al señor don Gabino Vieytes, el cual con ocasión de la catástrofe que tuvo lugar el 13 de agosto en el Perú y el 16 del mismo mes en el Ecuador, publicó un opúsculo (que todavía conservo en mi poder) titulado Estudio sobre la causa de las erupciones volcánicas y de los terremotos. Hablando de la conexión de los temblores magnéticos o eléctricos con los temblores, dice así2:

Entre los trabajos que hemos podido consultar a este respecto, debemos mencionar una interesante memoria presentada por el P. Enrique Cappelletti a la Universidad de Chile en 1862, en ella puede verse una serie de observaciones magnéticas, practicadas en el Observatorio de S. Ignacio desde el 27 de agosto de 1861 hasta el 30 de noviembre del mismo año. En ese trabajo interesante y digno de llamar la atención pública por más de un concepto, se pueden ver anotadas igualmente las perturbaciones magnéticas que los temblores han originado sobre las corrientes eléctricas de la tierra. La extensión de este artículo nos impide llevar más adelante las explicaciones que el R. P. hace a este respecto.

Pero no dejaremos de presentar las observaciones hechas en el Colegio de S. Ignacio, durante el mes de agosto, pues, por medio de ellas, se pueden ver los efectos anticipados del terremoto del día 13 sobre las posiciones de la aguja de inclinación en Santiago.

Observaciones de la aguja magnética de inclinación en el mes de agosto de 1868

Podemos notar desde luego que en las observaciones de los días 1, 2, 3, 4 y 5, las lecturas van aumentando desde las 7 h. A. M. a las 2 h. P. M., con una pequeña excepción en el día 3, cuando repentinamente el día 5 las lecturas aumentan por la mañana y van disminuyendo hasta la noche; después de esta notable perturbación, la aguja aparece más o menos desarreglada, sin que haya habido causa visible para que se produzca tal efecto. Al mismo tiempo que se observaba en Santiago la perturbación indicada, veamos lo que sucedió en Perú.

Tomamos de El Nacional de Lima lo siguiente:

En los ocho días anteriores al terremoto del 13, las líneas telegráficas que parten de esta ciudad, principalmente la de Chancai, recibieron extrañas perturbaciones. Muchas veces se neutralizaba totalmente la corriente, y otras era contrarrestada por una corriente espontánea y poderosa que venía a mover los aparatos. Los telegrafistas hicieron reiterados experimentos para comprobar la causa, convenciéndose al fin, de que tales cambios que suelen provenir de la defectuosa construcción o colocación de los alambres, eran exclusivamente debidos a la influencia atmosférica.

Desde luego podemos notar que la perturbación de las corrientes eléctricas, principió siete u ocho días antes del terremoto del 13, y esa extraña perturbación se hacía notar en Santiago, precisamente siete días antes del sacudimiento.

Los hechos que fueron repitiéndose sucesivamente por la frecuencia de los temblores en esa parte occidental de América, separada de la extensa llanura oriental por la cordillera de los Andes, nos dieron no sólo la probabilidad sino casi certidumbre de que después de cierta especie de perturbación que se hubiese observado en el aparato magnético de la fuerza vertical, o sea en el Inclinómetro, se seguía más o menos tarde un sacudimiento del suelo. Por esta razón en una relación que tuve el honor de leer en una de las sesiones de la Universidad de Chile en Santiago y fue publicada en el tomo XX de sus anales, pág. 266, indicaba la necesidad de establecer en varios puntos de la República observaciones magnéticas, como base principal de los estudios sobre temblores, pues en ella se hallaría quizás reducido a un solo principio aquel sin número de causas, que hasta la fecha se han atribuido -12- a los fenómenos seísmicos. Mas no obstante haberse reconocido la necesidad de dichas observaciones y la importancia de establecerlas, quedó la propuesta sin resultado. Deseoso, sin embargo, de ver corroborados con nuevas pruebas mis primeros estudios, quise continuar por un año más las observaciones en aquellos aparatos de que podía disponer. De hecho me confirmé en mi primera hipótesis y la influencia de la electricidad en los temblores, quedó para mí desde entonces fuera de duda, en vista de los hechos. Esto fue causa de que allí fueran frecuentes las consultas que tanto de parte de los que vivían en el Colegio, como de los de afuera, se me hacían acerca de la probabilidad de un temblor próximo y de esto también se originó la pregunta del ilustrísimo señor Casanova en el hecho ya citado, aunque la prudencia de no alarmar los ánimos, dictaba ordinariamente la providencia de no indicar más que a unas pocas personas la realidad del fenómeno futuro, para que sirviesen como de testigos de la verdad del hecho.

La explicación de dicha influencia espero sea más tarde objeto de otra publicación, pues en la actualidad me alejaría del objeto que me he propuesto, y el tiempo urge.

Enunciaré simplemente un hecho que dará una idea del modo como la electricidad pueda producir un temblor. En los cursos de Física, tratándose de la electricidad dinámica, se suele hacer por medio de la botella de Leyden un experimento curioso; formando varios alumnos en círculo una cadena no interrumpida, si los dos extremos de dicha cadena ponen en comunicación la armadura exterior de la botella con la interior, al momento se recomponen las dos electricidades, salta la chispa y el efecto producido en todos es un sacudimiento que se hace sentir especialmente en las partes discontinuas de los codos. ¿No es este un temblor que en la superficie de la tierra se produce en mayor escala?

Con estos antecedentes me permito hacer observar que los datos que se dicen calculados para anunciar el temblor del 10, no pueden dar fe de la realidad del fenómeno, y tanto menos, cuanto se presentan rodeados de circunstancias imposibles de preverse, como la de que el Sol se levante en ese día con un color amarillo anaranjado; que el tiempo preciso del temblor sea a 10 h. 1' 7; que el termómetro marque en dicha hora 19º, 1 de temperatura; que la humedad relativa de la atmósfera -13- sea 59%; que la altura barométrica sea 587m., 42; que no habrá más que palio-cirrus-stratus y pequeños cumulus y que sólo por la tarde habrá una pequeña llovizna. Todos estos pormenores de ninguna manera puede indicarlos con certidumbre un solo aparato, y mucho menos cuando el mismo autor asegura ser el suyo imperfecto; ni pueden ser deducidos en manera alguna por el cálculo matemático. El Observatorio Meteorológico Central de México sabrá dar fe, si este conjunto de circunstancias se llega a verificar así como ha sido anunciado. Lo más probable según datos deducidos de 20 años de observaciones meteorológicas y que generalmente he visto verificadas también en este clima de México, lo más probable, digo, es que del 10 al 11 de agosto, tanto en México como en muchos otros puntos de la República, el tiempo será malo con fuertes lluvias, precursoras de una serie de lluvias que sobrevenga después de pocos días, más o menos parecidas a las que hemos tenido en junio, aunque no con una abundancia tan extraordinaria, pues estas han tenido otra causa que no es la común. Espero que estas pocas noticias sobre los temblores serán capaces de tranquilizar los ánimos desconcertados y alarmados por un anuncio que, aunque se diga fundado en cálculos matemáticos, en realidad no lo parece, ni puede serlo, por la incertidumbre de la causa, que no es posible esté sujeta a fórmulas matemáticas.

Observatorio Astronómico Meteorológico del Colegio Católico de Puebla, julio 29 de 1887.