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Desastre
de Godofredo Daireaux



Cuando llueve, lo mejor es dejar llover, primero porque es lo más fácil y también porque, generalmente, la lluvia es una bendición de Dios para la campaña; pero sucede que se vuelve plaga cuando dura demasiado, inundando el campo, penetrándolo todo de humedad, traspasando el piso de las habitaciones, calando las ropas y el mueblaje, sin que pueda ni dormir en seco la familia, porque el techo del rancho, cansado de tanto sufrir, está lleno de goteras.

-¡Quién fuera pato! -rezonga la señora, chapaleando agua, en el patio, para llegar del rancho a la cocina.

-Verdad es que es mucho lavar - contesta el marido, al ponerse el poncho de paño, pesado todavía del agua de los días anteriores.

Y, bajo la lluvia que sigue, se va hasta el corral, a ver cómo han amanecido las ovejas.

Las vacas y las yeguas aguantan sin morir, y los hombres, sin aflojar -en la ruda tarea de sujetarlas-, los mayores diluvios, por tal que no sean de agua muy fría. Las ovejas sufren más; pasan largas horas, encerradas, esperando, hambrientas, bajo el húmedo peso de su lana empapada, que un descanso del temporal permita al amo abrirles las puertas y dejarlas comer, apuradas, durante un rato, atajándolas, para que no se desparramen: no se pueden echar en el inmundo fango del corral y se lo pasan, paradas, en el barro hediondo, encogidas y dando las espaldas al viento, o remolineando sin descanso. Por otra parte, cuidarlas a rodeo, en noches de lluvias con viento, sería exponerse a perderlas: y mejor es todavía tenerlas seguras.

Así pensaba don Benjamín; y don Benjamín era hombre de mucho conocimiento en todo lo que se refería a trabajos de campo. Estimaba que en caso de temporal deshecho, el corral es el mejor peón, y que, aunque sufriesen hambre las ovejas, era preferible dejarlas encerradas, aun de día, que exponerse a no poderlas sujetar, una vez en el campo.

Y fiel a estos principios, es que tenía la majada encerrada, el segundo día de cierto temporal furioso con viento sur, capaz, con sus cacheteos glaciales, de llevárselo todo por delante.

Don Benjamín, el día anterior, había largado la majada desde más de una hora, cuando principió a caer esa agua fría como la nieve; las ovejas, azotadas por el viento, empezaron a disparar y se apuró él en echarlas otra vez al corral. Le costó mucho trabajo; no querían volver; no querían enfrentar ese viento que les helaba la sangre, ni los latigazos del agua que les castigaba el hocico, como con puntas de acero.

Don Benjamín, sin llamar a sus dos hijos, muchachitos todavía, que no hubiesen podido resistir el frío aquel, llenó, sólo con sus perros, la ruda tarea de asegurar la majada.

Raras veces dura mucho un mal agudo, y la naturaleza parece saber calcular, en sus más terribles enojos, la fuerza de resistencia de sus víctimas. Aquella vez, andaría descomunalmente rabiosa o habría perdido la medida, pues el viento quedó fijo en el sur, trayendo agua helada, durante tres días y tres noches; arreando, sin dejarlos descansar una hora, y llevándolos hasta ocho y diez leguas de la querencia, los yeguarizos y vacunos, y matando, a millares, los que habían quedado encerrados y los que, embolsándose en algún alambrado, no habían podido seguir caminando.

¿Quién no comprenderá que don Benjamín, el segundo día, teniendo la majada bien encerrada, aburrido de quedarse en la inacción, inquieto de la suerte que habían podido correr sus caballos, sus yeguas y sus vaquitas, se dispusiera a desafiar la intemperie para ir siquiera hasta la esquina, a saber algo, recoger datos, oír hablar de lo sucedido a éste, o aquél, a Fulano y a Mengano?

Bien emponchado, la cabeza envuelta en un pañuelo que le tapaba casi toda la cara, ensilló y fue. ¡Qué viento, señor; y qué frío!, el agua parecía cortarle el cutis a uno. ¡La suerte que la pulpería estaba cerca!

Había poca gente; capataces de estancias, hacendados que habían venido en sus mejores caballos, siguiendo sus animales arreados por el fantástico látigo del temporal, y que habían tenido que detenerse, porque los mancarrones ya se habían enfermado, con el frío, y desmoralizado los hombres. Todos estaban contestes en que las ovejas habían sufrido poco, pero que el desparramo y la mortandad de animales mayores sería cosa nunca vista. Don Benjamín, fatalista, pensó que no había más que esperar con resignación que terminara el temporal para entrar a campear sus lecheras, bendiciendo la suerte, por haber salvado siquiera la majada. Y tomó la mañana.

Ahí, no se sentía el viento; ni entraba el agua; hasta reinaba una temperatura regular, sino del todo confortable, por lo menos, llevadera, por comparación. Y don Benjamín, ablandado por este bienestar relativo, siguió tomando la mañana... hasta las cinco de la tarde.

Al volver a su casa, un poco antes de la oración, con la vista turbada por el alcohol, por las ráfagas del viento y los remolinos de la lluvia, divisó algunas ovejas que iban, mancas, balando, apuradas y como tratando de alcanzar a las compañeras; conoció con inquietud que eran de la señal de su majada.

Galopó en la dirección del viento, y al rato pudo ver, cruzando el cañadón y yendo hacia el arroyo, en larga chorrera, sus ovejas, que, azotadas por la tempestad, casi corrían, como si tuvieran prisa de encontrarse con la muerte.

Desesperado, las quiso detener, trató de atajarlas; no pudo.

Debilitado por la bebida, enceguecido por la lluvia, helado por el viento, ronco a fuerza de gritar, en vano trataba de atravesarse a las ovejas, que iban hechas torrente, entre el agua del cañadón crecido, sordas, ciegas, ahogándose ya. Vino la noche: y con lágrimas de rabia impotente en los ojos, don Benjamín enderezó para su casa, donde encontró, sumida en la desolación, a su pobre mujer.

Y ella le explicó lo que había sucedido: la majada arrinconada por el viento en un costado del corral; un poste podrido que cae, un lienzo viejo que cede bajo el peso y, por el portillo abierto, ¡el desfile paulatino de la majada!

A los balidos, corrió ella, con los niños y los perros; y pudo impedir que salieran unas trescientas ovejas, que son las que quedan. Han luchado para atajar la majada, haciendo frente a pie, en el barro, al viento áspero que muerde, al agua cruel, que, de fría, quema y hiela a la vez.

Horas han pasado así, consiguiendo apenas hacer remolinear las ovejas, pero sin poderlas volver a encerrar; hasta que las criaturas no pudieron más, se acobardaron los perros y que ella, desbordada, tuvo que dejar correr la oleada llevada por el temporal hacia el cañadón, hacia la perdición.


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Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: