Del uso de las legumbres entre los griegos y los romanos

El Museo universal (1868)
Del uso de las legumbres entre los griegos y los romanos
de A. J. T.

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

DEL USO DE LAS LEGUMBRES
ENTRE LOS GRIEGOS Y LOS ROMANOS.

Los pueblos de la antigüedad tenían como los modernos sus simpatías y antipatías por ciprios alimentos; lo que en unos países gustaba, era despreciado en los otros. La col, por ejemplo, era mirada con desprecio en muchos países, al paso que los egipcios la consideraban como un dios y era el primer alimento que tomaban en sus festines. Los griegos y los romanos la usaban como remedio para la debilidad que se siente después de la embriaguez. Catón decia une la cid era una panacea para todas las enfermedades del hombre; Erasistrato la recomendaba como un específico para la parálisis; Hipócrates decia que cocida con sal, era un remedio soberano para combatir el cólico, y los médicos atenienses la prescribían á las mujeres jóvenes que estaban criando y deseaban tener niños robustos y hermosos. Diphilo prefería la remolacha á la col, tanto considerada como alimento, cuanto como remedio, y en este último caso la recomendaba como vermífugo. Este mismo médico elogiaba mucho las malvas, no como remedio, sino como un vejetal muy bueno para usarle como alimento, porque satisfacía el hambre, y curaba al mismo tiempo las anginas y los males de garganta. Los espárragos, tales como estamos acostumbrados á verlos, han perdido una parte considerable de su antigua magnificencia. La planta primitiva tenia de doce á veinte pies de alta, y un plato de ellos no hubiera podido servirse mas que á gigantes. Refieren algunos historiadores romanos, que en su pais los tallos de los espárragos tenían mas de tres libras de peso y eran bastante fuertes para derribar á una persona á quien se diera con uno de ellos. Los griegos los comían de dimensiones mas moderadas, pero apenas los usaban porque los médicos de fama de su tiempo denunciaban esta hortaliza como perjudicial para la vista; es verdad también que, al mismo tiempo, decían que un pedazo ó dos de calabaza cocida, destruía el mal que los espárragos habían causado. «Hazlo tan pronto como si fueran espárragos» es un refrán que ha llegado hasta nosotros desde el tiempo de Augusto, y que da á entender cuán pronto se preparaba este vegetal para servirle á la mesa.

Un plato mucho mas apreciado en Atenas eran los nabos de Tebas. Las zanahorias también se consideraban como un escelente plato en las mesas de los griegos y de los romanos. La verdolaga estaba mirada mas bien como un remedio contra los venenos, ya hubieran penetrado en la sangre, ya hubieran ido como bebida al estómago. Actualmente en algunos puntos de Francia hay en el vulgo, la idea de que si se frota un vaso con la misma mano que antes ha tocado verdolaga ó peregil, el vaso se rompe en seguida; es inútil decir que esta idea no tiene fundamento alguno, y que las personas que han tenido la curiosidad de hacer el esperimento han visto que el vaso resistía al supuesto maleficio.

Los brécoles eran la hortaliza favorita de Druso, quien los comia en gran cantidad y su padre los tenia igual afición; el soberano del mundo romano y su ilustre heredero se disputaban un plato de esta verdura como pudieran haberlo hecho dos campesinos. Las alcachofas no llegaron á gozar favor entre la aristocracia; la opinión de Galeno era contraria á ellas, y por espacio de mucho tiempo únicamente las usaron los bebedores como preservativo contra, el dolor de cabeza que suelen producir las bebidas, y los cantantes para dar mas fuerza á su voz. Plinio dice que las alcachofas son un alimento escelente para la clase pobre y para los asnos, á los que sin duda este escritor igualaba las clases inferiores de la sociedad despreciando todo sentimiento humano: para los estómagos de las clases mas elevadas prefería los cohombros; pero el pueblo encontró al fin las ventajas de los cohombros. La lechuga fue siempre estimada en todas partes; era el alimento que el bello Adónis prefería. La lechuga se prescribía también como alimento á propósito para las personas que padecían de insomnios, y en efecto, parece que tiene una virtud narcótica; se dice que sirvió para destruir una enfermedad grave que tuvo Augusto. Los hombres de ciencia y las clases elevadas elogiaban la lechuga, y la filosofía sancionaba estas alabanzas por medio de Aristoxeno, quien no sólo cultivaba lechugas, que eran, por decirlo asi, el orgullo de su huerto, sino que las regaba con vino para darles un sabor mas grato y mas fuerte.

No debemos, sin embargo, dar mucho crédito á ciertas historias de sabios y de boticarios. Algunos recomendaban la seductora, pero indigesta achicoria, como escelente contra el dolor de cabeza, y las cebollas tiernas y la miel como específicos admirables para conservar la salud cuando se tomaban en ayunas; pero esta prescripción era sólo para los rústicos pastores y las muchachas de la clase baja; las clases mas elevadas de la ciudad y del campo difícilmente se hubieran aventurado á hacerlo asi, y sin embargo la madre de Apolo comia puerros crudos y le gustaban los que tenian dimensiones jigantescas; por esta razón tal vez se decia que el puerro, no sólo era saludable, sino que servía para embellecer. La afición á los melones se debe sin duda alguna á Tiberio, que era aun mas aficionado á ellos que á los brécoles. Los emperadores alemanes heredaron sin duda la afición que los tenia su predecesor romano, aunque á la verdad, llevándola al esceso; porque mas de uno ha habido que ha preferido morir por comer melones, que vivir renunciando á ellos.

Hemos hablado de espárragos jigantescos; los judíos tenían rábanos que podían competir con aquellos, si es cierto que una zorra con su cria podía meterse en el hueco que dejaba uno de ellos, y que no era raro que llegaran á tener cien libras de peso. Rábanos de esta clase son los que en otro tiempo han debido usar las turbas como armas en las insurrecciones. En casos semejantes, un pueblo amotinado estaría siempre provisto de víveres y tendría la estraña ventaja de poder combatir con sus enemigos y después cernerse sus propias armas. El rábano ordinario que se cria en algunos paises y que sólo se da á las caballerías, como en algunos puntos de España se hace con los nabos, es probablemente un descendiente de este antecesor jigantesco. En un tiempo tuvo reputación inmensa; decíase que aun cuando se mojara una flecha con una sustancia venenosa el golpe seria inofensivo, si se aplicaba un pedazo de rábano á la herida; y frotándose las manos con él, apenas perjudicaba la picadura del reptil mas dañino. En una palabra, se le elogiaba como un remedio para todos los males de la vida, con la única escepcion de que destruía la dentadura. Las opiniones estaban mas divididas con respecto á los ajos que con respecto á los rábanos; los egipcios, los divinizaban, como lo hacían también con los puerros y con la col; los griegos los dedicaban á Gelanna y á los soldados y marineros. Empleados medicinalmente se consideraban muy útiles en ciertas enfermedades, si la planta primitiva se había sembrado cuando la luna estaba mas baja que el horizonte; pero nadie que hubiera comido ajos podia pretender entrar en el templo de Cibeles. Uno de los Alfonsos de Castilla parece haber sido también tan enemigo de los ajos como aquella diosa, pues condenó á un mes de destierro lejos de su real persona á un caballero de Castilla por haberse descubierto que había cometido el delito de comer ajos.

Entre los romanos, se hacia poco uso del azafrán, aunque parece que le estimaban mucho y le atribuían muy buenas propiedades; un escritor latino le recomienda particularmente y dice que entre otras virtudes tenia la de servir para alegrar el corazón.

M.