Decamerón: Jornada 10


El decamerón - Décima Jornada Giovanni Boccaccio


DÉCIMA JORNADAEditar

COMIENZA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL BAJO EL GOBIERNO DE PÁNFILO, SE DISCURRE SOBRE QUIENES LIBERALMENTE O CON VERDADERA MAGNIFICENCIA HICIERON ALGO, YA EN ASUNTOS DE AMOR, YA EN OTROS.

Aún estaban bermejas algunas nubecillas del occidente, habiendo ya las del oriente, en su extremidad semejantes al oro, llegado a ser luminosísimas por los solares rayos que, aproximándoseles, mucho las herían, cuando Pánfilo, levantándose, a las señoras y a sus compañeros hizo llamar. Y venidos todos, con ellos habiendo deliberado adónde pudiesen ir para su esparcimiento, con lento paso se puso a la cabeza, acompañado por Filomena y Fiameta, y con todos los otros siguiéndole; y hablando de muchas cosas sobre su futura vida, y diciendo y respondiendo, por largo tiempo se fueron paseando; y habiendo dado una vuelta bastante larga, comenzando el sol a calentar ya demasiado, se volvieron a la villa. Y allí, en torno a la clara fuente, habiendo hecho enjuagar los vasos, el que quiso bebió algo, y luego entre las placenteras sombras del jardín, hasta la hora de comer se fueron divirtiendo; y luego de que hubieron comido y dormido, como solían hacer, cuando al rey plugo se reunieron, y allí el primer discurso lo ordenó el rey a Neifile, la cual alegremente comenzó así:


NOVELA PRIMERA

Un caballero sirve al rey de España; le parece estar mal recompensado, por lo que el rey, con una prueba evidentísima, le muestra que no es culpa suya, sino de su mala fortuna, recompensándole luego generosamente .


Como grandísima gracia, honorables señoras, debo reputar que nuestro rey me haya encargado en primer lugar hablar sobre la magnificencia, la cual, como el sol es hermosura y ornamento del cielo, es claridad y luz de cualquier otra virtud. Contaré, pues, sobre todo una novelita a mi parecer asaz donosa, cuyo recuerdo (con certeza) no podrá ser sino útil.

Debéis, pues, saber que entre los demás valerosos caballeros que desde hace mucho tiempo hasta ahora ha habido en nuestra ciudad, fue uno, y tal vez el mejor, micer Ruggeri de los Figiovanni ; el cual siendo rico y de gran ánimo, y viendo que, considerada la cualidad del vivir y de las costumbres de Toscana, él, quedándose en ella, poco o nada podría demostrar su valor, tomó el partido de irse un tiempo junto a Alfonso, rey de España , la fama de cuyo valor sobrepasaba a la de cualquier otro señor de aquellos tiempos; y muy honradamente equipado de armas y de caballos y de compañía se fue a él en España y graciosamente fue recibido por el rey. Allí, pues, viviendo micer Ruggeri y espléndidamente viviendo y en hechos de armas haciendo maravillosas cosas, muy pronto se hizo conocer como valeroso. Y habiendo estado allí ya algún tiempo observando mucho las maneras del rey, le pareció que éste, ora a uno, ora a otro daba castillos y ciudades y baronías muy poco discretamente, como dándolas a quien no era digno; y porque a él, que entre los que lo eran se consideraba, nada le era dado, juzgó que mucho disminuía aquello su fama; por lo que deliberó irse de allí y pidió licencia al rey. El rey se la concedió y le dio una de las mejores mulas que nunca se hubieron cabalgado, y la más hermosa, la cual, por el largo camino que tenía que hacer, fue muy estimada por micer Ruggeri. Después de esto, encomendó el rey a un discreto servidor suyo que, de la manera que mejor le pareciese, se ingeniase en cabalgar la primera jornada con micer Ruggeri de guisa que no pareciese mandado por el rey, y todo lo que dijese de él lo conservara en la memoria de manera que pudiera decírselo luego, y a la mañana siguiente le mandase que volviera a donde estaba el rey. El servidor, estando al cuidado, al salir micer Ruggeri de la ciudad, muy hábilmente se fue acompañándole, diciéndole que venía hacia Italia. Cabalgando, pues, micer Ruggeri en la mula que le había dado el rey, y con aquél de una cosa y de otra hablando, acercándose la hora de tercia, dijo: -Creo que estaría bien que llevásemos a estercolar a estas bestias. Y, entrando en un establo, todas menos la mula estercolaron; por lo que, siguiendo adelante, estando siempre el servidor atento a las palabras del caballero, llegaron a un río, y abrevando allí a sus bestias, la mula estercoló en el río. Lo que viendo micer Ruggeri, dijo: -¡Bah!, desdichado te haga Dios, animal, que eres como el señor que te ha dado a mí. El servidor se fijó en estas palabras, y como en otras muchas se había fijado caminando todo el día con él, ninguna otra que no fuese en suma alabanza del rey le oyó decir, por lo que a la mañana siguiente, montando a caballo y queriendo cabalgar hacia Toscana, el servidor le dio la orden del rey, por lo que micer Ruggeri incontinenti se volvió atrás. Y habiendo ya sabido el rey lo que había dicho de la mula, haciéndole llamar le preguntó que por qué le había comparado con su mula, o mejor a la mula con él. Micer Ruggeri, con abierto gesto le dijo:

-Señor mío, os asemejáis a ella porque, así como vos hacéis dones a quien no conviene y a quien conviene no los hacéis, así ella donde convenía no estercoló y donde no convenía, sí. Entonces dijo el rey:

-Micer Ruggeri, el no haberos hecho dones como los he hecho a muchos que en comparación de vos nada son, no ha sucedido porque yo no os haya tenido por valerosísimo caballero y digno de todo gran don; sino por vuestra fortuna, que no me lo ha permitido, en lo que ella ha pecado y yo no. Y que digo verdad os lo mostraré manifiestamente.

A quien Ruggeri repuso:

-Señor mío, yo no me enojo por no haber recibido dones de vos, porque no los deseaba para ser más rico, sino porque vos no habéis testimoniado con nada la estima de mi valor, sin embargo, tengo la vuestra por buena excusa y por honrada, y estoy dispuesto a ver lo que os plazca, aunque os crea sin ninguna prueba.

Lo llevó, entonces, el rey a una gran sala donde, como había ordenado antes, había dos grandes cofres cerrados, y en presencia de muchos le dijo:

-Micer Ruggeri, en uno de estos cofres está mi corona, el cetro real y el orbe y muchos buenos cinturones míos, broches, anillos y otras preciosas joyas que tengo; el otro está lleno de tierra. Coged uno, pues, y el que cojáis será vuestro y podréis ver quién ha sido ingrato hacia vuestro valor, si yo o vuestra fortuna.

Micer Ruggeri, puesto que vio que así agradaba al rey, cogió uno, el cual mandó el rey que fuese abierto, y se encontró que estaba lleno de tierra; con lo que el rey, riéndose, dijo: -Bien podéis ver, micer Ruggeri, que es verdad lo que os digo de vuestra fortuna; pero en verdad vuestro valor merece que me oponga a sus fuerzas. Yo sé que no tenéis la intención de haceros español, y por ello no quiero daros aquí ni castillo ni ciudad, pero el cofre que la fortuna os quitó, aquél a despecho de ella quiero que sea vuestro, para que a vuestra tierra podáis llevároslo y de vuestro valor con el testimonio de mis dones podáis gloriaros con vuestros conciudadanos.

Micer Ruggeri, cogiéndolo, y dadas al rey aquellas gracias que a tamaño don correspondían, con él, contento, se volvió a Toscana.


NOVELA SEGUNDA

Ghino de Tacco apresa al abad de Cluny y le cura del estómago, y luego lo suelta, el cual, volviendo a la corte de Roma, lo reconcilia con el papa Bonifacio, y lo hace caballero Hospitalario.

Alabada había sido ya por todos la magnificencia del rey Alfonso con el caballero florentino cuando el rey, a quien mucho había complacido, ordenó a Elisa que siguiese; la cual, prestamente comenzó: Delicadas señoras, el haber sido un rey magnífico y el haber usado su magnificencia con quien servido le había, no puede decirse que no sea loable y gran cosa, ¿pero qué diríamos si se cuenta que un clérigo ha usado de admirable magnificencia hacia una persona que si la hubiese tenido por enemiga no habría sido reprochado por ello? Ciertamente no otra cosa sino que la del rey fuese virtud y la del clérigo milagro, como sea que éstos son todos mucho más avaros que las mujeres y de toda liberalidad enemigos encarnizados; y por mucho que todo hombre apetezca venganza de las ofensas recibidas, los clérigos, como se ve, aunque paciencia prediquen y sumamente alaben el perdón de las ofensas, más fogosamente que los demás hombres recurren a ella. La cual cosa, es decir, cómo un clérigo fue magnífico, en la historia que sigue podréis saber claramente.

Ghino de Tacco, por su fiereza y por sus robos hombre muy famoso, siendo arrojado de Siena y enemigo de los condes de Santafiore, sublevó Radicófani contra la iglesia de Roma, y estando allí, a cualquiera que por los alrededores pasaba le hacía robar por sus mesnaderos. Ahora bien, estando el Papa Bonifacio VIII en Roma, vino a la corte el abad de Cluny, el cual se cree ser uno de los más ricos prelados del mundo; y estropeándosele allí el estómago, le aconsejaron los médicos que fuese a los baños de Siena y se curaría sin falta; por lo cual, concediéndoselo el Papa, sin preocuparse de la fama de Ghino, con gran pompa de equipaje y de carga y de caballos y de servidumbre se puso en camino. Ghino de Tacco, habiendo sabido su venida, tendió sus redes, y sin perder un solo mozo de mulas, al abad y a todos sus acompañantes y sus cosas cercó en un estrecho lugar; y esto hecho, lo mandó al abad, al cual de su parte muy amablemente le dijo que hiciese el favor de ir a hospedarse con aquel Ghino al castillo. Lo que oyendo el abad, todo furioso respondió que no quería hacerlo, como quien no tenía nada que hacer con Ghino, sino que seguiría su camino y que querría ver quién se lo iba a vedar. Al cual el embajador, humildemente hablando, dijo:

-Señor, habéis venido a un lugar donde, excepto a la fuerza de Dios, nosotros nada tememos y donde las excomuniones y los interdictos están todos excomulgados; y por ello, sufrid por las buenas el complacer a Ghino en esto.

Estaba ya, mientras decían estas palabras, todo el lugar rodeado por bandoleros; por lo que el abad, viéndose apresado con los suyos, muy desdeñoso, con el embajador tomó el camino del castillo, y con él toda su compañía y todo su equipaje. Y habiendo echado pie a tierra, como Ghino quiso, completamente solo fue llevado a una alcobita de un edificio muy oscura e incómoda, y todos los demás hombres fueron, según su condición, muy bien acomodados en el castillo, y los caballos y los equipajes puestos a salvo sin tocar nada de ellos. Y hecho esto, se fue Ghino al abad y le dijo: -Señor, Ghino, de quien sois huésped, os manda preguntar que os plazca decirle adónde ibais y por qué razón.

El abad, que como discreto había depuesto su altanería, le dijo dónde iba y por qué. Ghino, oído esto, se fue, y pensó curarlo sin baños; y haciendo que tuviese siempre encendido en la alcoba un gran fuego, y vigilarla bien, no volvió a verlo hasta la Mañana siguiente; y entonces, en un mantel blanquísimo le llevó dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de vino de Comiglia, del mismo del abad, y dijo así al abad: -Señor, cuando Ghino era más joven estudió medicina, y dice que aprendió que ninguna cura es mejor para el mal de estómago que la que él os hará; de la cual estas cosas que os traigo son el principio, y por ello, tomadlas y confortaos con ellas.

El abad, que más hambre tenía que ganas de bromas, aunque lo hiciese malhumorado, se comió el pan y se bebió el vino, y luego muchas cosas altaneras dijo y preguntó sobre muchas, y aconsejó muchas, y especialmente pidió ver a Ghino. Ghino, oyéndolas, algunas las dejó pasar como vanas y a algunas contestó cortésmente, afirmando que, lo antes que pudiese, Ghino lo visitaría; y dicho esto, se separó de él, y no volvió antes del día siguiente, con la misma cantidad de pan tostado y de vino; y así lo tuvo muchos días, hasta que se dio cuenta de que el abad había comido unas habas secas que él, a propósito y a escondidas, le había traído y dejado allí. Por la cual cosa, le preguntó de parte de Ghino que qué tal le parecía que estaba del estómago; a quien el abad respondió:

-Me parece que estaría bien si estuviese fuera de sus manos; y después de esto de nada tengo tanta gana como de comer, pues tan bien me han curado sus medicinas.

Ghino, pues, habiendo de su equipaje mismo y a sus criados hecho arreglar una hermosa alcoba, y hecho preparar un gran convite, al que con muchos hombres del castillo asistió toda la servidumbre del abad, se fue a verle la mañana siguiente y le dijo:

-Señor, puesto que os sentís bien, es tiempo de salir de la enfermería -y cogiéndolo de la mano a la cámara que le habían arreglado le llevó, y dejándolo en ella con su gente, fue a vigilar para que el convite fuese magnífico.

El abad, con los suyos un rato se entretuvo, y cómo había sido su vida les contó, mientras ellos por el contrario le dijeron que habían sido maravillosamente honrados por Ghino; pero llegada la hora de comer, el abad y todos los demás fueron, ordenadamente, servidos con buenos manjares y buenos vinos, sin que Ghino se diese a conocer al abad todavía. Pero luego de que el abad unos cuantos días vivió de esta manera, habiendo hecho Ghino traer a una sala todo su equipaje, y a un patio que estaba debajo de ella todos sus caballos hasta el más miserable rocín, fue al abad y le preguntó que qué tal estaba y si se sentía lo bastante fuerte para cabalgar; a lo que el abad respondió que estaba muy fuerte y bien curado del estómago, y que estaría bien en cuanto se viese fuera de las manos de Ghino. Llevó entonces Ghino al abad a la sala donde estaban su equipaje y todos sus servidores, y haciéndole asomar a una ventana desde donde podía ver todos sus caballos, dijo:

-Señor abad, debéis saber que el ser noble y arrojado de su patria y pobre, y el tener muchos y poderosos enemigos, han conducido a Ghino de Tacco, que soy yo, a ser ladrón de caminos y enemigo de la Iglesia de Roma para poder defender mi vida y mi nobleza, y no la maldad de ánimo. Pero porque me parecéis valeroso señor, después de haberos curado el estómago no entiendo trataros como lo haría a otros, que, cuando los tuviese en mis manos como os tengo a vos, me quedaría con la parte de sus cosas que me pareciese; sino me parece que vos, considerando mi necesidad, me entreguéis la parte de vuestras cosas que vos mismo queráis. Todas están aquí ante vos, y vuestros caballos podéis verlos en el patio desde esta ventana; y por ello, parte o todo, según os plazca, tomad, y desde ahora en adelante quede el iros o el quedaros a vuestro arbitrio.

Maravillóse el abad de que un ladrón de caminos pronunciase palabras tan magnánimas, y placiéndole mucho, súbitamente desaparecidos su ira y su malhumor, y transformados en benevolencia, convertido en amigo de Ghino en su corazón corrió a abrazarlo, diciendo: -Juro ante Dios que por ganar la amistad de un hombre tal como ahora juzgo que eres, soportaría recibir mucho mayores ofensas que la que me parece que hasta ahora me has hecho. ¡Maldita sea la fortuna que a tan condenable oficio te obliga!

Y después de esto, habiendo hecho de sus muchas cosas coger algunas poquísimas y necesarias, y lo mismo de los caballos, y dejándole todas las otras, se volvió a Roma. Había sabido el Papa la prisión del abad, y aunque mucho le había dolido, al verlo le preguntó que cómo le habían sentado los baños; al cual, sonriendo, repuso el abad: -Santo Padre, antes de llegar a los baños encontré un valeroso médico que óptimamente me ha curado. Y le contó el modo, de lo que se rió el Papa; al que el abad, continuando su conversación y movido por la grandeza de su ánimo, pidió una gracia. El Papa, creyendo que le pediría otra cosa, liberalmente ofreció hacer lo que pidiese. Entonces el abad dijo:

-Santo Padre, lo que entiendo pediros es que otorguéis vuestra gracia a Ghino de Tacco mi médico, porque entre los demás hombres valerosos y de pro que nunca he conocido, él es con certeza uno de los mejores, y el mal que hace juzgo que es mucho más culpa de la fortuna que suya; la cual, si vos, dándole algo con lo que pueda vivir según su condición, cambiáis, no dudo que en poco tiempo no os parezca a vos lo que a mí me parece.

El Papa, al oír esto, como quien fue de gran ánimo y admirador de los hombres valerosos, dijo que lo haría de buena gana si tan de pro era como decía, y que lo hiciese venir sin temor. Vino, pues, Ghino, sobre fianza, como plugo al abad, a la corte; y no había estado mucho junto al Papa cuando le reputó por valeroso, y dándole su paz, le otorgó un gran priorazgo del Hospital, habiéndole hecho caballero de éste; el cual, mientras vivió, lo mantuvo como amigo y servidor de la Santa Iglesia y del abad de Cluny.

NOVELA TERCERA

Mitrídanes, envidioso de la cortesía de Natán, yendo a matarlo, sin conocerlo se encuentra con él, e, informado por él mismo sobre lo que debe hacer, lo encuentra en un bosquecillo como éste lo había dispuesto; el cual, al reconocerlo, se avergüenza y se hace amigo suyo .

Cosa semejante a un milagro les parecía, en verdad, a todos haber escuchado; es decir, que un clérigo hubiese hecho algo magnífico; pero callando ya la conversación de las señoras, mandó el rey a Filostrato que continuase; el cual, prestamente, comenzó:

Nobles señoras, grande fue la magnificencia del rey de España y acaso mucho más inaudita la del abad de Cluny, ¡pero tal vez no menos maravilloso os parecerá oír que uno, por liberalidad, a otro que deseaba su sangre y también su espíritu, con circunspección se dispuso a entregársela! y lo habría hecho si aquél hubiera querido tomarlo, tal como en una novelita mía pretendo mostraros. Certísimo es, si se puede dar fe a las palabras de algunos genoveses y de otros hombres que han estado en aquellas tierras, que en la parte de Cata, hubo un hombre de linaje noble y rico sin comparación, llamado por nombre Natán, el cual teniendo una finca cercana a un camino por el cual casi obligadamente pasaban todos los que desde Poniente a las partes de Levante o de Levante a Poniente querían venir, y teniendo el ánimo grande y liberal y deseoso de ser conocido por sus obras, teniendo allí muchos maestros, hizo allí en poco espacio de tiempo construir una de las mayores y más ricas mansiones que nunca fueran vistas, y con todas las cosas que eran necesarias para recibir y honrar a gente noble la hizo óptimamente proveer. Y teniendo numerosa y buena servidumbre, con agrado y con fiestas a quienquiera que iba o venía hacía recibir y honrar; y tanto perseveró en tal loable costumbre que ya no solamente en Levante, sino en Poniente se le conocía por su fama. Y estando ya cargado de años, pero no cansado de ejercitar la cortesía, sucedió que llegó su fama a los oídos de un joven llamado Mitrídanes, de una tierra no lejana de la suya, el cual, viéndose no menos rico que lo era Natán, sintiéndose celoso de su fama y de su virtud, se propuso o anularla u ofuscarla con mayores liberalidades; y haciendo construir una mansión semejante a la de Natán, comenzó a hacer las más desmedidas cortesías que nunca nadie había hecho a quien iba o venia por allí, y sin duda en poco tiempo muy famoso se hizo. Ahora bien, sucedió un día que, estando el joven completamente solo en el patio de su mansión, una mujercita, que había entrado por una de las puertas de la mansión, le pidió limosna y la obtuvo; y volviendo a entrar por la segunda puerta hasta él, la recibió de nuevo, y así sucesivamente hasta la duodécima; y volviendo la decimotercera vez, dijo Mitrídanes: -Buena mujer, eres muy insistente en tu pedir -y no dejó, sin embargo, de darle una limosna. La viejecita, oídas estas palabras, dijo:

-¡Oh liberalidad de Natán, qué maravillosa eres!, que por treinta y dos puertas que tiene su mansión, como ésta, entrando y pidiéndole limosna, nunca fui reconocida por él (o al menos no lo mostró) y siempre la obtuve; y aquí no he venido más que trece todavía y he sido reconocida y reprendida. Y diciendo esto, sin más volver, se fue. Mitrídanes, al oír las palabras de la vieja, como quien lo que escuchaba de la fama de Natán lo consideraba disminución de la suya, en rabiosa ira encendido comenzó a decir:

-¡Ay, triste de mí! ¿Cuándo alcanzaré la liberalidad de las grandes cosas de Natán, que no sólo no lo supero como busco, sino que en las cosas pequeñísimas no puedo acercármele? En verdad me canso en vano si no lo quito de la tierra; la cual cosa, ya que la vejez no se lo lleva, conviene que la haga con mis propias manos.

Y con este ímpetu se levantó, sin decir a ninguno su intención y, montando a caballo con pocos acompañantes, después de tres días llegó a donde vivía Natán; y habiendo a sus compañeros ordenado que fingiesen no conocerle y que se procurasen un albergue hasta que recibiesen de él otras órdenes, llegando allí al caer la tarde y estando solo, no muy lejos de la hermosa mansión encontró a Natán solo, el cual, sin ningún hábito pomposo, estaba dándose un paseo; a quien él, no conociéndole, preguntó si podía decirle dónde vivía Natán. Natán alegremente le repuso:

-Hijo mío, nadie en esta tierra puede mostrártelo mejor que yo, y por ello, cuando gustes te llevaré allí. El joven dijo que le agradaría pero que, si podía ser, no quería ser visto ni conocido de Natán; al cual Natán dijo:

-También esto haré, pues que te place.

Echando, pues, Mitrídanes pie a tierra, con Natán, que agradabilísima conversación muy pronto trabó con él, hasta su mansión se fue. Allí hizo Natán a uno de sus criados coger el caballo del joven, y al oído le ordenó que prestamente arreglase con todos los de la casa que ninguno le dijera al joven que él era Natán; y así se hizo. Pero cuando ya en la mansión estuvieron, llevó a Mitrídanes a una hermosísima cámara donde nadie le veía sino quienes él había señalado para su servicio; y, haciéndolo honrar sumamente, él mismo le hacía compañía. Estando con el cual Mitrídanes, aunque le tuviese la reverencia que a un padre, le preguntó que quién era; al cual respondió Natán:

-Soy un humilde servidor de Natán, que desde mi infancia he envejecido con él, y nunca me elevó a otro estado que al que me ves; por lo cual, aunque todos los demás le alaben tanto, poco puedo alabarle yo. Estas palabras llevaron algunas esperanza a Mitrídanes de poder con mejor consejo y con mayor seguridad llevar a efecto su perverso propósito; al cual, Natán, muy cortésmente le preguntó quién era y qué asunto le traía por allí, ofreciéndole su consejo y su ayuda en lo que pudiera. Mitrídanes tardó un tanto en responder y decidiéndose por fin a confiarse con él, con largo circunloquio, le pidió su palabra y luego el consejo y la ayuda; y quién era él y por qué había venido, y movido por qué sentimiento, enteramente le descubrió. Natán, oyendo el discurso y feroz propósito de Mitrídanes, mucho se enojó en su interior, pero sin tardar mucho, con fuerte ánimo e impasible gesto le respondió: -Mitrídanes, noble fue tu padre y no quieres desmerecer de él, tan alta empresa habiendo acometido como lo has hecho, es decir, la de ser liberal con todos; y mucho la envidia que por la virtud de Natán sientes alabo porque, si de éstas hubiera muchas, el mundo, que es misérrimo, pronto se haría bueno. La intención que me has descubierto sin duda permanecerá oculta, para la cual antes un consejo útil que una gran ayuda puedo ofrecerte: el cual es éste. Puedes ver desde aquí un bosquecillo al que Natán casi todas las mañanas va él solo a pasearse durante un buen rato: allí fácil te será encontrarlo y hacerle lo que quieras; al cual, si matas, para que puedas sin impedimento a tu casa volver, no por el camino por el que viniste, sino por el que ves a la izquierda irás para salir del bosque, porque aunque algo más salvaje sea, está más cerca de tu casa y por consiguiente, más seguro.

Mitrídanes, recibida la información y habiéndose despedido Natán de él, ocultamente a sus compañeros (que también estaban allí adentro) hizo saber dónde debían esperarlo al día siguiente. Pero luego de que hubo llegado el nuevo día, Natán, no habiendo cambiado de intención por el consejo dado a Mitrídanes, ni habiéndolo cambiado en nada, se fue solo al bosquecillo y se dispuso a morir. Mitrídanes, levantándose y cogiendo su arco y su espada, que otras armas no tenía, y montado a caballo, se fue al bosquecillo, y desde lejos vio a Natán solo ir paseándose por él; y queriendo, antes de atacarlo, verlo y oírlo hablar, corrió hacia él y, cogiéndolo por el turbante que llevaba en la cabeza, dijo: -¡Viejo, muerto eres!

Al que nada respondió Natán sino:

-Entonces es que lo he merecido.

Mitrídanes, al oír su voz y mirándole a la cara, súbitamente reconoció que era aquel que le había benignamente recibido y fielmente aconsejado; por lo que de repente desapareció su furor y su ira se convirtió en vergüenza. Con lo que, arrojando lejos la espada que para herirlo había desenvainado, bajándose del caballo, corrió llorando a arrojarse a los pies de Natán y dijo: -Manifiestamente conozco, carísimo padre, vuestra liberalidad, viendo con cuánta prontitud habéis venido a entregarme vuestro espíritu, del que, sin ninguna razón, me mostré a vos mismo deseoso; pero Dios, más preocupado de mi deber que yo mismo, en el punto en que mayor ha sido la necesidad me ha abierto los Ojos de la inteligencia, que la mísera envidia me había cerrado; y por ello, cuanto más pronto habéis sido en complacerme, tanto más conozco que debo hacer penitencia por mi error: tomad, pues, de mí, la venganza que estimáis convenientemente para mi pecado. Natán hizo levantar a Mitrídanes, y tiernamente lo abrazó y lo besó, y le dijo: -Hijo mío, en tu empresa, quieras llamarla mala o de otra manera, no es necesario pedir ni otorgar perdón porque no la emprendiste por odio, sino por poder ser tenido por el mejor. Vive, pues, confiado en mí, y ten por cierto que no vive ningún otro hombre que te ame tanto como yo, considerando la grandeza de tu ánimo que no a amasar dineros, como hacen los miserables, sino a gastar los amasados se ha entregado; y no te avergüences de haber querido matarme para hacerte famoso ni creas que yo me maraville de ello. Los sumos emperadores y los grandísimos reyes no han ampliado sus reinos, y por consiguiente su fama, sino con el arte de matar no sólo a un hombre como tú querías hacer, sino a infinitos, e incendiar países y abatir ciudades; por lo que si tú, por hacerte más famoso, sólo querías matarme a mí, no hacías nada maravilloso ni extraño, sino muy acostumbrado.

Mitrídanes, no excusando su perverso deseo sino alabando la honesta excusa que Natán le encontraba, razonando llegó a decirle que se maravillaba sobremanera de cómo Natán había podido disponerse a aquello y a darle la ocasión y el consejo; al cual dijo Natán: -Mitrídanes, no quiero que ni de mi consejo ni de mi disposición te maravilles porque desde que soy dueño de mí mismo y dispuesto a hacer lo mismo que tú has emprendido, ninguno ha habido que llegase a mi casa que yo no lo contentase en lo que pudiera en lo que fuese por él pedido. Viniste tú deseoso de mi vida; por lo que, al oírtela solicitar, para que no fuese el único que sin obtener lo que habías pedido se fuese de aquí, prestamente decidí dártela y para que la tuvieses aquel consejo te di que creí que era bueno para obtener la mía y no perder la tuya; y por ello todavía te digo y ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas con ella; no sé cómo podría emplearla mejor. Ya la he usado ochenta años y la he gastado en mis deleites y en mis consuelos; y sé que, según el curso de la naturaleza, como sucede a los demás hombres y generalmente a todas las cosas, por poco tiempo ya podrá serme otorgada; por lo que juzgo que es mucho mejor darla, como siempre he dado y gastado mis tesoros, que quererla conservar tanto que contra mi voluntad me sea arrebatada por la naturaleza. Pequeño don es dar cien años; ¿cuánto menor será dar seis u ocho que me queden por estar aquí? Tómala, pues, si te agrada, te ruego, porque mientras he vivido aquí todavía no he encontrado a nadie que la haya deseado y no sé cuándo pueda encontrar a alguno, si no la tomas tú que la deseas; y por ello, antes de que disminuya su valor tómala, te lo ruego. Mitrídanes, avergonzándose profundamente, dijo:

-No quiera Dios que cosa tan preciosa como es vuestra vida vaya yo a tomarla, quitándola a vos, y ni siquiera que la desee, como antes hacía; a la cual no ya no disminuiría sus años, sino que le añadiría de los míos si pudiese.

A quien prestamente Natán dijo:

-Y si puedes, ¿querrías añadírselos? Y me harías hacer contigo lo que nunca con nadie he hecho, es decir, coger sus cosas, que nunca a nadie las cogí.

-Sí -dijo súbitamente Mitrídanes.

-Pues -dijo Natán- harás lo que voy a decirte. Te quedarás, joven como eres, aquí en mi casa y te llamarás Natán, y yo me iré a la tuya y siempre me haré llamar Mitrídanes. Entonces Mitrídanes repuso:

-Si yo supiese obrar tan bien como sabéis vos y habéis sabido, tomaría sin pensarlo demasiado lo que me ofrecéis; pero porque me parece ser muy cierto que mis obras disminuirían la fama de Natán y yo no entiendo estropear en otra persona lo que no sé lograr para mí, no lo tomaré. Estos y muchos otros amables razonamientos habidos entre Natán y Mitrídanes, cuando plugo a Natán juntos hacia la mansión volvieron, donde Natán, muchos días sumamente honró a Mitrídanes y con todo ingenio y sabiduría le confortó en su alto y grande propósito. Y queriendo Mitrídanes con su compañía volver a casa, habiéndole Natán muy bien hecho conocer que nunca en liberalidad podría vencerle, le dio su licencia.


NOVELA CUARTA

Micer Gentile de los Carisendi , llegado de Módena, saca de la sepultura a una dama amada por él, enterrada por muerta, la cual, confortada, pare un hijo varón, y micer Gentile a ella y a su hijo los restituye a Niccoluccio Caccianernici , su marido .


Maravillosa cosa pareció a todos que alguien fuese liberal con su propia sangre: y afirmaron que verdaderamente Natán había sobrepasado la del rey de España y la del abad de Cluny. Pero después de que durante un rato unas cosas y otras se dijeron, el rey, mirando a Laureta, le demostró que deseaba que narrase ella; por la cual cosa, Laureta prestamente comenzó: Jóvenes señoras, magníficas y bellas han sido las contadas, y no me parece que se nos haya dejado nada para decir a nosotros por donde novelando podamos discurrir (tan ocupado está todo por la excelencia de las magnificencias contadas) si de los asuntos de amor no echamos mano, los cuales a toda materia de narración ofrecen abundantísima copia. Y por ello, tanto por esto como porque a ello debe principalmente inducirnos nuestra edad, me place contaros un gesto de magnificencia hecho por un enamorado, el cual, todo considerado, no os parecerá menor por ventura que alguno de los mostrados, si es verdad aquello de que los tesoros se dan, las enemistades se olvidan y se pone la propia vida, el honor y la fama, que es mucho más, en mil peligros por poder poseer la cosa amada. Hubo, pues, en Bolonia, nobilísima ciudad de Lombardía, un caballero muy digno de consideración por su virtud y nobleza de sangre, que fue llamado micer Gentile de los Carisendi. El cual joven, de una noble señora llamada doña Catalina, mujer de un Niccoluccio Caccianernici, se enamoró; y porque mal era correspondido por el amor de la señora, como desesperado y siendo llamado por la ciudad de Módena para ser allí podestá, allí se fue. En este tiempo, no estando Niccoluccio en Bolonia, y habiéndose su mujer ido a una posesión suya a unas tres millas de la ciudad porque estaba grávida, sucedió que le sobrevino un fiero accidente, de tanta fuerza que apagó en ella toda señal de vida y por ello aun por algún médico fue juzgada muerta; y porque sus más próximos parientes decían que habían sabido por ella que no estaba todavía grávida de tanto tiempo como para que la criatura pudiese ser perfecta, sin tomarse otro cuidado, tal cual estaba, en una sepultura de una iglesia vecina, después de mucho llorar, la sepultaron. La cual cosa, inmediatamente por un amigo suyo le fue hecha saber a micer Gentile, el cual de ello, aunque de su gracia hubiese sido indigentísimo, se dolió mucho, diciéndose finalmente: «He aquí, doña Catalina, que estás muerta; yo, mientras viviste, nunca pude obtener de ti una sola mirada; por lo que, ahora que no podrás prohibírmelo, muerta como estás, te quitaré algún beso.» Y dicho esto, siendo ya de noche, organizando las cosas para que su ida fuese secreta, montando a caballo con un servidor suyo, sin detenerse un momento, llegó a donde sepultada estaba la dama; y abriendo la sepultura, en ella con cuidado y cautela entró, y echándose a su lado, su rostro acercó al de la señora y muchas veces derramando muchas lágrimas, la besó. Pero así como vemos que el apetito de los hombres no está nunca contento con ningún límite, sino que siempre desea más, y especialmente el de los amantes, habiendo éste decidido no quedarse allí, se dijo: «¡Bah!, ¿por qué no le toco, ya que estoy aquí, un poco el pecho? No debo tocarla más y nunca la he tocado.»

Vencido, pues, por este apetito, le puso la mano en el seno y teniéndola allí durante algún espacio, le pareció sentir que en alguna parte le latía el corazón; y, después de que hubo alejado de sí todo temor, buscando con más atención, encontró que con seguridad no estaba muerta, aunque poca y débil juzgase su vida; por lo que, lo más suavemente que pudo, ayudado por su servidor, la sacó del monumento y poniéndola delante en el caballo, secretamente la llevó a su casa de Bolonia. Estaba allí su madre, valerosa y discreta señora, que después que de su hijo hubo extensamente todo oído, movida a compasión, ocultamente, con grandísimos fuegos y con algún baño, a aquella le volvió la desmayada vida. Al volver en sí la cual, dio la señora un gran suspiro y dijo:

-¡Ay!, ¿pues dónde estoy?

A lo que la valerosa señora respondió:

-Tranquilízate, estás en buen lugar.

Ella, vuelta en sí y mirando alrededor, no conociendo dónde estaba y viendo delante a micer Gentile, llena de maravilla a la madre de éste rogó que le dijese de qué guisa había ella venido aquí, a la cual micer Gentile ordenadamente contó todas las cosas. De lo que doliéndose ella, después de un poco le dio las gracias que pudo y luego le rogó, por el amor que le había tenido y por cortesía suya, en su casa no recibir nada que menoscabase su honor ni el de su marido, y al llegar el día, que la dejase volver a su casa propia; a quien micer Gentile repuso:

-Señora, cualquiera que mi deseo haya sido en tiempos pasados, no entiendo al presente ni nunca en adelante (puesto que Dios me ha concedido esta gracia que de la muerte a la vida os ha devuelto a mí, siendo el motivo el amor que en el pasado os he tenido) trataros ni aquí ni en ninguna otra parte sino como a una querida hermana. Pero el beneficio que os he hecho esta noche merece algún galardón; y por ello quiero que no me neguéis una gracia que voy a pediros.

Al cual la señora benignamente repuso que estaba dispuesta a ello si es que podía y era honesto. Micer Gentile dijo entonces:

-Señora, todos vuestros parientes y todos los boloñeses creen y tienen por cierto que estáis muerta, por lo que nadie hay que os espere en casa; y por ello quiero pediros como gracia que queráis quedaros aquí ocultamente con mi madre hasta que yo vuelva de Módena, que será pronto. Y la razón por la que os lo pido es porque deseo, en presencia de los mejores ciudadanos de esta ciudad, hacer de vos un precioso y solemne don a vuestro marido.

La dama, sabiendo que estaba obligada al caballero y que la petición era honesta, aunque mucho desease alegrar con su vida a sus parientes, se dispuso a hacer aquello que micer Gentile pedía, y así lo prometió y dio su palabra. Y apenas habían terminado las palabras de su respuesta cuando sintió que el tiempo de dar a luz había llegado; por lo que, tiernamente por la madre de micer Gentile ayudada, no mucho después parió un hermoso varón, la cual cosa muy mucho redobló la alegría de micer Gentile y la suya. Micer Gentile ordenó que las cosas necesarias fuesen preparadas y que ella fuese atendida como si su propia mujer fuese, y a Módena secretamente se volvió. Terminado allí el tiempo de su oficio y teniendo que volver a Bolonia, hizo que, la mañana que debía entrar en Bolonia, se preparase un gran convite en su casa para muchos y nobles señores de Bolonia entre los cuales estaba Niccoluccio Caccianernici; y habiendo vuelto y echado pie a tierra y encontrándose con ellos, habiendo también encontrado a la señora más hermosa y más sana que nunca y que su hijo estaba bien, con alegría incomparable a sus invitados sentó a la mesa y les hizo servir magníficamente muchos manjares. Y estando ya cerca de su fin la comida, habiendo él dicho primeramente a la señora lo que intentaba hacer y arreglado con ella la manera en que debía conducirse, así comenzó a hablar:

-Señores, me acuerdo de haber oído alguna vez que en Persia hay una costumbre honrada según mi juicio, la cual es que cuando alguien quiere honrar sumamente a su amigo lo invita a su casa y allí le muestra la cosa más preciada que tenga, sea su mujer, su amiga, o su hija, ¡afirmando que, si pudiese, tal como le muestra aquello, con mucho más agrado le mostraría su corazón!; la cual entiendo yo seguir en Bolonia. Vosotros, por vuestra merced, habéis honrado mi convite y yo quiero honraros a lo persa mostrándoos la cosa más preciada que tengo en el mundo y que siempre voy a tener. Pero antes de hacerlo os ruego que me digáis lo que opináis de una duda que voy a plantearos. Hay una persona que tiene en casa a un bueno y fiel servidor que enferma gravemente; este tal, sin esperar a ver el final del siervo enfermo lo hace llevar a mitad de la calle y no se preocupa más de él; viene un extraño y, movido a compasión por el enfermo, se lo lleva a su casa y con gran solicitud y con gastos lo devuelve a su salud primera; querría yo saber ahora si, teniéndolo y usando de sus servicios, su señor puede en toda equidad dolerse o quejarse del segundo si, al pedírselo, no quisiera devolvérselo.

Los gentileshombres, después de varios razonamientos entre sí y concurriendo todos en la misma opinión, a Niccoluccio Caccianernici, porque era un conversador bueno y ornado, encargaron de la respuesta. Éste, alabando primeramente la costumbre persa, dijo que él con los demás estaba concorde en esta opinión: que el primer señor ningún derecho tenía ya sobre su servidor puesto que en semejante caso no solamente lo había abandonado sino arrojado de sí, y que por los beneficios recibidos del segundo justamente parecía haber pasado a ser su servidor; por lo que, teniéndolo, ningún daño, ninguna fuerza, ninguna injuria le hacía al primero. Los demás hombres que a la mesa estaban, que mucho hombre valeroso había, dijeron juntos que sostenían lo que había sido contestado por Niccoluccio. El caballero, contento con tal respuesta y con que Niccoluccio la hubiese dado, afirmó que él también era de aquella opinión y luego dijo:

-Tiempo es ahora de que según mi promesa yo os honre.

Y llamados dos de sus servidores, los envió a la señora, a quien había hecho vestir y adornar egregiamente, y le mandó pedir que viniese a alegrar a los hombres nobles con su presencia. La cual, tomando en brazos a su hermosísimo hijito, acompañada por dos servidores, vino a la sala y, como plugo al caballero, junto a uno de los valerosos hombres se sentó; y él dijo: -Señores, ésta es la cosa más preciada que tengo y que entiendo tener más que ninguna otra; mirad si os parece que tengo razón.

Los gentileshombres, honrándola y loándola mucho, y afirmando al caballero que como preciosa debía tenerla, comenzaron a mirarla; y muchos había allí que le habrían dicho quién era si por muerta no la hubiesen tenido; pero sobre todo la miraba Niccoluccio. El cual, habiéndose alejado un poco el caballero, como quien ardía en deseos de saber quién era ella, no pudiendo contenerse le preguntó si boloñesa era o forastera. La señora, oyendo que su marido le preguntaba, con trabajo se contuvo en responderle, pero para seguir la orden que le habían dado, se calló. Algún otro le preguntó si era suyo aquel niñito, y alguno si era la mujer de micer Gentile o de alguna manera pariente suya; a los cuales no dio ninguna respuesta. Pero llegando micer Gentile, dijo alguno de sus invitados:

-Señor, hermosa cosa es esta vuestra, pero parece muda; ¿lo es? -Señores --dijo micer Gentile-, el no haber ella hablado al presente es no pequeña prueba de su virtud. -Decidnos, pues, vos -siguió el mismo- quién es.

Dijo el caballero:

-Lo haré de buen grado si me prometéis que por nada que diga nadie se moverá de su sitio hasta que esté terminada mi historia.

Habiéndolo prometido todos, y habiendo ya levantado las mesas, micer Gentile, sentándose junto a la señora, dijo:

-Señores, esta señora es aquel siervo leal y fiel sobre el cual os he hecho antes una pregunta; la cual, poco estimada por los suyos, y como vil y ya no útil arrojada en mitad de la calle, fue recogida por mí y con mi solicitud y obras arrancada de las manos de la muerte; y Dios, mirando mi puro afecto, de cuerpo espantable en tan hermosa la ha hecho volverse. Pero para que claramente entendáis cómo esto me ha sucedido, brevemente os lo aclararé.

Y comenzando desde su enamoramiento de ella, lo que sucedido había hasta entonces distintamente narró, con gran maravilla de los oyentes, y luego añadió:

-Por las cuales cosas, si mudado no habéis la opinión de hace un momento ahora, y especialmente Niccoluccio, esta mujer merecidamente es mía, y nadie puede reclamármela a justo título. A esto nadie repuso sino que esperaban todos lo que iba a decir después. Niccoluccio y los demás que allí estaban, y la señora lloraban de compasión; pero micer Gentile, poniéndose en pie y tomando en sus brazos al pequeñito y a la señora de la mano y yendo hacia Niccoluccio dijo: -Vamos, compadre, no te devuelvo a tu mujer, a quien tus parientes y los tuyos echaron a la calle, sino que quiero darte a esta señora, mi comadre, con este hijito suyo, el cual estoy seguro de que fue engendrado por ti y a quien sostuve en el bautismo y le di por nombre Gentile: y te ruego que porque haya estado en mi casa cerca de tres meses no te sea menos cara; que te juro por el Dios que tal vez de ella enamorarme hizo para que mi amor fuera, como ha sido, la ocasión de su salvación, que nunca ni con su padre ni con su madre ni contigo más honestamente ha vivido de lo que lo ha hecho junto a mi madre en mi casa. Y dicho esto, se volvió a la señora y dijo:

-Señora, ahora ya de todas las promesas que me habéis hecho os libero y libre os dejo con Niccoluccio. Y habiendo devuelto a la mujer y al niño a los brazos de Niccoluccio, volvió a sentarse. Niccoluccio deseosamente recibió a su mujer y a su hijo, tanto más alegre cuanto más lejos estaba de esperarlos; y lo mejor que pudo y supo dio las gracias al caballero; y los demás, que todos de compasión lloraban, de esto le alabaron mucho, y alabado fue de quien lo oyó. La señora, con maravillosa fiesta fue recibida en su casa y como resucitada fue mucho tiempo mirada con admiración por los boloñeses; y micer Gentile siempre amigo vivió de Niccoluccio y de sus parientes y de los de la señora. ¿Qué, pues, diréis, aquí, benignas señoras? ¿Estimaréis que haber dado un rey su cetro y su corona, y un abad sin que nada le costase haber reconciliado a un malhechor con el Papa, y un viejo poner la garganta al cuchillo del enemigo, son dignos de igualar la acción de micer Gentile? El cual, joven y ardiente, y pareciéndole a justo título tener derecho a aquello que el descuido ajeno había desechado y él por su buena fortuna había recogido, no sólo templó honestamente su fuego, sino que liberalmente lo que solía con todos sus pensamientos tratar de robar, teniéndolo, lo restituyó. Por cierto que ninguna de las antes contadas me parece asemejarse a ésta.



NOVELA QUINTA

Doña Dianora pide a micer Ansaldo un jardín de enero bello como en mayo, micer Ansaldo, comprometiéndose con un nigromante, se lo da; el marido le concede que haga lo que guste micer Ansaldo el cual, oída la liberalidad del marido, la libra de la promesa y el nigromante, sin querer nada de lo suyo, libra de la suya a micer Ansaldo .



Por todos los de la alegre compañí