Cuentos del hogar (Antonio Trueba): Apéndice

Cuentos del hogar
Apéndice

de Antonio Trueba


Apéndice

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Muchas veces me han honrado escritores, así nacionales como extranjeros, dando noticias de mi vida y mis escritos, tomadas y deducidas de estos últimos; pero al dar estas noticias se ha incurrido en tantos errores, que más de una vez he tenido tentaciones de rectificarlos por medio de una autobiografía; y a escribir ésta e incluirla en uno de mis libros estaba ya decidido, cuando en 15 de enero de este año apareció en la Revue des Deux Mondes, que goza de crédito y fama universales, un detenido estudio de mi vida y mis obras, debido a Mr. L. Luis Lande, uno de los más ilustrados redactores de tan importante periódico. Mr. Lande me había escrito precedentemente pidiéndome algunos apuntes de mi vida que le envié, y esta previsión, unida al talento del escritor francés, ha dado por resultado que el trabajo crítico y biográfico de que se trata no adolezca de las inexactitudes de otros análogos dados a luz sin consultarme. Para que se comprenda la magnitud de algunos de estos errores, citaré un ejemplo, aunque sospecho que fuese en esta ocasión el error intencionado. La Tribuna, periódico de Buenos Aires, indignada de que yo hubiese calificado de bárbaro e infame el asesinato del señor Moreno, presidente del Ecuador, perpetrado por dos hombres, que le hirieron por la espalda después de saludarlos afablemente al salir solo del palacio de la presidencia, me ha biografiado del siguiente modo: «El señor Trueba es un poeta distinguido, autor de algunos romances jocosos y pastoriles, que, aquí para entre nosotros, son un síntoma infalible de decadencia literaria. Cuando pinta las campiñas de Vizcaya, las danzas de sus pastoras, las escenas de la vida de las montañas, suele tener pinceladas maestras; pero como escritor político, es un Veuillot mediocre, un sectario ciego del absolutismo y de las ideas añejas que mantienen esclavas de sortilegios y supersticiones a la Europa moderna». ¡Así se escribe la historia!

El estudio con que me ha honrado la Revue des Deux Mondes me ahorra, con grandes ventajas, el trabajo de una autobiografía, en que, naturalmente, la modestia (¡no faltaba más que yo no me calificase de modesto!) había de excluir todo juicio de mis merecimientos como hombre y como escritor. Voy, pues, a traducir casi íntegro el sentido y hermoso trabajo de Mr. L. Luis Lande con toda la fidelidad que me sea posible, permitiéndome únicamente rectificar por medio de algunas notas, y aun de tal cual sustitución de palabra en el texto, algunos leves errores en que no es de extrañar haya incurrido el estimabilísimo escritor francés, más que por culpa mía, pues le envié unos concisos y desordenados apuntes, en lugar de enviarle una extensa y minuciosa noticia de mi humilde y poco interesante vida. Doy públicamente las gracias al distinguido redactor de la Revue des Deux Mondes, por la excesiva bondad con que me ha juzgado, y paso a verter en nuestra lengua su trabajo literario, con su permiso y el del dignísimo director de la Revue, Mr. Buloz.


UN NARRADOR ESPAÑOL
ANTONIO DE TRUEBA


«A los autores españoles en general hay que hacerles la justicia de decir que se dedican sinceramente a escribir obras honradas, y que aunque careciesen de otro mérito, tendrían el de desdeñar el éxito de mala ley, pues no dan la preferencia al estudio de las fealdades sociales, y se abstienen de establecer una especie de indiferencia estética entre el mal y el bien. Cierto que estos escrúpulos no bastarían a suplir las diversas cualidades que forman el escritor; pero no obstante, es incalculable lo que el talento mismo gana con ellos en autoridad, en encanto y en atractivo. Antonio de Trueba, narrador y poeta, goza allende los Pirineos de verdadera reputación: el pueblo canta sus versos, y sus cuentos se leen en todas partes. No es que se distinga por la grandeza de sus concepciones, o la extensión de sus conocimientos; quizá hay quien le aventaja en corazón sensible y bueno, y de esta cualidad procede lo mejor de sus obras. Lejanos recuerdos de la infancia, cantos de esperanza o de pesar, todas esas páginas escritas sin pretensión, respiran como un perfume de honradez que seduce; sin querer se siente uno subyugado por ese tono sencillo y natural, por esa ingenuidad encantadora, por esa emoción dulce y penetrante que el arte no imita, pero que permite a veces elevarse hasta el arte.

Luego, trasladándose a la juventud oscura del autor, considerando los obstáculos que parecían impedirle la entrada en la carrera literaria, hay que convenir en que el mismo sentimiento de dignidad moral que sostenía su carácter en medio de tales pruebas, ha contribuido no poco a engrandecer su talento.

Trueba es vascongado: nació en Montellano, aldeíta del concejo de Galdames en las Encartaciones, con cuyo nombre se designa desde tiempo inmemorial toda la parte occidental del Señorío de Vizcaya, desde Bilbao a la provincia de Santander. Según su partida de bautismo, vino al mundo en 24 de diciembre de 1819, pero él tiene excelentes razones para creer que nació dos años después[1].

Estaba aún en la lactancia cuando sus padres, dejando a Montellano, fueron a vivir a la casería de donde su padre procedía, que era en el inmediato concejo de Sopuerta. Sus padres eran sencillos labradores que llevaban, como sus vecinos, la vida tranquila y laboriosa que basta a la felicidad del campesino vascongado. En aquellas montañas, más que en otras partes, la cosecha se consigue a precio de constantes esfuerzos y duras fatigas. Las tierras labrantías, situadas a veces en pendientes arduas, tienen que cultivarse a mano, y las mismas mujeres ayudan en el trabajo a sus maridos. Es muy común que el alimento de la pobre familia se componga de pan de maíz, legumbres y frutas; pero llega el día del descanso, y toda la aldea está de fiesta. Después de misa los mayores se reúnen en el campo de la iglesia para conversar sobre el estado de los campos y los asuntos públicos, mientras los jóvenes empeñan un gran partido de pelota o bailan con sus novias. Así transcurren los años para todos en uniforme y feliz oscuridad; y el mismo Trueba no hubiera deseado otra cosa, a no sobrevenir acontecimientos que debían variar el curso de su vida, y ocasionará España, según su expresión, «un labrador menos y un poeta más».

Era a fines del año 1836, y hacía más de tres que don Carlos, hermano menor de Fernando VII, había tomado decididamente las armas para sostener sus pretendidos derechos a la corona; vascongados y navarros, toda esa fuerte raza de montañeses, arrastrados unos por espíritu de aventura, temiendo otros por sus fueros que creían amenazados, se habían declarado en su favor, y, por tanto, contra la monarquía liberal y constitucional[2]. El encarnizamiento llegaba al colmo por ambas partes, la exasperación era indecible; en toda la línea del Ebro y desde el Norte al Mediodía no cesaban los combates, la matanza, el saqueo y el incendio; y si las Provincias Vascongadas no eran las que más sufrían con la presencia de los cristianos, merced a la habilidad de sus generales valor de sus soldados, la guerra no por eso dejaba de costarles muchas angustias e inquietudes. Todos los jóvenes útiles, unos tras otros, eran obligados a tomar las armas apenas salían de la niñez. ¡Cuántos de los que partían abandonando el cultivo de la heredad paterna iban para no volver! Antonio de Trueba acababa de cumplir los quince años; naturalmente dulce y bueno, carecía de esa energía belicosa, esa afición al combate y al peligro, que ordinariamente forma en el vascongado extraño consorcio con el amor al hogar y la práctica de las virtudes domésticas. Yendo soldado, a falta de una bala, le hubiese matado la desesperación, la repugnancia, el horror a las escenas de violencia y derramamiento de sangre. Su madre le conocía bien, y pensaba en el medio de librarle de este doble peligro. Un pariente suyo tenía en Madrid, calle de Toledo, un comercio de ferretería, en que se ocupaban varios dependientes, allí había un puesto para el joven Antonio; pero era necesario que se apresurase a ocuparle para que no se le incluyese en la próxima recluta y se viese obligado a pasar a las filas carlistas. Sus padres le proveyeron a toda prisa del hatillo que contenía su mejor ropa, le aconsejaron y besaron, y Antonio partió.

Han pasado muchos años desde entonces, pero aún no puede Trueba pensar en aquella primera vicisitud de su vida sin que los ojos se le arrasen en lágrimas. Al profundo amor que sienten todos los hijos de las montañas por la tierra natal, se unía en él una delicadeza de sentimientos, una propensión a la emoción, que debían hacer aquel sacrificio doblemente doloroso. Se puso en camino en uno de aquellos anchos carruajes llamados galeras, cubiertos con un toldo de lona sostenido por arcos, donde entonces viajaban mezcladas y sobre mullidos las gentes demasiado pobres para viajar más cómoda y aceleradamente.

En Madrid le esperaban padecimientos aún mayores. Carecía de afición y aptitud para el comercio; nada tenía de comerciante; y por añadidura, apenas llegó, a pesar de su parentesco con el principal, se le encargó en la casa de ocupaciones tan pesadas como repugnantes. Saturado aún de las dulzuras de la vida de familia, se encontró objeto de las bromas de sus compañeros; así no tardó en tomar horror a aquel triste y frío almacén de la calle de Toledo. Por otra parte, Madrid le disgustaba con su clima pérfido, tan pronto abrasador como glacial, su agitación febril, sus casas altas y amontonadas, su campiña desolada, árida y cruzada de carreteras donde el viento levanta torbellinos de polvo.

Felizmente dos cosas le salvaron de la nostalgia; el trabajo y la poesía. La educación de Trueba había sido la de los demás muchachos de su aldea. Aquellos honrados y rústicos labradores, obligados a arrancar el pan de cada día de un suelo difícil de cultivar, no tienen tiempo ni ambición de ser sabios; algunos libros religiosos, como el Año Cristiano o el Catecismo del P. Astete, la historia del inmortal Don Quijote y los Fueros de Vizcaya, he aquí, sobre poco más o menos, lo que constituye el fondo de la biblioteca de una familia vizcaína. Por más que le hubiese tocado comenzar entre gentes que honraban poco al trabajo intelectual, Trueba comprendió fácilmente lo que necesitaba. Emprendió la tarea valerosamente, con todo el ardor juvenil, abrumándose de vigilias y privaciones, consagrando a los libros lo mejor de sus solaces, y lo más positivo de sus economías. Cierto que sus esfuerzos no bastaban a llenar por completo el vacío de su primera instrucción, porque necesitaba, como vulgarmente se dice, ir a escape, siquiera sus conocimientos no traspasasen los límites bastante restringidos de la historia y la literatura nacional; pero también era cierto que no necesitaba ciencia para comprender la naturaleza y beber en ella la inspiración.

En España, como en Grecia e Italia, todos hacen versos; en esos países meridionales donde abundan los caracteres entusiastas y las imaginaciones ardientes, la lengua de los dioses es verdaderamente lengua vulgar: artesanos, soldados, labradores, todos se solazan cantando sus penas y alegrías, sus amores y sus odios; todos cuentan en voz alta la historia de su corazón. Es verdad que la lengua castellana se presta admirablemente a ese género de ejercicio; es rica, armoniosa, dócil a la inversión, llena de expresiones, giros e imágenes poéticas; además, su prosodia es poco exigente; la rima no viene a cada instante, como en nuestra lengua, a embarazar el curso de la frase y oprimir el pensamiento; los versos conciertan por medio de simples asonancias, y en ellos se permite lo que se llama licencia poética. Claro es que aquí se trata de la poesía sencilla, familiar, de uso continuo, verdaderamente popular. En cuanto a la forma que esta poesía adopta con más frecuencia, es la de la estrofa de cuatro versos que se llama copla, y que, como su nombre indica, es propia para ser cantada. A veces el pensamiento, subdiviéndose en varias estrofas, se dilata hasta formar una verdadera canción; coplas o canciones, nada de esto se escribe o compone meditadamente. El poeta habla por inspiración, y sus versos, más o menos alterados por la memoria o el capricho del auditorio, van en lo sucesivo a correr de boca en boca. Nada de pretensiones literarias en estos trovadores del pueblo; la expresión los vende con frecuencia, y la sintaxis les es desconocida; pero en cambio mucho color en sus versos, sentimiento, gracia, y más aún verbosidad y placidez. Trueba cita a este propósito a un tío suyo, «el más célebre de los cantadores montellaneses, conocido por el apodo de Vasco, y tan diestro en componer CANTAS, que se dice pasaba horas enteras hablando en verso». «Me parece, añade, que le estoy viendo con sus zapatos de hebilla, sus polainas, calzón y chaqueta negros, su chaleco de tripe azul, su ceñidor morado, su sombrero de alas levantadas por detrás e inclinadas por delante, y su coleta gris peinada con mucho esmero; me parece que le estoy viendo en los nocedales de Carral, a la vuelta de la romería de Beci, haciendo desternillar de risa con sus cantas a la alegre multitud que le rodeaba».

Trueba es ciertamente de la raza de los trovadores populares; quizá tan desenfadado como ellos, aunque menos exuberante, tiene la nota de la emoción en la voz, y hay en su inspiración una ternura que sólo a él pertenece. Además de proceder siempre su inspiración de los sentimientos más nobles y elevados, parece naturalmente inclinado a la tristeza, y su poesía, como su pensamiento, llevan siempre un tinte de dulce melancolía. Aún no salido de la infancia, ya gusta de componer versos a solas, lo que en la aldea no deja de causar admiración.

¿Quién te ha enseñado a cantar?
me preguntan todos-. Nadie;
yo canto porque Dios quiere,
yo canto como las aves[3].


«A veces hasta no faltaba quien acudiese a su joven musa en demanda de versos: pero dejemos que él mismo evoque sus recuerdos».


Mr.Lande traduce aquí, con perfecto conocimiento de nuestro idioma, parte del Prólogo del Libro de los Cantares, que ha merecido igual honra de muchos escritores extranjeros, y continúa:



«Cuando Trueba se encontró solo en aquella gran población de Madrid, no olvidó la poesía, que había embellecido su infancia. Cuando su cabeza estaba fatigada por el trabajo pensando en su país, que era su sueño perpetuo, iba a buscar en el campo un rinconcito más favorecido que otros, donde pudiese encontrar aire, sombra, canto de pájaros; y allí, conforme paseaba, componía versos; gustaba de mezclarse a la vuelta las gentes del pueblo; observaba los caracteres, escuchaba las conversaciones. Después de pasar tres años en casa de su tío, entró, también como dependiente, en otro establecimiento del mismo ramo; pero contrariedades comerciales de la nueva casa le movieron a dejar el comercio, después de haberse ocupado en él cerca de diez años. Hacía tiempo que se sentía atormentado por la necesidad de escribir; había estudiado la gramática y la lengua, y no le faltaban ideas; así, pues, se lanzo a la literatura. Es inútil decir que, siendo pobre y desconocido, el principio de sus tareas fue penoso, y vio días muy tristes; pero le sobraba la energía, la fuerza de voluntad peculiar a los hombres de las montañas. Lejos de desanimarse, trabajó día y noche para darse a conocer, escribiendo donde quiera que se le ofrecía ocasión; y al fin en 1852, cuando contaba treinta años de edad, publicó su primer volumen El libro de los Cantares».

Este libro comprende un número considerable de composiciones; algunas provienen de ensayos anteriores, pero no obstante, es fácil conocer el vínculo que las une a todas. Ante todo, manifiestan, en su giro sencillo y familiar, que están escritas para el pueblo. Trueba no se las ha habido nunca más que con gentes de humilde condición; plácenle sus costumbres, participa de sus gustos y busca en estas gentes quien le comprenda[4].

«No busquéis, dice, en este libro erudición ni arte; buscad recuerdos, corazón, y nada más... ¿Qué entiendo yo de griego ni de latín, de preceptos de Aristóteles ni de Horacio? Habladme de cielos y mares azules, de pájaros y enramadas de mieses y árboles cargados de dorada fruta, de amores y alegrías y tristezas, del pueblo honrado y sencillo, y entonces os comprenderé, porque de eso nada más entiendo. En resumen, he compuesto estos cantares como sé, a la buena de Dios, como el pueblo compone los suyos». Acaso el poeta no hace aquí el aprecio debido de su talento; pero diga lo que quiera, el arte no falta en esos poemitas tan vivamente conducidos y tan bien compuestos. Su lenguaje no es el del pueblo, el pueblo no habla habitualmente con esa corrección, ese buen gusto, esa elección de palabras y de imágenes; tales versos no son sólo de un improvisador, llevan el sello del escritor: y sí el mismo Vasco, el más célebre de los cantadores montellaneses, los hubiera conocido, se hubiera confesado vencido.

Lo que llama la atención, también, al leer ese libro, es el acento de melancolía que transpira en todos sus cantos; el autor no ha podido menos de volver más de una vez la vista a la historia de su vida, para exclamar:


Esperanzas de gloria
no realizadas;
amores sin ventura,
promesas falsas,
males de ausencia,
tales fueron las causas
de mi tristeza[5].


Pero esta tristeza nada tiene de sombría y lúgubre, porque el poeta se consuela con sus cantares, como lo dice él mismo:


Las almas como la mía
hasta el dolor embellecen.
Ven a mi lado, y el arte
que Dios me enseñó te enseñe;
y verás cómo los cielos
más azules te parecen,
más floridas las praderas,
más perfumado el ambiente,
y más hermosa la vida,
y menos triste la muerte[6].


Tanto el asunto como el metro son variados: a la descripción de la primavera y de las alegrías que trae consigo sucede la narración de Juan-soldado, uno de los héroes de la guerra de la independencia, o deliciosas escenas de la vida de familia sencillamente bosquejadas. La inspiración no cambia en el fondo. Trueba ama con igual amor a la Naturaleza, a la patria, a la familia, a la religión. Estos cuatro sentimientos confortan su alma y se desbordan hasta de sus versos. Con razón Mr. Antonio de Latour, en sus Etudes sur l'Espagne, le compara con nuestro Brizeux, porque participa de la emoción, de las convicciones profundas, del piadoso respeto al hogar y al suelo natal, que caracterizan al poeta bretón; su voz, como la de Brizeux, excitada por un soplo interior, se eleva por instantes a la verdadera elocuencia.

El libro de los Cantares tuvo gran éxito, y el nombre del joven poeta corrió muy pronto con sus versos por toda España. No cabía duda de que era una de aquellas obras de que habla el moralista cuando dice: «Libro que hace sentir está hecho de mano maestra». Las tres primeras ediciones se agotaron en poco tiempo; el duque de Montpensier quiso contribuir al coste de la cuarta, la reina Isabel costeó la quinta, y luego se han ido haciendo otras. Estas distinciones, raras en todo país, bastaban para lisonjear el orgullo del escritor. Es grato ser admitido en la corte y recibido de los príncipes, como dice Boileau; pero gustar al pueblo es también muy dulce, y si a Trueba le dieran a escoger, preferiría probablemente a toda otra gloria la de merecer la sencilla aprobación de las mujeres y los niños, que aún hoy aprenden sus estribillos y repiten dondequiera los versos de Antón el de los Cantares.


Por brillante que fuese este primer triunfo, Trueba no podía esperar que le bastasen para vivir los módicos recursos que proporciona la poesía, aun los más laboriosos; pero le debía protectores y amigos. Entonces entró en la redacción de un periódico político que, con el nombre de La Correspondencia de España, debía ser muy pronto uno de los que más circulasen en el país[7]. Al mismo tiempo escribía en prosa, y aunque nunca haya abandonado por completo el cultivo de la poesía, más bien como prosista que como poeta ha continuado por la senda literaria. Los Cuentos de color de rosa aparecieron en 1859. Este libro, lleno de dulce interés y dedicado a la joven esposa del autor, justificaba doblemente su título. Trueba acababa de casarse; comenzaba casi a ser célebre; después de más de veinte años de ausencia, esperaba volver a ver a su país natal, a su anciano padre, a sus amigos de la infancia; era joven aún, tenía valor, y lleno de gozo y con el corazón abierto a la esperanza, saludaba al porvenir.

A los Cuentos de color de rosa siguieron otros, volúmenes del mismo género: Cuentos campesinos, Cuentos populares, Cuentos de vivos y muertos, Cuentos de varios colores. Conviene no equivocarse en cuanto a la significación de la palabra cuento, que en castellano tiene mucha más extensión que en nuestra lengua; sirve para designar en general toda clase de narración corta y familiar, cualquiera que sea el asunto, verosímil o fantástico, imaginario o real. Así es que Trueba oyó muchos de sus cuentos cuando era niño; lo sobrenatural desempeña en ellos un gran papel, y la idea es fabulosa; en Francia, en Italia, en Alemania circulan estos mismos cuentos con algunas variantes. Añádase a esto una multitud de leyendas puramente locales, de tradiciones relacionadas con la historia del país, y se tendrá una idea de la riqueza de que Trueba ha dispuesto a manos llenas. Ya es un vecino muy decidor que por la noche, cuando toda la familia está reunida junto al fuego, hace pasar sin sentir las largas veladas con sus relatos; ya es la abuela que, rodeada de cabecitas curiosas, habla a los nietecillos de mil cosas de otro tiempo, y arrastra al país de los sueños aquellas jóvenes imaginaciones. «A la puerta de nuestra casa, dice Trueba, había un hermoso emparrado donde, en las apacibles tardes de primavera, mi abuela, que en paz descanse, nos contaba a mi hermano y a mí cuentos muy lindos, hila que hila su copo», porque decía la buena señora, y decía muy bien: «Más vale que estos enemigos malos estén aquí entretenidos con mi charla, que no trepando por los nogales y los cerezos, destrozándose la ropa». Más tarde, Trueba, convertido en escritor, ha hecho un estudio muy especial de los cuentos populares: aquí y allá, en los caminos, andando a pie, viajando en diligencia, deteniéndose en las caserías, haciendo hablar a las mujeres, preguntando a los niños, ha recogido una multitud de leyendas inéditas que han completado su colección[8]. En muchos casos el fondo de la narración es exclusivamente suyo; a veces sigue sólo su propia inspiración inventando todas las escenas de su drama. Lo más frecuente es, aun en este último caso, que recurra a sus recuerdos y se contente con tratar de hechos que él mismo ha presenciado; estos últimos cuentos debieran más bien llamarse novelas, y acaso no son entre todos los de su autor ni los menos interesantes ni los contados con menos maestría.

Sin embargo, los unos y los otros tienen siempre en la forma un punto de analogía, que es la forma popular. Hace algunos años ya, que en la mayor parte de Europa se buscan activamente las fábulas, los cuentos de hadas y otros documentos dispersos de la imaginación del pueblo. Ofrecen, en efecto, al hombre estudioso campo fecundo de curiosas observaciones sobre el carácter y el espíritu de las razas en las diversas épocas; pero dos medios se ofrecen desde luego para llevar a cabo este trabajo. ¿Se debe, por escrúpulo de erudición, contentar el que se ocupa en él con transcribir lo que le dictan, y para no disminuir el interés del texto, trasladarle fielmente, tal como se ha recogido de boca del narrador y literato? O, por el contrario, ¿conviene no ver en la narración popular más que un simple apunte, sin nada de definitivo, que se puede retocar con toda libertad en nombre de la sintaxis y el buen gusto? Trueba se ha pronunciado por esto último, y deja a otros la ambición de suministrar la ciencia, contentándose por su parte con dar a las narraciones, que eran informes y descosidas, un poco más de verosimilitud y corrección. Siempre, y aun cuando escribe por su propia cuenta, se esfuerza en conservar ese estilo sencillo y uniforme; esas locuciones rápidas, esos idiotismos, más expresivos que elevados, con que el pueblo español hace perceptibles las ideas más abstractas y explica las cosas más intrincadas. ¿Quiere esto decir que no espera ser leído más que de gentes humildes? Seguramente no; porque, como él dice muy bien, en la vida ordinaria, así grandes como, chicos, así ricos como pobres usamos todos un mismo lenguaje, el lenguaje familiar, que es el popular. Así, pues, dirigirse al pueblo es tanto como hacerse entender de todos, y el género literario que imita el fondo y la forma, el sentimiento y la expresión popular lleva en sí la mejor garantía de éxito.

El mayor peligro que ofrece lo familiar y sencillo es el de incurrir en lo vulgar. Trueba ha incurrido alguna que otra vez usando tal o cual modismo o exclamación trivial que sin dificultad hubiera podido dejar para los que se sirven de ella; pero debemos apresurarnos a añadir que estos leves defectos de expresión nunca son extensivos al pensamiento. Lo que tienen de común los cuentos de Trueba con la poesía del mismo autor, es la inspiración, siempre pura y elevada; en ellos se encuentran los mismos escrúpulos honrados, la misma delicadeza de sentimiento, la misma elección de asuntos, la misma moral amable y consoladora, basada en la esperanza y la resignación. «Siempre se muestra adversario de esa literatura pesimista que se complace en presentar el mundo como un desierto sin límites, donde no nace una flor, y la vida como una noche sin fin donde no brilla una estrella, siempre glorifica el bien y la virtud». Esto decía Trueba en el Prólogo de sus primeros cuentos. Más tarde el horizonte se oscureció a sus ojos; los desengaños y las privaciones pusieron a prueba al escritor; pero éste ha conservado inalterables su valor y su fe. Trueba exclama con verdadera elocuencia, aludiendo a los ásperos caminos que serpentean por sus queridas montañas: «No hay para mí camino triste ni penoso, llámese camino de la aldea o camino de la vida: al fin del primero está el hogar de mi infancia; al fin del segundo está el cielo, y al fin de los dos me esperan amigos muy queridos».

Algunas de las escenas que nos ofrece Trueba, por ejemplo, las de los Cuentos campesinos, pasan en Castilla, a las mismas puertas de Madrid; pero el teatro por él preferido es Vizcaya, o más bien un rincón de Vizcaya, las Encartaciones, que son la comarca donde nació y se crió. En otro tiempo se habló allí únicamente la lengua vascongada, como lo atestiguan la tradición, los apellidos y la mayor parte de los nombres geográficos. Al fin, y por efecto de las constantes relaciones de los encartados con sus vecinos los de Castilla la Vieja, prevaleció en las Encartaciones la lengua castellana. Esto explica cómo Trueba figura entre los escritores castellanos. Por lo demás, los encartados no se diferencian de sus compatriotas del resto del Señorío. El mismo tipo vascongado, a la par gallardo y fuerte, de nariz aguileña, de mirada inteligente y dulce, de frente despejada, de rostro ovalado y un poco deprimido por el extremo inferior, de tez sonrosada, de elevada estatura y de musculatura vigorosa y fuerte; la misma severidad de costumbres, el mismo infatigable ardor para el trabajo, el mismo valor indomable, el mismo patriotismo exaltado e intransigente. Las Encartaciones, cuya población es aproximadamente de quince mil almas[9], fueron el corazón de aquella heroica Cantabria donde unos pobres montañeses contrastaron las fuerzas del inmenso imperio romano. En todos tiempos han honrado la historia de Vizcaya con nombres y cosas ilustres, y hoy mismo, haciendo causa común con las provincias sublevadas, luchan con ciega energía contra el gobierno de Madrid. No hay país más a propósito a la vez para la resistencia y para la vida rústica y el trabajo pacífico. En sus montañas brotan muchos manantiales que, descendiendo a los valles, forman cinco ríos bastante caudalosos, que desembocan en el mar a corta distancia de su origen. Divídese su territorio en quince valles o concejos, y su circunferencia no pasa de veinte leguas. Aunque predominan en él las montañas quebradas y pedregosas, hay terrenos fértiles y generalmente bien cultivados. En los montes abundan los robles, las hayas, las encinas y los castaños, cuya madera se emplea en diferentes usos, y es uno de los mejores recursos del país; en los valles abundan los árboles frutales, como los cerezos, los nogales, los manzanos, los ciroleros y otros; las viñas se extienden por las faldas de las montañas y collados, y producen un vinillo llamado, chacolí, de sabor muy agradable. Las cosechas consisten principalmente en maíz, trigo y legumbres. Por último, abundan las canteras de mármoles, de piedra caliza, y las minas de hierro, de cobre y de plomo. Ya en tiempo de los romanos se explotaban algunas de estas minas, y particularmente las de la famosa montaña de Triano, inmenso banco de hierro cuya riqueza encareció el naturalista Plinio, y que aún suministra a la industria cada año más de ochocientos mil quintales de mineral[10]. Antes de la guerra actual, hermosas carreteras, admirablemente conservadas por la administración foral, satisfacían las necesidades del comercio, y los torrentes que descendían a los valles daban movimiento a la multitud de molinos y ferrerías.

Tal es la comarca pintoresca y hermosa adonde nos transporta Trueba. La acción es de por sí de las más sencillas, carece de grandes enredos y peripecias: la constituyen sencillas historias de amor y modestas escenas de la vida de familia, tal cual se puede desarrollar en el fondo de una aldeíta ignorada; pero el autor se complace en seguir a sus personajes en todos los pormenores de la vida, de la vida de honrados labradores, de cuyas apacibles alegrías hubiera él querido participar. Levántase muy temprano, da una vuelta por el establo, se complace en contemplar a los bueyes y la mula, acaricia al pasar al perro de la casa, está al corriente de las labores, habla como inteligente de la siembra, o da su voto sobre la próxima cosecha; al volver a casa al anochecer, dirige una miradita a la cena que preparan las mujeres, saluda a las muchachas, que van a la fuente, o charla con los chicos que traen el ganado del monte o del prado. todos estos cuadritos campestres enamoran con su vida y su verdad.

En otro concepto, no carece de interés, como es de suponer, el penetrar siguiendo a tal guía en el interior de esas poblaciones tan curiosas que, en opinión de los lingüistas e historiadores, están habitadas por la raza más antigua y noble de Europa. Es verdad que los vascos han decaído mucho de los tiempos pasados, del tiempo no lejano aún en que los gloriosos cónsules de Bilbao tenían jurisdicción en todo el litoral cantábrico, «desde Bayona a Bayona», es decir, desde Bayona de Francia a Bayona de Galicia; de día en día aparecen más restringidos, menos numerosos; incesantemente batidos por las olas de las revoluciones políticas y sociales, como las rocas de sus riberas por las olas del mar enfurecido, están destinados a desaparecer muy pronto; y un sagaz escritor, hablando de su decadencia, en esta misma Revista, ha podido con razón calificarlos de un pueblo que se va[11]. Al menos habrán conservado hasta su último momento, con su lengua singular que no tiene relación con ninguna conocida, un carácter y una fisonomía especiales.

Lo que principalmente los distingue es el ardor de su fe, una fe sencilla, inquebrantable, que no admite discusión ni temperamento. Parécele que en sus alturas el hombre se siente más cerca de Dios, y se ve irresistiblemente impulsado a elevar a Dios su pensamiento. Un cantar vascongado dice:

Madre, quiero que me cases
en los montes de Vizcaya,
que en los montes está el cielo
más cerca que en tierra llana.

El campesino vasco es profundamente religioso; descansa el domingo y los días de precepto, tiene sus santos preferidos, y se complace como un niño en las pompas religiosas. De aquí procede la influencia que ejerce el clero en las tres Provincias Vascongadas, influencia quizá exagerada, o que de todos modos no ha sido siempre beneficiosa. Otro sentimiento no menos profundo ocupa el alma de aquellos montañeses: el amor al suelo natal; pero el vasco, por muy adherido que esté a su casería y sus valles, no por eso es menos atrevido, emprendedor y animoso; cuando encuentra su puesto demasiado estrecho entre sus hermanos en el hogar paterno, no vacila en expatriarse. No irá a establecerse en las provincias del interior de España, donde no obstante se encuentran desiertos tan fértiles como en el Nuevo Mundo, pero donde perdería el beneficio de sus fueros, es decir, la exención de contribuciones y quintas[12]. Trasládase a Méjico, al Brasil, al Perú, a Buenos Aires o Montevideo, y allí procura hacer fortuna. Cada año se embarcan con aquel destino más de mil jóvenes en Burdeos, en Bayona o en los puertos de la costa cantábrica; pero nunca olvidan a su patria. Dondequiera que los vascos se encuentran, ricos o pobres, jóvenes o viejos, su mayor placer es reunirse para hablar la noble lengua de los euscaldunac, vestir el traje nacional y oír en el tamboril alguna sonata de su patria. Transcurridos diez, veinte años de ausencia, cuando se cree bastante rico, el vasco se apresura a realizar sus haberes y a volver a su país. No se le hable de las ciudades ni del bienestar que se goza en ellas; a toda otra residencia prefiere aún el rinconcillo donde nació; una vez instalado en él, como con todo su dinero no podría adquirir nuevas propiedades territoriales, porque allí cada familia conserva religiosamente las tres o cuatro fanegas de tierra que posee, levanta un palacio en el solar paterno; este palacio no pasa generalmente de una casa mayor y más sólida que las demás y pintada exteriormente. Al mismo tiempo se complace en fundaciones piadosas o benéficas, tales como una ermita, una escuela o un hospital, y entre tanto participa del género de vida de todos los que le rodean. Los vecinos de la aldea le llaman el indiano (para el pueblo, América es la India aun después de los descubrimientos de Cristóbal Colón), y no se encontrará acaso una aldea un poco importante en las Provincias Vascongadas donde no haya alguna familia designada con este nombre. De aquí se colige la parte imprevista que se mezcla con la existencia monótona del aldeano más humilde. ¡Qué sorpresa en la aldea, qué alegría en toda la familia, cuando llega uno de esos audaces colonos de quien acaso durante años enteros no se ha tenido noticia! También en las narraciones de Trueba ocupa un puesto preferente el indiano, cuyo papel en ellas viene a ser el que desempeña en otro tiempo en nuestras comedias el tío en Indias. Viene a ser el Deux ex machina; llega en el momento oportuno con el oro a manos llenas, con el oro que se hace estimar en mucho hasta en las comarcas de costumbres patriarcales; y el indiano remedia la pobreza, dota a sus sobrinas, hace olvidar la pérdida de la cosecha, y, gracias a él, todos están contentos.

A pesar de esto y a pesar también de sus esfuerzos no todos los que van a América hacen fortuna. Apenas llegan, el clima de los trópicos y el vómito o fiebre amarilla cansan terribles estragos entre ellos. Aunque se salven de las enfermedades, ¡cuántos trabajan toda su vida, sin poder reunir nunca la pequeña cantidad que les hubiera bastado para regresará Europa, y acaban tristemente en el lejano destierro! Esto basta para que Trueba, que por otra parte no es aficionado a la aventura, no vea con buenos ojos a la hermosa juventud de su patria atravesar el Océano[13]. Hasta la mar, cuyas olas traidoras vienen a acariciar la ribera invitando a la juventud a abandonar la patria, excita la indignación de Trueba, que la maldice con todo su corazón.

«Nací, dice, y pasé mi niñez cerca de la mar, y a pesar de que me encariño profundamente con todo lo que me rodea, con las personas a quien trato, con la casa en que habito, con los árboles que me dan sombra, con los pájaros que me dan música, con el arroyo que me da murmurios, con los montes y la vega que contemplo desde mi ventana, y hasta con el sol que me quema, y el frío que me entumece; a pesar, repito, de que me encariño con todo esto, no he podido nunca encariñarme con la mar.

»Era yo muy niño, y allá por el hondo valle que separa a mi aldea de la mar llegaban a mi pacífica aldea prolongados y sordos bramidos que me hacían estremecer y refugiar en el regazo de mi madre.

-¡Santa Virgen de Begoña -exclamaba mi madre con lágrimas en los ojos-, no desampares a los pobres navegantes que cruzan esos mares traidores!

»Y esta piadosa imprecación quedaba grabada en mi memoria, y en la confusión de mis ideas, la idea de la mar se asemejaba a la de los grandes azotes de la Humanidad.

»Y luego tú ¡oh mar! no eres mi patria: eres un vagabundo extranjero que llegas a nuestras risueñas y pacíficas montañas con la soberbia de aquellos otros extranjeros que llegaron acaudillados por los Césares y Agripas, y, como tú, vieron quebrantado su poder en nuestras rocas, y sólo consiguieron, como tú, penetrar en algunos de nuestros hermosos valles.

»Si un día la desventura me arroja a las soledades del Océano, compadecedme, hermanos míos, y compadeced, como yo compadezco, a los que vagan por ellas!»

Al lado de estas páginas llenas de emoción, se encontrarán otras escritas en tono festivo y sereno. No es necesario haber hecho un largo estudio de la literatura popular para saber toda la malicia que se suele esconder en sus apólogos. El pueblo, que es un niño grande, gusta mucho de reír a costa ajena. Véasele entre nosotros, en nuestras historietas y misterios, vengándose de sus trabajos y privaciones, divirtiéndose a costa de todos, así de las autoridades de la tierra como de los santos del cielo; con tal que pueda reír, está contento y casi satisfecho. Aunque en España el genio se ha visto por mucho tiempo oprimido por el terror de la inquisición y del Gobierno absoluto, esta tendencia del genio popular, hábilmente utilizada por Trueba, se revela en más de un concepto. El príncipe y sus ministros, el mismo clero, no se libran de la sátira popular; los jueces, los alcaldes, los médicos, todos llevan su merecido o inmerecido. En cuanto a los personajes celestes, el apóstol San Pedro es el que más chanzonetas excita; su calvicie, su humildad de espíritu, las debilidades de que habla el Evangelio, todo, hasta el oficio de portero que le ha tocado en el otro mundo, contribuye a hacer de él un personaje cómico y casi bufo. Hay muchas ocasiones en que el pueblo español la emprende consigo mismo, y se ríe benévolamente de sus propios defectos; con aquel rústico buen sentido que caracterizaba a Sancho Panza, sabe en la ocasión oportuna devolver la pelota. Cuando se trata de la sátira moral, más de un dardo se dirige, como es justo, a las mujeres.

«Cuando Cristo andaba por el mundo sanando enfermos y resucitando muertos, una buena mujer le salió al encuentro, llorando como una Magdalena, y tirándole de la capa, le dijo:

-Señor, haga usted el favor de venir a resucitar a mi marido, que se ha muerto.

-No me puedo detener -le respondió el Señor-, porque voy a hacer un milagro de padre y muy señor mío, que es encontrar una buena madre de familia entre todas las mujeres aficionadas a toros; pero todo se andará si la burra no se para. Lo que yo puedo hacer es que se te meta en la cabeza que tu marido ha de resucitar, y tu marido resucitará.

«En efecto, a la buena mujer se le metió en la cabeza que había de resucitar su marido, y su marido resucitó; porque ni los muertos pueden resistir la voluntad de las mujeres».

En este terreno es fácil resbalar, y parece que por él se va a esas alegres fabulillas, a esas historias picarescas de que gustaba el antiguo espíritu galo: pero Trueba sabe detenerse a tiempo. No diremos que sus narraciones tengan todas el mismo valor y ofrezcan el mismo interés, porque algunas hay tan sencillas que rayan en lo pueril, y no merecían el trabajo de recogerse, y otras exigían que se las tratase más filosóficamente; pero nunca ha procurado hacer efecto a costa de la moral. Sólo una vez faltó Trueba a este principio capital. Era joven, y se ocupaba en sus primeros trabajos literarios, componiendo El libro de los Cantares. El editor, para despertar más la curiosidad del público, le pidió que compusiese algunos picantes, y, en efecto, los compuso; pero al ir a hacerse la segunda edición del libro, se apresuró a suprimirlos, y desde entonces ni una frase ni una palabra ha salido de su pluma que pueda prestarse al equívoco libre. Hasta en esto permanece fiel al carácter de su raza. ¿Podrá creerse que la lengua vascongada carece de toda expresión deshonesta? La blasfemia es en ella desconocida; y hoy mismo, en que las costumbres se han alterado algún tanto en las cercanías de las ciudades, cuando un vascongado se sirve de un término grosero, tiene que tomarle de la lengua castellana. Lejos nuestro narrador de hacer estos préstamos, siente que la lengua castellana no haya imitado la casta reserva de la eúscara.


Hacía veinticinco años que Trueba residía en Madrid; sus cuentos habían tenido tanta fortuna como sus poesías; las ediciones se multiplicaban en España, y las traducciones en el Extranjero, en Inglaterra, en Alemania, y hasta en Rusia; gracias a él, los vascongados despertaban en todas partes nuevas simpatías: cuanto más se les conocía, más se los estimaba. Lisonjeados en su amor propio nacional, sus compatriotas quisieron darle un testimonio de gratitud, al mismo tiempo que utilizaban su talento, y en 1862, reunidos los representantes de todas las repúblicas de Vizcaya en Junta general so el árbol de Guernica, Antonio de Trueba fue solemnemente aclamado archivero y cronista, con el sueldo anual de diez y ocho mil reales[14]. Como es sabido, antes de la última guerra, las tres Provincias Vascongadas enviaban diputados a las Cortes como las demás de la nación; pero en virtud de sus antiguos fueros continuaban congregándose los representantes de sus pueblos para tratar de los asuntos interiores de cada provincia. Estas juntas generales se celebraban desde tiempo inmemorial bajo un árbol designado por la tradición, el de los alaveses en Arriaga, el de los guipuzcoanos en Guarequiz y el de los vizcaínos en Guernica. Sólo el árbol de éstos últimos se ha conservado hasta nuestros días, y aún se fechan los acuerdos con la frase de «so el árbol de Guernica», aunque las Juntas sólo se inauguran bajo el árbol, y en vez de continuar allí patriarcalmente como en lo antiguo, se trasladan a un gran salón inmediato construido al efecto, donde continúan. En cuanto al árbol, como naturalmente no puede ser eterno, se le reemplaza cuando muere con uno de sus renuevos que se tiene cuidado de criar a su pie. Cuando cae de viejo, le sustituye el más robusto de sus hijos, y la dinastía continúa así sin interrupción[15].

La nueva posición de Trueba ponía a éste en lo sucesivo al abrigo de la necesidad, y además le abría un vasto campo de estudio que hasta entonces casi no había explorado. La Historia general del Muy Noble y Muy Leal Señorío de Vizcaya aún estaba por escribir. Trueba concibió el proyecto de elevar este monumento a la gloria de su país, e inmediatamente se dedicó a reunir materiales para ello. La empresa era difícil y reclamaba tiempo. Allí, como en todas partes, el campesino en general cura poco de las reliquias de lo pasado, y a esta incuria se debe el que documentos preciosos se pierdan aún en nuestros días. El Ayuntamiento de un pueblo de España hizo arrojar al río gran cantidad de manuscritos antiguos conservados en su archivo, so pretexto de que estaban escritos en letra «que ya no se entendía»Además en Vizcaya existía no hace aún muchos años la costumbre de aprender a leer los chicos en procesos sacados de las escribanías y archivos, y el mismo. Trueba se acuerda de haber hecho cometas y monteras con papeles que más tarde hubieran sido para él un tesoro.

Mientras se preparaba a esta gran obra, ya envuelto en el polvo de los archivos y bibliotecas, ya recorriendo montes y valles por vía de observación y estudio, Trueba escribía, dejándose llevar de la inspiración del momento, lo que más hería su espíritu. Así se formó el volumen titulado Capítulos de un libro. En este volumen hay algo de todo: recuerdos de la infancia, narraciones familiares como las de los libros de cuentos del mismo autor, y páginas más severas, cuyo asunto procede de las crónicas antiguas. Puede calcularse por estas páginas cómo entiende Trueba que debe contar la historia. El estilo es conciso, enérgico, y el interés está hábilmente manejado, aunque acaso alguna vez puedan echarse de menos en el autor los conocimientos generales necesarios en esta clase de estudios, y el asunto no esté tratado siempre con suficiente elevación.

Hacia fines del siglo XIII el litoral cantábrico no estaba menos perturbado que el resto de Europa: las guerras de bandería en que tomaba parte la Nobleza dividida en dos bandos contrarios desolaban el país. A pesar de la intervención y los esfuerzos de los reyes y señores, aquellas guerras en que no se interrumpían el saqueo, el incendio y el degüello, duraron hasta fines del siglo XV, en que la enérgica mano de Isabel la Católica les puso término. Los partidos rivales que predominaban en las Provincias Vascongadas se distinguían con los nombres de oñacinos y gamboinos. Uno de los linajes que en las Encartaciones se señalaron más en estas guerras civiles fue el de Salazar, cuya genealogía bosqueja Trueba rápidamente: terribles hombres eran en verdad aquellos batalladores de la Edad Media, siempre preparados para lanzarse desde su torre solariega sobre el vecino y alancearle, valientes como leones, ávidos como lobos, ¡inaccesibles a la fatiga y las dolencias! Uno de ellos, García López de Salazar, llamado Brazo de fierro, muere en el cerco de Algeciras en 1334, a la edad de ciento treinta años, después de haber engendrado dos hijos legítimos y ciento veinte bastardos. Otro, Juan López, vive hasta los ciento veinte años, sin más ocupación que la de pelear; un segundo Juan López muere en compañía de un hijo suyo a los ochenta años, empozado por sus enemigos, con los pies atados y una piedra al cuello, y como el río es poco profundo, saca la cabeza, le hieren los verdugos con sus lanzas, y él insiste en sacar la cabeza, gritándoles: «Dad, dad, hijos de cabra, que si como tengo un alma en un cuerpo tuviera cien, no vos podríades vengar de mí, que yo he sido tal en sacar sangre del vuestro linaje, ¡que no lo podríades vengar en otros trescientos tales como yo! ¡Dad cuanto pudiéredes, hijos de cabra!» Por último, el más celebre de todos, Lope García de Salazar, valiente como todos los de su raza, cercado por su hijo llamado Juan el Moro, a los setenta y dos años, después de mil grandes hazañas, escribe en 1470, para ahuyentar negras imaginaciones, un libro aún inédito, titulado: Libro las buenas andanzas e fortunas, en que narra los sucesos conocidos de él o por él presenciados. Esta obra es la primera escrita en castellano que puede consultar la ciencia heráldica y arqueológica.

Ocupándose en estos trabajos históricos, movido de curiosidad muy natural, Trueba tuvo la ocurrencia de averiguar la historia de su linaje. Cierto que cada uno es hijo de sus obras, pero a nadie le disgusta conocer y poder citar en ocasión oportuna la larga serie de sus antepasados. El hecho es aún más natural en un país como Vizcaya, donde las dos terceras partes de los habitantes[16] son nobles y hacen remontar su nobleza al tiempo de las guerras con los mahometanos, y donde en la más humilde aldea se ve hasta en las casas más pobres el escudo de armas que campea en la fachada de piedra, sobre el arco de entrada. Trueba averiguó que, a pesar de la pobreza en que había nacido, el origen de su linaje era de los más esclarecidos. La familia y el apellido de Trueba proceden originariamente de una aldeíta del mismo nombre que existió en la merindad de Montija (Castilla la Vieja), confinante con la parte occidental de Vizcaya. Esta aldea, hoy despoblada, existía aún a fines del siglo XVI, según consta de una información de nobleza que se conserva en el archivo municipal de Bilbao, hizo Juan Fernández de Trueba, vecino de Balmaseda y administrador de las rentas de la mar. La casa de Trueba, muy antigua entonces, era patrona y fundadora de la iglesia parroquial del pueblo, y como tal percibía los diezmos de ésta. Una rama de este linaje se había establecido en las Encartaciones hacía ya siglos, y de ella procede nuestro autor. Es verdad que el que se dedica con demasiada minuciosidad a estas investigaciones genealógicas suele exponerse a descubrimientos bastante singulares, como le sucedió a Trueba.

Hojeando el libro inédito del antiguo cronista Lope García de Salazar que hemos citado, se encontró con la sucinta historia de un percance que le sucedió a un don Gonzalo de Trueba en el siglo XIV. Don Gonzalo andaba con otros mal llamados caballeros en los confines de Castilla y Vizcaya desbalijando descaradamente a los pasajeros con pretexto de cobrarles derechos de peaje que debían pertenecerle. La justicia logró apoderarse de él, y le ahorcó del primer árbol que encontró a mano. Hay que convenir en que éstos son títulos de nobleza que llenarían de orgullo a otro que no fuere el sencillo y pacífico autor del Libro de los Cantares.

Cuando Trueba, tomando a pecho su nuevo título, se ocupaba en revelar los curiosos y sangrientos recuerdos de tiempos lejanos, estaba muy distante de pensar que habían de volver para él los malos días, y su infortunado país, al cabo de treinta años, se había de ver por segunda vez, como en el siglo XIV, en tiempo de los Salazares, los Zurbarán y los Leguizamon, desolado por la guerra civil y los partidos. Nunca las Provincias Vascongadas se habían visto más prósperas y dichosas que entonces; mientras el resto de España estaba entregado a la anarquía hacía dos años, las provincias del Norte gozaban de paz y se dedicaban al comercio y la industria. Los almacenes de Bilbao estaban atestados de mercancías que los buques extranjeros llevaban poco menos que de lastre; diversos ferrocarriles ponían en comunicación las minas con el mar y las rías, levantábanse fábricas y talleres; el humo en los altos hornos oscurecía la atmósfera; a los valles donde brotan las aguas medicinales y a las playas marinas acudía a veranear la población acomodada de Madrid y otros puntos, dejando allí cada año sumas considerables. ¿Cómo los vascongados no han visto dónde estaban a la par su deber y su interés? ¿Por qué exceso de ceguedad ha consentido en seguir a los fanáticos y ambiciosos que los arrastraban a la perdición?

Trueba se había ocupado siempre muy poco en la política; apenas se encuentran en sus escritos algunas alusiones a la penuria del Erario y al exceso de indulgencia de la noble señora que a la sazón ocupaba el trono[17]. Algunas bromas más o menos maliciosas sobre el modo de hacerse las elecciones y sobre la empleomanía, que hoy es una de las plagas de España; algunas palabras sobre los malos gobiernos y los pueblos ingobernables, sobre los hipócritas de Dios y los hipócritas de la libertad, y, por último, sobre los que pasan la vida conspirando para coger la sartén del mango; pero todo esto de un modo discreto, rápido, como de paso. Trueba no tiene pretensiones de reformador ni censor; deja para otros los ataques mordaces y las críticas apasionadas, porque no tiene vocación a la sátira política. En cambio se ha mostrado siempre partidario entusiasta de las libertades forales. Una vez, en 1864, tuvo ocasión de proclamar oficialmente las convicciones de su vida entera. El Señorío congregado so el árbol de Guernica, encargó a su cronista la redacción de un mensaje dirigido a la reina, con motivo de los ataques de que habían sido objeto en el Senado aquellas libertades. Este mensaje, que se escribió en pergamino y firmaron los representantes de todas las repúblicas de Vizcaya y los Padres de provincia[18], se entregó solemnemente a la reina cuando esta señora visitaba en 1865 las Provincias Vascongadas; en lenguaje respetuoso, pero firme y enérgico, se pedía en él a la reina que no se atentase a las libertades de Vizcaya, que habían jurado so el árbol de Guernica monarcas tan grandes como los Reyes Católicos, y eran consideradas por los vascongados como su mayor riqueza, su honra y su derecho[19]. En el mismo espíritu estaba concebida una Memoria titulada Bosquejo de la organización social de Vizcaya, que escribió su autor y se remitió al jurado de nuestra Exposición universal de 1867, y se publicó más tarde en virtud de acuerdo del Señorío reunido en junta general. No se necesitó más para que Trueba se hiciese sospechoso a todo un partido. Los habitantes de las Provincias Vascongadas no están todos interesados en la conservación de los fueros; esta antigua organización favorece singularmente a los campesinos, con detrimento de los grandes centros de población; para dar un ejemplo de ello, bastará decir que en las elecciones el último pueblo tiene el mismo derecho que la opulenta e industriosa Bilbao. Concíbese así que las villas, donde, por otra parte, el elemento forastero es mucho más considerable, lleven a mal que se abogase por un régimen que a ellas no les origina más que perjuicios, por lo que no desperdician ocasión de pedir la asimilación de las Provincias Vascongadas con el resto de España. De aquí el antagonismo cada vez mayor entre las villas y la población rural[20].



Al estallar la última guerra, así como los campesinos tomaron partido por don Carlos, las villas le tomaron por los liberales, y, como sucede siempre en estos casos, las discordias públicas se envenenaron con los antagonismos privados. Todo aquel en quien se sospechaban simpatías por la causa contraria era denunciado, injuriado y preso. Trueba residía en Bilbao con su familia; a pesar de su carácter bien conocido, y a pesar de que, casi niño, para no verse obligado a tomar las armas en favor del primer pretendiente, había tenido que expatriarse y sus padres habían sufrido por ello persecuciones, se vio acusado de hallarse en inteligencias con los carlistas, se le trató de neo-católico, uno de los nombres injuriosos con que se denostaban los partidos; se le citó ante el gobernador, y se le despojó hasta de su cargo, acto completamente arbitrario e ilegal, pues sólo el Señorío congregado en Junta general tiene derecho a nombrar y destituir sus empleados[21].

Muy pronto[22] tuvo que abandonara Bilbao, que iba a ser sitiado, dejando allí sus papeles y libros, y por segunda vez se vio arrojado de su país por la guerra civil, y tomó el camino del destierro «andando de espaldas», como él dice, para perder de vista a la tierra natal lo más tarde posible. Se encontraba tan pobre como en su juventud, y aunque era más conocido tenía una familia a quien mantener. Trueba se resignó valerosamente a volver a su antigua vida de privaciones y angustias, creyendo que si su pluma podía contribuir a restablecer la paz entre hermanos enemigos, todas sus penas le importarían poco. En 1874 apareció Mari-Santa, cuadros de un hogar y sus contornos, que tuvo un gran éxito[23]. Este libro, con otros dos del mismo género, titulados Cielo con nubecillas, y El gabán y la chaqueta, publicados algún tiempo antes, pertenecen, si así puede decirse, al nuevo sistema del autor. No se los puede calificar de verdaderas novelas; Trueba no se adapta a las obras largas; ya se ensayó en ellas en su juventud, y él mismo dice que fue con mediano éxito. En sus últimas obras no procede con arreglo a su antigua costumbre, que eran los trabajos de corta extensión: toma una idea general que forma el lazo aparente y como la unidad del libro; pero en realidad sirve de pretexto a multitud de digresiones. Adivínase sin trabajo el objeto de estas digresiones, que es describir el país vascongado y encomiar a sus habitantes recordando su grandeza pasada y lamentando sus males presentes[24].

No ha faltado en España un crítico que acusase al autor de poca variedad en sus pinturas, de volver hasta la saciedad a los mismos asuntos, diciéndole: «¡Qué! ¿Siempre vallecitos verdes, montañas, torrentes y casitas blancas, escondidas entre cerezos y nogales? Eso es monótono. ¿A qué viene eso?» A lo que el autor ha contestado con mucha agudeza: «¿Querría usted que sustituyese los cerezos y nogales con naranjos?» En efecto, Vizcaya no se parece a Andalucía; si otros sacan sus libros de la imaginación, Trueba los saca de lo que conoce y ama[25].

Aunque ha escrito mucho, pues los libros que hemos citado no son más que una parte de sus obras, Trueba es un escritor correcto y castizo. No tiene nada de pretencioso ni afectado, ni eleva nunca el tono; pero hasta en el género familiar se esmera en el estilo y en el respeto a los lectores. El mismo cuidado que pone en la elección de asuntos, pone en la elección de palabras; gusta de la expresión precisa, como del pensamiento recto, porque hasta esto es para él cuestión de probidad literaria. Procura ser preciso y verdadero hasta en lo más insignificante, y sigue paso a paso a la Naturaleza. El mismo cita un ejemplo de esto muy curioso. «Una crudísima noche del mes de enero, dice, escribía yo en un piso cuarto de la calle de Lope de Vega, número 32, el cuento que titulé De patas en el infierno, y como me ocurriese un detalle que consistía en explicar las alteraciones que experimenta el sonido del agua mientras ésta hinche un cántaro en la fuente, me encontré con la dificultad de que no había estudiado nunca estas alteraciones, ni en mi casa había en aquel instante agua suficiente para estudiarlas. Por la mañana a primera hora habían de ir de la imprenta a recoger el cuento, y me era indispensable dejarle terminado aquella noche. ¿Sabéis lo que hice para salir de mi apuro? A las tres de la madrugada, arrostrando la oscuridad y la lluvia y el viento, fui a la fuentecilla de la plazuela de Jesús con un cántaro bajo la capa, y pasé allí un cuarto de hora escuchando el sonido del agua que caía en el cántaro». Entonces sólo se expuso Trueba a coger una pulmonía; pero su gusto por la observación debía exponerle a peligro más grave. La aventura es muy española y merece ser contada. Trueba se preparaba a escribir el cuento campesino titulado Las siembras y las cosechas, y según su plan debía de escribir el amanecer en el campo. Muchas veces había contemplado este magnífico espectáculo, pero para describirle mejor quería contemplarle y estudiarle de nuevo. Una madrugada, mucho antes de rayar el alba, acompañado de Luis de Eguilaz, Diego Luque y Eduardo Bustillo, fue a los cerros de Vicálvaro, y cuando estaban haciendo provisión de imágenes e impresiones poéticas, se vieron acometidos navaja en mano por unos rateros que los habían creído gente de reloj.

En la vida privada, Trueba es el hombre que hace adivinar sus obras: dulce, servicial y bueno, por lo que todos le quieren en Madrid. Su exterior es el de un verdadero montañés: alto, fuerte, de maneras un poco torpes, de facciones regulares y sin nada marcadamente expresivo, y va siempre distraído y caviloso; pero bajo este exterior modesto, aquel hombre sencillo e ingenuo oculta un carácter enérgico, y ninguna circunstancia de su vida, por penosa y difícil que haya sido, le ha encontrado inferior a la prueba[26]. Hoy le afligen, más que sus propios infortunios, los de su querida patria. Detesta la guerra civil, que llama «guerra de Caínes», y no tiene más que palabras de indignación contra los que, por satisfacer una ambición culpable, no han reparado en atraer sobre su patria los mayores desastres; pero no puede olvidar que los vascongados son sus compatriotas. Cuando en la Prensa madrileña se alza una voz justamente indignada, condenando la ingratitud de las provincias del Norte y reclamando la abolición de los fueros tan pronto como la guerra termine, Trueba protesta contra ella. Su patriotismo de campanario, bien excusable por otra parte, no le deja ver que la seguridad, el honor mismo de España, exigen el castigo de los rebeldes, y quiere que las tres hermanas conserven sus antiguas franquicias, de que no han sabido gozar prudentemente, sin hacer de ellas un arma contra la madre patria.

No cabe la menor duda en que España, es decir, las cuarenta y cinco provincias que reconocen hoy la monarquía de Don Alfonso XII, triunfará pronto, aunque sólo sea por la fuerza numérica. ¿Se renovará entonces el escándalo de Vergara? ¿Se verán libres de toda contribución y exentos de quintas los que son la causa de que las cargas del Estado se hayan aumentado espantosamente en estos últimos cuatro años, y con la mayor frialdad de corazón han derramado a torrentes sangre española en los campos de batalla? Esto sería preparar allí el germen de una nueva rebelión. Las tres Provincias Vascongadas, por culpa suya, van a ser sometidas a la ley. El golpe, por duro que sea, no debe desesperarlas en modo alguno; que acepten francamente su derrota y la paz, y que aprovechen las ventajas de su posición, los recursos inagotables de su suelo y las viriles virtudes que distinguen a sus habitantes y nadie pone en duda, y no tardarán en contarse entre las comarcas más afortunadas de Europa: el mismo Trueba no tendrá mucho de qué lamentarse si al volver a sus queridas montañas y a sus antiguos trabajos puede terminar con una dichosa página, en el seno de su país, ya tranquilo y próspero, la Historia de Vizcaya, que emprendió hace años y se espera aún de él.

L. Luis LANDE.»



Estoy seguro de que Mr. Lande no ha de llevar a mal que al terminar la traducción de su estudio me haga cargo de sus últimos párrafos, y diga en público sumariamente lo que en extenso le dije cuando le escribí dándole las gracias por lo que me había honrado, y acogió con la indulgencia y la modestia propias de los hombres de verdadero mérito. Confieso que renunciaría gustoso la mucha honra que me ha proporcionado la Revue des Deux Mondes,con tal de no ver a Mr. Lande apreciando del modo que aprecia la cuestión vasco-navarra. Un escritor extranjero de mucho talento, como lo es Mr. Lande, puede estudiar y juzgar con completo acierto la personalidad y las obras de un escritor tan pequeño como yo, pero no así una cuestión tan compleja, tan obscura, tan extraviada y aun tan calumniada como la cuestión de que aquí se trata. Deberes de prudencia y patriotismo nos han movido hasta aquí a los que en ella nos interesamos más directamente a no colocarla en su verdadero lugar; pero es probable que cuando Mr. Lande reciba este libro esté ya convencido de que la juzgó mal, aunque la juzgase con entera buena fe y con el criterio generalmente admitido en la misma España.

Como ya he dicho en alguna de las anotaciones que preceden, los fueros nada han tenido que ver con la rebelión carlista, y ea todo caso lo habrán tenido los contrafueros. Las provincias vasco-navarras no se pueden calificar de rebeldes, porque la representación de toda provincia son sus autoridades legítimas, y éstas han permanecido fieles en las vasco-navarras. Por razón idéntica no se puede llamar ni se llama rebeldes a las provincias catalanas y valencianas, donde el número de carlistas armados ha sido tan grande como en aquéllas, con la diferencia de que el noventa por ciento de los rebeldes vasco-navarros han sido forzosos, y la totalidad de los de otras provincias han sido voluntarios. Aparte de esto, en cuestiones de esta índole la mayor suma de individuos no constituye mayoría, que la constituye la mayor suma de riqueza, de ilustración y de sacrificios. En este concepto la mayoría de leales ha sido inmensa en las provincias vasco-navarras, donde casi toda la población rica e ilustrada se ha mantenido leal y ha hecho heroicos sacrificios y esfuerzos por el anonadamiento de la rebelión. Castíguese a los rebeldes, como se ha hecho siempre que han ocurrido, en España rebeliones; pero no se castigue a un mismo tiempo a los leales y los rebeldes, como, nunca se ha hecho en España, ni se ha hecho en Valencia ni en Cataluña. La supresión de las libertades vascongadas, que son derechos propios y no privilegios, sería castigar a los leales y dejar impunes a los rebeldes. Los rebeldes apenas perderían nada con la abolición de los fueros, porque apenas tienen que perder. Los que perderían serían los leales de Bilbao, de San Sebastián, de Vitoria, de Pamplona, de Hernani, de todos los pueblos ilustrados y ricos, que son los que lo tienen.

No parece sino que el resto de España está completamente virgen de toda rebelión, al ver la indignación y el escándalo universal con que se ha visto el que a las provincias vasco-navarras (que por su situación geográfica, su topografía y su diseminada población se prestan a esta clase de rebeliones como ninguna otra región de la Península) se propagase la rebelión carlista más de un año después de aparecer en las provincias del interior, y de verse el país vasco-navarro hacía dos años desamparado de toda protección por parte del gobierno central. Treinta años hacía que aquellas provincias, a pesar de que cada día se había arrancado una hoja del código de sus libertades, que se tiene la audacia de decir que se había respetado escrupulosamente, habían dado ejemplo constante de sumisión y lealtad al resto de España, hervidero continuo de rebeliones, coronadas con el destronamiento de la reina Doña Isabel II, en que no tuvieron parte alguna las provincias vasco-navarras. La rebelión carlista en estas provincias es criminal y digna de castigo, pero no lo es más que en cualquiera otra parte de España. Las libertades de los vascongados no son, como se supone, un generoso regalo del resto de la nación, que se les deba estar echando constantemente en cara para acusarlos de ingratos y suponer que en ellos es crimen imperdonable lo que en el resto de los españoles se considera poco menos que peccata minuta y a veces glorioso: esas libertades son propias y tan legítimas como pueden serlo las de los demás españoles, y reconocerlas y respetarlas no es gracia, que es sólo estricta justicia. Tristísima gloria sería para la España del siglo XIX el derribar el glorioso y secular árbol de Guernica que las simboliza y ha visto pasar tantas generaciones de tiranos sin que ninguno osara herir su sagrado tronco. Vizcaya decía en 1864 a Doña Isabel II:

«No tendrán que decir nuestros hijos:
«Ahí estaba el santo árbol cuyo recuerdo
evocan llorando nuestros poetas y cronistas
cuando cantan y narran las glorias y desventuras
de la patria, y nuestras madres de familia cuando
arrullan a sus hijos en la cuna; a la sombra de
aquel árbol se alzaba una tosca silla de piedra
donde los grandes reyes de Castilla se sentaban
a recibir el homenaje de Vizcaya después de
jurar que respetarían y ampararían sus libertades;
Doña Isabel II, que era su sucesora, dejó aquí
de ser su imitadora, pues ella fue quien derribó
aquel árbol y aquella silla, ¡bendecidos
de sus progenitores y los nuestros!»
No, no tendrán que decir esto nuestros hijos».


Yo espero que tampoco tendrán que decirlo del augusto sucesor de Doña Isabel II.

En cuanto a mí, aseguro a Mr. Lanque que, lejos de resignarme con la gran desventura y la gran iniquidad que anuncia como la cosa más justa y natural del mundo, mi última lágrima sería para llorarla, y mi última palabra para condenarla. Con toda la sinceridad que cabe en mi alma he de añadirle que la abolición de las libertades vascongadas no me aterra por lo que esas libertades valen, sino porque de su conservación he esperado para mi país una era de paz y de prosperidad durante el reinado de Don Alfonso XII, como la que gozó durante el reinado de Doña Isabel II, en que, como ya he dicho, las provincias vasco-navarras dieron constante ejemplo de sumisión y lealtad al resto de España, donde se sucedieron sin cesar las rebeliones, inclusas las carlistas, que duraron años enteros en Cataluña y el Maestrazgo. Abolir los fueros, equivaldría a enarbolar una constante bandera de rebelión a que se acogieran todos los rebeldes, blancos o negros, sembrando promesas y esperanzas que diesen amargo fruto a la patria.

Cuando el país de Gales perdió sus libertades, se hizo matar a los bardos para que no las cantaran ni lloraran. En nuestros tiempos no se podría matar a los bardos, y mucho menos donde cada corazón encerraría uno. Mr. Lande, que me cree capaz de cantar plácidamente al son de las cadenas, puede estar seguro de que mi corazón sería bastante grande para aposentar al más indignado de todos.


Madrid 27 de marzo de 1876.




Notas:

  1. Aquí Mr. Lande explica estas razones, que omito porque creo carezca de toda importancia, sobre todo en España, la averiguación de si nací a fines de 1819 o a fines de 1821.
  2. No todos se declararon contra la monarquía constitucional, sino la mayoría en número, que era minoría en riqueza e ilustración, como ha sucedido en la guerra que ha terminado al escribirse esta nota. Es de advertir que en 1812, como en 1820, los constitucionales, así que fueron Gobierno, se apresuraron a suprimir las libertades vasco-navarras, a pesar de que estaban aquilatadas en la experiencia secular y eran más amplias y más españolas que las decretadas y preconizadas por ellos. Éste es el gran error y la gran injusticia en que incurrió para los vasco-navarros la escuela llamada liberal desde el momento en que fue poder en España. Muchas lágrimas y mucha sangre han costado, así a los vasco-navarros como a los demás españoles, este error y esta injusticia, ¡y quiera Dios que no cuesten aún más!
  3. Introducción al Libro de los Cantares.
  4. En esto exagera un poco el discreto biógrafo, quizá porque yo he dado ocasión a ello con algunas afirmaciones desparramadas en mis escritos. Las gentes que llamamos del pueblo, contra la opinión de don Alfonso el Sabio, que dice: «Cuidan algunos que pueblo es llamado a gente menuda assi como menestrales e labradores, e esto no es ansi: pueblo es el ayuntamiento de todos los omes comunalmente de los mayores e de los menores»; las gentes que llamamos del pueblo tienen en todas partes muchos hábitos y costumbres que me son profundamente antipáticas. Si gusto del lenguaje sencillo y popular, es porque deseo ser comprendido a la par por ignorantes y sabios, como el mismo Mr. Lander hace notar más adelante.
  5. El libro de los Cantares.
  6. El libro de los Cantares.
  7. Allí permanecí nueve años, encontrando el periódico con una tirada de ciento veinte ejemplares autográficos y dejándole con una tirada de veinticinco mil tipográficos. De la buena voluntad con que trabajé, da testimonio una carta con que el director y propietario del periódico me obsequió al trasladarme a Vizcaya, diciéndome que siempre estaría mi plaza vacante por si yo la necesitaba. Dios ha dado al periódico tanta prosperidad como me ha negado a mí.
  8. Al escribir esta nota estoy preparando la publicación de los cuentos de mi octavo tomo de cuentos.
  9. Hoy pasa de veinte mil. Mr. Lande ha tenido presentes las primeras ediciones de mis primeras obras, que en este punto y otros contienen datos y apreciaciones inexactas, que he rectificado posteriormente con motivo de haber vuelto a residir en Vizcaya y haber estudiado mejor las cosas de aquel país.
  10. Este dato, que podía ser exacto hace algunos años, no lo es hoy; se acerca a un millón de toneladas la vena de hierro que anualmente se exporta de Vizcaya, y la exportación se triplicará antes de un año, una vez obtenida la paz.
  11. Véase en la Revista de 15 de marzo de 1867 el estudio de Mr. Eliseo Reclus, titulado Les Basques, un peuple qui s'en va. Permítame el ilustrado Mr. Lande decirle que Mr. Reclus exageró desmesuradamente la decadencia de los vascos. Ese pueblo modificará su fisonomía exterior y realmente la modifica según ha hecho en todos los tiempos, adaptándola a las necesidades y conveniencias de la época, como sucedió con motivo de la invasión sarracena y el descubrimiento de América, en que los vascos aparecen siempre en primer término en la gran epopeya de la Reconquista y en la no menos gloriosa del descubrimiento, colonización y civilización de nuevos continentes; pero el fondo, la fisonomía interior y esencial de ese pueblo no varió ni variará en muchos siglos. Diga lo que quiera Mr. Reclus, el pueblo vasco no es un pueblo que se va; por el contrario, es un pueblo que se afirma.
  12. Hay en esto error, o cuando menos inexactitud, que se comprende en un extranjero, por ilustrado que sea, cuando mayores errores aún vemos todos los días en algunos periódicos españoles, al tratarse de los vascongados: éstos pagan en su tierra contribuciones tan grandes como en la suya los demás españoles; y en cuanto a las quintas, no se les comprende en ellas cuando emigran al interior de España, no porque sean vascongados, sino por la sencilla razón de que todo español levanta las cargas públicas sólo en el pueblo donde tiene casa abierta o la tienen sus padres, de quienes depende.
  13. Yo no repruebo en absoluto la emigración a América, pero sí la repruebo con toda mi alma cuando se verifica con las malísimas condiciones con que la emprende la muchedumbre de jóvenes, particularmente de Galicia, seducidos por una especie de enganchadores que los Gobiernos americanos pagan en todo el litoral cantábrico. Siento que las necesidades de mi vida privada apenas me permitan ocupación que no se encamine directamente a satisfacerlas, porque de no ser así, mi vida casi entera se consagraría a contrarrestar por medio de mis escritos la funesta propaganda que hacen los llamados agentes de inmigración, auxiliados por la ignorancia y sencillez de las gentes entre quienes la ejercen. El día que yo hiciese circular en castellano y vascuence medio millón de ejemplares de una hoja de papel impreso, escrita como yo la concibo, tendrían que mudar de oficio los susodichos enganchadores.
  14. El delicado y generoso pensamiento de la Junta general fue, según me manifestaron los diputados elegidos por ella para el gobierno del Señorío durante el próximo bienio, recompensar mis merecimientos y estimular mis estudios y trabajos literarios sucesivos con una pensión decorosa, que me permitiese dedicarme a ellos con la tranquilidad del que no tiene que atender diariamente a las principales necesidades de la vida.
  15. El árbol foral que cayó de viejo en 1811 contaba cerca de trescientos años. El actual tiene cerca de ciento, y el que le ha de sustituir no pasa de doce.
  16. No las dos terceras partes, sino todos los habitantes naturales o foralmente domiciliados en el país.
  17. Debo declarar aquí que nunca mi pluma ha escrito una palabra que se pueda interpretar como falta de respeto y adhesión a la reina Doña Isabel II ni a su augusta dinastía.
  18. Que son los que han ejercido el cargo de Diputados generales.
  19. Hasta aquí he traducido con alguna libertad lo relativo al mensaje, porque Mr. Lande narra este hecho histórico con desconocimiento que no es de extrañar en un extranjero, por ilustrado que sea. El director del Journal des Debats, Mr. Detroyat, lo es mucho, ha estado en estos últimos tiempos en España, tiene aquí grandes relaciones y amigos, conoce nuestra lengua y literatura, y, sin embargo, su periódico se ha singularizado durante la guerra última en disparatar acerca de las cosas vascongadas.
  20. He traducido con la fidelidad posible todo lo que media entre la nota precedente y ésta. Mr. Lande, que tan indulgente es para conmigo en todo su trabajo, me perdonará si le digo que es completamente inexacto todo lo que aquí expone, por más que parezca verosímil y lógico a los que juzgan de las cosas vascongadas sin conocerlas más que superficialmente o por apreciaciones y relatos de liberad imente falsos y hostiles. En las Provincias Vascongadas todos son fueristas, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, su vecindad, su ilustración y su riqueza; y Mr. Lande se habrá convencido de ello al saber que al visitar el rey Don Alfonso a Bilbao, entre las primeras aclamaciones que ha oído y las primeras inscripciones que ha leído en los arcos triunfales con que se te recibía, figuraba la de «¡Vivan los fueros!» Precisamente la población más ilustrada y rica es la que mayor interés tiene en la conservación de éstos, porque es dueña de casi toda la riqueza territorial, urbana y fabril. Los fueros no han influido para nada en la rebelión carlista a la que en todo caso habrán favorecido los contrafueros, que han sido tan numerosos desde 1839, en que se confirmaron solemnemente, y sobre todo desde 1868 a 1870, en que empezó la rebelión en las Provincias Vascongadas, que a esta última fecha apenas quedaba del Código foral más que la portada. Cierto que entre Bilbao y el resto de Vizcaya había antagonismos sobre representación en las Juntas generales so el árbol de Guernica, porque la invicta y populosa villa, que realmente tiene títulos muy grandes a la consideración de todo el país, pretendía obtener en ellas representación proporcionada al número, la riqueza y la cultura de sus vecinos; y a esta pretensión se oponía por sus contradictores: que el fuero, partiendo del principio de que el derecho no se funda en el número ni en la riqueza, hace a todos los pueblos de Vizcaya iguales en derecho; que, teniendo Bilbao sólo un voto como los demás pueblos, vecinos suyos han sido lo menos la mitad de los que han formado el gobierno universal del Señorío desde que este gobierno se organizó, casi como hoy existe, el año 1500; que la mayor riqueza, la mayor ilustración y las mayores relaciones que Bilbao tiene dan a la invicta villa influencia equivalente a la mitad de todos los votos del resto del Señorío; y, por último, que si sobre esta legítima y natural influencia se añaden a Bilbao votos, Bilbao monopolizará por completo el gobierno de Vizcaya, inconveniente tanto más grave, a pesar de la generosidad, la cultura, el vizcainismo y el espíritu liberal de aquel admirable pueblo, cuanto que en Bilbao no se eligen los apoderados por el voto directo de todos los vecinos, como sucede en casi todos los demás pueblos de Vizcaya. Si las libertades forales se salvan del naufragio que hoy corren, no seré yo el último que proclame a Bilbao el primero de sus salvadores, y, por tanto, el más digno de la gratitud y recompensa de Vizcaya.
  21. Aquí también incurre Mr. Lande, por culpa mía que no le di informes tan latos como debiera, en confusiones que debe aclarar el que, como yo, no tiene más riqueza que su honra. No se me citó ante ninguna autoridad, porque oírme antes de condenarme hubiera sido concederme lo que se concede hasta a los asesinos más viles. Demasiado sabía la media docena de seudo-liberales que aspiraron a la gloria de arrancar de mis manos el primer pedazo de pan que Vizcaya había puesto en manos que escriben libros, que yo no era carlista, ni lo había sido, ni lo podía ser a no perder el juicio o la vergüenza; pero sabían también que sólo calificándome de tal se me podía atropellar, y de tal me calificaron.
  22. No tan pronto, pues aquello fue a fines de agosto de 1870, y permanecí en Bilbao hasta fines de agosto de 1873, combatiendo la causa carlista en el libro y en la prensa. Yo era el primer redactor de El Correo Vascongado, que con este objeto y el de defender la de Don Alfonso XII fundó y dirigió mi querido amigo don Sabino de Goicoechea. Aquel periódico tuvo el atrevimiento de proclamar a Don Alfonso XII en plena república y pleno carlismo. Yo, sin aspira a recompensa alguna personal, anuncié que «Don Alfonso era la paz», y mi profecía se ha cumplido.
  23. Por el mismo tiempo salieron a luz las Narraciones populares, y escribí un libro titulado Madrid por fuera.
  24. Entre algunos críticos españoles se hizo muy de moda en tiempo no lejano la acusación de que «se rebelaba contra la crítica» el escritor que osaba tomar la pluma aunque sólo. fuese para fin tan sencillo y justo como el que me movió a rectificar la afirmación de que «en todas las composiciones del Libro de las montañas sonaban las campanas», haciendo notar respetuosamente al crítico que había oído campanas sin saber dónde; pues el libro se componía de ciento ocho composiciones, y en más de noventa ni siquiera decían las campanas este badajo es mío. Estoy seguro de que Mr. Lande no ha de decir que me rebelo contra la crítica si me atrevo a exponerle tímidamente una duda que me asalta. Si el pensamiento capital de los tres libros que cita no es más que un pretexto, y todo lo demás se reduce a encomios de mis compatriotas (que por cierto no se hallaban en estado de comprar libros cuando éstos salieron a luz), ¿cómo no duermen aún en las librerías las copiosas ediciones que de ellos se hicieron, en vez de agotarse en pocos meses, como sucedió con la del Gabán y la chaqueta? Las novelas largas que escribí en mi juventud fueron caballerescas; y, en efecto, he reconocido que no me llamaba Dios por este camino. Aunque es pobre mi inventiva, me parece cosa fácil el idear una novela en que se sucedan sin cesar las peripecias y los acontecimientos más inesperados; pero confieso, aunque se censure mi franqueza, que no tengo afición a la novela, cuyo principal atractivo es el «a ver en qué queda».
  25. El autor de los reparos críticos a que se alude aquí fue mi amiguísimo don José de Castro y Serrano, cuyo artículo se tradujo y colocó al frente de los Cuentos de color de rosa en una hermosa edición en alemán, hecha en Augsburgo hacia 1862.
  26. Yo no he suministrado a Mr Lande noticia alguna de mi personalidad física, ni aun enviándole mi retrato fotográfico. Por París debe andar algún español que me conoce personalmente, y con sus confidencias al ilustrado escritor francés ha mostrado que me conoce mejor que algunos señores de más acá.