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¿Luis, Ramón, Pedro? nadie se acuerda ya de cómo se llamó en vida; y, sin embargo, bien poco hace que ha dejado de existir, y dura su obra todavía, y mejora y crece a vista de todos, enriqueciendo el país y a sus habitantes, sin excepción, directa o indirectamente...

Dios había creado la Pampa seguramente en un momento de mucha prisa, pues ni siquiera tuvo tiempo de vestirla de decente vegetación, ni de darle bastante agua buena, y la había poblado, como de lástima, con unos pocos animales y algunos hombres, entregados del todo a sí mismos, pues ni tampoco les había dejado instrucciones para dirigirse en este mundo.

Luis, Ramón o Pedro, cuando llegó, se quedó admirado de ver vivir miserables a tan pocos hombres en tanta tierra, con tanta hacienda, y pensó: «esta gente no debe saber trabajar». El venía de muy lejos, de un país extranjero, situado del otro lado del Océano; era pobre, casi sin recursos, pero tenía mucho amor al trabajo, era de mucho empeño, activo, inteligente y ambicioso.

Cuanto más estudiaba la Pampa y sus pobladores, más cuenta se daba de que en ella, si bien faltaban muchas cosas, lo que más falta hacía eran ganas de trabajar.

Como se admiraba de ver tanta tierra tan mal aprovechada, de ello conversó con algunos de los propietarios que mayor extensión poseían; pero uno le aseguró que esa tierra poco servía y que no había más que ver que clase de pasto producía para comprender que sólo podía mantener alguna hacienda; otro le aseguró que con el pisoteo de los animales se iba componiendo solo el campo y poniéndose tiernos los pastos, y que, por consiguiente, era inútil darse trabajo; y diciendo esto, le alcanzó otro mate, aunque ya Luis, Ramón o Pedro, estuviera harto de chupar tanta agua verde y caliente.

En la Pampa había poca agua: lagunitas, en general, anchas a veces y poco hondas, y casi todas de agua salobre. Este era otro inconveniente para criar mucha hacienda, y si bien cavaban los hacendados uno que otro jagüel, donde encontraban agua dulce, por lo menos en muchas partes, todos se quejaban de que tirar agua para la hacienda era gran trabajo y decían que más cuenta les hacía tener sólo la que se podía atender sin moverse.

Luis, Ramón o Pedro, extrañaba ese modo de pensar, pues por todas partes, en las estancias, veía numerosos peones realmente muy poco atareados, tomando mate, fumando, paseando o durmiendo la mayor parte del día, y pensaba que, si él fuera patrón de ellos, trataría de hacerles trabajar en otra forma, y que el provecho sería mayor para todos.

Naturalmente, con ese sistema contemplativo de dejarlo todo al capricho de la naturaleza, todo el mundo quizá vivía feliz, o, por lo menos, tranquilo y sin dolores de cabeza, pero también en un estado de pobreza que casi rayaba en miseria.

Los patrones, ellos, generalmente iban a vivir en la ciudad, descansados, pero sin comodidades, pues si sus haciendas podían, por su número suministrarles algo para los gastos, nada les hubieran podido dar para lujo.

Los animales engordaban si podían, y entonces, algo producían; si no, enflaquecían hasta morirse, y se les sacaba el cuero y con el precio de los cueros todavía alcanzaba a vivir el amo; pero ¡qué vida! casi de pobre.

Luis, Ramón o Pedro, pudo, en las estancias, trabajando por un tanto en trabajos fuertes de a pie, ganar buenos pesos, y como la tierra, justamente porque no la sabían aprovechar, y que había de sobra para tan pocos pobladores, valía muy poco, pudo con sus ahorros comprar un retacito regular.

Y ya que lo tuvo, le metió arado y sembró en él una cantidad de semillas que había podido conseguir de un molinero con quien había trabajado de peón.

Por supuesto, le tenían compasión o se reían de él los estancieros, sus vecinos, todos grandes propietarios y hacendados. Esto de meterse a arar en la Pampa, ya de por sí les parecía bastante ridículo, pero ¡sembrar barreduras de granero! ¿qué clase de pasto podía dar? Y más aún, ¿para quién sembraba, Luis, Ramón o Pedro, ya que no tenía más animales que unas cien ovejas, diez vacas, seis bueyes, dos caballos y un casal de cerdos?

La verdad que todo esto parecía y era realmente muy poca cosa; pero el pobre no había podido hacer más; no tenía para comprar semillas costosas como la alfalfa, que entonces apenas era conocida y valía un platal, y por lo que toca a los animales, si bien era cierto que casi se podía decir que con los pocos que había podido comprar, su campo quedaba sin poblar, por otro lado le quedaba la esperanza que siempre puede tener, de un aumento, el que tiene poca hacienda en mucho campo.

Mientras tanto, con lo poco que tenía, alcanzaba a vivir, y bien, quizá mejor que algunos de sus vecinos, mucho más ricos que él. Como no tenía más que dos caballos, lo que causaba risa a cualquier gaucho pobre, había comprado en el pueblo algunas bolsas de maíz y después de reservar para sembrar una de ellas, empleó parte del resto en mantener gordos, todo el invierno, los dos mancarrones.

Con lo que sobró se mantuvo él, como acostumbraba en su tierra, donde una vez al año comía carne, y como ordeñaba sus vacas, pudo también conseguir que las numerosas crías de su casal de cerdos engordasen y prosperasen a ojos vistas.

Mal que mal, pasó el invierno, con sus animalitos en buen estado, a pesar de la sequía y de las heladas, y antes que llegara la primavera, verdeaba que daba gusto toda el área que había sembrado. Por supuesto, parecía más bien campo de yuyos que de otra cosa, pues había de todo: pastos excelentes y hierbas malas, entre sus barreduras de molino; pero, de cualquier modo, era pasto tierno y no pasto puna, como en toda la Pampa; y cuando lo juzgó bastante fuerte para poderle echar los animales, éstos engordaron en pocos días, cuando los de los vecinos todavía no tenían siquiera sebo para una vela.

Luis, Ramón o Pedro, gozaba. Sin descanso, siguió arando y sembrando el maíz. Los que más se habían reído de sus dos caballos, de buena gana se los hubieran pedido prestados ahora, cuando tenían que ir al pueblo de chasque; eran los dos únicos gordos en veinte leguas a la redonda.

Pero fue mayor el éxito cuando, después de un verano muy caluroso, vino un otoño de sequía y un invierno peor aún.

El hombre había cavado un buen jagüel, y cada vez que por la sequía bajaban las vertientes, lo volvía a cavar, de modo que ya podía dar agua a cualquier tropa de hacienda que pasase, sin que por esto mermara el pozo. Y como en tiempo de sequía las tropas en camino tienen que buscar las aguadas donde las haya y a cualquier precio, empezó a sacar del pozo buenos pesos con el balde volcador. No había día que no pasase algún arreo por su campo y no pagase para tomar agua en sus bebederos.

Pronto también acudieron a él los vecinos por leche, por pasto, por maíz, por grasa, pues todos ellos tenían vacas y campo y animales, pero la leche de sus vacas apenas daba abasto para los terneros, el campo estaba sin pasto con la sequía, y los animales se habían puesto tan flacos que ni carne tenían los hacendados para comer.

Por todos lados juntaba dinero nuestro hombre y lo amontonaba aguardando la ocasión de hacerlo fructificar. No se hizo esperar ésta mucho tiempo.

La sequía había arruinado todos los campos y las haciendas se morían sin remedio. Muchos hacendados, previsores, habían llevado sus animales a otros pagos, antes de que ya no se pudiesen mover, pero algunos, por no haber podido o querido hacerlo, se encontraban imposibilitados ahora para moverlos y no tenían más remedio que «cuerearlos» todos o venderlos tirados.

Pero venderlos, ¿a quién? Todos estaban en la misma, y para comprar cueros en pie, basta con el trabajo de sacar los propios.

Luis, Ramón o Pedro, había cortado, y emparvado mucho pasto durante el verano anterior: además de esto, lo que había sembrado se conservaba tupido y bastante regular a pesar de la sequía; sobraba de cualquier modo para su poca hacienda, y cuando le vinieron a ofrecer vacas por el precio del cuero, compró al contadito todas las que pudo. Pronto se repusieron en su campo, con pasto verde a discreción y algo de pasto seco, y cuando llegó la primavera y empezó a llover, se encontró abundantemente poblada de animales llenos de vida la estancia de Luis, Ramón o Pedro.

No había hecho éste, ¿no es cierto?, ningún milagro; y por esto será, sin duda, que ni su nombre se ha conservado. No había hecho más que enseñar a llenar su misión de madre, a esta tierra todavía ignorante, dándole él lo que para ello necesitaba: trabajo; y su recompensa la había tenido en la riqueza adquirida.

Pero la riqueza así creada por él y para sí era poca cosa al lado de las riquezas incalculables que en seguida empezó a crear y sigue creando su ejemplo en la Argentina toda.

De su arado nacieron miles de arados; su sembrado se extendió a leguas enteras; los caballos supieron lo que era comer maíz; las haciendas pudieron tomar agua a discreción y también mantenerse gordas hasta el invierno; tanto trabajo hubo para todos, que acabó de ser la principal ocupación de los peones el mate y el cigarro, y como trabajaban más, consiguieron sueldos mejores, pudiendo llegar a ser gente los que en ello nunca habían soñado. Y hasta muchos patrones empezaron a ver que puede ser más interesante manejar una estancia, que dejarse vivir en la ciudad como leños.


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