Cosmos: Tomo I/II

Nota: Se respeta la ortografía original de la época

SEGUNDA PARTE.
LA TIERRA.

CUADRO DE LOS FENÓMENOS TERRESTRES.

Despues de la naturaleza celeste, vengamos á la terrestre. Un lazo misterioso las une, y en el mito de los Titanes era el sentido oculto [1], que el órden en el mundo depende de la union del cielo con la tierra. Si por su orígen pertenece la Tierra al Sol, ó cuando menos á su atmósfera, subdividida en otro tiempo en anillos, actualmente está la Tierra en relacion con el astro central de nuestro sistema y con todos los soles que brillan en el firmamento, por medio de las emisiones de calor y de luz: pues si bien hay gran desproporcion entre esas influencias, no debe impedir esto el reconocimiento de su semejanza y conexion. Una débil parte del calor terrestre, proviene del espacio en que se mueve nuestro planeta; y esta temperatura del espacio, resultante de las irradiaciones caloríficas de todos los astros del Universo, es casi igual, segun Fourier, á la temperatura media de nuestras regiones polares. Pero la accion preponderante pertenece al Sol; sus rayos penetran la atmósfera; iluminan y calientan su superficie; producen corrientes eléctricas y magnéticas; y engendran y desarrollan el gérmen de la vida en los séres organizados.

Tendremos que considerar primeramente la distribucion de los elementos sólidos y líquidos, la figura de la Tierra, su densidad media y las variaciones que esperimenta acierta profundidad, y por último, el calor y la tension electromagnética del globo. De este modo llegaremos á estudiar la reaccion que el interior ejerce contra la superficie; y la intervencion de una fuerza universalmente esparcida, el calor subterráneo, nos esplicará el fenómeno de los temblores de tierra, cuyo efecto se hace sentir en círculos de conmocion, mas ó menos estensos, el salto de las fuentes termales, y los poderosos esfuerzos de los agentes volcánicos. Las sacudidas interiores, ya bruscas y repetidas, ya contínuas y por consiguiente apenas sensibles, modifican poco á poco las alturas relativas de las partes sólidas y líquidas de la corteza terrestre, y cambian la configuracion del fondo del mar. Al mismo tiempo fórmanse aberturas temporales ó permanentes que ponen en comunicacion el interior de la tierra con la atmósfera; y en tal caso, de una profundidad desconocida surgen masas en fusion que se estienden en corrientes estrechas por los flancos de las montañas, ya con la impetuosidad del torrente, ya con un movimiento lento y progresivo, hasta que la fuente ignea se agota y la humeante lava se solidifica bajo la corteza de que está cubierta. Nuevas rocas se presentan entonces á nuestra vista, en tanto que las fuerzas plutónicas modifican las antiguas por medio del contacto con las formaciones recientes, y mas frecuentemente aun por la influencia de un manantial próximo de calor; sin que aun faltando la penetracion las partículas cristalinas estén fuera de lugar y de unirse en un tejido mas denso. Las aguas ofrecen combinaciones de otra naturaleza; tales son, las concreciones de restos de animales ó vegetales; los sedimentos terrosos, arcillosos ó calizos, y los conglomerados, compuestos de detritos de las rocas, cubiertos por capas formadas de conchas silíceas de los infusorios, y por los terrenos de transporte donde yacen las especies animales del mundo antiguo. El estudio de estas formaciones; de estas capas dislocadas, repuestas, dobladas en todos sentidos por presiones contrarias, ó por los esfuerzos de los agentes volcánicos, lleva á comparar la época actual con las anteriores; á combinar los hechos segun las reglas mas simples de la analogía; á generalizar las relaciones de estension, y las de las fuerzas que se ven todavía en actividad. Así ha salido tambien de la vaga oscuridad en que ha yacido la geognosia, totalmente desconocida hace cincuenta años.

Háse dicho que los grandes telescopios nos habian dado á conocer el interior de los demás planetas, mas bien que su superficie: la indicacion es exacta, si se esceptúa la Luna. Merced á los admirables progresos de las observaciones y de los cálculos astronómicos, pésanse los planetas; se miden sus volúmenes, y determínanse sus masas y sus densidades con una precision siempre creciente; pero quedan ignoradas, por el contrario, sus propiedades físicas. Solo en la Tierra, merced al contacto inmediato, estamos en relacion con los elementos que componen la naturaleza orgánica y la inorgánica; los cuales, combinados y transformados de mil maneras, ofrecen á nuestra actividad el alimento que le conviene, asignan un fin á nuestras investigaciones, abren ancho campo á nuestras indagaciones, y el espíritu humano, fortificado en esta lucha contínua, se eleva y se engrandece con sus conquistas. Así el mundo de los hechos se refleja en el de las ideas, y cada gran clase de fenómenos viene á ser, á su vez, objeto de una nueva ciencia.

En la de la tierra encuentra el hombre la superioridad de accion que resulta de su posicion misma sobre la superficie del globo. Hemos visto cómo la física del cielo, desde las lejanas nebulosas hasta el cuerpo central de nuestro sistema, está limitada á las nociones generales de volúmen y de masa. Allá, nuestros sentidos no pueden percibir rasgo alguno de vida, y si se han aventurado algunas conjeturas acerca de la naturaleza de los elementos que constitujen tal ó cual cuerpo celeste, ha sido preciso deducirlos de simples semejanzas. Pero las propiedades de la materia; sus afinidades químicas; los modos de agregacion regular de sus partículas, ya en cristales, ya en forma granítica; sus relaciones con la luz que la atraviesa separándose ó dividiéndose, con el calórico radiante, ora transmitido en el estado neutro, ora en el de la polarizacion, y con las fuerzas electro-magnéticas, tan enérgicas; en una palabra, todo ese tesoro de conocimientos que dan á nuestras ciencias físicas tanta grandeza y poder, lo debemos únicamente á la superficie del planeta que habitamos y mas aun á su parte sólida que á su parte líquida. Pero sería supérfluo el detenernos mas tiempo en este asunto; la superioridad intelectual del hombre en ciertas ramas de las ciencias del Universo, de pende de un enlace de causas semejantes á las que dan á ciertos pueblos una superioridad material sobre parte de los elementos.

Despues de haber señalado la diferencia esencial que existe bajo este punto de vista entre la ciencia de la tierra y la ciencia de los cuerpos celestes, es indispensable reconocer tambien hasta donde pueden estenderse nuestras investigaciones sobre las propiedades de la materia. Su campo está circunscrito por la superficie terrestre, ó mas bien por la profundidad adonde las escavaciones naturales y los trabajos de los hombres nos permiten llegar. Estos últimos no han penetrado en el sentido vertical mas que 650 metros bajo el nivel del mar, es decir, á del rádio de la Tierra [2]. Las masas cristalinas arrojadas por los volcanes todavía en actividad, y semejantes en su mayor parte á las rocas de la superficie, provienen de profundidades indeterminadas, pero cuando menos, sesenta veces mayores que aquellas que alcanzaron los trabajos del hombre. Allá donde un lecho de carbon de piedra se sumerge y se encorva para elevarse mas lejos á una distancia conocida, es posible evaluar en números la profundidad de la capa; y se ha demostrado que estos depósitos de carbon, mezclados con restos orgánicos del mundo antiguo, se hunden á 2.000 metros bajo el nivel del mar (en Bélgica, por ejemplo). Los terrenos calcáreos, y las capas devonianas encorvadas en forma de valles, alcanzan una doble profundidad [3]. Si se comparan estas depresiones subterráneas con las cimas de las montañas miradas hasta el presente como las mas altas partes de la corteza levantada de nuestro globo, se encuentra una distancia de 1 miriámetro y , lo que equivale á del rádio terrestre. Tal es, en el sentido vertical, el único espacio donde podrian ejercerse las investigaciones de la geognosia, aun cuando la superficie de la Tierra entera se estendiese hasta los vértices del Dhawalagiri ó del Sorata. Todo cuanto está situado á mayores profundidades que las depresiones de que he hablado, que los trabajos de los hombres y que el fondo del mar donde la sonda haja podido llegar (James Ross ha desarrollado 30.000 piés de sonda sin alcanzarle), nos es tan desconocido como el interior de los demas planetas de nuestro sistema solar. De igual modo, conocemos únicamente el total de la masa de la Tierra y su densidad media, comparada con la de las capas superficiales, las únicas accesibles para nosotros. En la carencia de todo dato positivo acerca de las propiedades químicas ó físicas del interior del globo, estamos nuevamente obligados á recurrir á las congeturas, como si se tratase de los demás planetas que giran alrededor del Sol. Así, que no tenemos dato alguno cierto acerca de la profundidad en la cual llegan las rocas al estado de reblandecimiento ó de fusion completa: ni de las cavidades que llenan los vapores elásticos; ni del estado de los gases interiores sometidos á una enorme presion y á una alta temperatura; ni, y, en fin, sobre la ley que siguen las densidades crecientes de las capas comprendidas entre el centro y la superficie de la tierra.

La elevacion de la temperatura á proporcion que se va profundizando en el terreno, y la reaccion del interior del globo contra la superficie, nos conducirán á la larga série de los fenómenos volcánicos: tales son, los terremotos, las emisiones gaseosas, las fuentes termales, los volcanes de cieno y las corrientes de lava que vomitan los cráteres eruptivos. Tambien la potencia de las fuerzas elásticas obran alterando el nivel de la superficie. Grandes playas, continentes enteros, se han levantado ó hundido; las partes sólidas se separan de las fluidas; el Océano, atravesado por corrientes cálidas ó frias, como por otros tantos rios aislados en su masa líquida, cubre de hielo los polos y baña con sus aguas las rocas, ya densas y resistentes, ya disgregadas y reunidas en bancos movibles. Los límites que separan las aguas de los continentes ó de las tierras, esperimentan frecuentes cambios. Las llanuras han oscilado de abajo á arriba, y de alto á bajo. Despues del solevantamiento de los continentes, se han producido grandes hendiduras casi todas paralelas; y hácia la misma época, probablemente, surgieron las cadenas de montañas. Lagos salados y grandes masas de aguas interiores, durante largo tiempo habitados por las mismas especies animales, violentamente se separaron, ocasionando estos trastornos, de que son prueba suficiente los restos fósiles de conchas y de zoófitos, que se encuentran idénticos en todas partes. Así se descubre, siguiendo el exámen de los fenómenos en su mútua dependencia, que las fuerzas poderosas cuya accion se ejerce en las entrañas del globo, son tambien las que quebrantan la corteza terrestre, y abren salidas á los torrentes de lava arrojados por la enorme presion de los vapores elásticos.

Estas fuerzas que en otro tiempo solevantaron hasta la region de las nieves perpétuas, las cimas de los Andes y del Himalaya, han producido tambien en las rocas combinaciones y agregaciones nuevas, y trasformado las capas, anteriormente depositadas en el seno de las aguas, en donde existia ya bajo mil formas la vida orgánica. Reconocemos aquí toda la série de las formaciones superpuestas por órden de antigüedad, y hallamos de nuevo en estas capas las variaciones de forma que han afectado á la superficie, los efectos dinámicos de las fuerzas espansivas, y hasta las acciones químicas de los vapores emitidos por las hendiduras.

Las partes sólidas y secas de la superficie terrestre donde la vejetacion ha podido desarrollarse en todo su estraordinario vigor, es decir, los continentes, están en contínua relacion de accion y de reaccion con las masas que los rodea, en donde reina casi esclusivamente la organizacion animal. El elemento líquido se halla á su vez cubierto por las capas atmosféricas, Océano aéreo cuyos bajíos son las cadenas de montañas y las mesetas, y en donde se producen tambien corrientes y variaciones de temperatura; la humedad acumulada en la region de las nubes se condensa alrededor de los vértices elevados, corre por los flancos de las montañas, y de allá va á esparcir por do quiera en las llanuras la fecundidad y el movimiento.

Pero si la distribucion de los mares y de los continentes, la forma general de la superficie y la direccion de las líneas isotermas (zonas en que las temperaturas medias del año son iguales), regulan y dominan la geografía de las plantas; no sucede lo mismo cuando se trata de las razas humanas, último y mas noble objeto de una descripcion física del mundo. Los progresos de la civilizacion, el desarrollo de las facultades y la cultura general de la inteligencia que funda en las naciones la supremacia política, concurren con los accidentes locales, aunque de una manera mas eficaz, á determinar los caracteres diferenciales de la raza y su distribucion numérica sobre la superficie del globo. Ciertas razas, fuertemente apegadas al suelo que ocupan, pueden ser rechazadas de él y aun destruidas por razas vecinas mas desarrolladas, sin que apenas quede de ellas un recuerdo que recoger en la historia. Otras, inferiores solamente por el número, atraviesan entonces los mares, y de este modo es como han adquirido casi siempre los pueblos navegantes sus conocimientos geográficos, aunque la superficie total del globo, ó al menos la de los países marítimos, no se haya conocido del uno al otro polo sino hasta mucho despues.

Antes de abordar en los detalles el vasto cuadro de la naturaleza terrestre, he querido indicar aquí en globo de qué manera pueden reunirse en una sola obra la descripcion de la superficie de la Tierra; las manifestaciones de las fuerzas que se mueven sin cesar en su seno, como el electromagnetismo y el calórico subterráneo; las relaciones de estension y de configuracion, tanto horizontal como verticalmente consideradas; las formaciones típicas de la geognosia; los grandes fenómenos del mar y de la atmósfera; la distribucion geográfica de las plantas y de los animales; y por último, la gradacion física de las razas humanas, únicas susceptibles de cultura intelectual, siempre y por do quiera. Esta unidad de esposicion supone que los fenómenos han sido mirados en su mútua dependencia y en el órden natural de su encadenamiento. La simple yusta posicion de los hechos no llenaria el objeto que me propongo; no podria satisfacer la necesidad de una esposicion cósmica que despierta en mi alma el aspecto de la naturaleza durante mis largos viajes marítimos y terrestres por las mas diversas zonas; deseo formulado mas enérgicamente cada dia, á medida que el detenido estudio de la naturaleza desarrollaba en mí el sentimiento de su unidad. Indudablemente que esta tentativa será imperfecta bajo mas de un concepto; pero el magnífico espectáculo que ofrecen los rápidos adelantos de todos los ramos de las ciencias físicas, me permiten esperar que bien pronto será posible corregir y completar las partes defectuosas de mi obra. En el órden mismo de los progresos científicos está, que hechos por largo tiempo aislados y sin enlace vengan sucesivamente á ligarse con el conjunto, sometiéndose á las leyes generales. Solamente indico aquí la via de la observacion y de la esperiencia, por donde camino como otros muchos, esperando que llegue un dia en que realizándose los votos de Sócrates [4], «sea la razon el único intérprete de la naturaleza.»

Pasando ahora á pintar la naturaleza terrestre bajo todos sus aspectos, necesario es empezar por la figura y las dimensiones de la Tierra, atento que la figura geométrica de este planeta nos manifiesta su orígen y su historia tan bien ó mejor que el estudio de sus rocas y minerales. Su forma elíptica acusa la fluidéz primitiva, ó al menos el reblandecimiento de su masa; asi como su aplanamiento es, para los que saben leer en el libro de la naturaleza, uno de los datos mas antiguos de la geognosia. De la misma manera, la forma elíptica del esferoide lunar , y la direccion constante de su eje máximo hácia nuestro planeta, son hechos que se remontan al orígen de aquel satélite. «La figura matemática de la Tierra es aquella que tomaria su superficie si la cubriese completamente un líquido en estado de reposo;» y á esta superficie ideal, que no reproduce las desigualdades ni los accidentes de la parte sólida de la superficie real, [5] es á la que se refieren todas las medidas geodésicas, cuando se las reduce al nivel del mar. Para determinar exactamente esta superficie ideal, basta conocer el valor del aplanamiento y la longitud del diámetro equatorial; pero el estudio completo de la superficie exigiria que una doble medida fuere ejecutada en dos direcciones rectangulares.

Con las once medidas de grados (determinaciones de la curvatura de la Tierra en diferentes puntos de su superficie) practicadas hasta ahora, 9 de ellas en nuestro siglo, conocemos ya bien la figura del globo, que Plinio llamaba «un punto en el Universo» [6]. Estas medidas no dan para diferentes meridianos la misma curvatura bajo igual latitud; lo cual prueba la exactitud de los instrumentos empleados y la fidelidad de los resultados parciales. El decrecimiento de la pesadez cuando se va del ecuador al polo, depende de la ley que siguen las variaciones de la densidad en el interior del globo; y lo mismo sucederá con cuantas deducciones saquemos de este hecho respecto de la figura de la Tierra. Asi, por ejemplo, cuando inspirado por consideraciones teóricas no menos que por el descubrimiento del aplanamiento de Júpiter, que Cassini habia hecho antes de 1666, anunció Newton en sus inmortales Philosophiæ naturalis Principa el aplanamiento de la Tierra, [7] fijó su valor en , hipótesis de una masa homogénea, en tanto que las medidas efectivas, sometidas á los poderosos métodos de la análisis recientemente perfeccionada, han probado que el aplanamiento del esferoide terrestre es próximamente igual á , por considerarse que la densidad de las capas es cada vez mayor hácia el centro.

Tres métodos se han empleado para determinar la curvatura de la Tierra; á saber: las medidas efectivas de grados de meridiano; las observaciones del péndulo; y ciertas desigualdades lunares: todas tres dan idéntico resultado. El primer método es á la vez geométrico y astronómico; en los otros dos, se pasa de los movimientos observados con exactitud á las fuerzas que los han producido, y de estas mismas fuerzas á su causa comun, que está en relacion con el aplanamiento de la Tierra. Aunque en este cuadro general de la naturaleza no debiera tratar de métodos, me ha parecido conveniente, sin embargo, hacer una escepcion en favor de los que acabo de citar, porque son muy propios para hacer resaltar la estrecha conexion de la forma y de las fuerzas con los fenómenos generales. Por otra parte, estos métodos han jugado en la ciencia un papel principal, proporcionando la ocasion de someter á una prueba delicada todos los instrumentos métricos, de perfeccionar en astronomía la teoría de los movimientos de la Luna, y en mecánica la del péndulo oscilante en un medio resistente, y abriendo en fin, nuevos caminos á la análisis. Desde la investigacion del paralaje de las estrellas, á la que debemos el descubrimiento de la aberracion y de la mutacion, no se encuentra en la historia de las ciencias ningun otro problema, sino el de la figura de la Tierra, cuya solucion pueda rivalizar en importancia con los progresos generales que resultan indirectamente de los esfuerzos intentados para llegar al objeto. Bessel ha comparado y calculado, sujetándose á los métodos mas rigurosos, once medidas de grados, de las cuales tres fueron ejecutadas fuera de Europa; una en el Perú (la antigua medida francesa), y las otras dos en las Indias orientales: deduciéndose de todas ellas un aplanamiento equivalente á [8]. Asi pues, el semidiámetro polar de este elipsoide de revolucion, tiene de longitud 10,938 toesas (21 kilómetros próximamente), menos que el semidiámetro ecuatorial; de donde se sigue que el ensanche del Ecuador es como cinco veces la altura del Mont-Blanc, ó como dos veces y media la altura probable del Dhawalagiri, que es la mas alta montaña de la cadena del Himalaya. Las desigualdades lunares (perturbaciones del movimiento de la Luna en longitud y en latitud) han dado á Laplace un aplanamiento de , decir, el mismo resultado que se obtuvo de las medidas de grados. Pero las observaciones del péndulo [9] dan por término medio un aplanamiento mucho mayor .

Cuéntase que Galileo en su niñez, hallándose un dia en los divinos oficios, que indudablemente no debian interesarle, reconoció la posibilidad de medir la elevacion de la cúpula de la iglesia por la duracion de las oscilaciones de las lámparas suspendidas en la bóveda. á alturas desiguales. ¡Cuan lejos estaba entonces de prever que su péndulo seria trasportado del uno al otro polo, para determinar la figura de la Tierra, ó mas bien, para comprobar que la diferente densidad de las capas terrestres influye sobre la longitud del péndulo de segundos! Verdaderamente son admirables en sumo grado las propiedades geognósticas de este instrumento, destinado al principio á medir el tiempo, pero que puede asimismo servir para sondear en cierta sentido grandes profundidades; para indicar, por ejemplo, si en ciertas islas volcánicas [10], ó sobre las vertientes de las cadenas de montañas [11], existen cavidades subterráneas ó pesadas masas de basalto y de melafiro. Desgraciadamente estas bellas propiedades se convierten en graves inconvenientes, cuando se trata de aplicar el método de las oscilaciones del péndulo al estudio de la forma de la Tierra. Las cadenas de montañas y la variable densidad de las capas terrestres influyen tambien, aunque no de una manera tan perjudicial, en la parte astronómica de las medidas de arcos de meridiano.

Conocida la figura de la Tierra, puede deducirse de ella la influencia que ejerce en los movimientos de la Luna; y recíprocamente, conociendo bien estos movimientos es fácil llegar á la forma de nuestro planeta. Por esto decia Laplace [12]: «Es cosa muy notable, que un astrónomo sin salir de su observatorio, y comparando únicamente sus observaciones con la análisis, hubiese podido determinar exactamente la magnitud y el aplanamiento de la Tierra, y su distancia al Sol y á la Luna; elementos cuyo conocimiento ha sido el fruto de largos y penosos viajes en uno y otro hemisferio.» El aplanamiento que se deduce asi de las desigualdades lunares, tiene sobre las medidas aisladas de grado, y sobre las observaciones del péndulo, la ventaja de ser independiente de los accidentes locales, y puede considerarse como el aplanamiento medio de nuestro planeta. Comparándole con la velocidad de rotacion de la Tierra, prueba que la densidad de las capas terrestres va creciendo desde la superficie hacia el centro; resultado idéntico al que se obtiene cuando se compara los aplanamientos de Júpiter y Saturno con la duracion de sus respectivas rotaciones. Por donde se vé, que el conocimiento de la figura esterior de los astros conduce á la de las propiedades de su masa interior.

Los dos hemisferios presentan casi la misma curvatura bajo las mismas latitudes [13]; pero las medidas de grados y las observaciones del péndulo dan para diversas localidades resultados tan diferentes, que ninguna figura regular puede adaptarse á datos asi obtenidos. La figura real de la Tierra es á una figura regular geométrica, «lo que la accidentada superficie de un mar tempestuoso á la superficie tranquila de un estanque.»

No le bastaba al hombre haber medido asi la Tierra, sino que le era preciso tambien pesarla; y para ello se han imaginado muchos métodos. El primero consiste en determinar, por medio de una combinacion de medidas astronómicas y geodésicas, cuánto desvia la plomada de la direccion vertical á las inmediaciones de las montañas. Fúndase el segundo en la comparacion de las longitudes de un péndulo que se hace oscilar primero al pié, y luego al vértice de una montaña. El tercero es la balanza de torsion, que puede considerarse tambien como un péndulo oscilante en el sentido horizontal. De estos tres procedimientos [14], el último es el mas seguro, porque no exige, como los otros dos, la determinacion, siempre difícil, de la densidad de los minerales de que se compone una montaña. Las investigaciones recientes de Reich, hechas con la balanza de torsion, han fijado la densidad media de toda la Tierra en 5,44, tomando por mitad la del agua pura. Ahora bien: segun la naturaleza de las rocas que componen las capas superiores de la parte sólida del globo, la densidad de los continentes es apenas de 2,7; y por consiguiente la densidad media de los continentes y de los mares no llega á 1,6. Véase, pues, cuánto deberá ir creciendo hacia el centro la densidad de las capas interiores, bien sea por la presion que esperimentan, ó bien por la naturaleza de sus materiales. Nueva razon que añadir á las que han hecho dar al péndulo vertical u horizontal, el nombre de instrumento geognóstico.

Muchos físicos célebres, colocados en puntos de vista diferentes, han deducido de este resultado conclusiones diametralmente opuestas acerca del interior de nuestro globo. Háse calculado á cuánta profundidad deben adquirir los líquidos, y aun los gases, mavor densidad que la del platino ó el iridio; y despues, para armonizar la hipótesis de la compresibilidad indefinida de la materia con el valor fijo del aplanamiento, reducido ya hoy á límites muy aproximados entre sí, el ingenioso Leslie se ha visto en la necesidad de presentarnos el interior del globo terrestre como una caverna esférica «llena por un fluido imponderable, pero dotada de una fuerza de espansion enorme.» Tan aventuradas concepciones dieron orígen bien pronto á ideas aun mas fantásticas, en espíritus verdaderamente estraños á las ciencias. Llegóse á suponer que crecian plantas en aquella esfera hueca; poblósela de animales; y para disipar las tinieblas, díjose que circulaban en ella dos astros: Pluton y Proserpina, Estas regiones subterráneas fueron dotadas de una temperatura casi igual, y de un aire siempre luminoso á causa de la presion que esperimenta (olvidóse sin duda la existencia de dos soles colocados allí para iluminarlas); por último, imaginóse que á los 82° de latitud, cerca del Polo Norte, se hallaba una inmensa abertura por donde debia salir la luz de las auroras boreales, y que permitia bajar á la esfera hueca. Sir Humphry Davy y yo fuimos invitados públicamente por el capitán Symmes para emprender esta espedicion subterránea. ¡Tan enérgica es la tendencia de ciertos espíritus á poblar de maravillas los espacios desconocidos, sin tener en cuenta los hechos adquiridos por la ciencia ni las leyes universalmente reconocidas en la naturaleza! Ya á fines del siglo XVII, el célebre Halley, en sus especulaciones magnéticas, habia escavado así el interior de la Tierra, suponiendo que un núcleo, girando libremente en aquella cavidad subterránea, producia las variaciones anuales y diurnas de la declinacion de la aguja imantada. Estas ideas, que no fueron jamás sino pura ficcion para el ingenioso Holberg, han hecho fortuna en nuestros dias, y háse pretendido darles con seriedad increible cierto valor científico.

La figura, la densidad y consistencia actuales del globo están íntimamente ligadas á las fuerzas que se agitan en su seno independientemente de toda influencia esterior. Así, la fuerza centrífuga, consecuencia del movimiento de rotacion de que está animado el esferóide terrestre, ha determinado el aplanamiento del globo; y á su vez este aplanamiento denota la fluidez primitiva de nuestro planeta. Una cantidad enorme de calórico latente háse hecho libre por la solidificacion de esta masa fluida; y si, como Fourier dice, las capas superficiales son las primeras que se han enfriado y solidificado al emitir sus rayos hacia los espacios celestes, las partes mas próximas al centro deben haber conservado su fluidez é incandescencia primitivas. Durante largo tiempo este calórico interno ha atravesado la corteza así formada, para perderse al cabo en el espacio; y luego vino otro período de equilibrio estable en la temperatura del globo, de suerte que á partir de la superficie, el calórico debe ir creciendo gradualmente hácia el centro. Este aumento de calórico se halla establecido de una manera irrecusable, al menos hasta una gran profundidad, por la temperatura de las aguas que brotan de los pozos artesianos, por la de las rocas que se esplotan en las minas profundas, y sobre todo por la actividad volcánica de la Tierra, es decir, por la erupcion de las masas en liquefaccion que arroja de su seno. Segun inducciones fundadas á la verdad sobre simples analogías, es altamente probable que este aumento de calórico se propague hasta el centro.

En la ignorancia completa en que estamos acerca de la naturaleza de los materiales de que está formado el interior de la Tierra; de los diversos grados de capacidad para el calórico y de conductibilidad de las capas superpuestas; y por último, de las trasformaciones químicas que las materias sólidas ó líquidas deben esperimentar bajo la influencia de una presion enorme, no podemos aplicar á nuestro planeta sin reserva las leyes de la propagacion del calórico que ha descubierto un profundo geómetra para un esferóide homogéneo de metal, ayudado de una análisis que él mismo habia creado [15]. Ya nuestro espíritu llega, aunque con trabajo, á representarse el límite que separa la masa líquida interior, de las capas sólidas de que se compone la corteza terrestre, ó sea la gradacion insensible en cuya virtud pasan las capas, de la solidificacion completa á la semi-fluidez de las sustancias terrestres reblandecidas, aunque no en fusion todavía. Las leyes conocidas de la hidráulica no pueden aplicarse á este estado intermedio sin grandes restricciones. La atraccion del Sol y de la Luna, que levanta las aguas del Océano y produce las mareas, debe hacerse sentir tambien bajo la bóveda formada por las capas solidificadas, produciendo indudablemente en la masa fundida un reflujo, una variacion periódica de la presion que soporta la bóveda. Sin embargo, estas oscilaciones deben de ser muy pequeñas, y no podemos atribuir á ellas, sino á fuerzas interiores mas poderosas, los temblores de tierra. Por donde se ve, que existen séries enteras de fenómenos cuya débil influencia apenas podríamos determinar numéricamente, pero que es útil señalar, á fin de establecer las grandes leyes de la naturaleza en toda su generalidad y hasta en los menores detalles.

Segun esperiencias, bastante contestes entre sí, á que se ha sometido el agua de diferentes pozos artesianos, parece que por término medio la temperatura de la corteza terrestre se aumenta á medida que se va profundizando en sentido vertical á razon de 1° del termómetro centígrado por 30 metros. Si se aplicase esta ley á todas las profundidades, una capa de granito no llegaria al estado de plena fusion, sino á mas de 4 miriámetros debajo de tierra (4 ó 5 veces la altura del mas alto vértice del Himalaya) [16].

El calórico se propaga en el globo terrestre de tres maneras diferentes. El primer movimiento es periódico y hace variar la temperatura de las capas terrestres á medida que el calórico, segun las estaciones y la posicion del Sol, penetre de alto á bajo, ó se estienda de abajo á arriba, tomando la misma senda, aunque en sentido inverso. El segundo movimiento, que resulta tambien de la accion solar, es de una escesiva lentitud: una parte del calórico que penetra por las capas ecuatoriales, se mueve en el interior de la corteza terrestre hasta casi los polos; allí se desvía de su direccion, sale á la atmósfera y va á perderse en las apartadas regiones del espacio. El tercer modo de propagacion es el mas lento de todos, y consiste en el enfriamiento secular del globo, es decir, en la pérdida de aquella débil parte de calórico primitivo que actualmente se trasmite á la superficie. En la época de las mas antiguas revoluciones de la Tierra, esta pérdida del calor central ha debido ser considerable; pero ha ido tan á menos desde los tiempos históricos, que escapa casi á los instrumentos termométricos. La superficie de la Tierra se encuentra por lo tanto colocada entre la incandescencia de las capas interiores, y la baja temperatura de los espacios celestes, que probablemente es inferior al punto de congelacion del mercurio.

Las variaciones periódicas que la situacion del Sol y los fenómenos meteorológicos producen en la temperatura de la superficie, no se propagan al interior de la Tierra sino hasta muy cortas profundidades. Esta lenta trasmision del calórico á través del suelo disminuye la pérdida que esperimenta en el invierno, y es favorable á los árboles de hondas raices. Los puntos situados á diferentes profundidades sobre una misma linea vertical, alcanzan asi, en épocas muy diferentes, el máximun y el mínimun de la temperatura que les corresponde; y cuanto mas se alejan de la superficie menor es en ellos la diferencia de sus dos estremos. En la region templada que nosotros habitamos (latitud 48°-52°), la capa de temperatura invariable se encuentra á una profundidad de 24 á 27 metros; hácia la mitad de ella las oscilaciones que el termómetro esperimenta á consecuencia de las alternativas de las estaciones, valen á penas medio grado. Bajo los trópicos, la capa invariable se encuentra ya á 1 pie debajo de la superficie, circunstancia de que Boussingault ha sacado partido para determinar de una manera sencilla y á su juicio muy segura, la temperatura media de la atmósfera local [17]. Puede considerarse esta temperatura media de la atmósfera en un punto dado de la superficie, ó mejor dicho, en un grupo de puntos cercanos, como el elemento fundamental que determina en cada region la naturaleza del clima y de la vegetacion. Pero la temperatura media de toda la superficie es muy diferente de la del mismo globo terrestre. Se pregunta frecuentemente si el curso de los siglos ha modificado sensiblemente esta media temperatura del globo; si el clima de una region se ha deteriorado; si el invierno se ha hecho en ella mas dulce, y el estio menos cálido. El termómetro es el único medio de resolver cuestiones semejantes, y su descubrimiento apenas se remonta á dos siglos y medio; y casi no ha sido aplicado de una manera racional hasta hace ciento veinte años. La naturaleza y la novedad del medio restrigen asi considerablemente el campo de nuestras investigaciones acerca de las temperaturas atmosféricas. No sucede lo mismo cuando se trata del calor central de la Tierra. Asi como de la igualdad en la duracion de las oscilaciones de un péndulo puede deducirse la invariabilidad de su temperatura, asi tambien la constancia de la velocidad de rotacion que anima al globo terrestre, nos dá la medida de la estabilidad de su temperatura media. El descubrimiento de esta relacion entre la duracion del dia y el calor del globo, es ciertamente una de las mas brillantes aplicaciones que han podido hacerse de un largo conocimiento de los movimientos celestes, al estudio del estado térmico de nuestro planeta. Se sabe que la velocidad de rotacion de la Tierra depende de su volúmen; enfriándose la masa de la Tierra por medio de la irradiacion, debe disminuir su volúmen; por consiguiente todo decrecimiento de temperatura, corresponde á un aumento de la velocidad de rotacion, es decir, á una disminucion en la duracion del dia. Ahora bien, teniendo en cuenta las desigualdades seculares del movimiento de la Luna, en el cálculo de los eclipses observados en las épocas mas remotas, se encuentra que desde el tiempo de Hiparco, es decir, dos mil años há, la duracion del dia no ha disminuido ciertamente ni aun la centésima parte de un segundo. Puede afirmarse sin salir de estos mismos límites, que la temperatura media del globo terrestre no ha variado en de grado, desde dos mil años acá [18].

Esta invariabilidad en las dimensiones, supone una invariabilidad igual en la distribucion de la densidad por el interior de la Tierra; de donde resulta, que la formacion de los volcanes actuales, su erupcion de lavas ferruginosas, y el transporte de las pesadas masas de piedras que han rellenado las hendiduras y las grietas, no producen, en realidad, sino insignificantes modificaciones, meros accidentes superficiales, cuyas dimensiones se desvanecen cuando se las compara á las del globo.

Las consideraciones precedentes acerca del calórico interno de nuestro planeta descansan casi esclusivamente en los resultados de las magnificas investigaciones de Fourier. Poisson ha suscitado ciertas dudas sobre la realidad de este crecimiento continuo del calórico terrestre desde la superficie del globo hasta su centro; segun él, no hay calórico que no haya penetrado de lo esterior á lo interior; y el que no proviene del Sol depende de la temperatura, ó muy alta ó muy baja, de los espacios celestes que atraviesa el sistema solar en su movimiento de traslacion. Por mas que esta hipótesis se ha ya emitido por uno de los mas profundos geómetras de nuestra época, no ha podido satisfacer ni á los físicos ni á los geólogos. Pero cualquiera que sea el orígen del calor interno de nuestro planeta, cualquiera que sea la causa de su crecimiento, limitado ó ilimitado hácia el centro, siempre resulta que la conexion íntima de todos los fenómenos primordiales de la materia, y el lazo oculto que une entre sí á las fuerzas moleculares, nos inducen á referir al calórico central del globo los misteriosos fenómenos del magnetismo terrestre. En efecto, el magnetismo terrestre, cuyo carácter principal es el de presentar en su triple modo de accio0n una continuidad de variaciones periódicas, debe atribuirse á la desigualdad de la temparatura del globo [19], ó á las corrientes galvánicas que consideramos como electricidad movida en un círculo cerrado [20]. La misteriosa direccion de la aguja imantada depende á la vez del tiempo y del espacio, del curso del Sol y de la posicion geográfica. Por la aguja imantada puede saberse la hora que es del día, lo mismo que bajo los trópicos por las oscilaciones del barómetro. Las auroras boreales, resplandores rogizos que coloran el cielo de nuestras regiones árticas, ejercen tambien sobre la aguja una accion pasajera, pero inmediata. Cuando el movimiento horario de la aguja se vé turbado por una tempestad magnética, acontece con frecuencia que la perturbacion se manifiesta simultáneamente, asi como suena, en la tierra y en el mar, á centenares y millares de leguas, ó bien se propaga en todos sentidos por la superficie del globo, de una manera sucesiva y con cortos intervalos de tiempo [21]. En el primer caso, la simultaneidad de los fenómenos podria servir para determinar las longitudes geográficas, lo mismo que los eclipses de los satélites de Júpiter, las señales de fuego y las estrellas errantes convenientemente observadas. Es cosa verdaderamente admirable, que los movimientos irregulares de dos pequeñas agujas imantadas pueden revelarnos la distancia que las separa, aunque se las suspenda bajo tierra á grandes profundidades, y enseñarnos por ejemplo, á qué distancia del Oriente de Gœtinga ó de Paris, se encuentra Casan. Existen regiones en el globo en que los navegantes, envueltos de nieblas espesas durante muchos dias, se ven privados con frecuencia de los medios astronómicos que sirven para determinar la hora, y la posicion del buque: la inclinacion de la aguja les indicaria entonces con exactitud si se hallan al Norte ó Sud del puerto á donde deben arribar [22].

Pero cuando la súbita perturbacion del movimiento horario de la aguja anuncia y prueba la existencia de una tempestad magnética, es preciso confesar que ignoramos aun el lugar donde reside la causa perturbadora: ¿será en la corteza terrestre, ó en las regiones superiores de la atmósfera? Por desgracia la cuestion aun no está resuelta en la actualidad. Si se considera la tierra como un verdadero iman, es preciso entonces atribuirle, segun la espresion de Federico Gauss, célebre fundador de una teoría general del magnetismo terrestre, la fuerza magnética de una barra imantada, de una libra de peso, por cada octavo de metro cúbico [23]. Si es cierto que el hierro, el nikel y probablemente el cobalto (pero no el cromo [24] como por largo tiempo se ha creido), son las únicas sustancias que pueden conservar de una manera durable las propiedades magnéticas, en virtud de cierta fuerza coercitiva, no es menos cierto por otra parte, que todas las sustancias terrestres pueden llegar á ser pasageramente magnéticas, como lo prueba el magnetismo de rotacion de Arago y las corrientes de induccion de Faraday. El primero de estos dos físicos ilustres, ha demostrado que el agua, el hielo, [25] el vidrio, el carbon y el mercurio, ejercen alguna influencia en las oscilaciones de la aguja imantada; y apenas hay sustancia que no presente cierto grado de imantacion cuando sirve de conductor, es decir, cuando por ella atraviesa una corriente de electricidad.

Parece que los pueblos occidentales conocieron desde muy antiguo la fuerza de atraccion de los imanes naturales; y es por lo mismo hecho bien notable, que solo los pueblos de la estremidad oriental del Asia, los Chinos, conociesen la accion reguladora que el globo terrestre ejerce sobre la aguja imantada. Mas de mil años antes de nuestra era, en la época tan oscura de Codro y de la vuelta de los Heraclides al Peloponeso, los Chinos tenian ya balanzas magnéticas, uno de cuyos brazos llevaba una figura humana que indicaba constantemente el Sud; y se servian de esta brújula para caminar á través de las inmensas estepas de la Tartaria. Ya en el siglo III de nuestra era, es decir, setecientos años por lo menos antes de la introduccion de la brújula en los mares europeos, los barcos chinos navegaban por el Océano Indico [26], segun la indicacion magnética del Sud. He demostrado en otra obra cuánta superioridad [27] daba á los geógrafos chinos el conocimiento y el empleo de la aguja imantada en épocas tan remotas, sobre los geógrafos griegos y romanos, que ignoraron siempre, por ejemplo, la verdadera direccion de los Apeninos y de los Pirineos.

La fuerza magnética de nuestro planeta se manifiesta en la superficie por tres clases de fenómenos, uno de los cuales corresponde á la intensidad variable de la fuerza misma, mientras que los otros dos comprenden los hechos relativos á su direccion variable, es decir, la inclinacion y la declinacion; este último ángulo se cuenta en cada lugar en el sentido horizontal, á partir del meridiano terrestre. El efecto completo que el magnetismo produce en lo esterior, puede tambien representarse gráficamente por medio de tres sistemas de líneas, á saber: las líneas isodinámicas, las líneas isoclínicas, y las líneas isogónicas; ó en otros términos: las líneas de igual intensidad, de igual inclinacion y de igual declinacion. La distancia y la posicion relativa de estas líneas no permanecen siempre las mismas, sino que están sometidas á continuas desviaciones oscilatorias. Sin embargo, hay en la superficie del globo, ciertos puntos [28] tales como la parte occidental de las Antillas y el Spitzberg, donde la declinacion de la aguja imantada, no varía, ó si varía, es en cantidades apenas sensibles en el curso de todo un siglo. De la misma manera, si por consecuencia de su movimiento secular llegan algunas líneas isogónicas á pasar de la superficie del mar, sobre un continente ó sobre una isla un tanto considerable, se detienen allí largo tiempo y se doblan á medida que avanzan mas allá.

Estos cambios sucesivos y modificaciones desiguales de las declinaciones orientales y occidentales, complican las representaciones gráficas que corresponden á siglos diferentes, é impiden reconocer fácilmente en ellos las relaciones y analogías de las formas. Ramal hay de ciertas curvas, que tiene una historia totalmente particular; pero entre los pueblos occidentales esta historia no se remonta á mas allá de la época memorable (13 de set. de 1492) en que el grande hombre que hizo el segundo descubrimiento del Nuevo-Mundo, reconoció una línea sin declinacion como á los 3° al Oeste del meridiano de una de las Azores, la isla de Flores [29]. Esceptuando una pequeña parte de la Rusia, todo el resto de Europa tiene ahora una declinacion occidental, mientras que á fines del siglo XVII (en Londres 1657 y en 1665 en París), la aguja se dirigia exactamente hácia el polo: donde es de notar que á pesar de la pequeña distancia á que se hallan entre sí estas dos capitales, la diferencia de las dos épocas fué doce años. Dos escelentes observadores, Hansteen y Adolfo Erman, han señalado el admirable fenómeno que presentan las líneas de igual declinacion en las vastas regiones del Asia septentrional: cóncavas hácia el polo entre Obdorff del Obi y Turuchansk, son convexas entre el lago Baikal y el mar Ochotsk. En estas regiones del norte del Asia oriental, entre la cadena de Werchojansk, Jakoutsk y la Corea septentrional, las líneas isogónicas forman un sistema particular muy notable, cuya forma ovalada [30] se reproduce en escala mas estensa en el mar del Sud, casi bajo el meridiano de Pitcairn y del archipiélago de las Marquesas, entre los 20° de latitud boreal y 45° de latitud austral. Podrian atribuirse estos sistemas aislados, cerrados por todas partes y formados de curvas casi concéntricas, á propiedades locales del globo terrestre; pero si tales sistemas, en apariencia aislados, deben esperimentar desviaciones tambien en el trascurso de los siglos, deduciremos en conclusion que estos fenómenos, como todos los grandes hechos naturales, se refieren á causas mucho mas generales.

Las variaciones horarias de la declinacion dependen del tiempo verdadero; están reguladas por el Sol mientras luce sobre el horizonte, y decrecen en valor angular con la latitud magnética. Cerca del Ecuador, por ejemplo, en la isla de Rawak, son apenas de tres á cuatro minutos, mientras que suben hasta trece ó catorce en la Europa central. Ahora bien; como desde las ocho y media de la mañana hasta la una y media de la tarde, por término medio, la estremidad boreal de la aguja se dirige del Este al Oeste en el hemisferio septentrional y del Oeste al Este en el hemisferio austral, se ha supuesto con razon [31] que debe haber en la Tierra una region situada probablemente entre el Ecuador terrestre y el Ecuador magnético, en la cual la variacion horaria de la declinacion sea nula completamente. Esta última curva, no hallada todavía, podría llamarse línea sin variacion horaria de la declinacion.

Así como se ha dado el nombre polos magnéticos á los puntos de la superficie de la Tierra en que desaparece la fuerza horizontal, puntos cuya importancia por otra parte se ha exagerado mucho, [32] de igual manera se llama Ecuador magnético, la curva formada por los puntos en que la inclinacion de la aguja es nula. La posicion de esta línea y sus cambios seculares de forma han sido en nuestros dias objeto de sérias investigaciones. Segun los escelentes trabajos de Duperrey [33] que ha atravesada el Ecuador magnético en seis ocasiones diferentes desde 1822 á 1825, los nodos de los dos Ecuadores, es decir, los dos puntos en que la línea sin inclinacion corta el Ecuador terrestre, pasando de uno á otro hemisferio, están colocados de una manera poco regular: en 1825, el nodo que estaba cerca de la isla de Santo-Tomás hácia la costa occidental de Africa, se hallaba á 188° ½ del nodo situado en el mar del Sud, junto á las pequeñas islas de Gilberto, casi bajo el meridiano del archipiélago de Vití. A principios de este siglo, he determinado yo astronómicamente á 3600 metros bajo el nivel del mar, el punto (7° 1' lat. aust. y 80° 54' long. occid.) en que el Ecuador magnético corta la cadena de los Andes entre Quito y Lima. Al Oeste de este punto, el Ecuador magnético atraviesa casi todo el mar del Sud en el hemisferio austral y se aproxima lentamente al Ecuador terrestre. Poco antes de llegar al archipiélago Indio, pasa al hemisferio septentrional, toca únicamente las estremidades meridionales del Asia, y penetra en seguida en el continente africano al Oeste de Socotora, hácia el estrecho de Bab-el-Mandeb, siendo entonces cuando se separa mas del Ecuador terrestre. Despues de haber atravesado las regiones desconocidas del interior del continente africano en direccion al Sud-Oeste, el Ecuador magnético vuelve á la zona austral de los trópicos hácia el Golfo de Guinea, separándose entonces de tal modo del Ecuador terrestre, que va á cortar la costa brasileña hacia Os Ilheos, al norte de Porto Seguro, á los 15° de latitud austral. Desde allí á las mesetas elevadas de las cordilleras, en que he podido observar la inclinacion de la aguja, entre las minas de plata de Micuipampa y la antigua residencia de los Incas, Caxamarca, recorre toda la América del Sud; vasta region, que por aquellas latitudes es aun para nosotros una terra incógnita, magnética, como el África Central.

Por recientes observaciones, recogidas y discutidas por Sabine [34], sabemos que desde 1825 á 1837 el nodo de la isla de Santo Tomás se ha adelantado 4° de Oriente á Occidente. Seria de suma importancia averiguar si el otro nodo, situado en el mar del Sud, hacia las islas de Gilberto, ha retrocedido al Oeste otro tanto, aproximándose al meridiano de las Carolinas. Bastan estas consideraciones generales para hacernos ver, cómo los diferentes sistemas de líneas isoclínicas se ligan á la gran línea sin inclinacion, cuyas variaciones de forma y posicion cambian las latitudes magnéticas, é influyen tambien sobre la inclinacion de la aguja, hasta en las mas apartadas regiones [35]; y cómo además por una favorable distribucion de las tierras y de los mares, los del Ecuador magnético están situados sobre el Océano, circunstancia ventajosa para el estudio del magnetismo terrestre, atento á que ya poseemos los medios de medir en el mar con la mayor exactitud la inclinacion y la declinacion de la aguja inmantada.

Espuesta ya la distribucion del magnetismo por la superficie del globo, bajo el doble punto de vista de la declinacion y de la inclinacion de la aguja imantada, réstanos aun considerarla con relacion á la intensidad de la fuerza misma; intensidad que las líneas isodinámicas están destinadas á representar gráficamente. El vivo y universal interés que inspiran hoy el estudio y la medida de esta fuerza por el método de las oscilaciones de una aguja vertical ú horizontal, apenas data desde principios de este siglo; pera merced á los adelantos de la óptica y de la cronometría, este género de medida excede en exactitud á todas las demás determinaciones magnéticas; y si bien es cierto que las líneas isogónicas son mas importantes para el navegante y para el piloto, no lo es menos que las isodinámicas ó de igual intensidad, son las que prometen hoy mas fecundos resultados [36]. El primer hecho comprobado por las medidas directas, es que la intensidad total decrece del ecuador hácia el polo [37]; y si conocemos actualmente la ley que sigue esta disminucion de intensidad, y la distribucion geográfica de todos los términos de que se compone, lo debemos, sobre todo desde 1819 acá, á la infatigable actividad de Eduardo Sabine: el cual, despues de haber observado las oscilaciones de la aguja en el polo norte americano, en la Groenlandia, en Spitzberg, y en las costas de la Guinea y del Brasil, siempre con los mismos aparatos, se ha ocupado tambien en reunir y coordinar todos los documentos que pueden esclarecer la gran cuestion de las líneas isodinámicas. Por lo que á mí toca, he hecho para una pequeña parte de la América del Sud, el primer ensayo de un sistema isodinámico dividido por zonas. Estas líneas no son paralelas á las isodinámicas ó de igual inclinacion, pues dista mucho de ser cierto que el mínimum de intensidad de la fuerza magnética se halle en el ecuador, como se creyó al principio, ni es uniforme esta fuerza en parte ninguna. Comparando las observaciones de Erman en la parte meridional del Océano Atlántico, donde se encuentra una zona de débil intensidad (0,706) que va desde Angola por la isla de Santa Elena hasta las costas del Brasil, con las últimas observaciones del gran navegante James Clark Ross junto al Cabo de Crocier, resulta que la fuerza magnética se aumenta casi en razon de 1 á 3 hácia el polo magnético austral (polo situado en la tierra de Victoria al Oeste del volcan Erebo, cuyo nevado vértice se eleva á 3800 metros sobre el nivel del mar) [38]. En efecto, la mayor intensidad magnética evaluada hasta ahora es de 2,052 (la unidad adoptada para este género de evaluacion es la intensidad determinada por mí en el Perú sobre el ecuador magnético); Sabine ha hallado que en el polo magnético norte, cerca de las islas de Melville, á los 74°27' de latitud septentrional, es solo de 1,624, al paso que en New-York, es decir, bajo la misma latitud de Nápóles, asciende á 1,803.

Los brillantes descubrimientos de Oersted, Arago y Faraday demuestran que existe una relacion íntima entre la tension eléctrica de la atmósfera y la tension magnética del globo terrestre. Segun Oersted, el conductor queda imantado por la corriente eléctrica que le atraviesa: y segun Faraday, del magnetismo nacen por induccion corrientes eléctricas. El magnetismo, pues, no es otra cosa que una de las formas múltiples bajo las cuales puede manifestarse la electricidad; y estaba reservado á nuestra época el probar la identidad de las fuerzas eléctricas y magnéticas, presentidas ya confusamente desde los tiempos mas remotos. «Cuando el ámbar (electrum), dice Plinio siguiendo á Tales y á la escuela jónica [39], se halla animado por el ludimiento y el calórico, atrae los fragmentos de corcho y de hojas secas, como el imán al hierro.» Esta misma idea se encuentra en los anales científicos de un pueblo que ocupa la estremidad oriental del Asia, y el físico chino Kuopho la ha reproducido en los mismos términos en su elogio del imán [40]. Con gran sorpresa mia, he reconocido que los salvajes de las orillas del Orinoco, una de las razas mas degradadas del orbe, saben producirla electricidad por medio del ludimiento; los niños de esas tribus salvajes se entretenian en frotar los granos aplanados, secos y brillantes de una planta trepadora silicuosa (probablemente la negritia), hasta que conseguian atraer con ellos hebras de algodon ó briznas de cañas. Para aquellos salvajes de tez cobriza, eso era simplemente un juego de niños; pero para nosotros, ¡qué asunto de graves reflexiones! Entre aquellos juegos eléctricos de los salvajes, y nuestros para-rayos, nuestras pilas voltaicas y nuestros chispeantes aparatos magnéticos, hay un abismo insondable que han escavado miles de años de progreso y de desarrollo intelectual.

Cuando reflexionamos sobre la perpétua movilidad de los fenómenos del magnetismo terrestre; cuando vemos que la intensidad, la inclinacion y la declinacion varian á la par con las horas del dia y de la noche, con las estaciones, y aun con el número de años trascurridos, no podemos menos de creer que las corrientes eléctricas de que dependen estos fenómenos, forman sistemas parciales muy complejos en el interior de la corteza de nuestro planeta. Pero ¿cuál es el orígen de estas corrientes? ¿Serán como en los esperimentos de Seebeck, simples corrientes termo-eléctricas producidas por la desigual distribucion del calórico, ó mas bien, corrientes de induccion, nacidas de la accion calorífica del Sol [41]? ¿Concederemos cierta influencia en la distribucion de las fuerzas magnéticas al movimiento de rotacion de la Tierra, y á la diferente velocidad de las zonas segun su mayor ó menor distancia al Ecuador? ¿Existirá quizás algun centro de accion magnética en los espacios interplanetarios, ó en cierta polaridad del Sol y de la Luna? Estas últimas hipótesis nos recuerdan que Galileo en su célebre Diálogo, esplica la direccion constante del eje de la Tierra por medio de un centro de accion magnética situado en los espacios celestes.

Si nos representamos el interior del globo terrestre como una masa mantenida en el estado de liquefaccion por un calor enorme, preciso es que renunciemos á la hipótesis del núcleo magnético que han supuesto en la Tierra algunos físicos para esplicar estos fenómenos.

Sin embargo, el magnetismo no desaparece completamente sino á la temperatura del blanco [42], y el hierro conserva todavía vestigios, mientras su temperatura no pasa del rojo oscuro; de donde resulta que sean cuales fueren, por otra parte, las modificaciones del estado molecular de los cuerpos en estos esperimentos, y por consiguiente de su fuerza de cohesion, siempre quedará una buena porcion del espesor en la corteza terrestre, en donde poder buscar el asiento de las corrientes magnéticas. Atribuianse en otro tiempo las variaciones horarias de la declinacion al calentamiento progresivo de la Tierra bajo la influencia del movimiento diurno aparente del Sol; pero esta accion interesa solamente la capa mas superficial, pues se halla demostrado por observaciones hechas cuidadosamente en varios puntos del globo, valiéndose de termómetros colocados debajo de tierra á diferentes profundidades, que el calor solar penetra tan solo á algunos pies, y con estremada lentitud. Por otra parte, el citado término de la superficie del mar, que forma los de la de todo el globo, difícilmente se conciliará con esta teoría mientras se trate de una accion inmediata, y no de una accion de induccion ejercida por las capas de aire ó de vapores acuosos de la atmósfera.

En el estado actual de nuestros conocimientos tenemos, pues, que resolvernos á ignorar las últimas causas físicas de estos complicados fenómenos; que si la ciencia ha hecho de algun tiempo acá brillantes progresos, es bajo otro aspecto muy diferente, ya determinando numéricamente los valores medios de cuanto puede ser sometido á las medidas de tiempo y de espacio, ya dirigiendo todos sus esfuerzos á distinguir lo que hay de constante y regular en el fondo de esas variables apariencias. De Toronto, en el alto Canadá, hasta el Cabo de Buena-Esperanza y la tierra de Van-Diemen, y de París á Pekin se halla el globo cubierto de Observatorios magnéticos, en los cuales se espía sin cesar desde 1828, por medio de observaciones simultáneas, toda manifestacion regular ó irregular de magnetismo terrestre, [43] y se calculan hasta las variaciones de en la intensidad total. En ciertas épocas del año duran las observaciones veinticuatro horas consecutivas, con intervalos de dos minutos y medio. Un ilustre astrónomo inglés ha calculado que en el espacio de tres años ascenderán á 1.958.000 las observaciones que habrán de discutirse. Nunca se han intentado esfuerzos mas grandiosos y admirables con el objeto de arrancar á la Naturaleza el secreto de una de sus grandes leyes. Todo induce á creer que comparando estas leyes con las que reinan en nuestra atmósfera ó en regiones aun mas apartadas, nos será dado remontarnos hasta la fuente misma de las manifestaciones magnéticas. Desde luego podemos ya vanagloriarnos, á lo menos por el número y la importancia de los medios que se han puesto en juego para conseguir el fin; pero pretender por ello que la teoría magnética nada deja ya que desear, sería intento tan descabellado como el de aquellos que tienen en cuenta solo los hechos favorables á sus especulaciones [44].

Intimas relaciones existen entre el magnetismo del globo y las fuerzas electro-dinámicas valuadas por Ampere [45], de una parte, y la produccion de la luz polar y del calórico de nuestro planeta, de otra, advirtiendo que los polos magnéticos de la Tierra se consideran como polos de frio [46]. Hace mas de 128 años. Halley sospechaba que las auroras boreales podrian ser muy bien simples fenómenos magnéticos [47]: hoy esta vaga sospecha ha adquirido el valor de la certidumbre esperimental, despues que el brillante descubrimiento de Faraday nos ha hecho ver que la luz puede producirse por la sola accion de las fuerzas magnéticas.

Hay ciertos fenómenos precursores de la aurora boreal: ya durante el dia que precede á la aparicion nocturna, la marcha irregular de la aguja imantada anuncia una perturbacion en el equilibrio de las fuerzas magnéticas terrestres. Cuando esta perturbacion alcanza su mas enérgico grado de desarrollo, el equilibrio roto se restablece por medio de una descarga acompañada de luz. «La aurora boreal no debe ser considerada como causa esterior de la perturbacion, sino como resultado de una actividad terrestre, cuyo poder alcanza á producir fenómenos luminosos, y que se manifiesta así, de un lado, por esta produccion de luz, y de otro, por las oscilaciones de la aguja imantada» [48]. La aparicion de la aurora boreal es el acto que pone fin á una tempestad magnética, asi como en las tempestades eléctricas otro fenómeno luminoso, el relámpago, anuncia que el equilibrio momentáneamente alterado en la distribucion de la electricidad, llega al cabo á restablecerse. La tempestad eléctrica está ordinariamente circunscrita á un pequeño espacio, fuera del cual no se altera el estado eléctrico general atmosférico. La tempestad magnética, por el contrario, estiende su influencia á una gran parte de los continentes, y deja sentir su accion (descubrimiento que tambien debemos á Arago) mucho mas allá de los lugares en que ha sido visible el fenómeno luminoso. No siempre que el cielo se cubre de nubes tempestuosas, ó que la atmósfera pasa con frecuencia de un estado eléctrico al opuesto, acontece que las descargas se manifiesten por medio de relámpagos. De igual manera pueden las tempestades magnéticas causar grandes perturbaciones en la marcha horaria de la aguja imantada, sin que el equilibrio haya de restablecerse desde el polo al Ecuador, ó aun del uno al otro polo, necesariamente por medio de la produccion de efluvios luminosos.

Para reunir en un solo cuadro todos los rasgos característicos de este fenómeno, conviene ante todo describir el nacimiento, y despues las diversas fases de una aurora boreal completamente desarrollada. Hácia el meridiano magnético del lugar en que se ha de realizar el fenómeno, el cielo, antes puro y sereno, empieza á encapotarse por el horizonte, formándose en él una especie de velo nebuloso que sube lentamente hasta llegar por último á una altura de 8 ó 10 grados; por entre este segmento oscuro, cuyo color pasa del negruzco al violado, se divisan las estrellas como á través de una espesa niebla. Otro arco mas ancho, pero de brillante luz, al principio blanco y despues amarillo, limita el segmento oscuro; pero como este arco luminoso aparece despues que el segmento, es imposible atribuir la presencia de este último, segun ha notado Argelander, á un simple efecto de contraste con el arco brillante [49]. Medidas exactas han demostrado que el punto mas alto del arco luminoso no está situado en el meridiano magnético, sino que antes bien se aparta de él por lo comun de 5 á 18° por el mismo lado hácia el cual se dirige en aquel paraje la declinacion magnética [50]. Bajo las mas altas latitudes, en las regiones inmediatas al polo magnético, el segmento inferior aparece menos oscuro, y el medio del arco brillante se aleja mas del meridiano magnético que en otra region cualquiera.

A las veces, el arco luminoso parece agitado durante horas enteras, por una especie de efervescencia y por un cambio contínuo de forma, antes de comenzar á despedir los rajos y columnas de luz que suben hasta el zénit. Cuanto mas intensa es la emision de la luz polar, mas vivos son sus colores, que pasan del violado y el blanco azulado al verde y rojo purpurino, por todas las tintas intermedias. Lo mismo sucede con las chispas eléctricas, que no se coloran sino cuando la tension es fuerte y la esplosion violenta. Las columnas de luz salen, al parecer, del arco brillante, mezcladas con rayos negruzcos que semejan una espesa humareda; ó bien se elevan simultáneamente en diferentes puntos del horizonte, confundiéndose en un mar de fuego cuya magnificencia no podría espresar pintura alguna, porque á cada instante hacen variar su forma y brillo rápidas ondulaciones. Es tal en ciertos momentos la intensidad de esta luz, que Lowenœrn pudo reconocer en pleno dia, el 29 de Enero de 1786, los cambios luminosos y ondulaciones de la aurora boreal. En efecto, parece que el movimiento acrecienta la visibilidad del fenómeno. Alrededor del punto del cielo que corresponde á la direccion de la aguja libremente suspendida por su centro de gravedad, los rayos producen, reuniéndose, lo que se llama la corona de la aurora boreal, y es una especie de dosel celeste formado por una luz suave y apacible. Pocas veces la aparicion llega á ser tan completa, que se prolongue hasta la formacion de la corona; pero cuando ésta se presenta, anuncia siempre el fin del fenómeno. Los rayos son entonces mas raros, mas cortos, y de colores menos vivos, hasta que la corona y los arcos luminosos se disuelven, no viéndose ya en la bóveda celeste sino algunas estensas manchas nebulosas inmóviles, pálidas ó de color ceniciento, que al cabo desaparecen, si bien persisten aun durante algun tiempo en el horizonte los vestigios del segmento oscuro por donde la aparicion tuvo principio. Por último, de todo este magnífico espectáculo no queda generalmente mas que una débil nube blanquecina, de recortados bordes, ó dividida en pequeñas porciones como los cirro cumuli,

La relacion que al parecer existe entre la luz polar y la aparicion de cierta especie de nubes, nos enseña que la produccion de la luz electro-magnética es una simple fase de un fenómeno meteorológico, cual si el magnetismo terrestre obrase sobre la atmósfera condensando los vapores que en ella se encuentran disueltos. Thieneman llegó hasta creer que estas nubes aborregadas eran el substratum de la luz polar, y sus observaciones de Islandia han sido plenamente confirmadas por las mas recientes de Franklin y Richardson en el polo Norte americano, y por las del almirante Wrangel en las costas sibéricas del mar Glacial. Todos han afirmado que «la luz polar emitia sus rayos mas vivos, cuando las altas regiones del aire contenian grupos de cirro strati bastante tenues y muy ligeros para dar nacimiento á un cerco alrededor de la Luna.» A las veces se agrupan y se colocan las nubes en pleno dia, como los rayos de una aurora boreal con corta diferencia, y entonces producen perturbacion en la aguja imantada. Despues de una brillante aurora boreal, se han reconocido á la mañana siguiente regueros de nubes que durante la noche semejaban otros tantos rayos luminosos [51]. Algunas fajas polares ó convergentes, es decir, grupos de nubes dispuestas en el sentido del meridiano magnético, han fijado mi atencion en muchas ocasiones durante mi viaje á Méjico y al Asia Septentrional. Necesarlo es colocar estas apariciones eutre los fenómenos diversos que acabo de citar [52].

Suelen verse con bastante frecuencia auroras australes en nuestros climas (Danton observó muchas en Inglaterra), asi como se ven auroras boreales entre los trópicos, en Méjico, por ejemplo, en el Perú, y aun hasta los 45° de latitud austral (el 14 de enero de 1831); y no es raro que el equilibrio magnético se turbe simultáneamente hácia uno y otro polo. Como quiera que sea, el aspecto del fenómeno depende siempre de la posicion del observador, y cada cual ve su aurora boreal, asi como cada cual ve tambien diferente su arco iris. Es necesario distinguir la zona terrestre en que la aparicion luminosa es simultáneamente visible en todas partes desde que se presenta, y las regiones mucho menos estensas en que se reproduce casi todas las noches. Una misma aurora boreal ha sido frecuentemente observada á la propia hora en Inglaterra y en Pensilvania, en Roma y en Pekin; salvo que la frecuencia de estas apariciones disminuye con la latitud magnética, ó en otros términos, decrece á medida que el observador se aleja, no del polo terrestre, sino del magnético. Mientras que en Italia una aurora boreal es fenómeno muy raro, obsérvase muy á menudo por el contrario, en América, en el paralelo de Filadelfia (39° 57' lat. sept.), porque estas regiones están menos distantes del polo magnético. En Irlanda, Groenlandia, Terra-Nova, á orillas del lago del Esclavo y en Fort-Entreprise en el alto Canadá, el cielo se ilumina todas las noches en ciertas épocas del año con resplandores movibles, que como dicen los habitantes de las islas de Shetland, forman «una alegre danza» [53]. En estas regiones en que el fenómeno se reproduce con frecuencia estraordinaria, existen ciertas zonas que mas bien podian llamarse vetas, en las cuales son mas brillantes que en cualquiera otra parte las auroras, merced sin duda á determinadas influencias locales [54]. Wrangel veia disminuir su brillo á medida que se alejaba del litoral del mar Glacial hácia Nijné-Kolymsk. Las auroras boreales, por último, no son ni mas vivas ni mas frecuentes en el mismo polo magnético, sino á cierta distancia de dicho punto; asi al menos se desprende de los datos recogidos en las espediciones polares.

Por lo tocante á la altura absoluta de las auroras boreales, cuanto sabemos, descansa sobre medidas angulares que no pueden inspirar gran confianza á causa de la incertidumbre en que las oscilaciones continuas de la luz dejan al observador sobre sus verdaderos límites; asi que, los resultados de estas medidas, aun desechando las antiguas [55], varían entre algunos miriámetros y 1,000 ó 1,200 metros; siendo muy probable que efectivamente cambien estas alturas de una á otra época. Los últimos observadores colocan el sitio de estas apariciones, no ya en el límite de nuestra atmósfera, sino en la region donde se forman las nubes y la reunion de los vapores vesiculares; tambien creen que los vientos y las corrientes aéreas pueden alterar los rayos de las auroras boreales, cosa que se realizaria en efecto si la produccion de la corriente electro-magnética, cuya existencia nos revelan, se hallase en relacion con la de las nubes y vapores, ó mas bien si aquella corriente los atravesara en realidad pasando de una á otra vesícula. En las orillas del lago del Oso-Grande vio el capitan Franklin una aurora boreal, cuya luz iluminaba al parecer la superficie inferior de una capa de nubes, mientras que á 3 ó 4 miriámetros mas allá, Kendal, que estuvo en vela toda la noche sin perder de vista un solo momento el cielo, no divisó rastro alguno de luz. Háse pretendido en estos últimos tiempos, que los rayos de la aurora boreal se aproximan alguna vez á la Tierra, y aunque llegan á interponerse entre el observador y una altura inmediata; pero estas apariencias pueden esplicarse, indudablemente, por las mismas ilusiones ópticas de que tantos ejemplos nos han dado ya los relámpagos y la caida de los bólides. Ahora que recientes espediciones nos permiten apreciar en su justo valor las narraciones de los pescadores de Groenlandia y de los cazadores de zorras de la Siberia, se duda que las tempestades magnéticas, semejantes á las eléctricas por lo tocante á la formacion de la luz, lo sean tambien por lo que respecta á la produccion del ruido. No parece sino que las auroras boreales se han vuelto silenciosas desde que se las observa con mas cuidado. Parey, Franklin y Richardson en el polo Norte; Thienemann en Islandia; Gieseke en Groenlandia; Lothis y Bravais en el cabo Norte, y Wrangel y Anjou en las orillas del mar Glacial, han visto millares de auroras boreales sin oir jamás ni el mas ligero ruido. ¿Se querrá que todas estas pruebas negativas cedan ante dos afirmaciones positivas, la de Hearne en la embocadura del rio de la Mina de Cobre, y la de Henderson en Islandia? Pues entonces seria preciso olvidar que si Hood oyó, durante la aparicion de una aurora boreal, una especie de trepidacion semejante al ruido que produce una descarga de fusilería bien nutrida, el mismo estruendo se repitió el dia siguiente, sin ir acompañado de luz polar; seria preciso desechar la esplicacion plausible de Wrangel y de Gieseke, que atribuian aquellos estallidos á la súbita contraccion de la nieve endurecida ó del hielo, causada por un brusco enfriamiento de la atmósfera. Fácil es esplicar, por otra parte, cómo ha podido acreditarse, no ya entre el pueblo sino aun entre los viajeros instruidos, la creencia de esas pretendidas detonaciones de la aurora boreal: como las auroras boreales se asimilaban en otro tiempo á los fenómenos eléctricos que se producen en un aire muy enrarecido, cual debe estarlo el de las elevadas regiones de la atmósfera, de aquí que hasta el mas leve rumor se trocase para observadores ya preocupados de esta idea, en el peterreo de los chispazos eléctricos.

Nuevas investigaciones practicadas con el auxilio de electroscopios sumamente finos, no han dado hasta el presente, contra toda esperanza, mas que resultados negativos, pues el estado eléctrico de la atmósfera ha permanecido invariable aun en las mas brillantes auroras boreales.

Estas, por el contrario, modifican el magnetismo terrestre, alterando á la par la intensidad, la inclinacion y la declinacion. En una misma noche, segun las fases sucesivas de su desarrollo, la aurora boreal, atrae ó repele la estremidad de la aguja imantada. Parry creia poder deducir del conjunto de las observaciones hechas por el mismo en las islas Melville, cerca del polo magnético, que lejos de alterar las auroras boreales la aguja, ejercian mas bien sobre ella «una accion sedativa;» pero esta opinion se halla en contradiccion con el viaje del mismo Parry mas atentamente examinado [56], con las bellas observaciones de Richardson, de Hood y de Franklin en el alto Canadá, y últimamente tambien con las de Bravais y Lothis en la Laponia. Lo hemos dicho ya: la produccion de la luz polar es un acto por cuyo medio se restablece el equilibrio momentáneamente perturbado; su efecto sobre la brújula se regula por la intensidad de la descarga reparadora; y cuando la aurora boreal es muy débil, no elevándose apenas sobre el horizonte, este efecto tampoco será perceptible, como de ello tuvieron ocasion de asegurarse varias veces los observadores de Bosekop, durante su larga estacion invernal. Hánse comparado con razon, los haces cilíndricos de los rayos de la aurora boreal á la luz que se produce en un circuito voltáico entre dos puntas de carbon (ó segun Fizeau y Foucault entre una punta de carbon y un glóbulo de plata), y que es atraida ó rechazada por un iman. Esta analogía hace supérflua la hipótesis de los vapores metálicos suspensos en la atmósfera, de la cual han querido algunos célebres físicos hacer el substratum de la aurora boreal.

Al dar á tan magníficas apariciones el nombre de auroras boreales, ó el mas inexacto aun de luces polares, se ha querido solamente designar la direccion por donde empiezan á producirse las mas veces. La gran importancia de este fenómeno consiste en que la Tierra está dotada de la cualidad de emitir una luz propia, distinta de la que recibe del Sol. La intensidad de la luz terrestre, ó propiamente hablando, la claridad que en todo su esplendor puede esparcir esta luz sobre la superficie de la Tierra, es algo mas viva que la del primer cuarto de Luna, y tan fuerte á veces (7 de Enero de 1831), que sin gran trabajo ha sido posible leer caracteres impresos. Esta luz de la Tierra, cuya emision no se interrumpe casi nunca hácia los polos, nos recuerda el resplandor fosforescente que se observa por lo comun en la parte de Venus no iluminada por el Sol; y no será estraño que otros planetas (Júpiter), la Luna y aun los cometas posean tambien una luz nacida de su propia sustancia, independiente de la que el Sol les envia, y cuyo orígen comprueba el polariscopo. Aun prescindiendo de la apariencia problemática, pero muy comun, de las nubes poco elevadas, cuya superficie toda brilla durante algunos minutos con trémulo resplandor, hay en nuestra atmósfera otros ejemplos que citar de esta produccion de luz terrestre, cuales son las famosas nieblas secas de 1783 y 1831, que emitian una luz muy sensible durante la noche; aquellas grandes nubes, observadas con tanta frecuencia por Rocier y por Beccaria, que brillaban con luz apacible; y por último (observacion ingeniosa de Arago), la luz difusa que guia nuestros pasos en las noches de otoño ó primavera, cuando las nubes interceptan toda luz celeste y la nieve no cubre aun la Tierra [57]. Si las altas latitudes tienen sus auroras, cuyos resplandores coloreados atraviesan é iluminan la atmósfera, las cálidas regiones de los trópicos tienen tambien su luz, que brilla en la superficie del Océano, en una estension de muchos miles de leguas cuadradas. Pero aquí la luz es un producto de las fuerzas orgánicas de la naturaleza; las olas, coronadas de espuma fosforescente, se alzan, ruedan y quiebran como en un mar de fuego; cada punto de su inmensa superficie es una chispa, y en cada chispa se manifiesta la vida animal de un mundo invisible. Tales son las fuentes numerosas de la luz terrestre. ¿Habremos de admitir que esta luz se halla tambien en estado latente, y contenida virtualmente en ciertos vapores, á fin de esplicar la formacion á cierta distancia de las imágenes de Moser, descubrimiento que en la realidad se nos presenta todavia como esas formas misteriosas que solo se ven en sueños?

Si el calor central de nuestro planeta se liga, por una parte, á la produccion de las corrientes electro-magnéticas, y de la luz terrestre que nace de ellas, bajo otro punto de vista, se presenta como fuente principal de los fenómenos geognósticos. Ahora nos proponemos considerar estos fenómenos en su encadenamiento y diversas fases, desde la conmocion puramente dinámica y el levantamiento de los continentes ó de las cadenas de montañas, la erupcion de los gases y de los vapores, de los torrentes de lodo hirviendo y de las rocas ígneas ó de lavas en fusion, que se trasforman por el enfriamiento en rocas cristalizadas. No fué pequeño progreso para la moderna geognósia (dase este nombre á la parte mineralógica de la física terrestre), la comprobacion de este encadenamiento de los fenómenos. Desde entonces nos ha sido dado renunciar á las vanas hipótesis imaginadas en otro tiempo para esplicar una por una las revoluciones del antiguo mundo terrestre; desde entonces hemos podido referir la produccion de diferentes materias ó los simples cambios de forma y de estension (conmociones ó levantamientos); desde entonces nos ha sido lícito reunir y agrupar fenómenos completamente desemejantes á primera vista, como las fuentes termales, las emisiones de gas ácido carbónico y de vapores sulfurosos, las llamadas salsas (erupciones cenagosas), y por último, las erupciones de montañas ignívomas. En un cuadro general de la naturaleza, todos estos detalles se confunden en una sola y única concepcion, la de la reaccion que el interior de un planeta ejerce contra sus capas esteriores. Una sola causa, el aumento gradual del calórico terrestre desde la superficie del globo hasta el centro, nos dará idea á la vez de los temblores de tierra, del levantamiento sucesivo de los continentes y de las cadenas de montañas, de las erupciones volcánicas y de la formacion de las rocas ó de los minerales. Pero esta reaccion del interior contra el esterior no ha limitado su influencia á la naturaleza inorgánica solamente: todo nos induce á creer que en el mundo antiguo poderosas emisiones de gas ácido carbónico se mezclaron á la atmósfera, y favorecieron el acto por el cual los vegetales se asimilan el carbono, y formaron asi los bosques primitivos, orígen del inagotable conjunto de materias combustibles (lignitos y carbon de piedra), que las revoluciones del globo han escondido en las capas superficiales; y aun puede decirse que la forma de la corteza terrestre, la direccion general de las grandes cadenas de montañas y de las llanuras, asi como la configuracion articulada de los continentes, han ejercido una notable influencia sobre la suerte de la especie humana. En semejante encadenamiento de los fenómenos, el filósofo puede remontarse de término en término de la série, hasta la época en que la materia aglomerada en esfera, pasó del estado fluido al estado líquido ó sólido, época en que se desenvolvió tambien el calor central de la Tierra independientemente de la accion calorífica de los rayos solares.

A fin de seguir en el cuadro de los fenómenos geognósticos el órden mismo de su filiacion y de su dependencia originaria, empezaremos por aquellos cuyo carácter es esencialmente dinámico. Los temblores de tierra se manifiestan por oscilaciones verticales, horizontales ó circulares, que se suceden y se repiten con cortos intervalos. Las dos primeras especies de sacudidas son frecuentemente simultáneas: tal es, á lo menos, el resultado de las numerosas observaciones de este género que he podido hacer por mar y por tierra en una y otra parte del mundo. La accion vertical de abajo á arriba produjo en Riobamba, en 1797, el efecto de la esplosion de una mina, hasta el punto de que los cadáveres de gran número de sus habitantes fueron arrojados mas allá del arroyo de Lican hasta la Culca, colina cuya altura es de muchos centenares de piés. Ordinariamente la sacudida se propaga en línea recta ú ondulada á razon de 4 á 5 miriámetros por minuto; alguna vez se estiende á la manera de las ondas y forma círculos de conmocion, en los cuales las sacudidas se van del centro á la circunferencia, pero disminuyendo de intensidad. A pesar de la asercion del padre de la historia [58] y de Theoplacto Simocata [59], que creian desconocidos en Scytia los temblores de tierra [60], he comprobado durante mi viaje por el Asia septentrional, que la parte meridional del Altai se encuentra sometida á la doble influencia del centro de conmocion del lago Baïkal y de los volcanes de las montañas celestes (Thian-cham). Cuando los círculos de conmocion se cortan; cuando una meseta está colocada, por ejemplo, entre dos volcanes activos, pueden resultar de aquí varios sistemas de ondas que se superponen unas á otras, como en los líquidos sin turbarse mútuamente, y aun pudiera haber interferencia como en el caso de las ondas sonoras que cruzan. Segun una ley general de la mecánica, todo movimiento de vibracion que se trasmite por un cuerpo elástico tiende á desligar de él sus capas superficiales, y en virtud de esta misma ley, la onda de conmocion debe ser tanto mayor al propagarse por la corteza terrestre, cuanto mas se aproxima á la superficie.

Los medios que se han imaginado para estudiar las ondas de conmocion (el péndulo y la cubeta sismométrica), indican con bastante exactitud su direccion y su intensidad total, pero no su alternancia ó su intumescencia periódica. La ciudad de Quito está situada al pié de un volcan todavía en actividad (el Rucu Pichincha) á 2.910 metros sobre el nivel del mar; posee bellas cúpulas, elevadas iglesias, casas macizas de muchos pisos, y los temblores de tierra son allí frecuentes; pero con gran sorpresa mia he visto que rara vez estas sacudidas cuartean las paredes, al paso que en los llanos del Perú, oscilaciones mucho menos fuertes perjudican las chozas de Bambú muy poco elevadas. Los indígenas que han conocido millares de temblores de tierra, creen que esta diferencia depende menos de la duracion larga ó corta de las sacudidas y de la lentitud ó rapidez de la oscilacion horizontal [61], que de la regularidad de los movimientos que se producen en sentidos contrarios. Las sacudidas circulares ó giratorias son las mas raras, pero tambien las mas peligrosas. En el gran terremoto de Riobamba, provincia de Quito, ocurrido el dia 4 de Febrero de 1797, ladeáronse muchas paredes sin llegar á caer del todo; calles de árboles que antes eran rectilíneas se hicieron curvas; y campiñas cubiertas de diferentes cultivos se confundieron entre sí: efectos singularísimos que habian ocurrido ya en Calabria el 5 de Febrero y el 28 de Marzo de 1783. Esta confusion de terrenos cultivados que se superponen los unos á los otros, prueba que existe un movimiento general de traslacion, una especie de penetracion de las capas superficiales; evidentemente el suelo movible se pone en movimiento como un líquido, y las corrientes se dirigen primero de arriba á abajo, luego horizontalmente, y por último, de abajo á arriba. Cuando levanté yo el plano de las ruinas de Riobamba, me enseñaron entre los escombros de una casa el lugar en que se habian encontrado los muebles de otra distinta, y fué preciso que la Audiencia fallase algunos litigios que se suscitaron sobre la propiedad de objetos que de tal modo habian sido trasportados á muchos centenares de metros.

En los paises en que los temblores de tierra son relativamente mas raros (por ejemplo en la Europa meridional), se cree generalmente, á consecuencia de una induccion incompleta, que la serenidad de la atmósfera, un calor sofocante y el horizonte cargado de vapores, son los fenómenos precursores del terremoto [62]; pero es un error, contradicho no solamente por mi propia esperiencia, sino que tambien por la de todos los observadores que han pasado algunos años en comarcas tales como Cumaná, Quito, el Perú y Chile, cuyo suelo se ve frecuentemente agitado por violentas sacudidas. Yo he sentido temblores de tierra en tiempo sereno ó lluvioso, y lo mismo con la fresca brisa del Este, que con un huracan tempestuoso. Además, estos fenómenos no eercian á mi parecer influencia alguna en la aguja imantada, pues no he obtenido ninguna anomalía en las variaciones horarias de la declinacion, ni en la altura del barómetro, los dias de terremoto en las regiones intertropicales [63].

Adolfo Erman ha hecho igual observacion en la zona templada con ocasion del terremoto sentido en Irkutsk cerca del lago Baikal el 8 de marzo de 1829. Cuando ocurrió en Cumaná la violenta sacudida de 4 de noviembre de 1799, encontré que la declinacion y la intensidad de la fuerza magnética habian permanecido en su estado normal; pero con gran asombro mio, vi que la inclinacion de la aguja imantada habia disminuido 48'. [64] No tenia motivo alguno para sospechar error en esta observacion; mas durante las otras sacudidas que he esperimentado en el llano de Quito y de Lima, la inclinacion permaneció siempre invariable, de la misma manera que todos los elementos del magnetismo terrestre. Si es cierto, generalmente hablando, que nada hay en el aspecto del cielo ó en el estado de la atmosfera que anuncie en la superficie del globo lo que vá á suceder en sus profundidades, pronto veremos, sin embargo, que las capas aéreas pueden ceder á la influencia de fuertes sacudidas cuyo efecto no es siempre meramente dinámico. Asi es que el estado eléctrico de la atmósfera ha esperimentado notables variaciones durante las sacudidas que han agitado por largo tiempo el suelo de los valles de Pelis y de Cluson, en el Piamonte.

La intensidad de cierto ruido que casi siempre acompaña á los temblores de tierra, no crece en la misma proporcion que la violencia de las sacudidas. Estudiando atentamente las diversas fases del temblor de tierra de Riobamba (4 de febrero de 1797), acontecimiento de los mas terribles que ha mencionado la física de nuestro globo, me convencí plenamente de que la gran sacudida no fué acompañada del mas leve rumor. La formidable detonacion (el gran ruido) que se oyó debajo de tierra en Quito y en Ibarra, pero nó en Tacunga, ni en Hambato, ciudades mas aproximadas sin embargo, al centro de conmocion, no se produjo sino 18 ó 20 minutos despues de la catástrofe. Un cuarto de hora mas tarde del célebre terremoto que destruyó á Lima (28 de octubre de 1746), se oyó en Trujillo un trueno subterráneo, pero sin producir sacudida alguna. Asi tambien, trascurrido largo tiempo desde el gran temblor de tierra de Nueva Granada (16 de noviembre de 1827), descrito por Boussingault, se oyeron en el valle de Cauca detonaciones subterráneas que se sucedian de 30 en 30 segundos pero siempre sin sacudidas.

La naturaleza del ruido es sumamente variable: ya rueda, brama y resuena como si chocaran cadenas; á las veces es vibrante como los estallidos de los truenos cercanos, y tambien otras retumba con estrépito, cual si en las cavernas subterráneas se quebrasen masas de obsidiana ó de rocas vitrificadas. Es sabido que los cuerpos sólidos son escelentes conductores del sonido, y que las ondas sonoras se propagan en la arcilla cocida con una velocidad de diez ó doce veces mayor que en el aire; y por lo tanto los ruidos subterráneos pueden oirse á distancias enormes del punto donde se producen. En los llanos de Calabozo y en las orillas de Rio-Apure en Caracas, uno de los afluentes del Orinoco, es decir, en una estension de 1,300 miríametros cuadrados, se oyó una espantosa detonacion, no acompañada de sacudidas, en el momento mismo en que un torrente de lava salia del volcan de San Vicente, situado en las Antillas á una distancia de 120 miríametros, que es, como si dijéramos, que una erupcion del Vesubio se habia sentido en el Norte de Francia. Cuando ocurrió la gran erupcion de Cotopaxi en 1744, oyéronse detonaciones subterráneas en Honda á orillas del Magdalena, siendo asi que la distancia entre estos dos puntos es de 81 miríametros, su diferencia de nivel de 5,500 metros y están ademas separados por las masas colosales de las Montañas de Quito, de Pasto y de Popayan, y por innumerables valles y torrenteras. Es evidente que el sonido no fué trasmitido por el aire, sino que se propagó por debajo de tierra á gran profundidad. El dia del violento terremoto de Nueva Granada (febrero de 1835) se reprodujeron los mismos fenómenos, en Popayan, Bogotá, Santa Marta, y Caracas, donde el ruido duró siete horas enteras, sin sacudidas en Haití, la Jamaica, y á orillas del lago de Nicaragua.

Aun cuando estos ruidos subterráneos no vayan acompañados de sacudidas, producen siempre honda impresion, aun sobre aquellos que han habitado mucho tiempo en parajes sometidos á frecuentes sacudimientos, pues espérase con ansiedad lo que seguirá á estos gruñidos interiores. Tales fueron los bramidos y truenos subterráneos de Guanaxato, rica y célebre ciudad de Méjico, situada muy lejos de todo volcan activo, [65] los cuales empezaron á las doce de la noche del 9 de enero de 1784, y duraron mas de un mes. He publicado una relacion muy circunstanciada de este notable fenómeno, valiéndome de los documentos que el municipio de la ciudad puso á mi disposicion, y de las narraciones de infinidad de testigos. Del 13 al 16 de enero nadie hubiera dicho sino que ocurria una tempestad subterránea, pues oiánse estallidos semejantes á los del rayo, alternando con el largo retumbar de los lejanos truenos. El ruido cesó como habia empezado, es decir, gradualmente; y estaba limitado á un pequeño espacio, pues á algunos minutos mas allá y sobre un terreno basáltico, ya nada se oia. Casi todos los habitantes se aterrorizaron, y abandonaron la ciudad dejando en ella grandes cantidades de plata en barra, siendo preciso que los mas arrojados volviesen inmediatamente para disputar aquellos tesoros á los ladrones que se habian hecho con ellos. Mientras la duracion completa de este fenómeno, no se sintió sacudida alguna, en la superficie de la tierra, ni aun en las minas próximas, situadas á 500 metros de profundidad. Jamás se habia oido ruido semejante en Méjico, antes de aquella época, ni se ha vuelto tampoco á repetir despues. ¿No podrá deducirse de aquí que hay cavernas en las entrañas de la tierra que se abren ó se cierran súbitamente y dan ó rehusan el paso á las ondas sonoras, que cualesquiera accidentes hayan producido á larga distancia?

Por formidable que sea para el espectador la erupcion de un volcan, siempre queda circunscrita en estrechos límites; mas no sucede lo mismo con los temblores de tierra, pues si bien la vista distingue apenas las oscilaciones del suelo, el asolamiento que estas producen pueden estenderse á miles de leguas. En los Alpes, en las costas de Suecia, en las Antillas, en el Canadá, en Turinga y hasta en los pantanos del litoral del Báltico, se sintieron las sacudidas del temblor de tierra que destruyó á Lisboa el 1.° de noviembre de 1755. Rios lejanos fueron apartados de su curso, fenómeno ya señalado en la antigüedad por Demetrio de Calateo; las fuentes termales de Tæplitz se agotaron en un principio, y despues aparecieron de nuevo con aguas coloreadas de ocre ferruginoso é inundaron la ciudad; en Cádiz las aguas del mar se elevaron á 20 metros sobre su nivel ordinario, y en las pequeñas Antillas, donde la marea no sube casi nunca de 70 á 75 centímetros, se elevaron las olas negras como la tinta, á mas de 7 metros de altura. Háse calculado que las sacudidas se percibieron en este dia fatal, sobre una estension de territorio cuatro veces mayor que la de Europa. Ninguna fuerza destructora, sin esceptuar ni aun la mas mortífera de nuestras invenciones, es capaz de hacer perecer á tantos hombres á la vez en un espacio de tiempo tan corto, en algunos minutos, y en algunos segundos, perecieron sesenta mil hombres en Sicilia el año 1693; treinta ó cuarenta mil en el temblor de tierra de Riobamba de 1797, y quizás cinco veces otros tantos en el Asia menor y en Siria en tiempo de Tiberio y Justino el Anciano, hácia los años 19 y 526.

En la cadena de los Andes de la América del Sur, sucede con frecuencia que duran sin interrupcion los temblores de tierra muchos dias. En cuanto á aquellos que se dejan sentir casi á cada hora, por meses enteros, no conozco ejemplar que no haa ocurrido en lugares apartados de todo volcan activo; á saber: en la vertiente oriental del Mont-Genis; en Fenestrella y Pigneroles desde el mes de abril de 1808; en los Estados-Unidos de la América del Norte, entre New-Madrid y Little-Prairie [66] al Norte de Cincinnato en diciembre de 1811 y durante el invierno entero de 1812; y últimamente, en el bajalato de Alepo hácia los meses de agosto y de setiembre de 1822. Generalmente el pueblo no tiene sino nociones muy imperfectas acerca de los grandes fenómenos de la naturaleza, que atribuye siempre á causas locales; y asi es que cuando se prolongan las sacudidas, teme al punto la formacion de un volcan. Es muy raro que los acontecimientos justifiquen este temor; mas tal acaeció, sin embargo, en el volcan de Jorullo, que despues de noventa dias de sacudidas y truenos subterráneos, surgió de repente en medio del llano basta la altura de 510 metros, el 29 de setiembre de 1759.

Si fuera posible reunir noticias del estado diario de toda la superficie terrestre, se adquiriria bien pronto la conviccion de que se halla siempre agitada por sacudidas en alguno de sus puntos, incesantemente sometida á la reaccion de la masa interior. Basta considerar la frecuencia y universalidad de este fenómeno, provocado indudablemente por la elevacion de temperatura, y el estado de fusion de las capas inferiores, para comprender que es independiente de la naturaleza del suelo en que se manifiesta. Aun en los terrenos de aluvion tan movibles de Holanda, hácia Midelburgo y Flesinga, ha habido temblores de tierra. Lo mismo se producen en el granito que en el micaschisto, en la caliza como en la piedra arenisca, en la traquita como en la amigdaloide. No es la constitucion química de las rocas, sino su estructura mecánica, la que influye sobre la propagacion de la sacudida ó de las ondas de conmocion. Cuando estas ondas siguen á lo largo de una costa, ó al pie y en la direccion de una cadena de montañas, se ha notado, hace muchos siglos, que algunas veces parece como que se interrumpen; pero no hay tal cosa: el quebrantamiento no ha cesado sin embargo; salvo que entonces se propaga por el interior de la tierra sin dejarse sentir nunca en estos puntos de la superficie; y aun por eso los Peruanos, dicen que estas capas superiores donde nunca se siente conmocion forman «como un puente» [67]. Como parece que las cadenas de montañas han sido solevantadas sobre largas fallas, es probable que las paredes de estas hendiduras favorezcan la propagacion de las ondas que se mueven en su misma direccion, si bien es verdad que las ondas de conmocion se propagan alguna vez en direccion perpendicular á la de varias cadenas paralelas. De esta manera las vemos atravesar al mismo tiempo la cordillera del litoral de Venezuela y la Sierra de Parime. Los temblores de tierra se propagaron en Asia (el 22 de enero de 1832) desde Labora y el pie del Himalaya, á través de la cadena del Indo-kho, hasta Badakschan y el Oxus superior, y aun hasta Bokhara [68]. Tambien sucede que los círculos de conmocion ganan terreno, para lo cual basta un solo temblor de tierra mas violento que los otros. Desde la destruccion de Cumaná (14 de setiembre de 1797), y solo desde esta época, la península de Maniquarez, situada en frente de las colinas calizas del continente, esperimenta en sus capas de micaschisto todas las alteraciones de la costa meridional. Las sacudidas que agitaron casi sin interrupcion desde 1811 á 1813, el suelo de los valles del Misisipí, del Arkansas y del Ohio, iban adelantando hácia el Norte de una manera sorprendente. No parece sino que destruidos los obstáculos subterráneos y la via libre, el movimiento ondulatorio se propaga mas en ella cada vez que se produce.

Si puede creerse á primera vista que los temblores de tierra producen efectos puramente dinámicos, estudiando los hechos mas corroborados se reconoce bien pronto que no se limitan á levantar de su antiguo nivel países enteros, tales como la costa de Chile en noviembre de 1822, y Ulla-Bund en junio de 1819, despues del temblor de tierra de Cuth, sino que dan nacimiento tambien á erupciones de agua caliente (en Catania 1818), de vapores acuosos (en el valle del Misisipí, cerca de Nueva-Madrid, 1812); de miasmas tan perjudiciales á los rebaños que pastan en los Andes, de lodo, de negra humareda, y aun de llamas, (en Mesina, 1783 y en Cumaná 1797). Durante el gran temblor de tierra que destruyó á Lisboa el 1.° de noviembre de 1755, viéronse salir llamas y columnas de humo de una grieta formada nuevamente en la roca de Alvidras, cerca de la ciudad, tanto mas espesa, cuanto las detonaciones subterráneas eran mas intensas [69]. No hubo erupcion alguna durante la catástrofe de Riobamba á pesar de su proximidad á muchas montañas volcánicas; pero salian del fondo de la Tierra gran número de eminencias ó protuberancias cónicas, formadas de una materia que los indígenas llaman moya compuesto singular de carbon, cristales de augita y de conchas silíceas de infusorios. Considerable cantidad de gas ácido carbónico que salió de las grietas durante el temblor de tierra de Nueva-Granada (16 de Noviembre de 1827), en el valle de la Magdalena, asfixió á multitud de serpientes, ratas y otros animales que vivian en las cavernas. Por último, violentas sacudidas ocasionaron en el Perú y en la provincia de Quito cambios bruscos de temperatura, y anticipado la estacion de las lluvias á su época ordinaria bajo los trópicos. Ignórase si es preciso atribuir estos fenómenos á los vapores que surgieron de las entrañas de la Tierra y se mezclaron con la atmósfera, ó á una perturbacion que hubieran determinado las sacudidas en el estado eléctrico de las capas aéreas. En las regiones intertropicales de América, trascurren á veces diez meses enteros sin que caiga del cielo una sola gota de agua, y los indígenas miran los temblores de tierra que se repiten frecuentemente sin perjudicar sus chozas de bambú, como felices precursores de fecundantes lluvias.

El comun orígen de los fenómenos que acabo de describir, se baila aun envuelto en la oscuridad. Indudablemente es preciso atribuir á la reaccion de los vapores sometidos á una presion enorme en el interior de la tierra, todas las sacudidas que agitan su superficie, desde las mas formidables esplosiones hasta esas débiles conmociones, en modo alguno peligrosas, que se sintieron durante muchos dias en Scaccia de Sicilia, antes del levantamiento volcánico de la nueva isla de Julia. Es evidente que el foco donde nacen y se desarrollan estas fuerzas destructoras está situado debajo de la costra terrestre, ¿pero á qué profundidad? Lo ignoramos; así como la naturaleza química de estos vapores tan violentamente comprimidos. En mis observaciones al borde del Vesubio, ó sobre la roca que se levanta como una torre sobre el cráter de Pichincha, sentia constantemente las sacudidas con 20 ó 30 segundos de anterioridad á la erupcion de los vapores ó de las escorias incandescentes, siendo tanto mas fuertes las sacudidas cuanto mas tardías eran las esplosiones, porque entonces se acumulaban los vapores en mayor cantidad. En esta observacion, tan sencilla y confirmada tan frecuentemente por la esperiencia de todos los viajeros, se encuentra la esplicacion general del fenómeno. Los volcanes activos son como válvulas de seguridad para las regiones vecinas: y por el contrario, si se cierra la abertura del volcan y la comunicacion del interior con la atmósfera se interrumpe, el peligro aumenta, y el país cercano está amenazado de sacudimientos próximos. En general los temblores de tierra mas fuertes, no se producen cerca de los volcanes en actividad, como lo prueban los que han destruido á Lisboa, Caracas, Lima, Cachemira [70], y un considerable número de ciudades en Calabria, Siria y el Asia menor.

Si la actividad de los volcanes, cuando no encuentra salida, se ejerce contra el suelo y provoca temblores de tierra, estos, á su vez, obran por reaccion sobre los fenómenos volcánicos. Las grietas ayudan á la formacion de los cráteres de erupcion y favorecen las reacciones químicas que en ellos se engendra por el contacto del aire. Una columna de humo que salia del volcan de Pasto, en la América del Sud, desapareció súbitamente el 4 de Febrero de 1797, durante el gran temblor de tierra que destruyó á Riobamba, 36 miriámetros mas allá, hácia el Sud. Temblores de tierra que se hacian sentir en toda la Siria, en las Ciclades y en Eubea, cesaron de repente en el momento mismo en que un torrente de materias ígneas brotaba en las llanuras de Chalcis [71]. Refiriendo este hecho el célebre geógrafo d'Amasea, añade: «que desde que las bocas del Etna se han abierto y vomitan fuego; desde que las masas de agua y de lavas en fusion pueden ser arrojadas fuera, el litoral padece menos temblores de tierra que cuando los cráteres estaban cerrados antes de la separacion de la Sicilia y de la Italia.»

Es, pues, indudable, que la fuerza volcánica interviene en los temblores de tierra; pero esta potencia universalmente esparcida como el calor central del planeta, llega raramente, y esto en algunos puntos aislados, á producir fenómenos de erupcion. Las masas liquefactas de basalto, de melafiro y de grunstein que surgen del interior, llenan poco á poco las hendiduras y acaban por cerrar toda salida á los vapores. Cuando estos se acumulan, acrece su tension, y su reaccion contra la costra terrestre puede ejercerse de tres maneras distintas: ó quebrantan el suelo, ó le levantan bruscamente, ó varian con lentitud la diferencia de nivel entre los continentes y los mares. Esta última accion no es sensible sino despues de largos años, y fué observada por primera vez en una estension considerable de Suecia.

No terminaremos nuestras consideraciones acerca de este gran fenómeno que hemos examinado menos aun en sus detalles que en sus relaciones generales con la física del globo, sin señalar tambien el orígen de la impresion profunda y del efecto singularísimo que el primer temblor de tierra que sentimos, nos produce, aun cuando no venga acompañado de ruidos subterráneos. Esta impresion no proviene, en mi juicio, de que las imágenes de las catástrofes cuyo recuerdo ha conservado la historia se ofrecen en tropel entonces á nuestra imaginacion. Lo que nos embarga es que perdemos de una vez la confianza innata en la estabilidad del suelo. Desde nuestra infancia nos acostumbramos al contraste de la movilidad del agua con la inmovilidad de la tierra, hábito fortificado con el testimonio constante de nuestros sentidos, basta que el suelo tiemble para que se destruya la esperiencia de toda la vida. Es una potencia desconocida que se revela de repente; vése que la calma de la naturaleza era una ilusion, y nos sentimos arrojados violentamente en un caos de fuerzas destructoras. Entonces, cada ruido, cada golpe de aire llama la atencion, y desconfiamos, sobre todo, del suelo sobre el cual se anda. Los animales, principalmente los cerdos y los perros, esperimentan esta angustia; los cocodrilos del Orinoco, tan mudos de ordinario como nuestros pequeños lagartos, abandonan el lecho movido del rio y corren bramando hácia el bosque. El temblor de tierra se presenta al hombre como un peligro indefinible pero siempre amenazador. Se puede huir de un volcan, evitar un torrente de lava; pero cuando se estremece la tierra ¿á donde huir"? por todas partes creemos caminar sobre un foco de destruccion. Felizmente los resortes de nuestra alma no pueden estar tirantes largo tiempo, y aquellos que habitan un país en donde las sacudidas son poco sensibles y se suceden con cortos intérvalos, acaban por esperimentar apenas un débil sentimiento de temor. En las costas del Perú el cielo siempre está sereno; no se conoce el granizo ni los huracanes, ni las espantosas esplosiones del rayo: el trueno subterráneo que acompaña á las sacudidas del suelo, reemplaza al trueno de las nubes. Merced á una larga costumbre y á la opinion muy generalizada de que hay únicamente tres sacudidas desastrosas que temer en cada siglo, los temblores de tierra no inquietan en Lima, mas casi que la caida del granizo en la zona templada.

Despues de haber considerado á la Tierra como fuente de calórico, de corrientes electro-magnéticas, de la luz de las auroras polares, y de los movimientos irregulares que agitan su superficie, réstanos describir los productos materiales de las fuerzas que animan nuestro planeta, y las modificaciones químicas que se efectuan en sus capas superiores, y aun en la misma atmósfera. Vemos salir del suelo vapores acuosos; efluvios de gas ácido carbónico, casi siempre sin mezcla de ázoe [72]; gas hidrógeno sulfurado, vapores sulfurosos; y con mas rareza, vapores de ácido sulfúrico ó de ácido hidroclórico [73]; por último, gas hidrógeno carbonado, del cual se sirven desde hace miles de años en la provincia china de Sse-Tchuan [74] para alumbrarse y calentarse y que acaba de aplicarse recientemente á los mismos usos en Fredonia pequeña ciudad del Estado de New-York en los Estados-Unidos de América. Las grietas de donde escapan estos gases y vapores no se presentan únicamente en las cercanías de los volcanes, sino que se las encuentra tambien en las regiones donde faltan el traquito y las demás rocas volcánicas. En la cordillera de Quindiu, á 2,080 metros sobre el nivel del mar, he hallado azufre depositado en el micaschisto por cálidos vapores sulfurosos [75]; y al Sud de Quito, cerca de Ticsan, en el Cerro-Cuello, esta roca misma que se tenia antes por primitiva, contiene un enorme lecho de azufre en medio del cuarzo puro.

De todas estas emanaciones gaseiformes, las mas numerosas y abundantes son las de ácido carbónico denominadas tambien mofetas. En las regiones volcánicas, como son en Alemania, el valle profundamente quebrado del Eifel, los alrededores del lago Lach, el circo de Wehr y la Bohemia occidental, las emisiones de ácido carbónico aparecen como un último esfuerzo de la actividad volcánica. En épocas anteriores, el calor mas fuerte del globo terrestre y el número considerable de grietas que las rocas ígneas no habian cortado aun, favorecieron poderosamente estas emisiones; grandes cantidades de vapores de agua caliente y de gas ácido carbónico se mezclaron con la atmósfera, y produjeron en casi todas las latitudes esa vegetacion exhuberante, esa plenitud de desarrollo orgánico cuyo cuadro ha trazado Adolfo Brongniart [76]. En las regiones cálidas y húmedas, donde la atmósfera se halla siempre sobrecargada de gas ácido carbónico, los vegetales encontraron condiciones tan favorables á su desarrollo y abundancia de sustancias propias para su nutricion, que pudieron formar los materiales de las capas de carbon de piedra y de lignito, fuentes casi inagotables de fuerza física y de bienestar para las naciones. Estos lechos de combustibles están repartidos principalmente en cuencas que la naturaleza parece haber concedido especialmente á ciertas regiones de Europa, tales como las Islas Británicas, la Bélgica, la Francia, las provincias Rinianas interiores y la Silesia superior. La enorme cantidad de ácido carbónico cuya combinacion con la cal ha producido las rocas calizas, formando esas grandes capas en que solo entra próximamente como una octava parte de carbono [77], salió entonces del fondo de la Tierra, bajo la influencia predominante de las fuerzas volcánicas. Lo que no pudieron absorber las tierras alcalinas, se repartió en la atmósfera, donde los vejetales del antiguo mundo se nutrieron incesantemente; el aire, purificado así por el desarrollo de la vida vegetal, no contiene ya hoy dia sino una preparacion de gas ácido carbónico estremadamente escasa y sin influencia deletérea en las organizaciones animales del mundo actual. Por entonces tambien, abundantes emisiones vaporosas de ácido sulfúrico ocasionaron la destruccion de las innumerables especies de moluscos y peces que habitaban las aguas del antiguo mundo, y formaron las capas de yeso contorneadas en todos sentidos y sometidas por aquel tiempo, sin duda alguna, á frecuentes sacudidas.

Causas físicas análogas hacen surgir aun hoy del seno de la Tierra, gases, líquidos, légamos y lavas hirvientes; pudiendo ser considerados los cráteres de erupcion como especies de fuentes intermitentes [78]. Todas estas materias deben su temperatura y su constitucion química á los mismos lugares de donde surgen. El calor medio de las fuentes es inferior al de la atmósfera cuando sus aguas descienden de las alturas; y ya hemos indicado la ley numérica de esta progresion con que aumenta el calor cuanto mas profundas son las capas que las aguas atraviesan. Las procedentes de lo alto de las montañas pueden mezclarse á las del interior de la Tierra, de donde resulta que la temperatura de las fuentes no dá siempre con exactitud la posicion de las líneas isogeotermas ó líneas de igual temperatura interna de la Tierra [79]; como notamos mas de una vez mis compañeros de viaje y yo en el Asia septentrional. La temperatura de las fuentes, de la cual se han ocupado los físicos desde hace medio siglo, depende, como el límite de las nieves perpétuas, de causas mu y complejas y numerosas, y se halla en relacion con la temperatura de la capa terrestre de donde surge el manantial, con el calor específico del suelo, y finalmente, con la cantidad y temperatura de las aguas pluviales [80]; temperatura que difiere esencialmente de la que tienen las capas inferiores de la atmósfera [81].

Para que los manantiales frios puedan darnos fielmente la temperatura media, es preciso que estén puros de toda mezcla con las aguas que descienden de las alturas ó con las que vienen de capas muy profundas, y que ademas recorran un largo trayecto subterráneo á la profundidad constante de 13 á 19 metros en nuestros climas, y de poco mas de 1 metro, segun ha observado Boussingault, en las regiones equinociales [82]. Con efecto, la temperatura no comienza á ser constante en aquellas diferentes regiones, sino en las capas que se encuentran á las profundidades indicadas; ó en otros términos; á las capas en que las variaciones horarias diurnas, y aun mensuales, de la atmósfera, dejan de ser perceptibles.

Hállanse manantiales termales en toda especie de terreno; y aun puede asegurarse que los permanentes de mas calor se han hallado lejos de los volcanes. Citaré dos ejemplos que tomo de mis diarios de viaje, á saber, las Aguas calientes de las Trincheras en la América del Sud, entre Puerto-Cabello y Nueva-Valencia, y las Aguas de Comangillas, cerca de Guanaxuato, en el imperio de Méjico. Las primeras salian del granito y tenian 90°,3; las segundas salian del basalto y señalaban 96°,4.

Segun lo que sabemos respecto del crecimiento del calórico en el interior de la Tierra, las capas donde estas aguas adquieren una temperatura tan elevada deben estar situadas á una profundidad de 2,200 metros. Si el calor interno de la Tierra es la causa general que produce los manantiales calientes, las rocas que estos atraviesan no pueden modificar su temperatura sino en virtud de su permeabilidad ó de su capacidad para el calórico. Los mas calientes de todos los manantiales permanentes, aquellos cuya temperatura es de 95° ó de 97, son tambien los mas puros y menos cargados de materias minerales en disolucion; pero su calor es menos constante que el de los manantiales comprendidos entre 50 y 74°. La invariabilidad de estos, bajo la relacion de la temperatura y de la composicion química, se ha conservado de una manera muy notable, al menos en Europa, desde hace cincuenta ó sesenta años, es decir, desde que la exactitud de nuestras medidas termométricas y de nuestras análisis ha permitido comprobarlo. Boussingault ha encontrado en las termas de las Trincheras, una variacion de 7 grados próximamente en veintitres años; su temperatura ha subido desde 90°,3 á 97° desde mi viaje en 1800, basta 1823, época del de Boussingault [83]. Este manantial, cuyas aguas corren con la mayor regularidad, tiene, pues, próximamente 7° mas de calor que los manantiales de Geyser y de Strokr últimamente estudiados con cuidado estremo por Krug de Nidda. La repentina aparicion del Jorullo, nuevo volcan cuya existencia se ignoraba antes de mi viaje á América, ha demostrado cómo pueden proceder los manantiales de agua caliente de las aguas pluviales que caen en el interior de la Tierra para reaparecer mas lejos, despues de haber estado en contacto con un foco volcánico. Cuando el Jorullo se elevó de repente en Setiembre de 1759, á 513 metros sobre las llanuras que le rodean, dos pequeños rios llamados de Cuitimba y San Pedro, desaparecieron á la par: algun tiempo despues fuertes sacudidas les abrieron salida, y reaparecieron bajo la forma de manantiales termales. En 1803 medí su temperatura y era de 65°,8.

Es cierto que los manantiales de la Grecia corren en la actualidad por los mismos lugares donde corrian en los tiempos helénicos. El manantial de Erasinos, situado á dos horas al Sud de Argos, en la vertiente de Chaon, ha sido citado por Herodoto. En Delfos se ve todavía la Cassotis (hoy la fuente de San Nicolás), que sale de la tierra al Sud de la Lesche, y cruza el templo de Apolo: la Castalia corre siempre al pié del Parnaso, y la del Pireno cerca de la Acrocorintia; las termas de Ædepso, á donde Sila se bañaba durante la guerra de Mitrídates, existen aun hoy en la Eubea [84]. Cito con gusto estos detalles, porque enseñan que á pesar de los violentos temblores de tierra que agitan con tanta frecuencia aquel país, las capas interiores han conservado, al menos desde hace dos mil años, su forma primitiva, y hasta las pequeñas grietas por donde vierten sus aguas estos manantiales. La fuente surtidora de Lillers, departamento del Paso de Calais, fué horadada hácia el año 1126; desde esta época ha corrido sin interrupcion á la misma altura y con la misma abundancia. Finalmente, el hábil geógrafo de las costas de la Caramania, el capitán Beaufort, ha visto brillar, cerca del antiguo Phasélis, las llamas volcánicas que habia descrito Plinio como llamas vomitadas por la Quimera de Lycio [85]. Al hacer notar Arago, desde 1821, que cuanto mas profundos son los pozos artesianos, mas elevada temperatura tienen sus aguas, ha esclarecido singularmente la teoría de las fuentes termales; porque esta observacion abre una nueva senda á las investigaciones que tienen por objeto fijar la ley del decrecimiento del calor interno del globo [86]. Háse reconocido en estos últimos tiempos que San Patricio [87], obispo de Pertusa, se habia formado una idea muy exacta de éstos fenómenos hacia fines del siglo III, al examinar las fuentes de agua caliente de Cartago. Le preguntaron cuál podría ser el orígen de estas aguas en ebullicion que salian del seno de la tierra, á lo que contestó: «que no solamente las nubes contenian fuego, sino que tambien se le encontraba en las profundidades de la tierra, como lo demostraban el Etna y otras montañas de los alrededores de Napóles. Las aguas subterráneas suben por una especie de sifones; las que corren lejos del fuego interior aparecen frías; las que manan cerca de este fuego son calientes, y llegan á la superficie de la tierra que habitamos con un calor insoportable.»

Puesto que los temblores de tierra vienen frecuentemente acompañados de emisiones de agua y de vapores, podemos considerar las salsas ó pequeños volcanes de fango, como el punto de transicion de las emisiones gaseosas y de los manantiales termales á las espantosas erupciones de los montes ignívomos. Con efecto, si esos manantiales irregulares de materias fundidas, que llamamos volcanes, dan nacimiento á las rocas volcánicas, por su parte los manantiales termales, cuyas aguas están cargadas de ácido carbónico y de gas sulfuroso, producen por via de depósito, de una manera lenta, pero contínua, capas de travertino horizontalmente superpuestas, ó bien forman montecillos cónicos, como en la Argelia por ejemplo, y en los Baños de Caxamarca sobre la vertiente occidental de las cordilleras peruanas. Carlos Darwin ha encontrado restos de una vejetacion primitiva en el travertino de la tierra de Van-Diemen, cerca de Hobart-Town; y ya hemos citado las dos rocas, la lava y el travertino, cuya produccion se continúa aun á nuestra vista, con objeto de señalar los dos estremos de las formaciones geológicas.

Las salsas ó volcanes de fango merecen, en mi concepto, mayor atencion que la que han acostumbrado á concederles los geólogos. El haber desconocido la importancia de este fenómeno, depende de que hasta ahora no se ha considerado mas que la última de las dos fases que presenta, es decir, el período de calma en que persisten las salsas durante siglos enteros. La aparicion de las salsas va acompañada de temblores de tierra, de truenos subterráneos, del levantamiento de regiones enteras y de emisiones de llamas que se elevan á gran altura, si bien son de corta duracion. Cuando se formó la salsa de Jokmali, el 27 de Noviembre de 1827, en la península de Abscheron, al Oriente de Bakon (mar Caspio), las llamas subieron á una altura estraordinaria, y el fenómeno duró tres horas. Durante las veinte siguientes se elevaron apenas á un metro sobre el cráter de erupcion del cieno. Cerca del pueblo de Baklichi, al Oeste de Bakon, la columna de fuego fué tan alta, que se distinguía á distancia de 4 ó 5 miriámetros. Enormes trozos de piedra, arrancados indudablemente de grandes profundidades, fueron arrojados á distancias muy considerables. En las inmediaciones de la salsa del monte Zibio, hoy en calma, cerca de Sassuolo, en la Italia septentrional, se ven todavía pedazos de aquella especie. La salsa siciliana de Girgenti (Macalubi), cuya descripcion nos dejaron los antiguos, se mantiene, de 15 siglos á esta parte, en el segundo período de su actividad, y la componen montecillos cónicos colocados por hileras de tan varia forma como altura, siendo esta última de 2, 3 y aun de 30 metros. De la cuenca superior, muy pequeña y llena de agua, manan torrentes de fango arcilloso acompañados de desprendimientos periódicos de gas. Ordinariamente estos fangos salen frios, pero hay parajes en que brotan calientes, como en Damak, por ejemplo, provincia de Samarang, en la isla de Java. Las erupciones gaseiformes acompañadas de ruido son tambien de naturaleza variable, y se La encontrado en ellas el hidrógeno mezclado con vapores de nafta, de gas ácido carbónico y aun de azoe casi puro [88]. La existencia de este último gas ha sido comprobada por Parrot en la península de Taman, y por mí mismo en los pequeños volcanes de Turbaco (América del Sud).

La aparicion de los volcanes de fango ofrece siempre cierto carácter de violencia, si bien no pueden quizás citarse dos fenómenos de este género que la ofrezcan en igual grado; despues de la primera erupcion acompañada de llamas, presentan al observador el aspecto de una actividad interior del globo terrestre, débil, es cierto, pero contínua, y que siempre va ganando terreno. Pronto llega á cortarse la comunicacion con las capas profundas en donde reina un intenso calor, y vienen las erupciones de fangos frios á demostrarnos que el sitio del fenómeno en esta segunda fase no tiene quizás su asiento á mucha distancia de la superficie. La reaccion del interior del globo contra su corteza esterior se manifiesta con una fuerza completamente distinta en los volcanes propiamente dichos, esto es, en los puntos donde existe comunicacion, ya sea permanente, ya periódica, con un foco situado á gran profundidad. Es preciso distinguir cuidadosamente todos los efectos volcánicos mas ó menos pronunciados, tales como los temblores de tierra; las fuentes de agua caliente ó de vapores; los volcanes de fango; la ereccion de las montañas de traquita á manera de cúpula ó campana, pero sin escavacion; la formacion de una abertura en el vértice de estas montañas, ó la de un cráter de elevacion en los terrenos basálticos; y la aparicion final de un volcan permanente en estos mismos cráteres, ó en medio de los restos de su andamiada primitiva. En épocas diferentes, y segun sus distintos grados de actividad y de potencia, los volcanes permanentes emiten vapores acuosos ó ácidos, escorias incandescentes, y cuando las resistencias han sido vencidas, estrechas corrientes de lava fundida bajo la forma de prolongados arroyos de fuego.

Con no menor energía, si bien de una manera mas local, se ha manifestado tambien la reacion del interior de nuestro planeta en el solevantamiento de porciones aisladas de la costra terrestre, causado por los vapores elásticos, y que aparece bajo las formas de cúpulas redondas de traquita feldespática y de dolerita (Puy de Dome, Chimborazo); ó en el rompimiento de las capas á consecuencia de la presion de abajo á arriba y en la sucesiva elevacion de las mismas, de tal suerte que producen una vertiente interior, dando asi lugar á que se forme el recinto de un cráter de elevacion. Este cráter presenta el aspecto de una isla volcánica, cuando el fenómeno de que hablamos se efectúa en el fondo del mar, cosa que no suele ser muy comun. De este modo se ha formado el circo de Nisyros en el mar Egeo [89], y el de Palma, descrito con notable erudicion por Leopoldo de Buch. Sucede á veces que una mitad del recinto se destruye, y el mar labra en ella cuencas donde levantan sus celdillas las familias de los corales. Los cráteres de solevantamiento están con frecuencia llenos de agua aunque se hallen situados en lo interior de los continentes, y dan entonces al paisaje un carácter particular y un aspecto sumamente pintoresco. Su formacion es independiente de la naturaleza de los terrenos: se producen igualmente en el basalto que en el traquito, en el porfiro leucitico (Somma), ó en las mezclas de augita y de labrador análogas á la dolerita; y de aquí el que ofrezcan los bordes de los cráteres tan grande variedad de formas. «Estos recintos no presentan señal alguna de erupcion, en ellos no hay abierta comunicacion permanente con un foco subterráneo, y es raro encontrar vestigios, ni en el interior, ni en las cercanias de estos cráteres, de una actividad volcánica todavía en accion. Las fuerzas que producen efectos tan considerables han debido permanecer acumuladas por largo tiempo y hundirse en el interior, antes de vencer la resistencia que oponia la presion de la masa superior, y de haber podido levantar, por ejemplo, nuevas islas sobre el nivel del mar, quebrando rocas de formacion granítica y conglomerados (capas de toba que contienen plantas marinas). Los vapores fuertemente comprimidos se escapan por estos cráteres; pero la enorme masa asi levantada vuelve á caer, y cierra inmediatamente la abertura que originó aquel violento esfuerzo, de suerte que no llega á constituirse un volcan [90]

Un volcan propiamente dicho, no existe sino allá donde hay una comunicacion permanente del interior del globo con la atmósfera. Entonces, la reaccion del interior contra la superficie procede por largos periodos, pudiendo estar interrumpida durante siglos y reproducirse enseguida con nueva energía, como antiguamente acaeció en el Vesubio (Fisove) [91]. En Roma pensábase ya en tiempo de Neron en colocar al Etna entre los volcanes que se apagan poco á poco [92]; mas tarde afirmó Eliano que su vértice se hundia porque los navegantes no lo distinguian ya de tan lejos como otras veces [93]. Si los indicios de la primera erupcion subsisten, y se conserva intacta la armazon primitiva, entonces el volcan se alza del centro de un cráter de levantamiento, y el cono de erupcion está rodeado de una muralla circular de rocas cuyo asiento ha sido fuertemente empujado hácia arriba. Algunas vcces, no se encuentran vestigios del recinto que formaba esta especie de círculo, y en tales casos el volcan cuya figura no es siempre circular, se levanta inmediatamente sobre una meseta á la manera de prolongada cumbre; tal es el Pichincha, al pie del cual está construida la ciudad de Quito.

Asi como la naturaleza de las rocas, es decir, la mezcla ó la asociacion de las especies minerales simples que se reúnen para formar el granito, la roca y el micasquisto, ó el traquito, el basalto y la dolerita, no depende de nuestros climas actuales, y permanece idéntica en todas las latitudes, asi tambien vemos que por do quiera las mismas leyes presiden al órden de superposicion de las capas que componen la corteza terrestre, á sus mútuas penetraciones y á los efectos de su levantamiento. Cabalmente en el aspecto de los volcanes, es donde se ha puesto de manifiesto esta identidad general de forma y de estructura. Cuando el navegante alejándose de su patria llega á otros cielos, en donde estrellas desconocidas sustituyen á las constelaciones que acostumbraba ver, encuentra en las islas y mares apartados palmeras, arbustos nuevos para él, y las especies raras de una flora exótica; pero la naturaleza inorgánica le ofrece siempre parajes que le recuerdan las cúpulas redondeadas de las montañas de la Auvernia, los cráteres de levantamiento de Canarias ó de las Azores, el Vesubio y las grietas eruptivas de la Islandia. Basta dirigir una mirada al Satélite de nuestro planeta, para comprender la analogía que acabamos de señalar. Los mapas de la Luna, dibujados con ayuda de medianos telescópios, nos enseñan la superficie de este astro sembrada de vastos cráteres de levantamiento rodeados de eminencias cónicas ó encerrados en los recintos circulares que las mismas constituyen. Es imposible desconocer aquí, los efectos de una reaccion del interior del globo lunar contra las capas esteriores, reaccion eminentemente favorecida por la escasa pesantez que reina en la superficie de nuestro Satélite.

Si á los volcanes se llama con justa razon en muchas lenguas montañas ignívomas, no por ello deduciremos que estas montañas se hayan formado siempre por la acumulacion incesante de corrientes de lava. Su composicion parece mas bien resultar en general de un levantamiento brusco de las masas reblandecidas de traquito, ó de augita mezclada con labrador. La altura del volcan dá la medida de la fuerza que lo ha producido. Hay tanta variedad en esta altura, que ciertos cráteres tienen apenas las dimensiones de una simple colina (tal es el volcan de Cosima, una de las kuriles japonesas), en tanto que en otros paisajes se ven conos de 6,000 metros de elevacion. La altura de los volcanes, me ha parecido que ejerce una grande influencia en sus erupciones; y que su actividad esta en razon inversa de su altura. Consideremos en efecto, la serie siguiente: el Estromboli (707 metros); en la provincia de Quiros, el Guacamayo, que truena casi todos los dias, (yo lo he oido frecuentemente en las inmediaciones de Quito, á una distancia de 16 miríametros); el Vesubio (1181 metros); el Etna (3313 metros); el Pico de Tenerife (3711 metros); el Cotopaxi (5812 metros). Si los focos de todos estos volcanes estuvieran situados á la misma profundidad, es evidente que la fuerza necesaria para elevar la masa de lava en fusion hasta sus repectivos vértices, debe crecer en proporcion de sus alturas. No ha de sorprendernos pues que el mas bajo de todos, el Estromboli se halle en plena actividad desde los tiempos de Homero, y sirva aun hoy de faro á los navegantes, en tanto que volcanes seis ú ocho veces mas elevados parecen condenados á largos intervalos de inaccion. Tales son, en su mayor parte, los colosos que coronan las cordilleras, cuyas erupciones se renuevan apenas una vez por siglo. Esta ley de que hablo marcada por mí hace tiempo, tiene á la verdad algunas escepciones, pero creo que pueden resolverse todas las dificultades admitiendo que la comunicacion del cráter con el foco volcánico, no es siempre igualmente libre y contínua en todos los volcanes. Por otra parte, concíbese que el canal de comunicacion de un volcan poco elevado pudiera obliterarse durante un cierto tiempo, y por consiguiente disminuirse sus erupciones sin que de aquí se deduzca su próxima estincion.

Las precedentes consideraciones acerca de la relacion que existe entre las alturas absolutas de los volcanes y la frecuencia de las erupciones, nos conducen naturalmente al exámen de las causas que determinan el derrame de la lava en tal ó cual punto de una montaña volcánica. Rara vez se verifica la erupcion por el cráter mismo, antes bien se efectúa por aberturas laterales situadas hácia aquellos puntos en que la pared de la montaña ofrece menos resistencia: observacion ya hecha sobre el Etna, el siglo XVI, por un jóven que fue mas tarde el célebre historiador Bembo [94]. Fórmanse alguna vez conos de erupcion en estas grietas laterales, que han sido tenidos cuando grandes por nuevos volcaues, por mas que su direccion comun con la de la grieta que le cierra, demuestra lo contrario. Los conos menos elevados toman una forma redondeada semejante á la de las campanas ó las colmenas, y se hallan reunidos en grupos en grandes estensiones de terreno. Tales son los hornitos de Jorullo [95], los conos que surgieron de los costados del Vesubio durante la erupcion de octubre de 1822, los del volcan de Awatcha, segun Postéis, y los de Lavendfeld cerca de las montañas Baidares en el Kamtschatka, segun Erman.

En vez de estar libres y aislados en medio de las llanuras, pueden los volcanes hallarse rodeados como los de la doble cadena de los Andes de Quito, de una meseta de 3 ó 4,000 metros de elevacion. Esta circunstancia bastaria quizás para esplicar los fenómenos particulares de aquellos volcanes que no vomitan nunca lava, aun en medio de formidables erupciones de escorias incandescentes, y de esplosiones que se ojen á mas de cien leguas [96]. Tales son los volcanes de Popayan, los de la meseta de los Pastos y los de los Andes de Quito, salvo el volcan de Antisana, único quizás que se esceptúa entre estos últimos.

Lo que da á un volcan su fisonomía particular, es en primer término: la altura del cono de cenizas; despues, la forma y la magnitud de su cráter. Pero estos dos elementos principales de la configuracion general de las montañas ignívomas, el cono de cenizas y el cráter, no dependen de ninguna manera de las dimensiones de la misma montaña. Asi, por ejemplo, la altura del cono del Vesubio es como de la de toda la montaña, al paso que en el Pico de Tenerife aquella altura es , solamente de la altura total, no obstante que el Vesubio es de 3 veces menor elevacion que el Pico. Bajo este respecto, el Rucu-Pichincha, volcan mucho mavor que el de Tenerife, se asemeja al Vesubio.

De todos los volcanes que he visto en ambos hemisferios, el Cotopaxi es el que tiene el cono mas regular y mas pintoresco. El súbito deshielo de las nieves que le coronan anuncia la proximidad de la erupcion; y antes de subir el humo al aire enrarecido que se respira en el vértice y la abertura del cráter, las paredes del cono de cenizas llegan al estado de incandescencia, y brillan con luz rojiza, en tanto que la montaña aparece como una enorme masa negra de siniestro aspecto.

Situado casi siempre en la cima de la montaña el cráter de los volcanes, forma un valle profundo semejante á un cono truncado, cuyo fondo es casi siempre accesible á pesar de sus contínuos cambios; y aun puede decirse que la mayor ó menor profundidad del cráter es un indicio que permite juzgar si la última erupcion es ó no reciente. Largas hendiduras, de donde se escapan torrentes de humo, ó bien pequeñas escavaciones circulares llenas de materias en fusion, se abren y se cierran alternativamente en este valle. El fondo se hincha ó se hunde, y levántanse allí montecillos de escorias y conos de erupcion que surgen á veces sobre los bordes del cráter, cambiando asi el aspecto de la montaña durante años enteros; pero á la erupcion siguiente, estos conos caen y desaparecen de repente. No deben por lo tanto confundirse, como ha acontecido con harta frecuencia, las aberturas de los conos de erupcion con el cráter mismo que las contiene. Cuando este último es inaccesible á causa de su profundidad y de la vertiente de sus paredes como sucede al Rucu-Pìchincha (4,855 metros), podemos al menos colocarnos sobre el borde, y considerar los vértices del cono que se levanta desde el fondo del valle interior, rodeados de vapores sulfurosos. ¡Magnífico espectáculo! Nunca se me ha presentado la naturaleza bajo un aspecto mas grandioso que en los bordes del cráter de Pìchincha. En el intervalo de una á otra erupcion puede suceder que el volcan no produzca ningun fenómeno luminoso, y sí solo vapores de agua caliente que se escapan por las grietas: no siendo estraño encontrar en el área recalentada del cráter, montecillos de escorias á las cuales podemos aproximarnos sin peligro. En este último caso, es dado al geólogo viajero, entregarse sin temor al placer de ver en miniatura el espectáculo de una erupcion: masas de escorias inflamadas, arrojadas sin cesar por pequeños volcanes, caen sobre los lados de los montecillos, y cada esplosion se anuncia regularmente por un temblor de tierra puramente local. La lava sale algunas veces de las cavernas ó de los pozos que se forman en el mismo cráter; pero nunca llega á romper las paredes ni á esparcirse por encima de los bordes. Si tiene lugar entre tanto una ruptura en las laderas de la montaña, la lava sale entonces por ella, y la corriente ígnea sigue una direccion tal, que el fondo mismo del cráter propiamente dicho, no deja de ser accesible en la época de sus erupciones parciales. Para dar una idea exacta de estos fenómenos, tan frecuentemente desfigurados por narraciones fantásticas, hemos debido insistir en la descripcion de la forma y de la estructura normal de los montes ignivomos, cuidando sobre todo fijar el sentido de las palabras cráteres, volcanes, cono de erupcion, cuya vaguedad y diferentes acepciones han introducido tanta confusion en esta parte de la ciencia.

Les bordes del cráter están menos espuestos á variar de lo que á primera vista pudiera creerse, pues está demostrado por la comparacion de las medidas de Saussure con las mias, que en el espacio de cuarenta y nueve años (de 1773 á 1822), el borde del Vesubio situado hácia el Noroeste (Roca del Palo), ha conservado la misma altura sobre el nivel del mar, al menos dentro del límite de los errores de la observacion [97].

Los volcanes se elevan sobre la línea de las nieves perpétuas, como los de la cadena de los Andes, presentan fenómenos particulares. Las masas de nieve que los envuelven se derriten repentinamente durante las erupciones, y producen inundaciones poderosas, torrentes que arrastran en pos de sí pedazos de hielo y escorias humeantes. Estas nieves ejercen tambien una accion contínua durante el periodo de calma del volcan, por sus filtraciones incesantes en las rocas de traquito. Las cavernas que se hallan en las laderas de la montaña ó en su base, se transforman poco á poco en receptáculos subterráneos que se comunican por estrechos canales con los arroyos alpinos de la meseta de Quito. Los peces de estos arroyos se multiplican preferentemente en las tinieblas de las cavernas; y cuando las sacudidas que preceden siempre á las erupciones de las cordilleras quebrantan la masa entera del volcan, las bóvedas subterráneas, abriéndose de repente, vomitan á la vez agua, peces y fango tobáceo. A este singular fenómeno deben los habitantes de las llanuras de Quito, el conocimiento del pececillo Pimelodes Cyclopum, que ellos llaman Preñadilla [98]. En la noche del 19 al 20 de junio de 1698, el vértice del monte Carguairazo de 600 metros de altura, se hundió súbitamente, escepto dos enormes pilares, últimos vestigios del antiguo cráter, dejando estéril una estension próximamente de siete leguas cuadradas, y toda ella cubierta de toba desleida y limo arcilloso (lodazales) cuajada de peces muertos. Las fiebres perniciosas que se declararon siete años despues en la ciudad de Ibarra, al norte de Quito, fueron atribuidas á la putrefaccion de un gran número de peces muertos que el volcan Imbabaru habia arrojado.

Como los fangos y las aguas no salen del cráter mismo, sino de las cavernas que existen en la masa traquítica de la montaña, su aparicion no es un fenómeno volcánico en el sentido estricto de la palabra, y solo se refiere de una manera indirecta á la erupcion del volcan. Podria decirse otro tanto de el fenómeno meteorológico singular que he descrito en otro lugar con el nombre de tempestad volcánica.

Vapores acuosos y estremadamente calientes se escapan del cráter durante la erupcion, se elevan á muchos millares de metros en la atmósfera, y forman al enfriarse una espesa nube alrededor de la columna de humo y de cenizas. Su condensacion súbita, y segun Gay-Lussac la formacion de una nube de ancha superficie, aumentan la tension eléctrica: escápanse relámpagos serpenteando del seno de la columna de cenizas; y distínguese perfectamente el retumbar del trueno y estallido del rayo en medio del ruido que se produce en el interior del volcan. Tales fueron en efecto, en los últimos dias de octubre de 1822, los fenómenos que pusieron término á la erupcion del Vesubio. Segun Olafsen, el 17 de octubre de 1755, durante la erupcion de Katlagia (Islandia), estalló un rayo de estas nubes volcánicas y mató dos hombres y once caballos.

Este cuadro general de los fenómenos volcánicos, seria incompleto, si nos limitásemos á describir su actividad dinámica y la estructura de los volcanes; réstanos, pues, arrojar una mirada sobre la inmensa variedad de sus productos materiales. Las fuerzas subterráneas destruyen las antiguas combinaciones de los elementos para formar con ellos otras nuevas, ejerciendo su accion sobre la materia liquefactada por el calor, durante todo el tiempo que permite el estado de fluidez ó de disgregacion de la misma materia. Las líquidas, ó simplemente reblandecidas, se solidifican bajo la influencia de una presion mas ó menos considerable; y esta diferencia de presion parece ser la causa principal de la que existe entre las rocas plutónicas y las rocas volcánicas. El nombre de lava se aplica á las materias fundidas que salen en prolongadas corrientes de un orificio volcánico. Cuando varias de estas corrientes se encuentran, y son detenidas por un obstáculo, se ensanchan, llenan grandes depósitos y se solidifican en ellos formando capas superpuestas. Esto es todo lo que puede decirse en general acerca de la especie de actividad volcánica de que se trata.

Fragmentos de rocas pertenecientes á los terrenos que atraviesan los volcanes, son frecuentemente arrojados al esterior con una envuelta de orígen ígneo. De esta manera he visto fragmentos angulares de sienita feldespática contenidos en la lava negra del volcan mejicano de Jorullo, lava compuesta especialmente de augita. En el Vesubio se encuentran masas de dolomia y de caliza granular que contienen magníficos grupos de minerales cristalizados (vesuvianas y granates cubiertos de meionita, de nefalina y sodalita); pero estas masas no han sido lanzadas por el Vesubio, «mas bien pertenecen á capas de toba, formacion muy estendida y mas antigua que el levantamiento del Samma ó del Vesubio, probablemente producidas por la accion volcánica submarina, cuyo foco debia estar situado á una gran profundidad [99].» Entre los productos de los volcanes que actualmente existen, se encuentran cinco metales, que son: el hierro, el cobre, el plomo, el arsénico y el selenio, descubierto este último por Stromeyer en el cráter de Volcano. Los vapores de las humerolas contienen sublimaciones de cloruro de hierro, de cobre, de plomo y de amoniaco. Grandes cantidades de hierro especular [100], y de sal marina, llenan las cavidades de las corrientes de lava reciente y tapizan las hendiduras que se forman en las paredes del cráter.

La composicion mineralógica de la lava varía segun la naturaleza de las rocas cristalinas que constituyen el volcan; segun la altura del punto en que se efectúa la erupcion (ya sea al pie de la montaña, ya mas cerca del cráter); y, por último, segun el calor mas ó menos fuerte que reina a el interior. En algunos volcanes faltan completamente varios productos vitrificados, como la obsidiana, la perlita y la pomez; en otros, estas rocas provienen del cráter, ó de puntos situados interiormente á pequeñas profundidades. El estudio de estas relaciones, importantes pero complejas, exige una gran exactitud en la análisis química ó cristalográfica. Mi compañero de viaje en Siberia, Gustavo Rose, y posteriormente Hermann Habich, han obtenido ya felices resultados en sus investigaciones acerca de la estructura de esas rocas volcánicas tan variadas.

Las emisiones gaseosas están formadas en gran parte por vapores de agua pura; se condensan y dan orígen á manantiales como los que sirven á los cabreros de la isla de Pantellaria. En la mañana del 26 de octubre de 1822 se vió salir por una hendidura lateral del cráter del Vesubio una corriente que por algun tiempo se creyó fuese de agua hirviendo; pero examinándola mas de cerca Monticelli, halló que era solo una corriente de ceniza seca, de lava reducida á polvo por el rozamiento, que corria como fina arena. La aparicion de las cenizas que se elevan en los aires arrojadas por los vapores, como una columna inmensa que oscurece la atmósfera por espacio de algunas horas y aun de dias enteros, señala ordinariamente el fin de las grandes erupciones, bañando, por decirlo así, de ceniza las hojas de los árboles, y dañando particularmente á las viñas y á los olivares.

Esta columna ascendente de ceniza es la que Plinio el Jóven describe en su célebre carta á Tácito, comparándola á un pino que no tenga mas ramas que las de la copa. Los resplandores que se divisan durante las erupciones de escorias, y el brillo rojizo de las nubes situadas por encima del cráter, no son verdaderas llamas, ni pueden atribuirse á la combustion de gas hidrógeno; son, sí, reflejos de la luz de las masas incandescentes lanzadas por el volcan á gran altura, y provienen tambien del mismo cráter, que ilumina los vapores ascendentes. En cuanto á las llamas que se han visto salir del fondo del mar, como en tiempo de Strabon, durante las erupciones de volcanes situados cerca de la costa, ó poco antes del levantamiento de una nueva isla, nada nos atrevemos á decidir.

Preguntar qué cosa quema en los volcanes, buscar lo que engendra el calor, funde los metales y las rocas, y produce las corrientes de lava de gran espesor [101] que conservan una temperatura muy elevada aun al cabo de muchos años despues de su salida del cráter, es prejuzgar ya la cuestion; pues al menos se admite implicitamente que todo volcan supone un conjunto de materias combustibles, propias para alimentar su actividad, de igual manera que los echos de carbon de piedra alimentan incendios subterráneos. Siguiendo las diversas fases que las ciencias químicas han recorrido, vemos que los fenómenos volcánicos se han atribuido sucesivamente al betun, despues á las piritas ó á una mezcla húmeda de azufre y de hierro reducidos á polvo, ya á los piróforos naturales, ya á los metales alcalinos y térreos. Apresurémonos á decir que el célebre químico sir Humphry Davy, á quien debemos el descubrimiento de los metales alcalinos, en su última obra Consolations in travel and last days of á Philosopher, libro cuya lectura inspira un profundo sentimiento de tristeza, ha renunciado espontáneamente á su hipótesis química. La densidad media de la Tierra (5,44) comparada con los pesos específicos mucho menores del potasio (0,865), del sodio (0,972), y de los metales térreos (1,2): la carencia de hidrógeno en las emanaciones gaseiformes de las hendiduras volcánicas ó de las lavas acaso calientes, y muchas otras consideraciones químicas [102], están en abierta contradiccion con las antiguas ideas de Davy y d'Ampere. Si la erupcion de las lavas diese lugar á un desprendimiento de hidrógeno ¡cuán enorme no deberia ser la masa de gas desprendido, cuando la lava que se escapa de un cráter de erupcion cubre regiones enteras y adquiere un espesor de muchos centenares de piés, donde quiera que la detiene algun obstáculo! Tales fueron, sin embargo, segun Mackenzie y Soemund Magnussen, las consecuencias de una erupcion que tuvo lugar en Islandia al pié del Skaptar-Jœkul, desde el 11 de Junio al 3 de Agosto de 1783. Por ventura, ¿querrá recurrirse para fijar la hipótesis de una combustion subterránea, á la introduccion del aire en el interior de los volcanes, ó como se dice metafóricamente, á una inspiracion de nuestro planeta? En este caso nos encontramos con dificultades análogas á las anteriores; porque si en aquella suposicion era el hidrógeno el que faltaba entre los productos de los volcanes, en esta otra es el ázoe, del cual se encuentran apenas algunos vestigios en sus exhalaciones. Una actividad tan poderosa y tan generalmente estendida en las entrañas de la Tierra, no puede tener su orígen en las reacciones químicas que se engendran al contacto de ciertas sustancias, particulares de algunas localidades. La nueva geognosia prefiere buscar la causa en el calor central de nuestro globo, cuya existencia se revela en la superficie por la temperatura que crece rápidamente con la profundidad bajo todas latitudes, y cuyo orígen se remonta á épocas cosmogónicas en que nuestro planeta mismo fue formado por la condensacion progresiva de una parte de la atmósfera nebulosa del Sol.

La ciencia de la naturaleza, lo hemos recordado muchas veces, no es una árida acumulacion de hechos aislados, ni está limitada por los estrechos términos de la certidumbre matemática, antes bien debe elevarse á miras generales y concepciones sintéticas. ¿Por qué ha de prohibirse al espíritu humano subir hácia el pasado arrancando del presente, adivinar lo que no puede demostrar, y perseguir, en fin, la solucion del problema en todo tiempo planteado á su actividad aun bajo las variadas formas de los mitos de la geognosia? Si los volcanes son para nosotros fuentes intermitentes, pero irregulares, de donde salta una mezcla fluida de óxidos metálicos, de álcalis y de tierra, bajo la poderosa presion de los vapores elásticos; y si estos manantiales ígneos corren tambien tranquilos y apacibles, allá donde las masas liquefactadas han hallado una salida permanente, ¿podemos olvidar cuan próximo estuvo Platon á estas ideas, cuando aquel gran filósofo atribuia á las erupciones volcánicas y al calor de las fuentes termales, una causa única, universalmente estendida por las entrañas de la tierra, y simbolizada por un rio de fuego subterráneo, el Pyriphlegethon [103]?

Independientes de la influencia de los climas en su modo de distribucion geográfica, hánse dividido los volcanes en dos clases esencialmente diferentes: los volcanes centrales y las cadenas volcánicas. «Los primeros forman siempre el centro de un grupo de volcanes secundarios muy numeroso y regularmente dispuestos en todos sentidos; al paso que los de las cadenas volcánicas están escalonados á cortas distancias en una misma direccion, como chimeneas que se hubieran formado sobre una gran falla. Esta segunda clase se subdivide á su vez en otras dos: ó bien los volcanes de una misma cadena se elevan del fondo del mar en forma de islotes cónicos, y entonces están ordinariamente distribuidos al pié de una cadena de montañas primitivas que corre en la misma direccion, ó bien están colocados entre la línea culminante de la cadena primitiva cuyas cimas forman [104]». El Pico de Tenerife, por ejemplo, es un volcan central, y el centro de un grupo al cual pertenecen las islas volcánicas de Palma y Lanzarote. El inmenso baluarte natural que se estiende desde el Chile meridional hasta la costa Noroeste de América, ya simple, ya dividida en dos ó tres ramales paralelos, reanudados de trecho en trecho por estrechas articulaciones trasversales; la cadena de los Andes, en una palabra, nos ofrece en gran escala el ejemplo de una cadena volcánica, colocada en tierra firme. En esta cadena la proximidad de los volcanes activos se anuncia constantemente por la brusca nivelacion de ciertas rocas (dolerita, melafiro, traquito, anderita, porfiro diorítico) que han atravesado las primitivas, los terrenos de transicion formados de arcilla ó greda y los estratos recientes. De esta observacion deduje yo, hace ya tiempo, que las rocas esporádicas que acabo de enumerar han sido la base del fundamento de los antiguos fenómenos volcánicos y causa determinante de las erupciones. Al pié del poderoso Tunguragua, cerca de Ponipe (á orillas del Rio-Puela) vi claramente por primera vez una roca volcánica que atravesó una capa de micasquisto asentada sobre el granito.

Cuando los volcanes de las cadenas volcánicas del nuevo Continente están muy próximos, existe entre ellos una cierta conexion. La actividad volcánica parece propagarse lentamente en el Perú, de muchos siglos á esta parte, en direccion de Sud á Norte. El foco general se estiende por debajo de toda la meseta que forma la provincia de Quito [105], abriéndose aquí y allí respiraderos que establecen comunicaciones entre este foco y la atmósfera: tales son los volcanes de Pichincha, de Cotopaxi y de Tunguragua; sus elevadas cimas y distribucion pintoresca forman el cuadro mas grandioso que se puede encontrar en region volcánica tan cerrada. Las estremidades de estas cadenas volcánicas se hallan pues ligadas entre sí por comunicaciones subterráneas; y las numerosas pruebas que justifican este aserto recuerdan una frase muy notable de Séneca, que dice: «un cráter no es mas que la salida de las fuerzas volcánicas que obran á gran profundidad [106].» Una dependencia mútua enlaza los volcanes de la meseta mejicana, el Orizaba, el Popocatepell, el Jorullo y el Colima, situados todos en la misma direccion sobre una gran falla que se estiende trasversalmente de un mar á otro, entre los 18° 59' y 19° 12' de latitud septentrional. Precisamente en esta direccion, reconocida y señalada por mí [107], sobre la misma falla, fué donde surgió el volcan de Jorullo el 29 de Setiembre de 1759 á 513 metros sobre las llanuras que le rodean. Solo una vez ha vomitado lava este volcan, así como el monte Epomeo, en la isla de Ischa, que tampoco tuvo mas que una erupcion hácia el año 1302.

Pero si el Jorullo, situado á 15 miriámetros de todo volcan activo, puede pasar por una montaña nueva, en la verdadera acepcion de esta palabra, no debe su aparicion, sin embargo, asemejarse á la del Monte-Nuovo (19 de setiembre de 1538), que no es mas que un simple cráter de levantamiento. En mi opinion es mas exacta y mas natural la comparacion, que ya antes habia yo hecho, de la súbita ereccion del volcan mejicano, con el levantamiento volcánico del pico de Metonia (hoy Metana) en la Península de Trezena. Este último fenómeno, descrito por Strabon y por Pausanias, dió orígen en la brillante imaginacion de un poeta romano á consideraciones que sorprenden por su admirable afinidad con las ideas actuales, «Cerca de Trezena se alza un pico árido y escarpado que antes era una llanura y ahora se halla convertido en colina. Los vapores encerrados en sombrías cavernas en vano buscaban una salida; mas á su poderoso esfuerzo inflóse el suelo como una vegiga que se llena de aire, ó como un odre hecho con piel de cabra. La Tierra así levantada, ha conservado la forma de una alta colina, trocada por el tiempo en duro peñasco.» El Pico de Metonia se elevó entre Trezena y Epidaura en un sitio en que Eussegger encontró venas de traquito; y su formacion se remonta á 282 años antes de nuestra Era, es decir, á 45 años antes de la separacion volcánica de Tera (Santorin) y de Terasia. Añadiremos que cuantos hechos análogos son hoy del dominio de la ciencia justifican la poética descripcion que nos ha dejado Ovidio de aquel suceso tan grande como natural [108]. La mas importante de todas las Islas eruptivas que son parte de cadenas volcánicas, es Santorin. «Santorin es el tipo completo de las islas de levantamiento. Desde 2,000 años acá, tan lejos como la historia y la tradicion pueden remontarse, se está viendo á la naturaleza trabajar sin descanso para abrir un volcan en medio del cráter de levantamiento» [109]. En la isla de San Miguel, una de las Azores, pasan tambien fenómenos semejantes, que se reproducen en periodos de ochenta á noventa años [110]); pero el solevantamiento del fondo del mar no ha ocurrido siempre en los mismos parajes. La Isla Sabrina, llamada asi por el capitán Tillard, apareció el 30 de enero de 1811, si bien los sucesos políticos de aquella época no permitieron por desgracia á las potencias marítimas de la Europa Occidental prestar á este gran fenómeno toda la atencion de que fué objeto mas tarde [111] la efímera aparicion de la Isla Ferdinandea, ocurrida en 2 de julio de 1831 en el mar de Sicilia, entre las costas calizas de Seiacca y la isla volcánica de Pantelaria.

El gran número de volcanes activos situados en las islas ó en las costas, y las erupciones submarinas que se producen todavía de tiempo en tiempo, han hecho pensar que la actividad volcánica está subordinada á la proximidad del mar, y háse creido que la una no podia desarrollarse ni durar sin la otra. «El Etna y las islas Eólicas, dice Justino [112], ó mas bien Trogue Pompeyo estractado por Justino, arden desde hace ya muchos siglos, ¿pues como este fuego podria durar tanto tiempo si el mar no lo alimentara?» Aceptando estas ideas antiguas como punto de partida, se ha procurado últimamente fundar toda la teoría de los volcanes sobre la hipótesis de la introduccion de las aguas marinas en sus focos, es decir, en las capas mas profundas de Página:Alexander von Humboldt - Cosmos - Tomo I.djvu/246 Página:Alexander von Humboldt - Cosmos - Tomo I.djvu/247 Página:Alexander von Humboldt - Cosmos - Tomo I.djvu/248 Página:Alexander von Humboldt - Cosmos - Tomo I.djvu/249 Página:Alexander von Humboldt - 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NOTAS

    (18) Pág. 323.—La misma obra, p. 388-391. ¿I acadámico Bar, que ha contribuido tanto al progreso de la meteorología del Norte del Asia,

    (24) Pág. 259.—«By means of Lepidodendron a heíterpassagcis esta-

    (29) Pág. 261.—En Baracoa y en Cayos de Moa; véase el diario del

    (28) Pág. 261.— Este corypha, es la soyata (en azteca, zoyafl), ó la Palma dulce de los indígenas; véase Humboldt y Bonpland, Synopsis Planti. (equinoct. Orhis Novi, t. I, p. 302. Un hombre profundamente versado en las lenguas de América, el profesor Buschmann, hace notar que la Palma soyata, es conocida por este nombre en el Vocabulario de la lengua Othom, de Yepes, y que la palabra azteca zoyatl (Molina, Vocabulario en lengua mexicana y castellana) se vuelve á encontrar en los nombres de los lugares, tales como Zoyatidan y Zoyapasico, en el Estado de Chiapa.

    (27) Pág. 260.—Véanse los escelentes trabajos de Chevandier, en los Compies re7idus de rAcad, des Sciences, 1844, t. XVIII, P. I. p. 285. Comparando esta capa de carbono de 16 milímetros de espesor, con las capas de carbon de piedra, es necesario tener en cuenta la enorme presion ala que están sometidas estas últimas, y que se manifiesta por la forma aplanada de casi lodos los troncos de árboles subterráneos. uLus montañas de madera que se han visto en la costa meridional de la Nueva-Siberia, isla descubierta en 1806 por Sirowatskoi, consisten segun Hedenstroeem, en una serie de capas de asperon horizontales, que alternan á una altura de 60 m., próximamente con troncos de árboles bituminosos. En el vértice de la montaña estos troncos están dispuestos verticalmente, y la capa llena de madera flotante, se vé desde una estension de 5 miriámetros.» Véase Wrangel, Reise langs der Nordküste von Siberien, in den Jahren,. 1820-1824, 1-, parte, p. 102.

    (26) Pág. 260.—El carbon de piedra no proviene de los vejetales car, bonizados por el fuego, sino de los vegetales descompuestos por la via húmeda, bajo la influencia del ácido sulfúrico. La prueba mas concluyente de las que militan en favor de esta opinion, fué suministrada por Goeppert, en Karsten s Archiv für Mineral., i. XVIII, p. 530. Goeppert ha examinado un fragmento del árbol de ámbar, que se transformó en carbon negro, sin que el ámbar sufriese alteracion alguna; el carbon y el ámbar quedaron justapuestos. En cuanto á la parte que toca á los pequeños vejetales en la formacion de las capas carboníferas, véase Link, en las Mem. de VÁcad, de Berlín, 1838, p. 38.

    (25) Pág. 259.—Kunlh, Anordnung der? flámen famiuen, en süHandbuch derBotanik, p. 307 et 314.

    blished from Flowering to Flowerless plants than by either Equisetuí» or Cycas, or any other known genus.» Lindley y Hutton, Fossü FlorOf t. II, p. 53.

    (23) Pág. 259.— Adolfo Brongniart, Prodrome el une Histoire des Vgé~ iaux fossües, p. 179; Buckland, Geology, p. 479; Endlicher y Unger, Grundziige der Botan¡K, 1843, p. 455.

    (30) Pág. 261.—Charles Darwin, Journal ofthe Voyages ofthe Adventure an¿Beagle, lSdd,). 271.

    (22) Pág. 258.— Fom7 coniferce, en Buckland, Geology, p. 483 490. A. Witham corresponde la gloria de haber reconocido el primero la existencia de los coniferos en la vegetacion primitiva de la antigua formacion carbonífera. En otros tiempos, la mayor parte de los troncos de árboles que se encontraban en esta formacion se consideraban como palmeras. Por lo demás, las especies del género Araucarites no son esclusivamente propias de los terrenos hulleros de las islas Británicas; se encuentran tambien en la Silesia superior.

    (21) Pág. 258.— Lindley, Fossil Flora. n.° 15, p. 163.

    (20) Pág. 258.—Tales san las cicadeas descubiertas por el conde Stemberg en el antiguo terreno hullero de Nadnitz, en Bohemia, y descritas por Corda (dos especies de cycaditas y la zamita, Corday; véase Gseppert, fossile Cycadeen, en los Arbeiten der Schles. Gesellschaft, 1843, p. 33, 37, 40 y 50.) Se ha encontrado tambien una cycadea, el Pterophyllum gonorrhachis G(Bpp., en el terreno hullero de la Silesia superior.

    (19) Pág. 258.—Véase Roberto Brown, Botany of Congo, p. 42; y d'Urville, en la memoria: de la Distribution des Pougéres sur la sur face du globe terrestre.

    (18) Pág. 258.— Por los escelentes trabajos del conde Stemberg, de Adolfo Brongniart, de Goeppert y de Lindley.

    (17) Pág. 257.— Beyrich, en Karsten s, Archiv für Mineralogie, 1844, t. XVIÍI, p. 218.

    (16) Pág. ^^1.— Journal ofthe Asiatic Society, 1844, n.° 15, p. 109.

    Almirante, del 25 y $7 de noviembre de 1492, y Humboldl, Exámen critique de rHisf, de laGeogr, du Nouvean Continent, t. II, p. 252, y t. III, p. 23. Colon concedia una atencion tan decidida á todos los hechos naturales, que reconoció el primero la diferencia del Podocarpus al Pinus. «Encuentro decía, en la tierra áspera del Cibao, pinos que no llevan pinas, pero por tal órden compuestos por naturaleza, que (los frutos) parecen aceitunas del Ajarafe de Sevilla.» El gran botánico Richard no suponía tampoco, al publicar su escelente tratado sobre las Cycadeas y los Coniferos, que mucho antes de L'Heritier, habia sido distinguido de la Abietinadas, el Podocarpus por un navegante del siglo XV.

    (31) Pág. 262.—Gceppert describe todavía tres Cycadeas (especies del género Cycadites y Pterophillum) procedentes del esquisto arcilloso carbonífero de Altsattel y de Commotan, en Bohemia: pertenecen quizás al periodo eoceno; véase Gceppert, en la obra citada, nota 20, de la p. 238.

    sarrolladas en la gran obra, donde el infatigable sabio inglés debe esponer la geología de una gran parte de la Europa Oriental.

    (41) Pág. 272.— Strabon. 1. 11, p. 92 y 108, cd Casaub.

    (47) Pág. 273.—Humboldt, en los Annalen de Poggendorff, t. XL, p. 171. El dédalo de Fiords que se estiende alSud-este de la América, ha sido descrito por Darwin en su Journal (Narrative ofthe voyages ofthe Adveniure and Beagle, t. III), 1839, p. 266. El paralelismo de las dos cadenas se mantiene desde el 5° de latitud boreal, hasta el S° de latitud austral. El cambio de direccion que la costa presenta hacia África, parece ser consecuencia de un cambio análogo en la inmensa hendidura sobre la cual se ha levantado la Cordillera de los Andes.

    (46) Pág. 273.— Humboldt, en el Journal de Physique, 1799, et. LIII, p. 33, y Relat, hist., t. II, p. 19, t. líl, p. 189 y 198.

    (45) Pág. 272.—Fleurieu, en el Voyage de Marchand autour du monde, t. IV, p. 38-42.

    cuatro srolfos en la superficie de la Luna, como reflejo de las grandes formas de la superficie terrestre. Véase sobre esta fantástica concepcion de Agesianax,. Plutarco, de Facie in Orbe Lunes, p. 921, 19. Es preciso leer en Macrobio, Comm, in Somnium Scipionis, 1. II, c. 9., la descripcion de la ierra quadrifida, ó de los cuatro continentes dispuestos dos á dos, al Norte y alSud del Ecuador. Yo he sometido estaparte de la geografía antigua á una nueva y profunda discusion, á fin de separarla de la inestrjcable confusion á que habia sido abandonada; véase mi Exámen crit, de rHist, de la Geogr., t. I, p. 119, 14o, 180-183, y mi Asie céntrale, t. II. p. 172-178.

    (44) Pág. 272.— Plinio ha dicho hablando de África (1. V. c. I.): «Nec alia pars tcrrarum pauciores recipit sinus.» La pequeña península Transgangética, con su figura triangular nos ofrece una tercera forma muy análoga á las de África y América del Sud. La idea de una cierta regularidad en la configuracion de la tierra firme ha reinado en la antigüedad griega. Creíase entonces que habia cuatro grandes golfos, entre los cuales el golfo Pérsico y el mar de Hircania (mar Caspio) debian ser opuestos el uno al otro (Arriano, 1. Vil, c. 16; Plutarco, Vie d'Alexandre, c. 44: Dionys el Periégeto, v. 48 y 630. p. 11 y 38, Bernh). Aun mas: habia

    (43) Piig. 272.— Strabon, 1. II, p. 126, ed. Casaub.

    (42) Pag. 272.— Humboldt, Asie céntrale, t. III, p. 2o. Desde 1817, había yo demostrado en mi obra de Distributione geographica Plantarum secundum cceli temperien et altitudinem montium, de cuanta importancia es para la climatología y el estudio de la civilizacion, distinguir los continentes articulados y los continentes compactos. «Regiones vel per sinus lunatus in longa cornua porrectee, angulosis littorum recessibus quasi membratim discerptóe, vel spatia patentia in immensum, quorum littoranuuis incisa angulis ambit sine anfractu Oceanus" (p. 81 et 182). Sobre la relacion de estension de las costas con la superficie de los continentes, relacion que permite juzgar de una manera general hasta qué punto es accesible el interior de los mismos, véanse los Annalen der Erdkunde deBerghaus, t. XII, 183o, p. 490, y Physihal Atlas, 1839, n.^lll, p. 69.

    (40) Pág. 272.—La misma obra, t. í, p. 198-200. Asi tambien la punta meridional de la América como el archipiélago que lleva el nombre de Tierra de Fuego, se encuentran sobre el meridiano de la parte mas septentrional de la bahia de Baffin y de la gran tierra polar cuyos límites no se han fijado todavía, y que pertenecen quizás á la Groenlandia occidental.

    (32) Pág. 262,— Buckland, Geology, p. 509.

    (39) Pág. 271.—Véase acerca de la latitud media del litoral del Asia Septentrional, y de la verdadera denominacion del cabo Taimura (Cabo Siewero-VVostotschno) y del cabo del Nor-Este (Schalagskoi Mys), Humboldt, Asie céntrale, t. III, p. 3o y 37.

    (38) Pág. 270.— Strabon, 1. I. p. 6o, ed. Casaub. Cf. Humboldt, Exámen critique, 1. 1, p. 152.

    (37) Pág. 270—Agalemero, en los Geographi minores de Hudson, t. U, p. 4. Cf. Humboldt, Asie céntrale, t. I, p. 120, 125.

    (36) Pág. 269. —Creíase en la edad media, que los mares cubrian solamente la sétima parte de la superficie terrestre: y esta creencia la basaba el cardenal d'Ailly, en el libro IV apócrifo de Esdras. Cristóbal Colon que tomaba todas sus nociones cosmológicas de la obra del cardenal, tenia gran interés en defender la opinion de la pequenez relativa de los mares, opinion que venia á robustecerse con la mal comprendida espresion de «. Rio del Océano.» Cf. Humboldt. Exámen critique de VHist, de la Geographie, t. I, p. 186.

    (35) Pág. 269,—TransacHons of íhe Cambridge Philos. Socieíy, t. VI, 2.ª parte., 1837, p. 297. Segun otros autores, la relacion es de 100 á 284.

    (34) Pág. 265.— Cf. Elias de Beaumont, Descripí, geol, de la Trance, t. I, p. 65; Beudant, Geologie, 1844, p. 209.

    (33) Pág. 263.—T^eopoldo de Buch, en las Mem. de rAcad, de Berlin, 1814-1815, p. 161, y en los Anuales des Sciences natur., t. XIX, p. 60.

    (15) Pág. 257.— Cuvier, Ossements fossües, 1831, 1. 1, p. 157, 261 y 264 Cf. Huniboldt, über die Hochebene von Bogotá, en la deutsche VierteljahrsSchrift, 1839, t. I, p. 117.

    (14) Pág. 256.—Murchison hace dos divisiones del bunter sandstein; la primera es el trias superior de Alberti; y la segunda el trias inferior, al cual pertenece el asperon vosgo de Elias de Beaumont; el zechstein (calcáreo magnésico) y el todlliegende (nuevo asperon rojo inferior) forman el sistema permiano. Es necesario empezar las formaciones secundarias en el trias superior, es decir, en la division superior del bunter sandstein alemán; el sistema permiano, el calcáreo carbonífero ó calcáreo de montaña, los estrados devonianos y silurianos constituyen los terrenos paleozoicos de Murchison. En este sistema la creta y el calcáreo del Jura reciben el nombre de formaciones secundarias superiores, y el keuper elcalcáreo coachillar, el asperon abigarado, llevan el de formaciones, se cundarias inferiores; el sistema permiano y calcáreo carbonífero componen la formacion paleozoica superior, en tanto que las capas devonianas y silurianas son simultáneamente designadas con el nombre de formacion paleozoica inferior. Las bases de esta clasificacion general están de-

    (49) Pág. 276.—"Se ha supuesto hasta el presente que la pesantez permanece invariable en cada uno de los puntos de la superficie terrestre; pero desde que se ha comprobado un levantamiento gradual sobre grandes estensiones de dicha superficie, esta hipótesis en apariencia tan sóudamente asentada, ha llegado á ser incierta en algun modo." Bessel, üher Mass und Gewicht, en el Jahrbuch de Schumacher para 1840, p. 134.

    (87) Pág. 245.— Rose, Reise nach dem üral, t. I, p. 364 y 367.

    (93) Pág. 247.—Las escorias han dado lo siguiente: cristales de feldespato, descubiertos por Heine en un hornillo de fundicion para el cobre, cerca de Sangerhausen, y analizados por Kerslen (Poggend. Annalen, t. XXXIII, p. 337); cristales de auglta, en las escorias de Sable (Mitscherlich, Mém. derAcad, de Berlín, 1822 y 1823, p. 40); cristales de olivina (Sefstrnem, en la obra de Leonhard, Basalt-Gebilde, t. II, p. 493); mica, ■en las antiguas escorias de Garpenberg (Mitscherlich, en la obra citada de Leonhard, p. 506)|; cristales de óxido magnético de hierro, en las escorias de Chátillon-sur-Seine (Leonhard, p. 341); hierro especular en la arcilla de los alfareros (Mitscherlich, en Leonhard, p. 234).

    (92) Pág. 246.— Mitscherlich, ilber die künstliche Darstellung der Mineralien, en las Mém. de rAcad, de Berlín, 1822 y 1823, p. 25-41.

    p. 89-96; y del mismo autor, Beleuchtung der Werner' schen Gangtheorie, p. 6; C. áe'Weissenbíich. Abbildungenmerkwürdiger Gangverhaltuisse, 1836, fig, 12. Pero la estructura en forma de bandas estrechas no es general, ni tampoco el órden en el cual se suceden los diferentes miembros de estas masas indica necesariamente su edad relativa; véase Freiesleben, ilber die sachsischen Erzgange, 1843, p. 10-12.

    (91) Pág. 246.— Constantino de Beust, ilher die Porphyr-Gebilde, 1835,

    (90) Pág. 245.—Sobre la formacion del hierro especular y sobre las reacciones químicas que la determinan, véase Gay-Lussac, en los Annales de Chimie, t. XXII, p. 415; y Mitscherlich, en los Annalen de Poggend., t. XV, p. 630. Las cavidades de la obsidiana del Cerro del Jacal, que yo traje de Méjico, contienen tambien cristales de olivina, formados sin duda por via de sublimacion (Gustavo Rose, enlosAnnalen de Poggend., t. X, p. 323). Así, pues, la olivina se presenta en el basalto, la lava, la obsidiana, las escorias artificiales, las piedras meteóricas, la sienita de Elfdalen, y bajo el nombre de yalosiderita, en la wacka de Kaiserstuble.

    (89) Pág. 245.— Hoffmann, Reise, p. 30 y 37.

    (88) Pág. 245.— Lco?, deBuch, Briefe, p. 109-129. Cf. Elias de Beaumont, acerca del contacto del granito con las capas del Jura, en las Mem. géologiques, t. lí, p. 408.

    (86) Pag. 245.—Elias de Beaumont, Annales des Sciences naturelles, t. XV, p. 362; Murchison, Silurian System, p- 28!).

    (95) Pág. 247.— D'Aubuisson, Journal de Physique, t. LXVIII, p. 128.

    (85) Pág. 244.—Humboldt, Essai geogn, sur le Gisement des Roches, p. 93. Asie céntrale, t. III, p. 532.

    (84) Pág. 244.—Dufrénoy, en lasMem. géologiques, t. II, p. 145 y 179.

    (83) Pag. 244.—Hoffman, Geogn. Reise, revisado por H. de Dechen, p. 113-119, 380-386; Poggendorffs Annalen, t. XXVI, p. 41.

    (82) Pág. 242.—Leo?, de Bueh, geogn. Briefe an A. von Humboldt, 1824, p. 36 y 82; el mismo, en los Ánnales de Chimie, t. XXIII, p. 276, y en la Mém. de rAcad, de Berlín, 1822 y 1823, p. 83-136; H. de Dechen, Geognosie, p. 374-576.

    núm. 63, y Hoffnian, en Karsten s Archiv für Mineralogie, t. VI, p. 2o8 263; véase tambien del mismo autor, Geogn. Reise durch Italien, p. 244-263.(81) Pág". 242.—Esta hipótesis la ha emitido un observador distinguido, Karls de Leonhard; véase su Jahrhuch für Mineralogie, 1834, p. 329, y Benrhard Cotta, Geognosie, p. 310.

    (80) Pág. 241.—Sóbrela constitucion geológica de los alrededores de Carrara (ciudad de la Luna, Strabon, I. V, p. 222), véase Savi, Osservazioni sui terreni antichi Toscani, en el Nuovo Giornale de LitteraH di Pisa y

    (79) Pág. 241.—Ya he aludido en otro sitio á este pasaje notable de Orígenes: Philosophumena, c. 14 (Opera, ed Delarue, t. I, p. 893). Todo induce á creer que Jenofanes no ha querido hablar de una impresion de laurel (tvtcov 8áfv,, g), sino de una impresion de pescado (tíjcov dfvr¡qy, Delarue vitupera injustamente á Jacobo Gronovius por haber preferido la segunda version y haber sustituido la palabra sardina á la palabra laurel. En todo caso el descubrimiento de un pez fósil es mas verosímil que el de una imagen de Sueno (Plinio, 1. XXXVI, c. 5), hallada por los obreros en las canteras de Paros (mármoles del monte Marpessos, Servius, a¿Virg.. En., 1, VI, v. 571).

    (94) Pág. 247.—Lus minerales cuya repro.luccion se ha logrado en todas sus partes, 'son: el idocrasio y el granate (Mitscherlich, enlosPog§ená y Annalen, t. XXXIII, p. 340); el rubí(Gaudin, Comptes rendus de rAcad, des Sciences, t. IV, p. I, p. 999); la divina y la augita (Mitscherlich y Berthier, en los Aúnales de Cliimie et de Physique, t. XXIV, p. 376). Por mas que la augita y el anfibol presentan, segun G. Rose, la mayor semejanza en la forma de sus cristales, y tengan casi la misma composicion química, sin embargo, el anfibol no se encuentra jamás en las escorias al lado de la angita, y los químicos no han podido reproducir aun ni el anfibol ni el feldespato (Mitscherlich, en los Poggend., Annalen, t. XXXIII, p, 340, y Rose, Reise nach dem Üral,{. II, p. 338 y 363). Cf., tambien Beudant, Mém. de l-Acad, des Sciences, t. VIII, p. 221, y las investigaciones ingeniosas de Becquerel, en su Traite de rÉlectricité, t. I, p. 334: t. III, p. 218; t. V, i. aparte, 148 y 183.

    (96) Pág. 248.— Leo?, de Buch, geogn. Briefe, p. 75-82; vése al mismo tiempo en este pasaje, por qué el asperon rojo (el todtliegende de las capas de flcetz de la Turingia) y el terreno hullero, deben ser considerados como producidos por la erupcion de las rocas porfiríticas.

    (13) Pág. 256.— El mismo, p. 13.

    de pelos rizados, de varios centímetros de longitud por algiinas partes.

    (12) Pág. 256.—Quenstedt, Flcezgebirge Wtírtenbergs, 1843, p. 135.

    (11) Pág. 256.— Leo?, de Buch, en lasüíem, de rAcad, de Berlín, 1830, p. 135-187.

    (10) Pág. 255.— En el weald-clay; véase Beudant, Géologie, p. 173. El número de los ornitolitos aumenta en el yeso de la formacion terciaria, cf. Cuvier, Ossements fossiles, t. III, p. 302-328.

    (9) Pág. 255.—Valenciennes, Comptes rendus de rAcad, des Sciences, t. VII, 1838. P. II, p. 580.

    (8) Pág. 255.—Ehrenberg, über nochjetztlebende Thierarten der Kreidebildung, en las Mém. de rAcad, de Berlín, 1839, p. 164.

    (7) Pág. 254.— Agassiz, Poissons fossiles, t. I, p. XXX, y t. IIÍ, p. 1-52; Buckland, Geology, t. I, p. 273-277.

    (6) Pág. 253.— Cuvier, Recherches sur les Ossements fossiles. t. I, p. LlI y LVII. Cf. rÉc/ie//e des époques géologiques, en Philips, Geology, 1837, p. 166-185.

    (5) Pág. 253.—Véanse las ingeniosas consideraciones de H. de Meyer, sobre la organizacion de los saurianos voladores en las Paloeologíca, p. 228 y 252. En Solenhofen, en el esquisto litográfico de la formacion jurásica superior, es donde se ha encontrado el Pterodadylus crassirostrís, así como el P. longirostris (Ornithocephalus, Soemmering) de mas antiguo conocido. El profesor Goldfuss halló tambien en un ejemplar fósil de la primera especie, señales del ala membranosa y la impresion de muchos mechones

    (97) Pág'. il¡O.—Es un doscubrimienlo de miss ¡Mary Aiiniíig', que ha encontrado tambien los coprolitos de los peces. Estos coprolitos y los de los ictiosauros son tan abundantes en Inglaterra (por ejemplo, en Lyme Regis), que Buckland los compara á patatas sembradas en g ran número por el suelo. Cf. Buckland Geology comidered with reference to natural Theology, t. I, p. 188-202 y 305. Sobne la esperanza manifestada por Hooke,.í to raise a chronology » del estudio de las conchas fósiles: « and to state the intervals of the lime wherem such catastrophes and mutations have happened, « véase. Posth. Works, Ledure Feb. 29, 1688.

    (4) Pág. 252.—F. d'Alberli, Monographie des bunfen Sandsíeins, Muscheu kaVis und Keupers, 1834, p. 119 y 314.

    (3) Pág. 252.— Segun Hermann de Meyer, seria un Protosaurus. La costilla de un sauriano, que se supone encontrada en el calcáreo de montaña (calcáreo carbonífero) de Northumberland (Herm, de Meyer, Palceologica, p. 299), es muy dudosa, segun Lyell (Geologíe, 1832, t. I, p. 148). El mismo autor del descubrimiento fija su lugar en las capas de aluvion que cubren el calcáreo de montañas.

    (2) Pág. 252.—Agassiz, Recherches sur les Poissons fossiles, 1. 1. Introd., p. XVITI (Davy, Consolauon in Travel, dial. III).

    (1) Pág. 252.— Leo?, de Buch, Mém. de rAcad, de Berlín, 1838, p. 149 y 168; Beyrich, Beitr, ziir Kenntu, des rhein. Uebergangsgebirges, 1837, p. 45.

    (100) Pág. 2o2.—Agassiz, Monographie des Poissons fossiles du vkux gres rouge, p. VI y 4.

    (99) Pág. 252.— El mismo, Gebirgs formationen von Russland, 1840, p. 24-40.

    (98) Pá^. 2oO.—Leo?, de Buch, Mém. derAcad, de Berlín, 1837, p. 64.

    (48) Pág. 275.—De la Béche, Sections and Views illusirative of geological Phenomena, 1830, tab. 40; Charles Babbage, Observations on the Temple of Serapis at Pozzuoli, near Naples, and on certain causes wich may produce geological Cycles ofgreat extent, 1834. «Si la temperatura de una capa de asperon de 8000 metros de espesor aumenta, en co° la superficie de esta capa dilatada se elevará á 7 m. Lo contrario tiene lugar en las capas arcillosas; su calentamiento produce una contraccion, y por consiguiente una depresion del suelo. Véanse los cálculos que Bischof ha hecho sobre la elevacion secular de Sueeia, suponiendo que la temperatura de una capa de 43500 m. de espesor aumente en 3° Reaumur (Warmelehre, etc., p. 303).

    (50) Pág. 276.—Leopoldo de Buch. Reise durch ISorwegen und Schweden, 2.* parte (1810), p. 389. Cf. Hailstroeni en los Kongl. Vetenskaps-Academiens Handlingar (Slokolmo), 1823, p. 30; Lyell, en las Philos. Transad, forl835, p. 1; Blom, Stat. Beschreib, von Norivegen, 1843, p. 86-116. Desde 1802, antes de la publicacion del viaje de Leopoldo de Buch á la Escandinavia, aunque despues de la época del viaje mismo, Playfair presumía que el nivel del mar no bajaba, sino que subia el suelo de la Succia. (Illustrations of the Huttonian Tlieonj, § 393); segun Keilhan fOm Landjordens Stigning in Norge, en el Nyt Magazin for Naturvidejishaberne), Playfair, á su vez, era precedido en este órden de ideas por el Danés Jessen. Debemos añadir que estas opiniones no han ejercido influencia alguna sobre el progreso de la física del globo, ni sobre los trabajos del gran geólogo alemán para quien fueron completamente desconocidas. En una obra titulada: Kongeriget ISorge fremstilleí efter deis naturlige og borgerlige Tilstand, 1763, Jessen trató de profundizar las causas de las variaciones que esperimenta la diferencia de nivel del mar y de la tierra firme, tomando por base las antiguas determinaciones de Celsius, de Kalm y de Dalín. Despues de haber empezado por aserciones erróneas sobre la facultad que atribuye á las piedras y á las rocas de crecer como por intususcepcion, se inclina finalmente á una hipótesis mas racional, y considera como consecuencia de los temblores de tierra, la elevacion gradual del suelo. «Aunque el terremoto (en Egersund) no haya producido levantamiento de este género, esposible, dice Jessen, que las sacudidas preparasen las vias á la accion de algunas otras causas.»

    (77) Pág. 241.—Lechos de calcáreo granular en el granito, en el puerto de Oó y en el Monte de Labourd. Charpentier, Constitution géologique des Pyrénées, p. 144-146.

    (95) Pág.: í10.—Humboidt, obra citada, p. 156-161; Meyen, Grundriss der Pflanzetigeographie, 1836, p. 379-467, Boussingault, Économie rurale, t. IÍ, p. 675.

    (99) Pá2^. 313.—Humboldt, Recueil d' Observations astronomiques, t. í. p. 126-140; Relation historique, i. I, p. 119, 141 y 227; Biot, en la Connaissance des fem?, para el ano 1841, p. 90-109.

    (98) Pág. 312.—El suelo de la Siberia comprendido entre Tobolsk, Tomsk y Barnaul, desde el Altai hasta el mar Glacial, no es tan elevado como el de Manheim y Dresde, y aun el mism.o Irkutsk situado al Este de Jenisei, está * 3 mas bajo que Munich, siendo su altura la de 405 m.

    (97) Pág. 311.— Cf. mi tratado über die Haupíursachea der Temperaiur vers chiedembeu auf der Erdobenflache, en las Mem. de la Acad, de Berlín, 1827, p. 311.

    cencia de la viña durante los hielos tardíos de mayo, y despues de un invierno 2° tambien mas frió, es un elemento tan importante como puede serlo la época de la tarda maduracion de la uva, y la influencia de la luz solar directa y no difusa. La diferencia de que se habla en el testo, entre la temperatura verdadera superficial del suelo y los datos de un termómetro colocado á la sombra, ha sido estudiada por Dove, merced á observaciones recogridas durante quince años en un jardin de Chiswik, cerca de Londres. (Bericht, tíber die Verhandi ungen der Ber. Arad, der Wisiensch, agosto de 184 i, p. 285).

    LUGARES. Latitud. Altura en metros. 8 TEMPERATURAS MEDIAS DEL Número de los años de observacion. Año. 130,9 9,8 9,7 10,3 10,1 9.6 Invierno. 6°,1 1,2 ... i,3 1,6 0,8 —0,6 5.2 4.6 Primavera. Estio. 210,7 Otoño. 140,4 10.0 9,9 Burdeos.... 14030 13", 4 10 Estrasburgo.'. 48 33 146 10,0 10,0 10,4 18,1 17,9 19,S 1S,7 18,0 17,5 16.5 13,3 35 20 Heidelberg... 49 U 101 Manheim... 49 '29 92 9,8 9,7 9,7 8,6 i i Wurtzburgo.. 49 48 172 10,2 27 Francfort sobre el Mein... 30 7 117 10,0 19 Berlín 32 "3 i 31 8,6 11,2 8,1 22 3 Cherburgo (falta el vino) 49 39 10,4 12,5 9,8 Dublin 53 23 9,5 8, i 13 La conformidad que los datos meteorológicos de los valles del Rhin y del Mein presentan entre sí, y en la manera de distribuirse el calor del año entre las diferentes estaciones, prueba la exactitud de las observaciones sobre que descansan estos datos. En el cuadro que antecede, el invierno comprende los meses de diciembre, enero y febrero, segun el uso adoptado con razon para todos los cuadros meteorológicos. Cuando se compara la calidad de los vinos de Franconia ó de los paises de las orillas del Báltico, con la temperatura media de los meses de verano y otoño en Wurtburgo y en Berlín, sorprende casi no hallar mas diferencias que de 10 á 10,2, si bien las de la primavera son de 2o. La época de flores-

    (96) Pág. 310.—He colocado aquí un cuadro cuya escala decreciente representa las diferentes situaciones de la industria vinícola en Europa, y la degeneracion de sus productos en razon de los climas. Véase mi Asie céntrale, t. III. p. 159. A los ejemplos citados en el testo del Cosmos acerca de la produccion del vino de Burdeos y de Potsdam, añado ahora los datos relativos á las riberas del Rhin y del Mein (lat 48° 35'—50° 7'). Por Cherburgo y Dublin, cuyos climas parecen diferenciarse muy poco de los del interior de la Europa continental, cuando se juzga por las indicaciones de un termómetro suspendido á la sombra, se ve que el estado habitualmente sereno ó nebuloso del cielo, puede influir sobre las producciones vegetales hasta el punto de adelantar ó retrasar la maduracion de los frutos.

    ac in quo, longe a solo, instrumenta nostra nietcorologica suspensa habcnius. Sed alia est caloris vis, quem rada solis nullis nubibus velati, in foliis ipsis et fructibus maturescentibus, mag is minusve coloratis, giimunt, quemque, ut egregia denionstrant experimenta amicissimorum GayLussacn ct Thenardi de eombustione ehlori et hydrogenis, ope thermometri metiri nequis. Etenim locis planis et montanis, vento libere spirante, circumfíisi aeris temperies eadem esse potest coelo sudo vel nebuloso; ideoque ex observationibus solis thermometricis, nullo adhibito Pliotometro, haud cognosces, quam ob causam Gallise septentrional is tractus Armoricanus et Nervicus, versus littora ccelu lemperato sed solé raro utentia; vitem fere non tolerant. Egent enim stirpes non solum caloris stimulo, sed et lucis, quee mag is intensa locis excelsis quam planis, duplici modo plantas movet, vi sua tum propria, tum calorem in superficie arum excitante." (Humboldt, de Distributione geographica plantarum, 181", p. 163-164).

    (1) Pá». 316.—Véase mi tabla de las alturas de las nieves perpétuos en los dos hemisferios desde los 71° * 4 de latitud boreal hasta los oO*, 34' de latitud austral, en el Ank céntrale, t. III, p. 360.

    (94) Pág. 309.—«Heec de temperie aeris, qui terram late circumfundit,

    (93) Pág. 309.—Humboldt, Sur les lignes isothermes, en las Mem. de Phys, et de Chim, de la Societé d'Arcueil, i. III; París, 1817, p. 143-165;Enight, en las Transad, of the horticul. Society of hondon, t. I, p. 32; Watson, Remarks on Ihe geographical distribution of British Plants, 1805, p. 60; Trevelyan, en el New. Edimb. Philos. Journal de Jameson, número 18, p. 154; Mahlmann, en su escelente traduccion alemana de mi Asie céntrale, 2.'* parte, p. 60.

    (92) Pág. 307.—Dante, Divina comedía, Purgatorio, canto III.

    (91) Pág. 306.— Jorge Forster, Kleine Schriften, 3., parte, 1794, p. 87; Dove, en el Jahrbuch de Schumacher para 1841, p. 289, Koemtz, Meteorologie, t. II, p. 41, 43, 67 y 96; Arago, en los Comptes rendus, t. I, p. 268.

    (90) Pág. 305.—Humboldt, Reclierches sur les causes des inflexions des {lignes isothernm, en fAsie céntrale, t. III, p. 103-114. 118. 122. 18S.

    (89) Pag. 300.—Monsum (en malayo musim, el hippalus de los griegos), viene del árabe mausim, época fija, estacion, época en que se reúnen los que emprenden la peregrinacion á la Meca. Esta palabra se ha aplicado á la estacion de los vientos reg"ulares, los cuales toman su nombre específico de las regionesde donde soplan; asi se dice, el mausim de Aden, el mausim de Guzerate, del Malabar, etc. (Lassen, indische Alterthums hunde, t. I, 1843, p. 211). Acerca de la influencia contraria de la base sólida y de la base liquida sobre que descansa la atmósfera, véase Dove, en las Mem. deVAcad, de Berlin, 1S42, p. 239.

    (88) Pág. 299.—Dove, Meteorolocjischeuntersucliungen, 1S37, p. 99-;{43. véanse tambien las notas ingeniosas de KcEmtz sobre la corriente de Oeste superior que cae hacia las latitudes elevadas, y sobre los fenómenos geJierales de la direccion de los vientos, en las Vorlesunyenüber Meteorologie, p. 58-66, 196-200, 327-336, 333-364; Koemtz, en el Jahrbuch de Schumacher para 1838, p. 291-302. Dove ha publicado una esposicion muy interesante de los principales fenómenos meteorológicos, en un opúsculo Witterungsverhaltuisse on Berlin, 1842. La rotacion de los vientos fue conocida de los antiguos navegantes (Churruca, Viaje al Magallanes, 1793, p. lo); acerca de una frase notable de Cristóbal Colon que nos ha conservado su hijo don Fernando Colon en la Vida del Almirante, c. 5;), véase Humboldt. Exámen critique de Vhist, de la Geographie, t. IV, p. 253.

    (100) Pág. 315—Anglerius, de Rebus Oceanicis, dec. II, lib. ÍI, p. 140 (ed. Col., 1574). En la Sierra de Santa Marta, cuyas mas altas cimas parecen esceder de 5800 m., uno de estos altos vértices lleva todavía el nombre de Pico de Gaira. Véase mi Relaíion hisíor., t. ÍII, p. 214.

    (2) Pág. 317,—Darwin, Journal of the voyages of the Adventure and Beogle, p. 297. Como en esta época el volcan de Aconcagua no estaba en erupcion, la falta de las nieves (este fenómeno se presenta muchas veces en el Cotopaxi) no puede atribuirse á un calentamiento rápido del interior del cráter, ni á la emision de gases muy calientes á través de las hendiduras. (Gillies, en el Journal of Nat. Sciences, 1830, p. 316j.

    (86) Pág. 298.—Dove, über die Stürme, en los A nnaleri de Poggendorff, t. LII, p. primera.

    (10) Pag. 321.— Pouilld, en los Annales de Chimtc, i. XXXV, p. 403.

    (17) Pág. 323.— La misma obra, p. 249-266; cf., p. 268-279.

    (16) Pág. 322.—Arago, Annuaire du Burean des Longiludss pour, 1838, p. 246.

    (15) Pág. 322.—Gay-Lussac, en los Annales de Chimic el de Physique, í. VIII, p. 167. La falta de conformidad que reina entre las opiniones de Lame, de Becquerel y de Peltier, no permiten apenas decidir aun acerca de la causa de la distribucion específica de la electricidad en las nubes, cargadas las unas de electricidad positiva y las otras de electricidad negativa. La electricidad negativa que se desarrolla en el aire, cerca de las cascadas, donde el agua está reducida incesantemente á fino polvo, es un fenómeno sorprendente en estremo, que ha sido descubierto, en primer lugar por Tralles, y que he tenido frecuente ocasion de comprobarlo bajo latitudes muy diferentes; sus efectos son aun sensibles á 100 y aun á 130 metros de distancia con un buen electro-metro.

    (14) Pág. 322.— Humboldt, Relat, hislorique, t. III, p. 318. No hablo aquí sino de las investigaciones que he hecho con un electro-metro de Saussure, armado de un conductor metálico de un metro de longitud, investigaciones en las que el electro-mclro no sufria movimiento alguno, de alto á abajo, ni de abajo arriba, ni tenia tampoco el conductor una esponja empapada en alcohol inflamado. Aquellos de mis lectores, que están al tanto de los puntos controvertidos en la actualidad, acerca de la teoría de la electricidad atmosférica, comprenderán el objeto de esta restriccion. En cuanto á la formacion de las tempestades bajo los trópicos, véase mi Relat, histor., 1. II, p. 45, 202 y 209.

    (13) Pág. 321.—Duprez, sur I' Électricité de rair (Bruselas, Isi4, p. 56 y 61).

    (12) Pág. 321.—Pelticr, en los Compies rendus de rAcad, des Sciences, t. XII, p. 307; Becquerel,, Traite de l,Électricité et du Majnétisme, t. IV, p. 107.

    (11) Pág. 3ál.—De la Rive, en su escelente Essai hiatorique sur VÉlcctricité, p. 140.

    (9) Pág. 321.—Acerca de la electricidad que proviene de la evaporacion á una temperatura elevada, véase Peltier, en los Annales de Chimie, t. LXXV, p. 330.

    (3) Pág. 318.—Véase mi Second Mémoire sur les Montagnes de rJnde, en los Annales de Chimie et de Physique, t. XIV, p. 5-o5, y Asie céntrale, t. llí, p. 281-327. Los mas hábiles y esperiraentados viajeros que han visitado

    (8) Pág. 320.—Ka? nitz, Vorlesungen íiber Mefereologie, p. 117.

    (7) Pág. 320.—Para el detalle de esta observacion, véase mi Asie céntrale, t. III, p. 85-89 y 567; acerca del estado higrométrico de la atmósfera en las bajas llanuras de la América del Sud, véase mi Relat, hist, 1. 1, p. 242-248, t. II, p. 45 y 164.

    (6) Pág. 319.—Segun Boussingault (Économie rurale, t. II, p. 693) la cantidad de lluvia en Marmato (lat. 5° 27', altura 1425 m, temperatura media 20° 4) fué en 1833 y en 1834, de 1629 milímetros por término medio de los dos años, en tanto que en Santa Fé de Bogotá (lat. 4.° 26', altura 2647 m., y temperatura media 14° o) no fué mas que de 1004 milímetros.

    (5) Pág. 319.—El agua de lluvia que ha caido en París desde 1805 á 1822, es de 507 milímetros por término medio, segun Arago; en Londres, desde 1812 á 1827, de 632 milímetros; en Ginebra, por término medio de veinte y tres años de observacion, de 776 milímetros. En las costas del Hindostán, la cantidad anual de agua de lluvia varía entre 2924 y 3248 milímetros; en Cuba, el año de 1821, no cayó menos de 3600 milímetros. Véase acerca de la distribucion de la cantidad de agua de lluvia, segun las estaciones en la Europa central, las escelentes observaciones de Gasparin, de Schouw y de Bravais, en la Bibliotheque universelle, t. XXXVIII, p. 54 y 264; Tabkan du climat de Vltalie, p. 76, y las notas con que ha enriquecido Martins su bella traduccion francesa de Ksemtz, Cours compkt de Méféorologie, p. 142.

    (4) Pág. 31S.—Véase Dove, Meteorologische Vergleichung von Nordainerika und Europa, en el Jahrbuch de Schumacher para 1841, p. 311 y Meteorologische linter suchungen del mismo autor, p. 140.

    se encuentra el lago Titicaca, y del pavimento de las calles de la ciudad del Potosí. Segun el cálculo deducido por Vigne del punto de ebullicion del agua, la altura de Ladak es de 3046 m. Esta altura es tambien probablemente la del H'Lassa (Youl-Soung), ciudad enteramente monástica, rodeada de viñas y llamada por los escritores chinos Reino de la alegría; quizás están situadas estas viñas en cañadas muy profundas.

    el Himalaya, que son: Colebrooke, Webb y Hogdson, Víctor Jaquemont, ForbesNoyle, Carlos de Hügel y Vigne, han confirmado todos el esceso de altura de las nieves en la vertiente tibetana, y sin embargo, el hecho ha sido puesto en duda por John Gerard, el geólogo Mac Clelland, editor del Calciitta Journal, y el teniente Thomas Hutton (Assistant Surveyor of the Agrá division). La aparicion de mi obra acerca del Asia central ha reanimado este debate. En un número reciente del diario publicado en las Indias por Mac Clellan y Griffith (the Calcutta Journal of natural history, t. IV, 1S44, January), se hallaba una noticia muy notable y decisiva de todo punto sobre los Hmites de las nieves del Himalaya. Batten (Bengal service) escribía desde el campamento de Semulka, á orillas del rio de Cosillah, en la provincia de Kumaon: « Acabo de leer con sorpresa las aserciones de Thomas Hutton acerca del limite de las nieves perpétuas. Deber mió es contradecirlas, máxime cuando veo que Mac Clelland llega hasta a hablar del servicio que Hutton acaba de prestar á las ciencias destruyendo un error generalmente esparcido {Journal of the Asiatic Society o f Bengal, t. IX, Calcutta, 1840, p. 57o, 57S y 580). No es exacto que cuantos viajeros han recorrido el Himalaya participen de las dudas de Hutton. Yo soy uno de los que han visitado con mas frecuencia la parte occidental de nuestra poderosa cadena. He ido por el Borendo-Pass al valle de Buspa y al bajo Kanawer, y he vuelto á las montarías de Gurwal atravesando la elevada garganta de Rupin. He llegado á ¡as fuentes de Jumma, hacia Jumnotri, y de allí me he dirigido á las afluencias del Ganges, de Mundakni y de Wischnu-Aluknunda, hacia Kadarnath, y el célebre pico nevado de Nundideví. He atravesado diferentes veces el Níti-Pass para llegar á la meseta tibetana. Yo mismo he fundado el establecimiento de Bhote-Mehals; la situacion de mi morada en medio de las montañas me ha puesto desde seis años á esta parte en comunicacion habitual con los viajeros europeos é indígenas, de los cuales he obtenido las mejores noticias acerca del aspecto del país. Todos los documentos que he logrado reunir, así en mis viajes ó por mis relaciones personales, me llevaron al convencimiento en una cosa que estoy decidido á sostener, y es, que en el Himalaya, el limite de las nieves perpétuas está mas alto enlavertiente septe7itrional (tibetana), que en la vertiente meridional (indica). Hutton se sale de la cuestion creyendo que rebate las conclusiones de Humboldt acerca del fenómeno condenado en su generalidad; y lo que realmente impugna es una idea por él mismo forjada; trata de probar, y no tenemos inconveniente en concedérselo, que en ciertas montañas del Himalaya, la nieve ha podido durar mucho mas tiempo en la vertiente del Norte que en la del Sud.»» (Cf. tambien la nota 5 de lap. 9.) Si la altura media de la meseta tibetana es de 3500 m., podemos compararla á la meseta fértil de Caxamarcaen el Perú: pero aun esta evaluacion la coloca á 400 m. por debajo de la meseta de Bolivia, en que

    (87) Pág. 299.—Leopoldo de Buch, Baromelrische W indr ose, en las Mém. de rAcad, de Berlín, 1818, 18Í9, p. 187.

    (85) Pág. 298.—Daussy, en los Comptesrendus, t. IIÍ. p. 156.

    (51) Pág. 276.— Berzelius, Jahresberichi tiber die Fortschritte der physüchen Wissenscli., n.° IS. p. 686. La isla de Bornholm y la de Saltholm, situadas en frente de Copenhague, se elevan muy lentamente, tanto que la elevacion de Bornholm es apenas de un tercio de metro por sigio. Véase Forchhammer, en las Philos. Magazine, 3., serie, t. lí, p. 309.

    (59) Pág. 282.— Is-ie céntrale, t. I, p. 284-286. El mar Adriático sigue igualmente la direccion del Sud-este al Nor-oeste.

    (66) Pág. 286.—Véanse los resultados numéricos en la misma obra, t. II, p. 328-333. Una nivelacion geodésica que mi antiguo amigo el general Bolívar hizo ejecutar á mis ruegos en 1828 y 1829, á Lloyd y Taimare, ha probado que el nivel del mar del Sud está á lo mas 1 metro por debajo del nivel del mar de las Antillas, y además, que uno de estos dos

    (65) Pág. 286.— Humboldt, Asie céntrale, t. IL p. 321 y 327.

    (64) Pág. 283.—^Se podrá acometer con éxito (para la temperatura del Océano entre los trópicos) una cuestion capital hasta ahora indecisa: la de la constancia de las temperaturas terrestres; sin ocuparse de las influencias locales, circunscritas muy naturalmente, procedentes del desmonte de las llanuras y de las montañas y del desecamiento de los lagos y pantanos. Cada siglo legando á los venideros algunas cifras muy fáciles de obtener dará quizás el medio mas sencillo, mas exacto y mas directo para decidir si el sol, fuente hoy primera y casi esclusiva del calor de nuestro globo, cambia de constitucion física y de brillo, como la mayor parte de las estrellas, ó si por el contrario este astro ha llegado á un estado per-. manente. Arago en los Comptes rendus des séances de rAcad, des Sciences, t. XI,P. 2p, 309.

    (63) Pág. 28o.—Véase la serie de observaciones que he hecho en el mar del Sud desde 0° 5' hasta 13° 16' de latitud boreal, en el Asie céntrale, t. III, p. 354.

    (62) Pá-. 28Í.— Humboldt, Relat, hist., t. III. c. XXIX, p. 514-530.

    (61) Pág. 283.—Deuxiéme lettre géologique d' Élie de Beaumont á Alexandre deHumboldt, en los Annalen de Poggendorff, t. XXV, p. 1-38.

    (60) Pág.— 282.—Véase, de la Hauteur moijennedes Continenta, en mi Aaie céntrale, t. I, p. 82-90 y 16o-lS9. Los resultados obtenidos por mí. deben considerarse como números hmites. Laplace estima en 1000 metros, la altura media de los continentes; pero este número es por lo menos tres veces mayor del real. El inmortal geómetra llegó á esta conclusion, por ciertas consideraciones hipotéticas sobre la profundidad media de los mares. (Mécanique celeste, t. V, p. 14). He demostrado en el Asie céntrale, t. I, p. 93, que ya los matemáticos de la escuela de Alejandría hablan creido que esta profundidad de los mares estaba determinada por la altura de las montañas. (Plutarco, Vie de Paul Émile, c. lo). La altura del centro de gravedad de las masas continentales sufre verdaderamente débiles variaciones en el transcurso de los siglos.

    (58) Pág. 281.— Humboldt, Asie céntrale, t. I. p. 277-283. Véase tambien mi Essai sur le gisement des Roclies, 1822, p. 57, y mi Relat, hisL, t. ÍII, p. 244-230.

    (67) Pág. 287.— Bessel, uber Fluthun¿Ebbe, en el Jahrbuch de Schumacher para 183S, p. 223.

    (57) Pág. 281.—Leopoldo de Buch, t¿6er áie Geognostischen Systeme von Beutschland, en sus Geognost. Briefen an Alexander von Humboldt, 1824, p. 265-271; Elias de Beaumont, Recherchea sur les révolutions de la surface c/u^iotí-, 1829, p. 297-307.

    (56) Pág. 280.— Humboldt, Relat, hist., t. Wl, p. 232-234. Véanse tambien las ingeniosas notas acerca de la configuracion de la tierra y la disposicion de las líneas de elevacion, de Alberto de Roon, Grundzíiye der Erd-vólker und Staatenkunde, Leparte, 1837, p. 158, 270 y 276.

    (55) Pág. 278.—Acerca del hundimiento ó elevacion del fondo del mar del Sud, y las diversas «áreas of altérnate movements,-» véase DarAvin s Journal, p. 557 y 561-366.

    (54) Pág. 278.—Véase acerca de la movilidad del mar Caspio, /' Asie céntrale, t. II, p. 283-294. En 1830 la Academia miperial de Ciencias de San Petersburgo comisionó, á peticion mia, al sabio físico Lenz para colocar señales fijas en la península de Abschéron, cerca de Bakou, á fin de indicar el nivel medio de las aguas en un tiempo determinado. Asimismo, insistí en 1839, por apéndice, á las instrucciones dadas al capitán Russ para la espedicion antartica, en la necesidad de establecer á orillas del mar austral, ciertas señales en las rocas, semejantes á las que existen en la Suecia en las playas del mar Caspio. Si se hubiese tomado esta medida con motivo de los primeros viajes de Cook y de Bougainville, sabríamos hoy si el canibio secular del nivel relativo de las aguas y de las tierras, es un fenómeno general ó un hecho puramente local, y si hay una ley fija que regule la direccion de los puntos que se levantan ó bajan simultáneamente.

    altura entre el nivel del Mar Muerto y la casa mas alta de Jaffa. Aldcrson creia en aquella época (28 nov. 1841). que el Mar Muerto estaba a 427 m. debajo del Mediterráneo. En una comunicacion mas reciente del teniente Symond (Jameson s, Edinh, New Pililos. Journal, 1843, t. XXXIV, p. 178), se fija el resultado definitivo de dos medidas trigonométricas perfectamente de acuerdo, en 400 metros.

    . (33) Pág. 277.— Humboldt, Asie céntrale, t. II, p. 309-324; t. íli, p. 549-331. La depresion del Mar Rojo ha sido determinada sucesivamente por las medidas barométricas del conde Bertou, por las mucho mas exactas de Russegger, y por las operaciones trigonométricas del teniente de navio Symond. Esta última medida, segun una carta dirigida por Alderson á la Sociedad geográfica de Londres (esta carta me fue comunicada por mi amigo el copitan Washington), dio 489 m. para la diferencia de

    (52) Pág. 276. -Keilhan, en el Nyí Mag. for Naturvid., 1832, t 1, p. 103-254; t. íl, p. 57; Bravais, sur les lignes d' anden nivean de la mer, 1843, p. 15-40. Cf. tambien Darwin, On the parallel roads of Gkn-Roy and Lochaber, en las Philos. Transad., for 1839, p. 00.

    mares os lauto mas alto ó bajo que el otro seguu las horas de sus respectivas mareas. Ahora bien, como la nivelacion ha sido efectuada sobre una línea de 12 miriámetros, empleando 933 veces el nivel, y en otros tantos apostaderos, es fácil comprender que el error, si le hay, en el resultado final, no puede pasar de 1 metro, debiendo considerarse este resultado como una nueva prueba del equilibrio de las aguas que se comunican hacia el cabo Horn (Arag"0, Annuaire du Burean des Longitudes para 1831, p. 3l9). Creí reconocer ya en 1799 y 1804 por mis observaciones barométricas, que si existia una diferencia entre el nivel del mar del Sud, y el del mar de las Antillas, esta diferencia no podia pasar de 3 metros. Véase mi Relat. Hist., t. III, p. 53o-5o7 y los Aúnales de Chimic, t. I, p. 35-64. Las medidas que dan un esceso de altura á las aguas del golfo de Méjico, y á las de la parte septentrional del mar Adriático (combinando las operaciones trigonométricas de Delcros y de Choppin con las de los ingenieros suizos y austríacos) no merecen gran confianza en este punto A pesar de la forma del mar Adriático es harto inverosímil que el nivel de la parte septentrional esté 8 m., 4 mas alto que el nivel del mediterráneo en Marsella y 7 m., 6 mas que el Océano Atlántico. Véase mi Asie Céntrale, t. II, p, 332.

    (68) Pág. 288.— La densidad del agua del mar depende á la vez de la temperatura y del grado de salazon; elemento en que no se ha fijado bastante la atencion al investigar las causas que producen las corrientes. La corriente sub-marina que trae hacia el ecuador las aguas frías de las regiones circumpolares, seguiría una direccion diametralmente opuesta, iría del ecuador á los polos, si las diferencias de salazon obrasen solas. Bajo este punto de vista la distribucion geográfica de la temperatura, y de la densidad de las aguas del mar, es de una alta importancia. Las numerosas observaciones de Lenz {Poggend, annalen,, t. XX, 1830, p. 129), y las que se han recogido durante los viajes del capitán Beechey {Voijage to the Pacific, t. II, p. 727), merecen una atencion particular. Cf. Humboldt, Relat, hist., 1. 1, p. 74, y Asie céntrale, i. III, p. 336.

    (84) Pág. 298.—^Humboldt, Essai sur la Geographie desplantes, 1807, p. 90; Relat, hisl., t. III, p. 313; y sobre la disminucion de la presion atmosférica en las regiones intertropicales del Océano Atlántico, véase Poggendorff s Annalen, t. XXXVII, p. 245-258, y p. 468-486.

    (77) Pág. 294.—Lewy. Cometes rendm de lAcad, des Sciences, t. XVll, B. 2., parte, p. 235-248.

    (83) Pág. 297.— Bravais, en Ksemtz y Martins, Meteorologie, p. 263. En Halle (lat. 51° 29'), la amplitud de la oscilacion es tambien de 0,631 de milímetro. En las montañas de las zonas templadas, la determinacion e.xacta de ¡as horas del máximum y del mínimum exige una larga serie de observaciones. Cf. las observaciones de las variaciones horarias que se han recogido en 1832, 18U y 1842, en la cima del Faulhom, en Martins, Meteorologie, p. 234.

    (82) Pág. 297.—Observatíons faites pour conslater la marche des variatiom horaires du barométre sous les Tropiques, en mi Relation hisíorique du Voyage aux Régions équinoxiales, t. 1¡Í, p. 270-313.

    (81) Pág. 296.— Aplicando las íórniulas queLaplace habia comunicado á la Comision de longitudes poco tiempo antes de su muerte, Bouvard encontró en 1827 que la parte de las variaciones horarias de la presion atmosférica que depende de la atraccion de la luna, no podria aumentar en Paris la altura del mercurio en el barómetro, mas de 0,018 de milímetro; en tanto que despues de oncéanos de observaciones hechas en Paris, la oscilacion media del barómetro era de 0,756 de mih metro, desde las 9 de la mañana á las 3 de la tarde, y de 0,373 de milímetro de las 3 de la tarde á las 9 de la mañana. Véase Mémoires de rÁcad, desSn enceji, t. YII, 1827, p. 267.

    (80) Pag:. 295.—Gay-Lussac, en los Ármales deCliimie, t. LUÍ, p. 120; Payen, Mémoire sur la composition chimique des végéiaux, p. 36 et 42; Liebig, Organische Chemie, p. 299-32o. Boassingault, Erononug rura/e, t. I, p. 142-103.

    Cf. Boussingault, Economierurale, t. I, p. o3-G8. Liebiy, Cldmicorganique, p. 16 y 21.

    (79) Pág. 294.—He omitido en esta enumeracion el ácido carbónico que exhalan las plantas durante la noche, al mismo tiempo que absorben el oxígeno, porque esta emision de ácido carbónico está suficientemente compensada por el acto de la respiracion de los vegetales durante el dia.

    (78) Pág. 294.— J. Damas, Annales de Chimie. 3.* serie. 1. Jll, 2.» parte, p. 257.

    (76) Pág. 294.—Lichig, en su importante obra: Die organiache Chemie in ihrer Áuwendung aut Agricultur und Physiologie, 1840, p. 64-72 Acerca del papel que juega la electricidad atmosférica en la produccion del nitrato de amoniaco, el cual se trasforma en ácido carbónico por el contacto con la cal, véase Boussingault, Economie rurale consideree dans ses rapporís avec la Chimie et la Meteorologie, 1844, t. II, p. 247 y 697. Véase tambien t. I, p. 84.

    (69) Pág. 289.— Humboldt, Relat, hist., t. I, p. 64, Nouvelles Anuales des Voyages, 1839, p. 233.

    (75) Pág. 294.—Boussiugault. Recherches mr la composition de rAtmosphére, en los Anuales de Chimieet de Physique, t. LVIÍ, 1834, p. 171-173. Segun Boussingault y Lewy la proporcion de ácido carbónico contenida en la atmósfera de Andilly, por consiguiente lejos de las emanaciones de las ciudades, oscila solamente entre 0,00028 y 0.00031 de volúmen.

    (74) Pág. 293.—Esta voz misteriosa le decía: ('Maravillosamente Dios hizo sonar tu nombre en la tierra: de los atamientos de la mar Oceana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dio las llaves.» Colon cuenta este sueño en su carta al rey de España, fecha 7 de julio de 1503. (Eumboldl Exámen critique, t. III, p. 234).

    (73) Pág. 2S9.— Humboldt, Exámen critique, t. IIÍ. p. 64-109.

    (72) Pág. 289.— Petras Martyr de An^leria, de Rebus Oceanicis et Orbe Novo, Bas. 1523, Dec. IIÍ, libr. VI, p. 57. Cf. llumbodt. Exámen critique, f. IÍ, p. 254-257, y t. III, p. 108.

    (71) Pág:. 289.— Humboklt, Eaámen critique, t. II. p. 250. Relat, hist., t. I, p. 66-74.

    gion «not a current, but a sea in motion.» {Invesligalion of Currenls. p. 23).

    (70) Pág. 289.— Humboldt, Exámen crit, de I' Hist, de la Géogr., t. III, p. 100. Colon añade: <. En ninguna parte es mas fuerte este movimiento que en el mar de las An tillas, «(Navarrete, Coleccion de los viajes y descubrimientos de los Españoles, 1. 1, p. 260). Y en efecto, Rennell llama á esta re-

    (78) Pág. 241.—Leopoldo de Buch, Canarische Inseln, p. 394; Fiedler, Reise durch Griechenland, 2., parte, p. 181, 190 y 516.

    (76) Pág. 240.—Sobre la transformacion del calcáreo compacto en calcáreo granular por el granito en los Pirineos (Montaña de Rancie), véase Dufrénoy, en las Mémoires géologiques, t. II, p. 440. y en las montañas de i'Oisons, Elias de Beaumont, Mém. géol., t. II, p. 379-415; por el pórfiro diorítico y piroxénlco (opJnjta; Elias de Beaumont, Géol, de la France, t. I, p. 72), entre Tolosa y San Sebastian, véase Dufrénoy en las Mém. Géol., t. II, p. 130; en la isla de Skye, donde el calcáreo metamorfoseado por la sienita presenta aun rasgos visibles de petrificaciones, véase M. de Dechen. Géognosie, p. 573. En la metamorfosis de la creta, en contacto con -el basalto, las moléculas han debido esperimentar un desplazamiento muy notable para dar lugar á la estructura cristalina ó de grano de la roca actual, porque antes de la transformacion esas moléculas formaban una infinidad de pequeños anillos separados, segun Ehremberg ha tenido ocasion de acreditar por medio de investigaciones microscópicas sobre la roca primitiva. Véanse los Annalen de Poggendorff, t. XXXIV, p. 105, y sobre anillos formados por precipitados de aragonita, Gustavo Rose, en la misma coleccion, t. XLII, p. 354.

    (35) Pág. 222.—Véase Gay-Lussac, Sur les Volcans, en los Aúnales de Chimie, t. XXII, p. 427; y Bischof, Wármelehre, p. 272- Las erupciones de humo y de vapores acuosos que se han visto en diferentes épocas al.rededor de Lanzarote, de la Islandia, y de los Kuriles, durante la erup-

    (44) Pág. 228.—Morean de Jonnés, Hist, phys, des Antilles, i. I, p. 136, 138 y 543; Humboldt, Belat, histor., t. III, p. 367.

    (53) Pág. 230.—Este yacimiento notable, ha sido descrito por primera vez, por Weiss, en Karsten s Archiv. für Bergban und Hüttenwesen, t. XVI, 1827, p. 5.

    (52) Pág. 230.— Humboldt, Asie céntrale, t. I, p. 299-311, y los dibujos del viaje de Rose, t. I, p. 611; estos últimos reproducen la curvatura de las escamas del granito indicada por Leo?, de Buch, como I asgo característico.

    (51) Pág. 229.—Véase en la obra citada de Rose, t. I, p. 584, el plano de Biri-Tan que he dibujado desde la parte del Sud, donde se hallaban las tiendas de los Kirghisos. Acerca del granito esferoidal que se divide en escamas concéntricas, véase Humboldt Relat, histor., t. il, p. 591, y Essai, geogn, sur legisenunt des roches, p. 78.

    (50) Pág. 229.— Humboldt, Relat, hist., t. II, p. 99.

    (49) Pág. 229.—El g: ranito que se eleva cerca del lago Kolivan, en forma de paredes divididas en estrechos sillares paralelos, contiene muy pocos cristales de titanita, siendo el feldespato y la albita los que predominan; véase Humboldt, Asie Céntrale, t. I, p. 295; Gustavo Rose Reise nach dem Ural, t. I, p. 524.

    (48) Pág. 229.—Leop. de Buch. üeber Granit und Gneiss, en lasJMem. de rAcad, de Berlín, 1842, p. 60.

    (47) Pág. 229.—. Bernhard Cotta, Geognosie, 1839, p. 273.

    (46) Pág. 228.— Véase la pág. 6.

    (45) Pág. 228.—Cerca de Teguiza; Leo?, de Buch, Canarische Inseln, p. 301.

    (43) Pág. 228.—Darwin, volcante Islands, 1844, p. 49 y 154.

    (55) Pág. 231.— Estos lechos intercalados de diorita juegan un importante papel en el distrito de las minas de Naila, cerca de Steben, los mas dulces recuerdos de la juventad, van unidos á esta region,, donde he estudiado la direccion de los trabajos de las minas, hacia fines del siglo último. Cf. F. Hoffmann en los Annalen de Poggendorlf, t. XVI, p. 558.

    (42) Pá^. 226.— Cf. Leo?, de Buch, Ueber dolomitals Gebirgsart, 1823, p. 36; y el mismo autor, acerca del grado de fluidez que debe atribuirse á las rocas plutónicas en la época de su erupcion, y sobre la transformacion del esquisto en gueiss por la accion del granito, y de las materias que han acompañado el levantamiento de esta roca, en las Mem. de VAcad, de Berlin, 4842, p. 58 y 63; y en Jahrbuch fur wissenschaftliche Kritik, 1840, p. 195.

    nóstica destinada al uso de los jóvenes del colegio de Minería de Méjico,) designe despues (1832) las rocas de erupcion plutónlcas y volcánicas bajo el nombre de endógenas (enjendradas en el interior), y las de sedimento bajo el de exógenas, (enjendradas esteriormente sobre la corteza terrestre.) En el sistema gráfico que adopté, las primeras estaban indicadas por una flecha dirigida hacia arriba, y las segundas por una flecha vuelta hacia abajo. Este método tiene al menos la ventaja de no desfigurar los planos en que se trata ordinariamente de lepresentar series de capas sedimentarias dispuestas horizontalmente unas sobre otras; mas en la mayor parte de los planos modernos, las erupciones y las penetraciones de basalto, de pórfiro ó de sienita, están figuradas por venas ascendentes de un modo arbitrario y poco conforme con la naturaleza. Las denominaciones que he propuesto en el plano pasigráficogeog"nóstieo fueron formadas segun las de Candone, que llamaba endógenas á las plantas monocotíleas, y exógenas á las dicotíleas. Pero Mohl ha probado, por una análisis mas exacta del reino vegetal, que en tesis general y rigorosa, el crecimiento de las monocotíleas, no se verifica de dentro á fuera, ni el de las dicotíleas, de fuera á dentro. (Link, Elementa philosophioe botanicce, t. 1, l837, p. 287; Endlicher y Ung er, Grundzuge der Botanik, 1843, p. 89; y Jussieu, Traite de Botanique, t. I, p. 8o). Lo que yo llamo endógeno, lo designa Lyell por la spresion característica de netherformed ó hipogene rocks. (Principies of Oeology, 1833, t. III, p. 374).

    (41) Pág. 226.—En un plano de los alrededores de Tezcuco, de Totonileo y de Moran (Atlas geogr, et phys, lam. VIL) que destinaba primitivamente (1803) á que formase parte de la obra inédita (Pasi grafageog

    (40) Pág. 223,—Cf. Reinwardt yHoffmann, en los ^nna/en de Poggendorff. t. XIÍ, p. 607; Leopoldo de Buch, Cauarischeinsein, p. 424, 426. La erupcion de los fangos arcillosos de Carguairazo en 1698, cuando la demolicion del volcan; los Lodazales de Igualata, y la Moya de Pelileo, son fenómenos volcánicos del mismo género en la meseta de Quito.

    (39) Pág. 224.—Sófocles, Philod. v. 971 y 972. Acerca de la época, presunta de la estincion de los fuegos de Lemnos, en tiempo de Alejandro, cf. Bnttmann, en e Museum der Alterthumsvissenschaft, t. I, 1807, p. 295; Durean de la Malle, en los Anuales de Voyages de Malte-Bran, t. IX, 1809, p..■>; Ukert en las Ephem, googr, de Bertuch, t. XXXIX, 1812, p. 361: Hhode, Res Lemnicoe, 1829, p. 8; y Walter, ueber Ahuahme der vulkanischen Thdtigkeit in historischen Zeiten, 1844, p. 24. Se ha supuesto que el cráter apagado de Mosychlos fué sumerjido por el mar en época muy remota, así como la isla desierta de Chrysa, antigua mansion de Filoctétes (Otfried Muller Minios, p. 300); el mapa hidrográfico de la isla de Lemnos, levantado por Choiseul, da mucha verosimilitud á esta opinion, y los arrecifes y escollos situados al Nor-Esle de Lemnos, indican aun el sitio que en el mar Egéo ocupaba en otro tiempo, un volcan activo semejante al Etua, al Vesubio, al Stromboli y al Volcan de las islas de Lipari.

    (38) Pág. 224.—Dufrénoy y Elias de Beaumont, Explication de a Carie Géologique de la France, t. I, p. 89.

    (37) Pág. 223.— Ilumboldt, Asie céntrale, t. lí, p. 30-33, 38-ÍJ2, 70-80 y 426-428. La existencia de los volcanes activos en elKordofan, a 100 miriámetros del mar Rojo, ha sido negada recientemente por Rüppel (Réisenin Nubien, 1829, p. 151.)

    (36) Pag. 223.—Abel Remusat, Lettrc á M. Cordier, en los Aúnales des Mines, t. V. p. 137.

    cion de los volcanes inmedialos, nos autorizan para creer en la reaccion' de los focos volcánicos contra la presion hidrostálica de las aguas cercanas, y aun esas mismas erupciones gaseosas prueban que la elasticidad de los vapores que se desarrollan en los focos, puede llegar á ser muy superior á la presion.

    (54) Pág. 230.—Dufrénoy y Elias de Beaumont, Geologie de laFrance, t. I, p. 130.

    (56) Pág. 231.—En el Ural meridional y Baschkirien; véase G. Rose, Reise nach dem Ural, t. II, p. 71.

    nales de Chimie et de Physique, t, XXIII, p. 261. Leopoldo de Buch, Briefe ueber das südliche Tyrol, p. 101, 105 y 273.

    (67) Pág. 239.—Sobre las dobles uniones de estratificacion, véase Elias de Beaumont, Geologie de la France, p. 41; Credner, Geognosie Thüringens und des Harzes, p. 40; Roemer, das rheinische Uebergangsgehirge, 1844, p. 5 y 9.

    (75) Pág. 240.—Humboldt, Lettre á M. Brochant de Villiers, en los An-

    (74) Pág, 240.—Entre las obras de arte que nos ha legado la antigüedad griega y romana, no se encuentran columnas ni grandes vasos ^e jaspe; hoy mismo los montes Ourales solamente suministran pedazos de jaspe de grandes dimensiones. La materia que se esplota en Altai (Revennaja Sobka) con el nombre de jaspe, proviene de un magnífico pórfido alistonado. La palabra misma se encuentra en las lenguas semíticas; y ha sido aplicada tambien á fragmentos de jas|)ac/iaí, y á una especie de ópalo jaspóide conocido entre los antiguos con el nombre de jasponyx, esto es al menos lo que parece resultar de la descripcion embrollada que se lee en Teofrasto, (deLapid., c. 23 y 27) y en Plinio(l. XXXVÍI, e. 8 y 9), este último coloca al jaspe entre el número de las gemas opacas. Esta materia era tan poco comun entre los antiguos, que hablando de un pedazo de jaspe de once pulgadas de longitud, Plinio creía deber afirmar que él mismo habia visto esta rareza. «Magnitudinem jaspidig undecim unciarum vidimus, foratamque inde effigiem Neronis thoracatam.» Segun Teofrasto la piedra llamada smaragd, ó esmeralda, de la cual se han hecho grandes obeliscos, no era sino una especie de jaspe sin Usías.

    (73) Pág". 240.—Hoffniann, en los A «wa/er» de Poggend., t. XVI, p. 552: «Los estratos de esquisto arcilloso de transicion que pueden observarse en el Fichtelgebirge, sobre una estension de tres miriámetros, se han trasformado en gueisspor los dos estreñios únicamente en que se hallan en contacto estas capas con el g"ranito. Allí se ve como se ha formado el, g"neiss poco á poco; como el mica y las amigdaloides feldespáticas se han desarrollado en la masa interior del esquisto que contiene en sí mismo todos los elementos de estos minerales."

    una causa distinta, sin perder por ello su estratificacion, recordando por esta disposicion la estructura fisica de un tizon carbonizado á medias, en el cual pueden seguirse las señales de las fibras leñosas, aun mas allá de los puntos que presentan todavía los caracteres naturales de la madera.» (Cf. los Anuales des Sciences naturelles, t. XIV, p. 118-122, y M. de Dechen, Geognosie, p. 553). Entre las pruebas mas sorprendentes de la metamorfosis de las rocas bajo la influencia plutónlca, es preciso contar las belemiiilas de esquisto de Nuffenen (valle alpestre de Eglno y ventisquero de Gries), y las que M. Charpentier ha encontrado en el pretendido calcáreo primitivo, sobre el flanco occidental de la Garganta de Seigne (entre el Cercado de Monljovet y la barraca alpina de la Lanchette) que me enseñó en Bex, en el otoño de 1822 {Anuales de Chimie, i. XXIII, p. 262).

    (72) Pág. 240.—Elias de Beaumont, en los Aúnales de Sciences naturelles, t. XV, p. 362-372: «Aproximándose á las masas primitivas del MonteRosa y de las montañas situadas al oeste de Coni, vése como las capas secundarias pierden mas y mas los caracteres inherentes á su manera de depositarse. A menudo adoptan algunos modos que parecen provenir de

    (71) Pág. 239.—Leopoldo de Buch, en las Mem. deVAcad, de Berlín. 1812, p. 63, y en los Jahrbücher für wissenschafliehe Kritik, 1840, p. 196.

    (70) Pág. 239.— Rose, Reise nach dem Uval, t. I, p. 386-588.

    (69) Pág. 239.—A propósito del orígen volcánico de la mica es importante recordar que los cristales de mica se encuentran en el basalto de Mitlelgebirge bohemio; en la lava arrojada por el Vesubio en 1822. (Monticelli, Storia del Vesüvio, vieglianni, 1821 é 1822, § 99); en los Iragmentos de esquisto arcilloso envueltos de basalto escoriado que se encuentran sobre el Hohenfels, no lejos de Gerolstein, en el Eifel (véase Mitscherlich, en el Basalto-Gebilde de Leonhard p. 244), sobre el feldspato producido en el esquisto arcilloso por el contacto del pórfiro, entre Urval y Poiet, (ForezJ, véase Dufrénoy, Geol, de la France, t. I, p. 137. A un contacto de éste género debe atribuirse la singular estructura amigdaloide y celular de los esquistos que he encontrado en Paimpol, en Bretaña (t. I, p. 234) en una escursion geológica emprendida de acuerdo con el profesor Kunt.

    (68) Pág. 239.—La sílice no está coloreada simplemente por el óxido de hierro; va acompañada de arcilla de cal y de potasa; véase Rose, JRetse, t, II, p. 187. Sobre la formacion del jaspe por la accion del pórfiro, de la augita y del hiperstenfels, véase el mismo autor t. II, p. 169, 187 y 192. Cf. t. I. p. 427, donde entre los globos de pórfiro allí dibujados contiene la grauwacka calcárea de Bogoslowsk, se presenta tambien el jaspe como un producto de la accion plutónica de la augita, t. II, p, 543, y Humboldt A sie céntrale, t. I, p. 486.

    (66) Pág, 238.—Mitscherlicli, ueher die Ausdehnung der kristallkirkn Kórper durch die Warme en los Annalen de Pog^endorff, t. X, p. 131.

    (57) Pág. 231.— G. Rose, Reise nach dem Ural t. II, p. 47, 52 acerca de la identidad del eleolito y la nefelina, (la proporcion de cal es algo mayor en esta última); véase Scheerer, en los Annalen de Poggend. t. XLIX, p. 359-381.

    bre la trasforraacion del hierro laminado en hien-o quebradizo al frió, en las Mem. geolog, de Elias, Beaamont, t. II, p. 411.

    (65) Pág. 238.—Véanse las investigaciones de Costa en el Creusot, so-

    (64) Pág. 238.—Acerca del yeso considerado como cristal de un solo eje, acerca del sulfato magnésico y los óxidos de zink y de nikel, véase Mitscherlich, en los Annalen de Poggend., t. XI, p. 328.

    (63) Pág. 238. —Véase acerca de el dimorfismo de azufre, Mitscherlich, Lehrhuch der Chemie, § 55-63.

    (62) Pág. 238.—Gustavo Rose, en los Annalen de Poggend., t. XLII, p. 364.

    (61) Pág. 237.— Sir James Hall, en las Edmb. Transad., t. V, p. 43. i. VI, p. 71; Gregory Watt, en las Philos. Transactions of the Royal Society of hondon for 1804, 1. II, p. 279. Dartigues y Fleurian de Bellevue, en t Journal dePhysique, t. LX, p. 436; Buschof. Wdrmelehre, p. 313 y 443.

    (60) Pág. 237.—Esta descripcion de las relaciones de yacimiento del granito pone de relieve el carácter fundamental y general de toda la formacion. Sin embargo, el aspecto que el granito presenta en algunas localidades, autoriza á creer que esta roca no ha estado desprovista siempre de una cierta fluidez en el momento de la erupcion. Véase mas arriba p. 229; véase tambien la descripcion de una parte de la cadena de Narym cercana á las fronteras del imperio chino, en Rose, Reise nachdem Uval, t. I, p. 599; otro tanto puede decirse del traquito; V. Dufrénoy y Elias de Beaumont, Description géologique de ¡a France, 1. 1, p. 70. Puesto que he hablado anteriormente en el testo de hendiduras estrechas por las cuales los derramamientos basálticos se han efectuado alguna vez, mencionaré aquí las anchas fallas que han dado paso álos mclafiros (esta última roca no debe ser confundida con los basaltos); véase en Murchison, Silurian System, p. 126, la interesante descripcion de una falla de 146 m. de anchura, por la cual se ha inyectado el melafiro en la hullera de Combrook, Hoar-Edge.

    (59) Pág. 236.— Lyell, Principies ofGeology, t. III, p. 353 y 359.

    (58) Pág. 235.—Véanse las bellas invesligacionesde Misstchcr, en las Mem. de rAcad, de Berlín. 1822 y 1823, p. 25-41, en los Annalen de Pogggend., t. X, p. 137-152, t. XI, p. 323-332, t. XLI, p. 213-216, y Gustavo Rose, ueber Bildung des Kalpat und Aragonitens en los Annalen de Po^gend., t. XLII, p. 553-366; Haidinger, en las Transad, oftheRoyal Society ofEdmburg, 1827, p. 148.

  1. ​ (23) Pag. 141.— Otfried Müller, Prolegomena, § 373.
  2. ​ (24) Pág. 144.—Cuando se trata de la mayor profundidad á que los trabajos de los hombres han podido llegar, es necesario distinguir la profundidad absoluta, contada desde la superficie misma del suelo, de la profundidad relativa, contada solamente á partir del nivel del mar. La mayor profundidad relativa alcanzada, es quizás la del pozo artesiano de Neu-Salzwerk, cerca de Minden, en Prusia, que en junio de 1844 era de 607,4 m.; la profundidad absoluta era de 680 m. La temperatura del agua en el fondo del pozo, ascendia entonces á 32°,7 admitiendo 9°,6 para la temperatura media de la atmósfera, se tendria el aumento de 1° por cada 29,6 m. El pozo de Grenelle, en París, tiene 547 m. de profundidad absoluta. Segun dice el misionero Imbert, á la profundidad de nuestros pozos artesianos, escede con mucho la de las fuentes de fuego (Ho-tsing), en China; estos pozos se perforan con el objeto de procurarse gas hidrógeno, que se quema en las salinas para la evaporacion del agua. En la provincia china de Szou-Tchouan, las fuentes de fuego tienen generalmente de 600 á 650 m. de profundidad; en Tseou-Lieou-Tsing (lugar del derramamiento perpétuo), se perforó á la cuerda en 1812, un ho-tsing de 975 m. (Humboldt, Asie centrale, t. II, p. 521 y 525; Annales de l' association pour la propagation de la Foi, 1829, núm. 16, p. 369). La profundidad relativa alcanzada en Monte-Massi, en Toscana, al Sud de Voltera, solo es de 382 m., segun Matteucci. Es probable que la hullera de Apendale, en Newcastle, sobre el Tyne (Stafford shire), venga en profundidad relativa inmediatamente despues del pozo artesiano de Neu-Salzwerk. En esta mina los trabajos de esplotacion se verifican á 725 yardas (658 m.) debajo de la superficie (Thomas Smith, Miner's Guide, 1836, p. 160); no conozco desgraciadamente la altura exacta del suelo sobre el nivel del mar. La profundidad de la mina de Monk-Wearmouth, en Newcastle, es de solo 456 m. (Phillips en el Philos. Magaz., t. V, 1834. p. 446); la del carbonage la Esperanza, en Seraing, 413 m., segun M. de Dechen; la de la antigua mina Marihaye, cerca de Val-Saint-Lambert, en el valle del Mosa, 376 m., segun Gernaert, ingeniero de minas. Las escavaciones mas profundas (midiendo ahora á partir del suelo) se han practicado en su mayor parte sobre mesetas ó en valles, de tal altura, que el nivel del mar ó ha sido escedido en muy poco, ó no ha sido alcanzado. Un pozo de mina, actualmente abandonado en Kuttenberg, en Bohemia, habia llegado á la enorme profundidad absoluta de 1151 m. (F. A. Schmidt, Berggesetze der österr. Mon., primera parte, t. I, p. XXXII). En San Daniel y en Geist, sobre el Rœrerbühel (distrito de Kitzbühl), llegaron los trabajos en el siglo XVI á 947 m. Aun se conservan los planos de los trabajos ejecutados sobre el Rœrerbühl en 1539. (Joseph de Sperges Tyroter Bergwerksgeschichte, p. 121). Cf. tambien Humboldt, in die Gutachten über Herantreibung des Meissner Slollens in die Freiberger Erzrevier, impreso en Herder, ueber den jelzt begonnenen Erbstollen, 1838, p. CXXIV). La estraordinaria profundidad de estos trabajos parece haber sido conocida desde muy antiguo en Inglaterra, pues Gilbert, de Magnete, asegura que el hombre ha podido penetrar en la corteza terrestre á 780, y aun á 975 m. de protundidad, «Exigua videtur terræ portio, quæ unquam hominibus spectanda emerget aut eruitur: cum profundius in ejus viscera, ultra efflorescentis extremitatis corruptelam, aut propter aquas in magnis fodinis, tanquam per venas scaturientes, aut propter aeris salubrioris ad vitam operarium sustinendam necessarii defectum, aut propter ingentes sumptus ad tantos labores exantlandos, multasque difficultates, ad profundiores terræ partes penetrare non possumus; adeo ut quadringentas aut (quod rarissime) quingentas orgyas in quibusdam metallis descendisse, stupendus omnibus videatur conatus." Guillielmi Gilberti, Colcestrensis, de Magnete Physiologia nova, Lond., 1600, p. 40. Las profundidades absolutas de las minas de Freiberg, en Sajonia, son de 592 y 557 m,; las profundidades relativas no esceden de 201 y 84 m. suponiendo que para hallar la altura del suelo sobre el nivel del mar se tome, con Reich, 387 m. para la de Freiberg. La profundidad absoluta de las minas de Joachimsthal, en Bohemia, no menos célebres por su riqueza que las de Freiberg, es de 646 m., sin que por esto hayan llegado los trabajos al nivel del mar, puesto que las medidas de M. de Dechen dan próximamente 731 m. para la altura de la superficie sobre este nivel. En el Hartz, el pozo Samson, en Andreasberg, tiene 670 m. de profundidad absoluta. En la antes América Española, no conozco minas mas profundas que las de Valenciana, en Guanaxuato (Méjico), donde he medido la profundidad absoluta de los planes de San Bernardo: estos planes tenian 514 m.: por consiguiente les faltaba todavía 1816 m. para llegar al nivel del mar. La profundidad de los antiguos trabajos de Kuttenberg escede á la altura del monte Brocken, y es inferior á la del Vesubio en solo 65 m. Si se la compara á la altura de los mayores edificios construidos por la mano de los hombres (la pirámide de Cheosp y la aguja del campanario de la catedral de Strasburgo), se encuentra la relacion de 8 á 1. Nuestros libros geológicos contienen tantos datos mecánicos de manifiesta inexactitud, y estos datos han sido alterados con tanta frecuencia por falsas reducciones, que me ha parecido útil presentar aquí todos los documentos ciertos que he podido recoger sobre las profundidades absolutas y relativas de las minas y pozos artesianos.—Cuando se desciende de Jerusalem hácia el mar Muerto dirigiéndose al Este, se goza de un espectáculo único en el mundo; y digo único por el estado actual de nuestros conocimientos sobre la hipsometria de la superficie terrestre; á medida que se va llegando á la quebrada que sirve de lecho al Jordan, se camina á cielo abierto sobre capas de rocas, cuya profundidad bajo el nivel del Mediterráneo es de 422 m., segun la nivelacion barométrica de Bertou y Russegger. (Humboldt, Asie centrale, t. II, p. 323.)
  3. ​ (25) Pág. 145.—A falta de los trabajos mineros, las capas que se encorban en forma de bóvedas tumbadas que se ven caer y reaparecer mas lejos á una distancia determinada, pueden dar indicaciones preciosas a cerca de la constitucion de las partes mas profundas de la costa terrestre. Los datos de esta naturaleza tienen un gran interés para la geognosia. Debo las notas siguientes á un escelente geólogo, M. de Dechen: «La profundidad de la depresion formada por las capas carboníferas de Luttich en el monte San Gilles, segun las medidas tomadas por mí, de acuerdo con nuestro amigo M. de OEynhausen, es próximamente de 1186 m. debajo de la superficie; como el monte San Gilles no tiene mas de 130 m. de altura absoluta, el fondo del seno es de 1056 m. bajo el nivel del mar. El seno de los lechos de carbon de piedra de Mons, es aun 568 m. mas profundo. Pero estas profundidades son bien pequeñas en comparacion de la que puede deducirse de la disposicion de los lechos de carbon de piedra de Saar-Revier (Saarbrücken.)En diferentes ensayos he hallado que la capa de carbon situada en los alrededores de Duttweiler cerca de Saarlouis desciende hasta 6710 m. bajo el nivel del mar. «Este resultado escede en 2600 m. la profundidad que he atribuido en el testo aun seno formado por el plegamiento de los estratos devonianos. Los lechos de carbon de piedra de que habla Dechen se suceden asi bajo el nivel del mar, en tanto que el Chimborazo se eleva sobre el mismo nivel. A esta profundidad el calor terrestre debe ser de 224°. Desde las cimas mas altas del Himalaya hasta las capas donde la vejetacion del mundo primitivo se ha escondido, la distancia contada verticalmente es de 14600 m. ó de del radio de la Tierra.
  4. ​ (26) Pág. 149.— Platon Phædo, p. 97. (Aristóteles, Metaph, p. 985). Cf. Hegel Geschichte der Philos., 1840, p. 16.
  5. ​ (27) Pág. 149.—Bessel, Allgemeine Betrachlungen ueber Gradmessungen nach astronomisch-geodätischen Arbeiten, al fin de la obra de Bessel y Bæyer Gradmessung in Ostpreussen, p. 227. En cuanto al pasaje relativo á la luna, voy. Laplace. Expos. du Système du Monde, p. 308.
  6. ​ (28) Pág. 150.— Plinio, l. II. c. 68. Séneca. Natur. Quæst. Præf, c. 2 «El mundo es poco» decia Cristobal Colon en una carta que escribió desde Jamáica á la reina Isabel, el 7 de julio de 1503, á fin de hacerla comprender que el camino de España no podia ser largo cuando se buscaba el «Oriente partiendo de Occidente». Cf. mi Examen critique de l'hist. de la Geogr. au XVe siecle, t. I. p. 83: y t. II p. 327. Delisle, Fréret y Gosselin han sostenido que las contradicciones de los Griegos á cerca de las dimensiones de nuestro globo eran solo aparentes, y podian desvanecerse, teniendo en cuenta la diferencia de las estadias tomadas por unidades de medida; yo he demostrado en las dos partes citadas mas arriba, que esta opinion habia sido emitida ya en 1295 por Jaime Ferrer, en una proposicion hecha por él para fijar la línea de demarcacion papal.
  7. ​ (29) Pág. 150.—Brewster. Life of sir Isaac Newton, 1831, p. 162: «The discovery of the spheroidal form of Jupiter by Cassini had probably directed the attention of Newton to the determination of its cause, and consequently to the true figure of the Earth.» La primera publicacion de Cassini acerca del aplanamiento de Júpiter (habíalo fijado en ) data de 1691 (Anciens Mémoires de l'Acad. des Sciences, t. II, p. 108). Pero Lalande advierte (Astron., 3.ª edic,. t. III, p. 335) que Maraldi poseía algunas hojas impresas de una obra latina de Cassini, «sobre las manchas de los planetas,» que prueban que Cassini conocía el aplanamiento de Júpiter con anterioridad al 1666, es decir, veintiun años antes de la aparicion de los Principia de Newton.
  8. ​ (30) Pág. 151.—Segun las investigaciones hechas por Bessel, sobre diez medidas de grado, en las cuales tuvo en cuenta el error que descubrió Puissant en el cálculo de la medida francesa de grado (Schumacher's Astron. Nachr., 1841, n.° 438, p. 116), el semi-eje mayor del elipsoide de revolucion que se aproxima mas á la figura irregular del esferoide terrestre, es de 3272077,'14 (6377398,m1); el semi-eje menor es de 326113,'33 (6356079,m9); el aplanamiento es de . La longitud del grado medio de un meridiano es 57013',109 (111120,m64), con un error de + 2,'84 03 (5,m 536); asi, pues, una milla geográfica equivale á 3807,'23 (7420,m 43). Los resultados obtenidos anteriormente por otros autores, combinando las mismas medidas de grado, dan para el aplanamiento cantidades que oscilan entre y . Walbeck, por ejemplo, De forma et magnitudine Telluris in demensis arcubus meridianis definiendis, 1819, encontró ; y Ed, Schmidt, en 1829, dedujo , de siete medidas de grado (Cours. de mathem. et de geogr. phys., p. v.) Acerca de la influencia que grandes diferencias de longitud ejercen sobre el aplanamiento polar, véase la Bibliothéque universelle, t. XXXIII, p.181, y t. XXXV, p. 56; véase tambien la Conaissance des temps, 1829, p. 290. Laplace dedujo tan solo de las desigualdades lunares el valor del aplanamiento, que fijó en , segun las antiguas Tablas de Bürg; y más tarde en segun las observaciones de la Luna discutidas por Burckhardt y Bouvard (Mecanique celeste, t. V. p. 13 y 43).
  9. ​ Pág. 151.—Hé aquí los valores del aplanamiento que se han deducido de las oscilaciones del péndulo: resultado general de la gran espedicion de Sabine (1822 y 1823 desde el Ecuador hasta 80° de latitud Norte) ; segun Freycinet, escluyendo las series de la Isla de Francia, de Guam y de Mowi (Maoui), ; segun Forster, ; segun Duperrey, ; segun Lütke (Partie nautique, 1836, p. 232), , once apostaderos. Las observaciones hechas entre Formentera y Dunkerque (Conaiss. des temps, 1816, p. 330), han dado ; segun Mathieu, entre Formentera y la isla de Unst, , segun Biot. Cf. Baily, Report on Pendulum experiments, en las Memoirs of the royal Astron. Society, t. VII. p. 96; Borenius, en el Bulletin de l'Acad. de Saint Petershourg, 1843, t. I, p. 25. El primero que propuso emplear la longitud del péndulo de segundos como base de un sistema de medida, y tomar el tercio de esta longitud que se supone constante en toda la tierra, por pes horarius; unidad de medida cuyo valor podian encontrar siempre todos los pueblos, fue Huygens en su Horologium oscilatorium, 1673, prop. 25. Este mismo deseo se encuentra reproducido en un monumento erigido solemnemente en el Ecuador por Bouguer, la Condamine y Godin. Léese en la hermosa mesa de mármol que he encontrado intacta en el antiguo colegio de Jesuitas de Quito, «Penduli simplicis æquinoxialis unius minuti secundi archetypus, mensuræ naturalis exemplar, utinam universalis.» Segun lo que dice La Condamine en su Journal de Voyage á l'equateur, 1751, p. 153, acerca de ciertas lagunas de la inscripcion, y sobre sus diferencias con Bouguer con motivo de algunos números, esperaba yo encontrar notables discordancias entre la mesa de mármol y la inscripcion publicada en París. Hechas todas las comparaciones, no he podido hallar mas que dos diferencias poco importantes, á saber: ex arcu graduum, en vez de ex arcu graduum plus quam trium; y la fecha de 1745, en vez de la de 1742; fecha bien singular la primera, porque La Condamine y Bouguer volvieron á Europa en 1744, el uno en el mes de noviembre, y el otro en el de junio; y el mismo Godin habia ya abandonado la América en julio de 1744. La correccion mas importante y útil que pudo hacerse á los números citados en la inscripcion, habria sido la de la longitud astronómica de la ciudad de Quito (Humboldt, Recueil d'Observ. astron. t. II, p. 319-354). Las latitudes, inscritas por Nouet en los monumentos egipcios, dan un nuevo ejemplo del peligro que se corre al conceder con mucha ligereza una especie de solemne perpetuidad á resultados falsos ó mal calculados.
  10. ​ (32) Pág. 152.— Acerca del crecimiento de la pesantez que se ha observado en las islas volcánicas (Santa Elena, Oualan, Fernando de Noronha, Isla de Francia, Guaham, Mowi, é islas Galápagos) escepto la isla de Rawak que difiere de esta regla, quizás á causa de su proximidad á las tierras altas de la Nueva-Guinea (Lütke, p. 240), véase Mathieu, en la Hist. de l'Ástron, au XVIII.e siécle, por Delambre, p. 701.
  11. ​ (33) Pág. 152.— Numerosas observaciones han probado, que existen, en medio de los mismos continentes, atracciones locales que se anuncian por grandes irregularidades en la longitud del péndulo (Delambre, Mesure de la meridienne, t. III, p. 548; Biot, en las Mèm. de l'Acad. des Sciences, t. VIII, 1829, p. 18 y 23). Cuando se atraviesa del Oeste al Este, el Mediodía de la Francia y la Lombardía, se encuentra en Burdeos la menor intensidad de la pesantez; luego crece rápidamente en Figeac, en Clermont-Ferrand y en Milan, hasta Padua, donde llega á su maximum. La influencia de la vertiente meridional de los Alpes en estas variaciones, no debe atribuirse únicamente á la gran masa de esta cadena; pertenece especialmente á las rocas de melafiro y serpentina que han verificado su levantamiento: esta opinion se debe á Elias de Beaumont en sus Rech. sur les Revol. de la surface du globe, 1830, p. 729. Lo mismo puede decirse de las vertientes del Ararat, que está con el Cáucaso casi en el centro de gravedad del antiguo continente (Europa, Asia y Africa); las notables observaciones del péndulo que Fedorow ha hecho en este punto, lejos de comprobar la existencia de cavidades subterráneas, autorizan por el contrario, para suponer la de masas volcánicas de gran densidad. (Parrot, Voyage au mont Ararat, t. II, p. 143). Hállanse en las operaciones geodésicas de Carlini y Plana, en Lombardía, diferencias de 20" á 47",8 entre las latitudes astronómicas y las latitudes dedudidas de estas operaciones (vénse, por ejemplo, Andrate y Mondovi, Milán y Pádua, en las Opérations géodès. et astron. pour la mesure d'un arc du parallèle moyen. t. II, p. 347; Effemeridi astron. di Milano, 1842, p. 57). Si se calcula la latitud de Milán por la de Berna por medio de la triangulacion francesa, resultan 45° 27' 52" para dicha latitud, mientras que las observaciones astronómicas han dado 45° 27' y 35". Como las perturbaciones se estienden en las llanuras de la Lombardía hasta Parma, muy al Sud del Pó (Plana, Opèrat. géodès., t. II, p. 847), puede creerse que la desviacion que esperimenta la plomada dependa de la naturaleza del suelo mismo de la llanura. Efectos semejantes ha probado Struve en los llanos mas unidos de la Europa oriental (Schumacher's Astron. Nachr. 1830, número 164, p. 399). En cuanto á la influencia de las masas pesadas que se suponen á una profundidad igual á la altura media de la cadena de los Alpes, véanse las espresiones analíticas que Hossard y Rozet han insertado en las Comptes rendus. t XVIII, 1844, p. 392; y Cf. con Poisson, Traité de Mecanique (2.ª ed.), t. I, p. 482. La primera indicacion de la influencia que las rocas de diferente naturaleza pueden ejercer en las oscilaciones de un péndulo, ha sido dada por Thomas Young en las Philos. trancsact. for, 1819, p. 70-96. Pero cuando se trata de deducir de las ob- servaciones del péndulo alguna conclusion acerca de la curvatura de la tierra, es preciso no perder de vista que la consolidacion de la costra terrestre puede haber sido anterior á la erupcion de las masas basálticas y metalíferas.
  12. ​ (34) Pág. 152.—Laplace. Exp. du Syst. du Monde, p. 231.
  13. ​ (35) Pág. 153.—Las observaciones del péndulo hechas por la Caille, en el cabo de Buena-Esperanza, y calculadas con el mayor cuidado por Mathieu (Delambre Hist. de l'astron. au XVIII. siecle p. 479), dan un aplanamiento de ; pero de cualquier manera que se conbinen las observaciones hechas bajo las mismas latitudes en ambos hemisferios, no hay razon alguna para creer que el aplanamiento del austral sea mayor que el del boreal (Biot, en las Mem. de l'Acad. des sciences, t. VIII, 1829. p. 39-41.)
  14. ​ (36) Pág. 153.—Los tres métodos de observacion dan los resultados siguientes; 1.° por la desviacion de la plomada cerca del monte Shehallien (en galo Tichallin) en el Perthshire, método propuesto antiguamente por Newton, y ejecutado en 1774-1776 y en 1810 por Maskelyne, Hulton, y Playfair: 4713; 2.° por las oscilaciones del péndulo, observado sobre el vértice de una montaña y en la llanura: 4837 (observaciones de Carlini sobre el Monte Cenis, comparadas con las de Biot en Burdeos, Effemer. astr. di Milano, 1824, p. 184); 3.° por la balanza de torsion, con el auxilio de un aparato imaginado primitivamente por Mitchell: 5,48 segun Cavendish; (5.32, segun la revision que hizo Hutton de los cálculos; y 5,52, segun nueva revision de Eduardo Schmidt; Lehrbuch der mathem. Geogr. t. I, p. 487); Reich encontró por la balanza de torsion, 5,44. En el cálculo de estas últimas investigaciones, verdadera obra maestra de exactitud, el profesor Reich obtuvo primero por termino medio, 5,43 (con un error probable de 0,0233 únicamente); pero teniendo en cuenta lo que la fuerza centrífuga hace disminuir la intensidad de la pesantez en la latitud de Freiberg (59° 55'), obtíenese de finitivamente 5,44. La sustitucion del hierro fundido al plomo no produce diferencia alguna que no pueda atribuirse justamente á levísimos errores de observacion; no se ha manifestado señal alguna de accion magnética (Reich, Versuche über die mittlere Dichtigkeit der Erde, 1838. p. 60, 62 y 66.)

    La densidad media de la tierra que se dedujo primeramente de las observaciones hechas en el vértice y al pie de las montañas, tiene de menos casi : 4,761 (Laplace, Mecan. celeste, t. V. p. 46) ó 4,785 (Ed. Schmidt, Cours de Geograph. mattem. t. 1. § 387 y 418.) Esta diferencia se esplica por haber asignado en los cálculos al aplanamiento un valor menor del real, y por la dificultad de determinar con exactitud la densidad de las rocas de la superficie. Sobre la hipóteses de Halley (citada en la página 155 del testo) que consideraba la tierra como una esfera hueca (orígen de las ideas de Franklin á cerca de los temblores de tierra), véanse las Philos. Transact. for theyear. 1693 t. XVII p. 563. (On the structure of the internal parts of the Earth and the concave habitated arch of the shell). Halley piensa que es mas digno del Creador «que el globo terrestre esté habitado en el interior y en el esterior como una casa de muchos pisos, sin que sea obstáculo la falta de luz interior, pues debe haber provisto de algun modo á esta necesidad, (pág. 576)"

  15. ​ (37) Pág. 156.— Esta cuestion ha sido objeto de los bellos trabajos analíticos de Fourier, Biot, Laplace, Duhamel y Lame. En la Théorie mathmatique de la Chaleur. 1835, p. 3,428-430, 436 y 521-524 (véase tambien el estracto hecho por de La-Rive en la Bibliothéque univers. de Genéve. t. LX. p. 415). Poisson ha desarrolado una hipótesis completamente opuesta á las miras de Fourier (Theorie analytique de la Chaleur); niega que el núcleo de la Tierra este actualmente en estado líquido, y segun él, «cuando la tierra se ha enfriado irradiando hácia el medio concentrante, las partes de la superficie que se han solidificado primero, se han precipitado al punto hacia el centro, y una doble corriente ascendente y descendente ha disminuido asi, la gran desigualdad que hubiera tenido lugar en un cuerpo sólido, cuyo enfriamiento se verifica á partir de la superficie.» El gran geómetra admite que la solidificacion ha comenzado por las partes mas aproximadas al centro; «que el fenómeno del calor que crece con la profundidad no se estiende á la masa total del globo, y que es una simple consecuencia de nuestro sistema planetario en el espacio celeste, cuyas diversas partes poseen, en virtud del calor estelar, temperaturas muy diferentes.» El calor de las aguas de nuestros pozos artesianos no seria, por consiguiente, segun Poisson, sino un calor estraño que hubiese penetrado del esterior al interior del globo terrestre: «podria este compararse á un pedazo de roca que se transportara del ecuador á los polos, con la rapidez bastante para que no tuviese tiempo de enfriarse por completo; el crecimiento de temperatura no llegaria en un pedrusco semejante sino hasta las capas próximas al centro.» Puede leerse en los Annalen der Phisik und Chemie de Poggendorff, t. XXXIX, p. 93-100, las justas objecciones que ha levantado esta singular teoría cosmogónica, que atribuye á los espacios celestes un fenómeno que se esplica mejor por el peso de la materia primitivamente gaseosa al estado actual de solidificacion.
  16. ​ (38) Pág. 157.—El aumento de calor indicado por el pozo de Grenelle, en París, es de 1° por cada 32 m.; el que señala el pozo artesiano de Neu-Salzwerk, cerca de Minden, en Prusia, de 1°, por cada 29,m6; exactamente como el pozo artesiano de Pregny, cerca de Ginebra, no obstante que su orificio está situado á 490 m. sobre el nivel del mar, segun Augusto de la Rive y Marcet. Este método fue propuesto por vez primera en 1821 por Arago (Annuaire du Bureau des longitudes, 1835, p. 234); acabamos de ver cuan admirablemente concuerdan los resultados obtenidos en tres pozos artesianos, cuyas profundidades son respectivamente 547, 680 y 221 metros. Si hay dos puntos en la tierra, colocados á corta distancia uno debajo de otro, cuyas temperaturas medias anuales sean conocidas perfectamente, estos dos puntos se hallan en el Observatorio de París, donde la temperatura media del aire esterior es de 10°,822' y de 11°, 834 la de los sótanos, resultando una diferencia de 1,°012 por cada 28 m. de profundidad. (Poisson. Théorie mathem. de la Chaleur, p. 415 y 462). Parece que en el transcurso de los últimos diez y siete años, ciertas causas cuya naturaleza no se conoce aun perfectamente, hacen subir 0°,220, no la temperatura de los sótanos del Observatorio, sino las indicaciones del termómetro que hay fijado en ellos. Si los pozos artesianos presentan probabilidades de perturbacion en su temperatura propia á poco que las aguas estrañas se introduzcan en ellos por las grietas laterales, las observaciones hechas en las minas están espuestas á muchos errores, merced á las corrientes de aire frio que allí circulan sin cesar. Las numerosas investigaciones de Reich acerca de la temperatura de los pozos de las minas de Sajonia, dan un aumento algo menor de calórico, pues es solo de 1° por cada 41, m84. (Observations sur la température des couches á diverses profondeurs, 1834, p. 134). Sin embargo, Philips ha hallado (Poggend, Annalen, t. XXXIV. p. 191) en un pozo de la mina carbonífera de Monk-Wearmouth, en Newcastle, cuya profundidad es de 456 metros bajo el nivel del mar, un aumento de calor de 1° por cada 30, m. 4, resultado casi idéntico al que Arago y Walferdin obtuvieron en el pozo de Grenelle referido.
  17. ​ (39) Pág. 158.—Boussingault, Sur la profondeur á laquelle se trouve la couche de température invariable, entre les tropiques, en los Annales de Chimie et de Physique, t. LIII, 1833, p. 225-247.
  18. ​ (40) Pág. 159.— Laplace, Exp. du Syst. du Monde, p. 229 y 263; Mécanique celeste, t. V, p. 18 y 72. Es de notar que la fraccion de de grado centesimal del termómetro de mercurio, con la cual se designa en el testo el límite de la estabilidad de la temperatura terrestre desde el tiempo de Hiparco, supone que la dilatacion de las materias de que se compone el globo terrestre, es igual á la del vidrio, ó á por cada grado del termómetro. Véanse las notas de Arago acerca de esta hipótesis en el Annuaire para 1834, p. 177-190.
  19. ​ (41) Pág. 160.— William Gilbert, de Colchester, á quien llamaba Galileo «grande hasta escitar envidia,» decia ya: «Magnus magnes ipse est globus terrestris.» Ridiculizando las montañas de iman que Fracastor, ilustre contemporáneo de Cristóbal Colon, colocaba en los polos, añade: « ejicienda est vulgaris opinio de montibus magneticis, aut rupe aliena magnetica, aut polo phantastico á polo mundi distante.» Admite que la declinacion de la aguja imantada es invariable sobre toda la tierra (variatio unius cujusque loci constans est), y esplica las curvaturas de las líneas isogónicas por la configuracion de los continentes y la situacion del fondo de los mares, cuya accion magnética es menor que la de las masas sólidas que se levantan sobre el nivel del Océano. (Gilbert, de Magnete, ed. de 1633, p. 42, 98, 132 y 155.)
  20. ​ (42) Pág. 160.—Gauss, Allgemeine Theorie des Erd-magnetismus, en Resultate aus den Beob. des magnet. Vereins, im Jahr, 1838, § 41, p. 56.
  21. ​ (43) Pág. 161.—Existen otras causas perturbadoras aun mas locales, que tienen su asiento quizás á menos profundidad, y cuyos efectos no se estienden á largas distancias.—Yo hice conocer há tiempo un ejemplo muy raro de estas perturbaciones escepcionales, sentidas en las minas de Sajonia y no en Berlín. (Lettre de M. de Humboldt á S. A. R. le du. de Sussex, sur les moyens propres á perfectionner la connaissance du magnetismme terrestre, en el Traité expérimental de l'electricité de Becquerel, t. VII, p. 442.) Hanse manifestado ciertas tempestades magnéticas simultáneamente desde Sicilia á Upsala, sin propagarse de Upsala á Alten. (Gauss y Weber, Resultate des magnet. Vereins. 1839, p. 128; Lloyd, en las Comptes Rendus de l'Academie des Sciences, t. XIII, 1843. p. 725 y 827). Entre los numerosos y recientes ejemplos de estas perturbaciones que Sabine ha reunido en su importante obra (Observ. on days of unusual magnetic disturbance, 1843), uno de los mas notables es el del dia 25 de setiembre de 1841: la perturbacion se hizo sentir en Toronto, en el Canadá, en el cabo de Buena-Esperanza, en Praga y en parte, por lo menos, de la Tierra de Van-Diémen. Los ingleses dan tanta importancia á la solemnidad del domingo, que creerian cometer un pecado si consintiesen en leer una escala gradual despues de las doce de la noche del sábado, aunque se tratase de los fenómenos mas maravillosos de la Creacion. Ahora bren; como la tempestad magnética de que nos ocupamos acaeció precisamente en la sierra Yan-Diémen, en domingo, á causa de la diferencia de longitud, la observacion no fue completa. (Observ. p. XIV, 78, 85 y 87).
  22. ​ (44) Pág. 161.— En el Journal de Phisyque de Lamétherie, 1804, t. LIX, p. 449, he mostrado cómo puede determinarse la latitud por medio de la inclinacion de la aguja imantada en una costa dirigida siempre de Norte á Sud, que como las de Chile y el Perú, estén constantemente en- vueltas por la niebla (garua) una parte del año. Esta aplicacion es de gran utilidad en aquella localidad por la corriente violenta; que vá del Sud al Norte hasta cabo Pariña, la cual haria que un navegante perdiese mucho tiempo, si por no conocer bien su latitud se dirigiese á la costa norte del puerto donde quisiera detenerse. Desde el Callao de Lima hasta Trujillo, en el mar del Sud, es decir, en una diferencia de latitud de 3°,57', he encontrado 9° (division centesimal) de variacion en la inclinacion de la aguja imantada; desde el Callao á Guayaquil por 9°,50' de diferencia de latitud, 33°,05 de diferencia en la inclinacion magnética (véase mi Relation historique, t. III, p. 622). En Guarmey (10°,4' lat. Sud), en Huaura (lat. 11°, 3'), y en Chancay (11°,22') las inclinaciones son respectivamente, 6°, 80; 9°, 00; y 10°35 de la division centesimal. Este método para determinar la latitud por medio de la brújula de inclinacion, es, pues, perfectamente aplicable cuando el buque camina cortando casi en ángulo recto las líneas isoclínicas, y tiene, sobre los demás métodos, la notable ventaja de no exigir la determinacion de la hora, ni por consiguiente la observacion del Sol y restantes astros. He descubierto muy recientemente que á fines del siglo XVI, veinte años despues de la invencion del Inclinatorium por Roberto Norman, William Gilbert propuso en su grande obra de Magnete, determinar la latitud por medio de la aguja imantada, cuando el cielo está nebuloso «aere caliginoso.» (Phisiologia nova de Magnete, l. V., c. VIII, p. 200). Edward Wright dice en el prefacio colocado al frente de la obra de su maestro, que proposicion semejante «vale mucho oro.» Pero como creia con Gilbert, que las líneas isoclínicas coincidian con los paralelos de la esfera, así como el Ecuador magnético con el Ecuador geográfico, no observó que este método no puede emplearse en todas partes, sino únicamente en ciertas localides.
  23. ​ (45) Pág. 162.—Gauss y Weber. Resultate des magnet. Vereins, 1838. §31, p. 46.
  24. ​ (46) Pág. 162.—Segun Faraday (London and Edinburgh Philosophical Magazine, 1836, t. VIII, p. 178), el cobalto puro no posee propiedad magnética alguna. Verdad es, que otros químicos célebres (Enrique Rose y Wæhler) no miran los esperimentos de Faraday como completamente decisivos. Sin embargo, si de dos pedazos de cobalto purificados cuidadosamente, y al parecer exentos de nikel, uno permaneciese indiferente al magnetismo (hablo del magnetismo en reposo), en tanto que presentase el otro algunas propiedades magnéticas, habría razon para suponer que el segundo no se hallaba bien purificado; por consiguiente me inclino á la opinion de Faraday.
  25. ​ (47) Pág. 162.—Arago, en los Annales de Chimie, t. XXX, p. 214; Brewster, Treatise of Magnetism, 1837, p. 111; Baumgartner en la Zeistchrift für Phis. und Mathem, t. II, p. 419.
  26. ​ (48) Pág. 163.—Humboldt, Exámen critique de l' hist. de la Geographie, t. III, p. 36.
  27. ​ (49) Pág. 163.— Asie centrale, t. I. Introduccion, p. XXXVII— XLII. Los pueblos occidentales, ó sea los griegos y los romanos, sabian que pueden comunicarse al hierro propiedades magnéticas permanentes: «Sola hæc materia ferri vires a magnete lapide accipit retinetque longo tempore.» (Plinio, l. XXXIV, c. XIV.) Habríase podido descubrir, por consiguiente en el Occidente, la fuerza directriz del globo, de ocurrirse á alguno el suspender de un hilo, ó hacer flotar en el agua, sobre un pedazo de madera, un buen fragmento de imán, ó un barrote de hierro imantado, y observado luego sus movimientos libres.
  28. ​ (50) Pág. 163.—Los lugares en que la declinacion magnética es invariable, ó no esperimenta sinó lentas variaciones seculares, son los únicos en que pueden fijarse las líneas de demarcacion por medio de la brújula, sin tener en cuenta las correcciones de la declinacion de la aguja, y sin esponerse al peligro de ver cambiada, á la larga, por la accion magnética del globo, la superficie legalmente comprobada de las propiedades. «The whole mass of West-India property, dice sir John Herschell, had been saved from the bottomless pit of endless litigation, by the invariability of the magnetic declination in Jamaica and the surrounding archipelago, during the whole of the last century, all surveys of property there having been conducted solely by the compass.» Véase Robertson en las Philos. Transact. for. 1806, 2.ª parte, p. 248. On the permanency of the compass in Jamaica since 1660. En la madre patria (Inglaterra), la declinacion ha variado 14° en el mismo espacio de tiempo.
  29. ​ (51) Pág. 164.—En otra parte he demostrado que los documentos que nos son conocidos acerca de los viajes de Cristóbal Colon, pueden servir para fijar la posicion exacta de tres puntos de la línea atlántica sin declinacion, en los dias 13 de setiembre de 1492, 21 de mayo de 1496 y 16 de agosto de 1498. La linea atlántica sin declinacion se dirigía entonces del Nordeste al Sud-oeste y tocaba al continente meridional de América hácia el Este del cabo Codera, en tanto que hoy le toca al Norte del Brasil (Humboldt, Examen critique de l'hist. de la Geogr., t. III, p. 44-48). Se ve claramente por la Physiologia nova de Magnete de Gilbert. (l. IV, cap. I) que en 1660 la declinacion era nula junto á las islas Azores, como en tiempo de Colon. Creo haber probado con documentos ciertos en mi Examen critique (t. III, p. 54), que si la famosa linea de demarcacion establecida por el papa Alejandro VI para dividir el hemisferio occidental entre Portugal y España, no se trazó por lo mas occidental de las Azores, fue porque Colon deseaba hacer de una division natural una division política. Colon dió siempre una importancia estremada á la zona (raya) «en que la brújula no sufre alteracion; en que el aire y el mar, cubierto de yerbas marinas, van presentando una nueva constitucion, y en que las frescas brisas empiezan ya á dejarse sentir, y la curvatura de la tierra comienza á cambiar.» (este último punto parecía deducirse de algunas observaciones de la estrella polar, y cuya falsedad seria supérfluo detenerse á demostrar.
  30. ​ (52) Pág. 164.—Una de las cuestiones cuya solucion importa mas á la teoría física del magnetismo terrestre, esta de saber si los dos sistemas ovalados de líneas isogónicas deben conservar su forma singular durante todo este siglo, ó si al cabo se disolverán desarrollándose. En el nudo del Asia oriental la declinacion aumenta de fuera hácia dentro; lo contrario sucede en el nudo ó el óvalo del mar del Sud, donde ni aun hoy conocemos al Este del meridiano de Kamschatka ninguna línea de declinacion que esté bajo de 2° (Erman, en los Annalen de Poggend, t XXI, p. 129.) Sin embargo, Cornelio Schouten encontró en 1616, el dia de Pascua, que la declinacion era nula á los 15° de latitud meridional, y 132° de longitud occidental, es decir, hácia el sud-oeste de Noukahiva. (Hansteen, Magnetismus der Erde, 1819, p. 28.) Es preciso no perder de vista que los cambios de las líneas no pueden seguirse sino en proyeccion sobre la superficie misma del globo.
  31. ​ (53) Pág. 165.— Arago, en el Annuaire; 1836, p. 284; y 1840, p. 330-338.
  32. ​ (54) Pág. 165.—Gauss, Allgem. Theorie des Erd-magnetismus, § 31.
  33. ​ (55) Pág. 165.—Duperrey, De la configuration de l'équateur magnétique, en los Annales de Chimie, t. XLV, p. 371 y 379. (Véase tambien Morlet, en las Mémoires presentés par divers savants á l'Acad. roy. des Sciences, t. III, p. 132.)
  34. ​ (56) Pág. 166.—Véase en la obra de Sabine (Contributions to terrestrial Magnetism, 1840, p. 139) el notable mapa de las líneas isoclínicas en el Océano Atlántico, relativo á los años 1825 y 1837.
  35. ​ (57) Pág. 167.—Humboldt, Ueber die seculære Verænderung der magnetischen Inclination, en los Annalen de Poggendorff, t. XV, p. 322.
  36. ​ (58) Pág. 167.—Gauss, Resultate der Beobacht. des magnet. Vereins, 1838, § 21; Sabine, Report on the variations of the magnetic Intensity, p. 63.
  37. ​ (59) Pág. 167.—Hé aquí la esposicion histórica de los hechos relativos al descubrimiento de una ley importante para el magnetismo terrestre: la del crecimiento de las intensidades (en general), con las latitudes magnéticas. Cuando quise unirme en 1798 á la espedicion del capitán Baudin para un viaje de circumnavegacion, Borda se interesó vivamente en mi proyecto, y me pidió que hiciera oscilar una aguja vertical en el meridiano magnético bajo diferentes latitudes, y en uno y otro hemisferio, á fin de averiguar si la intensidad magnética varía, ó si es siempre la misma. Estas investigaciones fueron efectivamente uno de los objetos principales de mis aspiraciones cuando emprendí mi viaje á las regiones equinocciales de América. Llegué á comprobar por mis propias observaciones, que la misma aguja que en 10 minutos hace en París 245 oscilaciones, en la Habana hace 246: 242 en Méjico; 216 en San Cárlos del Rio-Negro (1°, 33' lat. N., 80° 40' long. 0.); 211 solamente en el Perú sobre el ecuador magnético, es decir, sobre la línea donde la inclinacion es nula=0 (7° 1' lat. S., 80° 40' long. 0.); y que esta misma aguja trasportada á Lima (12° 2' lat. S.), verifica 219 oscilaciones en igual espacio de tiempo. En los años de 1799 á 1803, he encontrado, pues, que representando por 1,0000 la fuerza total sobre el ecuador magnético, en la cadena de los Andes peruvianos, entre Micuipampa y Caxamarca, la fuerza total en París es de 1,3482; en Méjico de 1,3155; en San Cárlos del Rio-Negro de 1,0480; y en Lima de 1,0773. Cuando desarrollé en el instituto, el 26 de frimario del año xiii, en una Memoria cuya parte matemática se debe á M. Biot, la ley de las variaciones de la intensidad de la fuerza magnética del globo, demostrando que se hallaba comprobada por los valores numéricos deducidos de las observaciones hechas por mí en 104 puntos diferentes, tanto la ley como los hechos parecieron completamente nuevos. Únicamente despues de la lectura de la Memoria fue cuando M. de Rossel comunicó á Biot seis observaciones anteriores, hechas desde 1791 á 1794, en la Tierra de Van-Diémen, en Java y en Amboino; circunstancia que consignó espresamente Biot en la Memoria indicada (Lamétherie, Journal de Physique, t. LIX, p. 446, nota 2), y yo mismo tambien en la Relation histor., t. I, p. 262, nota 1. Las observaciones de M. de Rossel comprueban asimismo el decrecimiento de intensidad en el archipiélago Indio. Es de presumir que antes de la lectura de mi Memoria no habia reconocido este escelente hombre, en sus trabajos, la regularidad con que aumenta ó disminuye la intensidad, pues nunca habia hablado de esta ley tan importante á nuestros comunes amigos Laplace, Delambre, Prony y Biot. En 1808 solamente, es decir, cuatro años despues de mi vuelta de América, no aparecieron las ob- servaciones de M. de Rossel, en el Voyage d' Entrecasteaux, t. II, p. 287, 291, 321, 480 y 644. En todas las Tablas de intensidad magnética que han aparecido, ya en Alemania (Hansteen, Magnet. der Erde, 1819, p. 71; Gauss, Beobacht., des magnet. Vereins, 1838, p. 36-39: Erman, physik. Beohacht., 1841, p. 529-579), ya en Inglaterra (Sabine, Report on magnet. Intensity, 1838, p. 43-62; Contributions to terrestrial Magnetism. 1843), ya en Francia (Becquerel, Traitè d'Electr. et de Magnet., t. VII, p. 354-367), se ha conservado la costumbre de reducir las oscilaciones observadas en cualquier parte de la superficie del globo á la medida de la fuerza hallada por mí sobre el ecuador magnético en el Perú septentrional; y tomando esta fuerza por unidad convencional, es como la intensidad magnética de París está bien espresada por 1,358. Pero hay otras observaciones anteriores, aun á las del almirante Rossel, hechas por Lamanon durante la desgraciada espedicion de Lapérouse, y dirigidas á la Academia de ciencias. Sábese positivamente (Becquerel, t. VII, p. 320) que estas observaciones, empezadas en la isla de Tenerife (1785) y continuadas hasta la llegada á Macao (1787), se hallaban ya en manos de Condorcet en julio de dicho año; pero hasta ahora han sido inútiles cuantas diligencias se han hecho para encontrarlas. El capitán Duperrey posee copia de una carta muy importante de Lamanon, dirigida al secretario perpétuo de la Academia, y olvidada al imprimir el Viaje de Lapérouse, en la que se dice espresamente «que la fuerza atractiva del imán es menor en los trópicos que avanzando hácia los polos, y que la intensidad magnética deducida del número de oscilaciones de la aguja de la brújula de inclinacion, cambia y aumenta con la latitud.» Si la Academia de Ciencias se hubiera creído autorizada á anticipar la vuelta, tan esperada entonces, del infortunado Lapérouse, y á publicar en 1787 una verdad que han tenido que descubrir despues dos viajeros completamente estraños el uno al otro, la teoría del magnetismo terrestre no habría esperado diez y ocho años el progreso que debia imprimirle el descubrimiento de una nueva clase de fenómenos. Esta sencilla esposicion de los hechos justificará sin duda el pasaje siguiente de mi Relation historique, t. III, p. 615: «Las observaciones acerca de las variaciones del magnetismo terrestre á que me he dedicado durante treinta y dos años, valiéndome de instrumentos comparables entre sí, en Europa, en América y en Asia, abrazan en ambos hemisferios, desde las fronteras de Dzungaria china, siguiendo hacia el Oeste, hasta el mar del Sud que baña las costas de Méjico y del Perú, un espacio de 188° de longitud, comprendido entre los 60 de latitud Norte y los 12 de latitud austral. He considerado la ley del decrecimiento de las fuerzas magnéticas, del polo al ecuador, como el resultado mas importante de mi viaje á América.» No es cierto, pero es muy probable, que Condorcet leyera la carta de Lamanon del mes de julio de 1787 en una sesion de la Academia de ciencias, y estimo esta simple lectura como una publicacion perfectamente admisible (Annuaire du bureau des Longitudes, 1842, p. 463). Así el compañero de Lapérouse es incontestablemente el primero que ha reconocido la existencia de la ley; pero esta ley de la intensidad del magnetismo terrestre, variable con la latitud, ley tanto tiempo relegada á profundo olvido, no ha recibido, á mi juicio, una verdadera existencia científica, sino á partir de la época en que publiqué mis observaciones de 1798 á 1804. El objeto y proligidad de esta nota no sorprenderá á las personas que conozcan la reciente historia del magnetismo y las incertidumbres á que ha dado lugar en algunos espíritus; y me dispensarán que haya dado importancia al fruto de investigaciones penosas, frecuentemente arriesgadas, emprendidas con un noble fin y continuadas durante cinco años con energía, á pesar de la pesadez del clima de los trópicos.
  38. ​ (60) Pág. 168.—Las observaciones que han podido recogerse hasta el presente dan 2,052 como máximum de intensidad en la superficie total del globo terrestre, y 0,706 como mínimum. El máximum y el mínimum pertenecen al hemisferio austral; el primero ha sido observado en las cercanías del monte Crozier, al Oeste-nor-oeste del polo Sud magnético, á los 73° 47' de latitud meridional, y á los 169° 30' de longitud occidental, en un punto en que el capitán James Ross halló 87° 11' para la inclinacion de la aguja (Sabine, Contributions to terrestrial Magnetism, 1843, núm. 5, p. 231.) El mínimum ha sido observado por Erman á los 19° 59' de latitud austral y 37° 24' de longitud occidental (80 millas al Este de la costa brasileña de la provincia Espíritu Santo) (Erman, physik. Beobacht, 1841, p. 570); en este punto, la inclinacion es solamente de 7° 55'. Así, pues, la relacion exacta de las intensidades es la de 1 á 2,906. Por largo tiempo se ha creido que la intensidad mayor no escedía en dos veces y medía á la intensidad menor que se pudiese encontrar en la superficie de nuestro planeta (Sabine, Report on magn. Intensity, p. 82.)
  39. ​ (61) Pág. 169.—Plinio ha dicho acerca del ámbar (Succinum glessum) l. XXXVII, c. 3. «Genera ejus plura. Attritu digitorum accepta caloris anima trahunt in se paleas ac folia arida quæ levia sunt, ac ut magnes lapis ferri ramenta quoque.» (Véase Platon, Timéo, p. 80; Martin, Études sur le Timée, t. II, p. 343-346; Strabon, l. XV, p. 703, Casaub; Clemente de Alex. Strom., l. II, p. 370, donde se encuentra una distincion singular entre τὸ σιὺχιον y τὸ ἢλεϰτρον}). Cuando Tales, en Aristóteles, de Anima, l. 1, c. 2, é Hippias, en Diog. Laert., l. 1, § 24, atribuye un alma al iman y al ámbar, es evidente que la palabra alma designa simplemente aquí una fuerza ó causa de movimiento.
  40. ​ (62) Pág. 169.—«El iman atrae al hierro, como el ámbar ú los granos mas pequeños de mostaza. Parece como si un soplo misterioso animase á estas dos materias y se comunicase con la rapidez de la flecha.» Así decía Kuopho, filósofo chino que escribió el elogio del iman á principios del siglo IV (Klaproth, Lettre à M. A. de Humboldt, sur l'invention de la Boussole. 1834, p. 125).
  41. ​ (63) Pág. 170.—«The phenomena of periodical varations depend manifestly on the action of solar heat, operating probably through the medium of thermoelectric currents induced on the earth's surface. Beyond this rude guess however, nothing is as yet known of the physical cause. It is even still a matter of speculation, whether the solar influence be a principal, or only a subordinate cause in the phenomena of terrestrial magnetism.» (Observ. to be made in the Antarctic Exped., 1840, p. 35.)
  42. ​ (64) Pág. 170.—Barlow, en las Philos. Transact. for, 1822, t. I, p. 117; sir David Brewster, Treatise on Magnetism, p. 129. La influencia del calor en la disminucion de la fuerza directriz de la aguja imantada ha sido enseñada por la obra china Ou-thsa-tsou, mucho antes que por Gilbert y Hooke. (Klaproth, Lettre à M. A. de Humboldt, sur l'invention de la Boussole, p.96.)
  43. ​ (65) Pág. 171.— Véase la Memoria on terrestrial Magnetism, en la Quart. Review, 1840, t. LXVI, p. 271-312.
  44. ​ (66) Pág. 172.—Cuando propuse por primera vez fundar una red de observatorios, provistos de instrumentos semejantes, no tenia casi esperanza de vivir lo bastante para ver realizados mis deseos, como lo han sido en efecto, por los esfuerzos reunidos de varios astrónomos y físicos distinguidos, y sobre todo por la generosa y sostenida intervencion de dos grandes potencias, Rusia é Inglaterra. Hoy, gracias al concurso de tantos poderes y tantas lumbreras, ambos hemisferios están cubiertos de observatorios magnéticos. Yo formé el proyecto de observar sin interrupcion la marcha de la aguja imantada, durante cinco ó seis dias con sus noches, principalmente en la época de los solsticios y de los equinoccios, y efectivamente lo llevé á cabo en Berlin en 1806 y 1807, con mi amigo y colaborador M. Oltmanns, persuadido de que una série de observaciones continuadas sin interrupcion (observatio perpetua) durante muchos dias y muchas noches, seria mas provechosa que observaciones aisladas, hechas por espacio de muchos meses. El aparato empleado, el anteojo magnético de Prony, suspendido de una caja de cristales, por medio de un hilo de torsion permitía medir ángulos de siete ó de ocho segundos en una mira distante con divisiones menudas, que por la noche iluminábamos con una lámpara. Ya en esta época las perturbaciones (tempestades magnéticas), que sucedian casi siempre á iguales horas durante muchas noches consecutivas me hacian desear vivamente, que aparatos semejantes fuesen observados simultáneamente al Oeste y al Este de Berlin, á fin de poder distinguir los fenómenos generales del magnetismo terrestre, de las perturbaciones locales que se producen, ya en la costra desigualmente caliente de nuestro globo, ya en la atmósfera donde se forman las nubes. Mi viaje á París y las revueltas políticas de aquella época, se opusieron entonces al cumplimiento de mis deseos. Pero en 1820 el gran descubrimiento de Œrsted vino á derramar una viva luz sobre la íntima conexion de la electricidad y del magnetismo, y á atraer, en fin, el interés general sobre las variaciones periódicas de la tension magnética del globo. Arago, que habia empezado algunos años antes en el observatorio de París, con la admirable brújula de declinacion de Gambey, la mayor série continua de observaciones horarias de Europa; Arago, repito, enseñó por la comparacion de sus observaciones con las de Kasan, hechas á las mismas horas, y que habian acusado idénticas perturbaciones, toda la ventaja que podia sacarse de medidas correspondientes de declinacion. Cuando llegué á Berlin, despues de diez y ocho años de residencia en París, hice levantar un pequeño observatorio magnético durante el otoño de 1828, á fin de continuar el trabajo empezado en 1806, y con el objeto sobre todo de establecer un sistema de observaciones simultáneas hechas á horas convenidas en Berlin, en París y en las minas de Friberg (á 66 metros de profundidad). La simultaneidad de las perturbaciones y el paralelismo de los movimientos de la aguja durante los meses de octubre y de diciembre de 1829, fueron ya representadas gráficamente. (Poggend. Annalen, t. XIX, p. 357, tabl. I-III). Bien pronto la espedicion emprendida en 1819, por órden del Emperador de Rusia al Asia septentrional, me proporcionó ocasion de llevar á cabo mi plan en mas vasta escala. Este plan fué dessarrollado en el seno de una comision especialmente constituida á este objeto por la Academia imperial de San Petersburgo, en su consucuencia, bajo la proteccion del jefe del cuerpo de Minas, conde Cancrid, y bajo la sabia direccion del profesor Kupffer se establecieron estaciones magnéticas en toda el Asia septentrional, desde Licolajeff, Catharinenbourg, Barnaul, Nertchinsk, hasta Pekin. El año de 1832 figura en los anales de la ciencia como la época en que el ilustre fundador de una teoría general del magnetismo, Federico Gauss, empezó á establecer en el observatorio de Gœttingue aparatos construidos con arreglo á nuevos principios. El observatorio magnético fué acabado en 1834, y en el mismo año (Resultate der Beobacht. des magnet. Vereins, 1838, p. 135, y Poggend. Annalen, t, XXXIII, p. 426). Gauss, auxiliado activamente por el ingenioso físico G. Weber, hizo conocer sus instrumentos, y sus métodos de observacion difundiéndolos por Suecia, Italia y gran parte de Alemania. Tal es el orígen de la union magnética de la cual Gœttingue es el centro. Desde 1836 esta union ha fijado cuatro épocas del año para las observaciones que deben continuarse durante veinte y cuatro horas; pero estas épocas no coinciden con las que yo habia adoptado (los equinoccios y los solsticios), y propuestas en 1830. Hasta entonces la Gran Bretaña en posesion de las mas vastas relaciones comerciales del mundo entero, y de la mas estendida navegacion, permaneció estraña á este gran movimiento científico, cuyos resultados hacian esperar desde 1828 tanto progreso en el estudio del magnetismo terrestre. Una invitacion pública que dirigí, desde Berlin en abril de 1836, al presidente de la sociedad real de Lóndres el duque de Sussex (Lettre de M. de Humboldt á S. A. R. le duc de Sussex, sur les moyens propres á perfectionner la connaissance du magnétisme terrestre par l'établissement de stations magnétiques et d'observations correspondantes) tuvo feliz éxito, alcanzando la dicha de conseguir un interés benévolo hácia una empresa cuya estension era, hacia muchos años, objeto de mis mas ardientes deseos. Yo insistía en dicha carta sobre el establecimiento de estaciones permanentes en el Canadá, en Santa Elena, en el cabo de Buena Esperanza, en la isla de Francia, en Ceylan y en la Nueva Holanda, puntos cuya importancia habia yo señalado cinco años antes. Un comité cuyas atribuciones debian estenderse á la física y á la meteorología fué nombrado del seno de la Sociedad real, y propuso al gobierno: 1.°, la fundacion de observatorios magnéticos fijos en ambos hemisferios; 2.°, una espedicion naval destinada á recoger observaciones magnéticas en los mares antárticos. Sabido es cuanto debe la ciencia ala grande y noble actividad que sir John Herschell, Sabine, Airy y Lloyd han desplegado en esta ocasion, así como al poderoso apoyo de la Association britannique pour l'avancement des Sciences, reunida en Newcastle en 1838. En junio de 1839 la espedicion magnética hacia el polo austral fué resuelta y colocada bajo el mando del capitán James Clark Ross. Esta espedicion terminó gloriosamente, pues ha dotado á la ciencia de descubrimientos geográficos importantes en el polo austral, y de observaciones simultáneas en ocho ó diez estaciones magnéticas.
  45. ​ (67) Pág. 172.— En vez de atribuir el calórico interno de la Tierra al paso de la materia del estado de nebulosidad gaseosa al estado sólido, Ampère la esplica de un modo poco verosímil, en mi juicio, por la accion química prolongada de un núcleo compuesto de metales alcalinos, sobre la corteza oxidada del globo. «No cabe duda, dice en su obra maestra, la Theorie des phénomenes èlectro-dynamiques (1826, p. 199), de que existen en el interior del globo, corrientes electro-magnéticas, y que estas corrientes son la causa del calor que le es propio. Nacen de un núcleo metálico central, compuesto de los metales que sir Humphry Davy nos ha hecho conocer, obrando sobre la capa oxidada que envuelve al núcleo.»
  46. ​ (68) Pag. 172.—La notable conexion que existe entre la curvatura de las líneas magnéticas y la de las isotermas ha sido descubierta por sir David Brewster. Véase Transactions of the Royal society of Edimburgh, t. IX, 1821, p. 318, y Treatise on Magnetism, 1837, p. 42, 44, 47 y 268. Este célebre físico admite la existencia de dos polos de frio (poles of maximum cold) en el hemisferio septentrional, uno en América á los 73° de latitud y 102 de longitud Oeste (cerca del cabo Walker); y el otro en Asia á los 73° de latitud y 78 de longitud Este. Habría de esta suerte dos meridianos donde reinaría el calor mas fuerte, y otros dos para el máximun de frio. Ya en el siglo XVI, Acosta decia que había cuatro lineas sin declinacion, fundándose en las observaciones de un piloto portugués muy esperimentado (Historia natural de las Indias, 1589, I, 1, c, 17.) Esta opinion no parece estraña á la teoría de los cuatro polos magnéticos de Haley, á juzgar al menos, por la discusion de Henry-Bond (el autor de la Longitude found, 1676) con Beckborrow. Véase mi Examen critique de l'hist. de la Geographie, t. III, p. 60.
  47. ​ (69) Pág. 172.—Halley, en las Philosophical Transactions for 1714-1716 t. XXIX, n.° 341.
  48. ​ (70) Pág. 172.—Dove, en los Poggend. Annalen, t XX, p. 341; t. XIX, p. 338: «La aguja de declinacion obra como un electrómetro atmosférico, cuya divergencia indica igualmente la tension creciente de la electricidad antes que esta tension llegue á ser bastante fuerte para producir una chispa (relámpago.)» Véanse tambien las ingeniosas consideraciones del profesor Kæmtz, en su Lehrbuch der Meteorologie, t III, p 511-519; si David Brewster, Treatise on Magnetism, p. 280. Sobre las propiedades magnéticas de una llama ó de un arco luminoso galvánico producido por una batería de Bunsen, zinc y carbon, véase Casselmann's Beohacht. (Marbourg, 1841), p. 56-62.
  49. ​ (71) Pág. 173.—Argelander, en una memoria importante, ueber das Nordlicht, que unió á los Vorträgen, gehalten in der physikaliseh-ökonom. Gesellschaft zu Könisgberg, t. 1, 1834, p. 257-264.
  50. ​ (72) Pág. 174.— Los resultados de las observaciones que Lottin, Bravais y Siljerstrœm han hecho en la costa de Laponia en Bosekop (lat, 70°, donde vieron 160 auroras boreales en 210 noches, se encuentran en los Comptes rendas de l'Acad, des Sciences, t. X, p. 289, y en la Meteorologie de Martins, 1843, p. 433. Cf. Argelander, coleccion citada en la nota precedente, t. I, p. 259.
  51. ​ (73) Pág. 175.—John Franklin, Narrative of a Journey tothe shores of the Polar Sea in the years 1819-1822, p. 552 y 597; Thienemann, en el Edinhurgh Philos. Journal, t. XX, p. 366. Farquharson, la misma coleccion, t. VI, p. 392; Wrangel, Phys. Beobacht, p. 59. Parry notó aun en pleno día el arco de la aurora boreal sin agitacion alguna; véase Journal of á second Voyage performed en 1821-1823, p. 156. Una observacion casi igual se hizo en Inglaterra el 9 de setiembre de 1827, distinguiéndose en pleno medio dia en una parte del cielo que acababa de iluminarse á seguida de una lluvia, un arco luminoso de 20° de altura, del cual se elevaban brillantes columnas; véase Journal of the Boyal Institution of Gr. Britain, 1828 enero, p. 429.
  52. ​ (74) Pág. 176.—A mi regreso de América describí, bajo el nombre de fajas polares, cierta disposicion que afectan alguna vez pequeños copos de nubes regularmente separadas como por la accion de fuerzas repulsivas. Escogí este nombre porque ordinariamente el punto donde las fajas convergian en perspectiva sobre el cielo, coincidía con el polo magnético, de suerte que las líneas paralelas formadas por estas capas seguian el meridiano magnético del lugar. Este fenómeno enigmático presentaba otra particularidad: el punto de convergencia parecía elevarse y bajarse poco á poco; y otras veces se movia regularmente en una misma direccion. De ordinario esas fajas no se forman enteramente sino en una parte del cielo; al principio afectan la direccion de Norte á Sud; y despues, á medida que adelantan, la cambian poco apoco y acaban por tomar la del Este á Oeste. No creo posible esplicar los movimientos de las zonas por variaciones ocurridas en las corrientes de las regiones superiores de la atmósfera. Estas fajas se presentan cuando el cielo está perfectamente puro y sereno, y son mucho mas frecuentes en los trópicos que en las zonas frías ó templadas. He notado este fenómeno en la cadena de los Andes, casi bajo el Ecuador, á 4,550 m. de elevacion, asi como en Asia, en las llanuras de Krasnojaski, al Sud de Buchtarminsk; y siempre se ha desarrollado de un modo tan sorprendente que era imposible desconocer la accion de fuerzas naturales muy generales y estendidas. Véanse las importantes notas de Kæmtz (Vorles über Meteorologie, 1840, p. 146), y las reflexiones mas recientes de Martins y de Bravais (Meteorologie, 1843, p. 117). Arago ha observado en París el 23 de junio de 1844, fajas polares australes, formadas de nubes estremadamente lijeras y rayos oscuros que parecian salir de un arco dirijido del Este al Oeste. Hemos hablado antes de rayos negros semejantes á humo espeso que se ven en las auroras boreales.
  53. ​ (75) Pág. 176.—En las islas Shetland, la aurora boreal lleva el nombre de the merry dancers. Véase Kendal en el Quarterly Journal of Science, new series, t. IV, p. 395.
  54. ​ (76) Pag. 177.—Véase el escelente trabajo de Muncke en la nueva edicion de Physik Wörterbuch de Gehler, t. VII, 1.ª parte, p. 113-268 y en particular p. 158.
  55. ​ (77) Pág. 177.— Farquharson, en el Edinb. Philos. Journal, t. XVI, p. 504, Philos. Transact. for 1829, p. 113.
  56. ​ (78) Pág. 179.— Kæmtz, Lehrbuch der Meteorologie, t, III, p. 498 y 501.
  57. ​ (79) Pág. 181.—Arago. sobre las nieblas secas de 1783 y de 1831, que parecian luminosas durante la noche, en el Annuaire du Bureau des longitudes, 1832, p. 246 y 250; y sobre la luz singular emitida por ciertas nubes no tempestuosas. Véase Notice sur le Tonnerre, en el Annuaire pour 1838, p. 279-285.
  58. ​ (80) Pág— 183.—Herodoto, l. IV, c, 28. Los antiguos aseguraban que el Egipto no estaba sujeto á los temblores de tierra (Plinio, l. II, c. 80); pero esta asercion está contradicha por la necesidad que hubo de restaurar el coloso de Memnon (Letronne, la Statue vocale de Memnon, 1833, p. 25-26); al menos puede decirse, que el valle del Nilo está colocado fuera del círculo de sacudimiento de Byzancio, del Archipiélago y de la Siria. (Ideler, ad Aristot. Meteor. p. 485).
  59. ​ (81) Pág. 183.—Saint Martin, en las eruditas notas que ha reunido en la Histoire du Bas-Empire, de Lebeau, t. IX, p. 401.
  60. ​ (82) Pág. 183.—Humboldt, Asie centrale, t. II, p. 110-118. Sobre la diferencia entre el sacudimiento de la superficie y el de las capas inferiores, véase Gay-Lussac en los Annales de Chimie et de Physique, t. XXII, p. 429.
  61. ​ (83) Pág. 184.—«Tutissimum est cum vibrat crispante ædificiorum crepitu; et cum intumescit assurgens alternoque motu residet, innoxium et cum concurrentia tecta contrario ictu arietant; quoniam alter motus alteri renititur. Undantis inclinatio et fluctus more quædam volutatio infesta est, aut cum in unam partem totus se motus impellit.» Plinio. l. II, c. 82.
  62. ​ (84) Pág. 185.— En la misma Italia empieza á reconocerse cuan poco dependen los temblores de tierra de los fenómenos metereológicos, y del aspecto del cielo antes de las sacudidas. Los datos numéricos de Federico Hoffmann concuerdan perfectamente con las esperiencias del Abate Scina de Palermo; véanse las obras póstumas del primero, t. II, p. 366-375. Yo mismo he notado en diferentes veces que una niebla rogiza se veia poco tiempo antes de las sacudidas, en el momento en que se oia un fuerte trueno. (Relat. hist. l. IV, c. 10). Un físico de Turin, Vasalli Candi, ha visto fuertemente agitado el electro-metro de Volta durante los largos temblores de tierra que duraron en Pignerol, desde el 2 de abril al 17 de mayo de 1808 (Journal de Phisique, t. LXVII, p, 291). Pero las nieblas, las variaciones bruscas de la electricidad atmosférica y la calma del aire, no se refieren necesariamente á los temblores de tierra, é incurriríamos en gran error si les atribuyésemos una general significacion, porque se ha observado por do quiera, en Quito, en el Perú, en Chile, y lo mismo en el Canadá que en Italia, que los temblores de tierra acaecen igualmente en un cielo sereno y completamente despejado de nubes, que reinando una brisa fresca de tierra ó de mar. Pero aun reconociendo que los temblores de tierra no van precedidos ni anunciados por ningun signo meteorológico, aun durante el dia en que deben hacerse sentir, conviene sin embargo no rechazar con desprecio ciertas creencias populares que atribuyen alguna influencia á las estaciones (los equinoccios de otoño y de primavera), á los principios de la estacion de las lluvias bajo los trópicos despues de una larga sequia, y por fin á la vuelta de los monzones; conviene no desdeñarlas fundándose en nuestra actual ignorancia acerca de las relaciones que pueden existir entre los fenómenos subterráneos y los meteorológicos. Investigaciones numéricas ejecutadas con estremado celo por M. de Hoff, Pedro Merian y Federico Hoffmann, con objeto de establecer el modo de distribucion de los temblores de tierra en las diferentes estaciones del año, están contestes en fijar el máximum hácia la época de los equinoccios. Es muy singular que Plinio haya llamado á los temblores de tierra tempestad subterránea, y es mas curioso aun el ver qué razones da en apoyo de su fantástica teoría. Para él, la semejanza no está solamente en el estrépito que acompaña generalmente este fenómeno formidable; lo que le sorprende sobre todo es, que las fuerzas elásticas, cuya tension creciente acaba por quebrantar el suelo, se reunen en las entrañas de la tierra, cuando faltan en la atmósfera. «Ventos in causa esse non dubium reor. Neque enim unquam intremiscunt terræ, nisi sopito mari cœloque adeo tranquillo, ut volatus avium non pendeant, subtracto omni spiritu qui vehit; nec unquam nisi post ventos conditos, scilicet in venas et cavernas ejus occulto afflatu. Neque aliud est in térra tremor quam in nube tonitruum; nec hiatus aliud quam cum fulmen erumpit, incluso spiritu luctante et ad libertatem exire nitente.» (Plinio, l. II, c. 79). Por lo demás, en Séneca (Natur. Quæst, l. II, c. 4-31), se encuentra el germen bastante desarrollado de todo lo que ha sido dicho ó imaginado hasta en estos últimos tiempos, acerca de las causas de los temblores de tierra.
  63. ​ (85) Pág. 185.—He demostrado en mi Relat. hist., t. I, p. 311 y 513, que la marcha de las variaciones horarias del barómetro, no se interrumpe ni antes ni despues de un temblor de tierra.
  64. ​ (86) Pág. 186— Humboldt, Relat. hist., t. I, p. 515-517.
  65. ​ (87) Pág. 188.— Véase acerca de los Bramidos de Guanaxuato, mi Essai polit. sur la Nouv. Espagne, t. I, p. 303. A este estrépito subterráneo no acompañó ninguna sacudida en las minas profundas ni en la superficie; (la ciudad de Guanaxuato está situada á 1955 m. sobre el mar); no se oyó en el terreno vecino, sino únicamente en la parte montuosa de la Sierra, desde la Cuesta de los Aguilares, no lejos de Marfil, hasta el Norte de Santa Rosa. Las ondas sonoras no llegaron aciertas regiones aisladas de la Sierra, colocadas á 4 ó 5 miriámetros al Nor-Oeste de Guanaxuato, cerca del manantial de agua caliente de San José de Comangillas. No es posible imaginarse el esceso de autoridad á que creyeron deber recurrir los magistrados de este gran centro de industria metalúrgica, cuando el terror causado por el trueno subterráneo llegó á su colmo. «Toda familia que huya será castigada con una multa de 1000 piastras si es rica, y con y dos meses de prision si es pobre. La milicia tiene órden de perseguir y volver á traer á los fugitivos.» Lo que hay de mas curioso en esta historia singular, es la confianza afectada por la autoridad (el Cabildo): véase lo que he leido en una de las Proclamas: «La autoridad sabrá reconocer en su sabiduría, el momento del peligro inminente, y entonces pensará en la fuga. Por el momento basta con que continúen las procesiones.» Llegó el hambre; porque el miedo á los truenos impidió á los habitantes de las tierras altas proveer de granos á la ciudad. Los antiguos conocian tambien los ruidos subterráneos sin sacudidas. Véase Aristóteles, Meteor. t. II, p. 802: Plinio, t. II, c. 80. El ruido singular que se oyó desde Marzo de 1822 hasta setiembre de 1824 en la isla dalmática de Medela (á 3 miriámetros de Ragusa), ruido del cual ha dado esplicacion satisfactoria Partsch, va alguna vez acompañado de sacudidas.
  66. ​ (88) Pág. 190— Drake, Nat. and Statist. View of Cincinati, p. 232-238; Mitchell, en las Transactions of the Litt. and Philos. Soc. of New-York, t. I, p. 281-308. En el condado piamontés de Pignerol, vasos llenos de agua hasta los bordes permanecieron en movimiento durante horas enteras.
  67. ​ (89) Pág. 191.—Se dice en español; rocas que hacen puente. Estas interrupciones, verdaderamente locales, de los quebrantamientos trasmitidos por las capas superiores, tienen quizás alguna analogía con un fenómeno notable que se ha presentado á principios de este siglo en las mi- nas de Sajonia: fuertes sacudidas se hicieron sentir con tanta violencia en las minas de plata de Mariemberg, que los obreros espantados se dieron prisa á subir; y sin embargo, sobre el suelo no se habia esperimentado sacudida alguna. Hé aquí ahora el fenómeno inverso: en noviembre de 1823, los mineros de Falem y de Persberg no esperimentaron sacudida alguna hasta el momento mismo en que sobre su cabeza un violento temblor llevaba el espanto á los habitantes de la superficie.
  68. ​ (90) Pág. 191.— Sir Alex, Burnes, Travels inio Bokhara, t. I, p. 18; y Wathen, Mem. on the Usbek State en el Journal of the Asiatic Soc. of Bengal, t. III, p. 337.
  69. ​ (91) Pág. 192.—Philos. Transact., t. XLIX, p. 414.
  70. ​ (92) Pág. 193.—Véase acerca de la frecuencia de los temblores de tierra en Cachemira, la traduccion del antiguo Radjata rangini, por Troyer, t. II, p. 297, y Cárlos de Hügel. Reisen, t. II, p. 184.
  71. ​ (93) Pág. 194.—Strabon, l. I, p. 100, Casaub. La prueba de que la espresion πηλοῡ δίαπῡρον ποταμόν, no significa lodo (erupcion de cieno) sino mas bien lava, resulta claramente de otro pasaje del mismo actor (Strabon, l. VI, p. 412). Cf. Walter. Ueber Abnahme der vulkanischen Thaitigkist in historischen Zeiten 1844, p. 25.
  72. ​ (94) Pág. 196.—Acerca de los pozos de fuego artesianos (Ho-tsing) en China, y acerca del empleo de gas trasportado con ayuda de tubos de bambú á la ciudad de Khioung-Tcheou, véase Klaproth en mi Asie centrale t. II, p. 519-530.
  73. ​ (95) Pág. 196.—Véase la escelente obra de Bischof Wärrmelehere des inneren Erdkorpers.
  74. ​ (96) Pág. 196.—Boussingault (Annales de chimie., t. LIII, p. 181), no ha notado ácido hidroclórico en las emisiones gaseosas de los volcanes de Nueva Granada, en tanto que Monticelli lo ha encontrado en enormes cantidades en los productos de la erupcion del Vesubio en 1813.
  75. ​ (97) Pág. 196.—Humboldt, Recueild' Observ. astronomiques. t. I. p. 311 Nivellement barometrique de la Cordillére des Andes, n.° 206).
  76. ​ (98) Pág. 197.—Adolfo Brongniart, en los Annales de Sciences naturelles. t. XV, p. 225.
  77. ​ (99) Pág. 197.— Bischof, obra citada p. 324. nota 2.
  78. ​ (100) Pág. 198.— Humboldt, Asie centrale t. I, p. 43.
  79. ​ (1) Pág 198—Acerca de la teoría de las líneas isógetermas (chthoni sothermes) véanse los ingeniosos trabajos de Kupffer en los Annalen de Poggend. t. XV, p. 184, y t. XXXII, p. 270; en el Voyage dans l' Oural, p. 382-398; y en l' Edinb. Journal of Sciences new series, t. IV, p, 335. Cf. Kæmtz Lehrhuch der Meteorologie t. II. p. 217; y acerca de la elevacion de las chthonisothermas en el país de las montañas, Bischof, p. 174-198.
  80. ​ (2) Pág. 198.— Leopoldo de Buch, en los Annalen de Poggend. t. XIL p. 405.
  81. ​ (3) Pág. 198.— La temperatura de las gotas de lluvia habia bajado á 22° 3, cuando la temperatura del aire era de 30 á 31° algunos momentos antes; durante la lluvia la temperatura atmosférica era de 23°. 4; véase mi Relat. hist. t. II, p. 22. La temperatura inicial de las gotas de lluvia depende de la altura de la capa nebulosa y del grado de calor que los rayos del sol han transmitido á la cara superior de esta capa; pero esta temperatura cambia durante la caida. Cuando las gotas de lluvia empiezan á formarse, su temperatura es superior á la del medio próximo, á causa del calórico latente que llega á ser libre; luego, al caer, atraviesan capas de aire mas bajas y mas calientes, donde crecen su temperatura y tambien su volúmen, por la condensacion del vapor de agua contenido en las capas; (Bischof Wärmelehere des inn. Erdkörpers, p. 73); pero este crecimiento de temperatura está compensado con la pérdida de calórico que entraña la evaporacion de las mismas gotas. Si se prescinde de la electricidad magnética, cuyos efectos se hacen probablemente sentir en las lluvias de tempestad, puede atribuirse el enfriamiento de la atmósfera durante la lluvia, primero á la temperatura inicial mas pequeña que han adquirido las gotas en las altas regiones, luego, al aire frio de las capas superiores que arrastran consigo; y por último, á la evaporacion que se establece sobre el suelo humedecido. Tal es, en efecto, la marcha ordinaria del fenómeno. Pero en ciertos casos raros las gotas de lluvia son mas calientes que el aire próximo al suelo (Humboldt, Relat hist., t. III, p. 513), lo que dimana tal vez de la presencia de corrientes de aire caliente en las altas regiones ó de la temperatura elevada que la insolacion puede desarrollar en las capas de nubes muy estendidas y poco espesas. Añadiremos que Arago ha demostrado, en el Annuaire para 1836, p. 300, como se unen la magnitud y el crecimiento de volúmen de las gotas de lluvia, al fenómeno de los arcos suplementarios del arco iris, que se han esplicado por la interferencia de rayos luminosos; esta sabia discusion ha hecho ver todo el partido que puede sacarse de un fenómeno óptico convenientemente observado, para esclarecer las cuestiones mas arduas de la meteorología.
  82. ​ (4) Pág. 199.—Segun las observaciones decisivas de Boussingault no puede dudarse de que la temperatura del suelo á corta profundidad es igual á la temperatura media de la atmósfera, bajo los trópicos. Me permitiré citar los ejemplos siguientes:
    ESTACIONES en la zona tropical. 1 pié (0m, 52) debajo de la superficie de la tierra. Temperatura media de la atmósfera. Alturas sobre el nivel del mar.
    Guayaquil 26°,0 25°,6 0
    Anserma nuevo 23°,7 25°,8 1050 m.
    Zupia 21°,5 21°,5 1225
    Popayan 18°,2 18°,7 1807
    Quito 15°,5 15°,5 2915

    La duda que mis propias observaciones en la caverna de Caripe (Cueva del Guacharo) han podido dar lugar respecto á este asunto (Relat. hist., t. III, p. 191-196), desaparece ante la siguiente observacion. He comparado la temperatura media probable del aire del convento de Caripe (18°,5), no á la temperatura del aire en la caverna (18°,7) si no á la del arroyo subterráneo (16°,8); siempre habia yo reconocido (Relat. hist., t. III, p. 146-194), que era muy posible que se mezclasen aguas procedentes de las altas montañas con las de la caverna.

  83. ​ (5) Pág. 200.—Boussingault, en los Annales de chimie, t. LII, p. 181. La temperatura de la fuente de Chaudes-Aigues, en Auvergnia, no pasa de 80°. Es tambien de notar que todas las fuentes situadas sobre las vertientes de ciertos volcanes aun activos (el Pasto, el Cotopaxi, el Tunguragua), no tienen una temperatura mayor de 36 á 54°, en tanto que las Aguas calientes de las Trincheras (al Sud de Porto-Cabello), salen de un granito dividido en hiladas regulares, con una temperatura de 97°.
  84. ​ (6) Pág. 201.— La Casotis (fuente de San Nicolás) y la fuente de Castalia (al pié de las Phedriadas) están descritas en Pausanias, l. X, c. 24, y l. X, c. 8; la del Pirene (Acrocorinto), en Strabon, p. 379; la fuente de Era- sinos (sobre el chaon, al Sud de Argos), en Herodoto, l. VI, c. 67, y en Pausanias, l. II, c. 24; las termas de Edepso (en Eubea), cuya temperatura es para los unos de 31° y para los otros de 62 á 75°, en Strabon p. 60, 447, y en Ateneo, l. II, c. 3; las fuentes de las Termópilas, situadas al pié del Œta, y cuyo calor es de 65°, en Pausanias, l. X, c. 21. (Estracto de notas manuscritas del profesor Curtius, sabio compañero de viaje de Otfried Müller.)
  85. ​ (7) Pág. 201.—Plinio, l. II, c. 106; Séneca, Epist. 79, § 3 (ed. Ruhkopf); (Beaufort, Survey of the Coast of Karamania, 1820, art. Yanar, cerca de Deliktasch, la antigua Phaselis, p. 24), Cf. tambien Ctenias, Fragm., c. 10, p. 230, ed. Bæhr; Strabon, l. XIV, p. 665, Casaub.
  86. ​ (8) Pág. 201.—Arago, en el Annuaire para 1835, p. 234.
  87. ​ (9) Pág. 201.—Acta S. Patricii, p. 555, ed. Ruinard, t. II, p. 385, Mazochi. Dureau de la Malle es el primero que ha indicado este paraje notable, en sus Recherches sur la Topographie de Carthage, 1835, p. 276. (Cf. Séneca, Natur. Quæst., l. III, c. 24.)
  88. ​ (10) Pág. 203.— Humboldt, Relat. hist., t. III, p. 562-567; Asie centrale, t. I, p. 43, t. II, p. 505-515; Vues des cordilléres, lám. XLI. Sobre el Macalubi (del árabe mak hlub invertido; raiz Khalaba) y sobre «la tierra flúida que vomita la Tierra», véase Solinus, c. 5. «Idem ager Agrigentinus eructat limosas scaturigines, et ut venæ fontium sufficiunt rivis subministrandis, ita in hac Siciliæ parte, solo nunquam deficiente, æterna rejectatione terram terra evomit.»
  89. ​ (11) Pág. 203.—Véase el excelente mapita de la isla de Nysiros, en Ross. Reisen auf den griechischen Inseln., t. II, 1843, p. 69.
  90. ​ (12) Pág. 203.—Véase Leopoldo de Buch, Canarische Inseln, p. 326; y el mismo autor Ueber Erhebungscratere und Vulcane, en los Annalen de Poggendorff, t. XXXVI, p. 169. Ya Strabon distingue muy bien dos modos de formacion de las islas, en el período en que habla de la separacion de la Sicilia y de la Calabria: «Algunas islas, dice (l. VI, p. 238, ed. Casaub.), son fragmentos separados de la tierra firme; otras, han surgido del fondo de los mares, como sucede aun hoy. Las islas de alta mar (las islas situadas lejos de los continentes) han sido probablemente formadas así por el levantamiento de una parte del suelo submarino; en tanto que las islas colocadas delante de los promontorios parecen haber sido separadas de la tierra firme.»
  91. ​ (13) Pág. 206—Ocre Fisove (Mons Vesuvius) en la antigua lengua umbriana (Lassen, Bentung der Eugubinischen Tafeln en el Rhein Museum, 1832, p. 387); la palabra ocre significa montaña, segun el testimonio del mismo Festus. Segun Voss, Etna indica montaña ardiente ó montaña brillante; pero Voss cree de orígen griego la palabra Αἴτνη, y la une á αἴθω ó á αιθινος; ahora bien, el sábio Parthey rechaza este orígen helénico, primero por motivos puramente etimológicos, y luego porque el Etna no ha sido nunca para los navegantes griegos un faro luminosa como el infatigable Stromboli, que Homero designa en la Odisea (l. XII, v. 68, 202 y 219), aunque sin fijar bien claramente su posicion. En mi juicio, seria preciso buscar en la lengua de los antiguos Sículos el orígen de la palabra Etna, si por ventura llega algun dia en que se recojan restos importantes de esta lengua. Segun Diodoro (l. V, c. 6) los Sicani, es decir, los ab-orígenes, que habitaban la Sicilia antes que los Siculi, fueron obligados á confinarse en la parte Occidental de la isla para huir de las erupciones del Etna, que duraron muchos años. La erupcion histórica mas antigua de este volcan, es aquella de que Píndaro y Esquilo han hecho mencion: que tuvo lugar bajo Hieron en el año segundo de la Olimpiada 75. Segun toda verosimilitud, Hesiodo conocia las erupciones devastadoras del Etna antes del establecimiento de las colonias griegas; Sin embargo, quedan aun algunas dudas sobre la palabra Αἴτνη, que está en el testo de Hesiodo (Humboldt, Examen critique, l. I, p. 168.)
  92. ​ (14) Pág. 206. —Séneca, Epist. 79.
  93. ​ (15) Pág. 206.—Eliano, Var. hist., l. VIII, c. 11.
  94. ​ (16) Pág. 208.— Petri Bembi, Opucusla (Ætna Dialogus). Basil., 1556, p. 63. «Quidquid in Ætnae matris utero coalescit nunquam exit ex cratere superiore, quod vel eo incendere gravis materia non queat, vel quia inferius alia spiramenta sunt, non fit opus. Despumant flammis urgentibus ignei rivi pigro fluxu tolas delambentes plagas, et in lapidem indurescunt.»
  95. ​ (17) Pág. 209.—Véase mi dibujo del volcan de Jorullo, de sus Hornitos y del Malpais levantado, en las Vues des Cordilléres, lám. XLIII, p. 239.
  96. ​ (18) Pág. 209.— Humboldt, Essai sur la Geogr. des Plantes et Tableau phys. des regiones equinoxiales, 1807, p. 130, y Essai géogn. sur le Gisement des Roches, p. 321. Basta considerar la mayor parte de los volcanes de la isla de Java, para convencerse de que la forma, la posicion y la altura absoluta de un volcan, no son suficientes á esplicar la carencia total de las corrientes de lava durante un período de actividad no interrumpida. Véase Leopoldo de Buch, Canarische Inselu, p. 419: Reinwardt y Hoffman, en los Annalen de Poggendorff, t. XII, p. 607.
  97. ​ (19) Pág. 211.—Véase la comparacion de mis medidas con las de Saussure y del conde Minto, en las Mémoires de l'Acadèmie des Sciences de Berlin, 1822, y 1823, p. 30.
  98. ​ (20) Pág. 212.— Pimelodes Cyclopum. Véase Humboldt, Recueil d'Observations de Zoologie et d'Anatomie comparée, t. I, p. 21-25.
  99. ​ (21) Pág. 214.—Leopoldo de Buch, en los Annalen de Poggend., t. XXXVII, p. 179.
  100. ​ (22) Pág. 214.—Sobre la formacion del hierro especular en las masas volcánicas, véase Mitscherlich, en los Annalen de Poggend., t. XV, p. 630. Sobre el desprendimiento del gas ácido hidroclórico en los cráteres, véase Gay-Lussac, en los Annales de Chimie et de Phys., t. XXII, p. 423.
  101. ​ (23) Pág. 216.—Véanse las preciosas investigaciones de Bischof acerca del enfriamiento de las masas petreas, en Wärmelehre, etc., p. 384, 443, 500-512.
  102. ​ (24) Pág. 216.—Véanse Berzelius y Wœhler, en los Annalen de Poggend., t. I, p. 221, y t. XI. p. 146; Gay-Lussac, en los Annales de Chimie, tomo XXII, p. 422; Bischof, Reasons against the Chemical Theory of Volcanoes, en la edicion inglesa de Wärmelehere, p. 297-309.
  103. ​ (25) Pág. 218.—Segun las ideas geognósticas de Platon, tales como nos las presenta en su Phædo, el Pyriphlegéthon, jugaba, con relacion á la actividad volcánica, casi el mismo papel que el calórico interno de la tierra y el estado de fusion de las capas profundas en nuestras ideas actuales (Phædon, ed Ast., p. 603 y 607; Annot, p. 808 y 817). «Existen en el interior de la tierra y á su alrededor, conductos subterráneos de diversas magnitudes, por donde el agua corre en abundancia; y asimismo fuego y corrientes de fango líquido mas ó menos impuro, semejantes á los torrentes de lodo que preceden en los volcanes de Sicilia á las erupciones ígneas, y cubren, como estas últimas, todo el terreno situado á su paso. El Pyriphlegéthon se vierte en un inmenso espacio lleno de fuego ardiente y activo; forma allí un lago mayor que nuestro mar, en cuyo lago el agua y el fango están constantemente en ebullicion; y sale en seguida de aquel espacio, describiendo con sus turbias y fangosas aguas, un círculo al rededor de la tierra.» Tan convencido se hallaba Platon de que este rio de tierra fundida y de fango, era la fuente general de los fe- nómenos volcánicos, que añade terminantemente; «Tal es el Pyriphlegeton de que se escapan algunas porciones hácia arriba y forman torrentes de fuego (οἱ ῤύαϰες) que aparecen en algunos lugares de la tierra, (ὅπη ἂν τυχοσι τῆς γῆς).» Estas escorias volcánicas y las corrientes de lavas eran tenidas, por consiguiente, como porciones del Pyriphlegethon mismo, ó de la masa en fusion que se creia movida incesantemente en las entrañas de la tierra. Que la espresion οἱ ῤύαϰες significa: corrientes de lava, y no montañas ignivomas, como quieren Schneider Passow y Schleiermacher, resulta claramente de una multitud de pasajes reunidos por Ukert en su Geogr. der Griechen und Römer, 2.ª parte, t. I, p. 200. Ρύαξ, indica el fenómeno volcánico por su lado mas notable, la corriente de lava; de ahí viene la espresion los ρύαϰες del Etna. Cf. Aristót., Mirab. Ausc., t. II, p. 833, sect. XXXVII, ed. Bekker; Tucidides, l. III, c. 116, Teofrasto, de Lapid., 22, p. 427, ed. Schneider; Diodoro, l. V, c. 6, y l. XIV, c. 59, en el cual se leen estas notables palabras: «Muchas ciudades situadas cerca del mar, y no lejos del Etna, han sido sepultadas υπὸ τοῦϰαλςνμένου ρυαϰος» Strabon, l. VI, p. 269, l. XIII, p. 628, y sobre los célebres fangos ardientes de las llanuras de Lélanto, en Eubea, t. 1, p. 58, ed. Casaub; finalmente, Apiano de Bellis civilibus, l. V, c. 114. La censura vertida por Aristóteles (Meteor., l. II, c. 2, 19) de las fantasías geognósticas del Phœdon no recae, propiamente hablando, sino sobre el orígen de los ríos que corren por la superficie de la tierra. Ha debido ya notarse en el pasaje de Platon, citado mas arriba, su asercion singular, aunque exactísima, de que en Sicilia las erupciones de fango preceden á las corrientes ígneas. ¿Es necesario para esplicar este pasaje admitir que se tomen en él por fango espelido antes de la erupcion rapillis y cenizas lanzadas por el cráter durante una tempestad vulcano-eléctrica, y apagadas por la nieve derretida? ¿O bien, esas corrientes de fango húmedo (ὑγροῦ πηλοὺ ποταμοι ), no eran, para Platon, sino mera reminiscencia de las salsas de Agrigento (volcanes de fango) que vomitan el fango con estrépito, y de las cuales ya hemos hablado? (Nota 10, p. 203). Es de sentir, en vista de esta incertidumbre, que un escrito de Teofrasto «sobre la corriente volcánica en Sicilia» (περι του ρυαϰος εν Σικελια), haya corrido la suerte de otros muchos del mismo autor que no han llegado hasta nosotros. Este libro está citado por Diógenes Laërcio, l. V, § 39.
  104. ​ (26) Pág. 218).—Leopoldo de Buch, Canarische Inseln, p. 326-407. Dudo que los volcanes centrales formen en general, como cree el ingenioso C. Darwin (Geolog. Observat. on the Volcanic Islands, 1844, p. 127), cadenas volcánicas de corta estension y dispuestas sobre fallas paralelas. Ya Federico Hoffman, estudiando el grupo de las islas de Lipari, en donde reconoció las señales de dos hendiduras de erupcion que se cruzan en Pa- naria, creyó encontrar en este grupo una especie de intermedio entre los volcanes centrales y las cadenas volcánicas de Leopoldo de Buch. Véanse los Annakn de Poggend., t. XXVI, p. 80-81).
  105. ​ (27) Pág. 219.— Humboldt, Geogn. Beohacht, ueber die Vulkane vou Quito, en los Amalen de Poggend., t. XLIV, p. 194.
  106. ​ (28) Pág. 219.— Despues de haber hablado de una manera muy notable del hundimiento problemático del Etua, dice Séneca en su epístola 79. «Potest hoc accidere non quia montis altidudo desedit, sed quia ignis evanuit et mi ñus vehemens ac largus effertur; ob eamdem causam, fumo quoque per dieni segniore. Neutrum autem incredibile est, nec montem qui devoretur quotidie minui, nec ig nem non manere, eumdem; quia non ipse ex se est, sed in aliqua inferna valle conceptus exsestuat et alibi pascitur: in ipso monte non alimentum habct, sed viam.» (Ed. Ruhkopfiana, t. III, p. 32). Strabon reconoce perfectamente que deben existir comunicaciones subterráneas entre los volcanes de Sicilia, los de Lipari, de Pitecusa (Ischia) y el Vesubio. (1. 1, p. 247 y 248). Añade que toda la region está colocada sobre un foco subterráneo.
  107. ​ (29) Pág. 220.—Humboldt, Essai fout, sur la Nouvelle Espagne, t. II. p. 173-175.
  108. ​ (30) Pág. 221.— He aquí los versos de Ovidio (Metamorph. 1. XV, V. 296-306. Est prope Piítheam tumulus Troezena sine uuis Arcluus arboribus, quondam planissima campi Área, nunc tumulus: nam— res horrenda relatu— Vis fera ventorum, csecis inclusa cayernis, Exspirare aliqua cupienS; luctataque frustra Liberiore frui coelo, cum carcere rima Nuua foret toto, nec pervia flatibus esset, Extentam tumefecit humum; ceu spiritus ori Tendere vesicam solet, aut directa bicorni Terga capro. Tumor ille loci permansit, et alti Couis habet speciem, longoqu? induruit sevo. Esta descripcion de un levantamiento en forma de campana tiene verdadero interés bajo el punto de vista geognóstico, ademas, concuerda perfectamente, con un pasaje de Aristóteles relativo al levantamiento de una isla de erupcion. (Meteor. 1. H, c. 8, p. 17-19): «La Tierra no cesa de iemblar en tanto que el viento (a«/to;) causa del quebrantamiento del suelo, no encuentra salida. Esto es lo que ha sucedido últimamente en Heráclea, en el Ponto, y con anterioridad en Hiera, una de las islas de Eolo, donde una parte del suelo se hinchó y levantó con es- trépito, en forma de montículo, hasta que el poderoso viento (Tvvtvfia) encontró salida; entonces lanzó afuera chispas y cenizas que cubrieron la ciudad vecina de los Liparienses, y aun alcanzaron á muchas otras de Italia." Esta descripcion distingue perfectamente el periodo de levantamiento, de la erupcion misma. Strabonha descrito tambien el fenómeno de Metonia (1. I, p. 59. Casaub.): «Una erupcion de llamas tuvo lugar cerca de Trezena, y surgió un volcan hasta la altura de siete estadios (?), inaccesible de dia, á causa de su escesivo calor, y de su olor á azufre; pero de noche, exhalaba buen olor (?). Se desprendía del volcan tal cantidad de calor, que el mar hervia hasta cinco estadios, á los veinte estaba todavía turbio y obstruido por pedruscos de rocas arrojadas por el volcan.» A cerca de la constitucion mineralógica actual de la península de Metana (véase Fiedler, Reise durch Griechenland, 1., parte, p. 257).
  109. ​ (31) Pág. 221.—Leopoldo de Buch. Canarische Inseln, p. 402; véase tambien el mismo autor, en los ^nna/en de Poggendorff, l. XXXVlI, p. 183. En estos últimos tiempos se ha formado de nuevo una isla submarina en el cráter de Santorin, la cual en el año de 1810 estaba á 15 brazas sobre el nivel del mar, y en el de 1830, solo á 3 ó 4 brazas. Esta isla por lo escarpada, puede compararse á un cilindro enorme que surgiese del fondo del mar. La actividad continua del cráter sub-marino, se revela aun por el desprendimiento de vapores ácidos de azufre que se mezclan á las aguas del mar en la bahia oriental del Neo-Kammeni, como en Uromolimni, cerca de Metana. Los navios blindados van á anclar á esta bahía con el fin de aprovecharse de sus propiedades naturales ó mas bien volcánicas, para limpiar su bordaje de cobre y que quede reluciente. Véase Virlet, en el Bulletin de la Societé geologique de France, t. III, p. 109, y Fiedler, Reise durch Griechenland, lám. II, p. 469 y 584.
  110. ​ (32) Pág. 221.— Apariciones de la nueva isla, cerca de la de San Miguel de las Azores: i de junio de 1638; 31 de diciembre de 1719, y 13 de junio de 1811.
  111. ​ (33) Pág. 221.—Prévost, en el Bulletin de la Societé geologique, t. II, p. 34; Federico Hoffmann, Hinterlassene Werke, t. II, p. 451-456.
  112. ​ (34) Pág. 221.—«Accedunt vicini et perpétui JEtas& montis ignes et insularum ^olidum, veluti ipsis undis alatur incendium; ñeque enim aliter durare tot seculis tantus ignis potuisset, nisi humoris nutrimentis aleretur.» (Justin. 1. IV, c. 1.) Justino empieza la descripcion física de la Sicilia por una teoría volcánica muy complicada. Lechos de azufre y de resina colocados á gran profundidad; un suelo de poco espesor, lleno de cavidades, y espuesto á resquebrajarse; una agitacion eslremada producida por las olas del mar, que al azotar la orilla arrastran consigo el aire y lo obligan á penetrar hasta el foco que se alimenta en el seno de aquel territorio: íales son los datos que Justino desarrolla en su teoría, copiada por Trogue-Pompeyo. Por lo demás, el imaginar los antiguos que el aire podía ser impelido hasta penetrar en las entrañas de la tierra para alimentar allí los focos volcánicos, tenia por objeto esplicar la influencia que atribulan á ciertos vientos sobre la actividad volcánica del Etua, Hiera y Stromboli (Véase un pasaje notable de Strabon. 1. VI, p. 27o y 276). La isla de Stromboli (Strongyle) pasaba por la morada de Eolo, «el regulador de los vientos,» porque los navegantes preveian los cambios de tiempo segun el grado de violencia de las erupciones del volcan de Stromboli. Los mismos fenómenos se reproducen en nuestros días. Véase, Leopoldo de Buch, Canarische Inseln, p. 334, y Hoffmann, en los Annalen de Poggendorff, t. XXVI, p. 8. Háse reconocido que las erupciones de este pequeño volcan dependen á la vez de la altura del barómetro y de la direccion de los vientos; pero preciso es confesar, sin embargo, que estamos bien lejos de poder dar esplicacion satisfactoria sobre este punto, en el estado actual de nuestros conocimientos acerca de los fenómenos volcánicos y de las débiles variaciones que los vientos producen en la presion atmosférica. Bembo, cuya educacion había sido confiada á los griegos refugiados en Sicilia, cuenta sus escursiones por el Etua, en un libro escrito con todo el encanto y todo el calor de la juventud. {Mtua Diálogus,) á mediados del siglo XVI: en él desarrolla la teoría de la introduccion de las aguas del mar en el foco de los volcanes, é intenta probar que la proximidad del mar es una condicion necesaria para la produccion de los fenómenos volcánicos. Véanse aquí las cuestiones que trata, al subir por el Etua: «Explana potius nobis quee petimus, es incendia unde orianturet orta quomodo perdurent?— la omni tellure nuspiam mayores fistulse aut meatus ampliores sunt quam la locis quee vel mari vicina sunt vel a mari protinus alluuntur: mare erodit illa facillime pergíLque in viscera terrse. Itaque cum in aliena regna sibi viam faciat, ventis etiam facit; ex quo fit ut loca queeque marítima máxime terree motibus subjecta sint, parum mediterránea. Habes quum in sulfuris venas venli furentes inciderint, unde incendia oriantur Minie tuse. Vides, quee mare in radícibus habeat, quee sulfúrea sit, quae cavernosa, quee a mari aliquando perforata ventos admiserit sestuantes, per quos idónea flamnise materics incenderetur."