Confesión de culpa

Confesión de culpa de Miguel de Unamuno
Nota: Miguel de Unamuno «Confesión de culpa» (7 de diciembre de 1917) El Día, 2ª época, nº 13.541, p. 1


CONFESIÓN DE CULPA

 Mis lectores me permitirán que descargue mi conciencia de una culpa que sobre ella pesa hace ya ocho años.
 Ninguno hemos olvidado ni podido olvidar los sucesos de 1909, los que ocasionaron la caída de Maura y Cierva y la formación, frente a la Corona, del maurismo. El proceso, fallo y ejecución de Ferrer fué el verdadero origen de toda la revolución por que estamos en España pasando, aunque la guerra europea la haya precipitado e intensificado. El mitin de las izquierdas en la Plaza de Toros de Madrid en mayo pasado, la sedición de la oficialidad de Infantería en Barcelona el 1.° de junio, la Asamblea de parlamentarios, la gloriosa huelga general revolucionaria, pero pacífica, de agosto y la desmedida represión de ella; el fallo injusto y a la vez ilegal del Tribunal que condenó al Comité de huelga, la crisis larga después del derrumbe de la podredumbre idónea—que era el régimen de la mentira sistematizada—, la actual agitación en pro de la justicia y de la ilegalidad en forma de amnistía, todo ello es consecuencia de los Sucesos de 1909. Y como entonces opté, en cuanto publicista, una actitud extraña a mi significación general y esencial, siento la necesidad de explicarla ante mi público.
 Me era profundamente antipática la obra de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia, y sigue siéndomelo. Me repugnaba, con la mayor repugnancia que en mí cabe, la obra de incultura y de barbarización de aquel frío energúmeno, de aquel fanático ignorante. Nunca he podido soportar el dogmatismo docente del ateísmo más incivil y más grosero. De un ateísmo a su modo troglodítico. Nunca he podido tolerar que a nombre de una razón abstracta, ahistórica, matemática si se quiere, pero puesta fuera de la Historia y de su tradición, se pretenda arrancar tiránicamente del alma de los hombres y ciudadanos de mañana las más nobles y fecundas inquietudes, y con ellas el germen de las creencias que le consuelan al hombre de haber tenido que nacer y de tener que vivir. Los que conozcan mi obra «Del sentimiento trágico de la vida» saben bien cómo pienso y siento a este respecto, y que si no soy un convencido racionalmente de la existencia de Dios, de una conciencia del Universo, y menos de la inmortalidad del alma humana, no puedo soportar que se quiera hacer dogma docente del ateísmo y del materialismo. En tocando a esto llego, lo confieso, hasta a perder los estribos, y a las veces asoma en mí, en lo zahondo de mi conciencia española, el inquisidor que todos los españoles llevamos, por tradición histórica, dentro.
 Añádase que me hirió en lo vivo, como a tantos otros españoles les hirió, la campaña de calumnias, de insultos, de embustes, que contra nuestra patria se hizo en el Extranjero a pretexto del fusilamiento de Ferrer. Nos hicieron pagar con exceso, esto es, con injusticia, las culpas de nuestros abuelos y de los abuelos de éstos. Aquella campaña y el suponer que era dirigida por una Sociedad secreta a la que siempre he sentido y sigo sintiendo repugnancia, y no más que por ser secreta, me puso fuera de mí. Así, como suena, fuera de mí, me sacó de mis naturales quicios humanos. Siempre me ha repugnado todo lo secreto, y una Sociedad secreta, sea lo que fuere lo que se proponga, es lo que más me saca de mí mismo. Aborrezco el secreto sobre toda otra cosa.
 Tal estado de mi ánimo hace ocho años me impidió enterarme serena y desapasionadamente del proceso Ferrer, y ello a pesar de que siempre he creído que los Tribunales militares, por su educación y la índole de la disciplina a que están sujetos, es muy difícil que en causas tales lleguen a fallar, no ya justa, mas ni aun legalmente. Y esto aparte de la índole privada de la conciencia civil, es decir, humana, de cada uno de los jueces que los forman. No quise—así, no quise—enterarme serena y desapasionadamente del proceso Ferrer. No quise leer el libro que sobre él escribió mi amigo el doctor Simarro; pero en cambio leí, para proveerme de argumentos—como cualquier mal abogado que los busca para su tesis previa—aquel otro libro de mi otro amigo D. Salvador Canals, sobre el mismo proceso, libro que es—hoy lo comprendo—el más hábil y sutil tejido de sofismas. Y con esas armas me lancé a la pelea.
 No quise enterarme de si a Ferrer, á aquel Ferrer cuya obra tanto me repugnaba y sigue repugnándome, se le condenó injusta e ilegalmente por no habérsele condenado antes, en otro proceso; no quise enterarme de si en aquel tribunal no puso supuestas razones de supuestro patriotismo por encima de la justicia; no quise enterarme de si aquel fallo no se fundaba—como al del proceso Dreyfuss en Francia—en motivos que habían de permanecer secretos, como son esos que los fariseos llaman motivos de suprema salud de la patria. Y yo pongo la justicia y el respeto al hombre por encima del interés de la patria. Y más si han de juzgar de este interés los menos capacitados para juzgarlo, que son los que cobran su soldada por defender con las armas cuando la voluntad nacional, que no ellos, que no la representan ni pueden representar, se lo ordene y como se lo ordene.
 He mencionado el proceso Dreyfuss y la agitación y división de espíritus que provocó en Francia. Hay quien ha dicho que esa agitación y división es una de las principales causas que le impidió a Francia prepararse y que la tuvieron impreparada cuando fué violentamente agredida, sin provocación alguna previa suya. Pero yo creo que esa falta de prepación, por cara que le haya costado a Francia, es una gloria si se debe al proceso Dreyfuss. Me avergonzaría de ser español si para prepararse España, no ya a la defensa, mas a la ofensiva; si para hacer de España un pueblo de presa, imperialista, militarista, en que todo se supedita a la disciplina que exige la exclusiva preocupación del engrandecimiento de la patria, sea a costa de lo que fuese, nos obligaran a los españoles a no pelear dentro por la justicia, por los derechos del hombre, de un hombre sólo que sea.
 Sí, hace ocho años pequé y pequé gravemente contra la santidad de la justicia. El inquisidor que llevamos todos los españoles dentro me hizo ponerme al lado de un Tribunal inquisitorial, de un Tribunal que juzgó por motivos secretos—siempre injustos—y buscó luego sofismas con que cohonestarlo.
 No; ni la supuesta salud de la patria autoriza el fallar por razones que han de mantenerse secretas. Lo secreto es siempre la infamia y la inhumanidad.

    Miguel de Unamuno.