Clemencia:Capítulo XXVII

No la veré, no podré verla -murmuró al cabo de un instante- y más vale. Que crea que es Enrique, y será mejor.

Después, volviéndose hacia un muchacho que le acompañaba montado en una jaquita, tan flaca como ligera, le dijo:

- Oye, guía ¿no hay un camino que corte de aquí directamente para la hacienda de Santa Ana?

- Para la hacienda no, pero yo conozco una vereda que va a dar al pueblo de Santa Anita, y como está tan cerca de la hacienda, es lo mismo.

- Pues bien, toma la vereda. ¿Es buena para la caballería?

- Un poco pedregosa; pero muy poco, es un pedazo malo, lo demás es como aquí.

- Bien: adelante.

El guía fue a guiar al sargento, jefe de la descubierta, y la columna comenzó a desfilar por la vereda. Dejémosla seguir para Santa Anita y volvamos al lugar donde quedó la familia.

Comenzaba a rayar la aurora cuando el padre de Clemencia creyó escuchar el ruido de un carruaje. Le pareció demasiada fortuna para ser creíble; pero un momento después un mozo destacado por aquel lado del camino vino corriendo a decirle que en efecto era un carruaje el que se acercaba, tirado por seis mulas.

El señor R... despertó a la familia alborozado.

- Dios nos protege, hijas mías; he ahí un coche que viene de Zacoalco.

Las señoras se levantaron contentas. El carruaje llegó y se detuvo. El postillón se apeó.

- ¡Ah, señor! ¡Qué fortuna tan grande! Antes de llegar al pueblo encontré una caballería. El que la manda es un joven, según pude ver, y luego que le dije que era su merced el que estaba aquí detenido con su familia por la rotura del coche, se sorprendió mucho, se afligió como si fuera alguna cosa de su merced, y dejó a un oficial encargado de la tropa y se fue conmigo al pueblo. Allí entró a una casa y salió con este carruaje que dice que es de un amigo suyo, que le suplica a su merced que le lleve nomás hasta Sayula para que de allí se vuelva a conducir a ese amigo suyo, y que no pague nada al conductor, porque tiene orden de no recibir ni un ochavo.

El caballero al oír esto se quedó perplejo. Pero Clemencia, con su viveza de costumbre, dijo conmovida:

- Papá ... ese oficial es Flores ... estoy segura. ¿Quién más que él es capaz de ese rasgo de galantería?

Isabel frunció las cejas al oír esto.

- Es muy posible que sea él -concluyó el anciano-. ¿Qué señas tiene, muchacho?

- Señor, no le vi bien: tenía cubierta la cabeza con un capuchón que le tapaba parte de la cara; pero es un joven, me pareció alto, y monta muy bien a caballo.

- Es él ... no hay duda papá -volvió a decir Clemencia.

- ¿Conoce usted al oficial que envía el carruaje? -preguntó el padre de Clemencia al conductor.

- No señor -contesto éste secamente- es la primera veZ que le veo ahora.

- Pero ¿no oyó usted si se llama Flores?

- Me parece que sí, señor.

- ¡Oh noble corazón! -dijo la madre de Clemencia, mientras que Isabel palidecía y reprimía una lágrima.

- Y ¿vamos a encontrarle? -preguntó Clemencia al postillón.

- Seguramente, porque viene para acá.

- ¡Dios mío! -murmuró en voz baja la joven- y ¿a dónde va cuando yo salgo precisamente por estar cerca de él?

Y luego añadió en voz alta:

- ¿Cree usted, papá, que vayan las tropas liberales a atacar Guadalajara?

- Sería un desatino abandonar una plaza para atacarla después a los tres días. Esto creo yo que se hace cuando se cuenta con otros elementos.

- Pero entonces ¿a dónde marcha esa caballería?

- Irá a observar al enemigo. ¿Pues no sabes que el general Uraga ha dispuesto defender las Barrancas y establecer allí una línea formidable de defensa?

Clemencia se entristeció profundamente.

Pero los mozos habían acabado de arreglar el carruaje y de colocar las cargas en las mulas. La familia se colocó en los asientos y el coche empezó a andar.

- Allá va una tropa de caballería -gritó un mozo que iba delante, señalando en efecto una larga hilera de jinetes que desfilaba a lo lejos por un costado del camino y que se veía muy bien con la luz cada vez más clara del día. Empezaba a amanecer.

Las señoras se asomaron a la portezuela.

- ¡Ingrato! -dijo para sí Clemencia-. ¿Y por qué no ha querido verme? ¡Ah, temería por su corazón!

Y la rubia a su vez pensaba que tal vez adivinando o sabiendo que ella venía también, no había querido verla para no sufrir con su presencia.

Y las dos jóvenes se ocultaron una de otra y de las señoras, para no dejar ver sus ojos llenos de lágrimas, y luego volvieron a asomarse a la portezuela hasta que la columna se perdió a lo lejos entre las sombras del lomerío.