Clemencia:Capítulo XXVI

A dos leguas de este pueblo el mozo escuchó el ruido sordo de una tropa de caballería que se acercaba.

Poco después fue más distinto el ruido, y a él se mezclaba el que hacen al chocarse los sables. No había duda, era una tropa la que venía. La noche estaba oscura y corría un viento glacial.

De repente el postillón se vio obligado a detenerse en su carrera; le habían dado el ¿Quién vive? y una patrulla, que venía a la vanguardia de la tropa, había hecho alto cerca de él.

- ¡Libertad! -respondió resueltamente el mozo.

- ¿Qué gente?

- ¡Paisano!

- ¡Alto ahí! -le gritó un sargento, y se avanzó a su encuentro.

- ¿Correo? -le preguntó.

- No, señor; soy el mozo de una familia que se ha quedado atrás porque el coche en que venía se rompió, y voy a Zacoalco a ver si consigo otro.

- Llévele este hombre al jefe -dijo el sargento- y para que lo reconozca y le pregunte.

El soldado abedeció y se llevó al mozo hasta encontrar al jefe que venía a la cabeza de su columna.

Componíase ésta de doscientos carabineros, y tan luego como el jefe advirtió que su descubierta había hecho alto y que avanzaban hacia él dos hombres, mando hacer alto también a la columna y se adelantó para saber qué era aquello.

- Mi comandante -dijo el soldado- el sargento me manda que presente a usted este hombre que acabamos de encontrar y que venía a galope.

- ¿Quién es usted, amigo? -preguntó el comandante alzando un poco su capuchón para examinarle.

- Señor -respondió el criado- soy un postillón, y me adelanto a Zacoalco para buscar un carruaje o un carpintero, porque el coche en que venía mi amo el señor R ... de Guadalajara se ha hecho pedazos a cuatro leguas de aquí, y allí está toda la familia parada en el camino.

- ¿El señor R ...? -preguntó con interés el comandante.

- Sí, señor, él mismo con su señora, su niña y otras dos señoritas que le acompañan, y además los criados de la casa con los equipajes.

- ¿Salieron ustedes hoy de Guadalajara?

- Sí, jefe, salimos hoy temprano, porque los franceses debían llegar en la mañana y mi amo no quiso aguardarlos.

- De modo que los franceses están hoy en Guadalajara.

- De seguro, mi jefe: en Santa Ana, donde nos detuvimos un rato, supimos por cierto por un mozo de la hacienda que trajo la noticia. Se estaban acuartelando cuando él salió.

- Bueno, y ¿dice usted que la familia del señor R... se quedó en el camino?

- Sí, señor; y figúrese usted con la noche tan fría y el camino tan desamparado, allí están las señoras maltratadas por el golpe del carruaje que se rompió Y volcó. Mi amo quería quedarse en Santa Ana, pero la niña no quiso y tuvo el capricho de llegar hoya Zacoalco. ¡Estaba tan inquieta y tan impaciente la pobrecita, y suceder esto!

- ¡Ah, no ha podido resistir la ausencia de Enrique! -dijo el comandante en voz muy baja.

El comandante era Fernando Valle que regresaba con su escuadrón, de orden del cuartel general, a situarse en la hacienda de Santa Ana, en observación del enemigo.

Después de meditar un breve instante añadió para sí:

- ¡Pérfida! ¡Cuánto le amo y cuánto mal me ha hecho! ... En fin ¡volvamos bien por mal!

- Capitán, necesito volver urgente a Zacoalco con este correo que trae despachos importantes de Guadalajara; usted queda mandando la columna que hará alto aquí, mande usted echar pie a tierra y que se estén los soldados brida en mano, hasta mi vuelta que no tardará dos horas. Yo me voy solo con el correo.

- Muy bien, mi comandante.

- Venga usted -dijo Valle al mozo- y sígame a todo galope.

Pasaron a un costado de la columna, donde dio el comandante todavía algunas órdenes brevísimas a dos o tres oficiales, y se alejaron después rápidamente los dos jinetes con dirección a Zacoalco.

Media hora después penetraban en el pueblo y se detenían en la plaza.

- Aguárdeme usted aquí -dijo Valle al mozo, y se dirigió a una casa en cuyo zaguán tocó repetidas veces. Abriéronle por fin, entró, se apeó y fue a tocar de nuevo en una puerta interior.

- Capitán, capitán, ábrame usted, soy yo, Valle.

La persona interpelada se levantó apresuradamente y vino a abrir.

- Fernando ¿qué se ofrece? ¿Qué hay? ¿Pues no se había usted marchado a las diez?

- Es verdad; pero he tenido necesidad de volver, y sobre ello, mi viejo capitán; ruego a usted mucho que me guarde el secreto; es una pequeña contravención a las órdenes que he recibido. Marchaba con mi columna para la hacienda de Santa Ana, cuando a dos leguas de aquí me encontré al mozo de una familia de Guadalajara que quiero mucho, el cual me dijo que el carruaje en que aquélla venía se volcó en el camino, y que había quedado detenida por eso; que él venia a este pueblo a conseguir otro carruaje, si era posible, o a llevar un carpintero. Usted comprenderá que ni uno ni otro son fáciles de obtener aquí. Entonces me acordé de que usted había traído un coche porque sus enfermedades no le permiten caminar a caballo; pero pensé que si no venía yo en persona a pedírselo a usted no lo daría, y tiene usted razón, mi viejo capitán, usted lo necesita mucho; pero por nuestra amistad, por lo que usted más quiera, le suplico que me lo facilite para auxiliar a esa familia a quien debo muchos favores ...

- ¡Hum! Fernando, la cosa es peliaguda ... Usted sabe que no puedo moverme, y ¿cómo continúo hasta Sayula desde aquí?

- ¡Oh! no hay cuidado, usted prestará el carruaje hasta Sayula, pues de otro modo la familia siempre tendría que detenerse aquí. Pero llegará mañana a ese pueblo y regresará el carruaje a Zacoalco pasado mañana, para que usted continúe su camino. Ya usted ve que lo que le pido es un día de fastidio en este pueblo; pero no olvidaré tamaño sacrificio.

- Bien, muchacho, bien, tome usted el carruaje. ¡Qué diablo! no faltaba más que yo negara un tan pequeño servicio a quien debo la vida y tantos ...

- Vamos, no siga usted, mi capitán, recuerde usted que he sido su soldado y que ...

- Y que hoy es usted mi jefe, bien merecido, hijo mío; valientes como usted no se encuentran por todas partes ...

- Calle usted, mi capitán, calle y reciba mi agradecimiento ...

- ¿Ya sabe usted que han entrado los franceses a Guadalajara?

- Acabo de saberlo por el mismo criado; pero usted ¿cómo lo supo?

- Ha pasado por aquí un extraordinario que llegó momentos después de que usted salió; ese hombre avisó al alcalde que nos lo dijo a nosotros. Según eso va usted a tener pelotera, porque yo no dudo que ellos destaquen alguna fuerza con dirección a este camino.

- No será tan pronto, mi capitán, y si sucede me alegrará muchísimo, ya tengo deseos por mil razones de encontrarme con ellos.

- Vaya usted con Dios, muchacho, llévese el carruaje; apuesto a que en esa familia viene alguna linda por cuyos bigotes anda usted corriendo a estas horas.

- Algo hay de eso -contestó el comandante, montando a caballo y diciendo adiós al viejo capitán.

Este llamó al dueño del carruaje, le advirtió que tenía la obligación de volver de Sayula a cumplir su contrato, y que arreglara en cuanto a la gratificación por su viaje extraordinario, con el comandante.

El carruaje se dispuso y salió del mesón con tres tiros de mulas.

- Amigo mío -dijo Valle al del carruaje- va usted a traer una familia que está a cuatro leguas de aquí, y sin detenerse en este pueblo, porque le manifestará usted que le es urgente estar de vuelta pasado mañana de Sayula, para conducir al capitán con quien tiene usted compromiso, la llevará usted hasta esa población, en la que les será fácil conseguir otro coche, de los muchos que se fueron con el general. Ahora usted no recibirá de esa familia gratificación ninguna; aquí tiene usted tres onzas y este reloj de oro que vale tres veces más y que conservará usted en mi nombre.

- Es bastante, jefe, y sobrado, y yo le doy a usted un millón de gracias.

- Partamos, pues.

El carruaje partió a escape.

Pero al llegar a la salida del pueblo, Valle comenzó a sentir que su pobre caballo no podía más y que estaba próximo a caerse.

- Sea por Dios -dijo bajándose- mi pobre, mi único caballo, mi compañero de trabajos ... se muere, no hay duda ... y era natural ... veinte leguas de camino, pocos descansos, tres días de fatigas ... y una carrera de dos leguas en media hora, es lo suficiente para que el pobrecillo sucumba, no hay remedio.

No bien acababa de decir esto cuando el infeliz caballo cayó muerto.

Valle gritó al postillón, que se detuvo.

- Grita al cochero que haga alto.

El carruaje se detuvo también.

- Mira, muchacho -continuó Valle- mi caballo ha reventado y no tengo otro; el tuyo está todavía muy bien y me parece muy fuerte.

- Ah, señor, es muy bueno, es de los de mi amo.

- Pues bien, te lo compro.

- Señor ... es de él ...

- Bien, dile que se lo vendiste al oficial que proporcionó el coche, no lo llevará a mal.

- Costó doscientos pesos, señor ...

- Arreglado: te doy diez onzas, y no más porque no tengo; pero te daría una mano por un caballo en este momento.

- Está bueno, señor, vale que el amo no se enojará, porque él también hubiera dado una hacienda por un carruaje, hace dos horas.

El postillón recibió sus diez onzas, que conto minuciosamente, quitó la silla a su caballo, la metió en el carruaje, en seguida se metió él mismo. Valle quitó su montura militar del caballo muerto, del que se despidió con una lágrima, ensilló el caballo que acababa de comprar y se puso a la portezuela del coche que volvió a partir. Una hora después llegaron a donde estaba la columna; allí Valle despidió al postillón, advirtiéndole que el carruaje era de un amigo suyo y que no recibiría paga alguna, porque la familia del señor R... era una familia querida para él, por lo cual estaba advertido el conductor del carruaje de no recibir un maravedí. El postillón le dio las gracias en nombre de su amo, y partió en el coche con toda celeridad.

Fernando mandó montar a caballo y continuó lentamente su camino, con la frente oculta bajo su capucha y en el mayor silencio. Si hubiese habido luz para examinar su semblante, se habría espantado cualquiera al notar la expresión de profunda tristeza que nublaba sus ojos y que daba a su sonrisa un aire de desesperación concentrada.