Clemencia:Capítulo XVI

Casual o intencionalmente, Clemencia tomó asiento frente a Isabel, que estaba acompañada de Enrique.

Isabel se hallaba en el colmo de la felicidad. Algo había pasado entre la bella rubia y el galante oficial, alguna palabra había acabado por fin de romper los diques de la reserva, pues los dos jóvenes parecían entenderse ya perfectamente, y reinaba entre ellos la más dulce confianza.

Para Clemencia esto era claro como la luz, y a la primera ojeada conoció que su amiga había ya obtenido el triunfo sobre ella. Para Fernando tampoco hubo duda; pero, preocupado como estaba con las palabras de Clemencia, y sintiendo en su corazón arder una nueva llama, más poderosa todavía que la que se había extinguido, apenas prestó atención a lo que pasaba a su frente.

- Enrique tenía razón -decía para sí- era fácil olvidar; heme aquí enamorado ya de Clemencia. Yo siento que el poder de esta nueva pasión es más fuerte, y que comienza subyugando todo mi ser: no es el amor dulce que me inspiraba mi prima, sino un amor irresistible, grande, que me anonada, que me encadena ...

yT como Clemencia procuraba acabar de encender la hoguera con sus miradas, con sus sonrisas y con esas mil coqueterías que una mujer hermosa puede poner en juego en semejante ocasión, Fernando estaba perdido. Una vez que éste le sirvió vino, ella se apresuró a detenerle para que no llenase su copa, y puso su mano sobre la del oficial, apretándola ligeramente.

- No tanto, Valle, no tanto -le dijo- hoy perdería yo la cabeza fácilmente.

- ¿Se siente usted mal?

- Al contrario ... pero la dicha pone la cabeza débil.

- ¿Y usted opina como Clemencia, Isabel? -preguntó Flores.

- ¡Ah, sí! enteramente.

- ¿Y siente usted también la cabeza débil?

- Muy débil.

Enrique pagó esta respuesta con la más ardiente de sus miradas; pero Fernando palideció de una manera espantosa. Acababa de observar que Clemencia había dirigido a su amiga una mirada de celos, rápida como el pensamiento y terrible como el rayo.

Pero apenas tuvo el tiempo de fijarse en esto porque Clemencia se volvió hacia él y le preguntó sonriendo cariñosamente:

- ¿Ha visto usted al entrar mis flores, Fernando?

- Sí, Clemencia, de paso; y he notado que son exquisitas.

- Tengo muchas camelias admirables, mis violetas son preciosas; pero sobre todo, tengo algunas flores raras que quiero mucho. Frente a la puerta de una de mis piezas, hay una planta en un tibor del Japón, que yo cuido con esmero y que florece de tarde en tarde. Hoy en la mañana se ha abierto una flor hermosísima, roja y perfumada, que no tiene igual, y que deseo que usted vea.

- Con mucho gusto.

- Y que yo le ofreceré, para que la conserve en recuerdo mío ... y para que no olvide usted la noche en que nos ha honrado visitándonos por primera vez.

- Señorita -respondió Fernando con cierta sequedad- es una prueba de distinción que no merezco y que me haría muy dichoso; pero flor tan querida de usted debe quedar en la planta, cuyo cultivo tantos afanes le cuesta, o debe ser ofrecida a la persona que usted ame, y que tal vez no la ha comprendido e ignora cuánta ternura, cuánta pasión abriga el corazón de usted. Yo me contentaré con algunas violetas, estas flores nacen y viven en un lugar que está en analogía con el que ocupo regularmente en el afecto de las personas que me conocen; y créame usted, ya será bastante dicha para mí.

- ¿Pero qué es eso, Fernando? -replicó la hermosa joven con un acento de dulce reconvención-. ¿Qué quieren decir todas esas palabras que parecen dictadas por un sentimiento injusto? ¿Que debo ofrecer esa flor a la persona que no me ha comprendido y que ignora cuanta pasión abrigo por ella? ¿Quién es esa persona, dígame usted? Si hubiera alguien a quien yo amara, y se mostrara desdeñoso o no me comprendiera, y vea usted que yo olvido las preocupaciones vulgares y soy franca, por eso me acusan, si hubiera alguien así, repito, le aborrecería a los pocos instantes de haber pensado en él. ¿Que ocupa usted un lugar semejante al en que viven las violetas, es decir, un rincón humilde, en el afecto de los que le conocen? Esto le habrá pasado a usted en otra parte; pero en esta casa es preciso que sea usted ingrato para que lo crea así. Mire usted, Fernando, si no aceptase usted esa flor que le he ofrecido, delante de usted arrancaré la planta, porque me sería inútil y me recordaría una amarga repulsa.

Clemencia dijo todo esto en voz baja, pero con tal vehemencia, con tal pasión, con voz tan turbada y tan dolorosamente tierna, que Fernando volvió a creer que era amado, y no se acordó ya de la mirada celosa que la joven había dirigido a Isabel. Esta y Enrique, que se hallaban tan próximos escucharon todo.

Clemencia se hallaba agitada de una manera febril, y ponía un cuidado exquisito en no ver a los que estaban a su frente.

Trajeron el champaña; pero Clemencia, pretextando que no quería tomar ese vino y que prefería respirar aire fresco y enseñar a Fernando, que era muy instruido en botánica, sus flores, le suplicó que la acompañase.

Fernando lo hizo y se dejó conducir como un niño.