Clarín, Madrid Cómico and C.º Limited

Clarín, Madrid Cómico and C.º Limited de Ramiro de Maeztu
Nota: Ramiro de Maeztu «Clarín, Madrid Cómico and C.º Limited» (agosto-diciembre de 1899) Revista Nueva, Madrid, II, 2.ª serie, n.º 25, pp. 49-54.
CLARÍN, MADRID CÓMICO
     and C.º Limited

 Hemos de perder toda esperanza... ¿de salir del infierno? ¡No! de colaborar en el Madrid Cómico cuantos seguimos siendo jóvenes. Nos lo dice Clarín en un artículo de reapertura que empieza con un chiste contra Polavieja, sigue con un lema (no el subsecretario), continúa hablando de unos monos que han de ser monos... sabios y termina con otro chiste á expensas de la regeneración.
 Conste que aunque estos calembours parecen hijos de la mismísima pluma de Arniches, es Clarín quien los firma sin el menor reparo.
 De hoy en adelante, Madrid Cómico se robustecerá con sangre vieja. Véase la clase: Felipe Pérez, Lezama, Eduardo del Palacio, Arniches, Celso Lucio, Miguel Echegaray, Zúñiga, Vital, Carrión, Sinesio, Luceño, López Silva, Taboada, Fernández Shaw, Gil, Eusebio Sierra, Romea, etc., etc. Verdad que Clarín también ofrece la colaboración de Galdós, Valera, Pereda, Dicenta y Balart; pero yo remito á los lectores del apreciable semanario al antiquísimo ver y creer.
 En cambio, decadentes, regeneradores, estetitistas, jóvenes párvulos de las letras azules... esos no cobrarán en Madrid Cómico... más que los arañazos que les propinen Clarín, Taboada, Sentimientos ó, como en este número, los tres á coro.
 Y como yo no he de negar al Sr. Alas su talento, su ingenio y su cultura, aunque pudiera negarle, que sí le niego, buena fe y honradez literarias y cariño al oficio, tampoco he de conceder á todos esos aludidos decadentes, etc., las insólitas y excelsas cualidades que á sí propios se atribuyen, con un desenfado á ratos enfadoso y á veces inocente.
 Aceptemos las manos liliales, las torres ebúrneas y demás letanías de nuestros seudodecadentes, naturistas y estetas, como un anhelo indefinido, como un vago vislumbre de otra literatura, como un preludio cuatrocentista de un renacimiento; no como una obra hecha, acabada, completa, que sólo aguarde la formación de un público entendido para recibir los loores y los logros... que no ha sabido conquistarse.
 Pero ¿vale más acaso la golfería citada por Clarín? Exceptuemos dos ó tres nombres, por ejemplo: los de Valera, Dicenta, Galdós y Pereda; ¿es que la obra de todos los restantes puede compararse con la de ese Jacinto Benavente, contra quién dirige sus tiros de manera insidiosa el crítico asturiano?
 Debo advertir que yo no admiro á Benavente. Encuentro en su labor de sepulturero sespiriano un humorismo seco, una macabra frialdad que me hiela la sangre, y que, lejos de incitarme al aplauso, me inspira un sentimiento de terror y desvío invencibles. De todos modos, sea cualquiera la índole de belleza que encierre la obra de Benavente, ¿puede compararse en intensidad y valer literarios con la de todos aquellos señores?
 Verdad que Clarín cita el nombre de Sellés, y me inspira muchísimo respeto el autor de El nudo gordiano. Pero vamos á cuentas. Poco hace que Sellés y Benavente intentaron dos empresas de idéntico empuje: las de adaptar á la escena española dos obras de Shakespeare; ¿y vale algo la Cleopatra del primero, miserable traducción, de traducciones, reflejo pálido de otros reflejos, cotejándola con el delicadísimo Cuento de amor extraído por Jacinto Benavente de La noche de Reyes?... ¿Que Sellés desconoce la lengua de Inglaterra?... Apréndala el hombre, antes de poner en Shakespeare la pecadora mano.
 Iba á caer involuntariamente al pobre y ruin terreno de los tiquis miquis.... ¡Detente, pluma!... El afán de acotamiento y monopolio que Clarín nos descubre ya sin rebozo alguno, me hace pensar en cosas más hondas que las pesetejas defendidas tan descaradamente.

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 Quejábase Clarín hace unos días de que se le acuse de cultivar exclusivamente la cominera crítica de palabras, como si se le juzgara inepto para otras críticas más hondas. Está equivocado el Sr. Alas. Yo no sé de ningún hombre de talento que tenga sinceramente en tan menguada estima al catedrático de Oviedo. De haber considerado al Sr. Alas como á un gramático de la especie del Sr. Valbuena, que malgastara su saber y su ingenio en la caza del galicismo, ni sería el de D. Leopoldo Alas reputado seudónimo, ni lamentaríamos el pernicioso influjo de su obra.
 El mal estriba en que, además del crítico cominero, hay en Clarín, y así se reconoce, un espíritu curioso, reflexivo, leído, de verdadera altura, que por desgracia sólo de tarde en tarde se muestra tal como es y se complace en emplear armas de mala ley, bien porque un falso instinto de conservación le predispone contra la avalancha literaria que de donde quiera va surgiendo, bien—y esto es lo probable y lo sensible—porque es más fácil, mercantilmente hablando, dar valor á la firma haciendo chistes y arrancando á túrdigas el pellejo del prójimo, que no mostrando al ignorante público cómo ha de leer un libro.
 Hubo un tiempo en que, atraída por el renombre de Castelar y Zorrilla, Galdós y Pereda, Campoamor y Menéndez Pelayo, la juventud intelectual de toda España, Filipinas y América acudía á Castilla, demandando á los pontífices de la crítica un estímulo; un halago, un consejo ó una afectuosa paternal lección.
 Pudieron nuestros críticos, Clarín especialmente, encauzar este movimiento, españolizarlo, infundiéndole un ideal concomitante... Bastábales para conseguirlo un cariño desinteresado á la obra literaria y un amplio concepto de la patria... Prefirieron convertirlo en objeto de lucro inmediato, explotando las malas pasiones del público, que gusta en todas partes de ver ridiculizado al artista, ¡ese hidalgüelo displicente, que viviendo de todo el mundo, ni más ni menos que el tendero de la esquina, se permite unos aires de superioridad!...
 También el Madrid Cómico—lo he dicho antes de ahora—tuvo su época de dictadura en chico. No había peligro de que se deslizara por sus columnas un galicismo... pero tampoco un pensamiento poético ni una idea generosa. Las columnas cerradas rellenábanse de chistes; los renglones desiguales, de gacetillas en cuartetas y anécdotas en romance. Componíanse los números de prosa sin ideas y verso sin poesía... Vinieron los bárbaros, en forma de semanarios ilustrados, y el Madrid Cómico murió á sus garras... ¿Pero quién hizo la atmósfera en que pudieran lucir hebdomadariamente su abrumadora estolidez los Méndez Bringa del lápiz y la pluma, sino los Cilla, Zúñiga y demás veteranos dé la casa... del Madrid Cómico?
 Entretanto, el movimiento intelectual que se pretendió detener á alfilerazos, proseguía su marcha ascendente. Lo que no quisieron ó no supieron hacer Clarín y sus colegas, realizáronlo Ixart y Gener en Cataluña; un austríaco, Fernando Blumentritt, en Filipinas; un francés, Pablo Groussac, en la América que se llamó española... No quiso ver Clarín ese espíritu nuevo—estudiado tan admirablemente por el genial Unamuno—que iba á deshacer los viejos moldes del idioma castellano... Era más cómodo y productivo mantener en su integridad el dogma del casticismo... ¡Y ahí está esa literatura, á la vez española y exótica, que nos avergüenza con sus bríos juveniles, escrita por los americanos en un lenguaje apenas inteligible para nosotros, y por los españoles en dialectos é idiomas que creíamos olvidados literariamente para siempre!
 Debieron, los que podían hacerlo, romper la métrica y ajustar una nueva á nuevos ritmos; dividir el cervantesco párrafo; arrojar el Diccionario á los maestros Ciruelo; ensanchar el idioma y el alma para que cupieran en nosotros el verbo y el espíritu de las distintas nacionalidades y comarcas españolas... Prefirieron, como León XIII, encerrar con siete llaves los dogmas y proclamar la propia infalibidad, ¡y ahí están los heterodoxos del americanismo y del regionalismo mirándonos por encima del hombro, odiándonos, desconociéndonos!
 Hay algo en esa conducta que me recuerda íntimamente la seguida por los Gobiernos centralizadores con los movimientos autonomistas. ¡Autonomismos á mí!, dijéronse nuestros gobernantes, y en lugar de estudiarlos los explotaron, enviando á las colonias lo peor de cada casa, especulando en los transportes, en la guerra, en la administración, en la pérdida misma de nuestras posesiones... ¡Cosas nuevas á mí!, pensaron nuestros críticos, y en vez de compenetrárselas, procurando adaptárnoslas, las explotaron con la fácil crónica ridiculizadora.
 Así perdimos la unidad material de la patria y así hemos perdido la moral unidad de la raza; colonias y público. Nos quedan, ciertamente, varios ancianos venerables, llenos de prestigios y de canas... ¿Y el día en que se mueran? ¡Siempre nos quedará el público que asiste á los toros, á las funciones del género chico y que no compra libros! Este público se lo acotan ahora Clarín y sus veteranos. Triste cosa es que al cabo de los años ande en tales empeños nuestro crítico más temido... Pues bien, mi enhorabuena, ¡y que aproveche!
 Los que aspiramos á más altos logros, hallámosnos en casa con un público enviciado por una crítica y un arte menudos, mientras que el público de fuera nos es hostil ó indiferente. Los rencores que los viejos provocaron habremos de purgarlos con paciencia. Por hoy, los términos se hallan invertidos. Somos nosotros los que hemos de comprar sus libros á América y á las regiones emancipadas. Leámoslos con ojos inquisitivos, ni aduladores ni adversos, y caigan los que quieran en la tentación de esclavizarse servilmente á uno de aquellos públicos; el nuestro enviciado, el de fuera enemigo que el alma española, como la riqueza, en el subsuelo está, y sólo los que lo exploren, lo mismo en Cataluña que en Castilla, en Méjico que en Buenos Aires, llegarán á las raíces que á todos nos unen, y habrán merecido, tras una juventud pobre, difícil y modesta, una vejez honrosa y respetada.

     Ramiro de Maeztu.
 Madrid 11 de Octubre 1899.