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Casa de préstamos

Casa de préstamos de Arturo Reyes



-Mire usted - me dijo el prestamista sonriendo benévolamente -: en esta casa se admite todo, y a esto y a una poca de conciencia que tengo, se debe la prosperidad de mi casa. Aquí se da dinero por todo; aquí vienen todos los afligidos, y todos se van relativamente consolados; y puesto que dice usted que su visita es principalmente por estudiar la miseria del pueblo en este establecimiento, suelte usted el sombrero, siéntese en esa mesa como si fuese un nuevo empleado y así podrá usted presenciar las cien escaramuzas que tengo que librar a diario con mis enemigos, que sólo esgrímen, como armas, las lágrimas, el ruego, la astucia y a veces hasta la amenaza.

-¿Y no resulta usted nunca vencido?

-En un principio, sí, muchas, muchísimas veces, las primeras. Pero ya es muy dificil: en este negocio se puede ser algo tirano con la vanidad, pero no con el hambre; lo que deja de ganarse con ésta se gana con la otra... Pero póngase usted en su sitio, que ya diviso alguna guerrilla del ejército enemigo.

Y tomé posesión del puesto que me indicaba, y pronto vi atravesar la puerta de cristales una vieja rugosa, plegada y carcomida, con el vestido sucio, chancleteando torpemente y con un envoltorio en el delantal.

-Dios le bendiga a osté, sefió don José. ¿Cómo está osté de salú? ¿Y el ama? ¿Y la señorita Rosario?... ¡Qué requetebonita que está la señorita Rosario!... ¡Cuánto rocio que le ha puesto Dios en la cara!

-¿Y qué traes hoy por aquí? - contéstale don José, tecleando sobre el mostrador como sobre un piano.

-¡Qué quiée usté que me traiga! Lo e siempre; esto no es viví, señó don José; esto no es vivir. ¡Qué malito que está to! Como que si no juera por usté, tendríamos ya tos polillas jasta en el cielo de la boca. Supóngase usté: mi hijo, parao, como usté sabe mu bien, dende jace un montón de meses; mi nuera, pa caer en la cama, con la barriga en la boca; sus chavales, si no se mueren de frío es poique tiéen concha como los galápagos... En fin, un dolor, señó don José, pero que un dolor... Como que entrar en aquella casa es salir aluego con er corazón partío.

-Válgame Dios, mujer, válgame Dios. Y qué, ¿qué es lo que hoy traes por aquí?

-Pos lo único que me quea. Míe usté: esta tumbaga, que como valor no tiée valor ninguno, pero como virtú vale un millón... Mírela usté bien... ¿Usté ve esto que tiée en la rosa?... Pos eso es una cosa bendecía, y to el que se pone esta tumbaga y es calvo, le crece el pelo... No se ría usté, señó don José, por la salú de tos sus difuntos que es verdá. Y si no, ese acuerda osté de Mariquita la Pelona?... Pus por qué si no por causa de esta tumbaga tiée hoy un pelo que le arrastra? Y Pepa..., ya sabe usté, Pepa, la hija del Betunero, aquella que tenía er casco como si le hubieran dao barniz de muñequilla...

-Vamos, mujer. Bueno, ¿qué más traes?

-Pos traigo estas dos cucharas.

-Pero mujer, ¿no ves qué malitas están?

-¿Cómo quiée osté que estén las probes, si jace una eterniá que no catan alimentos...? ¡Ah!, y esta camisa... ¡Quién le diba a dicir a esta camisa!... Supóngase usté que er peto de encajes sólo me costó tres pesetas... Como que fue la que me puse la noche de novia... ¡Ay, si esta camisa hablara!

-No, mujer, no, que no hable... Con qué, vamos a ver. ¿Y cuánto es lo que necesitas?

-Yo necesitar..., er Perú... Pero como yo no le voy a peir a osté lo que necesito ni lo que valen estas cosas tan siquiera, pos con que me dé osté pa ponerle hoy er puchero a esos esgraciaos, tan agraecía.

-Pero ¿cuánto necesitas para el puchero?

-Pos mire usté: dos perras gordas de guifa, una perrilla de añejo, otra de garbanzos y una gorda de arroz, son cuatro gordas, y otras cuatro pa un pan... Míe osté, señó don José, con que me dé osté una peseta..., tan agraecía.

-Pero mujer, ¿cómo te voy a dar una peseta, si todo lo que me traes no vale una siguirilla gitana?

-Que no vale; pos si no más que la tumbaga...

-No, si la tumbaga te la vas a llevar otra vez; si lo que quedan son las cucharas, que de malitas que están parecen tenedores, y la camisa está buena para cazar lúganos o chamarices.

-Pero señó don José, por los clavos e Cristo, que una peseta no es más que una peseta, y que mi hijo está parao dende jace un montón de meses, como sabe osté mu bien, y mi nuera con la barriga en la boca.

-¿Y quién le manda a tu nuera...?

-Pos qué quiée osté, ¿que se ajilen? Cudiao con el hombre..., cudiao con las cosas que se le ocurren a esta criatura; como que es que está sembrao.

-Toma, toma la peseta, mujer, tómala y vete.

-Si no le doy la peseta, estoy sembrando hasta la tarde - decíame momentos después el prestamista - Con esta gente no hay más remedio que transigir. Pero ya tenemos un nuevo moro en campaña.

-¡Es verdad! - murmuré al ver penetrar en el establecimiento un hombre de unos cuarenta años, flaco, renegrido, ligeramente encorvado, vestido a la más elegante usanza del barrio, con el sombrero sobre la frente, las manos en los bolsillos de la chaqueta y el aspecto de persona ensombrecida y amargada por la vida.

-Güenos días, señó don José - dijo con voz ronca el desconocido, tocándose ligeramente el ala del sombrero.

-Buenos días, Joseíto - repúsole aquél con voz afable.

-¿Güenos? ¡No son malos, camará!... Como que hoy es uno de esos días en que por un chusco me comería yo las entrañas de judas Iscariote.

-¿Pues qué es lo que te pasa a ti hoy?

-Pos cuasi na... Que al gobernaor jace unos días le dió el desayuno por asesinar a los probes, y le dijo al jefe de Policía que ni el nuncio jugaba aquí como no fuese a la gallina ciega y al zurro que te vi, y ya tiée usté un montón de padres de familia quitándose el órcido de las glándulas a guantazos. Como que las cosas están ca vez más peores y ca vez lo jacen peor los que gobiernan, y aluego chillan... Pos supóngase usté que yo desesperao pierdo la chaveta y que me meto a revolucionario, y que jago la revolución y acabo con la monarquía... Pos na, si jiciera eso, aluego dirían tos que si patatín..., que si patatán.

-Tienes muchísima razón - le dijo don José, tornando a redoblar distraídamente con los dedos sobre el mostrador.

-¡Vaya si tengo razón! Y a propósito de razón, déme usté un cigarro.

-Toma, hombre.

-¿Tiée usté un misto?... Si usté no sabe cómo estoy yo hoy... Como que anoche nos acostamos tos los e la familia a pistolete por barba, y hoy..., hoy ya desesperao empecé jasta a desconchar las paeres por si encontraba qué traerle a osté. Y qué..., naíta... Total, que aquí le traigo a usté lo que más quiero en er mundo, pa que me empreste usté manque no sea más que tres púas de las de curso forzoso.

Y diciendo esto, y sin darnos tiempo a ver cómo y de dónde lo sacaba, presentó a don José un cuchillo de empuñadura de hierro, de vaina de metal y de imponentes dimensiones.

-¿Tres pesetas? - murmuró, vacilante, don José.

-Y ni un céntimo menos. Y si no me las da usté, me voy ahorita mismo a la calle, y entoavía no la he pisao y ya está usté oyendo los pitos de carretilla.

Y de tal modo hubo de decir esto Joseíto, que momentos después salía de la casa con las tres columnarias en la faltriquera, y cruzábase en la puerta con una tercera visitante, señora de rostro bonachón, de pelo encanecido y decorosamente vestida.

-¡Hola, mi doña Rosario! ¿Tan temprano por aquí?

-Sí, señor, tan temprano - dijo la aludida, depositando sobre el mostrador su correspondiente envoltorio -. Aquí me tiée usté... Como mi Angeles es tan caprichosa, esta noche pasada soñó que le pedía relaciones un hombre que a ella le es muy simpático..., muy simpático... Perdone usté que no diga quién es...; pero, en fin, un joven que le es muy simpático.

-Pero no veo la relación que pueda tener...

-Sí, la tiene: es que cuando ese joven solicitaba ser correspondido, tenía ella puesto el vestido verde botella.

-¡Ah! - exclamó el prestamista -. Ya comprendo.

-Eso es - continuó la buena señora -. Y apenitas echó Dios sus luces esta mañana, se tiró de la cama mi niña. Y: «Mamaíta, mamaíta..., yo quiero el vestido verde botella.» Y aunque yo no soy supersticiosa..., como dicen que los sueños a veces son presentimientos..., pues, nada, aquí le traigo a usted el de color de café con leche, para que me haga usted el favor de cambiármelo por el otro.

Y cuando ya despachada a su gusto esta tercera visitante, disponíame yo a despedirme del amable don José, divisé un cuarto afligido, hombre de cuerpo recto y enjuto, rostro de acentuadas y correctas facciones, chupadas mejillas, ojos azules y serenos, mosca y bigote de un rubio sospechoso y de empinadas guías con que dábale al recién llegado marcial aspecto, un calabrés echado sobre la oreja y la actitud llena de dignidad y tristeza.

-¿En qué puedo servirle, caballero? - preguntóle de modo adusto el usurero, neutralizando lo atento de sus palabras con la seca expresión de su semblante.

El recién llegado, grave y silencioso, desató el bulto que llevaba y colocó sobre el mostrador un lienzo en que una mano maestra y una imaginación privilegiada había derrochado la inspiración y el talento.

Don José arrojó una mirada desdeñosa sobre aquella figura, que parecía como pintada con ráfagas de luz, y murmuró secamente:

-Es muy bonito, pero aquí ya no se admiten esas cosas.

-Es que lo que deseo es una pequeñez... El que me lo encargó está fuera..., y un apurillo de momento... Así es que lo que solicito es poco..., cualquier cosa.... lo que usted decida - exclamó con voz trémula el desconocido.

-Lo siento mucho, pero no puedo ofrecerle nada, caballero.

Y el prestamista volvió a redoblar con los dedos sobre el mostrador, mientras el desconocido se alejaba grave, silencioso y sombrío.

-¡Pero si es una obra de arte! - exclamé, indignado, encarándome con el prestamista.

Este se encogió de hombros y me repuso:

-¿Y quién lo duda ni lo niega? Sé de qué se trata; sé que es un buen artista, pero ¿qué quiere usted que haga yo con eso?

-Pero ¿no me decía usted que aquí se admite todo?

-Naturalmente que si; ya lo ha visto usted. Pero nada de arte, amigo mío, nada de arte. ¡Eso no hay quien lo compre después ni al peso, ni con dineros encima!

Y dicho esto, y mientras yo me alejaba, lleno de pena y de rabia, el bueno de don José siguió tecleando con los dedos sobre el mostrador de su establecimiento de préstamos, el más popular del barrio de Capuchinos.