Cartas de Samuel B. Johnston: Noticia biográfica

Noticia biográfica

El librito que hoy ofrezco vertido fielmente del inglés, fue impreso en 1816 en el pueblo de Erie del Estado de Pennsylvania en Estados Unidos, y aunque su existencia era conocida por la descripción que de él dio Joseph Sabin en 1877, tanta es su rareza, probablemente por haber salido a luz allí y en tirada muy reducida, que nunca, hasta hace pocos días, había logrado verle. Un ejemplar estaba, sin embargo, desde tiempo atrás en Chile, traído que fue por don Francisco Solano Astaburuaga, de quien lo heredó su hijo don Luis, en la venta de cuya biblioteca fue adquirido en un alto precio --en competencia con un caballero norteamericano muy conocedor de la bibliografía de su país, que estaba como pocos en situación de apreciar su valor-- por don Carlos R. Edwards, y a su amabilidad soy deudor de que me permitiera traducirlo.

Fue su autor Samuel Burr Johnston, cuya biografía esbocé en el prólogo de mi Imprenta en Santiago, que hoy, merced a los datos que de su persona nos da en sus Cartas sobre Chile, es posible adelantar y esclarecer en más de algún punto que permanecían en la penumbra, y que podrá completarse, en cuanto al lugar de su origen y a la fecha de su nacimiento una vez que se conozca la declaración que prestó en el proceso que se le siguió en el Callao, de que a su tiempo he de hablar, y que se hace forzoso por ahora dejar para ocasión posterior, cuando Dios mediante, publique las Adiciones que preparo para aquella mi obra.

Johnston había salido de Nueva York el 22 de julio de 1811, embarcado en la fragata mercante Galloway, en compañía de Guillermo Burbidge y de Simón Garrison, tipógrafos los tres, que debían tomar a su cargo en Santiago la imprenta que don Mateo Arnaldo Hoevel había encargado a Estados Unidos con el propósito de ofrecerla al Gobierno insurgente de Chile, sin duda después de insinuaciones que de éste recibiera. La ilustración de que dio pruebas Johnston y el hecho de que su nombre aparezca enunciado siempre el primero en los colofones de los papeles salidos de esa imprenta inducen a creer que era él quien la dirigía, que fue su regente, para hablar en términos del oficio. Todos ellos venían, al parecer, a la gruesa ventura y sin contrato alguno previo para el ejercicio de su arte en Chile.

Después de una navegación de ciento veintidós días sin incidentes dignos de nota, la Galloway echaba sus anclas en Valparaíso el 21 de noviembre de ese año 1811. Sabedor el Congreso reunido entonces en la capital del arribo de la nave, de las mercaderías que conducía y de que en ella habían llegado también algunos "artistas", seis días más tarde dirigió a Hoevel una nota en la que le pedía que le "diese razón de la profesión y designios de dichos artistas, de los objetos conducidos relativos a la utilidad pública, especialmente de la imprenta (cuya conducción se tratará de acelerar) y de proponerle los medios que haya más asequibles, atendidas nuestras actuales circunstancias, para proteger y aliviar en cuanto sea posible a los individuos cuyas profesiones sean útiles al reino”.

El Gobierno, por su parte, compró a Hoevel la imprenta, que era de propiedad de otro americano llamado Livingston, pero que venía a él consignada, y le pidió que se hiciese cargo de conducirla a Santiago. Johnston, después de una permanencia de diez días en Valparaíso, emprendió su marcha a la capital el primero de diciembre y llegaba aquí en la noche del dos, habiendo hecho el trayecto a caballo en veinticuatro horas.

Se instaló el taller tipográfico en un departamento del edificio de la Universidad de San Felipe (a los pies del actual Teatro Municipal) y el primero de febrero del año inmediato siguiente, la Junta Gubernativa, compuesta de don José Miguel Carrera, de Cerda y Portales, dictaba un decreto señalando a los tres tipógrafos norteamericanos un sueldo de mil pesos anuales, que debía comenzar a contárseles desde el veintiuno de diciembre anterior, esto es, según es de presumirlo, desde el día en que la imprenta quedó instalada. El contrato no fue por más de doce meses. Hoevel se obligaría a satisfacerles otros doscientos pesos más a cada uno, de las utilidades que produjese la imprenta, sin perjuicio de añadir el Estado, por su parte, una gratificación, que se sacaría de las mismas utilidades, caso de haberlas: "y estando ellos, se añadía en ese decreto, recién venidos de países extranjeros, sin conocimientos ni rentas para su sustento, la Junta ha tenido a bien adelantarles el sueldo de un tercio de año", previa la fianza de Hoevel.

Bajo estas condiciones iniciaron, pues, sus tareas tipográficas, cuya primera muestra fue el prospecto de la Aurora, que comenzó a circular con extraordinarias manifestaciones de júbilo de todo el pueblo de Santiago el día doce de febrero de ese año[1] . Continuaron sin interrupción en ellas los tipógrafos norteamericanos, hasta que el cuatro de julio de ese año, con motivo de la fiesta que se celebró en el consulado de su nación para conmemorar el aniversario de la Independencia de los Estados Unidos, después de las libaciones del día, en el baile que allí tuvo lugar en la noche, comenzaron a molestar a la concurrencia y se descomidieron con las señoras que a él asistían, y hubieron de ser sacados de la sala por orden del cónsul Mr. Poinsett para ser conducidos por una escolta a cargo de un sargento a la casa en que posaban, que probablemente sería el mismo local de la imprenta. Profundamente irritados de tal desaire, en el camino insultaron a la guardia, la que hizo fuego sobre ellos y los que los acompañaban, entre quienes se contaban algunos oficiales chilenos, de lo que resultó quedar ocho personas gravemente heridas, incluso Burbidge, que falleció cuatro días más tarde. Johnston y Garrison fueron presos y estuvieron arrestados hasta poco antes del veintitrés, día en que la Aurora volvió a registrar al pie de sus columnas los nombres de ambos. Por tal causa, es muy digno de recordarse que los números del periódico del nueve, dieciséis y extraordinario del dieciocho de aquel mes fueron compuestos y tirados por don José Manuel Gandarillas, joven chileno empleado entonces en el Cabildo, que sin omitir sacrificios y dando pruebas de singular pericia, logró salir avante en la publicación de aquella hoja a efecto de que en ningún caso se interrumpiese. La evidente conveniencia que había en que se siguiese publicando fue sin duda también lo que motivó la pronta libertad de los americanos. Johnston, apenas si en sus Cartas trae una mención ya se comprenderá por qué de aquel memorable cuatro de julio celebrado por primera vez en Santiago y en el que se estrenó igualmente por los insurgentes el uso de la escarapela tricolor, símbolo de una nueva patria.

Ocupado tranquilamente, Johnston, después de eso, en sus tareas de impresor, fruto de ellas fueron, además de la Aurora, todos los papeles que vieron la luz pública en Santiago en aquel tiempo, cuya nómina es fácil consultar, no necesito decir dónde, el Reglamento Constitucional, primer ensayo de nuestro régimen político independiente, al cual Johnston atribuía, con razón, tanta importancia, que lo tradujo al inglés y lo insertó íntegro en sus Cartas; el Prontuario del Ejercicio y Evoluciones de la Caballería, base de la instrucción militar de las noveles tropas independientes; y la Carta de un Español al Americano, que es, propiamente, el primer libro impreso en Chile: todos del año de 1812.

A cargo de la impresión de la Aurora estuvo hasta que el periódico cesó de aparecer con su número del 1° de abril de 1813. Del "Estado de los gastos y entradas de la Imprenta desde el primero de diciembre hasta la conclusión de la Aurora," cuyo tiempo se estimó como de año y medio, resulta que Johnston había percibido por sus sueldos la suma de mil quinientos pesos. Nada se dice en ese documento respecto a si Hoevel le acudiera o no con la suma que la Junta le señaló, y es seguro que no percibió un centavo a título de partícipe de las ganancias del taller, puesto que no las hubo.

Sin que se le hubiese renovado expresamente su contrato, cuando cesó de aparecer la Aurora, fecha en que le fue liquidado su sueldo, según acaba de verse, Johnston pasó a imprimir El Monitor Araucano, cuyo primer número circuló el seis de abril, que reemplazó a aquel periódico, y estuvo a su cargo hasta el trece de ese mes, pues ya en el del quince desaparece su nombre del colofón, que firman sólo Garrison y Benítez, inglés este último, a pesar de lo que pudiera creerse en vista de su apellido, pero perfectamente conocedor del castellano. ¿Qué había ocurrido a Johnston?

Contestando a esta pregunta, emití, hace años (1891), la hipótesis de que se hubiese visto en el caso de ausentarse de Chile por causa de haber sido arrendada la Imprenta por don José Camilo Gallardo y carecer así de ocupación. Fundado en documentos descubiertos posteriormente, don Julio Vicuña Cifuentes sostuvo en el prólogo que puso a la reimpresión de la Aurora que el arrendamiento hecho por Gallardo procedió de haberse ausentado Johnston de Santiago para acompañar, probablemente, a don José Miguel Carrera, cuando partió de Santiago en dirección al sur el primero de abril de dicho año 1813; hipótesis que, al menos en cuanto a la fecha, es de todo punto insostenible, puesto que, como el mismo señor Vicuña lo advierte, y ya queda expresado, el nombre de Johnston aparece al pie de los primeros números de El Monitor Araucano, hasta el del trece de dicho mes, y ciertamente que es inadmisible, en vista de eso, que tal cosa pudiera ocurrir estando ya él en Concepción[2] . Si, pues, tal viaje no debió de verificarse sino después de aquel día, ¿tuvo lugar en realidad, y con qué fecha?

Hay, en efecto, en los documentos algún asidero para sostener, aparentemente, la efectividad de aquel viaje de Johnston. En el expediente a que aludía se encuentra un memorial de Gallardo, fechado el 19 de abril, en cuyo encabezamiento expresa que hacía su propuesta de arrendamiento de la Imprenta "con motivo de la ida de su impresor don Samuel Burr Johnston para la expedición de Concepción"; y luego, en el que como administrador del taller presentó al Gobierno, proveído que fue el veintidós del mismo mes, "que con motivo de haber salido para la expedición de Concepción el impresor don Samuel Burr, el intendente de ella me comisionó para que me hiciese cargo de ella hasta tanto que V. E. se sirva determinar sobre el particular..."

Pues, a pesar de tan categóricas afirmaciones, Gallardo estaba en un error y Johnston permanecía aún en Santiago el veinte de ese mes, fecha en que databa aquí su carta quinta, y sólo uno o dos días después se marchaba, no al sur, sino apresuradamente a Valparaíso, habiendo hecho esa jornada en trece horas a caballo[3] .

Dejaba así, de la noche a la mañana, sus tranquilas labores de la imprenta para convertirse, según sus palabras, en un hijo de Neptuno y "buscar renombre por el tronar de los cañones”. Para tan extraña determinación habían influido seguramente varias circunstancias; veíase ya desligado de sus compromisos de impresor; el provecho pecuniario que después de tan largo viaje como el que había hecho a un país extranjero harto remoto y apartado de su patria y de diversa lengua que la suya, y de un trabajo constante de quince meses, le había resultado tan escaso, que sus economías apenas pasaban de un centenar de pesos[4] . El Gobierno insurgente organizaba por esos días en Valparaíso una escuadrilla con la que se proponía cortar al enemigo vencido en tierra su retirada al Perú, campaña para la cual se ofrecía a los que se enrolasen en ella ventajas considerables, como eran, entre otras, la de que serían suyas las presas que hicieran, asegurándose al respecto en Santiago que las tripulaciones que se aprestaban para las naves que debían hacerse al mar, por lo menos la del Potrillo, estaban todas compuestas de ingleses y norteamericanos, lo que era ya una expectativa fundada de éxito y buena compañía para él: obtuvo entonces su nombramiento de teniente de fragata, y con él en su cartera se presentó en Valparaíso. A su llegada allí se encontró, con no poco descontento suyo, con que esa última información era errada; pero no era ya tiempo de arrepentirse y se embarcó en el Potrillo, de cuya dotación pasó a ser único oficial con título después del capitán Mr. Edward Barnewall, hasta hallarse ya listos para partir el veintiséis de ese mes de abril.

El lector encontrará en el relato de Johnston en lo que paró aquella que podríamos llamar una calaverada. Traicionados por virtud de un complot fraguado en tierra y que hubo de estallar a vista misma de las autoridades de Valparaíso, el tres de mayo, Johnston fue apresado, logrando escapar milagrosamente de que lo matase un negro, para ser llevado junto con sus compañeros fieles al Gobierno, al Callao, adonde llegaron el dieciocho de aquel mes. Encerrados inmediatamente en los calabozos del fuerte de aquella plaza, se les siguió un proceso, en el que prestó Johnston su declaración el veinticuatro, que se creyó había de terminar por ahorcarlos a todos como auxiliares de rebeldes del Rey de España o de piratas; hasta que, después de cinco meses y trece días de cárcel, en cuyo tiempo estuvo varias veces enfermo en el hospital, el trece de octubre recibió orden de embarcarse en el Hope buque que debía dirigirse en derechura a Estados Unidos, según se aseguraba, y que se hizo a la vela al siguiente día. Pero, como era de esperarlo de la mucha gente que iba a bordo y de las pocas provisiones que cargaba, ese buque tuvo que recalar en Valparaíso, donde fondeaba el seis de noviembre inmediato. En esa misma noche, Barnewall y Johnston se dirigieron a tierra, deseosos de informar sin pérdida de tiempo al Gobierno de las personas que habían sido allí los instigadores del motín, antes de que lograran escapar; Barnewall continuó en esa misma noche su viaje a Santiago, y Johnston, aunque se propuso en un principio hacerlo tres días después, no lo pudo verificar sino un mes más tarde; habiendo llegado por segunda vez a Santiago el ocho de diciembre.

Barnewall, a la vez que dar cuenta de las causas del fracaso de la comisión que se le confió y de imponer al Gobierno de las noticias que tenía del estado de los negocios públicos del Perú, inició sus gestiones cerca de la Junta para que a él y a sus subordinados se les diese alguna gratificación por sus servicios, considerando, sobre todo, las pérdidas y penalidades que habían sufrido, que hubo de repetir nuevamente, en vista de que sólo había obtenido en respuesta buenas palabras, con las cuales, como observaba Johnston, estaban amenazados de pasar muchas noches sin cenar, cual les había acontecido en sus calabozos del Callao, lo que sin duda les hubiera ocurrido a no acudir en su socorro el capitán Mascena Monson, dueño que fue del Colt (el Potrillo) que poco tiempo hacía lo había vendido al Gobierno en dieciocho mil pesos[5], quien les dio, no sólo lo necesario para sufragar a sus gastos más indispensables, sino también para que lo pasasen con toda holgura. Johnston se quejaba con razón de semejante conducta del Gobierno y carga la mano sobre todo a Lastra, que dejó partir de Valparaíso a tres o cuatro de los marineros norteamericanos, sin abonarles siquiera sus sueldos de seis meses, a pretexto de que no estaba autorizado para ello por la Junta.

Johnston, por su parte, sin hacer caudal de cobro de sus sueldos como marino, el veintiuno de febrero (1814) presentaba en Santiago al Gobierno un memorial en que aparecen consignados el estado en que se veía y los proyectos que por esos días abrigaba, muy digno de ser conocido, por entero. Decía así:

Excelentísimo señor:
Don Samuel B. Johnston, con mi mayor respeto, ante V. S. digo: que hallándome en el reino de Chile (donde he sido llamado por el Excelentísimo Superior Gobierno) y en tiempo presente sin destino ninguno, estoy para emprender un viaje a la Europa con el objeto de comprar las máquinas y otros utensilios para establecer una imprenta y un molino de papel, y sólo necesito el permiso de V. S. para verificar mis deseos.
Por tanto, pide y suplica a V. S. que me dará la licencia necesaria para que a mi propia costa pueda poner dicha imprenta y molino de papel, y trabajar con ellos obras que no sean prohibidas, en la capital de Santiago de Chile, sin embarazo alguno, y que entrarán dichas máquinas sin pagar derechos de la aduana.
También pide y suplica que V. S. me honrará con carta de ciudadanía de Chile, para poder pasarme mejor en países enemigos de los Estados Unidos, de los cuales soy ahora ciudadano.
Parece que el bien público que puede resultar del establecimiento de este plan, tanto a la ilustración pública como a la mejora del comercio y el adelantamiento de las artes y ciencias de Chile es tan bien conocido por V. S., que para mí no es menester nombrarlo...
Es gracia, etc.

Cuando el secretario Doctor Lazo hubo de despachar el informe que se le pidió acerca de la solicitud del impresor bostonense (patria que se atribuyó a él y a sus compañeros de taller), que bien se deja comprender que era de redacción suya, lo hizo en términos que merecen también conocerse.

Santiago de Chile, 24 de febrero de 1814.
El mérito distinguido que ha contraído el suplicante durante el tiempo que ha residido en esta capital, sus recomendables servicios a beneficio de la república, en cuya libertad ha manifestado el mayor interés, y padecido en su obsequio notables daños y perjuicios, lo hacen acreedor a que ese Superior Gobierno le conceda la licencia que solicita de establecer una imprenta y un molino de papel, tan breve regrese de Europa con los útiles necesarios; al intento se le expedirá el correspondiente pasaporte para poder verificarlo. Y habiéndolo adoptado por hijo muy apreciable, lo declara por ciudadano chileno, y que, como tal, entre al goce de los privilegios y fueros que le corresponden, librándosele al efecto la particular carta de ciudadanía a que se ha hecho acreedor.

Por esos mismos días, una hoja contemporánea registraba la noticia siguiente:

De oficio se ha extendido una carta particular de ciudadanía a don Samuel Burr Johnston, con especificación de su relevante mérito, servicio y celo por la libertad.

Sin ocupación, deseando poner en ejecución aquellos proyectos, que podrían labrar su fortuna en un porvenir más o menos cercano, y deseoso ya de volver a su casa, Johnston quiso lograr la ocasión que por esos días se le ofrecía para ello y que tan raras tenían que ser en aquellos tiempos, embarcándose en la fragata de guerra Essex de su país, que estaba al ancla en Valparaíso, y a ese propósito ofreció sus servicios al capitán David Porter, que la mandaba. Bien sabía que su ingreso en la tripulación de aquella nave no parecía exenta de peligros y aun de uno muy inmediato, pues no sólo su patria estaba entonces en guerra con la Gran Bretaña, sino que en aquel puerto se hallaban fondeadas tres naves de esa nación, que obedecían al comodoro James Hillyar, y que asechaban el momento de combatir al buque americano, creyendo poderlo vencer fácilmente; y más todavía, que por ciertas comunicaciones del marino inglés al Gobierno de Chile, de que por alguna rara circunstancia había podido imponerse, recelaba que se trataba de vencer sus escrúpulos para que se desentendiese de defender su neutralidad. Pero Johnston no trepidó, e interponiendo las influencias del cónsul Poinsett y del capitán Monson, obtuvo que Porter le admitiese a bordo con el grado de teniente de infantería de marina, y en ese carácter se embarcó en la Essex pocos días antes del veintiocho de marzo, célebre en los anales marítimos de aquella época por el sangriento combate que a la vista de todo el pueblo de Valparaíso y de los campesinos de los alrededores que acudieron a presenciarlo desde los cerros que dominan la bahía, tuvo lugar entre la Phoebe y la Essex, que concluyó, después de dos horas de lucha, por la rendición de ésta, cuando ya casi toda su tripulación estaba muerta o herida y la nave desmantelada y ardiendo. ¡Sarcasmos del destino! Aquel hombre de carácter dulce, que más de una vez había derramado lágrimas en su encierro del Callao, que había venido a Chile para ser elemento de luz y vida, figuraba ahora como actor en un episodio de destrucción, horror y muerte. Por fortuna para él, logró escapar ileso del combate y sin más pérdida --que otra cosa no tenía que perder-- que una parte de su diario, que le impidió más tarde señalar con precisión, y tuvo por eso que suplir de memoria, algunas de las fechas apuntadas en su última carta escrita antes de partir definitivamente de Chile.

Johnston hubo de permanecer todavía en Valparaíso un mes entero. De acuerdo con lo resuelto por Hillyar, los prisioneros sobrevivientes de la Essex, después de prestar su palabra de honor de no volver a tomar armas contra Inglaterra, fueron despachados a Estados Unidos a bordo de la Essex Junior, que se hizo al mar desde Valparaíso el veintisiete de abril. Sus gestiones y las de sus compañeros que habían sido del Potrillo no lograron que el Gobierno de Chile les abonara un solo centavo por sus servicios.

No es del resorte de estos apuntes biográficos contar las peripecias del viaje de aquella nave, bastando con decir que cuando estaba ya para terminarse, el comandante de un buque inglés negóse en un principio a reconocer el salvoconducto que Johnston y demás tripulantes llevaban de Hillyar.

Volvía Johnston al seno de los suyos después de una ausencia de tres años: allí en Erie leyó probablemente sus apuntes de viaje a Mr. R. I. Curtis, dueño de la imprenta que había en el pueblo, quien, juzgándolos de interés, se ofreció a editarlos, si bien es de creer que para ello hubo necesidad, a fin de no hacer muy dispendiosa la impresión, de compendiar la redacción primitiva, dándole el autor, por efecto de un artificio literario, la forma de cartas a un supuesto amigo[6]. Y hubo de mediar también otra supresión, hecha después de impreso el libro, pues tal como apareció resulta que le falta el prólogo o advertencia que debió de preceder a las Cartas[7], en el cual el autor daría cuenta seguramente de los motivos de su viaje a Chile y del desempeño de sus tareas de impresor. Difícil será acertar con los motivos de semejante supresión, que ha dejado el libro del regente de la imprenta de la Aurora destroncado y a los bibliógrafos ayunos de incidentes que habrían resultado interesantísimos para el conocimiento de las pañales del arte tipográfico en Chile. Así fue como en el orden personal, diré, falta todo lo que a él toca, si se exceptúa la relación de su permanencia en los calabozos de las Casamatas del Callao, que resulta por extremo minuciosa.

Pero, en cambio, de lo que falta de datos personales en el libro de Johnston, es rico en detalles de otro orden. Era, a todas luces, hombre de alguna ilustración, que deja traslucir en las reminiscencias que hace de poetas de su habla materna; estaba dotado de un espíritu sereno y observador y casi siempre se manifiesta imparcial en sus juicios, imparcialidad que sólo le abandona al tratar de lo que llamaba manejos de Hillyar, y ya se ve por qué, de deprimir a Lastra o de ensalzar a don José Miguel Carrera, a quien debió estar reconocido por haber sido él quien le firmó su contrato para servir al Gobierno; sin que deje de ser verdadero al pintarnos al general y estadista chileno con su carácter impulsivo y resuelto y valiente más que todos para empujar sin perdonar medios un nuevo orden de cosas, pasando sobre añejas tradiciones sociales y dogmas políticos arraigados por una dominación de tres siglos, que en esto estuvo su mérito y se basa su gloria; como hijo de otra raza y de muy diversa educación social a la que reinaba en el país, ha podido llamar la atención sobre lo que a él le chocaba, y de que un español o hispanoamericano no se habría dado cuenta, consignando, por tal causa, costumbres y anécdotas que resultan hoy por extremo interesantes y sobre las cuales no tengo para qué insistir, a no ser aquella, que vale por muchas, del percance ocurrido al convidado norteamericano que fue despedido por el dueño de casa por haber sostenido en una conversación durante la comida, que la Independencia no podría alcanzarse por entero sin proclamar a la vez la libertad de conciencia, y que aun tuvo que ausentarse por algún tiempo de la ciudad hasta que se acallase el escándalo causado por sus palabras.

En el orden netamente histórico, sería también ocioso poner de manifiesto el valor de las informaciones que da sobre los incidentes del fracaso de la empresa acometida por nuestra primera escuadra nacional, si así puede llamarse, tan desconocidos hasta ahora, que bastará recordar que en el escueto relato que de ellos hace el erudito analista de nuestra revolución de la Independencia asegura haberlos tenido de meras informaciones verbales, posteriores casi en medio siglo a los días en que se verificaron.

La seriedad con que procedía Johnston y el criterio que lo guiaba en sus informaciones se acredita con la inserción que hizo de varios documentos íntegros, que estimó de interés, y que he conservado en mi traducción copiándolos de los originales que a él le sirvieron para vertirlos al inglés, con la sola excepción de la carta de Carrera al pueblo y oficialidad del batallón de Valdivia, datada en Talca el 5 de mayo de 1812, por ser demasiada extensa para reproducirla aquí por entero y he preferido por eso traducir el extracto de ella que da Johnston, que el lector curioso podrá cotejar con el original y apreciar así el acierto con que lo hizo.

Existen, sin duda, errores en algunas, partes del relato de Johnston, procedentes de informaciones ajenas y que tocan a sucesos anteriores al tiempo en que vivió entre nosotros, que son fáciles de salvar para el medianamente instruido y, por lo demás, de tan escasa monta, que en nada disminuyen el valor de sus restantes dictados, hijos que fueron, justo es reconocerlo, de un espíritu bien intencionado hacia la que había elegido por su segunda patria. Creo hacer obra meritoria al ofrecerlo hoy a los chilenos en nuestra propia lengua.


José Toribio Medina. Santiago de Chile, 18 de julio de 1917


[1] Adviértase que ese prospecto carece de fecha; pero, pues, el número primero del periódico lleva la del 13 de febrero, es de creer que apareciera el día anterior, con lo cual tendremos que en el 12 de febrero debe conmemorarse en Chile el cuádruple aniversario de la aparición del primer periódico de la imprenta, podría decirse de la fundación de Santiago, de la batalla de Chacabuco y de la declaración de la Independencia.

[2]He aquí las palabras del señor Vicuña. "Según todas las probabilidades Jonhston debió salir de Santiago el primero de abril de 1813 con don José Miguel Carrera, a quien acompañaba el Cónsul de los Estados Unidos, Poinsett, y una reducida escolta de húsares: acaso Johnston iba llevado por Poinsett, depuestos ya los enconos que debieron separarlos después de la trágica noche del 4 de julio del año anterior. Nada sabemos del papel que desempeñó el antiguo tipógrafo en la expedición, ni del carácter con que iba en ella, pues su nombre no vuelve a aparecer en ningún documento de la época, hasta el 21 de febrero del año siguiente...".

[3] Dice él (página 180 del texto inglés), hablando de la resistencia del caballo chileno: “I have travelled one hundred miles on the same horse in thirteen hours”, viaje que, por la distancia recorrida, creemos que se refiere al que indicamos. Ya vimos que él cuenta también que a su venida lo efectuó en veinticuatro horas.

[4]Tal fue la suma de que los amotinados le despojaron, que constituía toda la que poseía: "taking from me one hundred and seven dollars, which was all I had". Página 111 de la edición inglesa.

[5]Poseo copia del contrato. El precio fue el que apunto y no el de dieciséis mil pesos, como se ha dicho hasta ahora.

[6]Tal es lo que me parece se desprende de las siguientes palabras de Johnston, hablando de su diario: "This I intended to transcribe for your perusal, but as it has swollen to so large a size that I dare not tax your patience with the whole of it, I shall content myself with giving you a few extracts”.

[7]Esta mutilación ocurre a la vista de la simple inspección de los folios del libro, pues desde la página que debía ser la cinco, se salta a la trece, es decir, faltan ocho; y no es que el ejemplar de que dispongo esté incompleto, pues la descripción de Sabin hace notar la misma omisión.