Carta de Fígaro a su antiguo corresponsal

Carta de Fígaro a su antiguo corresponsal
de Mariano José de Larra


Ya se ve que te escribo poco, amigo mío; pero ¿qué quieres? Me he propuesto no escribirte sino cuando suceda por acá alguna cosa buena, cuando haya alguna buena noticia, o cuando las novedades que ocurran sean tan grandes que valgan la pena de escribir sobre ellas cuatro párrafos de sustancia y de gusto. Cosa buena no ocurre, ni viene buena noticia de ninguna parte; y por lo que hace a novedades, todas las de por acá son viejas. A mí se me figura siempre que he visto ya en otra parte todas nuestras novedades; y debe de consistir en que las unas son plagios, las otras imitaciones, y las demás repeticiones de nosotros mismos. Siempre vamos por el mismo camino, y, lo que es peor, al mismo paraje. Hay, sin embargo, quien asegura que esta vez no vamos por ningún camino, ni a ninguna parte; si esto fuese cierto, ya sería el caso muy diferente.

Me preguntas qué era eso que andábamos buscando aquí y que no se encontraba. Por esas señas apenas sé lo que me quieres decir. Todo... Me he figurado, al fin, si me querrías hablar del Ministerio. Pero si era eso, ¿a qué tanto misterio? Ya no estamos en tiempo de Calomarde; ahora se puede hablar claro y sin rodeos todo lo que se piensa, cuando se piensa. Aquí se habla mal de muchos ministros, y se los nombra y todo: a nadie han preso todavía por eso, lo cual es muy de alabar, y prueba por lo menos que no se quieren cometer injusticias.

En punto a Ministerio te diré que es cierto que hemos andado buscando ministros. Tú sabes el cuento de Diógenes y la linterna. Poco más o menos se ha hecho aquí buscando un hombre. Parece que no es nada el ser ministro; pues es algo. Antes, ¡vaya! Pero ahora, con esto de que el ministro ha de saber hablar, y se ha de vestir limpio, y qué sé yo cuántas cosas... Sucede que no se atreven a quitar un ministro, porque, amigo, ¿dónde van por otro? Hombres para ministros no nacen todos los días, y «si nacieran», como decía muy bien el señor presidente del Consejo de ministros en una lindísima elegía, «sólo al tocarlos yo se marchitaran», porque ésa es la suerte de todas las cosas de nuestro país. Pero por fin el hombre ya parece que se ha encontrado, y está provisto el Ministerio de la Guerra.

Hace un año, poco más, decía el Gobierno (que entonces era Cea) que para acabar con don Carlos no se necesitaban liberales ni innovaciones. Pasó el tiempo, y fue preciso echar mano de liberales y de innovaciones, lo menos que se pudo, es verdad, pero al fin fue preciso. Que tuvimos ya nuestro poco de liberales, y nuestro poquito de innovación; siguieron los que entraron con el mismo cantar: «Nosotros lo acabaremos –dijeron–; pero ni hace falta Mina, ni...». Pues hizo falta Mina, hizo falta Valdés... Y hará falta todo.

Pues un espejo de lo que ha sucedido en Guerra ha sido Gracia y Justicia. De renuncia en renuncia vinimos a parar en fin al señor Dehesa. Yo no le conocía, ni tú tampoco; pero eso no prueba nada. Me dirás a eso que tú no has dicho que pruebe algo; entonces estamos de acuerdo. En Interior ha sido otra cosa, allí no costó nada el hacer la mudanza, si se exceptúa lo que costó decidirse a ella; y han puesto al señor Medrano. Con respecto a sus doctrinas, bien conocidas son; no hay sino coger los periódicos y echarse a adivinar en las sesiones que dan los taquígrafos lo que deben haber dicho los oradores, y por ahí te pones al corriente en un momento.

Lo que es la Hacienda sigue lo mismo, y el Estado in statu quo. La Marina sin novedad, que por cierto es lástima. La Cuádruple Alianza parece que tiene olvidada su cláusula de sacar al Pretendiente del territorio de la Península. A eso dirán que ya han cumplido, y que lo han sacado otra vez... No es para todos los días andar como pala de horno, sacando y metiendo a Su Alteza en la Península. Que se salga él si quiere, y si no que lo deje; lo demás no es tener maldita la formalidad.

Los presupuestos van en boga. El Conservatorio de Música no ha podido sacar un maravedí a la nación. Primero se contentó con 600.000 reales, luego ya pidió 400.000, después subió hasta 80.000. Pero nada. Sin embargo, a él se le dan dos cominos de todo eso. Anoche se cantó allí la Norma, y se asegura que siguen cantando. Siempre se ha dicho que «el español cuando canta, o rabia o no tiene blanca». Mira tú lo que es: yo era de opinión de que le hubieran votado alguna friolera.

Ya vamos mudando los nombres a las cosas. Es verdad que hasta ahora no estamos más que en las calles; pero por alguna parte se ha de empezar. Ya los mudaremos todos, si Dios quiere.

Los teatros siguen abiertos la cuaresma; eso sí, las comedias, con este régimen, o lo que sea, pelechan. Y a propósito de comedias, te diré que aquellos veintiocho carlistas que se habían cogido en la costa cantábrica han resultado ser veintisiete. Parece que había sido un yerro de cuenta.

La fusión sigue en boga por todas partes; dentro de poco conseguirán que se junten el agua y el aceite. Pero ¡qué químicos, amigo, qué químicos! Así nos refundiéramos como nos fundimos.

A propósito, también se me olvidaba la gran novedad, la verdadera novedad del día. La Revista y El Mensajero se han fundido, es decir, se han casado. Si ha sido casamiento por amor o por interés no te lo diré; pero yo creo que se querían; ya sabes que hace tiempo que se conocían; dónde se han visto, y dónde se han tratado, nadie lo sabe, porque al fin los padres siempre han andado por distinto lado, pero los chicos son el diablo; ello es que de la noche a la mañana nos hemos encontrado hecha la boda. La novia ha llevado casa puesta, coche y buen dote; y el novio sobre un capital decente muy buenas dotes. Él es un poco brusco y exigente; nada de transigir; hombre al fin; ella, que si fue coqueta, que si no fue coqueta. Pero es lo que ha dicho El Mensajero: «Lo que no es en mi año, no es en mi daño». Por otra parte, vaya usted a buscar una mujer que no sea coqueta y que no haya hecho cara a... ¡Delirios! O no casarse, o apechugar con ellas como son.

La boda fue ayer, y hoy podemos decir con Desmahis:

La jeune épouse de la veille
tout à la fois pâle et vermeille
avait encore l’air étonné;
et tout ensemble heureuse et sage,
laissait lire sur son visage
le plaisir qu’elle avait donné.


Yo creo que harán buen menaje, porque, al fin, pienso como Voltaire:

Point de milieu; l’hymen et ses liens
sont les plus grands ou des maux ou des biens.


Y más creo, que no tendrá que reproducir nunca La Revista la queja aquella de la señora que se querellaba de su marido ante los tribunales, diciendo: «Mi marido es gran músico, buen escribano, singular contador, salvo que no multiplica».

Con esto, y con añadirte que en Navarra no hay novedad, y que se acabará probablemente la sesión sin presentarse la ley de ayuntamientos, y sin lograr una buena ley de imprenta, ya me parece que te digo bastante. Si a esto añades que estas semanas pasadas nos han robado en Madrid hasta por las calles, ¡tantos ladrones ha habido!, no te queda más que saber. Tuyo.