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CALIXTO OYUELA
CANTOS
DE
LEOPARDI
traducción en verso castellano



Vignette (Cantos de Leopardi).jpg





BUENOS AIRES
imprenta de pablo e. coni, especial para obras
60, Calle Alsina, 60

M DCCC LXXXIII
1883


DOS PALABRAS


 Con la mayor desconfianza y temiendo haber cometido más de una profanación sacrílega, presento á los escasos aficionados inteligentes de nuestro país, en un pequeño volumen, la traducción en verso castellano de diez cantos de Leopardi, cuya mayor parte he ido publicando en diversos periódicos.

 La literatura castellana no es rica en traducciones de los grandes poetas extranjeros, pues la natural indolencia de nuestra raza repugna emprender una tarea tan ardua y escabrosa como generalmente mal apreciada. Créese por lo común que el traductor es un simple copista de bellezas agenas, y este error lamentable, oscureciendo injustamente los méritos del traductor, arredra y desanima á los que, con aptitudes para serlo, quizá recogieran en esa senda lauros que en vano pretenden alcanzar con producciones originales. De ahí que sea tan común el tropezar con traducciones en prosa de poetas extranjeros, verdaderas traiciones y calumnias del original, pues no cabe fidelidad alguna en traducir en prosa lo que ha sido pensado y escrito en verso. Rota por tan extraña manera la unión íntima del pensamiento y la forma que hay en toda verdadera obra de arte, deja ésta de ser una figura viva para convertirse en esqueleto. Pero, ¡qué hacer! la tarea queda así infinitamente facilitada, y luego la pereza, esa madre maldecida de tantas ideas frívolas y perniciosas, se encarga de hacer creer á los inocentes que las traducciones en prosa son más fieles, que conservan mejor el pensamiento, etc., etc.

 Si todo el secreto del traductor estuviera en verter exactamente los pensamientos del original, su obra sería una obra muerta, y por lo tanto, esencialmente infiel. Pero la poesía no estriba precisamente en los pensamientos en sí, sino en la fuerza y calor con que están sentidos y pensados, y en la belleza artística con que exteriormente se les manifiesta.

 El traductor de una obra poética, si ha de estar á la altura de su tarea, lejos de ser un copista, necesita poseer un caudal de inspiración propia y de propio sentimiento, merced a lo cual vuelve á sentir lo que el poeta á quien traduce ha sentido, se entusiasma por lo que á éste entusiasmaba, y encendida su imaginación por las imágenes y las ideas de su autor y por el modo soberbiamente bello con que están expresadas, y conmovidas las más ocultas fibras de su corazón por los dolores y pasiones que han engendrado la obra de arte que interpreta, pónese en íntima consonancia con ella, y llega por fin a decir digna é inspiradamente en su propio idioma lo que fuera ya expresado en lengua extraña.

 Así concibo yo al traductor perfecto. Dicho se está que para serlo es de todo punto necesario poseer cualidades poéticas y luchar tenazmente con el original; es necesario también tener verdadero y profundo amor al autor que se traduce, pues sólo así se llegará á dar nervio, brío y calor a la traducción, de modo que parezca nacida naturalmente en el idioma en que se ejecuta.

 Y bien, esto es precisamente lo que me ha animado á emprender la traducción de los cantos de Leopardi. A falta de otras cualidades, el amor y la admiración sin límites que el estupendo y triste poeta italiano me inspira, quizá lograrán hacer mi versión menos defectuosa é indigna de su nombre de lo que de mi fuera dado esperar.

 Es Leopardi una de las naturalezas más estupendas y perfectas que hayan existido sobre la faz de la tierra. En él lo gigantesco de la inspiración se une en íntimo consorcio con el arte más acabado y perfecto. Su sobriedad, su limpidez, su flexibilidad, su gracia, su sencillez, su estilo escultural y marmóreo; sólo son comparables con la profundidad de su pensamiento y la hoguera intensísima y generosa de su alma. ¡Qué artista y qué poeta! ¡Qué filósofo y qué prosista!

 Su perfección es tal y tan grande que llega hasta perjudicar á su popularidad. En efecto, los que seducidos por la teoría engañosa, aunque tenga ejemplos aislados en su favor, de que el genio ha de unir forzosamente á sus grandezas la estravagancia y el delirio, quizá nieguen á Leopardi este dictado, pues en él todo es perfección, en cuanto cabe en lo humano. Pero tal doctrina es un simple desvarío infantil, hija de las exageraciones románticas y ya completamente desacreditada. No deja de ser curioso que se mida al genio por sus faltas y no por sus cualidades.

 He creído, pues, que traducir las obras de Leopardi con rarísimas excepciones, todavía virgen en castellano, era hacer un verdadero servicio á nuestra literatura. Mi designio es traducirlo todo, verso y prosa, pero antes de pasar adelante he querido oir la opinión de los entendidos sobre los diez cantos que llevo traducidos, en la esperanza de que las observaciones críticas que se dignen hacerme me ayudarán á evitar en adelante los errores en que hasta ahora haya podido incurrir. No me jacto de hacer una obra de arte, pues conozco que mis fuerzas no alcanzan á tanto: sólo aspiro á excitar en los que cultivan las letras el deseo de saborear á Leopardi, harto desconocido entre nosotros, en sus textos originales.


 Buenos Aires, Octubre 30 de 1883.

CANTOS DE LEOPARDI



A ITALIA


 Veo, oh patria, los muros, simulacros,
Arcos, columnas, solitarias torres
De nuestra clara estirpe: no la gloria,
No el hierro y los laureles que ceñían
Nuestros antiguos padres. Débil hora,
Nuda enseñas la frente, nudo el seno.
¡Ay! cuánta, cuánta herida,
Qué lividez, qué sangre! ¡Oh cuál te miro
Bellísima señora!
Yo increpo al mundo, al cielo:
Decid, decid, ¿quién á tan triste estado
La pudo compeler? ¡Y aun más! que oprimen
Sus brazos las cadenas! Sí, que suelta
La cabellera, y arrancado el velo,
Abandonada mora
Por tierra, sin consuelo,
Y, oculto el rostro en las rodillas, llora.
¡Llora, que harto has motivo, Italia mía!
En la suerte infeliz y en la fortuna
Nacida á ser del mundo vencedora.

 Fuesen tus ojos dos raudales vivos,
y aun no alcanzara el llanto
A lamentar tu oprobio y tu quebranto;
Que fuiste ya señora,
y huérfana infeliz eres ahora.
¿Quién sobre ti discurre
Que, recordando tu esplendor pasado,
No diga: grande fué, mas ya no es grande?
¿Por qué, por qué? ¿Dó ya la fuerza antigua?
¿Dónde las armas, la constancia, el brío?
¿Quién te arrancó la espada?
¿Quién te vendió? ¿Qué afán, que trama artera
Bastó, qué poderío
A arrebatarte el manto y la áurea banda?
¿Como caíste, cuándo,
De tanta alteza á tan profundo abismo?
¿Nadie lidia por tí? ¿No te defiende
De los tuyos ninguno? ¡Un arma, un arma!
Yo solo en la contienda
Combatiré, sucumbiré yo solo.
Concede ¡oh cielo! que mi hirviente sangre
Ítalos pechos en su fuego encienda.

 ¿Dó tus hijos están? Oigo són de armas
y de carros y voces y atambores:
Pugna tu prole en extranjeros climas.
Escucha, Italia, escucha. Entrever creo
Un olear de infantes y caballos,
y humo, y polvo, y centellear de espadas,
Como entre niebla lampos.
¿No te reanimas? Los trementes ojos
No osas tornar hacia el dudoso evento?
¿Por quién combaten en aquesos campos
Los ítalos mancebos? ¡Dioses, dioses!

Por otra tierra nuestras armas lidian.
¡Oh sin ventura aquel que cae postrado,
No por sus dulces playas, por la esposa
Casta y fiel é idolatrados hijos;
Mas por extraños, por ageno fuego,
Y no al morir le es dado
Clamar: ¡Patria querida
La vida que me diste hora te entrego!

 ¡Oh edad antigua, amada y venturosa,
Cuando en tropel las gentes
Por la alma patria á perecer corrían!
Y vos; siempre elocuentes,
Ceñidas siempre de gloriosas palmas,
¡Oh tésalas gargantas! donde Persia
Ni el hado mismo doblegar pudieron
Á algunas libres generosas almas!
Yo pienso que las rocas
Plantas y mares y montañas vuestras
Dicen con vago acento al caminante
Cómo aquella ribera
Cubrió toda de cuerpos
Caros á Grecia, la falanje invicta.
Vil por el Helesponto
Jerjes entonces y feroz fugaba,
A ser ludibrio de la edad postrera,
Y sobre la colina
De Antela, en que expirando
Venció á la muerte la legión divina,
Simónides se alzaba
El campo, el mar, el éter contemplando.

 Y con el rostro en lágrimas bañado,
Con pie inseguro y fatigoso aliento,

Embrazaba la lira:
—¡Dichosos vos mil veces
Que el pecho disteis á enemigas lanzas
Por amor á esta madre, vos á quienes
Grecia venera, el universo admira!
Al riesgo y al combate
¿Qué inmenso amor las juveniles mentes,
Qué amor os impelió al fatal destino?
¿Cómo tan grata ¡oh hijos! la postrera
Hora os apareció, que sonrientes
Al fin volasteis lamentable y duro?
Semejaba que á espléndido convite
Ó á danza alegre, y no á morir corriera
Cada uno de los vuestros. El oscuro
Tártaro, empero, y las silentes ondas
Os aguardaban. ¡Ni aun al lado habíais
De esposas ó hijos el cariño santo,
Cuando en áspera márgen
Sin ósculos moristeis y sin llanto!

 Mas no del Persa sin horrenda pena
Y angustia interminable.
Cual león entre toros encerrado,
Ya al lomo de aquél salta, y sus colmillos
En él furioso clava,
Ya este íjar, ya aquel muslo dentellea;
Así en las turbas persas se inflamaba
La iracunda virtud de los helenos.
Mira en tierra caballo y caballero;
Mira atajar doquier carros y tiendas
En confusión, la fuga á los vencidos;
Pálido y desgreñado
Aun el tirano mismo huir primero;
Ve cuál en sangre bárbara teñidos

Los héroes griegos, perdición del Persa,
Ya exangües, lentamente,
Unos sobre otros caen. ¡Viva, viva,
Dichosos vos mil veces
Mientras se hable en los tiempos ó se escriba!

 Antes en vuelco rápido cayendo
Al hondo mar, extintos
En el abismo estallarán los astros,
Que vuestra veneranda
Memoria ó vuestro amor mengüe ó se olvide.
Vuestra tumba es altar; y aquí trayendo
Sus párvulos las madres,
Enseñaránles los hermosos rastros
De vuestra sangre. Ved! yo de rodillas
Me postro, ¡oh venturosos!
Y estos terrones y estas piedras beso,
Que preclaras serán eternamente
En cuanto el mundo encierra.
Ah! si con vos yaciese, y empapada
Estuviera en mi sangre esta alma tierra!
Mas si es otro el destino, y no consiente
Que entorne yo los moribundos ojos
Por Grecia extinto en áspera contienda,
De vuestro vate la modesta fama
La edad futura, si á los dioses place,
Recuerde en tanto que la vuestra esplenda.

 Abril de 1883.

BRUTO MENOR


 Cuando volcada en la comarca tracia
Yació, inmensa rüina,
La itálica virtud, y desde entonces,
Para los valles de la verde Hesperia,
Y playa tiberina,
El hado el casco de salvajes potros
Apresta ya, y de las desnudas selvas
Que la Osa helada oprime,
Á hundir de Roma los excelsos muros
Las godas armas llama;
De hermana sangre y de sudor cubierto,
Bruto, en lóbrega noche, en sitio aislado,
Ya resuelto á morir, contra las sordas
Divinidades y el averno clama,
Y con feroz acento
En vano hiere el adormido viento.

 Necia virtud, la oscura niebla, el ámbito
De móviles fantasmas
Son tan sólo tus cátedras: te vuelve
La espalda el descreimiento.
De vos, dioses marmóreos
(Si acaso dioses tienen
En Flegetón ó en el empíreo asiento),
De vos befa y ludibrio

Es la prole infeliz, á la que altares
Celosos reclamáis, y engañadora
Ley al mortal ofende.
¿Con que así excita los celestes odios
La terrena piedad? ¿Con que al impío
Su mano Jove extiende?
Y si en los aires tempestad derrama,
Y el trueno veloz vibra,
Envuelve al justo en la sagrada llama?

 Oprime el hado invicto y la ferrada
Necesidad, al débil
Reo de muerte: y si á impedir no alcanza
Su torpe acción, de necesarios duelos
El vulgo se consuela. ¿Es menos duro
Si es sin reparo el mal? ¿Dolor no siente
El muerto á la esperanza?
Guerra eterna, mortal, oh vil destino,
Contigo el prócer riñe,
No avezado á ceder; y vencedora
Al oprimirle tu tirana diestra,
Agítase indomado,
Y ensangrentando el doloroso hierro
En el noble costado,
Torva sonrisa á las tinieblas muestra.

 Hiere á los Dioses quien violento rompe
En el Averno. Nunca audacia tanta
Se albergara en las muelles
Almas eternas. ¿Por ventura el cielo
Nuestros afanes, los adversos casos
Y afectos sin consuelo,
Ante sus ojos por placer despliega?
No entre desdicha y crimen,

Mas edad pura y en los bosques libre
Nos destinó Natura,
Un tiempo Reina y Diosa. Y pues impía
Costumbre derribó el feliz imperio,
Y unió á las leyes miserable vida,
Si sus infaustas horas
Alma viril rehusa,
¿Rie Natura, y su rigor no acusa?

 De culpa ignara y de sus propios duelos,
A la dichosa fiera
Serena lleva al imprevisto trance
La edad tardía. Y si á quebrar la frente
En rudos troncos, ó en agrestes piedras
Sus miembros dar desatentada al viento
La impeliese el afán, no detuviera
Arcana ley ú oscuro pensamiento
El deseo infeliz. Á vos tan sólo,
Hijos de Prometeo, entre las razas
Que el cielo alimentó, pesa la vida;
Á vos la muerta orilla, antes que acceda
El destino indolente,
Sólo ¡oh tristes! á vos Júpiter veda.

 Y tú del mar que nuestra sangre riega
Cándida luna, surges,
Y ves la inquieta noche
Y el campo adverso á la virtud latina.
Hermanos pechos huella el victorioso,
Tiemblan los cerros, de las altas cumbres
La antigua Roma despeñada rueda;
¿Y tú tan apacible? De Lavina
Miraste un día la naciente prole,
Y el tiempo alegre y memorandos lauros;

Y sobre el Alpe el inmutado rayo
Callada verterás, cuando en tormento
Del siervo ítalo nombre,
Bajo bárbara planta
Retumbe aquese solitario asiento.

 Ved, ya en desnuda piedra ó verde rama
El pájaro y la fiera,
De la indolencia usual henchido el pecho,
La ingente ruina ignora y la trocada
Suerte del mundo; y como siempre el techo
Esplenderá del industrioso aldeano,
Del canto matutino
Al són, aquél despertará los valles,
Aquélla agitará por los barrancos
La enferma turba de menores fieras.
¡Oh casos! ¡Oh luz vana! Infando lote
Somos de lo creado, y ni en la oscura
Gleba, ni en las cavernas dejó rastros
Jamás nuestro infortunio,
Ni ansia mortal descoloró los astros.

 No yo á los sordos Reyes
Del Olimpo ó Cocito, no á la indigna
Tierra, ó la noche moribundo invoco;
Ni á tí, postrer destello
De la lóbrega muerte ¡oh testimonio
De la futura edad! ¿Fué acaso al llanto
Dado aplacar las desdeñosas tumbas?
¿Ornáronlas los dones y palabras
De multitud ruín? Peores siempre
Despéñanse los tiempos; mal se fía
Á nietos corrompidos
El alto honor de las egregias mentes,

Y de los desdichados
La venganza suprema. En torno mio
Las alas bata el negro cuervo hambriento;
Roa la fiera, el torbellino arrastre
Los restos ignorados;
Y el nombre y la memoria envuelva el viento.

LO INFINITO


 Esta colina solitaria siempre
Grata fué para mí, y este vallado,
Que por tan varias partes
La vista cierra al horizonte extremo.
Mas si sentado miro interminables
Espacios tras de aquél, y sobrehumano
Silencio, y profundísimo sosiego
Finjo en mi mente; de lo cual por poco
El corazón no tiembla. Y como el viento
Entre estas plantas silba, ese infinito
Silencio á este rumor voy comparando:
Y recuerdo lo eterno, y las edades
Sepultas ya, y la presente y viva,
Y su tumulto. Así mi pensamiento
Se inmerge en esta inmensidad, y dulce
Ésme náufrago ser de este oceano.

 Mayo de 1883.

LA NOCHE DEL DÍA FESTIVO


 Dulce y clara es la noche, el aire en calma,
Por cima de los techos y en los huertos
Brilla la luna, y á lo lejos muestra
Serenas las montañas. Dueño mío;
Callan las sendas ya, y por los balcones
De vez en vez la lámpara nocturna
Su sosegada claridad envía.
En brazos duermes tú de fácil sueño
En tu tranquila estancia; y no te labra
Cuidado alguno; ni ya ves ni piensas
Cuánta herida me abriste en medio al pecho.
Tú duermes: yo este cielo que aparece
Tan favorable, á saludar me asomo,
Y á la antigua natura omnipotente
Que me engendró al dolor. A tí, me dijo,
La esperanza te niego, aun la esperanza:
Sólo de llanto brillarán tus ojos.
Solemne fué este día: hora reposas
De los placeres, recordando acaso
En sueño, a cuántos hoy gustaste, y cuántos
Te agradaron á tí: yo más no espero
A tu mente tornar. En tanto indago
Lo que aun debo vivir, y aquí por tierra
Me arrojo, y grito, y tiemblo. ¡Horrendos días
En tan lozana edad! ¡Ay! por la calle
No lejos oigo el solitario canto

Del artesano que, ya tarde, torna,
Después del goce, á su modesto albergue.
Y fieramente se me oprime el alma
Al ver cómo en el mundo pasa todo
Sin dejar casi huella. Ya el festivo
Dia extinguióse, y al festivo el dia
Vulgar sucede, y arrebata el tiempo
Todo caso mortal. ¿Dó ya el tumulto
De los antiguos pueblos? ¿Dónde el grito
De nuestra clara celebrada estirpe,
De aquella Roma el formidable imperio,
Y las espadas, y el terrible estruendo
Que por la tierra discurrió y los mares?
Todo es paz y silencio, todo calma
El mundo, y de ellos más no se razona.
En mi primera edad, cuando el festivo
Dia se espera con ardor, ya luego
Que él transcurría, yo en el lecho, en vela.
Yacía con dolor. Y en la alta noche,
Si por las calles se escuchaba un canto
Que tenue en lontananza iba muriendo,
Ya así también se me oprimía el alma.

 Junio de 1883.

LA VIDA SOLITARIA


 La lluvia matinal, cuando en la estancia
Aún cerrada, la gallina corre
Batiendo el ala, y al balcón se asoma
El morador del campo, y desde oriente
El sol sus rayos trémulos asesta
A las gotas que caen, mi cabaña
Levemente golpeando, me despierta;
Y salgo, y las ligeras nubecillas,
Y de las aves el trinar, y el aura
Fresca bendigo, y las rientes playas.
Luego que ¡oh infaustos ciudadanos muros!
Os ví bastante y conocí: allá donde
Sigue al dolor el odio; y dolorido
Vivo, y bien pronto moriré. Alguna
Bien que escasa piedad muéstrame, empero,
Naturaleza en estos sitios ¡cuánto
Más suave un día para mí! Tú tuerces
Del mísero la vista, y desdeñando
La desdicha, el afán, á la imperante
Felicidad, naturaleza, sirves.
No queda en cielo ó tierra amigo alguno
Ni otro refugio al infeliz que el hierro.

 Tal vez me siento en solitario sitio,
En un alto, de un lago en la ribera,
De taciturnas plantas coronado.
Allí, al rodar en el cenit el día,

Refleja el sol su sosegada imagen.
No la hoja ó la hierba el viento mueve;
Ni la onda encresparse, ó la cigarra
Chillar, ni el ala el pájaro en la rama
Batir, ni revolar la mariposa,
Ni resonancia ó movimiento alguno
De lejos ni de cerca oyes ni miras.
Reina en tal borde altísimo sosiego,
Y en él de mí me olvido y lo creado
Quedando inmóvil; y que yacen creo
Sueltos mis miembros, que no ya los mueven
Alma ó sentido, y que su sueño antiguo
Y el silencio del sitio se confunden.

 ¡Amor, amor, cuán de mi pecho lejos
Volaste ya, tan ardoroso un día!
La desventura con su helada mano
Bien pronto le oprimió, y trocóse en hielo
En la edad más hermosa. El tiempo evoco
En que hasta el alma mía descendiste.
Era ese dulce irreparable tiempo
En el que abierta esta infeliz escena
Del mundo, al ojo juvenil, á modo
De paraíso ante su mente ríe.
De anhelo y virgen esperanza salta
Dentro del pecho el corazón del joven,
Y de esta vida á la tremenda empresa
Ya se apercibe, como á danza ó juego,
El mortal infeliz. Mas no tan pronto
Fuí tuyo amor; que ya fortuna había
Roto mi vida, y para aquestos ojos
Propio era sólo el perdurable llanto.
Empero al ver por las tendidas playas,
En la callada aurora, ó cuando esplenden

Al sol, techos, collados y campiñas,
De tierna virgen el semblante hermoso;
Ó bien cuando en el plácido sosiego
De noche estiva, el vagabundo paso
Enfrente de las villas deteniendo,
Miro la tierra solitaria, y oigo
En la desierta habitación el canto
Agudo resonar de la doncella
A quien la noche en su labor sorprende,
Muévese un punto á palpitar aqueste
Mi corazón de piedra. Mas ¡ay! pronto
Torna al férreo sopor: que ya es extraña
Al pecho mío la emoción suave.

 ¡Oh amada luna, á cuyo dulce rayo
Danzan las liebres en la selva; y suele
Dolerse al alba el cazador, que encuentra
Falso, intrincado el rastro, y de las cuevas
Vario error le desvía! Salve, oh reina
Benigna de las noches. Importuno
Entre jarales y desiertas ruinas
Desciende tu fulgor, sobre el acero
Del pálido ladrón, que á la distancia
El rumor de las ruedas y caballos,
Y el golpear de los pies escucha atento
En el mudo sendero; y de improviso
Con el fragor del arma, el ronco acento,
Y la fúnebre boca, el alma hiela
Del caminante, á quien desnudo en breve
Y semi-vivo entre las piedras deja.
Para el vil seductor surge importuna
Tu blanca lumbre en las ciudades, cuando
Va rozando los muros, y la oculta
Sombra siguiendo, y se detiene, y tiembla

De las vívidas luces, y el abierto
Balcón. Á los malvados importuna,
Benigna siempre para mí tu vista
Será por estas playas, donde sólo
Gratas colinas y anchurosos campos
Me abres delante. Y yo aun solía,
Bien que inocente fuera, tu gracioso
Rayo acusar en habitados sitios,
Cuando á la humana vista me ofrecía,
Y á mis ojos mostraba humanos seres.
De hoy más te ensalzaré, ya te contemple
Surcar rauda las nubes, ya serena
Dominadora del etéreo campo,
Mires esta infeliz morada humana.
Verásme siempre solitario y mudo
Vagar por bosques y por verdes playas,
Ó sentarme en la hierba, asaz contento
Si hallo vigor para exhalar suspiros.

 Mayo de 1883.


Á SILVIA


 ¿Recuerdas, Silvia, el tiempo
De tu vida mortal, cuando en tus ojos
Rientes, fugitivos,
Brillaba la hermosura,
Y tú seria y gozosa
El linde hollabas de la edad de rosa?

 Las tranquilas estancias
Y las vecinas calles resonaban
Con tu perpetuo canto,
Cuando á tarea femenil atenta,
Te sentabas contenta
Del grato porvenir que entreveías.
Era el fragante Mayo, y tú mirabas
Así correr los días.

 Yo los gratos estudios
Tal vez dejando, y los cansados folios,
En que mi edad primera
Y lo mejor de mí se disipaba,
Desde el terrado del paterno albergue
Mi oído al són de tus acentos daba,
Y á la rápida mano
Que la labor penosa recorría.
Miraba el limpio cielo,
Las sendas olorosas y los huertos,

Y allá el mar á lo lejos, y allí el monte.
No cabe en lengua humana
Lo que entonces sentía.

 ¡Qué suaves pensamientos,
Qué esperanzas, qué coros, Silvia mía!
¡Cómo entonces surgía
La existencia y el hado!
Ante el recuerdo de ilusión tan grande,
Un afecto me oprime
Hondo, desconsolado,
Y tórname á doler mi desventura.
¡Oh natura, oh natura!
¿Por qué no cumples luego
Lo que entonces prometes, y á tus hijos
Víctimas haces de tan grande juego?

 Tú antes que el hielo marchitara el prado,
Por implacable enfermedad vencida
Caíste, virgen tierna. Y de tu vida
Las flores contemplar no te fué dado.
No acariciaron tu alma los loores,
Ya de los negros rizos,
Ya del mirar modesto, enamorado,
Ni otras contigo en los festivos días
Razonaban de amores.

 Poco después moría
Mi esperanza también: también negaron
A mi existir los hados
La juventud. ¡Ay! cómo,
Cómo huiste por siempre, oh dulce amiga
De mi edad nueva, mi llorado encanto!
¿Es este el mundo aquel? ¿Estos los goces,

El amor, las empresas, los eventos
Sobre que juntos discurrimos tanto?
¿Este el destino humano?
Al surgir ante tí la verdad ruda
¡Misera! pereciste: y con la mano
Mostraste desde allá la muerte fría
y una tumba desnuda.

 Junio de 1883.

IMITACIÓN


Lejos ya de tu rama
Infeliz hoja débil
¿Adónde vas? - Del haya
Donde he nacido me arrebata el viento.
Él, girando, en revuelos,
Del bosque á la campaña,
Desde el valle me lleva á la montaña.
Con él eternamente
Voy peregrina, y lo demás ignoro.
Voy donde toda cosa,
Donde la hoja va naturalmente
Del laurel y la rosa.

 Junio de 1883.

REMEMBRANZAS


 ¡Astros hermosos de la Osa! Nunca
Creí otra vez venir á contemplaros
Sobre el jardín paterno centelleantes,
Ni á conversar con vos de la ventana
De esta morada que habité de niño,
Y dó el término ví de mis venturas.
¡Cuánta imagen un tiempo, cuánta historia
Creó en mi mente vuestro dulce aspecto,
Y las que en torno veis, amigas lumbres!
Cuando en rústico asiento, silencioso,
Mirando el cielo y escuchando el canto
De la rana distante en la campaña,
Gran parte de la noche estar solía!
La luciérnaga erraba en los vallados
Y por los lomos, susurrando al viento
La arboleda olorosa, y los cipreses
Allá en la selva; y so el paterno techo
Oía alternas voces, y el tranquilo
Tragín de los criados. ¡Qué de sueños,
Qué altas ideas me inspiró la vista
Del mar lejano y los azules montes
Que de aquí miro, y que surcar un día
Dentro de mí pensaba, arcanos mundos,
Arcana dicha á mi vivir fingiendo!
Mi hado ignoraba entonces, y las veces
Que esta mi vida dolorosa y yerma
Por la muerte, feliz trocado habría.

 Ni aun presagiaba que mis verdes años
Fuera forzado á consumir en esta
Natal villa salvaje, en medio á gente
Áspera, vil; á la que extraños nombres
Y argumento de risa y de algazara
Son doctrina y saber; que me odia y huye,
No por envidia ya, que no me estima
Á ella mayor, mas porque tal supone
Que guardo en mí, si bien persona extraña
Jamás columbró de ella indicio alguno.
Aquí los años paso, oculto, aislado,
Sin vida, sin amor, y entre la turba
De los malvados, áspero me vuelvo.
Aquí virtudes y piedad me arranco,
Y desprecio á los hombres, por la recua
Que tengo en derredor: y en tanto vuela
El dulce tiempo juvenil; más dulce
Que el laurel y la fama; más que el puro
Fulgor del día, y su morir: te pierdo
Sin ningún goce, inútilmente, en este
Inhumano retiro, entre inquietudes,
¡Oh sola flor de la infecunda vida!

 Conduce el viento el són de la campana
De la torre del burgo. Él me infundía,
Aun lo recuerdo, ánimo en mis noches,
Cuando era niño, y en la oscura estancia
De tenaz miedo víctima velaba,
La aurora ansiando. Nada aquí contemplo
Sin que en ello una imagen reaparezca;
De do no surja un plácido recuerdo.
Plácido en sí; mas con dolor sucede
La idea del presente, un vano anhelo
Del tiempo que pasó, aunque ligado

Al infortunio, y el decir: ya he sido.
Aquella galería vuelta al último
Rayo de luz; estos pintados muros,
La fantástica nube, el sol que asoma
En la campiña solitaria, dieron
Contentos mil á mis perdidos ratos,
Cuando mi error potente hablando iba
Al lado mío por doquier. En estas
Salas antiguas, de la nieve al brillo,
Silbando el viento en torno á estas ventanas,
Retumbo mi alegría y mis festivas
Voces, en tiempo en que el indigno, acerbo
Misterio de las cosas, se nos muestra
Henchido de dulzura. Entera y virgen,
Tierno el doncel, como inexperto amante,
Su falaz vida con amor contempla,
Y celeste beldad finge y admira.

 ¡Oh esperanza, esperanza, engaños dulces
De mi primera edad! hablando, siempre
A vosotros retorno; que del tiempo
En el andar eterno, ni en el cambio
De pensamientos y de afectos, nunca
Puedo olvidaros. Gloria, honor, tan sólo
Fantasmas juzgo; bienes y venturas,
Mero anhelar; no tiene fruto alguno
La misera existencia, y si vacíos
Yacen mis años, si desierto, oscuro
Es mi estado mortal, poco, á fe mía,
Fortuna me robó. Mas ¡ay! que cuando
¡Oh mis antiguas esperanzas! pienso
En vos, y en mis imágenes primeras,
Y en mi vida tan vil luego reparo,
Tan dolorosa, y que la muerte es sólo

Lo que de tantas esperanzas grandes
Hoy se me acerca: comprimirse siento
Mi corazón, siento que no me es dado
Resignarme del todo á mi destino.
Y cuando al fin esta invocada muerte
Venga á mi lado, término poniendo
A mis desdichas; cuando ya la tierra
Me sea extraño valle, y de mi vista
Se borre el porvenir; aun de vosotras
Me acordaré, aun aquella imagen
Me arrancará suspiros, me hará triste
Haber vivido en vano, y la dulzura
Del fatal día enturbiará con duelo.

 Y ya en el juvenil hervor primero
De dichas, de congojas, de ansiedades,
Tenaz llamé á la muerte, y largas horas
Sentado allá junto á la fuente estuve,
Ahogar meditando entre esas aguas
Mi anhelo y mi dolor. Luego por crudo
Mal, impelido del sepulcro al borde,
Lloré la juventud, y la ya mustia
Temprana flor de mis infaustos días.
Y sobre el lecho confidente; en altas
Horas sentado, á la muriente lumbre
Poetizando con dolor, mil veces
Lamenté con la noche y el silencio
El alma fugitiva, y á mi mismo
Me canté al expirar fúnebre canto.

 ¿Quién sin tristeza recordaros puede
¡Oh alborear de juventud, oh días
Risueños, inefables! cuando en torno
Del ardiente mortal por vez primera

Sonríen las doncellas; á porfía
Todo alegre sonríe; aun no despierta,
O bien benigna aun, la envidia calla
É (¡inusitada maravilla!) el mundo
Casi le tiende auxiliadora mano,
Ríe sus yerros, su reciente entrada
En la vida celebra, y complaciente
Muestra aclamarle por señor y dueño?
¡Días fugaces! Como raudo lampo
Desparecieron. ¿De desdicha libre
Cuál mortal puede estar, si aquella hermosa
Estación ya le huyó, si su buen tiempo,
Si juventud ¡ah! juventud no existe?

 ¡Oh Nerina! ¿Y de tí no oigo á estos sitios
Ya por ventura hablar? ¿Caíste acaso
De mi memoria tú? ¿Dónde te has ido
Que sólo ¡encanto mío¡! tu recuerdo
Encuentro aquí? No más, no más te mira
Esta tierra natal: esa ventana
Donde solías conversarme, y donde
Triste el fulgor de las estrellas luce,
Yace desierta. ¿Dónde estás, que no oigo
Más tu voz resonar, como en un día
Cuando al llegar cada lejano acento
Del labio tuyo hasta mi oído, el rostro
Me demudaba? Ya no más. Tus días
Fueron, mi dulce amor. Pasaste. Á otros
El cruzar por la tierra hoy cabe en suerte,
Y habitar estas olorosas cumbres.
Pasaste; mas ¡cuán rápida! Tu vida
Cual sueño fué. Cuando, danzando, el júbilo
En tu frente brillaba, y en tus ojos
Brillaba aquel soñar, aquella lumbre

De juventud, fueron del hado extintos,
Y yaciste. ¡Ah Nerina! Aun en mi alma
Reina el antiguo amor. Si me encamino
Alguna vez á fiestas, á saraos,
Digo: ¡Oh Nerina! tú á saraos, á fiestas
No te preparas más, no te encaminas.
Si Mayo torna, y flores y cantares
Los amantes van dando á las doncellas,
Nerina, digo, para tí ya nunca
Torna la primavera, amor no torna.
Y si un día sereno, una florida
Ribera miro, ó siento un goce, exclamo:
Ya no goza Nerina; el campo, el aire
No mira ya. ¡Ay! feneciste, eterno
Suspiro mío: feneciste, y siempre
Compañera será de mi errabundo
Imaginar, de mis potencias todas,
De los tristes y férvidos latidos
Del corazón, la remembranza acerba.

AMOR Y MUERTE
Ὃν οἱ θεοὶ φιλοῦσιν, ἀποθνήσκει νέος.
Joven perece el que los dioses aman.
Menandro.


 El Amor y la Muerte
A un tiempo hermanos engendró la suerte.
Jamás cosas tan bellas
Encerraron el mundo ó las estrellas.
Nace del uno el bien, el mayor goce
Que por el mar de la existencia rueda;
Toda desdicha ingente
Todo ingente dolor la otra aniquila.
Hermosísima joven,
De presencia agraciada,
No cual la finge la cobarde gente,
Al niño Amor acompañar le agrada:
Y aqueste mortal suelo
Rozan entrelazados,
De toda sabia mente alto consuelo.
Ni fué jamás un corazón tan sabio
Cual herido de amor, nunca más fuerte
Alcanzó á despreciar la infausta vida,
Ni cual por este dueño
El peligro arrostró por otro alguno;
Que dondequier, Amor, tu influencia llevas,
Allí al punto el valor nace ó revive;
Y no, cual suele, vana
En pensamiento, mas en obras grande,
Se alza la estirpe humana.

Cuando recientemente
Nace en lo hondo del alma un tierno afecto,
En ella, á un tiempo, lánguido
Un vago anhelo de morir se siente.
No sé por qué: mas ese
Es el signo primero
De todo amor potente y verdadero.
Entonce este desierto
Pone al alma pavor: la tierra ingrata
Para el mortal se torna, sin aquella
Nueva, sola, infinita
Felicidad que en su soñar retrata;
y allá en su alma al presentir por ella
Profunda tempestad, calma apetece,
Ansia arribar á puerto
Ante el terrible anhelo,
Que ya en torno, rugiendo, se oscurece.

 Luego, cuando ya todo
Lo envuelve y ciñe el formidable numen,
Y ansia invencible al corazón fulmina,
¡Cuánta vez implorada
Con intenso deseo,
Muerte, eres tú del angustiado amante!
¡Cuántas de noche, y cuántas
Rindiendo al alba el cuerpo fatigado,
Feliz llamóse si le fuera dado
No alzarse ya, si nunca
La amarga luz á contemplar volviera!
Y al escuchar el fúnebre tañido
De la campana, el cántico que triste
Los muertos lleva al sempiterno olvido,
Envidió en lo profundo
Del pecho, ardientemente,

Al que á morar con los extintos iba.
Aun la olvidada plebe,
El aldeano, ageno
A las virtudes que el saber inspira,
Aun la graciosa y tímida doncella,
A quien la voz de muerte
Crispábale en un tiempo los cabellos,
Ya imperturbable y fuerte
Los negros velos y la tumba mira,
Hierro y veneno con tesón contempla,
Y allá en su mente indocta
El dulce encanto del morir comprende.
Tanto á la muerte llevan
Las leyes del amor. Y aun á menudo
Sostener no pudiendo
Humana fuerza el interior combate,
Ó el frágil cuerpo abate
La conmoción terrible, y de este modo
Por fraternal poder la muerte triunfa;
Ó tanto punza y hiere
Amor en lo profundo,
Que por sí mismos el inculto aldeano
Y la tierna doncella
Los juveniles miembros
Por tierra esparcen con violenta mano.
Ríe el mundo su duelo,
A quien paz, senectud otorga el cielo.

 Al férvido, al dichoso,
Al varón animoso
Uno ú otro de vos mande el destino,
Dulces amigos de la estirpe humana,
Cuyo poder no iguala en parte alguna
Ningún otro poder, y cede sólo

Del hado á la potencia soberana.
Y tú á quien ya desde mi edad primera
Honrando siempre invoco,
Bella Muerte, en el mundo
Propicia sola á los humanos duelos,
Si alcé mi voz en tu loor, si quise
A tu esencia divina
Del vulgo ingrato compensar la afrenta,
No tardes más, á inusitados ruegos,
Cerrando ya á la luz mis tristes ojos.
¡Reina eterna del tiempo! hora te inclina.
Cualquier sea el instante
En que las alas á mi voz despliegues,
Alta la frente me hallarás, armado,
É indomeñable al hado;
La mano que azotándome se tiñe
En mi sangre inocente
No alabaré, no besaré, cual hace
Por vil costumbre la terrena gente;
Toda vana esperanza con que el mundo
Cual niño se consuela, toda necia
Confortación rechazaré; ni alguna
He de esperar jamás sino á tí sola;
Sólo aquel día esperaré sereno
En que recline adormecido el rostro
En tu virgíneo seno.

 Mayo de 1883.

Á SÍ MISMO


Reposarás por siempre
Cansado corazón. Murió el engaño
Que eterno imaginé. Murió. Bien veo
Que de los dulces sueños se ha extinguido,
No la esperanza en mí, sino el deseo.
Reposa ya por siempre. Harto has latido.
Nada tus fibras conmover merece,
Ni aun es la tierra de suspiros digna.
La vida es un amargo
Fastidio, nada más; el mundo, lodo.
Descansa. Desespera
Por la postrera vez. Deprecia ahora
Á ti, á natura, al torpe
Poder que, oculto, en común daño impera,
Y á la infinita vanidad del todo.


AUTORI E TRADUTTORI [1]

 Piú volte abbiamo esternato il nostro compiacimento nel vedere come le lettere italiane prendano di giorno in giorno incremento in queste lontane regioni, e come la gioventú studiosa le coltivi con intelletto di amore e con passione; avvegnacchè — lo diciamo con orgoglio — lo studio della nostra letteratura non si limiti nei soli lavori ameni e leggieri, ma si versi nella profonda conoscenza di quegli autori che gettarono le prime basi del nostro risorgimento civile e letterario.
 Foscolo, Leopardi, Parini, Berchet sono autori di polso, scrittori ispirati, anime altere, Tirtei nel vero senso della parola, che scrissero nobilissimi versi, come l'anima loro; lasciando in ogni componimento, una nobile idea da realizzare, un comando da eseguire.
 Ben si appone la gioventù studìosa argentina temprando il volente ingegno alle forti e robuste ispirazioni della poesia civile italiana: l'unica poesia moderna che possa definirsi veramente umana, perchè vera e reale; poichè, da ogni vibrazione di corda la lira tramanda suoni alteri, scattanti alti concenti, sia che palpiti per la Patria, sia che ragioni o canti l'amore.

 Odio il verso che suona e che non crea, diceva il Foscolo: difatti, se deviamo la punta del disio dall'unico scupo umano qual'è il bene della patria, l'amore nobile, intenso per la famiglia, che cosa è mai la poesia? a che tende? cosa potrà mai sperare?
 Si limita ad un semplice belato: il qual belato — per quanto suoni armonioso — non crea un affetto, non agita l'anima, non fa scintillare la mente, nè fa battere il cuore come deve battere il cuore di un uomo.

 Concretiamo.
 Il signor Callisto Oyuela, giovine e studioso cittadino argentino, è uno di quei moderni poeti che hanno la mente ed il cuore educati all'alto sentire della poesia civile. Se cosi non fosse, come avrebbe potuto tradurre la canzone All' Italia del Leopardi? Non si può tradurre il Leopardi senza comprendere l'anima di Leopardi: il traduttore deve creare come l'autore, altrimenti diventa traditore: e valgano queste poche parole di Swinburne per far passare la voglia a chiunque si attendi di porre la mano sulle opere dei classici senza possedere il corredo sufficiente di cognizioni e per fargliela ritirare come se toccasse ferro candente: egli dice: Tutto un discorso, tutta una strofa, può essere rovinata colla intrusione o la soppressione di due punti o di una virgola [2].

 L'indole diversa delle lingue, la differente elocuzione, la stessa composizione del verso, sia settenario che endecasillabo, formano un serio ostacolo per tradurre una strofa del Leopardi nella lingua castigliana.
 Non c'è via di mezzo.
 O bisogna alterare il pensiero, o rovinare la forma: volendo rispettare l'uno e mantenere integra l'altra, ci vuol dell'ingegno, dello studio e, più di tutto, un amore intimo, mistico coll'autore che si vuol tradurre.
 Secondo me, fra l'autore ed il traduttore vi dev'essere quella corrente magnetico-simpatica che avvi fra due anime innamorate: basta un gesto, uno sguardo, un lampo di pupilla e si comprendono. Cosi il traduttore: dev'essere tanto immedesimato col pensiero originale che, dalla lettura del primo verso deve indovinare la orditura della strofa intiera.

 D'altronde, parmi, la poesia si assomigli ad una bella donna, che sa di essere bella e se ne tiene: non basta dirglielo, bisogna dimostrarglielo: non basta vestirla di stoffe lussureggianti, è mestieri attagliargliele alla persona. Vestitela —se vi pare— di abiti non suoi, belli, ricchissimi, ma non fatti a suo dosso, avranno sempre dei difetti.
 Questa è la forma decora di Cicerone, ed in ciò consiste il punctum di Orazio che deve superare orgni traduttore. Questo punctum concreta il genio, lo studio, l'arte, la conoscenza perfetta dell'idioma originale, il maneggio facile, sicuro della lingua propria e sopra tutto il limœ labor.
 Vediamo adesso come il signor Oyuela abbia raggiunto il suo scopo e quali e quante difficoltà avrà dovuto combattere; ora vincendole, ora cadendo vinto, ma sempre bottando corpo a corpo, senza stancarsi, senza scoraggiarsi mai.
 Traducendo —a mo d'esempio— la canzone All'Italia del Leopardi, è riuscito vincitore o è rimanto vinto il signor Oyuela? Secondo me, molte volte sì; alcune volte, ha lottato senza poter vincere.
 Per quanto l'agregio traduttore abbia studiata l'idea, modellata accuratamente la forma, attenutosi scrupolosamente al metro, sforzatosi di mantenere la rima, chiusosi nella cerchia limitata a tiranna dei venti versi che compongono ogni strofa, pure non ha potuto raggiungere la cosi detta "armonia imitativa", non ha potuto nell'idioma di Cervantes esprimere alcuni suoni, ora pietosi, ora scattanti, cosi naturali per la lingua di Dante.
 É colpa sua? non so: non la pretendo a filologo, nè mi vanto di conoscere l'idioma spagnolo così a perfezione da giudicare con retto criterio.
 So di certo che nessuna lingua si presta come l'italiana e tradurre ventaggiosamente i pensieri altrui: nè havvi idioma più difficoltoso dell'italiano per essere tradotto in altro idioma.
 A provare il primo asserto, cito la traduzione del Tacito fatta dal Davanzati; parola per parola, virgola per virgola, conservando sempre lo stile conciso, la frase energica, chiara, incisiva. Quante parole ha il testo latino, tante se ne trovano nella traduzione italiana.
 Cito inoltre la traduzione dell'Eneida fatta dal Caro; nella quale il traduttore ha superato l'autore: e ricordo ancora il Lazzaro Papi, che tradusse il poema dei Milton in una forma così stupenda, da non saper decidera chi avesse più merito se l'opera originale o la traduzione.
 La lingua italiana ha un'armonia di suono, una blandizia innata, una soavità gentile, che —oltra ad esprimere esattamente il pensiero— non sò, fa un certo effetto sull'animo, come carezza di fanciulla, come se l'animo fosse tocco dall'ala di un angelo.
 Fate risuonare —so vi riesce— quell'armonia con altra lira; caprimete —se potete— quella soavità gentile con altre corde; l'arpa suona, è vero, ma i fili non vibrano, come armonia lontana che muore sull'onde, o come flotto di marea che mormora sulla spiaggia solitaria.
 Ecco la difficoltà che zi presenta al traduttore dall'italiano; ed è tanto insuperabile questa difficoltà che illustri scienziati, se —traducendo le nostre opere classche— giunsero ad caprimere esattamente il pensiero, nessuno ha potuto imprimere nella traduzione quella espressione di forza, o di sosvità, o di passione che abbonda nell'originale. Molti hano tradito Dante, ma finora nessuno l'ha tradotto; la lingua italiana, ha espressioni imitative che non si possono trasportare in altra lingua:

Mi prese del costui piacer si forte.
Stavvi Minosse orribilmente e ringhia.
Il rauco suon della tartarea tromba.

non si possono tradurre così facilmente.
 Al contrario, vediamo la lingua italiana alle prese coll'idioma più dolce, più espressivo, più sonoro e imitativo per eccellenza, il Greco: mettiamo Foscolo di fronte ad Omero; se questi non vince, quegli non perde.

 Vediamolo.
 Teti abbraccia la ginocchia di Giove e lo prega.

 ad onorarle il figliol suo.
Che a breve giorno, misera, le nacque
... e Agamennon re della genti
Lo prende a vile e gli usurpò di forza
Il premio della guerra.

 Giove, è tocco dal fato di Achile, nato a breve giorno e accondiscende alla preghiera della madre.

 Omero, in tre versi esametri, esprime la omnipotenza del Nume, cui s'inchinano i fati, appena egli accenni col capo; e dice:

Ἦ καὶ κυανέῃσιν ἐπ᾽ ὀφρύσι νεῦσε Κρονίων·
ἀμβρόσιαι δ᾽ ἄρα χαῖται ἐπεῤῥώσαντο ἄνακτος
κρατὸς ἀπ᾽ ἀθανάτοιο· μέγαν δ᾽ ἐλέλιξεν Ὄλυμπον.

i quali versi — a volerli giuducare dalla sola pronunzia — hanno una espressione imitativa ammirabile, eccoli:

E, cai cyanesèsin ep' ophrysi neÿse Kronioon:
Ambrosiai d'ara chaitai eperroosanto anactos
Kratos ap' athanatoio, megan d'elelixen Olympon.

 Qui si rivela la eccellenza della lingua italiana: questi tre versi sono stati tradotti da Cunich, Alegre, Pope, Rochefort, Douglas, Dacier, Bitaubé, dalla Staël e da molti altri; nessuno colpí nel segno, nessuno tradusse a perfezzione la parola "eperroosanto" che tutta rappresenta, nel cenno del capo, la maestá divina [3].
 Inoltre, i citati traduttori, impiegano chi cinque, chi sei, ed anche sette versi, per esprimere imperfettamente ció che Omero stupendamente ha detto in tre.
 Il Foscolo, impiega quattro versi endecasillabi, e traduce il pensiero di Omero, con tutto l'effetto imitativo, senza sopprimere un solo accento, senza aggiungere una sola virgola al testo greco.

Accennó i neri sopraccigli: al Sire
Saturnio i crini ambrosii s'agitarono
Sulla testa immortale, e dalle vette
Ai fondamenti n'ongeggiò l'Olimpo.

 I vocaboli delle altre lingue, corrispondenti ai termini greci, languiscono — come dice il Foscolo stosso — per l' impossibilitá di trasfondere in casi tutte le "minime idee accessorie": si arroge poi che il verso endecasillabo é molto lontano dall' esprimere la dignità dell' esametro.

 Quanto ho detto sin oca serve a dimostrare e provare con indescutibili ragioni che il signor Oyuela ha dovuto lotare tenacemente, fortemente col testo italiano; certe volte vincendolo, alcune volte atandogli a pari, e molte volte cadendo, per la impossibilità di poter trasfondere nell'idioma spagnuolo le "idee accessorie" che abbondano nel testo originale.

 Sono mende codeste che non fanno torto all'egregio traduttore; tanto più poì che, i versi da lui tradotti, appartengono a un dottissimo poeta, nella cui canzone non si trova una parola di ripiego, nè una frase ogiosa.
 È una poesia pittura.
 La traduzione del signor Oyuela l'abbismo riletta e confrontata più volte coll'originale, e l'abbiamo trovata accurata.
 Chi ci conosce, sa che non siamo abituati a nascondere i nostri sentimenti; anzi, certe volte la nostra franchezza sembra un pó rude, tanto è esplicita.
 Abbiamo notato delle pecche, e francamente noi le sottoponiamo allo stesso guidizio critico dell'egregio traduttore.

 Incominciamo dal principio.

 Il principio, lo dico schietto e netto, non mi piace.

 Leopardi dice:
 O patria mia, veggo, ec., ec.
 Oyuela traduce:
 Veo, oh patria, los muros, ec.
 Quei due O cosi vicini, mandamo un suono duro, stentato, benchè si elidano.
 Non sarebbe meglio situare le parole come sono nel testo originale?
 Più: Leopardi dice:

 Non vedo il lauro
E il ferro ond'eran carchi
I nostri padri antichi.

 e il signor Oyuela traduce:

No el hierro y los laureles que oprimían
á nuestros viejos padres[4].

 La parola oprimían, non esprime il carchi: si può essere carico di gloria, ma non oppresso dalla gloria; la parola oprimir è adatta quando si referisce alle braccia strette da catene, ma non regge sotto il lauro: è impropria.
 Piu: quel
 viejos padres
non traduce
 I nostri padri antichi.
 Per padre antichi, si deve intendere quei gagliardi che corsero per il mondo e lo dominarono, mentre colla frase viejos padres si allude direttamente alla età senile.
 O Tessaliche strette
dice il Leopardi: e il signor Oyuela traduce:
 O tésalas gargantas.

 Anche in italiano diciamo: gole di monti: ma —come si vede— il traslato è proprio, perchè i due significati sono distinti: dicendo invece: gole tessaliche, il significato si confonde, perchè vi sono anche le "genti tessaliche che hanno le gole.".

 Quindi non mi sembra propria la parola gargantas per esprimere in questo caso un varco di montagne.

 Ho notato questi piccoli difettuci en altri ancora chè non giova menzionare: però, le bellezze, emergono imponenti; a mio credere, mai è stato tradotto cosi bene: "l'armi, qua l'armi" come ha fatto l'Oyuela dicendo:

Un arma, un arma!

 Bellissima è poi la traduzione letterale:

 Alma terra natia
La vita che mi desti ecco ti rendo.

 Stupendi questi versi:

Y sobre la colina
De Antela, en que expirando
Venció á la muerte la legión divina,
Simónides se alzaba
El campo, el mar, el éter contemplando.

 Sembrano non dissimili dall'originale, e anche uguali.
 Tutta la traduzione dell'Oyuela, conserva in gran parte le bellezze dell' originale: quelle che o sono velate, o afumate o totalmente eliminate, non sono per colpa sua: è la lingua spagnuola, che ricace poco malleabile, non tanto al senso, quanto alla fluidità e al suono imitativo della parola.
 La lingua italiana — come la greca — ha più vocali nelle parole, e tutti le voci sono piane, nessuna tronca.
 Ecco la sua dolcezza, la sua scorrevolezza inimitabile.

 Insomma, l'eggregio traduttore ha dato prova di grande ingegno e di sufficente conoscenza dell'idioma italiano, studiandosi di tradurre il più difficile dei nostri poeti, dopo Dante.
 Ce ne rallegriamo, e noi stessi ci sentiamo orgogliosi per la bella opera del signor Oyuela, al quale auguriamo perseveranza nei forti studii e imitatori nella difficile palestra.
 Sappiamo essere suo divisamento tradurre intieramente il Leopardi. Lo crediamo un compito malagevole a condursi a terminare: però con lo studio e la perseveranza, a qualche cosa si riesce sempre.
 In questi tempi nei quali tutti gli sclocchi dei due mondi sono invasi dalla Italofobia acute e incorreggibile, non è piccola consolazione il vedere i giovani di cuore e di mentre eletta attingere a quelle stesse fonti tanto calunniate le proprie ispirazioni [5].
 Coraggio, signor Oyuela; e prosegua con l'occhio della mente e del cuore fisso alla meta.
 Si ricordi che bisogna assolutamente ricorrere ai classici: lì si tempra l'animo e l'intelletto, lì si rivela l'idea e si apprende a rivestirla di forma divina.
 Studiando i classici si diventa poeta, prosatore; spesse volte, l'uno e l'altro.
 Altrimenti, si bela, si canta, si sospira, si piange: ma non si fa della poesia, non si crea.


Luigi F. Spinelli.



  1. Artículo publicado en La Patria Italiana del 15 de Abril de 1883.
  2. Swinburne, Notes on the text of Shelley.
  3. Virgilio soltanto seppe concentrare in un pendamentro, i tre esametri di Omero, scrivendo:
     Annuit, et totum nutu tremefecit Olimpum.
  4. In questa prima edizione l'autore ha corretto in gran parte gli appunti sopra notati.
  5. Nella Rivista dei Due Mondi, si trova scritto: Tutte le lingue, la Francese, la Inglese, la Tedasca e magari anche l'Ottentona, riescono migliori della lingua Italiana per esprimere la dolcezza dei suoni.