Cancion de la campana

OBRAS DEL AUTOR Poesías líricas, baladas

A los amigos Esperanza La canción de la campana Las cuatro edades del mundo Una fantasía fúnebre

ESCRITORES ALEMANES

Arthur Schopenhauer Christoph von Schmid E.T.A. Hoffmann Friedich Schiller Gottfried Wilheim Leibniz Hanns Heinz Ewers Hermann Hesse Hermanos Grimm Johann Wolfgang von Goethe Richard Volkmann Thomas Mann


Afianzado en el suelo fuertemente Ya el molde está de recocida greda; Hoy fabricada la campana queda, Obreros, acudid a la labor. Sudor que brote ardiente Inunde nuestra frente; Que si el cielo nos presta su favor, La obra será renombre del autor.

A la grave tarea que emprendemos Razonamiento sólido conviene: Gustoso y fácil el trabajo corre Cuando sesuda plática se tiene. Los efectos aquí consideremos De un leve impulso a la materia dado: De racional el título se borre Al que nunca en sus obras ha pensado. Joya es la reflexión ilustre y rica, Y dióse al hombre la razón a cuenta De que su pecho con ahinco sienta Cuanto su mano crea y vivifica.

Para que el horno actividad recobre, Trozos echad en él de seco pino, Y oprimida la llama, su camino Búsquese por la cóncava canal. Luego que hierva el cobre, Con él se junte y obre Estaño que desate el material En rápida corriente de metal.

Esa honda taza que la humana diestra Forma en el hoyo manejando el fuego, En alta torre suspendida luego Pregón será de la memoria nuestra. Vencedora del tiempo más remoto Y hablando a raza y raza sucesiva, Plañirá con el triste compasiva, Pía rogando con el fiel devoto. El bien y el mal que en variedad fecundo Lance sobre el mortal destino sabio, Herido el bronce del redondo labio Lo anunciará con majestad al mundo.

Blancas ampollas elevarse he visto; En buen hora: la masa se derrite. La sal de la ceniza precipite Ahora la completa solución. Fuerza es dejar el mixto De espuma desprovisto: Purificada así la fundición, Claro el vaso ha de dar y lleno el son.

Él con el toque de festivo estruendo Solemniza del niño la venida, Que a ciegas entra en la vital carrera, Quieto en la cuna plácida durmiendo. En el seno del tiempo confundida Su suerte venidera, Mísera O placentera, Yace para el infante; Pero el amor y maternal cuidado Colman de dicha su dorada aurora, En tanto, como flecha voladora, Van huyendo los años adelante. Ya esquivo y arrogante El imberbe doncel huye del lado De la niña gentil cuando él nacida, Y al borrascoso golfo de la vida Lanzándose impaciente, Con el báculo se arma del viajero, Vaga de tierra en tierra diferente, Y al techo paternal vuelve extranjero. En juventud allí resplandeciente, Y a un ángel igualándose de bella, Luego a sus ojos brilla La Cándida doncella, Púrpura rebosando su mejilla. Insólito deseo El pecho entonces del mancebo asalta: Ya entre la soledad busca el paseo, Ya de los ojos llanto se le salta, Ya fugitivo del coloquio rudo De antiguos compañeros, que le enoja, Desde lejos le sigue con vergüenza El paso a la beldad: sólo un saludo Mil placeres le inspira; Y de sus galas el vergel despoja Para adornar la recogida trenza Del caro bien por cuyo amor suspira. En aquel anhelar tierno, incesante, Con aquella esperanza dulce y pura, Ye los cielos abiertos el amante, Y anégase en abismos de ventura. ¡Ay! ¿Porqué han de pasar tan de ligero Los bellos días del amor primero?

Esos cañones negrear miramos: Pértiga larga hasta la masa cale; Que si de vidrio revestida sale, No habrá para fundir dificultad. Sus compañeros, vamos, Y pruebas obtengamos De que hicieron pacífica hermandad Los metales de opuesta calidad.

Sí, que del justo enlace De rigidez al par y de ternura, De fuerza y de blandura, La armonía cabal se engendra y nace. Mire quien votos perdurables hace Si con su corazón cuadra el que elige; Que la grata ilusión momentos dura, Y el pesar del error eterno aflige. Asienta bien sobre el cabello hermoso De la virgen modesta La corona nupcial que la engalana, Cuando con golpe y son estrepitoso Convoca la campana De alegre boda a la brillante fiesta: Mas día tan feliz y placentero Del abril de la vida es el postrero; Que al devolver los cónyuges al ara Velo y venda sutiles, Con ellos de su frente se separa La ilusión de los goces juveniles. Rinde al cariño la pasión tributo; Marchítase la flor, madura el fruto; Desde allí entra el varón en lid constante: Verásele afanado y anhelante Pretender, conseguir; veréis que osado Con cien y cien obstáculos embiste Para que su tesón el bien conquiste: Entonces de abundancia rodeado Se encontrará, que por doquier le llega: Su troj rebosa de preciosos dones; Crecen sus posesiones, Y la morada que heredó se agranda, En cuyo íntimo círculo despliega Su celo cuidadosa La vigilante madre, casta esposa. Ella en el reino aquel prudente manda; Reprime al hijo y a la hija instruye: Nunca para su mano laboriosa, Cuyo ordenado tino En rico aumento del caudal refluye, De esa mano, que le hace en remolino Al torno girador, zumbar sonoro, Brota el hilo y al huso se devana: Ella el arca olorosa llena de oro, Ella los paños de escogida lana, Ella la tela de nevado lino Custodia en el armario, que luciente Mantiene la limpieza; Ella une el esplendor a la riqueza, Y al ocio junto a sí jamás consiente.

El padre en esto, sonriendo ufano, Desde alto mirador sobre la casa, Que deja registrar tendido llano, De sus bienes el número repasa. El árbol corpulento Ve de crecidas ramas agobiado; Su granero contempla apuntalado, Y en densas olas al batir del viento Moviendo las espigas el sembrado. Y atrévese a exclamar con vanagloria: «Tan firme como el mismo fundamento Que sostiene la mole de la tierra, Fuerte contra el poder de la desgracia Me hace el tesoro que mi techo encierra.» ¡Oh esperanza ilusoria! ¿Cuál poder eficacia Contra el destino tiene? No hay lazo que sus vuelos encadene, Y antes de prevenir con el amago, Se nos presenta el mal con el estrago.

Bien se parte la escoria recogida: Ya principiar la fundición se puede; Mas antes que la masa libre ruede, Récese una plegaria con fervor. Dad al metal salida. ¡Dios un estrago impida! Río humeante, negro de color, Se abisma en el canal abrasador.

Es el fuego potencia bienhechora Mientras la guía el hombre y bien la emplea, Que a su fuerza divina auxiliadora Deudor entonces es de cuanto crea; Pero plaga se vuelve destructora Cuando una vez de sus cadenas franca, Por la senda que elige libre arranca, Y avanza con fiereza, Salvaje de cruel naturaleza. ¡Ay, si sacude el freno, y ya no hallando Quien resista sus ímpetus violentos, En apiñada población derrama Incendio asolador inmensa llama! Guardan los elementos Rencor a los humanos monumentos. La misma nube cuyo riego blando Los perdidos verdores Devuelve a la pradera que fecunda, Rayos también arroja furibunda. ¿Escucháis en la torre los clamores Lentos y graves que a temor provocan? No hay duda: a fuego tocan. Sangriento el horizonte resplandece, Y ese rojo fulgor no es que amanece. Tumultuoso ruido La calle arriba cunde, Y de humo coronada Se alza con estallido, Y de una casa en otra se difunde, Como el viento veloz, la llamarada, Que en el aire encendiendo Sofocador bochorno, Tuesta la faz cual bocanada de horno. Las largas vigas crujen, Los postes van cayendo, Saltan postigos, quiébransen cristales, Llora el niño, la madre anda aturdida, Y entre las ruinas azorados mugen Mansas reses, perdidos animales. Todo es buscar, probar, hallar huida, Y a todos presta luz en su carrera La noche convertida En día claro por la ardiente hoguera. Corre a porfía en tanto larga hilera De mano en mano el cubo, y recio chorro En empinada comba Lanza agitando el émbolo, la bomba. Mas viene el huracán embravecido: El incendio recibe su socorro Con bárbaro bramido, Y ya más inhumano Cae sobre el depósito indefenso Donde en gavilla aun se guarda el grano, Donde se hacina resecado pienso; Y cebado en aristas y maderas, Gigante se encarama a las esferas, Como en altivo alarde De querer mientras arde No dejar en el globo en que hace riza Sino montes de escombros y ceniza. El hombre en esto, ya sin esperanza Se rinde al golpe que a parar no alcanza, Y atónito cruzándose de brazos, Ve sus obras yacer hechas pedazos.

Desiertos y abrasados paredones Quedan allí, desolador vacío, Juguete ya del aquilón bravio. Sin puertas y sin marco los balcones, Bocas de cueva son de aspecto extraño, Y el horror en su hueco señorea, Mientras allá en la altura se recrea Tropel de nubes en mirar el daño.

Vuelve el hombre los ojos Por la postrera vez a los despojos Del esplendor pasado, Y el bastón coge luego de viandante Sonriendo tranquilo y resignado. Consuelo dulce su valor inflama. El fuego devorante Le privó de su próspera fortuna; Mas cuenta, y ve que de las vidas que ama No le faltó ninguna.

El líquido en la tierra se ha sumido; El molde se llenó dichosamente: ¡Ojalá a nuestra vista se presente Obra que premie el arte y el afán! ¿Si el bronce se ha perdido? ¿Si el molde ha perecido? Nuestras fatigas esperanzas dan; Mas ¡ay! ¡si destruidas estarán!

Al seno tenebroso De la próvida tierra confiamos La labor cuyo logro deseamos. Así con fe sencilla Confía el campesino laborioso Al surco la semilla, Y humilde espera en la bondad celeste Que germen copiosísimo le preste. Semilla más preciosa todavía Entre luto y lamentos se le fía A la madre común de lo viviente; Pero también el sembrador espera Que del sepulcro salga floreciente A vida más feliz y duradera.

Son pausado, Funeral, Se ha escuchado En la torre parroquial. Y nos dice el son severo Que un mortal Hace el viaje lastimero Que es el último y final.

¡Ay, que es la esposa de memoria grata! ¡Ay, que es la tierna madre, a quien celosa El rey de los sepulcros arrebata Del lado del esposo, Del cerco de los hijos amorosos, Frutos lozanos de su casto seno, Que miraba crecer en su regazo, Su amante corazón de gozo lleno! Roto ya queda el delicioso lazo Que las dichas domésticas unía. La esposa habita la región sombría; Falta al hogar su diligente brazo Siempre al trabajo presto, Su cuidado, su aliño; Falta la madre, y huérfano su puesto, Lo usurpará una extraña sin cariño.

En tanto que se cuaja en sus prisiones El vertido metal, no se trabaje, Y libre como el ave en el ramaje, Satisfaga su gusto cada cual. Si al toque de oraciones, Libre de obligaciones Ve los astros lucir el oficial, Sigue el maestro con tarea igual.

Cruza con ágil pie la selva espesa Gozoso ya el peón, bien cual ausente Que al patrio techo próximo se siente. Abandona el ganado la dehesa, Y en son discorde juntan El cordero su tímido balido, Y el áspero mugido La lucia vaca de espaciosa frente; Caminando al establo que barruntan. A duras penas llega Atestado de mies a la alquería Bamboleando el carro; y en los haces Una corona empínase y despliega Colores diferentes y vivaces, Fausta señal de que empezó la siega. El pueblo agricultor con alegría Se agolpa al baile y al placer se entrega. La ciudad mientras tanto se sosiega, Según desembaraza El gentío las calles y la plaza, Formando en amigable compañía Las familias el corro de costumbre, Ya en torno de la luz, ya de la lumbre. Cierra la puerta de la villa el guarda, Y ella cruje al partir del recio muro. La tierra se encapota en negro manto; Pero el hombre de bien duerme seguro. No la sombra nocturna le acobarda Como al vil criminal, ni con espanto Pesadilla horrorosa le desvela; No; de reposo regalado y puro Disfruta la virtud: un centinela, La previsora Ley, su sueño vela.

¡Preciosa emanación del Ser Divino, Salud de los mortales, orden santo!

Mi labio te bendiga. La estirpe humana que a la tierra vino En completa igualdad, por ti se liga Con vínculo feliz, que sin quebranto Guarda a todos su bien. Tú sólo fuiste Quien allá en la niñez de las edades Los cimientos echó de las ciudades; Tú al salvaje le hiciste Dejar la vida montaraz y triste; Tú en la grosera prístina cabaña Penetraste A verter el dulce encanto Que a las costumbres dulces acompaña; Tú creaste ese ardor de precio tanto, Ese AMOR DE LA PATRIA sacrosanto.

Por ti mil brazos en alegre alianza Reconcentran su fuerza y ardimiento, Y a un punto dirigida su pujanza, Cobra la industria raudo movimiento. Maestro y oficial en confianza De que les da la libertad su escudo, Redoblan el ardor de sus afanes; Y cada cual contento Con el lugar que conquistarse pudo, Fieros desprecian con desdén sañudo La mofa de los ricos haraganes. Es la fuente del bien del ciudadano. Es su honor el trabajo y su ornamento. ¡Gloria a la majestad del soberano! ¡Gloria al útil sudor del artesano!

Paz y quietud benigna, Unión consoladora, Sed de estos muros siempre Benéfica custodia. Nunca amanezca el día En que enemigas hordas Perturben el reposo De que este valle goza. Nunca ese cielo puro Que plácido colora La tarde con matices De leve tinta roja, Refleje con la hoguera Terrible y espantosa De un pueblo que devasta La guerra matadora.

Esa fábrica endeble y pasajera Fuerza es, pues ya sirvió, que se destroce Y ojos y corazón nos alboroce Obra que salga limpia de lunar. Recio el martillo hiera: Salte la chapa entera. La campana veréis resucitar, Cayendo su cubierta circular.

Sabe con segura mano, Sabe en momento oportuno Romper el maestro el molde Cuya estructura dispuso; Mas ¡ay, si el líquido ardiente Quebranta indómito el yugo, Y en vivo raudal de llama Discurre al antojo suyo! Con el bramido del trueno, Con ciego y bárbaro impulso, Estalla, y la angosta cárcel Quiebra en pedazos menudos; Y cual si fuese una boca De los abismos profundos, Estragos tan sólo deja En el lugar donde estuvo. Que fuerza a quien no dirige La inteligencia su rumbo, No en creaciones, en ruinas Emplea su empuje rudo, Cual pueblo que se subleva, En cuyo feroz tumulto Desgracias hay para todos Y bienes para ninguno (1).

Horrible es en las ciudades Donde, hacinado y oculto, Sedicioso combustible Largamente se mantuvo, Verlo de repente arder, Y alzarse un pueblo iracundo, Rompiendo en propia defensa Hierros de dominio injusto. Entonces la rebelión, Dando feroces aúllos, Del tiro de la campana Se suspende por los puños, Y el pacífico instrumento, Órgano grave del culto, Da profanado la seña Del atropello y disturbio. La LIBERTAD, la IGUALDAD Se proclama en grito agudo; Y el tranquilo ciudadano Cierra el taller y el estudio, Y échase encima las armas, Zozobroso y mal seguro. Los pórticos y las calles Se llenan de inmenso vulgo, Libres vagando por ellas Los asesinos en grupos. Revístense las mujeres De la fiereza del bruto, Y al terror de la matanza Unen la befa, el insulto, Y con dientes de pantera Despedazan sin escrúpulo El corazón palpitante Del contrario aun no difunto. Desaparece el respeto; Nada es ya sacro ni augusto: El bueno cede el lugar Al malvado inverecundo; Y los vicios y los males, Entronizándose juntos, Envanecidos pasean La carroza de su triunfo. Peligroso es inquietar El sueño al león sañudo; Terrible es el corvo diente Del tigre ágil y robusto; Mas no hay peligro más grande Ni de terror más profundo, Que el frenesí de los hombres Poblador de los sepulcros. ¡Mal haya quien en las manos Al ciego la luz le puso! A él no le alumbra, y con ella Se puede abrasar el mundo.

¡Ah!, nos oyó la celestial grandeza. Ved salir de la rústica envoltura, Como dorada estrella que fulgura, Terso y luciente el vaso atronador. Del borde a la cabeza Relumbra con viveza, Y el escudo estampado con primor Deja contento el hábil escultor.

Acudid en tropel, compañeros, Y según la costumbre cristiana, Bauticemos aquí la campana Que Concordia por nombre tendrá. Para amarnos al mundo vinimos, Y es la unión la ventura del hombre; Con su voz la campana y su nombre De esa unión pregonera será.

Que ese es el futuro empleo, Ese es el fin para el cual El artífice, su amor, La ha querido fabricar. Levantada sobre el valle De la vida terrenal, En medio del éter puro Suspensa debe quedar; Y vecina de las nubes Que engendran la tempestad, Y rayando en los confines De la región sideral, Habrá de ser desde allí Una voz divina más Que alterne con las estrellas, Que en su giro regular La gloria de Dios pregonan Y leyes al año dan. Sólo pensamientos graves Inspire a la humanidad, Cuando con sonoro acento Mueva el labio de metal. Sirva al tiempo y al destino De lengua para contar La rapidez de las horas Y el curso del bien y el mal; Siguiendo siempre, aunque ajena De sentir gozo y piedad, Las mudanzas que en la vida Se suceden sin cesar. El propio sonido suyo, Cuyo armónico raudal Pujante el espacio llena Y se oye y pasa fugaz, Imagen es que nos dice Que así presuroso va Todo en la tierra a perderse En la inmensa eternidad.

Ahora, con el cable retorcido, Salga del foso ya, Y ascienda a las regiones del sonido, Al aire celestial. Tirad, alzad, subid. Ya se ha movido: Ya suspendida está.— ¡Resuene, oh patria, su primer tañido Con la gozosa nueva de la paz!