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Campeada
de Godofredo Daireaux



El temporal fue terrible; durante tres días y tres noches, el viento, sur neto, cosa rara, castigó sin cesar, con los millones de agujas de una lluvia helada, las haciendas desparramadas sin reparo en la campaña pampeana.

Antes de dejar la querencia, el animal lucha, sufre, mientras puede, los cintarazos de la lluvia con viento, y si, en el primer momento, ha disparado, pronto se paró en el límite del campo donde ha nacido y se ha criado. Se encoge, tirita, resiste, las ancas al viento; pero si éste sigue penetrando las carnes, como látigo mojado, cortando el cutis, helando los huesos, ya, paso a paso, el animal, con pesar, franquea despacio la línea y entra en campo ajeno.

Camina, sin dar vuelta la cabeza, como dirigida por el huracán; desviando si desvía éste, parándose, si deja de soplar y de arrearlo con su incansable rebenque.

Aquella vez, el viento no paró ni un rato, durante setenta horas; arreando sin descanso las haciendas enloquecidas y rendidas, de todo el sur de la Provincia, desviando sólo un poco al sur este, en la última noche del temporal.

Los arroyos crecidos vieron formarse en su cauce tajamares de carne, con manadas enteras de yeguas caídas unas encima de otras, enceguecidas; hecatombes como nunca las vieron iguales los dioses más temidos de la antigüedad.

Desgraciado del animal que no ha llegado para cruzar el arroyo, antes que éste haya crecido; la fuerza de la corriente, la lluvia helada, la extenuación producida por el frío y la marcha lo paralizan, y ahí no más, se ahoga, sin remedio. En la ribera, las lecheras recién paridas recorren balando la barranca, con sus terneritos endebles, buscando paso para salvar su prole, y no encontrándolo, allí mueren con ella. Lo mismo pasa en cualquier recoveco de alambrado que no alcancen a evitar los animales en marcha; y, amontonándose para tratar de calentarse, pronto encuentran, en fúnebre promiscuidad, el frío que no se quita.

Al acabarse la tercera noche, dejó por fin de llover; cuando el pampero limpió el cielo, y el sol, arrepentido de tan larga deserción, hizo resplandecer su luz alegre en los campos inundados y en las lomas sembradas de cadáveres, los estancieros vieron con desconsuelo que lo que no había muerto había huido; que de los animales muertos en sus campos, pocos llevaban las marcas de sus establecimientos, sino las de estancias situadas a diez leguas más al sur, y pudieron así calcular que sus propios animales tenían que estar también a diez leguas más al norte, desparramados o muertos.

No hubo más que hacer que empezar a cuerear los ajenos, para cobrar de sus dueños, cuando viniesen a reclamar los cueros, la comisión correspondiente; ¡y ojalá! que allá también, a diez leguas, prestaran los vecinos el mismo servicio.

¡Changa linda para el pobrerío! y si el viento sur ha soplado feo para el hacendado, lo bendice el gauchaje. ¡A cuerear, muchachos, que todo sirve para un caso de esos, los niños y los viejos; y por tal que tengan un cuchillo en la cintura, no les han de faltar chairas!

-¡Las vainas, son las que no faltan, digo yo, en ese mundo bendito! -rezongaba don Juan Valverde, al contemplar el tendal de sus mejores vacas, las tamberas, muertas allí todas, en el mismo corral donde las habían encerrado, creyendo salvarlas así, mientras las otras se habían mandado mudar y andaban quién sabe dónde.

Y mientras la cuereada hacía por todas partes colorear y relucir al sol las osamentas, festín opíparo para los chimangos gritones, empezaban a volver, en pequeños grupos, caballos, yeguas y vacunos, en busca de la querencia abandonada. Mixturados como, después de una derrota, soldados de varias armas, se venían, punteando por entre los cañadones, vacunos y yeguarizos, juntos y de todas marcas: y salían los estancieros al encuentro, a revisar y apartar los que conocían ser de ellos.

Don Juan Valverde, desesperado, al ver que sólo dos vacas le habían vuelto, creyó ya sin remedio su desgracia; pero, siquiera, quiso saber si era cierto que hubieran muerto todas y dónde estaban los cueros. Casi todos sus caballos habían desaparecido; y sólo, uno por uno, iban volviendo los más viejos. Una yegua chúcara acababa de tener cría; la mandó agarrar, le metió el cencerro, la maneó, encerró con ella en el corral, durante toda la noche, todos los mancarrones y potros que venían cayendo a la querencia, y a la madrugada del día siguiente, arreando con dos peones su tropilla improvisada, heteróclita, de caballos de todos pelos, de todas edades, de bichocos y de redomones, con madrina chúcara y potrillo recién nacido, emprendió la campaña.

En el cañadón, nada; ni rastro. ¿Se habían ahogado las vacas en el arroyo? Parece que no: en la ribera son de otras marcas las que se están cuereando. Se cruza el arroyo; el potrillo guapea; a los relinchos de la madre, entró en el agua, y salió bien al otro lado: a duras penas, pero salió; ya es gente.

Después de descansar un rato, haciendo mil suposiciones sobre la suerte final de la hacienda, se sigue viaje. Pronto se va a llegar a un alambrado grande, y se divisan desde lejos los montones de osamentas frescas que están desollando numerosos peones; late el corazón al pensar que quizá sean justamente las vacas de la estancia. Por la dirección del viento, cuando el temporal, allí han de haber pasado; habrán cruzado el arroyo antes que creciera, para venir a embolsarse en el alambrado y morir.

Peones conocidos de don Juan Valverde están ocupados, alegres ellos, en la triste tarea. Y mientras él se acerca, sin atreverse a formular la pregunta que le quema los labios, por temor a la respuesta:

-Buenos días, don Juan -le grita uno de ellos-; ¿qué le parece el rodeíto? Mansitas ¡eh! las boconas de la Rosalía; parece que todas han venido a espichar aquí. ¡Mire qué montones! -y sin esperar la pregunta de don Juan, agregó-: ¿Está campeando las suyas, don Juan? Sabe que no he visto ninguna de su marca. Han de haber pasado rozando el alambrado, y andarán por allá, no más. Lo que sí, debe de ser una mixtura regular y deben de estar algo lejos.

Valverde cobró ánimo, al saber que sus animales no estaban allí, en el tendal, y dándole al hombre las gracias por la noticia, siguió costeando el alambrado, destacando, de vez en cuando, a uno de sus peones para dar una batida y revisar de cerca todas las haciendas que se veían.

Solamente a cuatro leguas de la estancia, encontraron dos vacas viejas, de la culata del rodeo, comiendo con toda tranquilidad; la deducción era fácil. Cansadas de tanto andar, se habían echado, al reparo de unas pajas que ahí estaban, y así, bien protegidas contra los furores del viento, se lo habían estado pasando, mal que mal, hasta que cesó el temporal.

El hallazgo fue como una sonrisa de la suerte: las otras, más guapas o menos baqueanas, habían seguido caminando, pero era imposible que estuvieran muy lejos; y si estas dos, viejas y deshechas, habían resistido, con más razón aún, tenían las otras que estar vivas.

Y casi alegres, ya, sin abrigar dudas sobre el resultado pronto y favorable de la campeada, siguieron camino, con los ojos más abiertos que nunca. Pero en vano, y galoparon leguas, recorriendo el campo por todos lados, preguntando a los transeúntes que encontraban -campeadores, también, muchos de ellos-, si habían visto animales de la marca de la tropilla que llevaban, dando las señas que podían haber llamado la atención: el toro colorado tapado, de la contramarca Fernández, dos vacas huevo de pato que siempre andaban juntas, y un novillo descornado, y las señales de las orejas.

Nada. ¿Entonces, qué? ya empezaban los alambrados intrincados de las chacras del pueblo. Si hasta aquí han llegado y se han metido en los callejones, hechos pantanos, han perecido todas, y los cueros habrán servido para surtir de huascas a los chacareros, como parecía contarlo la presencia de tantas osamentas despojadas, yacentes en el fangal. Imposible que ninguna haya salido con vida de semejante dédalo, poblado de labradores tan hambrientos de carne ajena como los mismos indios.

Y fue cosa de ir de rancho en rancho, de chacra en chacra, durante tres días, recogiendo sólo datos vagos, contradictorios, que no tenían más utilidad que de conservar medio encendido el fuego de la esperanza.

Hasta que hilando todos estos datos, se acabó por convencer don Juan Valverde que, por la misma bendita casualidad que le había hecho cruzar el arroyo antes de la creciente, y rozar el alambrado sin embolsarse en él, su hacienda había pasado por la extremidad de las chacras, desviándose con el viento, cuando pasó del sur al sur-este, sin pararse, y en momentos que, ni a palos, hubieran salido los habitantes de sus casas, por el frío, el agua y la noche; y que así, debía de haberse parado del otro lado del pueblo. Y siguiendo más al norte-oeste, empezó a encontrar desparramados en puntas, por las estanzuelas linderas del pueblo, los animales de su marca, y muchos de sus vecinos.

Volvió a los siete días, arreando, como en triunfo, toda su hacienda recuperada, y trayendo a los conocidos noticias ciertas de sus animales, en peligro de perderse, a diez leguas de la querencia, mientras que los amos y los capataces, con pretexto de campear, se quedaban tomando mate y bobeando en todos los ranchos de la vecindad.


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Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: