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Buenos días


Buenos días
de Felisberto Hernández


[Viaje a Farmi]

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Daré algunas noticias autobiográficas. Jamás se dan todas. Color de pelo negro y 38 años. Mi primer cartel –y casi el único, porque después que el mundo se hace una idea de una persona, le cuesta mucho hacerse una segunda o corregir la primera. Mi primer cartel lo tuve en música. Pero los juicios que más me enorgullecen los he tenido por lo que he escrito. No sé si lo que he escrito es la actitud de un filósofo valiéndose de medios artísticos para dar su conocimiento, o es la de un artista que toma para su arte temas filosóficos. Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé, pues no creo que solamente se debe escribir lo que se sabe. Y desconfío de los que en estas cuestiones pretenden saber mucho, claro y seguro. Lo que aprendí es desordenado con respecto a épocas, autores, doctrinas y demás formas ordenadas del conocimiento. Aunque para mí tengo cierto orden con respecto a mi marcha en problemas y asuntos. Pero me seduce cierto desorden que encuentro en la realidad y en los aspectos de su misterio. Y aquí se encuentran mi filosofía y mi arte. Soy un espectador ávido, extrañado –y otros calificativos o matices que ahora no tengo ganas de buscar– aun en los momentos en que la acción es furiosa, complicada, etc. Siempre me estoy dejando conceptuar. No sólo me gusta viajar por distintas ciudades, sino por artes y ciencias. Tal vez sea como el pato que no vuela ni corre ni nada. Entonces diré que he sido un pato alegre algunas veces y un pato triste otras. Algunos me deben creer un pato extraviado. Y es que a veces me siento inefable en mi extravío. Algunos amigos filósofos llaman a este pato con ellos y le sugieren que no abandone el pensamiento filosófico. Algunos literatos llaman a este pato con ellos y le sugieren el terror que les inspira el drama del pensamiento, y a veces lo consideran algo peor, y a veces desean justificarse más o menos en block, ante lo que no han visto. Algunos amigos filósofos y literatos corren a este pato para la música, diciéndole que allí está su vocación, sus condiciones, su vena. Y viceversa le ha ocurrido con algunos amigos músicos. Pero todos, desde su punto, creen que lo ven todo. Y esto es cierto, porque cada cual ve todo con lo que tiene.

Por fin diré que tengo algunos amigos que toleran y hasta sienten curiosidad por los ritmos y los elementos heterogéneos que desfilan y se transforman en la secuencia de mi realidad.

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Por fin he podido acomodarme más o menos cómodamente, para taquigrafiar pensamientos, cosas, hechos, lo que sea, antes que el avión llegue a Farmi. El hule negro de la libreta se me pega en la piel de la pierna cruzada, y eso me molesta. También me inhibe para concentrarme, la forma de las rodillas de la mujer que es mi compañera de asiento: tiene las rodillas puntiagudas como las de Cristo Crucificado.

Y sin embargo el muslo empieza a ensancharse desproporcionadamente y forma una curva de ventana gótica. Bueno, trataré de pensar en Farmi. La primera vez que fui a Farmi, me sorprendí como ante ninguna otra de todas las ciudades que visité en el mundo. Antes de ir por primera vez me habían dicho que era una ciudad nudista y de las más adelantadas a causa... –Para peor se ha pintado las rodillas de rojo sangre–... Precisamente, en el avión donde hice mi primer viaje a Farmi, recién en el avión, me dijeron que en esa región antes había doce montañas y ahora había once porque habían desintegrado una –cuando las primeras experiencias de la desintegración de la materia. Y allí, en el lugar que antes ocupaba la montaña, habían fundado a Farmi. En los primeros días yo tenía miedo... –Puso la mano encima de la rodilla, sin duda ha sentido mi mirada como si hubiera tenido un reflejo muy sensible en la rodilla–... Tenía miedo que también se desintegrara la ciudad y no quería morir siendo tragado por tierra desintegrada. Porque todavía no se sabe... –distraída sacó la mano de la rodilla pero la volvió a poner rápidamente–... si más adelante se desintegrará, como tampoco se sabe el efecto futuro de inyecciones que inmediatamente curan. Hace algunos segundos el guarda abrió la puerta que comunica con el piloto y al ver la cabeza de éste me pareció la de un imbécil. Y eso es porque le tomé fastidio a causa de una mala maniobra, y ahora asociando la mala maniobra a la forma de la cabeza me parece un idiota. Claro que esto puede ser una injusticia porque un buen piloto puede hacer una mala maniobra, o parecerme a mí, etc. Pero es que yo tengo una larga historia contra los que guían o los que tienen mi vida en sus manos. Ahora, sólo diré que confío en que un piloto tendrá cuidado de no quitarme la vida en un accidente, contando con que él temerá perder la suya. A pesar que un andaluz decía: “Permita dió que subas en un avión y a siete mil metros de artura descubras que er piloto es un loco escapao”. Además hay pilotos prepotentes que se juegan en una experiencia, involucrando la vida de los pasajeros en su “jugada”, y precisamente, el saber que también juegan lo que no es de ellos les aumenta la emoción. Por otra parte, como van aburridos... –Por fin el guarda cerró la puerta–. Mi compañera lee un libro que tiene en el título la palabra “sueños”. La primera vez que fui a Farmi sentí en una conversación que un fulano había soñado no sé qué cosa, y el relato lo sentí como de costado, sin hacer mucho caso. Al poco rato oí que una muchacha le decía a otra: “Esa misma noche yo soñé...”. –El guarda volvió a abrir la puerta y vi al piloto de perfil; me sorprendió que el perfil no era como yo lo había imaginado cuando le vi la parte de atrás de la cabeza. Sin duda que visto de frente tendrá otra expresión, porque esto ya me ha ocurrido otras veces–. Entonces, al oír hablar otra vez del sueño me dije: “Parece que en esta ciudad se sueña mucho. ¿Será el clima, será la desintegración?”. Pero en seguida pensé en la manía de los deducidores, que viendo dos hechos parecidos en determinada circunstancia, ya empiezan a buscar una causa común. Así muchos sabios han descubierto grandes cosas, pero también cuántos chascos y cuánta manía de relacionismo. Sin embargo, en Farmi... –Mi compañera ha llamado al guarda y le empezó a preguntar cosas de la línea de aviones y de la hora de llegada. Yo al principio atendí, pero después, aprovechando que ella tenía la cabeza dada vuelta hacia el guarda, le miré el vientre donde tiene pintado también de rojo, esas circunferencias concéntricas que se dibujan para el tiro al blanco. Estas cosas no las podré contar a Eutilodia, porque aunque finja gran interés por mis observaciones, después irá a hacerse psicoanalizar. A propósito de los sueños que hoy venía apuntando: quería decir que Farmi es la ciudad o punto neurálgico de la civilización. Según su comisión fundadora y dirigente, la mejor civilización comprende: en parte un acercamiento a la naturaleza, y en parte seguir los caminos más modernos emprendidos por la ciencia. Allí se vive desnudo, la gimnasia y la alimentación es racional y muchas cosas más. Pero creo que lo más extraordinario lo han provocado los psicoanalistas. Todos los especialistas más... Después de tanto poner la mano en la rodilla y qué sé yo, ahora resulta que ha querido entrar en conversación hablándome de lo que tardan estos aviones. Yo solté un “es verdad” con voz rara, extraña a mí mismo, pero en seguida he carraspeado y tomado la actitud de escribir. Pero por un rato no me fue posible. Después pensé reanudar la conversación, pero si entre las sorpresas que me prepara Eutilodia para cuando llego la de hoy se cuenta entre las de venir a recibirme a la aduana, y me ve con esta otra, tendré oportunidad de ver que Eutilodia es de las que se acercan demasiado a la naturaleza. Además, en cada amor me gusta entregarme, como un adolescente, en una pasión honda y exclusiva. Tal vez sienta placer en realizar el amor como un farsante complicado. ¡Qué mala persona soy! ¡Y cuánto me apena esto! ¡Una vez hice una cosa tan ridícula! Estábamos jugando a las cartas y de pronto le dije: “Eutilodia, no te puedo traicionar ni en el juego a la baraja; tengo una carta con la que vengo pensando un plan para hacerte caer, y ahora no puedo, aquí está”. Y solté las cartas en la mesa. Jamás vi nada más falso. Pero mucho más canalla fui cuando ella se conmovió, me dio un beso en la frente y yo no le dije que todo aquello era una farsa. Sin embargo, yo creo que ella tampoco estuvo muy natural con aquella manera teatral de besarme en la frente. Tal vez tuviera razón el doctor Johannberg cuando nos dijo que “combinábamos” muy bien. –¡Algunos de los coloquios conmigo mismo me dejan tan mal! ¡Me parecen tan cínicos!– A veces, cuando tengo un nuevo amor estoy tan contento que en esa alegría me prometo renunciar y ser fiel al antiguo. Pero bien sé yo que esa alegría me la da el nuevo y que al rato me entregaré con más fruición a traicionar. Mi médico me decía que mi infidelidad tenía origen bíblico... Por fin se ven las nubes de Farmi. Son nubes artificiales que contienen combustibles. Hay una de ellas a rayas blancas y negras que es una cárcel, por eso en Farmi ir al cielo significa también algo horrible... Yo no creía que Eutilodia y yo combináramos bien, y eso para mí tenía el encanto de traicionar al médico también... Ya cerró el libro; era el que yo suponía; capaz que me vuelve a dirigir la palabra... Cuando todavía yo no sabía que lo de los sueños, o el interés en ellos, era provocado por los psicoanalistas, aquel mismo día que oí hablar de ellos, pasaba por un café y entré. Cerca del mostrador uno le dijo a otro: “Tú sueñas con tal cosa y eso significa tal otra”. Se fueron a las manos y yo me mandé mudar antes que llegara la policía. Pero aún no supe hasta algunos días después, cuando me mudé a un nuevo hotel, que allí el psicoanálisis era una industria, que junto a su verdad –como en tantas otras cosas– se había hecho una especulación infame y se había exagerado y deformado esa verdad. Por lo pronto... –Ha dicho “parece que llegaremos” y yo he tentado la conversación, o su continuidad. En la aduana le diré que tengo que salir precipitadamente. Pero mientras revisan tendré tiempo de algunas observaciones (por decir de alguna manera).

* * *

He conseguido “mi pieza” en este hotel. Tiene una mesa con un travesaño en el cual, poniendo el pie me he sentido tan cómodo que de eso ha dependido mi manera de conceptuar la vida en muchos instantes. En el techo hay una luz en tubo que forma un cuadro y dentro el aviso del doctor Johannberg. –Siempre siguen ingeniándose para meternos los avisos en la sangre. No hay más remedio que verlo en la noche, al mirar al techo, y de mañana, al despertarse. La primera vez que vine le pregunté a la camarera si no había otra habitación sin aquel letrero, y me contestó que todas lo tenían. Y así supe algo –lo que ella me supo decir– de los psicoanalistas. Más tarde me contaron, que para excitar la fantasía, para tener más material simbólico de trabajo y para enriquecer las discriminaciones de los clientes, es que provocaron la moda de pintarse el cuerpo con símbolos de toda especie e intención, que para eso provocaban el estudio de cuanta tribu se conocía o se descubría en expediciones a propósito.

Antes que me olvide, apuntaré lo que pasé esta mañana. Mi compañera resultó llamarse Trisca. En la aduana conversamos muy poco porque a pesar de no estar Eutilodia, a Trisca le esperaba un joven con quien cambiaba libretas –ya veremos qué es eso. Trisca venía de un lugar semi-nudista, pues se notaba que un calzoncillo oscuro había servido de negativo dejando marcado en su cuerpo un positivo más claro que lo demás de la piel. Ella pasó adelante y yo pensé que era para que la viera. Los muslos con curva de ventana ojival invertida le quedaban muy bien, pero sus caderas son un tanto cuadradas y forman dos grandes bultos casi próximos a la cintura. Su cabello pajizo es un poco raquítico y apenas le llega a los homóplatos. Llevaba pintadas las vértebras de la espina dorsal de plateado y un pez en cada pulmón. Si ella se hubiera quedado detrás mío hubiera visto las dos “eses” que me había pintado yo en los pulmones y me hubiera preguntado qué significaban –por más que el interés de una mujer por los símbolos de un hombre es un principio de compromiso. Mis “eses” eran una sorpresa para corresponder a la que seguramente me tenía preparada Eutilodia. Y yo pensé prepararle otra para después de nuestro encuentro. A ella siempre le gustaba verme la última cuando nos despedíamos, y entonces, esta vez, al irme se fijaría en mis espaldas y se encontraría con las dos eses que en nuestro sobreentendido amoroso quieren decir: “Siempre sí”, símbolo que le halaga mucho por la perspectiva de asentir a sus caprichos.

Los ojos de Trisca son verdes, grandes y también dejan ver gran parte de la córnea. Eso le da ingenuidad sentimental. Y todavía, de su cara ovalada cae un poco la mandíbula y entreabre la boca. Pero la máxima ingenuidad está en no darse cuenta de lo mal que le queda la manera de pintarse la boca: es pequeña y ella quiere que sea grande. Parece una actriz que se ha pintado los labios para hacer un papel de negra. Yo tenía un poco de malestar al desear hablarle estando detrás de ella. El tiempo pasaba. Tal vez ella pensara lo mismo. (¡Qué pretensión, pero yo estaba en actitud de esperar algo!...) Otra vez más me encontraba ante la cobarde vergüenza de esperar que fuera ella la iniciadora. Yo sé que esto les fastidia mucho a ciertas mujeres. Mientras puedo aparentar desinterés todo va bien. Además ellas piensan que se dan cuenta antes que yo mismo de mi propio interés. Pero cuando descubren que es por timidez, ya es otra cosa. Hay algunas atrevidas a las cuales les gusta el tímido y lo ayudan... Tal vez se sientan un poco por encima de él, o lo sientan niño, o sean provocadas en su instinto maternal. Pero en seguida algo horrible ocurre conmigo mismo: todavía que las voy a traicionar, pretendo que el trabajo lo hagan ellas. Y después, para remache, ellas tienen que cargar con la culpa cuando las haya traicionado, pues fueron ellas las que empezaron. ¡Qué bajezas se producen en el ser humano! La comodidad para los placeres y conveniencias que suelen tomarse los hombres como yo, son de un cinismo infinito. ¡Y dicen que es la naturaleza espontánea! Cuando era adolescente, pensaba que la cosa ocurría como en una partida de ajedrez, que triunfaba el que tuviera más talento, y que la diferencia sólo estaba en que en el ajedrez intervenían menos elementos de la personalidad, que en este juego. Además aquí había un placer biológico, primitivo de la “caza” y de la “pesca”. No importaba que la forma de matar fuera distinta, que se desgarrara y se destrozara en los sentimientos. Estamos en plena naturaleza, en un parcial retorno a ella y en el que el pez grande se come al chico o el fuerte revienta al débil. Tal vez no sea retorno, tal vez en otras épocas no se haya admitido la justificación de ese estado natural y nada más; tal vez la historia no nos haya mostrado todas las carnicerías. Pero hoy tenemos curiosas justificaciones. Una de las cosas que pasará a la historia como especialidad de nuestra época, será la inteligencia para justificar “lo que venga”, y con las más ingeniosas teorías y mezclas de la verdad y la mentira. Ahora mismo, yo pretendo justificarme comprendiendo, siendo consciente de mi cinismo. Cuando adolescente la comprendía de otra manera. El destino, la naturaleza, la libertad, la irresponsabilidad, el diablo a cuatro, es fatal, cae tan naturalmente como la piedra en cabeza de otro, previo juego natural de nuestros sentimientos y nuestros músculos para el lanzamiento. El verdadero intercambio social lo enseña la naturaleza, salvo el caso en que tomamos lo que nos conviene de lo más nuevo y adelantado de la civilización. Pero tomamos lo que sea nuevo en la forma aunque viejo en su egoísmo profundo de placer. Placer de la mañana a la noche. Y después el placer de comprender esto mismo, del discurso hablado sin decir que es uno mismo, o echado en una mesa, largando con el sensualismo de correr en el desierto blanco de papel, el caballo fuerte y ágil de la inteligencia, y el placer de esta misma metáfora, etc., etc., etc. Y comprendiendo que es un impudor decirlo –aunque de originalidad literaria–, y así disparamos la inteligencia y la imbecilidad en una misma andanada.

Claro que aunque esta mañana no pensara esto, llegué a sentir algo parecido, algo que tenía que ver con el desarrollo de este discurso, y este discurso en que ahora tendía a quedarme, a dormirme con sueño de pesadilla, era uno de los sentimientos que intervenían en aquellos instantes, y es el que más siento ahora. Trisca dio vuelta de pronto la cabeza, hizo un movimiento con la mano que le debe haber parecido elegante, y la pulsera de colmillos le bajó en dirección al codo. Se apoyó sobre el lado derecho, y aflojando la pierna y relajando todo el lado izquierdo del cuerpo me dijo: “Voy a ser curiosa...”. Apenas había empezado a hablar, el que estaba delante de ella inició la marcha; ella se dio cuenta que la fila se movía, pero prefirió terminar la pregunta muy tranquilamente: “¿Usted es psicoanalista?”. El que venía detrás me tocó la espalda con los dedos. En seguida yo hice mención de tocarla a ella; abrí los brazos como si fuera a echarle una bendición; con ese movimiento amenazaba embolsar una parte de sus antebrazos en el hueco de mis manos; ella aún se detuvo un instante pero yo no terminé el movimiento. Por fin anduvo. Mientras tanto yo ya le había dicho: “Me gustaría serlo pero no lo soy”. Con la cabeza mirando al frente dejó escapar un “ah” casi suspiro de alivio. “¿Por qué ese ah?” “Porque ante los psicoanalistas no se puede hablar ni hacer nada, de todo deducen lo que se les antoja, y lo peor es que lo aseguran. No digo que algunas veces no acierten, pero también nos atribuyen cada cosa!” Le entregaron su graciosa bolsa que le llegaba hasta el suelo y que tenía en su base un armazón y cuatro rueditas. Mi rueda-equipaje ya era conocida allí; pero Trisca se prendó de ella y quiso hacerla andar –una gran rueda de cuero de más de un metro de diámetro y un espesor de cuarenta centímetros; de cada lado del borde sale una pestaña de diez centímetros que es de goma dura y asegura la duración en el roce con el piso, y entre las pestañas pequeños travesaños de madera a cortos intervalos y por donde se la toma para hacerla andar. En la mesa de documentos es que vi su nombre y una fotografía que tentaba a reírse por mucho rato: le habían quedado los ojos cómicamente sorprendidos y muy abiertos, la posición de la cabeza no era suya y el redondel pintado alrededor de la boca hacía pensar fatalmente en una clownesa. Me dijo que no lo mirara, pero ella miró el mío y mi nombre y pseudónimo –en aquellas regiones todo el mundo lo usa; en Farmi da lugar a que siga la fantasía en eso también, pero tienen que usar siempre el mismo porque se inscribe junto al nombre auténtico, y cambiarlo cuesta mucho dinero y molestias. El mío es Gorno. Ella miró la puerta de entrada, levantó los ojos al cielo dando vuelta la cabeza y se quedó colorada por aquel gesto que yo había visto y que evidentemente era de fastidio. Sin embargo él esperaba con cara ansiosa y alegre.

–Ahora voy a ser yo curioso.

–¿Qué?

–Y si yo hubiera sido psicoanalista, ¿le hubiera gustado que descubriera algún secreto?

–No.

Y se quedó seca. Yo pensaba que estaba fastidiada por haber mostrado su gesto y porque el secreto que con él tenía –o había tenido– la disgustaba. Después parecía invadida de cansancio y contrariedad muy angustiosa. Yo, inoportunamente, con la inocencia de seguir adelante un proyecto, de decir algo que había pensado, aunque ahora quedara mal, con mi costumbre de seguir con una cosa que empezaba en mí, y con la dificultad de poner frenos a mi inercia, le dije:

–Llévelo al Clan del Dr. Johannberg que es uno de los más lindos.

–¿Cómo?

Podría haber aprovechado la oportunidad de que ella no había entendido, y desistir. Pero llevado por esa costumbre egoísta de seguir con lo mío y abandonándome al apremio del momento, repetí la insinuación. Ella me contestó con un gesto que quería expresar que no tenía ganas de nada, y parecía no haberse dado cuenta que yo no tenía derecho a semejante entrometimiento y a insinuarle que hiciera algo por encima de él, contando con él y con una complicidad que yo suponía que ella debía tener conmigo. Pero ella, cándidamente, me preguntó:

–¿Qué Clan?

Al del Dr. Johannberg. Allí van los clientes, amigos y simpatizantes. Hay muchos médicos que tienen Clan. Y les dicen Clan por la moda retrospectiva, ¿sabe?

Las últimas palabras no las atendía porque llegábamos a la salida del despacho y allí estaba él, que se vino sonriente, nervioso y volátil, con el pecho cruzado con rayas amarillas y rojas en forma horizontal, y al sesgo por una correa azul que iba en dirección a la cadera, donde estaba asentada una carterita. Era un tipo fácilmente presentido por los que viajamos: nos recibe en la estación, lo vemos en un partido de cualquier cosa que sea atletismo, nos dice que una comisión de señoritas nos pide tal cosa, nos invita al baile de la kermese, nos interrumpe inoportunamente para demostrarnos una admiración sincera que tiene escondida desde tal época, y nos hace sentir lo que tenemos de malas personas, porque en aquel momento no podemos considerar su sinceridad y porque esa admiración no es nada para nuestra vanidad. Sin saber por qué, al verlos juntos me parecía que comprendía un poco más cómo era ella. Él le habló en seguida algo de una canoa y la invitó a seguir. Ella había vuelto a cargar fastidio y miraba para otro lado. Yo me apresuré a despedirme. Ella se volvió rápidamente, me tendió la mano, me empezó a agradecer las atenciones; él hablaba al mismo tiempo de lo de la canoa; ella hacía movimientos casi imperceptibles con la cabeza y por fin la puso de lado con una sonrisa tierna e inaguantable por la sobre-boca o para-boca mal pintada; él me invitaba también a mí a ver la canoa: quedaba allí cerca, en el mismo lago donde había descendido el avión, aunque había que entrar por otro lado distinto del que veníamos y dar la vuelta al lago. Ella ponía cara de convencerme que era nada más que un momentito. Y aquel cambio iniciado con la decisión y la velocidad de la despedida apurada, iba perdiendo impulso. Tal vez yo, instintivamente, en aquella actitud precipitada había pensado en que ella reaccionaría, haciéndome quedar –cosa que deseaba en aquel instante–; pero ahora se produjeron otras cosas, me pisé otros resortes y decididamente les ofrecí el hotel, lamenté lo de la canoa que no vería y me despedí. [Hoy yo no quiero revolver en todo lo que había en aquel instante, porque sé que me encontraré viejos sentimientos que inoportunamente se mezclarán con los nuevos; hoy quiero seguir con mis nuevas impresiones, con mis placeres nuevos, no quiero que en ellos intervenga nada feo, irritante, incómodo; quiero renovar mis sensaciones como el aire se renueva en mis pulmones; quiero ser un cínico brutal y encontrarme con la creación que sorprenda los sentidos cuando ha tenido una profunda elaboración estética; pero no quiero que esto involucre sentimientos, quisiera destilar del arte su novedad, su creación pura de placeres.]


¡Qué pena! Ella me gustaba con una ternura que tiene nubes en el cielo de la infancia. Esas nubes llegan lentas, mansas, ingenuas; cuando queremos acordar están por encima de nuestras cabezas en el cielo y en el día claro de hoy. Su alma era clara y su picardía ingenua y entregada. Aquellas piernas gruesas, rollizas, como las de un niño que no sabe que son así, en la inocencia de no saber cómo es, cómo es para nosotros, llena una pequeña porción de espacio en el mundo, en el que lo sentimos sólo con su gracia tan tierna, tan ignorante de sus torpes desproporciones que nos tienta a quererlo más y a protegerlo más. Ella tenía algo de eso. Yo había sentido un poco –un poco no más– [de] recogimiento antes de traicionar esa inocencia indefensa y hasta ponerla en la situación de que ella traicionara a su vez al inocente de la canoa, llevada por la sugestión de un juguete nuevo como el que sería yo. También había en mí celos tristes provocados por él. Si ella hubiera sido menos indefensa o hubiera dado esa impresión (la de ser menos indefensa, como algunos intelectuales que presentan batalla a la cabeza y uno por eso los cree más responsables y fuertes) no me hubiera importado nada. Y menos por él que cambiaría fácilmente de compañera de canoa. Todo aquello era feo por la forma en que tendría que hacer nido yo, y tal vez por eso me fui. Pero apenas desprendido sentí que la dejaba sola; rápidamente todo se empezaba a hacer recuerdo embadurnado de angustia dulce. Traté de dar otra dirección a mi pesada y torpe angustia; entonces pensé en la novedad de la ciudad vista de nuevo con sus recuerdos llenos de Eutilodia. ¿Todavía no tendría tiempo de correr, hacer algo, y decirle a ella, a Trisca, cualquier cosa? ¡Qué vergüenza! Además la angustia presente era perezosa. Salí por la portada exterior de la aduana y detuve mi rueda-equipaje ante un kiosco –antes no estaba– y compré el diario verdoso que tanto me había gustado leer en aquella ciudad. Casualmente había nada más que ejemplares de ese diario, mi diario predilecto. La mujer que despachaba tenía un brazo y mano como si hubiera sido untado de pomada verde, y el otro azul. Saqué de mi cartera en bandolera un billete de cinco unidades. Me empezó a dar el cambio y tenía las uñas llenas de números, menos en los anulares que estaban completamente limpios de pintura y de números. Me llamó la atención que el cambio me lo empezara a dar en moneditas de centipartes y tendría que cargar una enormidad de ellas. Con cara adusta le fui a pedir otro cambio, y al agachar la cabeza para mirar por debajo de la ventanilla me veo espantado a Eutilodia. Gozaba inmensamente en mirar la idiotez de mi cara. Yo dejé por broma esa máscara un buen rato, y detrás de ella aproveché para pensar un poco en Trisca y en la cara distinta que ahora tendría Eutilodia si supiera.