Breve historia veraz de un pericote

Breve historia veraz de un pericote
de Abraham Valdelomar



Que concreta en la siguiente carta al protagonista.
Muy estimado amigo:

Anoche, tres de abril de mil novecientos dieciocho, a las nueve y diez —supongo que esta fecha sea inolvidable para usted (el hecho de haberle a Ud. salvado la vida no me autoriza a hablarle de tú)— anoche, digo, por uno de esos motivos que no tiene explicación, vi a Ud. que en el fondo de la tina vacía, debatíase desesperadamente, sin poder salir. Estaba oscuro. Ud. había caído, por una inexperiencia juvenil, en aquel espacio y allí habría Ud. perecido. Yo no tenía nada que hacer en el baño. Fumaba, en mi escritorio pensando en cosas tan inconsistentes como el humo de mi cigarrillo. De pronto me levanto violentamente, voy al baño, enciendo un fósforo y veo a Ud. recorriendo, nervioso y despavorido, el fondo húmedo de la tina. El caño mal cerrado, dejaba caer con desgana, una columna de agua. Parecía la arteria de un colosal Petronio desangrándose en el baño. Tuve el impulso de abrirlo, llenar de agua la tina y ahogarlo a usted.

Ud. me miró, debe usted recordarlo, porque en su mirada inteligente parecía concretarse su alma llena de angustia brillante, llena de urgente invocación. Sólo entonces pude apreciar su estatura. Era Ud. joven como yo. Comprendí su dolor. En su mirada comprendí que me hablaba usted de su madre, de su rinconcillo obscuro y húmedo en el fondo del parquet, de su vida en flor. Si usted joven, después de verme, hubiera intentado la fuga imposible, yo le habría matado, tal vez. Pero usted al verme, se detuvo, sin tener la presunción de buscar una huida necia y puso usted en mí toda su esperanza. "Tú me puedes salvar o matar. Tengo madre. Te ruego que me salves". Así decían sus ojos, querido amigo mío.

Yo lo comprendí. ¡Qué bueno es que le comprendan a uno en la mirada! Yo no soy tan feliz como Ud., pericotito de mi corazón.

Le acechaba un peligro. Yo podía evitárselo a Ud., era usted joven. ¿Por qué no hacer este bien, el más honrado de todos puesto que nada podía esperar de Ud.? Hice coger a Ud. con la criada que se empeñaba en matarlo y yo mismo vi que le soltaran en el patio. Ud. huyó entre la sombra. Estaba Ud. salvado. Me ha procurado Ud. una satisfacción y por ello le quedo muy agradecido.

¡Si Dios fuera para mí lo que yo he sido para usted! Porque después de todo, qué soy yo, querido ratoncito de mi alma, sino un pericote inexperto en una tina vacía donde cae el agua potable del tedio por el caño semiabierto de la angustia.

De usted atento y seguro servidor
Abraham Valdelomar

(Revista Variedades. Lima, 13 de abril de 1918.)