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Bodas campestres



Hacía dos meses que Honorio Quiroga, capataz de campo en una estancia de la vecindad, cediendo a las traviesas solicitaciones de la primavera, se había dejado seducir por los juveniles encantos de Salvadora Palacios. Moza de diez y ocho años, había venido ésta a la estancia, a esquilar, flanqueada, en previsión de posibles peligros, de su madre, doña Gregoria, y de su tía Ignacia.

Por supuesto que a la muchacha no le hubieran faltado festejantes, sin esta guardia incorruptible; pero los más atrevidos tuvieron que darse cuenta de que la fortaleza era inexpugnable, y que si, por el costado vigilado por la madre, accesible ella misma, aun por su cuenta, a ciertas sorpresas de amorosa traición, se hubiese podido tentar el asalto, era del todo imposible apoderarse de la posición sin parlamentar con doña Ignacia, la tía, y acatar sus condiciones de capitulación. Y doña Ignacia era inflexible: sólo por el portón de la iglesia se entraba al fortín.

En sus tiempos -hacía cerca de medio siglo- no había más iglesias que en las ciudades, y las ciudades eran pocas; por esto, ella misma, unas cuantas veces, se había tenido que casar sin más formalidades que las que, discretamente, hacen sonreírse las estrellas indulgentes. Pero habían cambiado las cosas, y un viaje de dos horas no era, por fin, tanta aventura.

Honorio, como otros, había hecho con Salvadora sus tentativas; pero en vano. Era del todo imposible acabar, no una conversación, sino una frase, sin que tía Ignacia se la cortara con algún responso; cualquier inocente guiñada topaba, a la fija, con los ojos, medio zarcos por la vejez, pero relucientes todavía y siempre furibundos, de la tía.

-No hay como las arrugas y los bigotes -refunfuñaba el capataz enamorado- para hacer una santa de cualquier loca. ¿En qué se mete esa vieja, con lo ajeno?

Pero, con rabia y todo, tuvo que aflojar; y, acabada la esquila, el amigo Honorio Quiroga, capataz de la estancia Santa Rosalía, despachó a su señora madre, doña Baldomera, vestida de percal nuevo, engomado y rechinador, montada en su bien tuzado y rasqueteado flete, al puesto de doña Gregoria Palacios, madre de la callada conquistadora de su corazón.

La entrevista fue solemne. Tía Ignacia había tomado sus aires más dignos, cuya buscada frialdad apenas llegaba a templar la risueña y amable benevolencia de doña Gregoria. Cambiadas las cortesías del protocolo, después de muchos mates y mucho intercambio de insulseces vagamente preparadoras, se entabló la conversación esperada. Doña Baldomera, con circunloquios enredados, pero de austera gravedad y enternecida emoción, reveló, en términos discretos, lo que ya muy bien conocían las otras dos: el amor de Honorio para Salvadora. Siguió con el elogio de su propio hijo -un mozo muy sujeto, formal y sin vicio-, y con la expresión de su entera confianza en que a pareja tan cumplida le tenía que ser departida por la suerte dicha sin igual.

Doña Gregoria no disimuló su satisfacción, pero tía Ignacia, formulista siempre, dijo que había que consultar a la muchacha, lo que, en seguida, se hizo.

Salvadora, al ver amarillear, a lo lejos, el bayo de doña Baldomera, había corrido a la batea y se había puesto, a lavar, con un ardor hasta entonces desconocido en ella; le gritaron que viniera, que dejara la ropa, por un rato, y mientras se acercaba, secándose las manos en el delantal, dijo tía Ignacia, como suspirando, pero de modo que lo oyera doña Baldomera:

-Es una monada, esa chica, por lo trabajadora que es.

Ruborizada, tanto como se lo permitiera lo moreno de su tez asoleada, se presentó Salvadora. La virginal pantalla de sus párpados, modestamente bajados, sujetaba la radiante luz de sus hermosos ojos de criolla, y cuando su madre la hizo conocer lo que de ella querían y le preguntó su parecer, tartamudeó su conformidad, balanceando el talle y retorciendo, turbada, la punta de la espesa trenza de su renegrido pelo.

Y siguieron las visitas, autorizadas ya, de Honorio al puesto de doña Baldomera. Un poco por el bochorno de haber tenido que ceder a las exigencias matrimoniales de tía Ignacia, algo por su natural reserva de campesino, le hubiera gustado disimular su caída en la trampa, hasta el día fijado para las bodas. Pero, ¿cómo no se iba a saber que, todos los días, compraba caramelos en la esquina? Un capataz soltero que compra caramelos, todos los días, y repunta la hacienda siempre del mismo lado, como si el campo no tuviera más que un costado, tiene forzosamente que llamar la atención de cuanto bicho viviente haya en veinte leguas alrededor, y, bien pronto, se supo dónde se perdía Honorio, todas las tardes, por dos y tres horas seguidas.

Llovieron las alusiones, delicadísimas, algunas, como pisadas de potro, pero Honorio era de genio sufrido y por tal que no se pasaran los compañeros, se reía él, primero, de las ocurrencias.

-De envidiosos, no más -decía.

En casa de la novia, sentado en un banquito, tomaba, con aire de respetuosa compunción, el mate que le ofrecía Salvadora, buscando, sin encontrarlas, las palabras de cumplimiento con que hubiera querido celebrar su amor presente y su dicha futura, elogiar las prendas de su prometida, ofrecerle su corazón; pero estorbaba su elocuencia, a más de la poca costumbre que tenía de usarla, la presencia molesta de tía Ignacia, demasiado sabedora de lo débiles que son las mujeres, para no tener siempre algún pretexto de ir y venir y hasta de quedarse con la pareja.

Por fin, llegó el gran día. Había que tomar el tren en la estación más próxima, ir al pueblo, cabeza de partido, para la inscripción en el Registro civil y el casamiento por la Iglesia. Allá también se haría la boda, en la fonda piamontesa «La Nueva América»; se dormiría en la misma y, por el tren de las ocho de la mañana, se volvería al pago.

Temprano, entre los cuchicheos curioseadores de los vecinos, se juntó en la estación la comitiva: los novios, las madres, la tía, algunos hermanos, hermanas y amigos, todos endomingados, con pocas prendas de abrigo, porque hacía un calor bárbaro, pero con muchas provisiones, en pañuelos grandes de algodón, en canastos y maletas. El novio llevaba, con mil precauciones, una gran damajuana, desprovista de su envoltorio de mimbre, pero bien llena de vino carlón. Y caminando con trabajo, los hombres, por las botas nuevas; sofocadas las mujeres, por el calor que les daban los corsés sin quebrantar, se apiñaron en un vagón de segunda, casi completo ya.

Poco alegre fue el viaje: dos horas en el tren; mal sentados, en bancos duros, en una atmósfera espesa de calor y de sudor, de humo y de tierra. Al llegar, subieron en dos breques y se fueron a la fonda, a almorzar, ligero, para no perder la hora del Registro civil. Allí, el amigo Honorio Quiroga, medio abatatado por la emoción, había declarado y firmado que tomaba por legítima esposa a Salvadora Palacios, y ésta había confirmado con un «Sí, señor», inoportuno y sonoro, que muy bien entendía lo que les acababan de leer sobre la fidelidad y protección que le debía Honorio, cuando, al momento de devolver la fe de bautismo, el jefe del Registro, cotejando las firmas, vio con asombro que Honorio Quiroga se llamaba ¡Quinteros!

-¿Y cómo es esto? -exclamó-. ¿Por qué no firma Quinteros?

-Es que antes -contestó el gaucho- me llamaba Quinteros, señor, por mi padre. Pero hace mucho que todos me dicen Quiroga, por mi madre, y no me acordé.

-¿Y quién me lo atestigua?

Buscaron quién podría, en este pueblo, donde no conocían a nadie, sacarlos del mal paso; pues era cosa seria, según el funcionario; y tenía que quedar detenido Honorio hasta que se averiguara la cosa. Por suerte, se acordaron que don Juan Antonio, negociante fuerte de donde vivían, había venido al pueblo, y lo mandaron llamar. Aseguró el comerciante que, efectivamente, todos conocían al novio por Quiroga, a pesar de ser verdad lo que rezaba la fe de bautismo, y como, en el campo, no puede tener semejante cosa mayor importancia, pues, a menudo, hay circunstancias en que es algo trabajoso para uno saber cómo se llama de veras, todo quedó pronto arreglado, con una raspadurita. ¡Pero, qué susto!, amigo.

Volvió la comitiva a los coches y todos se fueron a la iglesia, a hacer confirmar ante Dios, por el cura, lo que ya habían apuntado los hombres. Pero el cura tenía que atender dos pueblos y justamente estaba en el otro, por dos o tres días. Hubo un momento de vacilación, promovida especialmente por los escrúpulos de la rígida tía Ignacia, hasta que acabaron por decidir que se pondría en regla el matrimonio, en otra oportunidad.

El calor era rajante, y quedaban sumidos en el anhelante sueño de la siesta todos los habitantes del pueblo, cuando, en la fonda «La Nueva América», empezaron a sonar los acordes de dos guitarras y de un acordeón, incitando a bailar a los convidados y también a los que quisieran. Y las botas nuevas, los corsés tiesos y los percales engomados empezaron, crujiendo, a girar suavemente, al compás de la habanera, con elegantes requiebros de grupas provocativas y con refocilamientos de pañuelos rojos sobre las blusas negras.

Ni los mozos de la fonda pudieron resistir a las ganas de entreverar con las caras trigueñas de las campesinas sus mejillas rosadas, ni las dos camareras piamontesas a las de mezclar con los chiripás negros la nota clara de sus delantales; y, juntas con los sombreros en la nuca de los gauchos graves y sin sonrisa, giraron, alegres, sus cabelleras rubias.

Toda la tarde se bailó con afán y sin descanso, renovando, con cerveza y refrescos, los manantiales de sudor y cumpliendo con el deber de divertirse, en día de bodas, sin quejarse por el calor más que si hubiera sido un día de siega.

Con una comida opípara, compuesta de todos los burdos platos de la lista de la fonda, reforzados con el resto de las provisiones traídas del puesto y que por allí andaban, revueltos en sus rústicos envoltorios, se terminó el día. La damajuana desnuda sufrió, sin perecer, violentos atropellos, hasta que se fueron a dormir, todos, pesados de sueño, entorpecidos por la bebida y por el cansancio.


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En el andén de la estación están ya todos los de la comitiva. Hay que volver al trabajo; las bodas se acabaron. Honorio tiene que ir a tomar los boletos, pues no es de suponer que, como a la ida, va a dejar que su suegra saque los de su mujer y de su nueva tía Ignacia; está bien: conoce sus deberes, pero no puede ir a la ventanilla, con una canasta en una mano y la damajuana en la otra. A ésta la sigue acarreando con cuidado, pues, aunque le hayan pegado fuerte, no han podido acabar con ella y queda todavía vino carlón para todo el camino; y está ahí todo impedido por el incómodo traste, marchito, después de tamaña fiesta, los ojos entristecidos y llenos de sueño, esperando ingenuamente, embobado y sin saberlo pedir y menos exigir, que su esposa, Salvadora, cumpla con su nueva obligación, de prestarle ayuda.

Poco dispuesta parece ella a venir en su auxilio. Peinada de prisa, con una flor de azahar todavía pegada en los cabellos, el velo medio desprendido, el vestido todo ajado, con unas ojeras que la desfiguran, mira al marido -ahí plantado como estorbo- con una cara de despecho que hace pensar en la coz que nunca deja de recibir el padrillo, en pago de sus más ardientes caricias.


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