Bajo el alerce



BAJO EL ALERCE


Aun cuando ya tenga mi medio siglo —altura a que no se muestran los colores en el rostro con mucha facilidad— me ruborizo cada vez que me encuentro con la señora viuda de López: no me abochorna confesar esta debilidad, hija de un recuerdo de mi niñez.

Es uno de esos recuerdos penosos que tiene uno y que no son para borrarlos ni por el tiempo ni por la reflexión.

Para que se vea que no es nada malo, voy a referir mi incidente y juro por las canillas de mi abuelo que no se me podrá acusar de corruptor de las costumbres y que mi cuento lo puede leer cualquier niña soltera, aunque tenga más de treinta primaveras confesadas sin haber oído repiquetear en su oído una de esas declaraciones formales, que son para nuestras mujeres como es el a formar para nuestros soldados.


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El incidente se remonta a años...

¡Figúrese que es nada menos qué de la época en que yo todavía fumaba a escondidas de mis padres y tuteaba a los criados para darme importancia!

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La señora de López no era entonces lo que es hoy, una criolla gorda —¿por qué no decir la verdad aunque se peque de poco galante?— de gran papada, seria, muy señora, vestida con ropas lujosas y hediendo a perfumes penetrantes.

¡No señor!

Era una morochita de 16 años, dueña de un lunar sobre la boca que atraía los ojos, si estos no estaban ya como clavados en unas mejillas rosadas que tenían no sé qué diablo de encanto que ahora me atrevo a llamar picante, pero que entonces no calificaba.

Y luego que aire tan distinguido, tan elegante el suyo —¡y qué manera de reir tan picarezca... tan calavera!

¡Soy viejo pero todavía se me paran los pelos de punta cuando me acuerdo!

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Y yo tampoco era lo que soy ahora: este reumatismo que a veces me pone de mal humor no sabía que existiera; la calva que me deja enfriar los sesos no era aún ni proyecto; y lo que es estas mis barbas canas no alcanzaban aún ni a la modesta forma de pelusa.

Figúrense que solamente tenía doce años, y ya pueden verme como a uno de tantos de la misma edad: largurucho, medio pálido, con una voz entre falsete y contrabajo y con más viento en la cabeza que el que encierra un globito de goma.

Porque eso sí, para enriscado ahí estaba yo.

Las muchachas de la familia decían siempre, que era lo más metido.

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Esta, hoy señora de López, que entonces era solamente Ernestina, visitaba con frecuencia a sus hermanas y a mí me cautivaba con sus monerías.

Ella como toda las muchachas —porque así son todas; por tener un mozo aunque sea de palo, como los caballos que suelen desear los bebés, se mueren— alentaba mi simpatía.

Me trataba como a un hombre hecho y derecho; me regalaba flores y no me llamaba Maximito como todas las relaciones de la familia sino que me llamaba Máximo haciendo sonar con la x entre sus dientitos adorados.

Esto me enloquecía; no me dejaba comer y me metía tales ideas de elegancia en la cabeza que me obligaban a querer mudarme camisa todos los días, a andar con los pantalones sin rodilleras, a enojarme con los pilletes que en la calle me trataban como a su igual; en fin, me transtornaban por completo.

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Una tarde, no sé si a propósito o por casualidad nos hallamos solos en el jardín, sentados en la pileta de las violetas, bajo el chalet verde formado por el viejo alerce rodeado de trepadoras.

Afuera había un sol ardiente como una llama amorosa de esas que al freir un alma adolescente, la hacen proferir en poesías y versos de todo calibre.

Ella me pidió que le alcanzara un jazmín que crecía a corta distancia y yo fuí a traérselo.

Cuando regresaba, miré al suelo y casi me desmayé al ver mi sombra en él, marchando ante mí con las piernas muy cortas, barrigona, con gran sombrero. — ¿Sí será así?... pensé.

Y por poco me echo a llorar de desesperación imaginando que siendo un sátiro no me querría mi dulcinea.

En ese momento, recuerdo que maldije a mi padre, a mi madre, a mi abuela, a mi abuelo y a todos los que habían colaborado en mi humildísima persona.

Ernestina comprendió mi dolor probablemente, pues cuando le alcancé el jazmín me tomó la cabeza entre sus manos blancas y diminutas y me dió un beso en la boca, diciéndome:

— Mi hijito... ¡tan rico!

Los oídos me zumbaron no podía creer que un Cacaseno como yo mereciera semejante distinción.

Se me saltaron las lágrimas y oculté mi cabeza en el seno de Ernestina, que rodeó mi cuerpo con sus brazos.

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Yo no sé como fué, pero el hecho es que mi boca curiosa se aventuró entre los vericultos de su pechera y que yo encontré... No quiero ni acordarme de lo que encontré porque es vergonzoso que un hombre a mis años, sienta todavía lo que siento. El hecho es que Ernestina sumamente sensible me apretaba más y más y su ternura provocaba mi lloro con mayor abundancia.

Lloraba de dicha... —Vea Ud. llorar!... lo que se le ocurre a un muchacho no se le ocurre a nadie.

Ella fastidiada probablemente por mi pasión tan triste —que hay hombres como dice Heine, que tienen triste la alegría y alegre la tristeza— se apartó de repente de mi lado mal humorada, y mirándome con ojos enojados me aplastó con un «mira que sos sonso» que me dejó helado.

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Desde entonces no alentó más mi simpatía Ernestina, la amiga de mis hermanas, hoy señora de López, y desde entonces también yo me ruborizo cada vez que la encuentro en mi camino.


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