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Baile

La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Baile


BAILE



Si me hubieras avisado
Cuando te ibas a bañar,
Yo te habría hecho un pocito
Llenito de agua de azar.


Ay, ay, ay, ay, ay...
Déjame llorar...
Que sólo llorando
Remedio mi mal.


Rasgueaban ágilmente los mozos, aun con siete horas de fandango, pues jaranearían hasta la noche sin parar, á charango y guitarra. El instrumento indígena con sus ocho pares de primas dispuestas sobre un carapacho de quirquincho, atiplaba una especie de llantito melodioso, fingiendo distancias y detallando melancolías, á dúo con la vihuela requintada por más primor. Para floreos y posturas bastaban los trastes del primero, sobrándole aún clavijas en previsión de habilidades superiores.

No las poseían los bailarines, aunque danzaban muy bien sus gatos y escondidos. Tratábase de unos mocetones patriotas que se encontraban allá de paso — seis para cuatros mozas — y por esto los excedentes emparejaban con los instrumentos.

Entre un remolino de ruedos almidonados á rabiar y flecos de calzoncillos, las mudanzas describían primores, redobladas á talón sobre el piso. Una cueca arrastraba dos bailarines en el lánguido ritmo de sus figuras:

En el mar de tu pelo
Navega un peine,
Y en las olitas que hace
Mi amor se duerme...


Vidita de mi vida,
Dame un besito,
A la moda 'e mi tierra
Repicadito.

Y luego una anotación picaresca:

Negrita yo soy un pobre,
Pobre pero generoso;
Como el hueso de la cola
Pelado pero sabroso.

La habitación oscurecida por su alero excesivo, contenía apenas á los bailarines. Petacas y catres amontonábanse en el corredor; pero arrimada al muro del fondo, una mesa obstruía la mitad del cuarto, cubierta por un rimero de flores en el que los chillones claveles de lana se confundían con los vástagos de cilantro y de toronjil. Lianas pendían del tirante formando una enramada a un cajoncito verde que ocupaba la mesa, y en el fondo del cual, medio incorporado hasta sobrepasar con su cabeza los bordes, veíase un cadáver de niño.

Desde tres días atrás lo conservaban entre cuatro candiles, amenizando con zapateados su angelización que iba á transformarlo en el numen del hogar, mientras su cara, al manirse, profundizaba un fruncimiento superciliar de muñeco lúgubre bajo el clarín de su gorra. Había muerto emponzoñado por la leche de la madre, que lo amamantó temerosa todavía ante un supuesto ataque de los españoles.

Las muchachas, entornando los ojos, besándoles las pantorrillas sus trenzas, muy graves en la blandicia del paso, se zarandeaban sofaldándose ligeramente, ó con las manos como colgadas de los brazos abiertos, granizaban castañetas:

Si tu corazoncito
Fuera de azúcar
Todo el día estuviera
Chupa que chupa.

Y los mozos escurrían su mirada de oblicua malignidad, que el chambergo velaba oportuno, por las mejillas de un moreno entre dorado y bermejo como la corteza de las granadas, hasta los corpiños de tirante redondez y los tobillos de cenceña escultura. Estaban realmente lindas con sus crenchas negrísimas volteadas á la derecha en símbolo patriótico, y sus angaripolas que, á pesar de la descalcez, resultaban un lujo para las viejas camisas de los galanes.

Pertenecían éstos á la montonera capitaneada por el padre del angelito y como más próximos, llegaron la tarde anterior. Del cuartel general se congregaba á los caudillos lugareños para una concentración en la selva; los chasques habían comunicado ya la orden, y sobrellevando el accidente que le arrebataba su primogénito al año de matrimonio, aquél no quiso ser menos y citó para la madrugada.

De un galope se pondrían al amanecer en el sitio indicado; y como el cementerio distaba, antes de partir sepultarían detrás de la casa al niño. Allá á la luz de las velas, entre el follaje y las flores, aflojábansele sobre el pecho sus manos de acemita entre las cuales contradanzaba un vuelo de moscas. Tosía á ratos en la trasalcoba el dueño de casa y la madre del fallecido salía de allí con mate para los huéspedes.

Cabizbajo, con el sombrero sobre los ojos, el guitarrero se le dormía al encordado, mientras su compañero tamborileaba á compás en la caja de la vihuela. Las llamas de los candiles oscilaban al revolotear de los pañuelos en los melindres de cuecas y mariquitas; el aire polvoriento ribeteaba de colorado los ojos, y el zumbido mosquil rondaba más profundo en torno del muerto. La danza se trocó en momento por canciones, para que una de las morochas atendiese las pailas donde hervía el arrope de la chicha funeral.

Afuera, la soledad se extendía hasta el horizonte extrañamente difuso en el vaho de horno del sol. Reinaba una siniestra quietud, algo alarmante como la precedencia de un acecho. Aquella paralización implicaba aprensiones. Ni un trino en las nemorosas quebradas, ni un balido en las praderas...

A la sombra de tres talas cuyas copas llovían frescura como anchas regaderas, las pailas hervían en sus hornallas de barro. El brebaje indígena daba punto y la muchacha era docta en ello. Desde dividir en dos porciones la harina de maíz cuya cuarta parte dispuesta en ázimas tortillas se masticaba, amasándola con las otras tres en el fondo de un cántaro y levigando todo en agua caliente; hasta reducir a jarabe el poso para mezclarlo después con el líquido decantado y fermentar la composición. Y qué chicha! Fuerte como fuego vivo, gorda, estrellada por lúnulas de oro en la sazón que azucaraba sus heces.

Recogida la saya entre las rodillas al paso que se atajaba el humo con la mano izquierda, removía la joven aquellos caldos cuya sonora digestión exhalaba acaramelado aroma. Atizó el fuego, y aproximándose á un cacharro donde avinagraban restos de fruta, volcó el líquido en el perol para aflojarle el verdín. Al inspeccionar una paila vacía, espejose en ella la moza, sonriendo vagamente á su deformada efigie; mas como advirtiera entonces el silencio anormal, miró al horizonte inquieta, como interrogando. Una calina sospechosa enturbiaba aquella serenidad. Dos gallinas picoteaban con inquieto desgano las zurrapas de la chicha en preparación. Cundía por el aire una especie de tristeza. Llegaban á ratos rumores de la reanudada tertulia, con el eco de alguna copla perdida:


Tiene mi paisanita,
Un diente menos;
Por ese portillito
Nos entendemos.


Bajo el corredor un perro acezaba. Aquel silencio, aquella taciturnidad entre tanta luz, sobrecogían el ánimo. Inquiríase sin motivos prodigiosos rumores; y desde el cielo que cejijuntaba á pesar de su limpieza, el sol vertía una dejadez letal.

La joven no reparó mucho en aquellas singularidades. Atraída por la jarana y á la vez corrida por el bochorno, regresó al rancho. Polcábase á más y mejor. Relevados por sus compañeros, los músicos se desquitaban ahora. Bajo la ramada, la patrona atendía unos tamales en avanzada cocción. A todo esto, la tranquilidad del aire se agravaba prometiendo una siesta espantosa cuando junto con lo que alertó un tero en el bajo, ladró bruscamente el perro.

—Gente!

El modo de ladrar anunciaba los tropeles que el animal sentía. Los mozos desde el patio, con una mirada exploraron el contorno. Faldeando la loma vecina, un regimiento avanzaba sumergida su cabeza en el bosque. El caudillo gaucho apoyándose en las jambas de la puerta, olfateó el peligro; calculó sus probabilidades, y á una señal que dio, los seis montoneros se deslizaron entre los árboles.

Seguro ya de aquellos hombres que economizaba, entró. Las mujeres jesuseaban junto a la mesa en consternado grupo; mas, omitiéndolas en su premura, el jefe se preparaba rápidamente. A manotones recogió los frenos; dirigiéndose á una alacena y arrancando su cortina, sacó de ella un trabuco que cebó al instante. Luego, en tres saltos, ganó á su vez la espesura.

Los otros aguardaban allá. Mantendríanse en ese punto para no desamparar á las mujeres. El enemigo no ofendería, quizá, retirándose así que se proveyera.

Sentían sus tropeles y voces en indistinto rumor, al mismo tiempo que notaban la aplastadora asfixia de la atmósfera, esa serenidad que en lo inmóvil recelaba lo inquieto. Ni los lagartos aprovechaban aquel calor. Por las serranías no se cuajaba una niebla. En tremulaciones de llama mecíase el ambiente; de loza caldeada parecía el cielo, y los limpiones del piso reverberaban como rescoldo.

Uno de los hombres escaló entre tanto el guayacán que los cubría, atisbó disimulado por su propia atalaya. De abajo, los otros seguían sus movimientos. Su mano señaló, arrumbándose á la ranchería con desesperado ademán, mientras surgía tras los árboles un borbotón de humo. La casa ardía, y el centinela, descolgándose de rama en rama, puso los pies en tierra. A bocanadas de coraje y desesperación, dijo de esas cosas descosidas que entiende el peligro.

Fuego... Los canallas... Las mujeres...

Entonces la rabia les reventó en los sesos. Alzáronse furibundos y á través de los árboles se lanzaron. El bosque pasó sobre sus cabezas como un sueño. En dos suspiros salieron sobre el patio lleno de hombres y de caballos que el humo envolvía con su membrana pardusca.

Junto á las hornallas, una feroz patulea revolvíase en torno de las mujeres, sin duda, pues bajo el montón de piernas columbrábase trozos de bayeta y de fustán. Y promiscuando en ese botín de placer, mientras los unos violaban a su guisa, baldeaban otros el pozo vecino, precipitándose sobre el cubo con borborigmos bestiales. Habían saqueado esa mañana una bodega, y borrachos de vino, tanto como el sol, mancillaban hasta el asco aquella ración de carne rebelde.

Su salacidad piafante cubría el rumor del incendio. Acoplábanse á pleno sol, con los raigones del tálamo, hambrientos de mujer, abandonando sus cabalgaduras y empabellonando sus carabinas al azar, entre un berrenchín que brutalizaba más el espectáculo.

Al estruendo del trabucazo que estalló sobre ellos, desembocaron los insurgentes blandiendo sus facones. Una pelotera de cuerpos se anudó con furia ciega revolcándose por el suelo. Los asaltantes bandearon el grupo, multiplicando puñaladas bajo el revoleo de sus ponchos, echando en resuellos el ímpetu de su envión, enguantándose de sangre hasta los codos. Agigantados por la desesperación, corneaban profundamente á la soldadesca, sembrando el suelo de greñas ensangrentadas. Unidos como una traílla hacían presa por todas partes. Mientras la culata del trabuco molía cráneos, las dagas abrían brecha; y en el ímpetu del primer choque, la tropa, verdaderamente carneada, retrocedió.

Mas el contraataque sobrevino, apenas los asaltantes se aislaron en el círculo de sus facones. La banda goda refluyó sobre ellos en una erupción de tiros y bayonetazos. Brilló por un instante el trabuco sobre las cabezas, al extremo de un brazo rojo que martillaba...

Entre las filas españolas ondeó un penacho de jefe, la cerviz de un caballo se destacó entera, gritaron los de atrás algo como alarmas, y en ese instante, con mugido de subterráneo huracán, bramó la tierra. El suelo falló bajo los pies como peldaño errado de una escalera. Un ansia de mareo basqueó los estómagos, estropajo las piernas, rodó dentro los cráneos sonoros perdigones. El temblor! El temblor! clamaban desuniéndose con el horror de un crimen los combatientes; y la sombra roja del humo que los envolvía, daba una lobreguez infernal á la escena.

Sucedía al primer terremoto un tremor amenazante; la tierra tiritaba como el brazuelo de un caballo, y en sus honduras continuaban los rumores: una ebullición de grandiosos ecos repercutidos por cavernas.

Repentinamente cambiado, el paisaje ya no era el mismo. Una ofuscación polvorienta sofocaba el aire; los caballos se desbandaban con azoramiento furioso. Cruzaban el guardapatio grietas profundas y una tripa de arrope se metía por entre dos cadáveres.

Del rancho sólo quedaban penachos de varillas sobre un escorial humeante. Un horcón subsistía abrasado, y de su corteza, las llamas en súbitos volidos, escapaban como pájaros rojos. Entre la humareda, el féretro se destacaba salvo con sus toronjiles y sus claveles postizos.

Los combatientes asendereados por el remezón, medíanse como fieras atemorizadas, presintiendo un castigo en esa intervención de la catástrofe. Y de entre ellos, una mujer espantosa, la madre, se levantó también.

Desgarradas las ropas, al aire los pechos estrujados en la pugna atroz contra esa lujuria de batallones, los ojos nadando en sangre, sacudíala un tropel de sollozos mudos perceptibles tan sólo en el temblor de su mandíbula.

Avanzó hacia el incendio, posando sobre las ascuas, sin sentirlo, sus desnudos pies; y como los soldados intervinieran, renovose la lucha. Ahora combatían las mujeres, con las manos de sus morteros y las armas de los caídos. El trabuco se abocó, mortífero, vomitó su espantable carga, y en la convulsión de un segundo terremoto, la muerte rodó otra vez bajo los árboles. A tumbos sobre la conmovida tierra pirueteaban los cuerpos. Bañados por la melcocha ardiente que las violadas les arrojaron al rostro, tundidos á tizonazos, mordidos, los chapetones talionaban a su vez, mientras al rededor torcíanse los árboles y los cerros galopaban por el horizonte.

La segunda refriega, menos viva aunque más encarnizada, concluyó con ese remezón. Los insurgentes habían caído todos. Cuatro de las mujeres yacían abiertas á tajos, con los dedos crispados entre mechas feroces, pasmadas las bocas por el ansia de morder. La otra, la madre, se alejaba seguida por su perro, con el niño á cuestas, medio quemada. Cuando los demás morían, ella penetró por los escombros arrebatando el cadáver. Su cabellera desvaneciéndose en una llama, como un encaje, y ahora, surgida de la quemazón, flagelada por sus propios andrajos, personificaba el desastre.

Sin volver su cabeza que las llamas pelaron, caminaba entre los horrores del cielo y de la tierra, destruida ella también por el interno derrumbe. Sobre su cadera cimbraron los pies del difunto, marchitos ya; los pobres pequeños pies que el perro lamía a ratos.

Entre los árboles y los pedrones descuajados, aquella figura cohibía a los hombres. Los escombros, los cadáveres con sus entrañas abiertas que el enemigo broceara al doble escarnio de sus bayonetas y de su lascivia, encomendábanle desquites. Huía hacia las rebeliones de la selva familiar, con su hijo muerto, y su desnudez trágica poseída por el hombre extranjero, entre las montañas que temblaban con su dolor. Llevaba consigo la muerte como un emblema y la catástrofe le clisaba el corazón con un juramento de odio. Semejaba una bandera en el tiritamiento de sus harapos. Sus entrañas partidas como las de la comarca natal, escondían también volcanes. Desarraigados todos sus vínculos por la fatalidad y el crimen, era la gran solitaria que durante las noches peregrinaría llorando por la selva su pesar, hasta fundir el alma en llanto, y ya sin alma metamorfosearse en tal cual pájaro de leyenda, conservando sólo el ay de su congoja en las travesías desamparadas; o suscitando en fogones y campamentos con la gemebunda continuidad de su leyenda, furores trocados en heroísmos, propósitos inspiradores de hazañas — llorosa su vigilancia, lloroso su sueño, hasta que la vida le fuera por el hilo de sus lágrimas.

Oprimía sobre su pecho aquel pedazo de carne suya, negándolo a la tierra cautiva, con tal desesperación, que algo de cadáver embebía sus huesos.

El sol bañaba implacable las serranías empolvadas por el temblor. En el silencio sobreviniente, gañían los perros. Y la transeúnte de las catástrofes rodaba entre los restos de la convulsión, espectro agobiado por su carga de muerte, mientras un clarín alzaba su alarido de bestia feroz sobre las ruinas.