Ausencias y recuerdos

Ausencia y recuerdos
de José María Heredia



¿Qué tristeza profunda, qué vacío 
siente mi pecho? En vano 
corro la margen del callado río 
que la celeste Lola
al campo se partió. Mi dulce amiga,
por qué me dejas? ¡Ay! con tu partida 
en triste soledad mi alma perdida 
verá reabierta su profunda llaga, 
que adormeció la magia de tu acento. 
El cielo, a mi penar compadecido, 
de mi dolor la fiel consoladora 
en ti me deparó: la vez primera 
(¿Te acuerdas, ola?) que los dos vagamos 
del Yumurí tranquilo en la ribera y 
me sentí renacer: el pecho mío 
rasgaban los dolores. 
una beldad amable, amante, amada 
con ciego frenesí, puso en olvido 
mi lamentable amor. Enfurecido, 
torvo, insociable, en mi fatal tristeza 
aún odiaba el vivir: desfigurose 
a mis lánguidos ojos la natura, 
pero vi tu beldad por mi ventura, 
y ya del sol el esplendor sublime 
volviome a parecer grandioso y bello: 
volví a admirar de los paternos campos 
el risueño verdor. Sí: mis dolores 
se disiparon como el humo leve, 
de tu sonrisa y tu mirar divino 
al inefable encanto. 
¡Ángel consolador! ya te bendigo 
con tierna gratitud: ¡cuán halagüeña 
mi afán calmaste! De las ansias mías 
cuando serena y plácida me hablabas, 
la agitación amarga serenabas, 
y en tu blando mirar me embelecías. 

¿Por qué tan bellos días 
fenecieron? ¡Ay Dios! ¿Por qué te partes? 
Ayer nos vio este río en su ribera 
sentados a los dos, embebecidos 
en habla dulce, y arrojando conchas 
al líquido cristal, mientras la luna 
a mi placer purísimo reía 
y con su luz bañaba 
tu rostro celestial. Hoy solitario, 
melancólico y mustio errar me mira 
en el mismo lugar quizá buscando 
con tierna languidez tus breves huellas 
horas de paz, más bellas 
que las cavilaciones de un amante, 
¿Dónde volasteis? —Lola, dulce amiga, 
di, ¿por qué me abandonas, 
y encanta otro lugar tu voz divina? 
¿No hay aquí palmas, agua cristalina, 
y verde sombra, y soledad?... Acaso 
en vago pensamiento sepultada, 
recuerdas ¡ay! a tu sensible amigo. 
¡Alma pura y feliz! Jamás olvides 
a un mortal desdichado que te adora, 
y cifra en ti su gloria y su delicia. 
Mas el afecto puro 
que me hace amarte, y hacia ti me lleva, 
no es el furioso amor que en otro tiempo 
turbó mi pecho: es amistad. —Do quiera 
me seguirá la seductora imagen 
de tu beldad. En la callada luna 
contemplaré la angelical modestia 
que en tu serena frente resplandece: 
veré en el sol tus refulgentes ojos; 
en la gallarda palma la elegancia 
de tu talle gentil veré en la rosa 
el purpúreo color y la fragancia 
de la boca dulcísima y graciosa, 
do el beso del amor riendo reposa: 
así do quiera miraré a mi dueño, 
y hasta las ilusiones de mi sueño 
halagará su imagen deliciosa. 

Mayo de 1822