Aurora roja/Parte II/IX

VIII
Aurora roja
de Pío Baroja
IX

IX

La dama de la toga negra - Los amigos de la dama - El pajecillo, el lindo pajecillo


Hay en Madrid un palacio con grandes salas y largas galerías, en las que por todas partes no se ven mas que Cristos; una vieja dama de gran alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de la sociedad.

Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla gravemente, y, entre las imágenes del Cristo, administra a diestro y siniestro reprimendas y castigos.

Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado y el estómago sin fondo.

En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la Biblia, y en vez de personas dignas a su alrededor, está rodeada de curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete..., una larga procesión de sacacuartos y escamoteadores, que empieza muy alto y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.

-Tienes que ir a ver a tu amigo -dijo Juan a Manuel.

-Bueno.

Buscaron a Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.

Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo o leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban expedientes.

-Todos esos papeles, todos esos legajos -dijo Juan- estarán empapados de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un herbario.

-¡Y qué se va a hacer! -repuso Manuel-; si no hubiera criminales...

-Éstos sí que son criminales -murmuró Juan.

-Vamos a ver si podéis pasar -dijo Ortiz.

Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de barba blanca y mirada severa, y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos con toga y birrete.

-Soy enemigo del indulto -decía el señor de la barba blanca-; le he condenado dos veces a muerte y las dos le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.

-Pero es una pena tan severa -murmuró uno de los jóvenes sonriendo.

-¿Hablan del Bizco? -preguntó Manuel a Ortiz.

-No, creo que no.

-¡Nada, nada! -exclamó el viejo de la barba blanca-; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de mayo, no vaya a ser indultado por el santo del rey.

-¡Qué bárbaros! -exclamó Juan.

-En estos casos -repuso el joven togado tímidamente-, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque, indudablemente, este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad, que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho...

-La cuestión de derecho es una cuestión vieja, de la que nadie se ocupa -replicó el viejo con cierta irritación-. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar a uno a que se rehabilite a un presidio!... El derecho a la pena, el derecho a ser rehabilitado..., muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son mas que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar a nadie.

Manuel miró a su hermano.

-¿No tiene razón?

-Sí; dentro de lo suyo, tiene razón -replicó Juan-. A pesar de eso, yo encuentro a ese viejo sanguinario bastante repulsivo.

Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.

-¿Qué tal? -le preguntó el juez.

-Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto a usted que lo hago a propósito, y todos los pretextos que envían las personas discretas para no ser jurados, los acepto. Cuanto más brutos sean los que componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.

-También la ley debían modificarla... -comenzó diciendo el joven.

-Lo que debían hacer era suprimir el jurado -afirmó el hombre chiquito.

Ahora puedes bajar un momento -dijo Ortiz a Manuel- y preguntarle si quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había allí una medrosa semioscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; que en el campo habría sol, y pájaros en los árboles. Y que él estaba encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba también que estaba condenado a muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. Él había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora, mil cuestiones se iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del Bizco se despertaba y comenzaba a interrogarse a sí misma...

-¡Eh, tú! -le dijo el carcelero-;aquí vienen a verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando a Manuel con el mayor estupor.

Al ver a Manuel no se extrañó; le miró fijamente, con estúpida indiferencia.

-¿No me conoces?

-Sí.

-¿Quieres algo?

-No quiero nada.

-¿No necesitas algún dinero?

-No.

-¿No tienes que hacerme algún encargo?

-No.

Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió a tenderse en el banco.

-Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño -dijo.

-Pero ¿no quieres nada más?

-No quiero nada de ti.

Salió Manuel del calabozo y se reunió a su hermano.

Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:

-Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos a verle una noche?

-Bueno.

-Pues yo iré a buscarte a la imprenta un día de éstos.

-Sería mejor que me dijeras un día fijo.

-¿El sábado?

-Bueno.

Fueron Juan, Caruty y el Libertario a la imprenta y esperaron a que llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron por la calle de Bravo Murillo.

En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.

-Ahí está -dijo el Bolo, señalándole con disimulo e indicándolo a los amigos-. Ése es.

Se acercó a saludarle.

-¿Qué hay, compadre? -le dijo, dándole la mano-. ¿Cómo estamos?

-Bien, ¿y usted?

-Éstos -advirtió el Bolo, mostrando a Manuel, al Libertario, a Juan y a Caruty- son amigos míos.

-Por muchos años -contestó él-. Vamo a tomá una copa -añadió con acento andaluz cerrado.

-Nos sentaremos un rato -saltó Manuel.

-No; hablaremos en casa.

Bebieron una copa y salieron a la calle.

-¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia? -preguntó el Libertario.

-Sí, señó.

-Mal oficio tiene usted, paisano.

-Malo é -contestó él-, pero peó é morirse de jambre.

Fueron los cinco andando, hasta detenerse frente a una casa alta, de ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón vivía.

Era un cuarto pobre, igual a todos los cuartos pobres. Había en las paredes algunos retratos. A un lado, una puerta de cristales con cortinillas, que daba a una alcoba, y enfrente de ésta, una cama.

Al entrar, ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla, la saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, una seriedad fatídica.

El verdugo les invitó a sentarse a todos; salió al portal en seguida, y llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza cuadrada, de patillas y bigotes rubios, la cara juanetuda. Vestía decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de una porción de cosas indiferentes, y Manuel contó lo que le había pedido el Bizco.

Esté usté sin cuidao -dijo el verdugo-; si llega el caso, se hará lo que se pueda.

-Y antes de ser ejecutor -le preguntó el Libertario-, ¿ha probado usted otras cosas?

-¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes..., ¿y qué?, no podía viví.

-¡Tan mal le iba! -exclamó Juan.

-Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví matando que no morirme de jambre, entonces tóos son despresios.

Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era el chico, que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y comenzó a escanciar en los vasos.

-¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora? -le preguntó el

Libertario, hablándole de pronto de tú.

-Unos catorse o quinse.

-¿Y usted no bebe? -le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el vaso.

-No; yo no bebo nunca.

-¿Ni cuando tiene usted que trabajar?

-Entonse, meno.

-¿Ha ejecutado usted algún anarquista?

-¿Anarquista? No sé lo que es eso.

-Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes? -preguntó el Libertario.

-Sí; casi tos. Yo los trato bien, aunque me esté mal desirlo. No soy como el de antes, que les hasía sufrí a posta.

-¿De veras? -dijo Juan.

-Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.

-¡Qué barbaridad! -exclamó el Libertario-. Y todos van templados, ¿eh?

-Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré en la capiya y él estaba tendío. «¡Eh! -le dije-. Compare; soy el ejecutó de la justicia. ¿Me perdona?» « Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, ponte esto», y le di la túnica. Y esto, ¿qué é? ¿E que me voy a vestí de máscara?

«Echamos un sigarro, y como éramos paisanos, jablando de la tierra fuimos al tablao. Se sentó en el banquiyo, era tan bajito que no yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te perdono —-me dijo-; a estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y buena suerte!» Era un hombre el Diente.

-Y tal... que debía ser un hombrecito -dijo el Libertario sonriendo.

-Con él estrené yo el correaje nuevo..., porque yo no ato con cuerda. Lo veréis ustedes. ¡Chica! Trae esas correas para que las vean esto señore.

La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con

varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al verla.

-Y el aparato, ¿cómo es? -dijo el Libertario.

El aparato... muy sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se ponen así -y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano ancha y velluda—, y luego se hace ¡crac!, y ya está. Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.

-Ya ve usté -siguió diciendo el verdugo-, estas correas las he tenío que pagar yo; pues no se lo agradesen a uno. Todavía lo quieren a uno desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, ¡que me dio una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo y echamo a suerte; a mí me tocó er cura. Bueno -dije-, ya que ha de sé uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien; cuando iba en el tren el mundo se separaba de mí; voy a una posá y disen que no me dan de comé, y voy a otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿Soy yo el que lo manda mata?, ¿soy yo el presidente de la Audiensia, que pone su firma en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian a mí? ¿No le pasan el expediente de indurto al ministro y a la reina y lo niegan? Pues entonse mata la reina, y el ministro, y el presidente de la Audiensia, y el jué, y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; que si no fuera por eso...

El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:

Mala puñalá le den.

Mala puñalá le diera.

-Como uno de los tio de la taberna de esta calle -siguió diciendo al volver a sentarse-,que solía jugar a la brisca conmigo, y como é natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió cuatro jugás seguías, me dijo: «Dio me libre de su mano de usté, ¡compare!» ¡Molé!; si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo un ofisio mardesío...

Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el arrechucho y siguió diciendo:

-¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Na; no tenemo jubilasión, y cuando uno e viejo, como el maestro Lorenzo, de Graná, que el pobretico no tiene fuersa ni para mové el torno, a morirse de jambre. El verdugo de Fransia, sí, ése está bien; ése tiene treinta mil reale y jubilasión. A mí, si me dejasen, haría también dinero.

-¿Pues qué haría usted? -le dijo Juan.

-¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda o un entresuelo en la calle de Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.

Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera!

La idea era macabra.

Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la vecindad.

-Vámonos -dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra; el cielo, oscuro y sombrío como una amenaza.

-Dicen que es necesaria la pena de muerte –murmuró Juan-. Nosotros, los pobres, debíamos decir a los burgueses: ¿Queréis matar? Matad vosotros.

-Mientras haya desdichados con hambre -repuso el Libertario habrá hombres capaces de ser verdugos.

-¿Qué pasaría si estos hombres llegasen a tener conciencia? -dijo Juan-. Una huelga de verdugos sería curiosa.

-Sería quitar un puntal a la sociedad -repuso el Libertario-. El verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los sostenes de esta sociedad capitalista.

-¿Cuánto durarán todavía los verdugos? -preguntó el Bolo.

-Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, mientras los curas engañen... -contestó con voz sombría el Libertario-,los habrá.

Caruty recitó una canción de un condenado a muerte, que escribe una carta a su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.

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