Ante el tribunal

ANTE EL TRIBUNAL



Por el corredor del palacio de Justicia se paseaba un caballero rubio, alto, delgado, vestido de frac. Se llamaba Andrey Pavlovich Kolosov y desde hacía dos años ejercía la abogacía.

El estado nervioso en que solía encontrarse los días señalados para la vista de las causas en que actuaba él era aquella tarde más intenso. Obedecía esto principalmente a la neurosis que de algún tiempo a aquella parte le aquejaba. Le habían prescrito duchas—que le habían aliviado muy poco—y le habían prohibido fumar; prohibición inútil, dado lo arraigado de su pasión por el tabaco.

Aunque sentía ese resabio desagradable que conocen tan bien todos los grandes fumadores, entró en la habitación del médico forense, en aquel momento desierta; se tendió en un sofá forrado de hule negro, y encendió un cigarrillo. Estaba muy cansado. Desde hacia ocho días, casi no se quitaba el frac. ¡Del Tribunal de Conciliación a la Jefatura de Policía, de la Jefatura de Policía a la Cámara de Casación! El día antes, un asunto sin importancia le había tenido en la Audiencia hasta las nueve de la noche.

Sus compañeros le envidiaban porque ganaba mucho y le consideraban un modelo de actividad, pero él no era dichoso. Los tres mil rublos anuales que ganaba con tanto trabajo no le lucían nada. La vida era muy cara. Los niños exigían gastos sin cuento. Contraía deuda tras deuda. Era martes; el jueves tenía que pagar la casa—cincuenta rublos—, y sólo, llevaba diez rublos en la cartera... Su mujer...

Al pensar en sus deudas y en su mujer hizo una mueca de disgusto y suspiró.

—¡Chico, al fin te encuentro!—exclamó, entrando, su compañero Pomerantzev—. Llevo media hora buscándote.

Pomerantzev había adquirido una envidiable reputación como criminalista y actuaba también, en calidad de defensor, en la causa que había de verse aquella tarde. Era un guapo muchacho, moreno, vivaz, parlanchín, lleno de una ruidosa alegría de vivir. Verdadero favorito del Destino, su rica familia le idolatraba, todos los negocios le salían a pedir de boca y la gloria le sonreía.

—Tenemos que ponernos de acuerdo respecto a la defensa—añadió.

—¡Déjame en paz!—contestó Kolosov—. Ya hablaremos.

—¿Cuándo?

—Luego.

Pomerantzev se encogió de hombros y se fué.

La causa en cuya vista habían de lucir aquella tarde ambos abogados sus brillantes dotes profesionales no tenía nada de complicada. En uno de los suburbios de Moscú de más siniestra fama a causa de sus numerosas tabernas, frecuentadas por la hez de la población, se había cometido un asesinato. Un individuo, que debía de ser comerciante o viajante de comercio, y que se había pasado la noche de juerga, en compañía de dos descamisados y una prostituta, llamada Tanka, la Manos blancas, había sido hallado por la mañana, estrangulado y robado, en una huerta.

Una semana después, Tanka y los dos descamisados fueron detenidos y se confesaron autores del asesinato.

Kolosov se encargó de la defensa de Tanka. En la cárcel, adonde fué a verla, le esperaba una grata sorpresa. Tanka, o Tania, como él empezó en seguida a llamarla, era una muchachita muy linda, modesta, tímida, vestida y peinada de un modo nada llamativo. Debido quizá a que el aislamiento había borrado de su faz los vestigios de su vergonzoso oficio, o bien tal vez porque el dolor la había humanizado y ennoblecido, lo cierto era que la joven no parecía una de aquellas criaturas despreciables de que él había oído hablar. Sólo su voz, un poco ronca, denunciaba su mala vida, sus noches de libertinaje y embriaguez.

Kolosov se convenció en seguida de su inocencia. La había perdido el miedo, el miedo de un ser humano colocado en lo ínfimo de la escala social, humillado por todos los que están sobre él. Todos eran más fuertes que la sinventura, y se creían con derecho a ultrajarla: el amante, cruel, siempre dispuesto a darle una paliza; el policía, cuyo presuntuoso autoritarismo la aterrorizaba; los que compraban sus caricias.

Oyendo sus palabras, llenas de cólera; viéndola temblar de indignación, llameantes los ojos, el abogado comprendió que era capaz de defenderse. No de otra suerte se defiende una bestezuela panza arriba, prestos los dientes a clavarse en la mano que intenta asirla y más digna de lástima, en su furia aparente—toda terror y dolor—, que si lanzase desesperados gritos.

Llorando y casi sin ninguna esperanza de que la creyesen, Tania contó cómo se había cometido el asesinato. Al pasar ella y los tres hombres, luego de copear en casi todas las tabernas del barrio, por una huerta solitaria, Iván Gorochkin, su amante, y Vasily Jovotiev se lanzaron sobre el desconocido y empezaron a estrangularle.

—¡Qué horror el mío, señor! «¡Asesinos», les grité; pero Iván me amenazó con matarme, y siguieron apretándole el cuello al desgraciado, que comenzó a hipar. «¡Asesinos!», repetí, acercándome a ellos, dispuesta a agarrarles de las muñecas. El bandido de Iván, entonces, me dió una patada en el vientre y me dijo: «¡Cuidado, no hagamos lo mismo contigo!» Yo, aterrorizada, eché a correr y, sin saber cómo, pues ni miraba por dónde iba, llegué a casa de la Marfucha. Había perdido el chal... Me acosté...

Al día siguiente, Tania le reprochó a su amante el crimen; pero Iván Gorochkin le asestó un par de puñetazos, y hora y media después la joven cantaba y lloraba a la vez, bebiendo vodka comprado con dinero del muerto.

Kolosov le hizo dos nuevas visitas a la procesada, pareciéndole más difícil, después de cada una de ellas, su defensa. ¿Qué podría, en efecto, decir ante el tribunal como abogado de la joven? Tendría que hablar de la injusticia y de la vileza sociales, de la terrible e incesante lucha por la vida, de los ayes de los vencidos sobre la ensangrentada arena del campo de batalla. ¿Pero acaso se le podía hacer sentir todo el horror de tales ayes a quien no los había oído nunca, a quien la sordera del corazón le impedía oírlos?

Se había pasado la noche preparando la defensa. Al principio había trabajado con gran premiosidad; mas después de tomarse unas cuantas tazas de café muy cargado y fumarse ocho o diez cigarrillos, sus ideas dispersas habían empezado a sistematizarse. Más sobreexcitado a cada instante, animado por el hallazgo de numerosas expresiones felices y bellas, había conseguido, al cabo, delinear un discurso lleno de fuerza y, al menos para él, convincente. Disipado el miedo que Tania le había contagiado, se había acostado, apuntando ya el día, seguro de sí y de su triunfo.

Pero aquella mañana, a causa de la larga noche de vigilia, se había levantado con la cabeza dolorida y como vacía. Algunas frases aisladas de su discurso, anotadas en un papel, le habían parecido artificiosas y demasiado retumbantes. «Quizá en el momento decisivo—habíase dicho—se me avive el seso y me vuelvan los ánimos.» Y se había ido a ver a Tania. La profunda apatía que se revelaba en su voz y en su actitud le había sorprendido desagradablemente.

—No deje usted, Tania, de decir ante el tribunal cuanto me ha dicho a mí, y dígalo en el mismo tono, con el mismo calor con que a mí me lo ha dicho. ¿Sabe?

—Sí, señor, sí...

La docilidad de esta respuesta no había esperanzado mucho a Kolosov: se adivinaba en ella el terror aplanante que dominaba a la joven.


Comenzó la vista.

Cuando se abrió la puerta que comunicaba el coxredor con el sitio destinado a los acusados, separado por una verja del resto del estrado, y entraron Gorochkin, Jobotiev y Tania, el público, a quien la larga espera comenzaba a aburrir, se animó. Se oyó el ruido de las espuelas de los gendarmes que escoltaban a los acusados; se vieron brillar sus sables, y el drama empezó. Los murmullos y la ligera agitación que turbaron el silencio de la sala denotaban que el público cambiaba impresiones. Las fisonomías vulgares de Gorochkin y de Jobotiev provocaron comentarios poco halagüeños. No así la de Tania, que produjo buena impresión: la joven era, por su aspecto, digna heroína de un drama.

Cuándo les hizo el presidente las preguntas de rúbrica a los acusados, Tania contestó a la relativa a su oficio:

—Prostituta.

Esta palabra, pronunciada ante numerosos hombres y mujeres de la buena sociedad, contentos de sí mismos, sonó como un tañido fúnebre, como un terrible reproche de un muerto a los vivos. Pero ninguna cabeza se bajó, ningunos ojos miraron al suelo. Al, contrario; la curiosidad que se pintaba en todos los rostros se avivó: la acusada empezaba bien.

El primero que declaró fué Gorochkin, un buen mozo, moreno, rufianesco, engreído. Hablaba lentamente y de un modo redicho, con cierto aire de superioridad indulgente sobre cuantos le rodeaban.

Según su declaración, el crimen había sido cometido por los tres acusados. El y Tania hablan sujetado a la víctima, y Jobotiev le había estrangulado.

Jobotiev, un hombre sin personalidad alguna, repitió ce por be la declaración de su compinche, y sólo se apartó de ella en lo referente al reparto del dinero robado. Ni la perspectiva del presidio podía hacerle olvidar que Gorochkin se había adjudicado la parte del león.

Le llegó su turno a Tania.

Kolosov esperaba su declaración con el alma en un hilo. Y cuando oyó sus primeras palabras se dijo: «¿Dónde están la energía y el acento de sinceridad con que me convenció a mí de su inocencia, y que eran sus únicas armas?»

La joven hablaba prolija y desmañadamente, deteniéndose en la exposición de detalles sin importancia; empleaba un lenguaje soez, y cuanto más empeño ponía en convencer al tribunal y al Jurado de que ella no había tenido participación en el crimen, más mentirosas parecían sus afirmaciones y más se acentuaba la prevención del auditorio en contra suya.

«¡Mejor sería que callara!», pensaba, indignado, Kolosov, para quien cada nota falsa en la vez de Tania era como un alfilerazo. No miraba al público ni a los Jurados; pero todo su ser sentía crecer en la sala la desconfianza y la hostilidad.

—Si no tuvo usted participación en el crimen, ¿por qué les dijo usted a la Policía y al Juez de instrucción que la había tenido?—le preguntó a Tania el presidente.

La joven vaciló un instante y repuso que la Policía le había arrancado aquella confesión pegándola. Se adivinaba en tal respuesta una burda mentira. Kolosov, apretando los dientes de cólera, bajó la cabeza, para no ver las sonrisas irónicas del auditorio. El sabía mejor que nadie que aquello no era cierto; pues, de serlo, su defendida se lo hubiera contado. ¿Pero cómo hubiera ella podido explicarles a aquellos señores el terror que le había inspirado, sólo con la mirada, el oficial de Policía ante quien había declarado momentos después de su detención? ¿Cómo hubiera podido hacerles comprender el miedo que sentía en presencia de cualquier autoridad?

—Y el juez de instrucción, ¿también le pegó a usted?—interrogó el presidente, irónico.

Una risita abyecta sonó en el fondo de la sala.

Tania no contestó.

—¿No fué usted condenada, hará próximamente un año, a dos meses de cárcel por haberle robado el portamonedas a un borracho?

Tania no contestó. ¿Qué iba a decir? Harto había hablado ya. Lo estúpidamente que lo había hecho le dolía, sobre todo por Kolosov, cuyo descontento advertía.

Al interrogatorio de los acusados siguió el de los testigos, interminable, fatigoso. Ante los ojos de Kolosov desfilaban amos de taberna, endomingados y corteses; mozos de estaminet, cariadormilados, noctámbulos de baja estofa. Unos hablaban por los codos y no habla manera de hacerles callar, y a otros, en cambio, era necesario arrancarles casi una por una las palabras. Uno de los testigos era un muchachito muy peripuesto, delgado, tímido, extremadamente simpático. El presidente le dirigió algunas palabras de aliento y le preguntó qué hacían Tania y los otros dos acusados cuando iban a casa de su abuela.

—Pelan patatas—contestó él, en tono ingenuo, y se sonrió.

Los jueces, los jurados y el público se sonrieron también, y hasta Tania, que lloraba en silencio, se sonrió a través de las lágrimas. Kolosov se dijo, mirándola: «Sólo por esa sonrisa debían absolverla.»

Su malestar iba en aumento. Veía girar ante sus ojos círculos luminosos; escuchaba con dificultad lo que se hablaba en torno suyo; las palabras llegaban a él desprovistas de sentido; el presidente le había llamado la atención por hacerle a un testigo dos veces seguidas la misma pregunta. Una profunda apatía le dominaba. Tratando de sacudirla, se fumó cuatro o cinco cigarrillos en el descanso y se bebió una copa de coñac; pero la excitación que el alcohol y el tabaco le produjeron fué muy breve, y tras ella su aplanamiento era mayor. «¿Qué es esto, Dios mío?», se preguntaba, sintiendo un ligero escalofrío.

Pomerantzev, osado, decidido, enérgico, cumplía su cometido de un modo admirable: preguntaba sin cesar a los testigos, hacía notar sus contradicciones, discutía con el presidente y con el fiscal. Su actuación tenía encantado al público.

Los discursos comenzaron cerca de las once de la noche.

El fiscal, un hombre de edad, un poco encorvado de rostro inteligente, pero inexpresivo, hablaba con una elocuencia serena, severa, implacable, cuyo numen era la lógica, tan engañosa, tan mendaz cuando se aplica al alma humana. Circunscribiéndose a los hechos, sin frases sonoras ni exclamaciones patéticas, tejía, malla por malla, la red que había de envolver y angostar a Tania. Luego de describir, frío, impasible, el medio en que vivían los criminales, pasó a la descripción del asesinato.

Parecíale a Kolosov, mientras su mano helada hojeaba las notas de su discurso, que cada palabra del acusador apagaba una luz de la sala y era, a la vez, un clavo que se hundía en la cabeza de la pobre acusada. Y le llenó de espanto la percepción súbita y clara de la enorme, de la aplastante responsabilidad que pesaba sobre él. Oprimido el corazón, trémulas las manos, oía una voz interior que le gritaba: «¡Criminal! ¡Criminal!» No se atrevía a mirar a Tania, temoroso de ver en sus ojos, aun viva, la esperanza, aquella esperanza que él, hasta horas antes, había alentado.

...La nube que se cernía sobre la cabeza de la joven se adensaba y se ennegrecía por momentos. Con su cruel impasibilidad, el fiscal hablaba del vergonzoso oficio de Tanka, la Manos blancas («ahora—decía—rojas de sangre») y recordaba el robo del portamonedas («que tal vez—añadía—no sea el único que ha cometido»).

Kolosov se ahogaba. Cerró los ojos y, con la emoción de un condenado a muerte al ver desde el cadalso el sol, el cielo azul, la verde campiña, pensó en su hogar, en sus hijitos, que ya estarían acostados... ¡Oh, si en aquel momento hubiera podido apoyar, dobladas las rodillas, su frente dolorida en aquellos cuerpecillos puros! ¡Oh, si hubiera podido huir de aquel horror!... No, no podía. Tania también tenía un hijo.

Sentía violentos impulsos de lanzar un grito salvaje, desesperado, de dolor. Hubiera querido poseer el verbo de los dioses, para improvisar una oración tonante como un trueno y abrir con ella a la piedad los corazones más crueles. De haber sido él un dios, el huracán de su elocuencia hubiera estremecido hasta los muros de la sala. ¡Qué triste era ser hombre, nada más que hombre!

El fiscal terminó su discurso. El público tosió y se removió durante unos momentos, y empezó a hablar Pomerantzev. Su palabra, flúida como el agua de un arroyo; su voz robusta, de vibraciones suaves, fueron como un claro fulgor que irrumpiese en una estancia obscura. Se oyó una risita en el fondo de la sala: el orador le había lanzado al fiscal un sutil dardo de ironía. Kolosov, ante el gesto plácido y los elegantes ademanes de su compañero, pensó, suspirando: «¿Qué sabes tú lo que es sufrir?»

Cuando le llegó a él su turno y dió principio a su discurso, no reconoció su propia voz, que brotaba sorda, desagradable, de su garganta seca, y no vibraba, como de costumbre, enérgica y apasionada. Los jurados, oídos con una atención religiosa los primeros períodos, comenzaron a bostezar y a sacar el reloj. Frases torpes, poco naturales, forzadas, en las que se notaba una total ausencia de espontaneidad, sucedíanse en parrafadas grises, lánguidas, aburriendo al auditorio fatigado. El presidente se puso a hablar en voz baja con otro miembro del tribunal. «¡Hay que acabar!», se dijo Kolosov, la muerte en el alma.

Los jurados se retiraron a deliberar. ¡Qué media hora más larga! Kolosov se paseaba solo, rehuyendo toda conversación; pero uno de sus compañeros, un muchacho gordo y jocundo, perteneciente a esa categoría de seres humanos que no distinguen lo que puede decirse de lo que no puede decirse, se le acercó y le espetó:

—Hoy no ha estado usted a su altura, querido. ¡Y yo que sólo he venido por oírle...!

Kolosov se sonrió amablemente y empezó a balbucear un lugar común; pero el otro, como divisara en el otro extremo del corredor a Pomerantzev, corrió hacia él, gritando:

—¡Bravo, Sergto Vasilievich! ¡Muy bien!

Sonó el timbre. El público, que se paseaba charlando y fumando, se abalanzó a las puertas de la sala. Los jurados salieron del gabinete de deliberaciones y reinó un silencio expectante. Las bocas se entreabrieron, los ojos se clavaron, ávidos, en el papel que el jefe del Jurado le entregó al presidente, para que lo leyese y firmase.

Kolosov miraba con fijeza, desde la puerta, el rostro pálido de Tania.

El jefe del Jurado leyó, no sin dificultad, a causa de lo poco claro de la letra:

«La campesina del distrito de Bronitza (región de Gubernia, provincia de Moscú) Tatiana Nicanorova Palachova, de veintiún años de edad, ¿es culpable de un asesinato cometido, en complicidad con otras personas, la noche del 8 al 9 de diciembre?—Sí.»

Le pareció a Kolosov que Tania se tambaleaba. ¿O era él, quizá, quien estaba a punto de desplomarse?

Sin ánimos para esperar, durante otra interminable media hora, la sentencia entre la animada multitud, se fué a un corredor apartado, y desierto, por donde empezó a pasearse abatidísimo. Sus pisadas resonaban ruidosas bajo la bóveda.

Cuando oyó las voces y los pasos de la multitud que salía de la sala, corrió a su encuentro. «¡Diez años de trabajos forzados!» En el acento con que se pronunciaban estas palabras había algo de triunfal. El abogado se detuvo junto a la puertecilla reservada a los reos. Al salir Tania, murmuró, cogiendo la inerte mano de la joven:

—¡Tania, perdón!

Ella le dirigió una mirada opaca, inexpresiva y siguió en silencio su camino.

Kolosov y Pomerantzev eran casi vecinos y volvieron a casa en el mismo coche. Pomerantzev compadecía a Tania y se congratulaba de que se hubiera reconocido circunstancias atenuantes en la participación de Jobotiev en el crimen. Kolosov apenas hablaba.

Cuando llegó a su casa preguntó, mientras se quitaba el gabán, si su mujer estaba ya acostada. Camino de la alcoba, se detuvo un momento a la puerta de la habitación de los niños. «¿Entro a darles un beso?», se dijo. Y, contra su costumbre, no entró.