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Por no conocerme así,
no quisiera conocerme.
BOSCÁN


De tan largo padecer,
de tan continuo penar,
imbécil me he de tornar
o loco me he de volver:
trastornado está mi ser
desde que mi amor perdí
y es tanto el mal que sufrí,
tanto el que sufriendo estoy,
que no encuentro en lo que soy
ni sombra de lo que fui.
Cuando tiendo la mirada
por los años de mi vida,
de hallarse tan abatida
llora el alma sonrojada:
hoy, al fin de mi jornada
al contemplarme y al verme
débil, apocado, inerme
contra la suerte fatal,
por no conocerme tal
no quisiera conocerme.
Desde que mi bien perdí
con lucha implacable y muda
la certidumbre y la duda
batallando están en mí:
ni creo lo que creí,
ni niego lo que negué;
y, examinando el por qué
de cuanto temo y deseo,
todas las sendas tanteo
y en ninguna siento el pie.
¡Feliz, feliz el creyente
que espera, firme y entero,
en un Dios justo y severo
o en un Dios dulce y clemente!
Mas ¡ay de aquel que impaciente
sondea la eternidad,
y, en vaga perplejidad,
jamas el ánimo inclina
ni a la justicia divina
ni a la divina bondad!
Para el que no osa creer,
es la eternidad baldía
un interminable día
sin mañana y sin ayer;
noche fue su amanecer,
y en su horizonte sombrío,
negro recorre el vacío
un sol que, entre opacas nieblas,
rayos lanza de tinieblas
y ondas esparce de frío.
Pero aquél que, en su impiedad,
a la negación se aferra,
del ánimo al fin destierra
duda, temor y ansiedad:
él admite una verdad,
¡triste verdad, bien lo sé!
mas para el alma que fue
presa de cobarde anhelo,
cualquier creencia es consuelo:
¡la fe en la nada aún es fe!
Yo, como el agua que llueve
corre esparcida sin cauce,
como la rama del sauce
que a todo viento se mueve,
presa de la duda aleve
cambio sin saber por qué;
y, exhausto de toda fe,
con amargo desconsuelo,
consternado miro al cielo
cuando nombro a la que amé.
En vano la Religión
me manda, con ceño airado,
que, olvidando lo pasado
procure mi salvación;
que negocie mi perdón,
y que, aplicando el veneno
que oculto llevo en el seno
la triaca que me den,
agencie mi propio bien
sin pensar en el ajeno.
¡Traición fuera, vil traición,
olvidar, falto de brío,
a la que por mí, Dios mío,
arriesgó su salvación!
En indisoluble unión,
almas que supo juntar
al pie de tu propio altar
amor trocado en deber,
¡o juntas se han de perder,
o juntas be han de salvar!
Y al salvarme, ¿qué ventura
lograra yo ¡desgraciado!
si en no tenerla a mi lado
consiste mi desventura?
Aunque en la celeste altura
donde mi clamor es estrella,
desertando de su huella
penetrar consiga yo,
para quien tanto la amó
¿qué gloria ha de haber sin ella?
¡Oh! cuando uno ha de caer,
acaso el otro, en la gloria,
pierda la dulce memoria
de los amores de ayer.
Mas si no hemos de caber
a un tiempo los dos allí,
haz, Señor, que junto a Ti
mi esposa feliz se crea,
¡ay! aunque yo no la vea
ni ella se acuerde de mí!