Ana Karenina VII: Capítulo XXVIII

Ana Karenina
Séptima parte: Capítulo XXVIII
 de León Tolstoi


El cielo estaba despejado. Durante toda la mañana había caído una lluvia menuda y ahora el tiempo se había ido aclarando. Los tejados de chapa, las lows de las aceras, los cantos rodados del pavimento de las calles, las ruedas y las guarniciones del coche, todo brillaba bajo los rayos radiantes del sol de mayo. Eran las tres de la tarde, y las calles presentaban gran animación. Sentada cómodamente en el coche, que se balanceaba con suavidad sobre los muelles, bien templados, al rápido correr de los caballos, Ana Arkadievna repasaba de nuevo en su mente cuanto le había sucedido y todo lo que había pensado en aquellos últimos días.

Ahora, despejada su cabeza por el aire puro y fresco que entraba en el coche, y bajo las impresiones que se iban sucediendo ante su mirada en el exterior, su situación se le aparecía completamente distinta a como la veía en su casa. La idea de la muerte no se le aparecía en este momento tan terrible y tampoco se le aparecía como inevitable.

Ahora sólo se reprochaba la humillación a que había descendido escribiendo a Vronsky.

« Le he implorado su perdón... Me he considerado culpable... Me he sometido... ¿Por qué? ¿Es que no puedo vivir sin él?» Y, sin contestarse, se puso maquinalmente a mirar la gente que pasaba, las casas, los escaparates. Leía los rótulos de los establecimientos. « Despacho y depósito.» «Dentista.» Y, mientras tanto, iba reflexionando con antiguos y nuevos pensamientos sobre su situación y las resoluciones que había de tomar, lo que iba a hacer ..

«Le contaré todo a Dolly... Ella no aprecia a Vronsky. Sentiré vergüenza, dolor, pero se lo diré todo. Dolly me quiere y seguiré su consejo. No quiero someterme a él. No le permitiré que haga de mí un juguete de sus caprichos. "Filipov. Kalachi ". Dicen que trae la crema de San Petersburgo. ¡El agua de Moscú es tan buena!... Y también existen los depósitos de agua de Mitischi y hay tortas.» Y recordó que hacía mucho tiempo, cuando ella tenía diecisiete años, iba con su tía al monasterio de la Santísima Trinidad. «Fuimos en caballos. No había ferrocarril aún. ¿Pero es posible que fuera yo aquella niña que tenía las manos tan rojas? ¿Cuántas cosas de las que me parecían entonces hermosas a inaccesibles se han convertido para mí en insignificantes; y, en cambio, lo que entonces tenía a mi alcance ahora me es inaccesible o lo he perdido para siempre. ¿Cómo habría podido yo creer en aquellos días que llegaría a una humillación semejante? ¡Qué contento y orgulloso se pondrá al recibir mi carta! Pero voy a demostrarle... Qué mal huelen estas pinturas. ¿Por qué estarán siempre pintando y construyendo? "Modas y adornos"», leyó en otro rótulo. Un hombre la saludó. Era el marido de Anuchka. Recordó que Vronsky les llamaba « nuestros parásitos». « ¿Nuestros? ¿Por qué decía nuestros? Es terrible que no podamos arrancar de raíz el pasado. Es imposible arrancarlo, pero podemos desechar sus recuerdos. Y, yo lo voy a hacer.» Y se acordó entonces de que también a Alexey Alejandrovich le había borrado de su memoria. «Dolly va a creer que abandono a mi segundo marido y por esto, seguramente, no me dará la razón... Pero ¿es que por ventura la quiero tener? ¡No puedo!»

Sintió ganas de llorar, pero en aquel momento, dos jóvenes, sonrientes y alegres, se cruzaron con el coche, ella pensó: « ¿De qué se reirán? Seguramente su alegría tendrá por causa el amor. No saben que el amor es sólo llanto y amargura».

Corrían tres niños jugando a los caballos.

«¡Sergio!», pensó Ana. « Lo perderé todo y no le tendré a él.»

«Sí, si Vronsky no vuelve lo perderé todo. Quizá llegó tarde para tomar el tren. Y acaso está ya en casa. De nuevo estoy buscando mi humillación. Entraré en la habitación de Dolly y le diré: "Soy desgraciada. Lo merezco: soy culpable; pero de todos modos, compadéceme y ayúdame". Estos caballos... este coche... ¡Cuán repugnante soy en este coche! Todo esto le pertenece a él. No los veré más.»

Ana subió la escalera de la casa de Dolly con toda la prisa que le permitieron sus piernas y su corazón, que latía violenta y apresuradamente.

Mientras, volvía a pensar en lo que diría a su amiga.

–¿Hay alguna visita? –preguntó antes de pasar al recibimiento.

–Catalina Alejandrovna –contestó el criado que le abrió la puerta.

«Kitty, la misma Kitty de la cual estuvo enamorada Vronsky», pensó Ana. Aquella misma mujer que «él» recordaba con cariño. «Se arrepintió, no se casó con ella y ella me recuerda con odio; sabe que Vronsky se halla unido a mí.»

En el momento en que llegó, las dos hermanas hablaban del modo de amamantar a los niños.

Cortando aquella conversación, Dolly salió al encuentro de Ana.

–¡Ah! ¿Todavía no tu has marchado? Quería pasar por tu casa –le dijo, mientras la saludaba besándola cariñosamente–. Hoy hemos recibido una carta de Stiva.

–Nosotros hemos recibido un telegrama –contestó Ana, mirando en torno para ver a Kitty.

–Stiva me dice que no entiende qué es lo que quiere Alexey Alejandrovich, pero que no vendrá sin una contestación.

–Entendí que tienes una visita –dijo Ana.

–Sí, está Kitty. Se ha quedado en el cuarto de los niños. Ha estado muy enferma.

–Ya lo sé. ¿Puedo leer la carta de Stiva?

–La traeré en seguida. Alexey Alejandrovich no ha rechazado la petición, Stiva tiene esperanza –dijo Dolly parándose en la puerta.

–Yo no espero ni deseo nada –dijo Ana.

«¿Considera Kitty humillante para ella encontrarse conmigo? Quizá los otros tengan razón. Pero ella, que estaba enamorada de Vronsky. Ella no debía mostrármelo, aunque sea verdad. Sé que ninguna mujer decente puede recibirme por mi situación. Sé que en el momento en que me uní a Vronsky lo sacrifiqué todo. Lo he sacrificado todo por él y ésta es mi recompensa. ¡Oh, cómo le odio! ¿Y para qué he venido aquí? Me siento todavía peor, más oprimida.»

De la habitación contigua le llegaban las voces de Dolly y su hermana, que hablaban entre sí.

«¿Qué le diré ahora? ¿Consolaré, por ventura, a Kitty siendo yo tan desgraciada? ¿Me someteré a su protección? No. Tampoco Dolly podrá comprender nada. No tengo nada que decirles. Me interesaría sólo ver a Kitty y mostrarle cómo lo desprecio todo y a todos, lo indiferente que me es todo.»

Dolly entró con la carta.

Ana leyó lo que decía Esteban Arkadievich y comentó:

–Lo sabía y no me interesa.

–¿Y por qué? No hay que desanimarse: al contrario. Yo tengo esperanzas ––dijo Dolly mirando a su cuñada con sorpresa.

Dolly no la había visto nunca tan irritada.

–¿Cuándo te marchas? –le preguntó.

Ana entornó los ojos y mró ante sí sin contestar.

Luego preguntó a Dolly, mirando a la puerta de la habitación en que estaba Kitty y ruborizándose:

–¿Por qué se esconde Kitty de mí?

–¡Qué tontería! Está dando el pecho a su niño y la cosa no va bien. Yo la aconsejaba... Se alegrará mucho de verte. Vendrá en seguida –dijo Dolly, manifestando cierta confusión–. ¡Ah! Aquí está.

Al enterarse de que Ana estaba en la casa, Kitty había decidido no salir a verla, pero su hermana la había persuadido de que, al menos, la saludase.

Así, Kitty, haciendo un esfuerzo sobre su voluntad, salió a ver a Ana y, ruborizándose, se le acercó y le dio la mano.

–Estoy muy contenta de verla –le dijo con voz temblorosa.

Se mostraba cohibida por la lucha que había sostenido entre su enemistad hacia Ana y el deseo de mostrarse condescendiente con ella; pero en el momento en que vio su rostro, hermoso y lleno de simpatía, su animosidad desapareció.

–No me habría extrañado –dijo Ana– que no hubiera usted querido encontrarse conmigo. Estoy acostumbrada a esto. Está usted enferma, ¿no? Sí, está algo cambiada.

Kitty sentía que Ana la miraba con enemistad, pero la disculpó comprendiendo la situación en que se encontraba, y hasta sintió hacia ella cierta lástima.

Hablaron de Stiva y de la enfermedad del niño, pero era evidente que nada de aquello interesaba a Ana.

–He venido sólo por despedirme de ti –dijo Ana a Dolly levantándose para marcharse.

–¿Cuándo se van ustedes? –le preguntó Dolly.

Ana, sin contestar a esta pregunta, se dirigió a Kitty.

–Sí, estoy muy contenta de haberla visto –dijo con una sonrisa–. ¡He oído tanto bueno de usted en todas partes, incluso de su marido! Vino a verme y me alegró mucho su visita –dijo con intención evidente de herir a Kitty–. ¿Dónde está ahora? –añadió aún.

–Se marchó al campo –contestó ella ruborizándose.

–Salúdele de mi parte; no lo olvide usted.

–Con mucho gusto –dijo ingenuamente Kitty, mirando con compasión a Ana.

–Adiós, Dolly.

Y, tras besar a Dolly y dar la mano a Kitty, Ana salió precipitadamente.

–Siempre es la misma, siempre tan atractiva. Es en verdad hermosa –comentó Kitty al quedarse a solas con su hermana–. Pero hay algo en ella que inspira compasión. Algo muy penoso, infinitamente penoso.

–Y hoy tiene algo particular –dijo Dolly–. Cuando la acompañaba hasta el vestíbulo, me pareció que iba a llorar.


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