Ana Karenina VII: Capítulo XXVII

Ana Karenina
Séptima parte: Capítulo XXVII
 de León Tolstoi


«¡Se marchó! ¡Todo ha terminado!» , se dijo Ana.

Estaba en pie cerca de la ventana. Sus pensamientos, la oscuridad en que estaba la habitación por haberse apagado la luz y el recuerdo de la terrible pesadilla que había tenido, llenaron su alma de terror.

«No, esto no puede ser», exclamó y, cruzando apresuradamente la habitación, oprimió el timbre con insistencia.

Sentía ahora tanto miedo de estar sola que, sin esperar la llegada del criado, se dirigió al encuentro de éste.

–Entérese a dónde ha ido el Conde –le dijo.

El criado contestó que el Conde se dirigía a las cuadras

–El señor Conde –añadió– dijo, también, que el coche volvería en seguida por si la señora quería salir.

–Bien. Espere. Voy a escribir una carta, y la hará llevar por Mijailo a las cuadras inmediatamente.

Ana se sentó y escribió en un papel de cartas:

Tengo yo la culpa... Vuelve a casa... Tenemos que hablar... Por Dios, ven... Siento miedo...

Cerró la carta y se la entregó al criado. Luego, en su temor de quedarse sola, salió tras éste y entró en el cuarto de la niña.

«¿Qué es esto? Éste no es mi Sergio. ¿Dónde están sus ojos azules, sus caricias, su tímida y dulce sonrisa?» Éste fue su primer pensamiento al ver a la niña, gordita, colorada, con ojos negros y cabellos rizados, en vez de a Sergio, a quien ella, perturbada y confundida, pensaba encontrar en aquella habitación.

La niña, sentada cerca de la mesa, se entretenía en golpearla, insistentemente, con un corcho que había sacado de una garrafa. Al entrar su madre, volvió la cabeza y puso en ella sus ojos negros y pequeños con una mirada sin expresión.

La inglesa preguntó a Ana por su salud y ella contestó que se encontraba bien ya, añadiendo que al día siguiente se irían al campo. Luego se sentó junto a la niña y se puso a jugar con ella, moviendo el tapón de la garrafa. Mas, la risa clara y sonora de la niña y el movimiento que hizo con sus cejas le recordaron tan vivamente a Vronsky, que, conteniendo sus sollozos, se levantó bruscamente y salió de la habitación.

«¿Es posible que todo haya terminado? No, no es posible» , pensaba. «Él volverá. ¿Pero cómo podrá explicarme la animación, la sonrisa expresiva que tenía mientras hablaba con Sorokina? Escucharé, a pesar de todo, lo que me diga, le creeré. Si no le creo, sólo me queda un camino. ¡Y esto no lo quiero!»

Ana miró el reloj. Habían pasado doce minutos desde que mandara el recado a Vronsky. «Un poco más. Nada más que diez minutos. ¿Y si no vuelve? No, no es posible... No está bien que me vea con los ojos así... Comprenderá que he llorado... Voy a lavarme... Sí... sí. ¿Estoy ya peinada o no» , se preguntó de repente. Y no recordándolo, se tocó la cabeza. « Sí; estoy peinada... Pero, ¿cuándo me he peinado?... No me acuerdo» , dudando aún, se miró una vez más al espejo. «¿Qué es esto?» , se dijo al ver en el espejo su rostro alterado, y los ojos con un brillo extraño, que la miraban con expresión de espanto. «¿Soy yo esa mujer?»

Volvió a mirarse en el espejo para ver toda su figura y creyó sentir que, como en otras ocasiones semejantes, Vronsky se le acercaba por detrás y la acariciaba y besaba frenéticamente su espalda, su nuca... Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, como si Vronsky estuviera realmente allí, prodigándola besos y caricias, a inconscientemente se llevó sus manos a la boca y las besó con frenesí.

«¿Qué es esto», dijo luego. « ¿Será que me he vuelto loca?»

Y corrió hacia el dormitorio donde Anuchka arreglaba algunas cosas.

–Anuchka –llamó.

Y no dijo más: se detuvo ante la doncella mirándola fijamente y sin recordar lo que iba a decirle.

–Quería usted ir a ver a Daria Alejandrovna –dijo Anuchka, como ayudándole a recordar que era esto lo que quería decirle.

–¿A Daria Alejandrovna?... Sí... iré... –respondió Ana distraídamente, mientras calculaba.

«Quince minutos en ir allí, quince para volver. Ya estará regresando... Ahora en seguida llegará.»

Sacó su reloj y lo miró para ver qué hora era.

«¿Y cómo pudo marcharse dejándome así? ¿Cómo puede vivir sin haberse reconciliado conmigo?» Se acercó a la ventana y se puso a mirar a la calle, esperando ver volver al criado o que llegara Vronsky.

«Quizá me haya equivocado en mis cálculos», pensó al ver que ni el criado ni él aparecían. Y en el momento en que se dirigía al salón para comprobar en el reloj de péndulo si el suyo iba bien, se oyó el ruido de un carruaje que se paraba ante la puerta.

Ana se asomó ávidamente a la ventana y vio el coche de Vronsky. Su corazón palpitó con más fuerza y aceleró sus latidos. Pero ni Vronsky ni nadie subía la escalera. En el piso de abajo se oían voces, mas la de él no se oía.

El criado que había llevado la carta y que era quien acababa de llegar con el coche, se adelantó hacia ella.

Ana le preguntó por su encargo.

–No hemos encontrado al señor Conde... Ya se había marchado a la estación del ferrocarril de Nijni.

–¿Cómo? ¿Que se había marchado? –preguntó Ana, con acento de consternación.

El criado, colorado y alegre como siempre, le confirmó lo que le había dicho y le devolvió la carta.

«¡Ah!, sí; es verdad. No la ha recibido» , se dijo. Reflexionó un instante y ordenó:

–Vaya con esta carta a la finca de la condesa Vronskaya. Está cerca de Moscú. Y tráigame en seguida la respuesta.

«Y yo, ¿qué haré?» , pensó. « Sí, iré a ver a Dolly. Es verdad... Ella vino... Si no, me volveré loca... ¡Ah! También puedo enviarle un telegrama.» Y Ana escribió este despacho:

Necesito hablarle. Venga en seguida.

Entregó el telegrama al criado y se marchó a ponerse el traje de calle. Ya vestida y con sombrero, Ana miró a los ojos a Anuchka. La doncella estaba tranquila, pero en sus pequeños y bondadosos ojos grises se leía una viva compasión.

–Anuchka querida, ¿qué debo hacer? –le dijo Ana sollozando y dejándose caer, abatida, en el sillón.

–¿Y por qué se desespera usted tanto, Ana Arkadievna? Esto sucede siempre... Váyase usted a ver a Daria Alejandrovna y distráigase un poco –le dijo Anuchka, consolándola.

–Sí, iré –dijo Ana, recobrándose–. Si en mi ausencia llega un telegrama, me lo mandas a casa de Daria Alejandrovna... Y si no, déjalo... Yo volveré...

«Sí, no hay que pensar en nada, sino en hacer algo... Y lo principal es marcharse, salir de esta casa», se dijo Ana, Y de repente se horrorizó, percibiendo el rápido y agitado latir de su corazón. Salió precipitadamente y se sentó en el coche.

–¿Adónde desea la señora que la llevemos? –preguntó Pedro antes de sentarse en el pescante.

–A la Snomenskaya, a casa de Oblonsky.


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