Ana Karenina VII: Capítulo XVI

Ana Karenina
Séptima parte: Capítulo XVI
 de León Tolstoi


A las nueve de la noche, el viejo príncipe, Sergio Ivanovich y Esteban Arkadievich estaban sentados con Levin y, habiendo hablado ya respecto a la joven madre, trataban ahora de otras cuestiones relativas al caso.

Levin les escuchaba sin prestarles atención alguna. Mientras hablaban, él recordaba los temores y sufrimientos que había experimentado hasta la mañana de aquel día. Recordaba su estado de la víspera, antes de que pasara nada de todo aquello, y le parecía que desde entonces habían transcurrido cien años.

Se sentía en una altura inaccesible de la cual quería descender para no ofender, con su falta de atención, a aquellos que estaban hablándole. Pero mientras seguía aquella conversación relativa a la nueva situación de su familia, Levin no dejaba de pensar en su mujer, en el estado de su salud; y pensaba también en su hijo, de cuya existencia, aunque procurando convencerse, dudaba todavía.

Aquel mundo femenino, al que ya desde su boda consideraba con otra significación, bajo el aspecto de futuras esposas, ahora lo veía a una altura tal, formado por madres, que ni siquiera podía llegar a él en su imaginación.

Estaba escuchando cómo hablaban de la comida que habían tenido el día anterior en el Círculo y, entre tanto, pensaba: «¿Qué hará ahora Kitty? ¿Estará durmiendo? ¿Cómo se sentirá? ¿Qué estará pensando? ¿Chillará aún el pequeño Dimitri?»

Y, cortando inopinadamente la conversación, se levantó y salió de la estancia.

–Mándame aviso de si puedo verla –le encargó el Príncipe.

–Bien, ahora –contestó Levin sin detenerse y se dirigió apresuradamente a la habitación de su mujer.

Kitty no dormía. Hablaba con su madre, en voz baja, referente al próximo bautizo del niño. En tanto, descansaba, arreglados su rostro y su cuerpo; peinada de nuevo, con una cofia azul celeste cubriéndole la cabeza, los brazos sobre la colcha y recostada dulcemente en la almohada.

Al ver a Levin, que se quedó en la puerta mirándola, le indicó con los ojos que se acercara. Su mirada, siempre tan clara, hacíase más clara todavía a medida que él se aproximaba. En su rostro se advertía aquel cambio de terrenal a ultraterreno, aquella expresión de serenidad que se observa en los rostros de los muertos, con la diferencia de que en éstos es de despedida y en el de Kitty era de alegre salutación, de bienvenida.

La emoción que había experimentado durante el parto, volvió a apoderarse de él. Kitty le tomó su mano y le preguntó si había dormido.

Levin, vencido por la emoción, no pudo contestar, y avergonzado de su debilidad, volvió el rostro.

–Pues yo he dormido un buen rato ––dijo ella– y he olvidado todo lo que he sufrido, y ahora, Kostia, me siento tan bien otra vez...

Le miraba y, de repente, llegaron hasta ella los gritos del niño, y la expresión de su rostro cambió.

–Démelo, Elisabeta Petrovna, démelo. Quiero que Kostia lo vea.

–Bien, que el papá lo vea –dijo Elisabeta Petrovna, levantando y acercando una forma extraña, colorada, que se movía–––. Pero esperen un momento; antes tenemos que arreglarle.

Y Elisabeta Petrovna puso aquella forma movible y colorada –el niño– sobre la cama, le desenvolvió, le echó polvos en sus carnecitas, separando, cuidadosamente con un dedo, sus junturas, sus arruguitas, y le vistió de nuevo.

Mirando a aquel minúsculo y lamentable ser, Levin hacía vanos esfuerzos en su alma para encontrar en ella algún sentimiento paternal. Sentía sólo repugnancia. Pero cuando dejaron desnudo al niño y vio sus brazos, tan delgaditos, tan diminutos, los pies de color azafranado, hasta en los dedos mayores, que eran muy distintos de otros dedos; y al ver, también, que la comadrona apretaba aquellos brazos que querían abrirse y los cerraba como si tuvieran muelles blandos, y cómo le movía para envolverle en las vestiduras de hilo, Levin sintió tanta lástima de aquel ser y tanto temor de que Elisaveta Petrovna le hiciera daño, que retuvo las manos de la comadrona.

Elisabeta Petrovna no.

–No tema, hombre, no tema –le dijo.

Cuando el niño estuvo arreglado y convertido en una especie de crisálida, Elisabeta Petrovna le hizo girar, presentándole por todos sus lados, como si estuviera orgullosa de él y de su labor, y apartándose para que Levin pudiera verle en toda su belleza.

Kitty, que no separaba un momento los ojos del recién nacido, exclamó de nuevo:

–Démelo, démelo –y hasta quiso levantarse para coger a su hijo.

–¿Qué hace usted, Catalina Alejandrovna? No debe usted hacer estos movimientos. Espere, que se lo daré. Ahora, en cuanto acabe de verle su papaíto... Qué buen mozo, ¿eh?

Y Elisabeta Petrovna levantó en una de sus manos (la otra, con sólo los dedos, sostenía la débil nuca para evitar cualquier movimiento peligroso) a aquella extraña figura, rojiza y movible. Tenía el rostro oculto por los bordes de los pañales, pero se le veían las naricillas, los ojos, cerrados y algo torcidos, y los labios que hacían ademán de chupar.

–¡Es una criatura magnífica! –volvió a ensalzar Elisabeta Petrovna.

Levin suspiró con pesar. Aquella criatura magnífica le despertaba solamente un sentimiento de repugnancia y compasión. Cuando Elisabeta Petrovna lo acercó al pecho de la madre, y auxilió a ésta en su inexperiencia, Levin no quiso mirar.

De repente, una risa nerviosa de Kitty, provocada por la impresión que le causaba el niño tomando el pecho, hizo volverle la cabeza.

–Ya basta, basta ya ––decía Elisabeta Petroyna; pero Kitty dejó mamar al niño hasta que quedó dormido en sus brazos.

–Mírale ahora –dijo la madre, volviendo el niño de forma que Levin pudiera verle el rostro.

El niño arrugó aún más su carita de viejecillo y estornudó.

Levin, conteniendo con dificultad las lágrimas de enternecimiento que acudían a sus ojos, besó a su mujer y salió de la habitación.

Los sentimientos que le inspiraba aquel pequeño ser eran completamente distintos de lo que él esperaba. No se sentía alegre, y mucho menos feliz. Por el contrario, experimentaba un miedo nuevo y atormentador. Miedo a que Kitty pudiera verse de nuevo en el trance de tener que pasar por los sufrimientos que había pasado. Miedo al nuevo rincón vulnerable que habría a partir de ahora en su vida, en el temor de que aquella criatura hubiese de sufrir. Y este sentimiento era tan fuerte en él que no le dejó percibir la extraña sensación de alegría irracionable mezclada con un orgullo que había experimentado oyendo estornudar al niño.


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