Ana Karenina VII: Capítulo XIX

Ana Karenina
Séptima parte: Capítulo XIX
 de León Tolstoi


Esteban Arkadievich iba a marcharse ya cuando entró Korney y anunció:

–Sergio Alexievich.

–¿Quién es este Sergio Alexievich? –preguntó Esteban Arkadievich a Karenin, pero en seguida recordó y dijo:

–¡Ah! Sí, mi sobrino Serguey. Pensé que se trataba de algún jefe de un departamento ministerial...

«Ana me ha pedido que le vea», pensó también Oblonsky y recordó la expresión del rostro de su hermana, tímida y lastimera, cuando le había dicho, despidiéndose de él: «Haz por verle de cualquier modo. Entérate detalladamente de dónde está, quién está a su lado y, si esto fuera posible... ¿Verdad que es posible, Stiva, obtener el divorcio y tener a mi hijo conmigo?».

Esteban Arkadievich veía ahora que no podía ni siquiera pensar en tal cosa; de todos modos, se alegró de ver al menos a su sobrino y poder así dar noticias directas a su hermana.

Alexey Alejandrovich hizo presente a su cuñado que a Sergio no le decían nunca nada de su madre y le rogó que él se abstuviera asimismo de hablarle de ella.

–Sergio ha estado muy enfermo –explicó– después del último encuentro con su madre, que nosotros no habíamos previsto, y a consecuencia, precisamente, de la impresión que recibió. Hasta hemos temido por su vida. Una cura bien llevada y baños de mar han repuesto su salud. Ahora, por consejo del médico, le he internado en un colegio. Efectivamente, el trato con los compañeros le ha producido una reacción beneficiosa y está completamente sano y estudia muy bien.

–¡Pero, si está hecho un hombre! Realmente ya no es Serguey sino un completo Sergio Alexievich ––comentó Esteban Arkadievich sonriendo y mirando extasiado al hermoso muchacho, ancho de espaldas, vestido con marinera azul y pantalón largo, de palabra fácil y ademanes desenvueltos en que encontraba convertido al pequeño Serguey.

El niño saludó a su tío como a un desconocido; pero, al reconocerle, se sonrojó y, como si se sintiese ofendido a irritado por algo, le volvió la espalda con precipitación.

Luego se acercó a su padre y le presentó su cuaderno con las notas obtenidas en la escuela.

–Esto ya está bien. Sigue así –comentó su padre.

–Está ahora más delgado y ha crecido mucho. Ha dejado de ser un niño y es un mocetón. Así me gusta –dijo Esteban Arkadievich–. ¿Me recuerdas? –preguntó al niño.

Sergio miró a su padre rápidamente, como consultándole lo que debía hacer.

–Le recuerdo, mon oncle –contestó mirándole. Y de nuevo bajó la vista.

Esteban Arkadievich atrajó hacia sí al niño y le cogió la mano.

–¿Qué, cómo van las cosas? –le dijo con acento cariñoso, pero cohibido, sin saber bien lo que decía, aunque deseando hablar con él y que le hablase.

Ruborizándose y sin contestar, el niño tiró suavemente de la mano que le había cogido su tío y, apenas logró soltarse, se separó de él, miró interrogativamente a su padre, pidiéndole permiso para retirarse y, al contestarle con un gesto afirmativo, salió de la habitación apresuradamente, como un pájaro al que dejasen en libertad.

Había pasado un año desde que Sergio Alexievich viera a su madre por última vez, y desde entonces nunca había vuelto a oír a hablar de ella. Este año le habían internado en un colegio, donde conoció y cobró afecto a otros niños también internados allí. Los pensamientos y recuerdos de su madre, que después de su entrevista con ella le hicieron enfermar, ahora habían dejado de inquietarle, y, si a veces volvían a su mente, los rechazaba considerándolos vergonzosos, propios de niñas pero no de niño. Sabía que entre sus padres se había producido una discordia que les había separado y que él debía estar con su padre. Y procuraba acostumbrarse a esta idea.

Ver a su tío, tan parecido a su madre, le fue desagradable, por despertar en él aquellos recuerdos que consideraba vergonzosos. Y aún le fue más desagradable la visita por algunas palabras que oyó cuando esperaba a la puerta del despacho y que, por la expresión de los rostros de su padre y su tío, adivinó que se referían a su madre. Y, para no inculpar al padre, puesto que con él vivía y de él dependía y, principalmente, por no entregarse al sentimiento que él consideraba denigrante, Sergio procuró no mirar a Esteban Arkadievich y no pensar en lo que éste le recordaba.

Al salir del gabinete, Esteban Arkadievich encontró a Sergio en la escalera y le llamó, y le preguntó, mostrándole gran interés y afecto, cómo pasaba el tiempo en la escuela y en las clases, qué hacía luego y otros detalles de su vida.

Sergio, ausente su padre, contestó muy comunicativo, más hablador.

–Ahora jugamos al ferrocarril –explicó–. Vea usted, es así: dos chicos se sientan en un banco figurando ser viajeros; otro, se coloca de pie delante del banco, de espaldas a éste; los tres se enlazan con las manos y los cinturones (todo esto estápermitido) y, abiertas antes las puertas, corren por todas las salas. ¡Es muy difícil ser el conductor!

–¿El conductor es el que está de pie, delante del banco?

–Sí. Y hay que ser muy atrevido y listo. Es muy difícil. Sobre todo cuando el tren se para de golpe, o cae alguno...

–Sí, eso no será tan fácil ––comentó Esteban Arkadievich, mirando con tristeza aquellos ojos animados que tanto se parecían a los de la madre; ojos que ya no eran infantiles, que no reflejaban ya completamente inocencia.

Y aunque Oblonsky había prometido a Karenin no hablar a Sergio de su madre, no pudo contenerse y súbitamente le preguntó:

–¿Te acuerdas de tu madre?

–No, no me acuerdo –dijo Sergio rápidamente, y, poniéndose intensamente rojo, bajó la vista y quedó inmóvil y pensativo. Esteban Arkadievich no pudo obtener de él ni una palabra más. El preceptor ruso le encontró media hora más tarde en la misma postura, sin haber salido de la escalera, y no pudo comprender qué le ocurría: si estaba disgustado o si lloraba.

–¿Es que se hizo daño cuando se cayó? –inquirió el preceptor–. Ya decía yo –comentó a renglón seguido que este juego es muy peligroso. Habrá que decírselo al director para que no lo permita.

–Si me hubiera hecho daño –contestó secamente Sergio– nadie me lo habría notado. Téngalo por seguro.

–¿Qué le ha sucedido, pues?

–Déjeme... Qué si me acuerdo, que si no me acuerdo. ¿Qué tiene que ver él con esto? ¿Por qué debo acordarme? Déjenme en paz –terminó dirigiéndose, no a su instructor, sino a otras personas ausentes a quienes veía todavía en su pensamiento.


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