Amalia: 24

Amalia: Escenas de la mesa
Segunda parte, Capítulo 11 de José Mármol



La señorita de Rosas ocupaba una de las cabeceras de la mesa; a su izquierda estaba el señor ministro de Hacienda Don Manuel Insiarte, y a su derecha el señor ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville, que poco antes había dejado en su casa a Su Excelencia el señor Gobernador, después de haber tenido el placer de verlo en su mesa en el convite diplomático dado en celebración del natalicio de Su Majestad la reina Victoria, igualmente que al señor ministro Arana, que después del banquete hubo retirádose a su casa, algo incomodado del estómago.

En seguida del señor Mandeville estaba Doña Mercedes Rosas de Rivera, y frente a ella su hermana Agustina, teniendo a su izquierda al señor Picolet de Hermillon, cónsul general de Cerdeña; seguían después todas las principales señoras de aquella reunión federal, colocados entre ellas algunos personajes notables de la época, y conservándose los demás caballeros, unos de pie tras las sillas de las señoras, otros formando grupos en los ángulos del comedor.

Frente a la señorita Manuela, en la cabecera opuesta de la mesa, estaba sentado el general Mansilla.

Un silencio, apenas interrumpido por el ruido de la porcelana y los cubiertos, inspiraba un no sé qué de ajeno al lugar y al objeto de aquella reunión, y ponía en conflicto a la parte más crecida de los asistentes, en medio de ese silencio de funerales. ¡Era de verse la pantomima de aquellas señoras esposas de los heroicos defensores de la santa causa, al llevar cada bocado a su boca!

El tenedor se levantaba del plato con una delicadeza tal que parecía entre los dedos el fiel de una celosa balanza, pronto a inclinarse al más ligero accidente. El pedacito de ave o de pastel era llevado a los labios con la misma delicadeza con que una persona de buen gusto lleva a las narices una delicada flor del aire, y los indecisos labios lo tomaban tiernamente, después que los ojos habían girado a derecha e izquierda para ver si alguien notaba el pecado capital de comer cuando se está para ello en una mesa.

Todos los preceptos del catón éranse allí escrupulosamente cumplidos: el cubierto, siempre sobre el plato, y sobre el plato siempre lo que en él se había servido; esperando todos que alguien preguntase, para contestar; y como nadie preguntaba, ninguno de los convidados hablaba una palabra.

Había allí, sin embargo, una dama que comía más libremente que las otras; y era la señora esposa de Don Antonio Díaz, personaje célebre de la emigración oriental que acompañó a Buenos Aires al ex presidente Oribe. Esta señora, madre de preciosas hijas que allí estaban, se entretenía en comerse medio budín, como postre de una piernita de pavo y de una tierna pechuga de gallina, que había saboreado para quitar de sus labios el gusto salado que habían dejado en ellos dos o tres rebanadas de jamón, con que la señora quiso neutralizar el gusto a manteca que había dejado en su boca un plato de mayonesa con que había empezado a preparar su apetito.

Los coroneles Salomón, Santa Coloma, Crespo, el comandante Mariño; los doctores Torres, García, González Peña; los diputados Garrigós y Beláustegui, eran de los personajes más notables que servían de caballeros federales a las damas de la mesa. Pero los coroneles y el comandante especialmente maldecían con toda buena fe al maestro de ceremonias Erézcano, que colocádolos había en aquel lugar en que cada bocado se les atragantaba como una nuez. Salomón sudaba; Santa Coloma se retorcía el bigote, y Crespo tosía.

El general Mansilla, que mejor que nadie conocía la ridiculez de aquel silencio y de aquella tirantez aldeánica, se fue de repente a fondo sobre el flanco de sus federales amigos:

-Bomba, señores -dijo levantándose con una copa en la mano, y con esa gracia y zafaduría peculiares al carácter del entusiasta unitario del Congreso.

Damas y caballeros se pusieron de pie.

-Brindo, señores -dijo Mansilla-, por el primer hombre de nuestro siglo, por el que ha de aniquilar para siempre el bando de los salvajes unitarios; por el que ha de hacer que la Francia se ponga de rodillas delante del gobierno de la Confederación Argentina; por el ínclito héroe del desierto; por el Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier Don Juan Manuel Rosas; y brindo también, señores, por su digna hija, que en tal día como éste, vino al mundo para honor y gloria de la América.

Las palabras del general Mansilla fueron la mecha, y el pulmón de los ilustres convidados fue el cañón que dio salida a la detonación de su fulminante entusiasmo.

Se acabó el silencio, se acabó la tirantez, se acabó la aldea; y comenzó el bullicio, la elasticidad y la bacanal.

-Bomba, señores -gritó el diputado Garrigós, poniéndose de pie con la copa en la mano-. Bebamos -dijo-, por el héroe americano que está enseñando a la Europa que para nada necesitamos de ella, como ha dicho muy bien hace muy pocos días en nuestra Sala de Representantes el dignísimo federal Anchorena; bebamos porque la Europa aprenda a conocernos, y que sepa que quien ha vencido en toda la América los ejércitos y las logias de los salvajes unitarios, vendidos al oro inmundo de los franceses, puede desde aquí hacer temblar los viejos y carcomidos tronos de la Europa. Bebamos también por su ilustre hija, segunda heroína de la Confederación, la señorita Doña Manuelita Rosas y Ezcurra.

Si el brindis del general Mansilla despertó el entusiasmo en el ánimo de los federales, el del diputado Garrigós despertó la locura dormida momentáneamente en su cerebro. Las copas se apuraron, no quedando una gota de licor, ni aun en la del caballero Mandeville, después de esa amable y lisonjera salutación a la Europa y al trono.

-Bomba, señores -dijo el presidente de la Sociedad Popular, después de haber visto las señas que le hacía su consultor Daniel Bello, que se hallaba frente a él tras las sillas de Florencia y Amalia.

-Brindo, señores -dijo Salomón-, porque nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes viva toda la vida, para que no muera nunca la Federación, ni la América, y para que... y para que... en fin, señores, viva el Ilustre Restaurador de las Leyes; su ilustre hija que hoy ha nacido; y mueran los salvajes unitarios, y todos los gringos y carcamanes del mundo.

Todos aplaudieron federalmente la improvisación de aquel digno apoyo de la santa causa. El mismo ministro británico, como también el cónsul sardo, no pudieron menos de admirar la espontaneidad de aquel discurso, y dejaron los cálices vacíos del espumoso champaña que contenían.

Sólo había una persona que nada comprendía de cuanto allí pasaba; o dicho de otro modo: que no comprendía que en parte alguna de la tierra pudiese acontecer lo que aconteciendo estaba: y esa persona era Amalia.

Amalia estaba aturdida. Sus ojos se volvían a cada momento hacia Daniel, y sus miradas, esas miradas de Amalia que parecían tocar los objetos y descansar sobre ellos, le preguntaban con demasiada elocuencia: «¿Dónde estoy, qué gente es ésta; esto es Buenos Aires, ésta es la culta ciudad de la República Argentina?» Daniel la contestaba con ese lenguaje de la fisonomía y de los ojos que le era tan familiar: «Después hablaremos.»

Amalia se volvía a Florencia algunas veces, y sólo encontraba en la picaruela cara de la joven la expresión de una burla finísima, sin que con eso quedase Amalia más adelantada que antes en sus interrogaciones.

Ni una, ni otra de las dos jóvenes había llevado a sus labios una gota de vino.

Daniel, que estaba en todo, que hacía seña a Salomón, que acababa de hacerlas también a Santa Coloma, que aplaudía con sus miradas a Garrigós, que se sonreía con Manuela, que le enviaba una flor a Agustina, un dulce a Mercedes, etc.; Daniel, decíamos, echó vino en las copas de Amalia y de su Florencia inclinándose entre las dos sillas y diciendo muy bajito:

-Es preciso beber.

-¿Yo? -le preguntó Amalia con una altivez y una prontitud, con una dignidad y un enojo, que hubieran podido despertar los celos de Catalina de Médicis, si esa interrogación hubiera sido hecha en un salón del Louvre, en el reinado de cualquiera de sus hijos, o más propiamente dicho en los reinados de ella.

Daniel no contestó.

Florencia se tomó por él ese trabajo.

-Usted, sí, señora, usted beberá, y beberá conmigo -le dijo Florencia-. Solamente que cuando esos caballeros beban por lo que ellos quieran, muy despacito beberemos nosotras por nuestros amigos... Pero, mire usted, Amalia, Manuela hace a usted señas.

En efecto, Manuela hizo a Amalia un elegante saludo con su copa, que en el acto fue contestado con no menos buen tono por la bellísima tucumana.

-Señores -dijo el comandante y redactor Mariño, que de cuando en cuando giraba sus oblicuas miradas hacia Amalia-: ¡por el grande héroe de la América, por su inmortal hija, por la muerte de todos los salvajes unitarios, sean gringos o nacionales, y por las bellas de la República Argentina! -y los ojos de Mariño dieron media vuelta por delante de Amalia.

Era ya necesario gritar mucho para hacerse oír. Los generales Rolón y Pinedo consiguieron después de grandes esfuerzos el hacer entender su brindis. El coronel Crespo tuvo que ponerse sobre su silla para llamar la atención sobre sus palabras. Pero la voz potente del coronel Salomón dominó de repente la algaraza y dijo:

-Señores, me manda decir la ilustre hermana de su Excelencia nuestro padre, la señora Doña Mercedes, que pida un momento de silencio al entusiasmo federal, porque va a leer unos versos que ha compuesto.

El silencio se estableció súbitamente. Todas las miradas se dirigieron a la poetisa.

La Safo federal daba un papel a su marido, colocado a sus espaldas como era su costumbre.

El marido se resistía a tomar y leer el misterioso canto; y una gresca al oído, pero que parecía ser terrible, furibunda, espantosa, como diría el señor Don Cándido Rodríguez, tenía lugar entre aquellos cónyuges modelo de contraste.

El desamparado papel pasó por fin a las manos de un criado, y de éstas a las del general Mansilla, con un recado de la autora.

El general desdobló el papel; lo leyó primeramente para sí mismo, y luego, y con toda la socarronería tan natural en su espíritu burlón y travieso, se paró con semblante grave, y con el tono más magistral del mundo, leyó en medio de un profundísimo silencio:

Soneto Brillante el sol sobre el alto cielo Ilumina con sus rayos el suelo; Y descubriéndose de sus sudarios Grita el suelo: ¡que mueran los salvajes unitarios!

Llena de horror, y de terrible espanto Tiembla la tierra de polo a polo, Pero el buen federal se levanta solo Y la patria se alegra y consuela su llanto.

Ni gringos, ni la Europa, ni sus reyes Podrán imponemos férreas leyes, Y donde quiera que haya federales Temblarán en sus tumbas sepulcrales Los enemigos de la santa causa Que no ha de tener nunca tregua ni pausa. Mercedes Rosas de Rivera.

La lectura de estos versos originó una sensación en los concurrentes, poco común en los banquetes: dio origen a un temblor general; los unos, como Salomón y su comparsa, Garrigós y la suya, temblaban de entusiasmo; los otros como Mansilla, como Torres, como Daniel, etc., temblaban de risa.

Para las damas federales los versos estaban pindáricos; pero todas las unitarias tuvieron la desgracia en ese momento de ser atacadas por accesos de tos, que las obligaron a llevar sus pañuelos a la boca.

Los brindis se sucedieron luego: todos iguales en el fondo, y casi hermanos carnales en la forma.

Los señores Mandeville y Picolet bebieron también a la salud de Su Excelencia el Gobernador y su joven hija.

Y como tienen su fin todas las cosas de este mundo, llegó también el de la suntuosa cena del 24 de mayo de 1840.

Las señoras volvieron a los salones del baile, y mientras la música y los jóvenes las recibían alegres, y mientras Amalia, Florencia, Agustina, Manuela, etc., fueron sacadas en el acto para unas cuadrillas, alegres se quedaron en el comedor, continuando sus entusiastas brindis federales, los heroicos defensores de la santa causa, que no había de tener tregua ni pausa, según el último verso del soneto de Doña Mercedes Rosas de Rivera.

Fue entonces cuando el entusiasmo subió a sus noventa grados, porque nada hay que dé tanta energía a la expresión de ciertas pasiones en ciertas gentes, como el buen vino, el ruido de las copas y los brindis.

Fue entonces también cuando se vertió una idea, cuya expresión sencilla y reducida a sus términos más precisos, hizo resaltar el fondo de ella, y que se grabara con acero en la imaginación de los concurrentes: esa idea fue de Daniel.

Este joven, después de haber conducido a Amalia y a Florencia al salón, y dejándolas en baile con dos de sus amigos, volvió al comedor, y, tranquilo, imponente podemos decir, se colocó en una cabecera de la mesa en medio del general Mansilla y del coronel Salomón, tomó una copa y dijo:

-Señores, bebo por el primer federal que tenga la gloria de teñir su puñal en la sangre de los esclavos de Luis Felipe que están entre nosotros, de espías unos, de traidores otros, y de salvajes unitarios todos, esperando el momento de saciar sus pasiones feroces en la sangre de los nobles defensores del héroe de la América, nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes.

Nadie había tenido el valor de definir y expresar tan claramente el sentimiento de la mayor parte de los que allí estaban; y, como sucede siempre cuando alguien consigue interpretar los deseos informes de la multitud, cuyo labio no se presta comúnmente a darles vida y colorido con los incompletos recursos del lenguaje, aquellas palabras arrebataron la admiración de todos, cuya aprobación se manifestó espontáneamente con el coro de estrepitosos aplausos que sucedió al brindis de aquel joven que lanzaba ese anatema de muerte sobre la cabeza de hombres culpables ante la susceptible aunque santa Federación, por el hecho de ser ciudadanos de un país con cuyo gobierno estaba en cuestión el héroe esclarecido de aquella época de subversión y sangre, salvajería y vandalismo.

El mismo general Mansilla no creyó ni por un momento que hubiese una segunda idea en el brindis de aquel joven, y en los secretos de su pensamiento admiró la locura de aquella alma a quien las doctrinas de la época habían extraviado tanto y tan temprano.

¡Providencia divina! Daniel, que azuzaba las pasiones salvajes de aquellos hombres; Daniel, que en efecto habría dado los mejores años de su vida porque su sanguinario deseo no se cumpliese en algunos de los inocentes extranjeros que residían en Buenos Aires; Daniel, decíamos, era el hombre más puro de aquella reunión, y el hombre más europeo que había en ella. Pero él quería buscar en esas gotas de sangre la ocasión de que la Francia, la Europa entera descargase un golpe mortal sobre la frente del poderoso bandido de la Federación, para contener de este modo el río de lágrimas y sangre que veía pronto a desbordarse sobre toda una sociedad cristiana e inocente: era la aplicación de esa terrible, pero en muchos casos imprescindible ley de la filosofía y la moral, que autoriza el sacrificio de los menos para la conservación de los más: era un holocausto de intereses individuales en las aras de la salvación general, lo que buscaba aquel joven consagrado con toda su conciencia a la liberación de su patria, y a reivindicar la humanidad tan ultrajada en ella; y buscaba esto a costa de su nombre, a costa de su porvenir quizá; arrostrando el odio de los hombres honrados, y la imaginación de los malvados, que es todavía peor que aquello para los hombres de virtud y de corazón.

Y como todo el que acaba de cumplir un grande, pero penoso deber, Daniel salió del comedor tranquilo y triste; se dirigió al salón y dijo a su prima:

-Vamos.

Amalia notó que el semblante de Daniel estaba algo descompuesto, y no vaciló en preguntarle por la causa de ello.

-No es nada -la contestó el joven-, acabo de jugar mi nombre a la salud de mi patria.

-Vamos, Florencia -prosiguió Daniel dirigiéndose a su amada, que en aquel momento se acercaba a Amalia.



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