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Al borde


IEditar

Llegado que hubo Currito el Mimbre al borde del tajo, sentóse en él, y triste y meditabundo pareció abismarse en la contemplación de la brillante perspectiva que extendíase a sus pies, en los risueños valles cubiertos, acá y acullá, de pomposos majuelos y de oscuros olivares, en el río que serpeaba, gris y resplandeciente, por entre las empinadas laderas, y en los alegres caseríos que blanqueaban por doquier como arropados entre florecientes verdores.

Media hora llevaba el mozo contemplando, sin ver, sin duda, el paisaje, cuando:

-Camará, y cómo me cogiste la elantera -dijo, deteniéndose junto a él, el señor Paco el Gallareta, hombre de más de sesenta años, alto, enjuto, de rostro descarnado y de facciones angulosas, tostadas y curtidas por vientos y soles.

Se incorporó el Mimbre rápidamente, y

-Sí, señó -le repuso, procurando en vano poner en sus labios una sonrisa-; pero eso no tiée naíta de particular, poique es que esta noche me la he pasao cuasi toíca a dormivela.

-¿Es que has estao maluco esta noche? -le preguntó aquél al par que colocaba en tierra el enorme barreño, lleno de agua, que sobre los hombros conducía.

-No, señó, y sí, señó, poique es que esta noche, como muchas otras, lo que me ha espaventao el sueño ha sío la enfermeá que paezco jace ya una mancha e meses y que me paece a mí que va a ser la que, si Dios no lo remedia, me va a meté en el joyo.

Apartó el viejo su mirada del zagal, y

-Esas son aprinsiones tuyas -le repuso con acento indiferente.

-Puée ser que no piense su mercé lo mesmo cuando le baiga yo ya platicao de lo que tengo que platicalle -balbució Currito sin atreverse a mirar al anciano cara a cara.

Este enarcó las pobladísimas cejas, colocó las piernas en ángulo, sacó de debajo del rojo ceñidor la enorme petaca y

-¿Y qué es lo que tú tiées que platicarme a mí? -preguntó al muchacho con acento desabrido, y mirándole como si pretendiera hacerle enmudecer con su mirada.

Currito permaneció silencioso y con los ojos bajos durante algunos instantes, y después:

-Ya se lo platicaré yo aluego -le repuso con voz insegura.

Quedó silencioso el Gallareta, reflejando su semblante lo poco gratamente que hubieron de resonar en él las palabras del muchacho. Ya él sospechaba qué era lo que éste parecía tener necesidad de decirle, que de memoria sabíase el viejo que su Rosario había con su hermosura y su gentileza puesto fuego en el corazón del mozo, y aunque éste no le pareciera al anciano cosa despreciable, no creíase obligado tampoco a hacerle el sacrificio de sus ensueños, dejando de esperar al riquísimo hacendado, que, según sus ilusiones, no debía tardar mucho en presentarse para elevar a la más alta posición social aquel prodigio que él había tenido el alto honor de poner en este mundo, para pasmo y admiración de las gentes del partido.

Estas esperanzas del viejo hacían que mirara con mal disimulada hostilidad aquel que él creía solamente conato de amoríos entre los zagales, por no estar al tanto, sin duda, de que no había noche, lloviera o venteara, en que no pelasen la pava aquéllos por las bardas del corral, mientras él roncaba a más y mejor como un bendito que era.

En tanto el viejo meditaba, siempre con las piernas en ángulo, los brazos atrás y el enorme cigarro en la boca, Currito reconocía detenidamente la larga soga que iba sacando lentamente del barreño.

-Paece que ya tardan los Pedrotes -dijo el Gallareta, cuando aquél hubo acabado de examinar la soga, arrojando una mirada escrutadora en el camino.

-Es que esta mañana hemos dambos madrugao más que madrugan los tordos y los zorzales.

-Es que nos conviee bajar a la hora en que llegan las águilas, que son pajarracos mu duritos de roer cuando defienden su nío.

-Oye, tú, ya están aquí los Pedrotes -exclamaba momentos después el viejo, puestos los ojos en una de las cumbres inmediatas.

-Pos es verdá; pero es que yo los esperaba por el atajo.

Pronto llegaron al lugar de la escena los Pedrotes, dos mocetones que pregonaban a legua, por su parecido, el lazo fraternal que les unía.

-A la paz e Dios, señores.

-Buenos días, caballeros.

-Pero, Currito, ¿qué jaces? -exclamó el Gallareta, transcurridos que hubieron algunos minutos, al ver cómo aquél ceñía a su cuerpo la soga en tanto los Pedrotes se entretenían en hacer un cigarro, que acababa de ofrecerles el anciano.

-Es que -repúsole el Mimbre con voz sorda- se me ha puesto hoy a mí entre ceja y ceja ser yo el que baje al nío a recoger la postura.

-¡Ca, hombre! -exclamó enérgicamente el viejo- ¿No comprindes tú que tú pesas un peazo más que yo y que yo no tengo ganas de que mos des un mal rato?

-No hay cuidiao, señó Frasquito; yo ahora peso mu poquita cosa, pero que mu poquita cosa; su mercé no sabe bien lo que me come la pena.



IIEditar

Pronto el nido del águila estuvo en poder del Mimbre, sin que felizmente ni la hembra ni el macho hubiesen acudido en su defensa, y, ya con él en el pecho, antes de confiarse de nuevo al espacio, arrojó el mozo una mirada en el fondo del abismo, no sin que no obstante su reconocida intrepidez dejara de estremecerse al contemplar el profundo precipicio.

Pronto se balanceó dulcemente sobre él, y

-¡Arriba! -gritó con voz firme a la vez que contemplaba con ojos ya más serenos la cabeza del anciano, sombreada por el astroso sombrero, y la del más joven de los Pedrotes, que sentado al borde del abismo, con el dedo en el gatillo de la escopeta, escrutaba con miradas avizoras las azules lejanías.

A la voz del Mimbre dieron principio a izarle el viejo y el mayor de los Pedrotes, y ya casi iban a poner feliz término a su tan peligrosa faena, cuando:

-A ver, señó Paco -gritó Currito con acento sonoro, mirando al viejo con expresión decidida-. No tire más su mercé, que antes de acabar de subir quiero yo que platiquemos una miaja de un algo que a dambos mos interesa.

Se puso pálido el viejo, y tras breves instantes de sombrío silencio:

-Cuando subas platicaremos -le repuso, en tanto se miraban recíprocamente sorprendidos los Pedrotes.

-Como siga tirando su mercé, le doy un corte a la soga -gritó Currito, y su voz decidida y sus frases trágicamente amenazadoras hicieron detenerse repentinamente al viejo, el cual, limpiándose con la manga de la camisa el copioso sudor que empezaba a inundar su rostro, avanzó de nuevo al borde del tajo, y al ver a aquél con el acero en la mano tembló todo, y

-Pero muchacho -le gritó, procurando sonreír sin conseguirlo-, ¿qué groma es ésa de querer que platiquemos en tan malilla postura?

«¡Posturaa!», repitió el eco en el fondo del precipicio.

-Es que esta postura es pa mí la mejor de toas, porque es que yo estoy esesperaíto, señó Paco; es que yo me estoy muriendo a chorros por su Rosario de usté, y su Rosario de usté se está muriendo a chorros por mí, y manque yo sé que yo no me la merezco y que su mercé no querrá nunca dármela, he querío sabello de la mesma boca de su mercé en esta malilla postura, porque como yo sin mi Rosario no quieo pa naíca la vía, pos me dije yo: «Si el señó Frasquito no me la quiée dar, pos yo le doy gusto a la mano y aquí se acabó mi pena».

-Pero tú estás loco, chiquillo -exclamó el viejo, que sentía que el pelo se le erizaba ante la fiera decisión que se pintaba en los ojos del enamorado campesino.

-Yo no sé cómo estoy; lo que yo sé es que pa vivir sin Rosario, más mejor quieo caer en lo jondo del barranco.

-Güeno, ya se arreglará to eso cuando subas. Tira, Pedrote -dijo el viejo con acento decidido.

-Que no tire su mercé, le digo, si no me da su Rosario.

-¿No te digo que ya se arreglará eso cuando subas?

-Y yo le digo a su mercé que si quiée su mercé que yo llegue arriba, me tiée su mercé que dar su palabra de hombre que será pa mí su Rosario, si es que ella tamién es gustosa en serlo.

-Güeno, hombre, güeno; se jará lo que tú quieras.

-No; su palabra. Y u me la da y si no, corto la soga.

Se puso lívido el rostro de aquél al ver de nuevo relampaguear siniestramente la hoja de la navaja, y

-Güeno, palabra de hombre -balbució, tirando briosa y desesperadamente del muchacho.