Al amor de la lumbre o el brasero: 02

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Al amor de la lumbre o el brasero Ramón de Mesonero Romanos


Denme el brasero español, típico y primitivo; con su sencilla caja, o tarima; su blanca ceniza, y sus encendidas ascuas, su badil excitante, y su tapa protectora; denme su calor suave y silencioso, su centro convergente de sociedad, su acompañamiento circular de manos y pies. Denme la franqueza y bienestar que influye con su calor moderado, la igualdad con que lo distribuye: y si es entre dos luces, denme el tranquilo resplandor ígneo que expelen sus ascuas, haciendo reflejar dulcemente el brillo de unos ojos árabes, la blancura de una tez oriental.

La aristocrática chimenea, es cierto, contribuye más al adorno del magnífico salón; acaso extiende por todo él un temple más subido, y no hay duda tampoco en que su llama animada, inquieta, fantástica, chispeante, entretiene agradablemente, y alegra la vista del reposado espectador. Pero en cambio, ¡qué cansado reflejo en los ojos! ¡qué ardor desentonado en las mejillas! ¡qué frío desconsolador en el espaldar! ¿Y cuando hace humo? (que es las más veces) ¿y cuando baja el viento o la lluvia por el cañón? ¿y cuando atrapa la llama las faldillas del frac, o las guarniciones del vestido? ¿y cuando alarma y compromete a la vecindad, subiéndose por el hollín conductor a visitar las crujías de los tabiques o la armadura del tejado?

Además ¿cómo comparar a la chimenea con el brasero bajo el aspecto social, quiero decir, sociabilitario o comunista, para que nos entendamos?

En primer lugar la chimenea es injusta y amante del privilegio, y brinda todos sus favores a los dos afortunados seres que la flanquean inmediatamente, al paso que sólo envía un escaso saludo a los restantes acreedores; el brasero es Furrierista o Sansimoniano, y distribuye por igual porción su benéfico influjo a todos sus asociados. -La chimenea es semicircular y lunática; el brasero circular y eterno como todo círculo sin principio ni fin; -la chimenea abrasa, no calienta; el brasero calienta sin abrasar; -aquélla necesita de todo el cortejo de los tronos modernos, con sus ministros responsables de pala y tenaza que recoja y agarre, escoba que barra, morrillos que defiendan, cañón por garantía, opinión pública que sople y atice por el órgano del fuelle, y responsabilidad que se evapore en humo; el brasero patriarcal reina y gobierna solo, o lo más con un simple badil. Al poco más o menos como gobernaban Licurgo y Solón.

Aunque sólo fuera mirándolo bajo el aspecto de la confianza amorosa, habría que dar, no hay duda, la preferencia al brasero.

Porque figurémonos a dos amantes en flor (quiero decir, en la primer germinación del interés dramático), sentados el uno enfrente del otro, y ambos al lado de la reluciente chimenea; en primer lugar distan dos varas entre sí, lo cual no es lo más cómodo para decir un secreto (y quítenle ustedes al amor el secreto, y es lo mismo que si quitaran la sal a la olla). -En segundo lugar ambos se hallarán profundamente sentados en sendas butacas o enormes sillones inamovibles (que es como si dijéramos meterse en un simón a correr liebres). -En tercer lugar sus semblantes, no pudiendo sufrir el vivo reflejo de la llama, se ocultarán probablemente en la sombra de la pantalla o a favor de la repisa de mármol; y el quitar al amor el semblante, es quitarle la más sólida garantía, porque el semblante es el editor responsable del amor.

Luego, si hay que hincar una rodilla en tierra, peligra el pantalón con el contacto de la plancha de plomo; si hay que sorprender una mano descuidada, tropieza la propia con las tenazas o el fuelle; si hay que dar un billete, o leer unas coplas de ataúd, la llama inmediata es una fuerte tentación para el desdén.

En derredor de un brasero, al contrario, no hay desdenes posibles, ni posturas académicas, ni pretensiones exageradas: allí un pie de once puntos dista de otro pie de cinco no más que una pulgada; ¡y es tan fácil salvar esta pulgada!... dos manos de nieve (estilo clásico) extendidas sobre la lumbre, están en correcta formación con otras dos de cabretilla anteada ¡y es tan natural estrechar las distancias! y luego examinar la calidad de los guantes, la hechura de una sortija, una raya simbólica ¡qué sé yo! cualquier otro pretexto plausible, y... ¡adiós, mano de nieve derretida al calor braseril!

El mágico influjo de este mueble que enciende y carboniza las pantorrillas y los corazones, tiene también de bueno cierta dosis de calidad soporífera, que obrando inmediatamente sobre las cabezas de las guardas y tutores, les fuerza e impele a reconciliarse con el dios Morfeo; y si al dicho influjo se añade la lectura de un drama venenoso, o de las felicitaciones de la Gaceta, entonces el efecto es seguro, y duermen desde la vieja abuela hasta el gato roncador. -En estos casos la labor de la almohadilla no cunde, las desdichas del drama o las glorias de la Gaceta no marchan, y los que duermen son regularmente los que más ruido suelen hacer.

Todas estas y otras excelencias posee el brasero nacional; verdad es que nos hablan los políticos de grandes tratados y protocolos ajustados a la chimenea entre dos reverendos diplomáticos; pero a fe que no son menos importantes los planes del jefe de oficina o los cálculos del lonjista, arreglando en figura piramidal las ascuas del brasero, o pasando amorosamente el badil por sobre la ceniza; y si es un tributo de atención entre los pueblos de extranjis el añadir un trozo de leña a la chimenea a la llegada del forastero, el brasero también tiene su formulario de etiqueta, previniendo en igual caso echar una firma, o digamos macarrónicamente, escarbar.

Vemos, pues, que ni social, ni política, ni humanitariamente hablando, puede compararse la benéfica influencia del brasero con la de la gálica chimenea. -En cuanto a lo económico, seguramente que también tiene la preferencia, por más accesible y de más seguro efecto; y por lo que dice relación a la forma, tampoco teme la comparación.

Y sin embargo de todas estas razones, el brasero se va, como se fueron las lechuguillas y los gregüescos; y se van las capas y las mantillas, como se fue la hidalguía de nuestros abuelos, la fe de nuestros padres, y se va nuestra propia creencia nacional. -Y la chimenea extranjera, y el gorro exótico, y el paletot salvaje, y las leyes, y la literatura extraña, y los usos, y el lenguaje de otros pueblos, se apoderan ampliamente de esta sociedad que reniega de su historia, de esta hija ingrata que afecta desconocer el nombre de su progenitor. -Asistamos, pues, al último adiós del brasero; pero antes de despedirlo, tributémosle un ligero panegírico, como es uso y costumbre de los que llevan a enterrar.


SÉALE LA CENIZA LEVE.
(Diciembre de 1841.)


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