Al árbol de Guernica

Al árbol de Guernica de Gertrudis Gómez de Avellaneda



Tus cuerdas de oro en vibración sonora
          Vuelve a agitar, ¡oh lira!,
 Que en este ambiente, que aromado gira,
 Su inercia sacudiendo abrumadora
          La mente creadora,
 De nuevo el fuego de entusiasmo aspira.
    
 ¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
          Padrón es de alta gloria
 De un pueblo ilustre interesante historia
 De augusta libertad sencillo templo,
          Que -al mundo dando ejemplo-
 Del patrio amor consagra la memoria.
    
 Piérdese en noche de los tiempos densa
          Su origen venerable;
 Mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
 De hechos ligados a su vida inmensa,
          Que en sí sola condensa
 La de una raza antigua e indomable?
 Se transforman doquier las sociedades;
          Pasan generaciones;
 Caducan leyes; húndense naciones
 Y el árbol de las vascas libertades
          A futuras edades
 Trasmite fiel sus santas tradiciones.
 Siempre inmutables son, bajo este cielo,
          Costumbres, ley, idioma...
 ¡Las invencibles águilas de Roma
 Aquí abatieron su atrevido vuelo,
          Y aquí luctuoso velo
 Cubrió la media luna de Mahoma!
 Nunca abrigaron mercenarias greyes
          Las ramas seculares,
 Que a Vizcaya cobijan tutelares;
 Y a cuya sombra poderosos reyes
          Democráticas leyes
 Juraban ante jueces populares.
 ¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
          Respetuoso mi acento,
 Y en ti se fija ufano el pensamiento,
 Me parece crecer bajo tu sombra,
          Y en tu florida alfombra
 Con lícita altivez la planta asiento.
    
 ¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra
          En esta tierra noble
 Que tú proteges, perdurable roble,
 Que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
          Y do el Cosnoaga inmoble
 Llega a tus pies en colosal penumbra!
    
 ¿En dónde hallar un corazón tan frío
          Que a tu aspecto no lata,
 Sintiendo que se enciende y se dilata?
 ¿Quién de tu nombre ignora el poderío
          O en su desdén impío
 Tu vejez santa con amor no acata?
    
 Allá desde el retiro silencioso
          Donde del hombre huía
 -Al par que sus derechos defendía-
 Del de Ginebra pensador fogoso,
          Con vuelo poderoso
 Llegaba a ti la inquieta fantasía;
    
    Y arrebatado en entusiasmo ardiente
          -Pues nunca helarlo pudo
 De injusta suerte el ímpetu sañudo-
 Postró a tu austera majestad la frente
          Y en página elocuente
 Supo dejarte un inmortal saludo.
    
 La Convención francesa, de su seno,
          Ve a un tribuno afamado
 Levantarse de súbito, inspirado,
 A bendecirte, de emociones lleno
          Y del aplauso al trueno
 Retiembla al punto el artesón dorado.
    
 Lo antigua que es la libertad proclamas...
          -¡Tú eres su monumento!-
 Por eso cuando agita raudo viento
 La secular belleza de tus ramas
          Pienso que en mí derramas
 De aquel genio divino el ígneo aliento.
    
 Cual signo suyo mi alma te venera,
          Y cuando aquí me humillo
 De tu vejez ante el eterno brillo,
 Recuerdo, roble augusto, que, doquiera
          Que el numen sacro impera,
 Un árbol es su símbolo sencillo.
    
 Mas, ¡ah! ¡Silencio! El sol desaparece
          Tras la cumbre vecina,
 Que va envolviendo pálida neblina...
 Se enluta el cielo... El aire se adormece...
          Tu sombra crece y crece
 ¡y sola aquí tu majestad domina!