Aita Tettauen: 32

Aita Tettauen de Benito Pérez Galdós


Cuarta parte - Capítulo IIEditar

Y él: «Bendiga Dios el instante en que te vieron mis ojos. Deslumbrado fui; obscuridad triste llenó toda la tierra cuando desapareciste... Lloré yo mi miseria y escondí mi rostro, creyendo que para mí había concluido el reino de la luz. Ahora te veo, y mi alma se llena de gratitud, pues con mirarme sólo has tenido toda la piedad que como criatura de Dios merezco... ¿Qué más puedo desear después de verte? Sólo verte otra vez es mi deseo, y si no te enojaras, te pediría que me dejases gozar de tu presencia y de tu voz, aunque ninguna esperanza dieras a mi admiración de ti. Eres como divinidad a quien se debe todo acatamiento, y un culto que no puede ser callado, pues la voz se dispara sola en tu alabanza».

Y dijo Yohar risueña: «Cállate ya, embustero gracioso... que por querer ser fino demasiado 5en el requerimiento, echas flores de trapo, sin olor. Exprime tu corazón con verdad y sin tanto requilorio, y ansí te entenderé... Para decirme que so mujer bella y que penas por mí, no hay precisión de tanta cuenta de palabras vacías... Y no me hables de tu miseria, que es mentirosa, pues sé que vienes aquí con fingimiento de omildad, y que con ropas puercas tapas tu señorío de príncipe cristiano. Tu cara dice que de padres altos naciste, y tu lenguaraje suena con lustración, que yo no entiendo, porque so inorante... ¡Ay, Yahia, qué bestia bonica verías en mí si me trataras despacio!».

-Si eres joya sin pulimento, más me agradas así. ¿Quieres que este pobre maestro te instruya, y adorne con luces de saber humano el divino entendimiento que posees?

-Sí que deseo polirme, y ser menos bruta de lo que so, que aquí en nuestras partes de Marroco no ha escuelas ande deprender cosas muchas y finas de lustración de Espania, Viena o la Rumanía.

-¿Quieres que proponga a tu padre tomarme de maestro tuyo? ¿Crees que pondrá en mí su confianza?

-No: antes ha de poner mi padre un garrote en tus costillas, y quitarme a mí de que te hable y oiga tus loores graciosos.

-Pues véate yo sin conocimiento de tu padre, y te instruiré, que en ello no ha de haber malicia, Yohar.

-Ni malicia ni perjudicio, sino ganicas mías de ver, de catar sabiduría. Creime, Juan, que es dolor de una mujer verse inorante y abrutada de tantas cosas.

Diciendo esto, y sin esperar la réplica de Juan, dio media vuelta con graciosa rapidez, arremangándose la túnica holgadísima de paño azul que vestía. Los despojos de hierbas, y el polvo y ceniza que invadían el suelo del laboratorio, exigieron el remango airoso de la guapa hembra, la cual sin querer descubrió por un instante hasta media pantorrilla. Fue Yohar hacia la mesa o mostrador en que Simi filtraba y trasegaba líquidos, y cogiendo un frasco chiquito que casi no se veía entre sus blancos dedos, volvió junto al profeta, y le acercó el frasco a la nariz, diciendo: «Confiésame tú que nunca has golido desencia tan primorosa como esta. Es de una hierba silvestrina que aquí llamamos enchíchoru, la más prefumosa de los montes, y la que más halaga el sentido. Güele más, y hártate de este olor que es el mío. En tu camisa échate gotas, y golerás lo mesmo que yo».

Dejose el poeta embriagar de aquella fragancia, que se sobrepuso a los demás olores difundidos en el aire espeso del laboratorio. Tanto aroma fuerte le desvanecía, y su cerebro se adormeció en vagas sensaciones. Bellas cosas quiso decir después de perfumarse, como su ídolo le mandaba; pero ella no le dio tiempo a soltar las alambicadas retóricas. «Adiós, mi señor -le dijo mirándole los ojos-. Ya no más plática hoy. Quédate con la paz, Juan». Y él: «¿No veré mañana la luz de mi vida?».

-La verás, para que estés diluminado, que en el obscuro podrías trompicar y caerte...

-Si me engañas, Yohar; si no te veo mañana, al otro día encontrarás muerto al que quiere ser tu preceptor.

-No hagas malas mientes de mí -replicó la hebrea arremangándose por detrás para salir, pero sin mostrar más que los blancos tobillos, y los pies en babuchas rojas-. Antes mancarás tú que yo... La primera lición que me des será de los modos de hablar bonicos... So la bestia de Dios... Como me criaron, ansí me ves, sin ningún perfilorio... Adiós, Juan... No me acompañes, ni me sigas con alocamientos. Puede que haiga genterío en la calle. Quitemos razón a los malos pensares.

Trastornado quedó el profeta de la Paz con la gallardía estatuaria, la gracia inocente y bíblica de la hija de Riomesta. Nunca vio mujer que pudiera igualársele. ¿Qué comparación tenían con Yohar ni Teresa, ni Lucila, ni tantas otras bellezas de allá, embutidas en feísimos trajes negros o pardos, y hablando un lenguaje de hipócrita corrección? Yohar era la mujer oriental o asiática, la Reina de Sabá, Semíramis, Herodías, María de Magdala, y ¿por qué no la mismísima Eva con la menor cantidad de ropa? Después de amar a Yohar, podía un hombre morirse tranquilo, llevándose a la eternidad los dejos de inefable ventura... Se enamoró y envoluntó con el fuego de todas las hornillas de amor encendidas por la juventud y sopladas por los poetas.

La imagen de Yohar, tal como en la oficina de perfumes la vio Juan, por instantes se le reproducía en el pensamiento con ilusión perfecta de realidad; por instantes se le borraba, no quedando de ella ni siquiera una vana sombra, y esta privación de la imagen le exasperaba: sin necesidad de conjuro, de improviso volvía la imagen hechicera... Declaraba el poeta que no existía debajo del Sol rostro como el de Yohar, tan bello de frente como de perfil, blanco, amoroso, con resplandor de ternura sentimental, y de gracias veladas aún por la timidez. Los ojos rasgados, dormilones cuando la moza permanecía en silencio, echaban y recogían raudales de luz cuando hablaba. La boca, sin soltar una sílaba, expresaba tanto como los ojos. Los ojos, mirando, no hablaban menos que la boca... ¿Y qué decir de la negrura del pelo, que en dos ondas asomaba tan sólo por la frente; qué de aquel pañizuelo de colorines liado en la cabeza con arte exquisito, formando por delante como el pico de una montera, y atrás un bulto que envolvía la madeja liada del abundante cabello? Sobre sus orejas, no pendientes de ellas, sino suspensos del pañuelo por un gancho casi invisible, colgaban dos aros de oro como de cuatro pulgadas de diámetro. Nunca vio Santiuste adorno tan bonito, ni tan oriental, ni tan acomodado a la belleza de Judith o de Dalila. ¡Y qué manos finas, vigorosas! Aquellas manos pudieron cortarle los cabellos a Sansón o separar del tronco la negra cabezota de Holofernes.

El cuerpo, descrito vagamente por los pliegues del túnico, y por lo que de él contaban las extremidades, o las muestras que de estas se veían, no exaltó menos que la cabeza el entusiasmo y la admiración de Juan. ¿A dónde iban a parar los cuerpos de europeas con la falaz anatomía que dan los corsés, y el andar corto y medido, sin el meneo de faldas de la mujer de Oriente?... En fin, señalando y ponderando bellezas, el profeta no acababa... Mazaltob, que siempre le oía con gusto por la riqueza y buen son del habla, se burló de él aquella noche mientras le servía la cena, y riéndose le dijo: «Bien garrida es Yohar, por merced del alto Criador... pero más, más... oye de mí... más que su blancura valen las arcas pretas del padre de ella, hombre apañador... ¡Goy, no desmayes, ni te acortes en el pedir cuando tengas a la moza bien sobajada de amor y endulzada de tu querer, clamando por boda!... Ansí te vea yo padre de cien chiquitos como he de verte rico y holgado de dinerales, si haces lo que te digo...». No tenía traza de parar en esta cantinela; pero Santiuste le cortó la palabra, pues su corazón noble y recto no sentía jamás inquietud por cosa tocante al oro y la plata, ni dejaría de prendarse locamente de la incomparable Perla si fuese huérfana y pobre.

La segunda entrevista fue más breve que la primera. Mas la tercera superó en interés y extensión a las dos anteriores. Llevó aquel día la israelita medias de seda, como tributo a la civilización de Europa, y otra túnica azul con una franja delantera y vertical bordada de oro. Por el descote y mangas asomaban encajes. Era un vestido caprichoso, bastardeando un poco la usanza, con lo que quería significar su gusto de la iniciativa y de la variación, como sintiendo los desconocidos encantos de la moda. Y dijo Yohar: «He soñado contigo, Juanito... Érades tú un hermoso caballo español negro... yo una mulita blanquita. Venías a mí con relincho gracioso trotando, y yo te tiraba coces... No te rías, que ansí lo soñé. Dirás que so bruta, muy bruta, y que ni en sueños puedo quitar de mí la condición de animala sin sabidoría...».

-Eres encantadora, y tu inocencia vale más que todas las ciencias del mundo. En mi corazón has pegado tus coces divinas, que me destrozan el alma.

-Dime otra vez que si no te quiero te morirás de muerte amorosa, que es lo que más adentro del alma me allega para quererte... No sé si me has entendido, porque no tengo el habla tuya, como diamante tallado que echa luces.

-Sí que me moriré, porque mi vida no sabe ya vivir sola, y es llama que necesita arder en ti... Si no, se apaga. Tú eres el haz seco que ansía mi llama...

Y con esto Juan le echó los brazos, como para sellar juramento de próxima unión ante los altares, sin cuidarse de qué altares serían, o creyendo tal vez que para el caso todos los altares eran lo mismo. Sin hacer gran violencia para desprenderse, Yohar cumplió con lo que el pudor y la decencia le dictaban; lo demás lo hizo la delicadeza de Santiuste. Y ella dijo con seriedad: «No nos aloquemos, y seyamos conocientes del mandato de Dio... Quietas manos, y los ojos con virtú; hagamos promisión de ser juntos siempre, y luego pensaremos en las procuras para casarnos con ley».

Y él: «Valor de compromiso solemne doy a todo lo que digo, Yohar. Serás mía, y yo tuyo en este mundo visible y en el otro».

Y ella, con emoción mística: «Oíd, Cielos y Tierra, porque Adonai habló... Conoció buey su comprador, y asno pesebre de su dueño». Con estas palabras rituales que pronunció al modo de juramento, y que en los oídos de Yahia sonaron como la más inspirada fórmula poética que pudiera imaginarse, expresó la israelita su propósito de pertenecer al español en cuerpo y alma. Y dejándose besar las manos, y algo de lo que asomaba de sus torneados brazos, completó así la idea: «¡Comprador mío, dueño mío!... Pesebre nuestro tengamos pronto para siempre».

Toda hipocresía y remilgos, acudió Simi, que presente estaba, a interrumpir un coloquio amenizado con aproximaciones, en las cuales creía ver grave riesgo de la honestidad. Dijo el profeta: «No hemos hecho más que jurar, Simi». Y Yohar: «Tírate allá, pringosa entremetida, que no hemos rompido ningún vaso, ni vaso nuestro, ni del decorío de tu casa. Virtú tenemos, delantre cielo y tierra».

No hay que decir que volvieron a verse al siguiente día, y a ratificar su juramento con expresiones ardorosas, y con todos los gestos y mímica que tan dulce intimidad requería, sin que la presencia de Simi viniese a turbarles. ¡Oh, Yahia, profeta gracioso y venturoso! Tus empresas de paz dejarán memoria entre los humanos, por lo atrevidas y eficaces: tú domas el fanatismo, aproximas las razas enemistadas, y pides para todos los pueblos la bendición del Sumo Dios Único... Fue dichoso Santiuste, y su felicidad le tuvo día y noche como en éxtasis, viendo en su pesebre a la que reunía todas las gracias de Eva nuestra madre. Por bien empleadas dio sus fatigas desde que se lanzó al trajín de la guerra. En su viaje al África vio la inspiración del Cielo, o el dedo de Dios, como dicen los historiadores y los políticos cuando quieren dar calidad de cosa divina a sus majaderías pomposas. Obediente también al dedo de Dios, que le señalaba la puerta de su casa, abandonó Yohar el hogar paterno (llevándose alhajas, algún dinerito suyo, y no llaves, como Riomesta decía en sus imprecaciones lastimeras), para seguir a Juan hasta el fin del mundo: en tal ceguera de amor la puso el poeta con su labia fogosa y el buen gancho que tenía para enamorar. Fue la primera idea de los amantes huir de Tetuán; mas olfateando el peligro, se acogieron al parador llamado el fondak. De allí escaparon más de prisa, por estar lleno el local de montañeses desalmados y de parásitos feroces; vagaron por calles y pasadizos hasta que el borriquero Esdras, a quien Yohar mantuvo a su servicio recompensándole con largueza, les deparó albergue en el tenducho miserable de un zapatero remendón, que había escapado de la ciudad. La pobreza y el desaseo de aquellas viviendas no abatió el espíritu de los amantes, ni enfrió la juvenil pasión que a entrambos inflamaba. Eran felices, y sus almas serenas flotaban sobre tanta inmundicia sin contaminarse de ella, como la luz que pasa por los aires infectos sin obscurecerse ni ensuciarse.

Llegó el 4 de Febrero. En la siniestra noche que siguió al desastre, pasaron los amantes horrible susto, viéndose en peligro de ser cruelmente asesinados. Dios, Allah y Adonai juntos defendieron las preciosas vidas de los que por ley de amor eran predilectos de la divinidad. Esdras les puso en comunicación con Simi; esta, en la mañana del domingo, les contó los horrores acaecidos en el Mellah, atropellos, incendios, muertes, y por fin el terrible caso de Mazaltob, que por milagro de Dios y mediación de El Nasiry no pereció a manos de los bandidos... Salidos los amantes de su escondite por indicación de Simi, se fueron a un almacén ruinoso de la calle Caid Hamed, donde ya estaba escondida la hechicera, y allí esta sagaz mujer, asistida de los poderes infernales, concibió el magno proyecto de buscar refugio en la próxima casa de El Nasiry... De la idea pasaron a la ejecución, conforme entró la noche del 5 al 6, y tan admirables disposiciones estratégicas y tácticas dio la maga para el atrevidísimo acto, que un éxito brillante coronó la sutileza de ella y la prontitud de todos.

Cuentan los que lo vieron que en la mañanita del 6 salió Juan de su nuevo alojamiento con el airoso traje que encontró en los roperos de El Nasiry, y recorrió el centro de la ciudad, informándose de lo que había pasado durante la noche. El aspecto de las calles y el cariz de la gente que en ellas veía le afianzó en su idea de la fácil entrada del ejército vencedor. En Garsa Es-seguira, vio muchos hombres que disputaban en alta voz, señal de que no había unidad en los pareceres, y sin unidad la resistencia era imposible. Unos corrían después hacia la puerta de Fez, otros hacia las del lado Este; no vio tipos de militar fiereza, sino figuras demacradas, famélicas, con la insana movilidad de quien no sabe lo que quiere ni a dónde va. Pasó luego por la calle Emtamar donde habitaba un gaditano con quien había hecho conocimiento. Deseaba por su mediación ponerse al habla con Riomesta, pues de este y del Rabino era grande amigo el tal andaluz, que fue a Tetuán de barbero y luego puso comercio de ferretería y loza ordinaria. Halló Santiuste la casa y tienda cerradas a piedra y barro, y allí se detuvo un momento dudando qué dirección tomar. En esto sintió voces de tumulto, y vio correr la gente en dirección de la gran Mezquita. La curiosidad le llevó hacia allá... Siguió luego por calles que conducían a una de las puertas de la ciudad... ignoraba cuál de las puertas era. Oyó que por allí entrarían o querrían entrar los españoles, y esto le empujó más por aquel camino. Al desembocar en una encrucijada irregular, llena de basuras y escombros, formada por casuchas de una parte, de otra por ruinas, vio que unos montañeses atropellaban a dos pobres hebreos ancianos y a las mujeres de la misma raza que salieron a su defensa. Un moro de buen porte y calidad, a juzgar por su vestimenta, corrió al socorro de los débiles. Pronto se le unió en la caballeresca acción otro señor bien vestido. Santiuste, que con su prestado traje se tenía por tan principal como el primero, acudió a reforzar a los caballeros. En un santiamén quedaron estos vencedores, y dispersos los desalmados... Dio algunos pasos Juan, atraído de un rumor de cornetas que del campo venía... Llegó a la vista de los baluartes que franquean la puerta de la ciudad; vio que al lado suyo, tocándole casi, iba uno de los bravos personajes moros que medio minuto antes habían cerrado contra la canalla. Paráronse ambos, se miraron, y el profeta Yahia se encontró frente a la gallarda figura de El Nasiry.



Aita Tettauen de Benito Pérez Galdós
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