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Tipos y paisajes criollos - Serie III
Afuera


AfueraEditar

Para el paisano que tiene, por todo haber, su tropilla y su recado, en las palabras: «irse afuera,» caben todas las esperanzas que pueden hacerle concebir el abandono voluntario y definitivo del pago natal, y el éxodo hacia las adormecidas soledades que esperan, para despertar de su letargo, el sonido de la voz humana. Expresa la resolución de dejar tras sí el hogar familiar, donde el sitio se va, cada día, estrechando más, y del cual tienen, a la fuerza, que enjambrar, a su hora, los hijos mayores.

La majada paterna es poca, el rancho es pequeño, la familia aumenta sin cesar, y a los pichones que ya han criado alas, se les abre de par en par, los extensos horizontes de la llanura.

-«La bendición ¡tata! la bendición, ¡mamá!» Un abrazo, con fuertes palmadas que disimulan la emoción: un sollozo penosamente ahogado, en la garganta estrechada, hasta doler, por la lucha del amor propio viril naciente del joven, en pugna con la ternura de su corazón de niño; una lágrima que asoma en los ojos de los viejos, y ¡abur!

Echando por delante la tropilla bien entablada, irán con ella, en busca de vida fácil y de trabajos de su oficio, en las estancias que se están formando; y siempre más lejos irán, hasta que el destino caprichoso señale a cada cual el lugar donde se deba detener y echar raíces, protegido, uno, por algún patrón, detenido, éste, por algún compañero, enredado, aquél, en algún lazo mujeril, que le haga sentir la necesidad de fundar, a su vez, un hogar.

También sueña con irse afuera el hacendado, agobiado por el precio del arrendamiento, en los campos de adentro, de donde el arado ahuyenta la oveja. Oprimidos están los rebaños, y si bien es cierto que los pastos refinados y tupidos por un siglo de pisoteo, dan para mucho, no alcanzan a remunerar el trabajo del arrendatario, y a satisfacer, a la vez, la codicia del dueño de la tierra.

El hacendado, él, ha oído decir que su vecino que se fue al tanteo, con su majada, y a la aventura, ha encontrado en paraje lejano, conocido por alguna designación vaga, como ser: el moro, las tres lagunas o los jagüeles, buen campo, extenso y barato, y que quedan todavía muchas leguas para arrendar; y con este dato, tan poco seguro, también se fue, con hacienda y familia, a conocer esos pagos nuevos, donde, según afirman todos, la prosperidad es la regla.

En pocos meses, cunde el ejemplo, se extiende la fama del paraje privilegiado, y se va formando en él, un núcleo de población, cada día mayor, donde todos ya, más o menos, se conocen entre sí, bastante para poder conversar de los recuerdos de tierras adentro, y de los afectos que todos han dejado allá. Sólo por haber venido del mismo partido o de partidos linderos, pronto resultan amigos y fraternizan, los que han emigrado del Azul o de Tapalqué, con los que han venido de Las Flores o de Rauch, en busca de mejor suerte.

Pero, con el hacendado que arrea su rebaño, en busca de mayor holgura y del éxito que la fortuna reserva a los audaces, con estos enjambres de pobladores útiles, que vienen a preparar la fertilidad de la Pampa, a despertarla, a alistarla para las mieses del porvenir, emigran los zánganos de la colmena.

Este aluvión fecundo arrolla también en sus oleadas, una resaca mezclada de espuma, que, en la orilla, se asienta, hasta que otra marejada la corra más adelante. Tiene que irse a fuera, y siempre más lejos, todo lo que, en la campaña, tiene con la justicia cuentas sin liquidar, todo lo que la disciplina social rechaza de su seno, todo lo malo, todo lo inservible. Los lejanos vapores del desierto nublan los ojos indiscretos, y allí puede el vago recorrer sin recelo la inmensidad, y sacar de sus pajonales mil recursos misteriosos, que no sólo le permitan vivir, sino también hacer, de cuando en cuando, figura de gente, en estos mundos de Dios, retribuir en la pulpería una convidada, o afianzar una parada a la taba o al truco.

Allí viven, ora diseminados en inhallables cuevas, ora reunidos en temible pandilla, boleando avestruces y venados, o cortando, de noche, puntas de hacienda, de que nunca se llega a tener más noticias que si se las hubiera tragado la tierra.

Rodeado de esas aves de rapiña, el poblador de tierras nuevas les paga forzosamente un tributo que tiene que entrar en sus cálculos, lo mismo que lo que le puede costar cualquier otra plaga, y tiene que tomar precauciones para, sino evitar del todo el mal, por lo menos aminorarlo.

Y mientras lucha sin descanso, para defender su bien, viviendo de privaciones, trabajando de día, alerta de noche, arriesgando su salud y su vida, muchas veces; en lidia siempre, con las iras imbéciles de la naturaleza, la perversidad feroz del hombre y la ferocidad inconsciente de las fieras, el dueño de este suelo, que sus haciendas mejoran y abonan, a menudo, con sus huesos, por no haber encontrado en él el sustento de su vida, se felicita, allá, en su confortable casa de la ciudad, de haber, al fin, hallado para ese campo, al cual nunca ha visto, ni piensa ver, que ha comprado por casualidad, y como quien tira la plata, un arrendatario que le paga, por año, cinco veces el precio de compra... «y todavía es barato,» agrega.